miércoles, 13 de abril de 2011

CIVIMPERIOS - Italia: La lucha por la Modernidad.


Durante siglos, y en palabras del canciller austríaco Metternich, Italia fue sólo una simple expresión geográfica en el mapa. Algo debía saber al respecto este Metternich, uno de los arquitectos del Congreso de Viena de 1815, que reconstruyó el mapa europeo después de las Guerras Napoleónicas, y que cegó las aspiraciones nacionalistas de los pueblos sometidos a potencias extranjeras, entre ellas los italianos. Y sin embargo, en el transcurso del siglo XIX, los italianos consiguieron levantar cabeza y transformarse en una nación europea hecha y derecha. Su historia, acá en Civimperios.

Desde la caída del Imperio Romano en el siglo V, ninguna potencia fuerte había conseguido unificar el territorio de la península itálica desde los Alpes en el norte, hasta Sicilia en el sur. Las más importantes potencias históricas en Italia eran Milán y Venecia al norte, Florencia algo más al sur, el Papado y los Estados Pontificios aún más al sur, y en el extremo, el Reino de Nápoles. Existían varias otras ciudades y estados más o menos independientes, pero en un proceso de canibalización implacable, hacia los siglos XVI y XVII habían desaparecido casi todos. Sin embargo, algunas almas preclaras lamentaban que Italia no pudiera estar unificada, en particular Nicolás Maquiavelo, quien culpaba al Papado de no ser lo suficientemente fuerte como para unificar a Italia, ni lo suficientemente débil como para permitir que otro lo hiciera.

La invasión de Napoleón Bonaparte a Italia, concretada en la campaña militar de 1796 y 1797, remeció a los italianos y ayudó a crear un sordo sentimiento de nacionalismo. En esa época, y desde el final de la Guerra de Sucesión Española (1714), el norte de Italia estaba bajo dominación austríaca. El nacionalismo cundió entre los italianos, y llevó a una sublevación generalizada en el contexto de la gran revolución europea de 1848. Sin embargo en el momento decisivo, el Papado que apoyaba dicho movimiento nacionalista, le dio vuelta la espalda, y las tropas austríacas por su parte, después de varias victorias militares, se impusieron a los rebeldes.

Un nuevo intento se produjo a partir de 1859. Ayudado por Napoleón III de Francia, quien buscaba socavar el poderío austríaco, la dupla conformada por el rey Víctor Manuel II del pequeño reino de Piamonte, y su eficiente ministro Camilo Benso, Conde de Cavour, lideraron una exitosa guerra en contra de Austria. En paralelo, el ejército del general Giuseppe Garibaldi en el sur obtuvo victorias sobre el Reino de Nápoles, y pavimentó el camino a la unificación. En 1860, la unidad italiana era un hecho, y faltaba Roma como último bastión. Sin embargo, Napoleón III cambió de idea y defendió al Papa, para no tener una nación italiana demasiado poderosa. La capital de Italia fue establecida en Florencia, aunque seguía latente el sueño de recuperar Roma. Al final, aprovechando que Napoleón III retiró sus tropas de Roma para luchar contra Alemania en la Guerra Franco-Prusiana (1870), los italianos invadieron Roma. El Papa se rehusó a guerrear, y con ello los Estados Pontificios, con sus once siglos de historia, fueron invadidos y cesaron de existir. El Papa se recluyó en Roma y se llamó a sí mismo “prisionero del Vaticano”, desatando la llamada Cuestión Romana. Los italianos, mientras tanto, fijaron su capital en Roma. La Cuestión Romana duraría hasta 1929, en que por un concordato se creó el actual Estado del Vaticano.


Teniendo una nación unificada, el Reino de Italia se lanzó a la empresa de obtener un imperio colonial, como otras naciones europeas. Sin embargo, había llegado demasiado tarde al reparto, y era demasiado débil, de manera que debió conformarse con Libia, en el norte de Africa, una delgada franja costera de territorio sin demasiado valor. En 1896 intentó invadir Etiopía, pero las tropas nativas, ayudadas por un territorio fragmentado y montañoso, les infligieron una salvaje derrota.

Italia entró a la Primera Guerra Mundial del lado de los Imperios Centrales, pero al año siguiente, en 1915, se pasó al bando de Francia e Inglaterra. A pesar de esto, no obtuvo significativas victorias contra su eterna rival Austria. En la mesa de negociaciones no le fue mejor, y quedó casi al nivel de las naciones derrotadas. Esto llevó a que los italianos apoyaran a Benito Mussolini, quien marchó sobre Roma con sus tropas en 1922, e instauró la dictadura fascista. Bajo Mussolini, Italia emprendió una segunda invasión militar contra Etiopía, en 1936, esta vez sí coronada por el éxito.


Mussolini entró a la Segunda Guerra Mundial al lado de Hitler, e intentó construirse un imperio a costa de Albania y Grecia, fracasando ostensiblemente. Los Aliados invadieron Sicilia en 1943, y saltaron al continente en 1944. Después de varias idas y venidas, Mussolini acabó fusilado en 1945. Al año siguiente, debido a su apoyo al régimen fascista, el rey italiano Víctor Manuel III fue exiliado, y se proclamó la República. En las décadas siguientes, Italia fue escenario de violentas luchas políticas entre la Democracia Cristiana y la derecha por un lado, y las brigadas comunistas, que alcanzaron su punto culminante con el secuestro y asesinato del Primer Ministro, Aldo Moro, en el año 1978.

Con todo, en el intertanto, Italia se integraba en el proceso de unificación europea posterior a la Segunda Guerra Mundial. En 1957, en Roma precisamente, Italia pasó a integrar la Comunidad Económica Europea. Al entrar en vigor en 1993 el Tratado de Maastricht, que creó la Unión Europea, Italia fue uno de los países fundadores. De esta manera se revierte la empresa nacionalista italiana de conseguir una nación con soberanía plena, para rendirla ante el gobierno común europeo. Lo que salga de ese proceso para los italianos, a la hora de escribir estas líneas es una incógnita.

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