sábado, 30 de julio de 2011

Guillermocracia: Primer año.


Hoy día 30 de Julio de 2011, la Guillermocracia cumplió su primer año en línea. En su minuto (¡hace un año atrás!), cuando escribí el mensaje de bienvenida a la Guillermocracia, me pareció que era la culminación de una serie de proyectos anteriores. Y en cierto sentido, así fue. Pero a la vez se transformó en un punto de partida de cosas nuevas.

Y después de un año, ha llegado el tiempo de hacer evaluaciones. ¿Es la Guillermocracia un buen proyecto, o siquiera uno interesante? Siendo bien autocrítico, quizás la respuesta esté en un punto intermedio. No puedo decir que la Guillermocracia reciba un aluvión de visitantes, y los que llegan, lo hacen por lo general por algún punto específico, no por la generalidad del blog. Pero eso era algo que había previsto desde el comienzo: a la mayor parte de la gente ni le interesa ni debería interesarle TODO lo que me interesa a mí. Además, mi campo de preocupaciones y temáticas es bastante amplio y disidente respecto de muchas subculturas de la actualidad (frikis, otakus, comiqueros, etcétera) como para interesar de buenas a primeras a todo el mundo. Pero creo que, a la larga, la transversalidad de la Guillermocracia es uno de sus valores más fuertes. Guillermocracia no es un blog temático, a diferencia de lo propugnado por mi estimado General Gato, con quien colaboré en el fenecido proyecto Tribu de Plutón, quien piensa que los blogs temáticos son el futuro hecho presente. Con los debidos respetos, discrepo porque cada blog debería en cierto modo reflejar la personalidad de su autor: que él sea una máquina de serrar láminas de mortadela no quiere decir que yo deba serlo igualmente. Sin ofensas, porque cuando se lo dije por interno, hace unos días atrás, se partió de risa: mi General tiene más sentido del humor que yo.

Pero volviendo a la Guillermocracia y su transversalidad: creo que ése es su mejor valor. A riesgo de cercenarme a la mayoría de lectores. Pero yo no aspiro a llegar a la mayoría de los lectores, sino a esos pocos selectos que piensan, que les gusta explorar el mundo y descubrir cosas nuevas. Gente que no le tengan miedo a la inseguridad intelectual, a que alguien cuestione sus puntos de vistas o sus certezas acerca de cómo funciona el mundo, no por el afán de cuestionar o de dárselas de sabidillo, sino por el legítimo afán de poner a prueba las verdades establecidas para ver si se sostienen sobre bases sólidas o no. Creo que los blogs temáticos incurren en el pecado de encastillarse dentro de un medio ambiente y no permitirse respirar ni crecer. No digo que no debieran existir, sólo digo que quien se sienta bien escribiendo un blog temático que lo haga, y quien prefiera escribir un blog transversal, que lo haga. Y que gane el que lo haga mejor.


Gracias a su transversalidad, el lector de la Guillermocracia puede encontrar muchas cosas, diseccionadas de manera interesante y racionalizada, o tanto como me lo permite mi propia sapiencia. Con el único nexo en común de mi propia persona. Porque eso es lo otro que he tratado por todos los medios de defender en la Guillermocracia. A diferencia del aludido Tribu de Plutón, todo el material de la Guillermocracia, con la disculpable excepción de las imágenes y videos, es original. No inserto material de otros autores sino sólo el mío propio. Esto le da a la Guillermocracia un estatus superior a los blogs que coleccionan material ajeno, conocidos también a lo amigo como "esos blogueros que hacen como que tienen un blog". Tribu de Plutón era un híbrido de colección de materiales ajenos con producción propia, y creo que a la larga, eso le hizo un flaco favor a esta última, haciéndola pasar desapercibida en medio del resto. Nuevamente, nada en contra de la práctica de copiar material ajeno, pero ojalá pidiendo los permisos correspondientes y sin abusar del recurso. Aunque sea porque los lectores que se maravillan con la sucursal, después terminan descubriendo en forma fatal cuál es la oficina central, y a ella se terminarán dirigiendo.

La joya de la corona en este primer año ha sido por supuesto las Crónicas CienciaFiccionísticas. Eran un proyecto preparado para Tribu de Plutón, que venía larvándose nada menos que desde el 2009, y de hecho ahí alcanzaron a publicarse unos pocos capítulos. Pero trasladados a la Guillermocracia, se han convertido casi en seña de identidad de este blog en su primer año. A poco tiempo de culminar las Crónicas CienciaFiccionísticas, aún no he decidido cuál será el relevo. He tenido muchas vacilaciones porque quiero que sea algo bueno, no algo escrito simplemente para rellenar el vacío que van a dejar las Crónicas. Quizás pasen semanas o incluso meses antes de embarcarme en un proyecto semejante. Pero lo haré. Porque ideas no faltan. Lo que falta es el tiempo y las energías para enfocarse en ellas. También existe un mundo allá afuera, y no puedo ni debo desatenderlo por dedicarme ciento por ciento a la Guillermocracia.

Así, el primer año ha sido el de nacimiento de la Guillermocracia, y el de su viaje hasta encontrar su propio tono de voz, que por fuerza ha de ser el mío. El segundo tendrá que ser el del desarrollo y consolidación. Cuento con ustedes, mis estimados lectores, para ello. Quedan invitados para seguir adelante conmigo en esta campaña, haciendo comentarios, señalando puntualizaciones, expresando discrepancias si fuere el caso, compartiendo los posteos vía Facebook o Twitter, o simplemente leyéndolos y disfrutándolos.

Y dentro de esa consolidación ya hay algunas ideas, incluyendo nuevas entregas de Civimperios, y una o dos secciones nuevas que, espero, le añadan más variedad al blog y le den todavía mayores señales de identidad. Si les gustan, no olviden de comentarlo: es la única manera en la que sé si estoy llegando a mi público o no. Después de todo, siempre soy libre de descontinuar una sección si además de aburrirme, tengo la convicción de que no le está llegando a nadie, y creo que tampoco es la idea de Guillermocracia ni de ningún otro blog el hacerle eso a sus lectores fieles. Pero sin comentarios, ¿cómo va uno a saber...?


Y por último, quiero dar las gracias a quienes han enlazado la Guillermocracia. Les devolveré el favor listándolos aquí. Después de todo, si la Guillermocracia llega a tener éxito, ustedes han sido los primeros que han creído en este proyecto, y por lo tanto, primeros serán en mi devoción. Porque quienes me conocen, conocen mi filosofía: quienes me buscan con bien se encuentran con el bien, quienes me buscan con mal se encuentran con el mal, y quienes no me buscan tienen la desgracia de no encontrarme en lo absoluto. En cuanto a quienes me han buscado con el bien de enlazarme en sus respectivos listados de blogs, sin un orden determinado, pero con todo el afecto del mundo, ustedes son:
Saludos a todos, y nos vemos a través del segundo año de la Guillermocracia. El cual iniciaré ahora mismo con... un poco de fanservice, por qué no. Y con un poco de suerte, nos vemos en los próximos doce meses.


domingo, 24 de julio de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 47 - Alrededor de Neuromante.


Si bien el Cyberpunk llevaba varios años larvándose, fue una novela la responsable de aunar todos los elementos dispersos en varias novelas, cuentos y películas (la distopía, las grandes corporaciones, el hundimiento de la democracia y los gobiernos, la realidad virtual, etcétera) en un solo universo narrativo coherente: "Neuromante". Esta obra resultó tan canónica para el género, que puede decirse que constituyó a la vez su referente y su maldición, porque creó todo un entorno imitado y copiado hasta la saciedad, hasta el punto que puede afirmarse que el Cyberpunk después de este hito comenzó lentamente a morir de hipertrofia.


"Neuromante" conforma parte de lo que se ha llamado informalmente el "Ciclo del Ensanche". El Ensanche o Sprawl en inglés, es una enorme conurbación que ocupa toda la costa este de Estados Unidos, tan grande que la actual ciudad Nueva-York-a-Washington es una aldea campesina a su lado. En dicha ciudad, cubierta por enormes domos que tornan el cielo en eternamente gris, y en donde la clase media se ha hundido y sólo hay unos pocos poderosos por encima de una enorme masa de asalariados que malviven como mejor pueden, se ambientan tres novelas de William Gibson ("Neuromante" y sus sucesoras "Conde Cero" y "Mona Lisa acelerada"), más algunos cuentos, todos ellos autónomos entre sí.


La novela original "Neuromante" refiere la historia de Case, un hacker que por robarle a sus patrones, ha sido "quemado", o sea, se le ha metido una droga para inhabilitar sus sinapsis neuronales e impedirle así meterse a la red y hackear. Condenado a sobrevivir en el día a día, Case recibe la oferta para un último trabajo, gracias al cual podrían restaurarle su capacidad de sumergirse en la realidad virtual y por tanto de volver al hackeo. Pero este trabajo lo pone en contacto con una realidad pavorosa: resulta que detrás de todo lo que está ocurriendo hay dos inteligencias artificiales, Neuromante y Wintermute, que han despertado a la conciencia y están tratando de apoderarse de la sociedad manejándola desde la trastienda. De manera muy interesante, Case no se propone combatir a la amenaza ni salvar al mundo: en medio de este panorama apocalíptico, se limita simplemente a sobrevivir. Se ha dicho, y no sin razón, que "Neuromante" no es tanto Ciencia Ficción como una novela negra al estilo de "El Halcón Maltés", pero con una ambientación futurista que en el fondo no es sino una visión crudamente distorsionada de los males que azotan a nuestra sociedad presente.


Después de "Neuromante", William Gibson ambientó dos novelas más en este escenario, aunque con tramas independientes y apenas con alguna tenue conexión entre personajes. En "Conde Cero" asistimos a la evolución de las inteligencias artificiales, que ha seguido por su propio carril desde los eventos de "Neuromante" sin que nadie les haya puesto demasiados atajos, en parte por ignorancia y en parte por los jugosos dividendos que podrían extraer los que saben de esto. En "Mona Lisa acelerada", por su parte, esta evolución ha llegado tan lejos que incluso podrían fabricarse réplicas informáticas de la mente de personas reales.


La Trilogía del Ensanche, y particularmente "Neuromante", tuvieron la virtud de catalizar todo aquello que venía fraguándose en la trastienda de la Ciencia Ficción. Fue el suceso editorial del género en 1984, y suele ser considerada la novela de Ciencia Ficción más importante de la década. Su ambientación fue imitada después hasta la saciedad, lo que llevó al agotamiento prematuro de sus premisas. Siendo el Cyberpunk un género plenamente consciente del impacto que tiene lo audiovisual sobre la cultura humana de nuestros días, no debe ser casualidad que el movimiento haya tenido un desarrollo más profundo en el cine y en menor medida la televisión, que en lo puramente narrativo.

Próxima entrega: Imágenes del Cyberpunk.

jueves, 21 de julio de 2011

Clint Eastwood: el indomable del cine.


Si cuatro décadas atrás alguien hubiera dicho que Clint Eastwood iba a llegar a ser uno de los hombres más respetados de la industria cinematográfica, hubiera hecho el loco. Si además se le añadía que iba a serlo como actor de carácter, aún más. Y si a eso se le sumaba el "y como director", ya podían llevárselo con toda calma al manicomio. Y sin embargo, Clint Eastwood se transformó con el tiempo en uno de los grandes cineastas que ha salido de Hollywood. Curiosamente, no yéndose contra Hollywood, pero tampoco zambulléndose de lleno en la industria. ¿Qué hace ser tan grande al cine de Eastwood? Es la pregunta que intentaremos contestar en este artículo para la Guillermocracia. De manera que, sin más preámbulos, he aquí un retrato de Clint Eastwood, el cineasta indomable.

UNA IDEOLOGÍA COMPLEJA.

Clint Eastwood de entrada ha destilado en sus películas una ideología compleja. En sus inicios, cuando protagonizó la Trilogía del Dólar ("Por un puñado de dólares", "Por un puñado de dólares más" y "El bueno, el malo y el feo") fue particularmente asociado con el cine más violento. Esta opinión se vio acentuada cuando asumió el rol de Harry el Sucio en la franquicia del mismo nombre, y que acumuló cinco películas en dos décadas. Clint Eastwood quedó inmortalizado como el prototipo de parafascista defensor de la ideología americana sin reparar en medios. Irónicamente, en la película "Donde las águilas se atreven" (que Clint Eastwood en un minuto fue renuente a rodar, pero aborda un tópico más presentable que la brutalidad policíaca, como lo es la lucha contra los nazis), el personaje de Eastwood mata más personajes que en su incursión como Harry el Sucio.

Pero fue en sus películas como director en donde empezaron a asomar las complejidades de sus ideas. Ya en "Obsesión mortal" de 1971, su opera prima como director, hay algunas claves de su cine. En dicha película, Clint Eastwood es un locutor radial con una relación estragada con su novia, que de pronto comienza a sufrir el acoso de una admiradora sicótica. Clint en un principio intenta terciar con ella, entenderse a la buena, y sólo cuando descubre que el asunto no tiene más remedio, toma las armas contra ella, y esto aún así como última razón. Este personaje individualista y solitario, y por lo tanto expuesto a las inclemencias del mundo exterior, se irá repitiendo y agudizándose en sucesivas entregas fílmicas.

La actitud de los personajes de Clint Eastwood siempre gira un tanto hacia la misantropía. Si tiene buenas relaciones con alguien, suele ser con sus colegas iguales que él. En particular, los personajes eastwoodianos suelen chocar con el mundo porque buscan ser auténticos en medio de la inmundicia y la hipocresía. Este es el lazo común entre dos personajes tan disímiles como Harry el Sucio, un policía que prefiere los métodos expeditos para combatir a los cánceres sociales, con Robert Kincaid, el fotógrafo que enamora a Meryl Streep en "Los puentes de Madison" no como un romance pasajero sino con una verdadera intención de vivir algo real.

Políticamente, Clint Eastwood es un republicano, pero de aquellos "de viejo cuño". Su cine tiene una cierta dimensión espiritual, ya que sus personajes suelen estar seguros de lo que hacen en virtud de ciertos valores que son trascendentes (de ahí el tufillo fascista que destilan algunos de ellos), pero no están siempre exentos de cuestionarse a sí mismos. Para esta mentalidad conservadora, lo principal es la decencia y el respeto (y el autorrespeto no menos). No es raro que siendo republicano, en muchas películas se las arregle para criticar a la religión establecida como un fraude encabezado por un montón de personajillos simpáticos que en el fondo no tienen mucha idea de nada. El republicanismo de Eastwood no tiene nada que hacer con los neocon que auparon a George W. Bush a la Casa Blanca: su republicanismo es de filiación claramente más humanista, un poco en la vena del republicanismo de Abraham Lincoln.


De ahí que el cine de Clint Eastwood es paradójico: sus personajes luchan por causas heroicas pero ellos mismos no son héroes prototípicos, el objetivo que persiguen no siempre es épico o majestuoso (pero, aunque a veces pequeño, nunca carente de significación emotiva), tratan de hacer lo correcto vulnerando muchas veces lo que entendemos como "correcto" en la sociedad, no van contra la sociedad porque sí pero acaban chocando de todas maneras con ella. Eastwood reproduce en su cine las mismas paradojas que afrontamos al tratar el viejo dilema de si la sociedad debe predominar sobre el individuo o al revés: el individuo puede beneficiar al sistema pero también hundirlo, pero si dejamos demasiado controlado al individuo hacemos desaparecer todo aquello por lo que valía la pena que existiera la sociedad en primer término. No trataré de resolver aquí este dilema que no ha podido ser zanjado desde Platón en adelante por lo menos, de manera que sólo lo consignaré.

UN CINE CLASICISTA.

Para narrar esta ideología, Clint Eastwood ha elegido un tipo de cine igualmente paradójico. Se ha llamado a Clint Eastwood el último clásico, y hay una veta de verdad en esto: la manera de editar las escenas, su intimismo, su atención al detalle significativo, su preocupación por los diálogos sólo en apariencia sencillos, su acusadísima manera de retratar la psicología de sus personajes a través de rasgos mínimos, todo eso es cine de vieja escuela, muy alejado del efectismo generalizado entre los cineastas más recientes. Pero por otra parte, Clint Eastwood no podría ser acusado de querer seguir a los clásicos por el manual: en vez de ello, toma las técnicas que le son necesarias para contar un cine pausado y sin demasiado melodrama, pero subvirtiendo sutilmente los códigos para crear un punto de vista moderno o fresco.

Tomemos como un temprano ejemplo de esto, la película "Firefox". Esta es en apariencia otra película más sobre la Guerra Fría, y no podría ser considerada como lo más recomendable de Clint Eastwood (sin embargo, es un buen ejemplo por ser un "ejercicio de estilo"). Y sin embargo, Eastwood se las ingenia para jugar con dos géneros distintos que son también dos épocas distintas del cine, y transitar de uno al otro sin dificultad (la película es de 1981, recordemos). Toda la primera parte en que el personaje de Eastwood se infiltra en la Unión Soviética para secuestrar el avión Firefox remite al clásico thriller de la década de 1970, para luego, cuando por fin se roba el avión, pasar al tecnothriller que se impondrá en gloria y majestad durante la década de 1980. "Firefox" luce muy desfasada hoy en día, claro, pero es una muestra bien clara de cómo funciona la mente de Eastwood a la hora de hacer cine: tomando elementos clásicos de género y amoldándolos para proyectar el mensaje. En el caso de "Firefox", dentro de un producto de decidida vocación comercial y sin mucho sello personal, aún hay un elemento eastwoodiano, que es el protagonista perseguido por su pasado y que emprende una "última misión" arriesgadísima más allá de todo posible cumplimiento del deber.



Tomemos otro ejemplo. En "Heartbreak Ridge" ("El guerrero solitario" en Latinoamérica, "El sargento de hierro" en España), Clint Eastwood interpreta a un instructor de ejército. Esto nos podría situar en las coordenadas del cine bélico de toda la vida, pero Eastwood se las arregla para deconstruirlo y generar una visión distanciada de la vida militar. En esta película, Eastwood no tiene ningún interés en hacerle publicidad panfletaria al Ejército de Estados Unidos como la más o menos contemporánea "Top Gun", sino que a través del entrenamiento de un grupo de cadetes indisciplinados, perfila cuáles deben ser los valores en que debe inspirarse un soldado, y en última instancia, un buen ciudadano. Los toques de comedia que inserta Eastwood pueden ser un poco chuscos a ratos, pero sirven de manera eficaz para evitar que la película se transforme en un panegírico de lo militar, al tiempo que entrega un mensaje bastante próximo al espíritu de la disciplina y la entrega... sin tampoco abofetear a los militares en el rostro ni faltarles el respeto. Hace falta mucha destreza para manejarse de esta manera con las expectativas del público y entregar de manera tan certera un mensaje tan complejo, sin desperfilarse en el intento.

Sin embargo, claramente Clint Eastwood se hizo de un nombre como realizador en el tránsito de la década de 1980 a la de 1990. El triunfo en su Western crepuscular "Los imperdonables" lo puso definitivamente sobre la mesa en conjunto con otros grandes realizadores, no sólo como otro directorzuelo del montón (en la consideración de la crítica). En la década del 2000 realizó las que son sus películas más potentes, ya que en ellas depuró al máximo su estilo, además de contar con la libertad narrativa que otorga el beneplácito de la crítica.

LA RECETA EASTWOOD.

En un aspecto difieren marcadamente "el último clásico" Eastwood y los realizadores de la Edad de Oro de Hollywood. Los realizadores de la Edad de Oro eran asalariados de los grandes estudios, y sin el apoyo de éstos, no conseguían llegar a ninguna parte. Hoy en día consideramos un gran director autoral a Alfred Hitchcock, por ejemplo, pero en su tiempo no era más que otro paniaguado de los grandes estudios que sabía darle un buen acabado a sus thrillers: no fue en Estados Unidos sino en Europa que por primera vez se consideró que Hitchcock no era sólo un buen artesano sino también un gran artista.


Clint Eastwood, por su parte, eligió el camino de montarse su propio gran estudio. En estricto rigor, Eastwood es un independiente, no un sirviente de los estudios, y tiene cierta libertad para elegir y encausar sus proyectos. Como alguien en su tiempo le dijera que ir a interpretar la Trilogía del Dolar era un mal paso, decidió como ironía que su compañía, que fundó con las ganancias de dicha trilogía, se llamaría Malpaso. Todas las películas de Clint Eastwood desde ese entonces son producidas a través de Malpaso. A veces, Eastwood tuvo que ceder y realizar tales o cuales películas para conseguir fondos y mantener sus estudios a flote, pero con el paso del tiempo, y en particular con el éxito acumulado, Clint Eastwood se fue haciendo mucho más remiso a intervenir en proyectos que no le interesaban: es muy improbable que, a diferencia de otros actores, aparezca Clint Eastwood haciendo el loco en forma de cameo en una producción que sea por completo ajena a su carácter e ideología. Para la distribución de sus películas, Eastwood eligió hacer un pacto con Warner, de manera que ellos se encargan de la distribución en Estados Unidos y la internacional.

Pero Warner claramente no apostaría por Clint Eastwood una y otra vez si fuera un fracaso comercial. Y hay dos razones por la que Eastwood no lo es. En primer lugar, su propia ideología lo empuja a ser un hombre ceñido a sus presupuestos y plazos de rodaje, una rara avis en un mundillo, el de Hollywood, plagado de directores llorando por más presupuesto o plazos, para desesperación de los productores (recuérdese que James Cameron para convencer a los ejecutivos acerca de seguir adelante con "Titanic", debió renunciar a su propio sueldo). Como resultado, la planilla de costos para Malpaso en ningún minuto se le dispara. Y esto se debe a que Clint Eastwood no es un director de berrinches autorales: su cine va directo y al grano y no pierde el tiempo con paisajes superlativos, los mejores efectos especiales, o grandes escenas de masas. "Jinetes del espacio" tenía como efectos especiales los justos y necesarios para una trama de astronautas en el espacio, no un derroche audiovisual como hubiera sido Michael Bay. El maremoto de "Más allá de la vida", por su parte, está resuelto con medios bastante espartanos, y la escena del maremoto incluso da un poco de vergüenza ajena, pero se le perdona porque es demasiado obvio que la preocupación de Eastwood no es cortarle el aliento al público con una perfecta ola con 5000 puntos de agua moviéndose por el computador, sino transportar el drama humano asociado a que la naturaleza de pronto se vuelva de una manera tan brutal a desencajarle la vida a uno de sus personajes.


Y en segundo lugar, las películas de Clint Eastwood suelen gustarle al público. El cine de Eastwood le habla directo al público, o al menos a cierto amplio sector del público, acerca de lo que le interesa: personajes polifacéticos que vivan historias con dramas sólidos, no simples marionetas involucradas en melodrama de culebrón venezolano. Puede que películas vacías de contenido y repletas de efectos especiales vendan más, pero no debe despreciarse el poder de colocación que tienen sus campañas publicitarias, bestialmente más derrochadoras que la publicidad lacónica de las películas de Eastwood. Al final, vale la pena preguntarse cuánta gente va a ver películas malas no por verdadero entusiasmo, sino porque la publicidad genera un efecto de grupo en que quien no la ve, queda como un paria en las redes sociales. La publicidad de las películas de Clint Eastwood es mucho más austera y espartana, sin riesgo de que si no ves la última de Eastwood te quedarás sin conversar con tus amigos, y aún así, la gente le responde. Menos, pero lo suficiente para mantenerlo a flote y dejarle utilidades. Ayuda que Clint Eastwood evita en todo momento dárselas de gran autor poniendo escenas muertas o engolosinándose con una fotografía bella pero vacua. Y en definitiva, al público le gusta ver ese producto bien hecho en que el autor sabe cómo hacerlo, y además no le refriega en la cara con ataques de culturetismo lo gran cineasta que es y cuánto deberían admirarlo.

Todo lo anterior es lo que hace a Clint Eastwood una personalidad única dentro del cine de Hollywood. En última instancia, Eastwood es quien es debido a su integridad: si no buscara ser fiel a sí mismo, no nos habría brindado tantos personajes similares pintados con tanto realismo. Y si no se desviviera por rodar bien, tampoco haría películas tan entrañables desde el punto de vista narrativo. Muchos cineastas deberían aprender un par de lecciones acerca de esto. Clint Eastwood ha probado que puede rodar películas comerciales por todo lo alto, y también un tipo de cine más intimista con mucho menos presupuesto, mientras que otros cineastas sin sus millonarios presupuestos no son nada. Y esto hace toda la diferencia del mundo.

domingo, 17 de julio de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 46 - Hacia el Cyberpunk.


Si la década de 1970 había sido un período de oscuridad y de latencia, una revolución allá afuera estaba por cambiarlo todo: la computación. Las computadoras, los "cerebros artificiales" de la Ciencia Ficción de la Edad de Oro, habían estado presentes en el mundo desde que ENIAC entrara en funciones, por allá en 1943. Pero pronto, la computación avanzaría lo suficiente como para salir de los grandes edificios corporativos y meterse en la vida de la gente. En 1981 fue lanzado el primer "Personal Computer", abreviado PC, y desde entonces la fiebre no cesó. Y la Ciencia Ficción no iba a quedarse atrás, por supuesto. Al mismo tiempo, la sociedad misma estaba experimentando transformaciones: los fundamentalismos y fanatismos crecían, el neoliberalismo y la voracidad desatada de las grandes corporaciones estaba a la vuelta de la esquina, y crecía la masa de desencantados que a través de música como el punk, el ska, el rap o el reggae, comenzaba a articular la nueva generación de movimientos de protesta. La explosiva mezcla de todos elementos generó de pronto un espacio que podríamos llamar el "no futuro", la sensación de no saber hacia donde marchaba la sociedad, o peor aún, el presentimiento de que la sociedad marchaba hacia un desastre neodarwiniano. El horizonte narrativo de la Ciencia Ficción, que predecía acontecimientos de la Humanidad en cientos, miles o millones de años más, de pronto se hizo nebuloso. La Ciencia Ficción se iba a retraer cronológicamente, y dedicarse al futuro cada vez más cercano, ese futuro oscuro y negro que en nada se parecía a los sueños de la Edad de Oro, y que en realidad, era ya en cierto modo el presente. Esto iba a ser el Cyberpunk.


Como cualquier otro movimiento, el Cyberpunk no se articuló de un día para otro. En realidad, los primeros indicios de lo que iba a ser el Cyberpunk comenzaron a germinar en la década de 1970. El nombre mismo "cyberpunk" es revelador. La música y el movimiento punk había literalmente estallado a mitad de década, con una actitud anárquica y nihilista contra toda la sociedad y su carrera hacia ninguna parte por un lado, y contra todo el alambicado arte anterior por el otro. Añadirle el prefijo "cyber" implicaba un paso adicional: esa sociedad distópica que ya no es el futuro sino el presente, lleva amalgamadas las computadoras y la robótica consigo. La ecuación "alta tecnología + bajo nivel de vida" estaba ya presente. El término, por cierto, deviene de un relato de Bruce Bethke, uno de los escritores del movimiento.


Los escritores que después iban a formar el Cyberpunk, estaban imbuidos todos en este ambiente. Así como los escritores de la Nueva Ola eran los niños que crecieron con la Edad de Oro, ellos mismos eran los niños que crecieron con la Nueva Ola: en otros términos, se rebelaron contra los rebeldes. Al igual que "Amazing Stories" y "Astounding Science Fiction" para la Edad de Oro, y "New Worlds" para la Nueva Ola, el Cyberpunk también se vertebró en torno a una revista. Sólo que en este caso no era una revista "institucional" sino un fanzine (contracción de "fanatic magazine", o "revista de fanáticos"). Este se llamaba "Cheap Truth", título que en inglés importa un juego de palabras, puesto que literalmente significa "Verdad barata", pero fonéticamente puede leerse también como "La verdad del chip". "Cheap Truth" fue editado por Bruce Sterling, bajo el muy poco modesto seudónimo de Vincent Omniaveritas: con el tiempo, Sterling se transformaría en el ideólogo del movimiento, y sus obras literarias en canónicas dentro del género. "Cheap Truth" y sus autores y colaboradores se planteaban en abierta oposición a lo que puede ser considerado el "establishment" de la Ciencia Ficción de su época, que había regresado desde la Nueva Ola hacia una especie de "hiper Edad de Oro" estilísticamente conservadora y muy literaria: esto, los protocyberpunks lo percibían como amaneramiento y domesticación ante el sistema.


Interesantemente, el Cyberpunk es con toda probabilidad el primer movimiento dentro de la Ciencia Ficción en donde su evolución corre por carriles paralelos tanto en lo literario como en lo audiovisual, algo muy apropiado para un movimiento que plantea la invasión y sustitución inminente de la realidad virtual sobre la realidad concreta. Mientras los cyberpunks atacaban con "Cheap Truth", una serie de películas empezaron a construir lo que iba a ser el imaginario estético del cyberpunk. "Westworld" de 1973 plantea una constante del cyberpunk: la eventual rebelión de los robots contra sus creadores (Michael Crichton, director de esta película, cambiaría a los robots por dinosaurios, manteniendo el argumento, para crear "Parque Jurásico"). Al mismo tiempo, la idea de sumergirse en los universos de la máquina fue planteada por "Videodrome" (en donde imágenes televisivas subliminales pueden volver psicótica a una persona, e incluso hay un personaje que físicamente ha muerto, pero sigue presente a través de cintas y grabaciones), y "Proyecto Brainstorm", que habla sobre la posibilidad de grabar imágenes mentales. Pero dos películas son claves para el desenvolvimiento del Cyberpunk, ambas de 1982. Una de ellas es "Blade Runner", que describe un año 2019 en donde los androides son indistinguibles de las personas, sólo unos pocos elegidos tienen un buen pasar, y las grandes corporaciones lo manejan todo. La otra es "Tron", primera película en plantear de manera convincente la realidad virtual.


Ya más avanzada la década, comenzó a quedar en evidencia que los planteamientos del cyberpunk no hablaban del futuro sino del presente, y bruscamente, su literatura se hizo mucho más comprensible para las nuevas generaciones. En 1984, en los Premios Hugo y Nebula se produjo la revolución: mientras que en años anteriores los vencedores siempre eran representantes de la anterior hornada de la Ciencia Ficción, ahora fue el turno por primera vez de una novela cyberpunk. Se trataba de "Neuromante" de William Gibson, y ya la Ciencia Ficción nunca más volvió a ser la misma.

Próxima entrega: Alrededor de Neuromante.

viernes, 15 de julio de 2011

"El final de todas las teologías".


Otro poema extraído desde las catacumbas de Tribu de Plutón, reproducido acá más o menos por las mismas razones de siempre, o sea, falta de tiempo para preparar material nuevo en la Guillermocracia...

Yo soy el que soy
Yo soy el final de todas las teologías
Yo soy el martillo de quienes desperdician mi nombre
Yo me transformo, yo estoy
Yo soy el Absoluto de todas las filosofías
Yo soy lo que no puede ser alcanzado jamás por el hombre
Sueñas conmigo y estás al borde del abismo
Retrocedes con espanto, regresas al cristianismo
Y blasfemas buscando en vano al trino en uno
Porque yo nunca he estado ahí en modo alguno.
Yo soy el Alfa y el Omega
Yo soy el Principio y el Final
Yo soy la estancia y la entrega
Yo soy la virtud cardinal
Estoy más allá de la comprensión masiva
Y tampoco soy el final de la vis negativa.
Desciendo entre ustedes, en sus pequeñas mentes
Y escudriño en sus pensamientos mezquinos y repelentes
Y cuando están más hundidos y a tientas buscando
Yo, como majestuosa luz interior, me voy revelando.
Yo soy el que soy
Yo soy la falsedad de todas las cosmologías
Yo soy la aflicción secreta del erudito de renombre.
Yo permanezco y yo soy
De mí o mi universo nadie puede hacer cartografías
Y cuando por fin entiendas no habrá nada que te asombre.

domingo, 10 de julio de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 45 - En una galaxia muy lejana...


Con la perspectiva que otorga el tiempo, no cabe dudas de que, tanto para bien como para mal, el estreno de "La guerra de las galaxias" ("Star Wars") en 1977 fue una bomba revolucionaria que no dejó títere con cabeza ni en el cine, ni en la cultura popular. Dentro del cine de Hollywood en general, una nueva generación de cineastas (el "Nuevo Hollywood") había reemplazado en la década anterior al establishment que había reinado desde la instauración del cine sonoro, con una aproximación más sombría, violenta, descarnada y mordaz a la realidad circundante. Uno de los autores dentro de esta constelación integrada por Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich, Woody Allen, etcétera, era George Lucas, cuya opera prima ("THX-1138") se encuadraba en la Ciencia Ficción distópica, si bien su siguiente "American Graffiti" incursionaba en el realismo y exploraba la juventud de la década de 1950, desde un ángulo más sombrío y menos romántico que el tradicional. A continuación, se embarcó en su idea de rodar una película que fuera reminiscente de las seriales dominicales de su infancia, pero actualizando la narrativa y los efectos especiales a lo que estaba disponible en 1977. Lucas peleó a brazo partido por su proyecto, en el que nadie creía, y consiguió un acuerdo con los estudios FOX únicamente al precio de renunciar a todas las ganancias de la película y quedarse sólo con el mercadishing (a la larga, para sorpresa y asombro de todos, este gambito de Lucas resultó mucho mejor para él que para la mismísima FOX).


La película en sí misma sigue el más rancio y clásico esquema del bien contra el mal: la galaxia sufre la opresión de un gigantesco imperio galáctico, y un puñado de rebeldes une fuerzas para restaurar la libertad. Pero es justamente esta falta de pretensiones en la narrativa, aunado a un impresionante trabajo en el campo de los efectos especiales, lo que hechizó instantáneamente a la audiencia. "La guerra de las galaxias" era entretenida y refrescante porque no se proponía elaborar discursos ni parábolas, al revés del cine contemporáneo de su tiempo, sino que se limitaba a contar una historia "como las de siempre". La película cosechó un éxito instantáneo, y engendró toda una franquicia y un universo narrativo consistente en otras cinco películas principales, varios spin-offs cinematográficos, series televisivas, y una catarata de novelas y cómics. No es demasiado fuera de lugar afirmar que Star Wars se ha consolidado como el más grande universo narrativo dentro del género de la Space Opera, la aventura espacial de toda la vida.


El éxito de "La guerra de las galaxias" generó una breve fiebre por nuevas películas de épica espacial. La Paramount, que había tenido a Star Trek en el congelador por una década, se apresuró a darle luz verde a "Viaje a las estrellas: La película". La MGM aprovechó su franquicia estrella de James Bond para enviarlo al espacio en "Moonraker". La Disney se embarcó en "El abismo negro". Entre medio surgió "Galáctica: Astronave de combate", que depredaba numerosas ideas de Star Wars incluso hasta calcar algunos conceptos. De manera más o menos emparentada, se le dio vía libre a "Superman", que inaguró el cine de superhéroes de alto presupuesto. Y así sucesivamente. Pero el estrepitoso fracaso de "Los siete magníficos del espacio", de 1980, marcó el declive de esta breve moda.


Con todo, una película consiguió abrirse paso más allá de la moda, y generar su propia franquicia. Dirigida por Ridley Scott en 1979, "Alien" era un nuevo giro hacia la oscuridad, y es en muchos sentidos la antítesis de Star Wars: los paneles brillantes y luminosos son reemplazados por óxido y oscuridad, los héroes rubios y musculosos son reemplazados por antihéroes sin posibilidad de victoria, la violencia saneada y ascéptica es reemplazada por la sangre y el gore, y la lucha por ideales políticos es trocada en siniestros manejos económicos. El monstruo de Alien, de brillante concepción estética gracias al trabajo del diseñador H.R. Giger, se transformó en un icono perdurable de la cultura popular, y en la gran herencia de esa tanda de Ciencia Ficción inmediatamente posterior a Star Wars, probablemente debido a que no intenta imitarla sino por el contrario, ir en contra de ella para inventarse por el camino algo que pudiera pasar como nuevo y original.


Pero a nivel más socioeconómico, Star Wars tuvo también una consecuencia siniestra: probó de manera definitiva y triunfal que rodar blockbusters era un buen negocio. A partir de entonces, el concepto de rodar una película implica gastarse millones en propaganda y firmar jugosos acuerdos comerciales. La Ciencia Ficción en el cine había emprendido una larga jornada hasta alcanzar una mayor seriedad y madurez, y ahora estaba a punto de comenzar el camino contrario, hacia una progresiva mercantilización e infantilización. Resulta interesante observar que el estallido de la Space Opera gracias a Star Wars, y la consiguiente saturación respecto del género, iba a despejar el terreno para un nuevo tipo de Ciencia Ficción muy crítica respecto de la injerencia económica de las transnacionales en la sociedad, que ya no hablaba de grandes espacios siderales en distantes futuros sino del casi-aquí y casi-ahora, y que ya comenzaba a dar sus primeros aleteos: el Cyberpunk estaba a la vuelta de la esquina.

Próxima entrega: Hacia el Cyberpunk.

domingo, 3 de julio de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 44 - J-Invasión.


Mientras que la Ciencia Ficción anglosajona, tanto en su vertiente literaria como cinematográfica, se revestían de cierto clasicismo, el mundo occidental en general iba a ver la irrupción cada vez más incontenible de la Ciencia Ficción japonesa. Aunque debemos añadir que esta irrupción golpeó más en el lado audiovisual que en el literario, ya que Japón no exportó demasiada literatura de género, pero sí una enorme cantidad de material audiovisual que pasó a formar la base de toda una nueva corriente cultural a finales del siglo XX. La Ciencia Ficción japonesa presenta un sello particular, debido a la relación traumática del Japón con la tecnología. A diferencia del mundo anglosajón, cuya cultura creció armónicamente con la industrialización del siglo XIX, el Japón fue occidentalizado de manera rápida y un tanto brutal a partir de la Era Meiji, iniciada en 1868. Los japoneses asumieron la tecnología y la explotaron hasta límites tales que su industria automotriz amenaza con desbancar a los vehículos estadounidenses, y se pusieron a la cabeza de la robótica, la miniaturización y otras técnicas, pero por otro lado, siempre miraron con nostalgia a su pasado ancestral, creando un imaginario de un Japón bucólico y pacífico, una mezcla de budismo zen y shogunato como escapismo para las presiones de la vida occidentalizada. Todas estas tendencias psicológicas y sociológicas tenían que reflejarse por fuerza en su Ciencia Ficción.


El nombre fundamental que marca un antes y un después en la Ciencia Ficción japonesa es Osamu Tezuka. A este dibujante le tocó vivir el Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, devastado por la bomba atómica y militarmente ocupado por Estados Unidos. Esta ocupación que, recordemos, duró hasta 1951, tuvo como consecuencia inesperada que arribaron buenas cantidades de revistas pulp, incluyendo pulps de Ciencia Ficción, gracias a los soldados que las llevaban consigo desde Estados Unidos. Osamu Tezuka recibió una enorme influencia por parte de la cultura de Estados Unidos, pero supo transmutarla con los valores clásicos del Japón para crear algo nuevo y diferente. La idea de personajes con grandes ojos, clave en el manga y un aporte decisivo de Osamu Tezuka, está inspirado directamente en los dibujos animados de Walt Disney, sin ir más lejos. Su obra cumbre y más influyente es Astro Boy (Tetsuwan Atomu en japonés), creado en 1952, y que es la historia de un chico robot que vive numerosas aventuras y combate numerosos villanos en un entorno más o menos retrofuturista. La trágica historia de Astro Boy, un robot rechazado por su creador y que debe abrirse su propio camino en la vida, cautivó a los japoneses y más tarde al mundo entero.


Algo más tarde, en 1956, llega "Iron Man 28" ("Tetsujin 28-Go"), de Mitsutero Yokoyama, manga que inagura todo un nuevo género de la Ciencia Ficción: el mecha. En lo esencial, un mecha es un robot más o menos gigante, y su nombre mismo es la japonización de la palabra inglesa "mechanical". El género alcanzaría la que es probablemente su consagración con "Mazinger Z", un manga de Go Nagai que refiere las peripecias del robot del mismo nombre contra un archivillano que trata de conquistar el mundo. Al principio, las historias con mecha eran bastante de fórmula, con cada capítulo autoconclusivo enfrentando y venciendo a un enemigo diferente (el "monstruo de la semana"), pero luego la fórmula se expandió y los mechas fueron cruzados con la Space Opera, creándose historias como las múltiples series de Gundam, o las otras varias de Macross (antecedente japonés de "Robotech").


Ya entrada la década de 1970, se internacionaliza otro nombre clave para la Ciencia Ficción: Leiji Matsumoto. Este es uno de los autores que mejor ha conseguido entrecruzar los temas y escenarios de Ciencia Ficción, con conceptos culturales propios de la mentalidad japonesa. Su Space Opera "Nave espacial" ("Space Battleship Yamato", en la que acabó cayendo casi por pura casualidad, porque fue llamado por los creadores originales, aunque le metió tantos cambios que es como si hubiera nacido suya en primer lugar) marcó un antes y un después en el género, consagrando las series con personajes que evolucionan y grandes arcos narrativos. Otras notables creaciones suyas son "La reina de los mil años", una poderosa reflexión sobre el totalitarismo y la xenofobia, o su romántico pirata espacial "Capitán Harlock", entre otras. Matsumoto entrecruzó a sus personajes ocasionalmente y los hizo partícipes de un universo más grande, que sus fanáticos llaman el "Leijiverso", aunque estos cruces han sido hechos un poco por juego o como guiños al espectador, de manera que no siempre la continuidad del Leijiverso es ciento por ciento consistente. Los animes basados en la obra de Leiji Matsumoto fueron, junto con los mencionados "Astro Boy" y "Mazinger Z", de los primeros grandes éxitos japoneses que invadieron Occidente.


Si bien es cierto que el triunfo del manga y el anime japonés le debe mucho a la rabiosa creatividad de los autores japoneses, no es menos importante remarcar la temprana industrialización de la creación audiovisual en Japón, con la creación de un circuito que parte con el manga (la historieta original), sigue con su adaptación al anime (la película, serie de televisión, o más tarde el OVA u "Original Video Animation"), y en fecha más tardía, el paso del anime al videojuego. Y eso, por no hablar del floreciente mercadishing en torno a las figuras más populares, y que también comenzó en esta época (de manera más o menos contemporánea a que Star Wars hiciera lo propio en Occidente). Esta industrialización del negocio ayudó mucho a que pudieran venderse estas obras en Occidente, relacionándose pronto ambas industrias y sentando así las bases para lo que después va a ser la cultura otaku en Occidente.

Próxima entrega: "En una galaxia muy lejana...".
Related Posts with Thumbnails