martes, 25 de enero de 2011

Rebelión en Magallanes o la misma vieja historia.


El primer año de Sebastián Piñera instalado como Presidente de Chile en el Palacio de la Moneda ha sido bastante conflictivo, por decirlo en términos moderados. No pocos hacen mofa de que la "nueva forma de gobernar", cual fue su eslogan de campaña, ha significado enormes quebraderos de cabeza para el Gobierno, así como no pocas perturbaciones para la nación en general. Y ahora, en enero de 2011, se compraron un nuevo problema: Magallanes. Bastó que se anunciara el recorte de un subsidio para el gas en Magallanes, para que la provincia entera se alzara en pie de guerra. La batalla por un recurso esencial para la zona (después de todo es la región más fría y necesitada de calefacción en Chile) acabo degenerando en un episodio más de una contienda más antigua y más abierta que recorre por completo la historia patria. Porque no nos engañemos, la pugna de una región contra la capital ha sido la tónica constante en la ya bicentenaria historia de Chile, y por lo tanto, este cuento no es nuevo, sino que viene a ser la enésima reedición de la misma eterna batalla de siempre.

Hagamos un poco de historia. Aunque la fecha "oficial" de la independencia de Chile es 1810, los movimientos en esa dirección comenzaron con la rebelión soterrada de los aristócratas contra el Gobernador García Carrasco en 1808. Más allá de la inepcia y falta de tacto mostrada por García Carrasco en su actuación, lo que llevó a su caída y a la instauración de la Junta de Gobierno de 1810, dicho movimiento no fue la nación chilena sublevada contra la opresión española, como la mitografía histórica nacionalista posterior ha pretendido en muchas ocasiones reseñar. En realidad, las convulsiones políticas y militares que acompañaron al gran movimiento revolucionario que comenzó en 1808 no acabó sino con un nuevo autoritarismo, el del gobierno de Diego Portales a partir de 1831 (no nos engañemos: el Presidente José Joaquín Prieto era casi una marioneta, y el verdadero poder en las sombras era el ministro Portales) y la Constitución Política portaliana de 1833. Se ha observado, y no sin razón, que las Constituciones de 1925 y 1980 en realidad son más adecuaciones del viejo texto portaliano a los nuevos tiempos, que verdaderas revoluciones institucionales que hayan refundado a la Patria de arriba abajo.

Este ethos autoritario de la Historia de Chile se traslada a la geografía. En la época de la independencia del Imperio Español, aunque teóricamente Chile limitaba con el Perú en el Despoblado de Atacama y llegaba hasta Magallanes, en la práctica abarcaba sólo la zona entre La Serena y Concepción. Más al norte no había nada de interés para que el Estado de Chile o cualquier Estado se interesara (y cuando surgió el guano primero y el salitre después, Chile se expandió militarmente acorralando de paso a Bolivia en su altiplano), y al sur estaba la hostilidad de los mapuches, que eran independientes y tardarían decenios en ser sometidos. La nación chilena era así geográficamente homogénea, con mucho campo y zona rural, y unas pocas ciudades dedicadas a la vida comercial e industrial. No es raro que la institucionalidad forjada en 1831-1833, tendiera a considerar a Chile como una nación unitaria y homogénea en lo geográfico, en lo demográfico, en lo étnico, en lo idiomático y en lo social.

Y con ese modelo y esquema de lo que según algunos debe ser Chile, llegamos hasta la actualidad. Una en la que casi la mitad de la población de Chile vive en Santiago. Pregúntenle a cualquier provinciano, y les dirá unánimemente que odian a Santiago como ciudad para vivir, debido a su hipertrofia y pésima calidad de vida. Pero aún así, la gente sigue yéndose a Santiago. ¿Por qué? Porque en Santiago hay trabajo y hay oportunidades. ¿Y eso por qué? Simplemente porque el modelo autoritario manda que se debe centralizar todo en Santiago, además de tratar a toda la nación por igual, como si todas las ciudades y regiones tuvieran igualdad de oportunidades para el desarrollo. En consecuencia, Santiago se lleva la parte del león, aprovechando esa relativa igualdad de trato junto a sus ventajas competitivas para seguir drenando energía vital del resto de Chile. Quedarse en las provincias de Chile es morir un poco, y quedarse en provincias tan extremas como Arica o Magallanes, es casi morir del todo.

El choque entre Magallanes y Santiago en torno al precio del gas, tiene mucho que ver con esa incomprensión entre los autoritarios de Santiago que siempre han cortado a su antojo el queque de Chile, y los provincianos que deben hacer lo imposible para medrar y defenderse de sus atropellos. Desde Santiago el Gobierno dijo que iba a retirar los subsidios para el gas en Magallanes. Detrás de esta decisión, más allá de factores económicos, subyace la ideología inconsciente de que ninguna región de Chile debería tener un tratamiento especial, porque la Patria es una (los conceptos políticos portalianos, una vez más en acción). Los magallánicos, conscientes de que su región está más o menos depauperada, que Santiago no se preocupa mucho de ellos, y además que con ello sólo se conseguirá encarecer la vida en dicha región, hicieron lo que cualquiera hubiera hecho para defender sus personas, su hogar y sus familias: se volcaron a las calles para hacer presión. Por alguna razón, cuando la defensa de la propiedad es la propiedad de los santiaguinos, ahí sí que está bien, aunque sea a balazo limpio, pero cuando un provinciano quiere defender su propiedad respecto de la voracidad de los santiaguinos, ahí pasa a estar mal, y que los medios de comunicación no los muestren para que alguien no vaya a pensar que son héroes. Pero no contaron con Facebook, Twitter, los blogs y toda la parafernalia de las redes sociales, de manera que la gente del resto de Chile acabó por enterarse de lo mismo, lo que debió haber tomado por sorpresa a los políticos acostumbrados a tomar medidas en contra de la población entre cuatro paredes y convencidos de que nadie nunca jamás se enterará.

En esta crisis, ante el escándalo masivo incluso a nivel internacional, el Gobierno debió echar pie atrás. Pero no por siempre. En este año, o el próximo, o en alguno de los siguientes, incluso ahora mismo, el Gobierno (y da lo mismo cuál sea su signo, si de derecha o de izquierda, porque esto es Chile) llevará a cabo alguna otra iniciativa de sesgo portaliano, autoritario y antidemocrático, imponiendo lo que se supone es lo mejor para Chile en vez de ir y preguntarle a la gente que es en verdad Chile. Y habrán nuevas rebeliones sociales. Y quizás más graves. Porque eso de que Chile es un paraíso de estabilidad institucional está bien para enseñarlo como eslogan en los colegios, pero sabemos que ninguna estabilidad institucional se consigue con palabras de buena crianza y bellas intenciones: algún muerto debe quedar siempre en el camino. O como en el caso de Magallanes, dos muertas.

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