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viernes, 14 de enero de 2011

CdA 102 - "Entra Goloso".


ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”. Jacinta le prepara una cena a Hernán, para celebrar su llegada a Corona de Amenofis, pero Hernán no puede gozarla, porque es interrumpido por el chantaje de Vania. Y Klunn, una cucaracha capaz de hablar, vigila los movimientos de Hernán

“Entra Goloso”

La Calle Valparaíso había conocido días mejores. Desde comienzos del siglo XX, había sido la arteria aristocrática de Viña del Mar. Pero desde la apertura del Mall Marina Arauco, en 15 Norte, el rango de la Calle Valparaíso había ido disminuyendo progresivamente. El precio de arriendo de las oficinas era así cada vez más barato, y por lo tanto, accesible para gentes un poco más dependientes de la deriva económica. Como Olegario Ferrer, por ejemplo.

No había mucho que hacer aquella mañana, así es que Olegario Ferrer estaba dedicado a jugar al solitario con una cuarteada baraja de naipes ingleses. Cuando tocaron la puerta, no se tomó la molestia de abrir, aunque fuera su primer cliente nuevo en el mes: dijo un simple “Pase”, guardó las cartas con prisa disfrazada de parsimonia, y se estiró para alcanzar una carpeta, abrirla, y fingir así que estaba trabajando en algo.

–Tome asiento. Dígame, por qué viene a verme, señor…

–Hernán– dijo el cliente con sequedad. –Verá, mi problema…

Hernán explicó brevemente el asunto con Vania: cómo ella procuraba extorsionarlo, y como su esposa no debía enterarse de algunas cosas de su pasado.

–Lo siento, pero si Vania tiene esas fotografías, no puedo hacer nada. Entrar en su casa sería violación de domicilio, y eso es contra la ley.

–No le pido eso, señor Ferrer– dijo Hernán. –Necesito simplemente algo que pueda… Ya me entiende, algo que me sirva para mantener a Vania a raya. Algún secreto suyo. Puede investigar eso, ¿no?

Olegario Ferrer se echó hacia atrás.

–Por supuesto que sí– dijo, como si se tratara de un gato satisfecho.

–Cuento con eso, señor Ferrer– dijo Hernán.

–No tiene de qué preocuparse. Le haré un seguimiento, es pura rutina. Luego de lo cual, algo saldrá sobre ella o sobre su pasado. Si Vania tiene algo sucio... se la quitará usted de encima, don Hernán– dijo Olegario Ferrer, con algo de agresividad en el tono de voz. Y luego añadió, con un aplomo que daba miedo: –Se la quitará usted de encima.

OxxxOxOOOxOxxxO

Entre los nuevos residentes de Corona de Amenofis, llegaba un gato. Y no satisfecho. Se trataba de una familia entera, la segunda que empezaba a residir en el condominio. Y el gato tenía cara de muy pocos amigos.

Jacinta se acercó a la nueva familia para darles la bienvenida.

–¡Hola! Me llamo Jacinta. Mi marido se llama Hernán, pero ahora está trabajando. ¿Y ustedes son…?

–¡Hola, linda!– dijo la mujer adulta de la familia, con voz afectada. –¡Ay! Yo soy Patricia. El es mi marido, Adalberto, y es abogado, oye…

–¡Abogado!– dijo Jacinta, con sorpresa. –Somos colegas entonces, porque yo también soy abogada...

–Mucho gusto– dijo Adalberto festivamente: su rostro se había iluminado, pasando a soleado desde el gris con el cual había llegado.

–Y ellos son mis hijos Leoncio y Melinda…– dijo Patricia, apresuradamente, tratando de evitar que se le notara el disgusto hacia su marido. –¡Ya, pues, Melinda, salude, no sea yegua!

–Buenos días, señora Jacinta– dijo Melinda, con desgana. Era una mocosa de unos ocho años, y parecía temerle a doña Patricia.

–Buenos días, Leoncio– dijo Adalberto, con un apretón de manos perdonavidas.

–Hola– dijo Leoncio, con una informalidad que pretendía ser insultante.

–¡Ay, mis hijos!– dijo doña Patricia. –No es muy educado, el Leoncio… ¡Quiere ser escritor, figúrese usted…! ¡Ay, pero no me ha dicho en qué trabaja su marido!

–El es periodista– dijo Jacinta, un poco incómoda.

–¡Uh...! Espero que no suelte cahuines sobre acá, sobre Corona de Amenofis, ¿eh?– se rio Patricia, pero nadie se rio con ella, por lo cual se quedó callada, y luego, al ver que eso tampoco daba resultado, empezó a darle órdenes a los chicos para que entraran a su departamento.

–Va a ser una larga estancia acá en Corona de Amenofis– dijo Leoncio, con un talante algo más filosófico.

Pero Melinda, mientras tanto, se acercó a la jaula, que la sostenía Adalberto.

–¡Cuidado, cuidado, hija!

–¡Pero Goloso está asustado!

Goloso se tenía bien merecido su nombre. Era un gato de color castaño claro, de pelo largo y liso, y claramente sobrealimentado.

–Llévalo a la casa y déjalo encerrado en una habitación, para que no se asuste. Después lo soltamos por el barrio.

Melinda cumplió al punto las instrucciones, y luego de dejar a Goloso encerrado en la que iba a ser su propia pieza, se fue. Con lo que Goloso quedó solo.

Goloso miró en todas direcciones. Aunque por naturaleza era el clásico prototipo del “gato de chalet”, estaba ante una situación nueva, y quería explorar su terreno. Se subió arriba de unos anaqueles, que estaban vacíos.

–Apuesto a que estos servirán para los malditos libros de cuentos de Melinda– dijo Goloso para sí mismo.

Melinda tenía la mala costumbre de coger sus propios libros y leérselos a Goloso. El problema es que las aventuras de Harry Potter le dejaban frío. La vida era buena cuando el padre de Adalberto, y abuelo de Melinda, había estado vivo. El viejo tenía una hermosa biblioteca con textos de Gibbon, Spengler, Maquiavelo, y una extensa colección de libros de autores griegos y romanos. Cuando había fallecido, Patricia había liquidado a precio vil la biblioteca, ante la mirada de agradecimiento del librero de viejo de turno, y Adalberto se había quedado sólo con algunos volúmenes, más por apego sentimental que por conocimiento de su verdadero valor intelectual. Aquel día, la furia de Goloso no conoció límites. Pero necesitaba comer, y era un gato demasiado casero para irse por los basurales, así es que… ¿qué hacer? Soportar a la familia entera y aguantar que Melinda le leyera las aventuras de un brujito best-seller.

Perdido en sus recuerdos, Goloso no alcanzó a ver la cucaracha, hasta que ésta se encontró casi encima. Al verla, le soltó un manotazo, lleno de disgusto. La cucaracha corrió diligentemente a esconderse a su refugio.

–Cucarachas. ¡Puaj! ¿Qué clase de lugar es éste?– se preguntó Goloso.

En su agujero, mientras tanto, la cucaracha confirmaba las nuevas por el nanotransmisor:

–Aquí Klunn. En efecto, se trata de Goloso. Solicito instrucciones.

–Siga vigilándolo. Goloso y Hernán deben conocerse tan pronto sea posible.

Aquella noche, Goloso comió su insípida ración de galletas. Cuando estaba vivo el Abuelo Benjamín, su alimento era fino paté para gatos. Ahora, en la actualidad, estaba reducido a unas duras galletas que le hacían mal a sus encías.

Al día siguiente, dejaron abierta una ventana, y Goloso aprovechó de saltar por ella para ir a recorrer el vecindario. Quizás alguien más en Corona de Amenofis tuviera libros que lo entretuvieran, ¿quién lo sabe? Era difícil, pero podía apostar. ¡Dios, hasta se rebajaría a leer a Julio Cortázar, con tal de escapar de Harry Potter!

Lo que encontró fue una tercera familia que llegaba a ocupar un lugar en Corona de Amenofis. Aunque quizás la palabra “familia” fuera un poco excesiva. En realidad se trataba de dos hombres que iban a compartir un departamento. En un comienzo, Goloso pensó que podían ser estudiantes, pero al ver lo adultos que eran, se lo preguntó dos veces.

Fue apenas un destello. Ambos adultos miraron un sillón que estaban descargando, y lo examinaron cuidadosamente. Luego se miraron. Y se dijeron:

–No parece venir muy bien, Rafael.

–Es eso o comprar uno nuevo, Reginaldo.

Goloso sintió que la sangre se le congelaba en las venas, y dijo para sus adentros:

–¡Maricones!

En ese instante, en la puerta de Corona de Amenofis apareció una mujer alta, con físico de gimnasio, y ataviada con una ceñida minifalda.

–¡Buenos días! Soy Almendra Caballero, la administradora de Corona de Amenofis– dijo, extendiendo la mano con gesto algo varonil, y añadiendo: –Vengo a ver como están los nuevos residentes, y si necesitan algo en particular.

Observando la escena, Klunn la cucaracha asentía con sus antenitas. Almendra Caballero, la siguiente pieza del rompecabezas, aparecía por primera vez.

Próximo capítulo: "Quién es Almendra Caballero".

COMENTARIO DEL AUTOR: Si el primer capítulo servía para establecer un poco el tono de lo que iba a venir, en el segundo debía empezar a desplegar el elenco de secundarios. Preferí la perspectiva de Goloso porque es el único personaje no humano dentro de "Corona de Amenofis" (con la excepción de Klunn, pero él tiene su propia agenda aquí). Y como nunca quedé conforme con el diálogo inicial entre Patricia y Jacinta, aquí pude ampliarlo un poco más.

PARA FANÁTICOS:

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