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viernes, 7 de enero de 2011

CdA 101 - "Bienvenidos a Corona de Amenofis".


El condominio fue bautizado Corona de Amenofis por un ejecutivo cualquiera, no por especial devoción hacia la cultura egipcia, sino porque buscaba un nombre sonoro que pudiera ser vendido con un toque de sofisticación a la clase media ascendente y arribista que quisiera presumir de un poco de cultura. Su construcción tardó aproximadamente ocho meses, a cargo de la empresa constructora Ibis Blanco S.A. Eran los primeros años del siglo XXI en Viña del Mar, y existía una verdadera fiebre constructora. Las casas antiguas, fueran éstas ricas o pobres, eran demolidas sin misericordia alguna, y en su lugar crecían edificios y condominios, para una población que crecía a ritmo cada vez más acelerado, y que debía adaptarse como mejor podía a la topografía de la ciudad, encajonada entre los cerros de la desembocadura del estero Marga Marga. Ibis Blanco hizo un negocio redondo comprando algunas viejas casas de madera en la población Santa Inés, demoliéndolas, y construyendo en su lugar un buen puñado de residencias. Estas se encontraban convenientemente protegidas de los estratos sociales más modestos alrededor, gracias a una alta reja pintada de color amarillo, detrás de la cual se habían plantado arbustos lo suficientemente espesos para que no pudiera mirarse el patio del condominio o sus residencias desde el exterior. El precio era elevado porque las propiedades tenían algunos lujos, pero no excesivo porque no tenía la mejor de las vistas hacia el mar, y por otra parte, alrededor no había supermercados, sino sólo almacenes, además de un NIMBY, el Cementerio de Santa Inés.

En la semana siguiente hubo un cierto ajetreo, cortesía de los camiones de mudanza. Hubo entonces dos estratos superpuestos de habla: el tono perdonavidas de los nuevos dueños, que tenían un cierto dinero para poder mudarse allí, y el llano y popular de los cargadores de los camiones, que se dirigían con mucho respeto a los nuevos residentes, pero que entre sí guardaban un tono harto más agresivo y pedestre.

Los primeros en llegar hasta el lugar fueron Hernán y Jacinta. Eran una pareja de recién casados que habían adquirido hacía algunos meses la propiedad, después de ver el departamento piloto; hasta ese minuto habían ocupado uno de los departamentos que era propiedad del padre de ella, y que por ese tiempo se había abstenido éste de ofrecer en arriendo. Jacinta era abogada titulada, y Hernán era periodista. Ambos tenían trabajo gracias a los contactos y redes sociales del padre de ella, Hernán en el periódico “El Día de Viña”, y Jacinta en la oficina jurídica de un amigo de su padre.

La noche en que llegaron al departamento, Jacinta hizo una cena romántica, apagando las luces y colocando velas. Intentó cocinar un pavo, y el resultado le quedó francamente bueno. Para Hernán, poco habituado a las delicadezas de algunas mujeres, fue una grata sorpresa.

–¿Un poco más de vino?– dijo Jacinta.

–Sí, gracias, mi amor– dijo Hernán, extendiendo el vaso.

En ese instante sonó el teléfono celular. Hernán contestó a la rápida, sin mirar antes el número en la pantalla.

–¿Aló?

–¿Te acuerdas de mi?– preguntó una voz femenina, cargando la misma con una insinuación maliciosa.

–Eh… Sí, sí…– dijo Hernán, azorado.

–Ha pasado tiempo, creo. Podríamos vernos, ¿no te parece?– siguió ella, recargando la zalamería para que sonara más sarcástico.

–No, no creo que sea posible.

–¡Ah! Está bien… Como quieras… Pero sé donde vives, sé que te has mudado a Corona de Amenofis, y quizás podría pasar a hacerle una visita a tu mujercita… ¿Crees que a Jacinta le guste lo que tengo en mi poder…?

–¿Quién es?– preguntó Jacinta, al ver que el rostro de Hernán estaba hundiéndose.

–Del trabajo. Hay un problema con un artículo– dijo Hernán, haciendo el celular a un lado.

Al oir esto, la voz femenina al otro lado de la línea lanzó una risita maliciosa.

–Ven– dijo la voz femenina al otro lado de la comunicación telefónica, maquinando con rapidez. –Tráeme la copia del artículo. De inmediato.

–Sí… Sí… La llevaré…– dijo Hernán.

–Puedes visitarme en mi departamento. Recuerdas donde vivo, ¿verdad? Donde mismo estaba yo, antes de partir a Europa.

–Lo sé.

–Te espero.

Hernán colgó.

–Disculpa, Jacinta, tengo que irme. Tengo que llevar un pendrive con la copia de un artículo.

–¿A dónde? ¡A esta hora…! ¿Y por qué no lo mandas por Internet?

–Tengo que pasárselo al Paco, y no sé qué problema tienen con la conexión, el caso es que tengo que llevarle un pendrive. Lo siento.

Hernán corrió a coger una chaqueta, le dio a Jacinta un apurado beso en los labios, y se puso la chaqueta al mismo tiempo que caminaba con pasos apurados a la puerta. Ahí, encima de la mesa, quedó el exquisito pavo, bañado por la luz de la vela derritiéndose, abandonado.

Afuera de la puerta, Hernán no vio a una cucaracha que se escondía en la oscuridad. A medida que Hernán caminó, la cucaracha, lejos de querer esconderse o buscar su comida, pareció querer seguir a Hernán. Se detuvo cuando Hernán llegó hasta la puerta de la calle, y luego se devolvió.

OxxxOxOOOxOxxxO

Hernán subió a su automóvil y manejó a una velocidad más o menos endiablada, tanto como podía permitírselo habida cuenta de los cruces de vía que encontraba en el camino. Llegó así hasta el plan de Viña del Mar.

Tocó el botón 103 en un portero automático. Atendió la misma voz femenina que estaba en el teléfono celular. Hernán se identificó, y el portero automático soltó un chirrido: estaba abierto, y podía pasar. Con el corazón bruscamente encogido, Hernán pasó.

Al llegar al departamento 103, la puerta se abrió.

Hernán la sabía joven, sabía que tenía apenas 20 años, pero aparentaba 25. Estaba vestida con un camisón traslúcido de encaje rojo, debajo del cual había lencería de color negro. Lo recibió con una amplia sonrisa.

–¡Bien, Vania, dime qué demonios quieres!

–¡Qué crees, Hernán…! Mi padre se murió por fin– dijo Vania, pronunciando estas últimas palabras con un tono ambiguo que podía reflejar placer sincero o dolor enmascarado, o ambos a un tiempo, sin que Hernán pudiera discernirlo. –Y mi madre… Bueno, ella quería casarse con otro tipo. Y no quiere que ese otro tipo se entere de su… ejem… comportamiento pasado. Ya sabes, a lo mejor el tipo piensa que también le ponen el gorro a él, ¿no? Así que una amiga me ayudó. Te acuerdas de Melissa, ¿verdad? Me ayudó, le envió a mi madre unas fotos… ¡Y listo! Me sacaron del sanatorio en Suiza. Estoy de regreso en Chile, con dinero, y puedo hacer o tener lo que quiera. Y, Hernán… Te quiero a ti...

–Estoy casado, Vania.

–¡Ay, con Jacinta...! Pobrecitos... ¿Y no te aburres con ella?– preguntó Vania, fingiendo simpatía aparatosamente para remarcar el sarcasmo. Y luego, como aparentando recordar algo, añadió: –Pero ella es... mujer, ¿verdad? Quiero decir, con... estrógenos... bien puestos... ¿O es un pedazo de carne tirada sobre la parrilla, cuando están en la cama...?

Hernán avanzó y le dio una gruesa bofetada. Vania tardó en enderezar la cabeza, pero cuando lo hizo, miró a Hernán con ojos fieros.

–La defiendes... como todo un hombre...– dijo, y soltó una risilla. –Deberías defenderla de las cosas que tengo, Hernán. De saber la verdad sobre tu pasado, sobre lo que tú y yo hacíamos...

Hernán apretó los labios. Vania creía saber la verdad. Y no la sabía. Para Vania, todo era una cuestión de sexo sórdido. Para Hernán, se trataba de otra cosa. Vida extraterrestre en la Tierra. Algo que no debía ser conocido por el mundo, por la Humanidad.

–Bésame, tonto– dijo Vania, y avanzó hacia Hernán, alcanzando con sus labios femeninos los masculinos de él. El tímido roce se convirtió pronto en un beso forzado, y luego, el carácter de forzado se fundió como la nieve y se fue lejos como un torrente hacia el mar. Antes de darse cuenta, y ante la imposibilidad de aplicarle a Vania un correctivo, se desquitó con el camisón rojo traslúcido de Vania, haciéndolo jirones, reduciéndolo a tiras... y disfrutándolo.

OxxxOxOOOxOxxxO

Mientras tanto, la cucaracha que había seguido a Hernán hasta las puertas de Corona de Amenofis, se había devuelto apresuradamente a un agujero que conocía cerca de la portería. Una vez en su agujero, la cucaracha habló a través de un nanocomunicador:

–Aquí Klunn al habla. Efectivamente, Hernán y Jacinta son los primeros residentes en Corona de Amenofis. Tal y como estaba programado. Solicito instrucciones. Cambio.

–Por el momento limítese a continuar la vigilancia sobre Hernán. Reporte cualquier novedad. Goloso debería llegar en cualquier minuto, informe cuando aparezca en Corona de Amenofis. Cambio y fuera.

Próximo capítulo: "Entra Goloso".

COMENTARIO DEL AUTOR: Cuando comencé a escribir "Corona de Amenofis" en el año 2007, tenía algunas ideas sobre el universo narrativo, esperando desarrollarlo plenamente más adelante. Con todo, aunque el marco principal iba a ser de ciencia ficción, me interesaba dejar bien en claro que no iba a ser una historia tradicional del género sino una mixtura entre CF y soap-opera, o como lo he definido varias veces, una especie de "Melrose Place con marcianos". De ahí que el comienzo tenga más bien poco que ver con la ciencia ficción pura y dura, y comience más bien como una teleserie o un culebrón de los de toda la vida. En la primera versión de este capítulo, ni siquiera se mencionaba a los extraterrestres, aunque Klunn aparecía ya como personaje. Fue una idea arriesgada porque esperaba introducir al lector poco a poco en el universo narrativo de "Corona de Amenofis", pero a la larga resultó un poco desafortunada, porque el dato de la cucaracha quizás sea poco significativo frente al verdadero drama y fuente de tensión del episodio. En esta revisión amplié un poco el capítulo, alargando la escena entre Vania y Hernán, y adelantando algunas claves acerca de ellos. Después de todo, dos personajes que resultarán muy importantes en los eventos posteriores, merecían un poco más de espacio para ser presentados. Y por supuesto, el cambio mayor que significa introducir las separaciones entre secciones dentro del mismo capítulo, que en el Primer Ciclo de "Corona de Amenofis" estaban ausentes, y que hacen mucho por facilitar la lectura. Otros cambios implican pulir algo el lenguaje utilizado, aunque el resto permaneció más o menos igual.

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