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miércoles, 8 de junio de 2011

¿La era de las ciberrebeliones?


En el paso de los años 2010 a 2011 hemos asistido a un fenómeno histórico nuevo, para la cual y a falta de una mejor, propondré la palabra "ciberrebelión". Las rebeliones sociales no son un fenómeno nada nuevo, por cierto. La independencia de América respecto de España fue una rebelión, lo mismo que Estados Unidos respecto de Inglaterra. El mundo antiguo vio rebeliones como las de esclavos como Aristónico o Espartaco... Más antiguamente aún, la propia Biblia retrata la secesión de Israel respecto de Judá como una rebelión. El elemento verdaderamente novedoso ahora está en el papel jugado por Internet, y particularmente por las redes sociales, en todo este asunto.

Hagamos un poco de historia sobre Internet. En la década de 1980, como tendré tiempo de tratar en las Crónicas CienciaFiccionísticas respecto del cyberpunk, se estructuró la idea de toda la Humanidad conectada directamente a través de redes computacionales. No es que el concepto no existiera antes (incluso ciertas ingenuas ilustraciones del dibujante francés Jean-Marc Coté, por allá por el 900, pueden verse en esa dirección, aunque con correspondencia estilo fax en vez de telepresencia), pero en esa época se hizo evidente lo que se venía. Pero según el cyberpunk, Internet o el ciberespacio no iban a representar la liberación del individuo, sino su anulación como tal. Dentro del cyberpunk clásico, los individuos en realidad conforman una masa amorfa estupidizada por la publicidad, consumidores pasivos de lo que la televisión y los "mass media" tengan a bien inyectarle, siempre en beneficio de los pocos de siempre. Para el cyberpunk más clásico, la idea de "redes sociales" al estilo de la película "The Social Network" simplemente no existe, ya que no hay sociedad que enlazar mediante redes, sólo individuos alienados y dopados con televisión a la vena.

Y entonces llegaron las redes sociales propiamente tales, y la tan cacareada web 2.0. Una web en la que la gente no sólo recibe contenidos, sino que también los genera. A finales de la década de 1990, todavía era necesario para el individuo que quisiera generar información, crear algo así como un fanzine (como "Quinto Evangelio", el que yo mismo edité durante doce números mensuales entre 1998 y 1999). Se podían crear páginas web, claro, pero esto era para los cuatro gatos que sabían algo de lenguaje HTML, no para el grueso público.

Y después llegaron los blogs. En mi caso, el ya fenecido Tribu de Plutón y el activo Guillermocracia a punto de cumplir su primer año. Llegó Facebook, y con éste, la posibilidad de compartir videos favoritos, enlaces favoritos, artículos favoritos... Llegó Twitter y la posibilidad de pensar, aplaudir o bramar en 140 caracteres. El denominador común de todo eso es que ni los servidores de blogs (Blogger, WordPress), ni los de videos (YouTube) ni los de microblogging (Twitter) ni los de redes sociales avant la lettre (Facebook) crean contenidos: éstos se limitan a proporcionar las herramientas de edición y upload, y el usuario es quien crea el contenido con ellas. ESTO, el cyberpunk tradicional no pudo verlo.


Aún así, las revoluciones en el mundo arábigo nos tomaron a todos por sorpresa. Y el que diga que no, que se esperaba algo así, miente como un bellaco. Pensábamos que era algo propio de la sociedad musulmana y su peculiar relación con el mundo occidental (leer "La rebelión entre el Islam y Occidente" en este mismo blog), y por lo tanto, un fenómeno que no se iba a repetir. Pero se ha repetido. En España surgieron los indignados. Y en Chile, el 21 de mayo pasado, tuvimos alguna noticia de lo que estaba ocurriendo. ¿El denominador común? Las redes sociales. La gente no se organizó a la manera antigua, concurriendo escondiéndose tras gruesas gabardinas en las sombras de la noche a alguna reunión clandestina en algún sótano iluminado por una lámpara de gas, sino conversando de manera descentralizada a través de las redes.

Y en realidad, teníamos que haberlo visto. En el fondo, es lo mismo que pasó en la elección presidencial del 2008 en Estados Unidos: Barack Obama la ganó gracias a Internet. Aquello también fue una ciberrebelión: la gente estaba cansada del mal gobierno de George W. Bush y sus intentos de socavar la democracia para favorecer a unos pocos privilegiados a costa de una dantesca crisis económica, por no hablar de los ataúdes sellados que venían desde Irak o Afganistán. Sólo que en Estados Unidos, con un sistema democrático más flexible, la gente pudo botar a los republicanos para instalar a un demócrata en la Casa Blanca. Que lo haya hecho bien o mal el señor Obama, eso es otro cuento: lo importante aquí es que la ciberrebelión funcionó.


En España (los indignados) o en Chile, las cosas han sido más difíciles. Ambos sistemas políticos son democracias postdictatoriales (Franco y Pinochet, respectivamente), diseñadas con mucho mimo para salvaguardar los intereses de los regaloneados por el Ancien Regimen, y por lo tanto, es mucho más difícil que en Estados Unidos el echar a los políticos contra los cuales se dirige la ciberrebelión. En Siria, ni digamos: allá los muertos en manifestaciones se cuentan por decenas, y el gobierno sirio no da trazas de querer dejarse derrocar. Lo que sucedió en Túnez y Egipto fue casi un golpe de suerte, posible en parte gracias a que la sorpresa y lo inusitado del nuevo panorama cibersocial le impidió a Zine el Abidine Ben Alí y a Hosni Mubarak, apreciar el verdadero tamaño de lo que se les venía encima. En Libia, Gadafi aprendió la lección, y a pesar de tener a la OTAN encima, se ha conseguido mantener en el poder, lo mismo que otras autocracias islámicas.

Aún así, las ciberrebeliones de 2010 y 2011 añaden un nuevo matiz a la política: Internet ya no es sólo un sitio de desahogo para las pasiones frustradas ni un medio de dopaje social para mantener aletargadas a las masas (la visión cyberpunk clásica), sino que gracias a la web 2.0, puede ser una herramienta de poder demasiado peligrosa para algunos. Nadie que esté enquistado en el poder gracias a un sistema político de privilegios (e incluso las democracias más abiertas los tienen) está dispuesto a cederlo de buena gana sólo porque al pueblo se le ocurre que puede mandarse solo, o que alguien los dirija mejor. De esta manera, es posible que las presiones de los poderosos aumenten ahora el intervencionismo sobre Internet.

Pero por otra parte, los gobiernos democráticos o pseudodemocráticos no pueden llegar y cancelar Internet porque sí. De partida, es imposible para un país del siglo XXI funcionar adecuadamente sin Internet: privarse de ella implicaría regresar a la Edad Media y acabar por lo tanto con serias desventajas competitivas respecto del resto del mundo. En segundo lugar, las redes sociales han probado ser un buen medio de desahogo para restarle presión a la caldera social; después de todo, si se priva de Internet a alguien que grita su descontento a través de la red, ese tipo podría sentir la tentación de levantarse de su silla y salir a gritar a la calle, o peor aún, a lanzar bombas. Si para un país autocrático fuera posible desconectar Internet para mantener sumisos y desinformados a sus súbditos, entonces China con su largo historial de encontrones con Google y YouTube hace rato que lo hubiera hecho.


Con todo, el nuevo fenómeno social de la ciberrebelión introduce una buena cuota de incertidumbre en la sociedad. De partida, evidencia que la gente, dentro de todo el aborregamiento y la estupidez promovidos por los medios de masas, aún tiene fuerzas para gritar por su libertad, y está dispuesta a defender sus derechos en contra de élites opresivas y abusivas, sean autocracias abiertas o sean democracias en donde la ruleta está cargada hacia los mismos de siempre. En segundo lugar, los gobiernos y las élites mirarán con mucha mayor atención a Internet, y quizás en los próximos años la red viva guerras aún más intensas por su control: quien domine a Google, dominará el mundo.

Y en tercer lugar, la posibilidad más siniestra de todas es que algunos consideren que Internet es demasiado peligroso para ser dejado a su aire porque le otorga demasiado poder a las masas, y se decidan finalmente por el recurso supremo de un apagón informático a nivel planetario. Se supone que Internet no puede ser apagado porque desde el comienzo fue diseñado de manera descentralizada; no en balde fue creado en los tiempos de la Guerra Fría como una manera de articular a las distintas agencias gubernamentales de Estados Unidos para que éstas pudieran seguir manteniendo el país en marcha en caso de que su centro fuera borrado del mapa por un martillazo nuclear. Pero hoy en día, Internet está mucho más centralizada que hace algunos años atrás: quizás no se lo pueda echar abajo, pero un ciberataque en toda regla contra el imperio Google (que cubre Google, Gmail, YouTube y Blogger), podría crear una brecha a través de la cual alguien pudiera tomar el control de la red en su práctica totalidad, dejando a los rebeldes como marginales dentro del sistema cibernético. Y ya sabemos lo que eso significaría: regresar a la horrible década de 1970 con sus patas de elefante y con la música disco. Eso, y algunas cosas peores también.

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