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jueves, 21 de abril de 2011

La rebelión entre el Islam y Occidente.


El mundo entero ha reaccionado de maneras muy disímiles ante la crisis en el mundo islámico de inicios del 2011, aunque sea por la manera en que reptan al alza los precios del petróleo, pero hay un denominador común para todo esto: desconcierto. Quien diga que esperaba algo así más tarde o más temprano, miente como un bellaco. El mundo islámico en general, desde Marruecos hasta Indonesia, es una serie de satrapías en donde un consorcio de familias extendidas y más o menos en conveniencia con los gobiernos occidentales manejan a una enorme masa de gente empobrecida y víctima de guerrillas y ayatolas de varios colores y grupos distintos. Porque el Islam, que desde Occidente se ve tan grueso y monolítico, en realidad es una gigantesca bolsa de gatos, partiendo por la división entre chiítas y sunnitas, siguiendo por las sectas más extremas como los wehabitas, y prosiguiendo por naciones más abiertas a Occidente como Egipto. No era tan descabellado pensar que alguna vez, todo eso iba a estallar de un modo u otro, pero... ¿tan rápido?, ¿de forma tan intempestiva...?

A pesar de la visión simplista de las relaciones entre Islam y Occidente que nos aporta el cine de Hollywood, con gente buena y amante de la libertad versus terroristas que ululan en árabe mientras lanzan bombas o se inmolan con ellas, las cosas no son tan sencillas, y ahora hemos tenido otro ejemplo de esto. Se ha insistido bastante en que los rebeldes no son gentes afiliadas a las sectas más extremas del Islam. Los Hermanos Musulmanes de Egipto, por ejemplo, fueron sorprendidos por completo por la rebelión popular que derrocó a Hosni Mubarak, y sólo tardíamente se plegaron a la rebelión, sólo para ocupar un rol de comparsas. Y estamos hablando de un grupo especializado en vivir en la clandestinidad y que suponíamos ávido de aprovechar la más mínima oportunidad. Los rebeldes en general son gentes que aspiran a vivir como se vive en Occidente y están luchando para tener más libertad y más democracia, no para instaurar una dictadura yihadista que adopte la Shariah como Código Penal a la manera de Nigeria. ¿Por qué si Occidente ha sido el gran espantajo de las potencias occidentales, los rebeldes no son islámicos convencidos, sino tibios en el mejor de los casos...?

En realidad, esta rebelión nos enseña que el mapa conceptual es bastante más complicado de lo que parece. Desde el siglo XIX, Occidente ejerce una fuerte atracción sobre el mundo islámico. Occidente se presenta no tanto como un faro de libertad y democracia, como una invitación a tener un mejor estilo de vida. ¿Para qué alguien va a conformarse con ser pastor de cabras en una colina lejana de Asia Central o en un oasis del Sahara, si se puede tener todo el estilo de vida de los culebrones de gente rica y famosa de Estados Unidos? Puede que odien a Occidente por imponerles sangrientas dictaduras en algunos casos (Egipto), permitir o tolerar otras en otros (Arabia Saudita), o no pasar a los hechos directos desde una política de bravuconadas y balandronadas (Libia), pero no podrían odiarlo por su estilo de vida. Desde este ángulo, el islamismo radical la tiene bastante difícil para propagarse, y en los hechos, los verdaderos fanáticos islámicos son más bien una minoría. El Islam llevado a rajatabla, después de todo, obligaría a destrozar cualquier adelanto tecnológico. No en balde, los doctores de la ley islámica han sido tradicionalmente hostiles a la tecnología y al pensamiento científico desde época tan temprana como el siglo IX, cuando en Bagdad se opusieron a los racionalistas de la escuela filosófica de los mutazilíes, y han seguido en esa misma actitud hasta el día de hoy. Y esto, más o menos por las mismas razones que en Occidente los sacerdotes han sido tradicionalmente hostiles al desarrollo científico: porque la ciencia, inquiriendo cosas al universo, podría llegar a probar que lo dicho en las Escrituras no se corresponde con la realidad, y entonces en dónde quedaría la religión (por decirlo suavemente).

Lo divertido es que alguna vez el mundo islámico tuvo los créditos posibles para apoderarse de toda la Tierra. El Califato Abasida, controlado desde Bagdad entre los siglos VIII y XIII, en su apogeo fue la potencia más poderosa de toda la Tierra, con más proyección internacional que China y más éxitos militares y riquezas que el Imperio Bizantino. La seguidilla de guerras que llevó a la entronización de los mongoles entre los siglos XIII y XVII, por motivos que son demasiado largos para reseñar acá, los arrojó por la pendiente del desastre. Cuando pudieron reponerse, ya Occidente estaba pisándoles los talones, y así ha seguido siendo hasta hoy.

Pero para sobrevivir en un mundo tecnológicamente occidentalizado, y también para que emires y pachás pudieran llevar una vida de lujos, debieron asumir la tecnología occidental. Si el jeque decide cambiar el camello por un Rolls Royce, necesita un mecánico que lo mantenga reparado y afinado, y ese mecánico no irán a buscarlo a Inglaterra: será un nativo entrenado y educado en materias occidentales. Si la esposa del jeque desea tener hijos sin riesgo de morirse de parto, deberán buscar médicos occidentales, o mejor aún, entrenar los propios médicos. A su vez, un sistema de gobierno y administración eficiente implica, claro está, tener gente que entienda de contabilidad y finanzas y computación... a la manera occidental. Puede que muchos países musulmanes estén sepultados en la corrupción y en los gastos de las familias reales que dilapidan alegremente los ingresos del petróleo, pero en medio de ese derroche, se ha ido formando una necesaria clase media de mentalidad occidental que preferirían reglas del juego más claras, menos autoritarismo... menos de esos jeques, precisamente. Pero son gentes que tampoco irán a arrojarse a los brazos del ayatola, porque entonces el médico tendrá que aprender Medicina según el Corán, el mecánico tendrá que volver a apacentar camellos, y los contadores deberán aprenderse la rígida, engorrosa y anacrónica legislación económica coránica.

En este juego a tres bandas, resulta temerario decidir quién va a ganar. Después de todo, hay demasiados intereses en juego, incluyendo el petróleo y la geopolítica (Canal de Suez, acceso ruso al Mediterráneo y al Indico, etcétera), como para que nadie se atreva a meter las manos ahí. Pero no está mal para nosotros los occidentales darnos un baño de realidad: el mundo islámico es mucho más complejo que las caricaturas que nos vende la prensa diaria, o las películas de Chuck Norris.

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