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miércoles, 9 de febrero de 2011

CIVIMPERIOS - Atenas: La escuadra que construyó un imperio (Parte 1: El ascenso).


Usualmente se considera a Atenas como la cuna de la democracia. Esta afirmación es bastante relativa, ya que la democracia ateniense se limitaba únicamente a los atenienses varones libres: ni los esclavos, ni las mujeres ni los extranjeros podían participar en ella. Pero lo que es importante acá, es entender que la imagen de Atenas como una democracia suele ocultar en la historiografía que Atenas durante una etapa de su existencia fue y se comportó como un imperio. A continuación, la historia del Imperio Ateniense en Civimperios.

Hacia el año 1200 antes de Cristo, Grecia estaba regida por los reinos micénicos (los mismos que aparecen como invadiendo Troya en la “Ilíada” de Homero). Por razones que nos son desconocidas, estos reinos decayeron y fueron finalmente invadidos por un pueblo del norte llamado los dorios. La marea doria cubrió a casi toda la Grecia continental, pero dejó una península a salvo: el Atica. Básicamente, la región del Atica, cuya ciudad más importante era Atenas, es una especie de peñón sin mucha tierra fértil, y por lo tanto, muy poco interesante para los invasores. De esta manera, Atenas comenzó su historia civilizada como una ciudad opaca y oscura.

En la siguiente etapa de la historia griega, los atenienses se quedaron rezagados. Las ciudades de Jonia, al otro lado del Mar Egeo, se dedicaron a enviar una serie de expediciones colonizadoras que fundaron ciudades en todo el Mar Mediterráneo, pero Atenas no se sumó a estos esfuerzos. En esos años, Atenas era una ciudad agraria sin demasiado interés en el mundo marítimo. Pero la población aumentaba, y pronto Atenas se vio afligida por el problema de qué hacer para seguir siendo competitiva en el mundo de las ciudades independientes griegas, además de alimentar las bocas de una población creciente.


Los atenienses se entregaron entonces a la inteligencia de algunos reformadores. El primero de ellos fue Dracón, un legislador que dictó las primeras leyes escritas de la ciudad. Pero su código legal fue tan duro, que hasta el día de hoy la palabra “draconiano” es sinónimo de dureza inhumana. El siguiente legislador fue Solón, que atenuó la dureza de las leyes de Dracón, y promovió una serie de reformas económicas. La idea de Solón era garantizar que el gobierno no pertenecería sólo a una aristocracia, sino que también aquellos que acreditaran una renta determinada pudieran participar del mismo. La idea de que los ricos, que por lo general eran la clase comerciante, pudieran intervenir en el gobierno, hizo que las leyes y políticas atenienses buscaran el mayor provecho económico, y le dio un nuevo impulso a la ciudad.

Con todo, y de manera muy lógica, los aristócratas no estaban contentos con ir perdiendo el poder, y durante más de cien años después de Solón (quien dictó sus leyes hacia 590 antes de Cristo), Atenas vivió una serie de trifulcas en donde una serie de hombres fuertes se hicieron del poder e intentaron reformas. La palabra griega para este tipo de gobierno es “tiranía”, pero dentro del mundo griego, la palabra “tirano” no tenía connotaciones negativas: se trataba simplemente de un hombre que llegaba al poder por vías de hecho (dando un golpe de estado, para ser más directos). Algunos tiranos atenienses son de luctuosa memoria, pero otros utilizaron el poder para promover el bien común. El principal de estos tiranos fue Clístenes, que hacia 508 antes de Cristo se hizo con el poder en Atenas e impulso una reforma en la que quebró el poder tradicional de las familias, organizando a la comunidad por distritos de acuerdo a su domicilio. El reemplazo de la sangre por el territorio como factor político principal fue lo que promovió la relativa igualdad que tuvieron los atenienses libres en el gobierno de su ciudad: o sea, dio origen a la democracia propiamente tal.


Pero poco después de Clístenes, la ciudad de Atenas fue duramente puesta a prueba. Al este había surgido un nuevo poder, el Imperio Persa, que intentó dos invasiones armadas de gran escala contra Grecia. Estas se conocen como las Guerras Médicas: en la primera, Atenas se salvó en la última hora, pero en la segunda acabó incendiada hasta los cimientos. Podría haber sido el fin de Atenas como ciudad de importancia en el mundo griego, pero Temístocles, un gran almirante ateniense, dio vuelta las tornas al tenderles una hábil emboscada a las naves persas en la isla de Salamina. La astucia de Temístocles fue encajonar a la flota fenicia (aliados de los persas), superior en número a la ateniense, en un estrecho en donde no podían maniobrar y su número se volvía en su contra, para luego atacarla sin piedad. Después de la guerra, consciente de que la flota y no el ejército había sido el factor decisivo en la guerra contra los persas, Temístocles usó su influencia y prestigio para impulsar el fortalecimiento de la flota al máximo. Atenas se transformó así en una potencia naval. Después de la derrota persa, Atenas congregó en torno suyo a varias islas del Mar Egeo y creó una alianza común llamada la Liga de Delos. El tesoro de la Liga estaba primero en la isla de Delos (de ahí el nombre), pero después fue trasladado a Atenas. A su vez, las islas comenzaron a preferir pagar un tributo a Atenas por protección en vez de aportar con navíos y hombres, por lo que pronto se transformó en un verdadero imperio naval. El descontento contra Atenas creció aún más cuando la reconstrucción de la ciudad fue financiada con el dinero de la Liga. Atenas alcanzó así su apogeo, pero en el ahora desembozado Imperio Ateniense, estaban ya sembradas las semillas que conducirían a su destrucción.

(Sigue en la segunda parte).

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