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domingo, 2 de enero de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 18 - La llegada del Apocalipsis.


La Ciencia Ficción anterior a 1945 tendía a ser tecnooptimista, y solía concebir futuros en los cuales los desarrollos tecnológicos iban a llevar a sociedades utópicas en que todos los problemas de la vida quedarían resueltos. Algunas de estas predicciones con el tiempo se transformaron en lugares comunes, y podemos someramente echar repaso a algunas: en el futuro la economía no es un problema, todo el mundo tiene empleos rentables, los trabajos más ingratos (servicio doméstico, minería, policía, etcétera) están a cargo de robots, existe una moneda única que se llama "crédito", los problemas de salud son cosa del pasado... Y sin embargo, como comentábamos, a partir de 1945 operó el gran cambio en el mundo, y también en la Ciencia Ficción. Aunque existían obras anteriores, puede decirse que en 1945 arremetió con fuerza la variante de la Ciencia Ficción que podemos llamar "Ciencia Ficción apocalíptica", y que describe los numerosos escenarios en que la civilización y quizás la Humanidad llegarán a su final, así como las sociedades postapocalípticas que emergerán, sea que el desarrollo tecnológico no pueda evitar la catástrofe, sea que la catástrofe sea provocada por ese mismo desarrollo tecnológico que nos iba a llevar a "un mundo mejor". Algunas de esas obras todavía pueden considerarse como clásicas dentro del género. Irónicamente, las más reconocidas y populares no suelen estar asociadas al horror atómico (quizás porque era un miedo demasiado presente y real, o quizás porque ese miedo ha quedado algo periclitado frente a otros peores), sino a catástrofes medioambientales en las cuales el equilibrio entre la Humanidad y la biosfera se quiebra de manera fatal para el primero.


Quizás la más importante novela de esta hornada de nuevos escritores apocalípticos sea "El día de los trífidos" (1951), del británico John Wyndham. Esta novela, un tanto voluminosa para los estándares actuales (muy británica en esto), refiere como la sociedad mundial explota unas plantas llamadas "trífidos", que son muy profitables, pero también muy agresivas al ser humano. Cuando el horror de éstas se desata sobre la Humanidad, la civilización termina pereciendo entre sus verdes fauces. La novela no se centra tanto en el horror de los trífidos, aunque también las plantas tienen lo suyo, como en las reacciones de una Humanidad cayéndose a pedazos, un poco en la vena de "La guerra de los mundos" de H.G. Wells, con la sensible diferencia de que los causantes de la tragedia esta vez no son marcianos u otro agente procedente de más allá de la Tierra, sino los propios seres humanos, que en su codicia y afán de lucro económico se han descuidado de estudiar y vigilar bien a los trífidos, en otro clásico caso de novela sobre el complejo de Frankenstein.


El tema había sido tratado ya anteriormente, con variantes, en "Más verde de lo que creéis" (1947), de Ward Moore. En la obra no es una planta especial la que desata la catástrofe, sino un invento, el Metamorfoseador, que al cambiar la estructura molecular de las plantas, les permite alimentarse de cualquier cosa a su alcance. Las intenciones son ambiguas (por un lado se trata de una eventual panacea para alimentar a los hambrientos del planeta, mientras que por otro hay ingentes cantidades de dinero en juego con los beneficios del invento), pero los resultados son desastrosos: al poder alimentarse de cualquier cosa, las plantas crecen y crecen sin que nada pueda pararlas (en lo básico, porque cualquier cosa que se les arroje, las plantas pueden comérsela), hasta ahogar prácticamente a la civilización completa.


Un apocalipsis diferente acontece en "La muerte de la hierba" (1956) de John Christopher. En este caso se trata de un virus que liquida a la hierba. O sea, no es un exceso de plantas (trífidas o de otro tipo), sino su falta, lo que desencadena el fin del mundo. La novela permanece como un clásico menor del género, si bien tiende a ser más conocida por haber sido adaptada al cine en una película menor del género postapocalíptico, que es "Contaminación" (1970).


Otro clásico de la época es "La Tierra permanece" (1949), de George R. Stewart. Pocas veces el título para una obra estuvo tan bien puesto: la trama gira en torno a los esfuerzos de una sociedad que ha sobrevivido a un apocalipsis, no sólo para sobrevivir, sino también para reconstruir una nueva sociedad sobre las ruinas de la anterior. En esta veta es posible encontrar varias otras novelas similares, siendo probablemente "Un cántico por Leibowitz" (1960), de Walter M. Miller Jr., la más destacada. En esta obra se describe una sociedad futura en que una nueva Edad Media religiosa ha surgido, como única manera de preservar el legado cultural que de otra manera se habría destruido sin remedio. En esta novela, como lo importante es la reconstrucción de la sociedad durante el Tercer Milenio, y no la catástrofe misma, Miller no se come demasiado la cabeza, y opta como mecanismo detonador del desastre, el holocausto nuclear de toda la vida.

Próxima entrega: "Maduración de la Edad de Oro".

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