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domingo, 13 de febrero de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 24 - Atompunk.


A la par que la Ciencia Ficción literaria alcanzaba un mayor grado de madurez, era cada vez más evidente para el público allá afuera que los mundos de Ciencia Ficción tenían algo que decir, más allá del creciente núcleo de frikis que leían esas cosas. Y habiendo un público objetivo allá afuera, los productores de cine reaccionaron, y decidieron volcarse al género. Había pasado casi un cuarto de siglo desde que recibieran como lección, del fracaso de "Metrópolis", que la Ciencia Ficción en el cine no era rentable, pero ahora las cosas habían cambiado. Por un lado, al existir público dispuesto a ver películas de Ciencia Ficción, había un mercado nuevo. En segundo lugar, la industria de películas se había desarrollado lo suficiente como para crear toda una frondosa filmografía de películas "serie B" de bajo presupuesto, por lo que una película de Ciencia Ficción no tenía que ser necesariamente un blockbuster de alto presupuesto (aún faltaba para que "La guerra de las galaxias" cambiara las reglas del juego). Y en tercer lugar, algo muy importante: los efectos especiales habían evolucionado lo suficiente como para que muchas cosas que hubieran chirriado, y chirriaban, en el cine mudo, ahora pudieran verse más creíbles y aceptables para las audiencias.


El grueso de la producción de Ciencia Ficción en el cine que es inmediatamente posterior a 1945, algunos lo han llamado "Atompunk", derivando la palabra del Cyberpunk y matizándolo con la fijación en el horror atomico como mecanismo gatillante. El cine se inundó de bichos que, gracias a la radiación, crecían de tamaño y atacaban a la gente. Era el caso de "La Humanidad en peligro" (1954), en que la amenaza eran hormigas gigantes procedentes de un territorio utilizado como campo de pruebas nucleares, o de "Tarántula", cuyo título lo dice todo. Aunque no siempre el monstruo de turno era el resultado de pruebas atómicas. En el caso de "La mancha voraz" (1958), una criatura consistente en una masa viscosa que crecía devorando seres humanos, venía del espacio exterior. Pero un elemento subyacente permanecía: la noción de los "buenos y sencillos americanos" de los pueblos y ciudades de Estados Unidos, invadidos por el "extraño", el "otro". De esta manera, las películas de monstruos se transformaron en una metáfora de otro horror más íntimo del estadounidense promedio: el miedo a la sombra del comunismo, que busca socavar el Gobierno de la Libertad y destruir el modo de vida democrático. No debe olvidarse que la década de 1950 fue también la resaca del Macartismo, de la "caza de brujas" y del Comité de Actividades Antiamericanas, que buscaba eliminar toda posible infiltración comunista en Estados Unidos. La máxima expresión de la paranoia anticomunista en el cine de aquellos años, es probablemente "La invasión de los ladrones de cuerpos" (1956), en que los extraterrestres invasores (metáfora del "peligro rojo") reemplazan a los seres humanos por copias exactas e indistinguibles de ellos, salvo por el hecho de que carecen de sentimientos: esto es el planteamiento del terror paranoico máximo, que consiste en que tus seres más queridos un día se transforman en enemigos que quieren destruirte con toda la frialdad del mundo, exactamente como se decía que los comunistas infiltrados querían hacerlo con la democracia de Estados Unidos y el "american way of life".


Volviendo a los "monstruos atómicos", el más famoso de ellos, sin lugar a dudas, es Godzilla. La primera película de la franquicia, llamada "Godzilla" precisamente (1954), versa sobre un monstruo reptiliano que, despertado por las pruebas nucleares, ataca y destruye la ciudad de Tokio (la película, huelga decirlo, es japonesa). En Japón, las películas de Godzilla y otros monstruos postatómicos se transformaron en una fértil franquicia, en parte a los bajísimos costos de producción (Godzilla y la horda de monstruos acompañantes eran en realidad hombres enfundados en trajes de hulespuma), y en parte gracias a la reacción del público, ya que el horror de Godzilla era una metáfora acerca del verdadero horror que vivía Japón en aquellos años: una nación quebrantada por dos bombas atómicas y por la ocupación militar extranjera, que empezaba a vivir la revolución tecnológica que los llevaría a ponerse a la cabeza de la electrónica mundial, pero que le tenía un miedo cetrino, aunque comprensible, a la incertidumbre en el futuro que se venía encima de ellos.


Otro curioso fenómeno del cine de la época, fueron algunos empeños por resucitar la Ciencia Ficción "clásica". Herbert George Wells fue adaptado en "La guerra de los mundos" (1953), aunque según los cánones del Estados Unidos de la época: ahora ya no se trataba de poner en evidencia la decadencia de un imperio, como el crítico Wells lo hacía respecto de los británicos, sino de defenderlo contra los malvados invasores del exterior (la paranoia anticomunista, otra vez). El productor de esta película, George Pal, dirigió años después otra adaptación wellsiana, "La máquina del tiempo" (1960), probablemente la más respetuosa adaptación de Wells al cine, así como una de las mejores películas de Ciencia Ficción de todos los tiempos. Julio Verne tampoco se quedó atrás, y fue objeto de dos ambiciosas y relativamente bien logradas adaptaciones, que son "20.000 leguas de viaje submarino" (1954) y "Viaje al centro de la Tierra" (1959), ambas con un presupuesto holgado y efectos especiales de punta para la época, además de repartos con actores de primera línea.


Y volviendo al Atompunk mismo, hay dos películas que deben ser destacadas como esfuerzos por hacer cine de alturas, dentro de la Ciencia Ficción. "Destino: La Luna" (1950) fue el primer intento por crear una historia espacial estrictamente científica en el cine, refiriendo la historia de la primera misión espacial a la Luna con todo el conocimiento científico de la época. Algo después, la película "El día en que la Tierra se detuvo" (título en Latinoamérica) o "Ultimátum a la Tierra" (título en España), le daba la vuelta al tema del extraterrestre invasor. En la película, un extraterrestre que adopta el mesiánico nombre de Carpenter (esto es, el Carpintero) viene con un importante mensaje: si los seres humanos siguen siendo criaturas bélicas y hostiles, las razas del universo se volverán en su contra y la arrasarán, para defenderse de la creciente pujanza humana. La película ha sido leída como una especie de parábola pacifista, aunque no deja de tener miga el hecho de que los métodos usados por Carpenter sean la presión y el chantaje, en vez de la negociación diplomática. Es esta ambigüedad de la película, su mejor baza de cara a la posteridad, ya que sus varias lecturas siguen siendo aún válidas, y probablemente lo sigan siendo en tanto los seres humanos piensen que es mejor empuñar un fusil que sentarse a arreglar los problemas de la especie humana.

Próxima entrega: "Los superhéroes en decadencia".

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