domingo, 28 de noviembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 13 - La Revolución Campbelliana.


En 1937, el editor John W. Campbell asumió la dirección de la revista pulp "Astounding Science Fiction", y la Ciencia Ficción nunca más volvió a ser la misma. Con Campbell, algunas tendencias que venían desde los tiempos de Gernsback se agudizaron, pero por otra parte, las ideas campbellianas regirían a la Ciencia Ficción durante dos décadas a lo menos, e incluso tres si contamos el quiebre definitivo en la antología "Visiones Peligrosas" de 1967. Pero no nos adelantemos tanto, y regresemos a 1937.


La revista "Astounding Stories" habían principiado en 1930, como parte de la explosión de revistas pulps durante la Gran Depresión, que seguían el ejemplo de "Amazing Stories" de Hugo Gernsback. En ella se cobijaron escritores de la época como Murray Leinster y Jack Williamson, a quienes la posteridad considerará como desarrolladores de muchos conceptos nuevos. Leinster (quien ya publicaba en 1919) fue, entre otras cosas, uno de los primeros que desarrolló en profundidad el concepto de "universo paralelo", utilizando para ello la por ese entonces todavía caliente Teoría de la Relatividad, idea que será después explotada hasta la saciedad en novelas, cuentos, películas y cómics (qué sería del Universo Marvel sin él). Williamson, por su parte, había renovado substancialmente el género de la aventura espacial, la Space Opera, con su serie de la Legión del Espacio, apartándola del Romance Planetario a lo Edgar Rice Burroughs y dándole un tratamiento más "científico" (para la época). Pero el relato más importante de la época precampbelliana no fue publicado en "Astounding Stories" sino en "Wonder Stories": se trataba de "A Martian Odyssey", de Stanley G. Weinbaum, que en 1934 impactó de lleno a la comunidad de la ciencia ficción, con su escritura más fluida que el común de los relatos de la época, su respeto irrestricto por los conocimientos científicos de la época, y lo más fundamental, por presentar a un personaje extraterrestre que era una criatura digna en sí misma y no como un simple monstruo extraterrestre que debía ser liquidado por el héroe. Desafortunadamente, la temprana muerte de Weinbaum, víctima de un cáncer en 1935, con apenas 33 años de vida, le impidió ocupar el rol de figura señera del género al que parecía estar destinado.


Volviendo a "Astounding Stories", la revista se transformó en el referente indiscutible del género sólo a partir de la férula de John W. Campbell Jr. (1910-1971). Campbell tenía una sólida formación científica, pero a diferencia de Gernsback, no consideraba que ésta debiera sólo educar, sino que también debía entretener. Había escrito ya algunos relatos de ciencia ficción, cuando en 1937 se hizo cargo de "Astounding Stories", y junto con cambiarle el nombre a "Astounding Science-Fiction", disparó todo un recambio generacional. Algunos autores (los citados Leinster y Williamson, por ejemplo) pudieron mantenerse, pero otros quedaron rápidamente pasados de moda. Campbell se apoyó fuertemente en un grupo de fanáticos llamados los Futurianos, quienes no sólo leían Ciencia Ficción, sino que también la escribían. Todos los futurianos rondaban entre los 15 y los 25 años, y muchos de ellos, con el correr de los años, se transformarían en nombres reconocibles del género: Isaac Asimov, James Blish, Damon Knight, Cyril Kornbluth, Judith Merril, Frederic Pohl, Donald A. Wollheim... Pero no fueron los Futurianos el único semillero de futuras luminarias de la Ciencia Ficción: fuera del grupo empezaban a dar que hablar Robert Heinlein, Arthur C. Clark, A. E. Van Vogt, Lester del Rey...


Campbell tenía una línea editorial clara. Los relatos de su revista (que se transformó en LA revista del género) debían tener un fuerte componente científico, incluso por sobre el literario. En general debían ser tecnooptimistas y describir el futuro con tintes luminosos. En la Space Opera, el subgénero de aventuras espaciales, los buenos y los malos debían estar perfectamente definidos, sin mucho espacio para la ambigüedad moral. Era también un editor exigente y controlaba lo suyo a sus escritores, exigiendo a veces cambios profundos en las historias si no las rechazaba. Según refiere Isaac Asimov, en una ocasión le preguntó a Campbell si se sentía desdichado por tener que abandonar la escritura para abrazar el trabajo editorial, a lo que Campbell habría respondido: "Cuando era escritor sólo podía escribir una historia a la vez. Ahora puedo escribir cincuenta historias a la vez. Hay cincuenta escritores allá afuera que están escribiendo historias que discutieron conmigo. Estoy trabajando en cincuenta historias".


Convencionalmente se suele fechar con la ascensión de Campbell al despacho editorial de "Astounding Science-Fiction", el inicio de la llamada Edad de Oro de la Ciencia Ficción. Esto, aunque el nombre mismo venga, o al menos haya sido fuertemente apoyado, por un escritor criado en dicha hornada, como lo era Isaac Asimov, por lo que no puede ser considerado una opinión de férrea imparcialidad. Lo cierto es que con Campbell, la Ciencia Ficción terminó de adquirir algunas características bien marcadas. El ghetto de fanáticos, mirados muchas veces como lunáticos por la gente común, terminó de definirse. También cristalizó la separación entre "escritor serio" y "escritor de Ciencia Ficción", proceso que ya Gernsback había puesto en marcha. Esto, tanto por la relativa falta de exigencias de estilo literario por parte de Campbell, como por el marcado acento científico que exigía a sus publicaciones. El período del cuarto de siglo que principia en 1937 (hasta el advenimiento de la Nueva Ola), puede llamarse con justicia la Edad de Oro, pero no sería poco apropiado llamarla también la Era B.E.M., por los Bug-Eyed Monsters ("Monstruos de Ojos de Bicho") que eran característicos de muchos relatos de aquel tiempo.

viernes, 26 de noviembre de 2010

MEBDU 05 - "Saturnales".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Entusiasmado por la posibilidad de conocer a los romanos, Marbod el Bárbaro renuncia a su corona, asumiéndola de manera interina su tío Genserico, y viaja a través de Helvecia, dejándose caer en Italia. Allí pasa por una serie de peripecias en las Termas de Caribarbudo, dejando en muy mala condición a varios notables ciudadanos romanos, entre ellos a Quinto Diezmo Tributario. Ahora sigue su imparable marcha hacia Roma


“Saturnales”

En el tiempo en que Marbod el Bárbaro arribó a Roma, eran días de fiesta y celebración, pues ha de saberse que aquellos días correspondían a los de las Saturnales. Estaba por tanto la Ciudad Eterna entregada al jolgorio y el regocijo. A Marbod el Bárbaro, habituado a la vida en las aldeas campesinas de la Germania, el espectáculo de una vasta ciudad sumergida en un enorme carnaval era prácticamente nuevo.

La ciudad entera estaba decorada con lámparas de aceite, antorchas y velas. Había guirnaldas colgadas por todas partes. Corrían las damas, y los chicos tras ellas, y a veces los ancianos tras esos chicos. Habían estatuillas en las ventanas, duendes en los jardines, y los árboles frutales estaban cargados con toda clase de adornos. El espectáculo en las callejuelas cercadas por las ínsulas, los edificios de departamentos de hasta ocho pisos, era simplemente fascinante.

Pasó entonces, ante Marbod el Bárbaro, y en medio de la multitud, un hombre gordo, vestido con una chaqueta de piel, roja con bordes blancos, y con luengas barbas igualmente blancas, agitando una campana y riendo jovialmente:

–¡¡¡Jo, jo, jo, Felices Saturnales para todos!!! ¡¡¡Jo, jo, jo!!!

–¿Y ése, quién es?– le preguntó Marbod el Bárbaro a un transeúnte.

–¿No lo sabes?– preguntó el transeúnte, con expresión de sorpresa. –¡Es Saturno, el Dios romano del Tiempo!

–¡Griego!– corrigió un vejete cascarrabias desde el cuarto piso de una ínsula. –¡Y se llama Cronos! ¡Malditos ladrones culturales!

–¡Oh, no le hagas caso! Es Polibio de Megalópolis. Dice que es historiador, y está amargado porque es un griego de pura cepa entre romanos. Aunque a ver si encuentras un romano aquí en Roma…

Preguntóle Marbod el Bárbaro como era aquello.

–¡Hombre, esto es Roma!– replicó el alegre viandante. –¡El crisol de razas! Puedes encontrar judíos, egipcios, caldeos, persas, griegos, galos, íberos, britanos, cartagineses, númidas, chipriotas, capadocios, nabateos, escitas, frisones, cimerios, bactrianos, indostánicos, partos, árabes, libios, sardos, etruscos, ilirios, tracios, frigios, bizantinos, laconios, cretenses, rodios, sículos, samnitas, gálatas, etíopes, helvecios, béticos, pictos… Pero, ¿romanos? ¡Oh, no! Los romanos de pura cepa que van quedando y no fornican ni procrean descendencia con los no romanos, hace tiempo que están en las afueras, en Tívoli o… ahora que se rumorea que nuestro buen Emperador Tiberio se marcha a Capri, hay que ver cómo ha subido la especulación inmobiliaria allá… Pero qué mal educado soy, no me he presentado. Yo soy Febo, Febo de Rímini. ¿Y tú…?

–Marbod. Marbod el Bárbaro.

–¡Oh, ya veo! Germano. Aunque debí adivinarlo por la barbaza rubia. Pero no deberías darlo a entender tan crasamente. Aquí en Roma temen a los bárbaros. Quizás deberías latinizar tu nombre, algo así como Mauricio o Marcos…

–¡Marbod! ¡El Bárbaro!– dijo Marbod el Bárbaro. ¿Y saben por qué lo dijo? Lo dijo porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

–Ya veo, ya veo… Pues bien, vamos a divertirnos.

En el camino hacia algún lugar para divertirse, Marbod el Bárbaro preguntó por el sentido de las fiestas, o si acaso la ciudad era siempre así.

–¿Esta ciudad? ¡Oh, no! Húmeda e insalubre, casi todo el año. Supongo que por eso tenemos todo esto una semanita al año. El Emperador Augusto quería que fuera menos días, sólo tres días… ¡Pamplinas, la gente sale igual a la calle una semana! El Emperador decía que por cada feriado el PIB anual del Imperio disminuye en 25 mil millones de sestercios. A lo cual alguien, en pleno Foro, le gritó: “Si el PIB aumenta en 25 mil millones de sestercios por cada día laboral hábil, y somos cincuenta millones de habitantes en todo el Imperio, ¿dónde entonces reclamo mis 500 sestercios adicionales por renunciar a celebrar un día feriado?”. Por lo que el Emperador, que en ese entonces era Octavio Augusto, debió echar pie atrás. Ya sabes, el sueldo mensual de un trabajador es de 1200 sestercios, que apenas alcanzan, y los peces gordos se lo embolsican todo… ¡Por ellos, no hubiera feriados! Claro, para ellos es relajante trabajar porque siempre ganan, pero para uno…

–Pero no me has dicho nada sobre las Saturnales.

–Si quieres saber sobre ellas, deberías hablar con ese vejete cascarrabias, con Polibio.

–Vamos, entonces.

–¿Para qué quieres hablar con ese tipo? ¡Mejor vamos a divertirnos!

Pero Marbod el Bárbaro se obstinó en hablar con Polibio de Megalópolis, porque él, como historiador, seguramente sabría mucho más del tema que otras personas.

–¡Ay, pesado!– dijo finalmente Febo de Rímini, dejando escapar por fin lo afeminado de su carácter, y con un mohín de disgusto, se volvió y empezó a caminar moviendo visiblemente las caderas, al tiempo que le gritaba al aire: –¡Tú te lo pierdes, querido!

Marbod el Bárbaro se quedó desconcertado, pero prefirió dejarle marchar. Enfiló entonces hacia el departamento de Polibio de Megalópolis. Una vez en éste, indeciso sobre qué hacer, decidió pasar, pero se encontró con la puerta cerrada. Por lo que, para dar a entender que estaba allí, la aporreó violentamente.

–¡Quién!– gritó Polibio desde el interior.

–¡Marbod! ¡Marbod el Bárbaro!

Se sintió como si estuvieran quitando una tranca desde tras la puerta, y luego ésta se abrió. El rostro aguzado y sarmentoso de Polibio apareció.

–Todos son bárbaros en estos días. ¡Qué quieres!

Al conocer el objetivo de la visita, Polibio hizo pasar a Marbod, aunque con muy malos modales. Ambos se sentaron. Y Polibio principió su relación.

–En el comienzo, los romanos adoraban a un dios llamado Jano. Pero luego invadieron mi amada Hélade, y no sólo se robaron las estatuas, sino también los dioses. Diéronse entonces en creer que sus antiguas sombras eran nuestros gloriosos dioses. ¡Habráse visto! Pero como los romanos son tontos, no entendieron que nuestro dios más importante es Zeus, y pensaron que su padre Cronos, que ellos llaman Saturno, era el más importante. Así es que tomaron sus fiestas agrarias, y las llamaron Saturnales. ¡Malditos ladrones! Por lo menos, en ese tiempo, las Saturnales eran otra cosa. Había alegría, había regalos, todos eran felices. No era esta orgía de consumismo pagano que nos invade ahora. ¿Ya miró usted en los escaparates, señor Marbod? ¡”Haga feliz a los suyos, en las Saturnales regáleles un carro nuevo”! ¡”Esclavos Espartaco: En estas Saturnales, su familia merece un esclavo, pero que sea Espartaco, no acepte imitaciones”! ¿Ya vio las multitiendas Precioplumbium? ¡”No más presión por los regalos de las Saturnales, en Precioplumbium puede comprar su regalo a 24 meses plazo”! ¿Se da cuenta? ¡Cuando se viene la siguiente Saturnal encima, recién ha pagado doce cuotas, la mitad de la Saturnal anterior, y ya tiene que endeudarse para la siguiente…! Como decía Cicerón en su latín, esa ruda lengua a la que para expresarse debió recubrir con los hermosos plumajes de nuestro más excelso griego… “¡Oh tempora, oh mores!”. “Oh tiempos, oh costumbres”, mi amigo, “Oh tiempos, oh costumbres”.

–¿Es que entonces los romanos se han vuelto locos?

–Así es, mi amigo, y le voy a decir por qué. Por algo yo soy… ¡¡¡POLIBIO DE MEGALÓPOLIS!!! Pues bien, los romanos de antes amaban la virtud y el servicio público. Hubo un hombre, se llamaba Cincinato… Le llamaron para ser dictador con poderes absolutos por seis meses, suspendiendo el sistema constitucional entero en su beneficio, para que los defendiera de un enemigo externo. Cincinato los venció en seis días, y luego, en vez de terminar de disfrutar su mandato, simplemente se ajustó el cinturón y volvió a su granja para seguir trabajando. ¡Eso era civismo! Pero luego vinieron las Guerras Púnicas. Los romanos, que apenas controlaban una península, ahora pasaron a controlar un mundo. Se emborracharon de poder. Se creyeron invencibles. Pero sus legiones pueden darles tierras y colonias, pero no pueden darles moral ni civismo. Esas cosas no se conquistan entrenándose para enarbolar la espada, sino aprendiendo a guardarla. Por eso, este desastroso estado de cosas. Antes, los romanos buscaban la virtud con la honestidad de un buen ciudadano, mientras que ahora, los romanos buscan la virtud comprándola. ¡Maldita raza, la que cede a la hybris y en su hora suprema invierte su dinero en chiqueros!

Apesadumbrado entonces Marbod el Bárbaro, al entender que los romanos, tan grandes en poder militar y monetario, eran tan pequeños en virtud y heroísmo, salió a la calle.

Le interceptó un hombre vestido con una capucha, flaco y blancamente barbado, que al verle, levantó el puño en alto, con su dedo índice bien erguido, y le gritó con voz cascada, y con fuego profético en las entrañas:

–¡No vayas a las tierras de los paganos, porque en verdad te digo, el Reino está cerca!

–¿Paganos? ¿El Reino? ¿Qué Reino?

–Has de saber que los paganos están condenados, que el mundo está condenado… ¡Porque desde Oriente nos ha llegado un Salvador! ¡Todo este mundo pagano y corrupto perecerá, será arrasado por el fuego hasta los cimientos! ¡En verdad te digo, no vayas hacia donde los paganos, porque segura senda de perdición allí encontrarás!

–¿Un Salvador desde Oriente? ¿Se trata acaso de un Rey?

–Se trata de un Rey, en efecto, pero Su Reino no es de este mundo. Si Su Reino fuera de este mundo, sus servidores habrían luchado para que no cayera en manos del Malo. Pero Su Reino no es de este mundo. El nació en un día como hoy, el día que los impíos romanos celebran sus Saturnales. ¡Arrepiéntete, y confía tu vida a Aquel Que Ha Muerto Por Ti!

Ante tanta glosolalia junta, Marbod el Bárbaro se sentía legítimamente confundido. De manera que preguntó, sólo para aclarar un poco:

–Y tu Salvador, ¿tiene nombre?

–El Salvador se llama… ¡¡¡Mitra!!! Y él domó al Toro, y lo sacrificó para bien y salvación de la entera raza humana. ¡¡¡Cree en Mitra, hijo mío, cree en Mitra y sé salvo!!!

–Ya. ¿Y tu nombre es…?– preguntó Marbod el Bárbaro, pensando al mitraísta tan tocado que le contestaría justamente “Yo soy Mitra” o algo parecido.

–¡Ah, mi nombre!– dijo el venerable, sacando un pequeño rollo desde su interior, del cual cortó un pedazo. –Me llamo Ariaramnes, aquí está mi tarjeta. Cualquier duda o consulta, no temas en acercarte al Templo de Mitra, hijo mío. ¡Que la paz de Mitra esté con vos!

Y luego, dándose por satisfecho, el venerable Ariaramnes se dio la media vuelta y se marchó; a los pocos pasos que el mitraísta había dado, Marbod el Bárbaro le vio atosigando a otro incauto, gritándole en la cara con voz temblorosa que Mitra era el Unico Salvador, que Su Palabra es Eterna, etcétera.

Marbod el Bárbaro caminó y caminó, y así salió del sector de las ínsulas para llegar a los arrabales, en donde los departamentos habían sido reemplazados por grandes mansiones señoriales. Llegó entonces a una casa de la que entraba y salía gente. Como era una casa grande, y parecía una fiesta pública, ingresó.

–¡Vamos!– lo arrastró uno. –¡Estamos jugando a “embadurna al esclavo”!

Marbod el Bárbaro se vio arrastrado por el torbellino de gente, y en realidad estaba cansado, por lo que decidió no oponer demasiada resistencia.

En medio de la masa de gente había un tipo medio sentado, tratando de defenderse como podía de la mencionada masa de gente. Las facciones del hombre eran irreconocibles debajo de un maloliente fango compuesto de harina mojada, huevos podridos, legumbres en avanzado estado de descomposición, barro, y muy probablemente orina y excrementos. A su alrededor, una serie de personajes estaban danzando burlonamente, gritándole: “¡Sucio esclavo, sucio esclavo, te gusta ser sucio, sucio esclavo!”.

Marbod el Bárbaro, movido a compasión ante aquella turba que impedía al desgraciado levantarse, decidió retirarle sus sufrimientos, a la manera bárbara que conocía. De manera que sacó su espada y la levantó. En medio de la turba, algunos se dieron cuenta, y retrocedieron asustados.

–¡Ya es medianoche!– entró chillando uno. –¡Las Saturnales se acabaron!

El hombre embadurnado se limpió entonces la cara. Marbod el Bárbaro, a punto de descargar el golpe, se detuvo en seco. Reconocía aquel rostro. ¡Era Quinto Diezmo Tributario, el hombre al cual había dejado malherido en las Termas de Caribarbudo!

Quinto Diezmo Tributario levantó la mirada, y vio a Marbod el Bárbaro, a punto de matarle.

–¡De manera que tú también eres mi esclavo!– chilló, histérico, pero complacido.

–Pero, pero… ¿No era usted el esclavo?– preguntó Marbod el Bárbaro, estupidizado.

–¡Tonto!– gritó Quinto Diezmo Tributario, al tiempo que se movía penosamente, demostrando claramente que había quedado tullido después del encuentro con Marbod en las Termas. –Es costumbre de las Saturnales que los roles de esclavo y amo se inviertan. Ahora que las Saturnales han acabado, y yo soy el amo otra vez, me vengaré de todos ustedes… ¡Y ya que has actuado como mi esclavo delante de testigos, ahora lo serás…! ¡Me vengaré de ti, maldito bárbaro! ¡Porque yo no soy sólo un hombre! ¡Tengo a TODO EL APARATO INSTITUCIONAL DE ROMA detrás de mí…! ¡Y lo voy a utilizar…! ¡Lo voy a utilizar, maldito, te lo juro…!

Y terminó con una carcajada que se la hubiera envidiado un Emperador loco…

Próximo capítulo: “Marbod esclavo”.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Green Day en Chile y yo por accidente ahí.


La vida tiene extrañas vueltas. Aunque no es exactamente un rito ni una cábala, se ha dado que en los últimos años he ido a razón de un megarrecital por año. Iría a más, pero conspiran contra ello el presupuesto por un lado, y el que suelen ser en Santiago, lo que dificulta un poco la asistencia desde provincias. Para este año 2010 que va acabando, mi elección era el concierto de Rammstein, por primera vez en Chile, aunque más que nada para rememorar los temas clásicos de los tiempos del "Sehnsucht" y del "Mutter", porque los temas del último disco, del que previsiblemente sacarán varios cortes como promoción dentro del concierto, la verdad es que no me han gustado demasiado (cortesía de YouTube, en donde ahora se pueden escuchar discos enteros online gracias a los que suben videos con las canciones de audio y la carátula del disco como imagen). Pero no pude comprar mi entrada a tiempo, las más baratas de galería a 20.000 pesos se agotaron, y pagar 35.000 por cancha es algo que está fuera de mi presupuesto, así es que empecé a habituarme a la idea de que en 2010 no habría concierto masivo para mí. Pero claro, el hombre propone y el destino dispone...

Por una accidentada concatenación de circunstancias que no reseñaré aquí, acabé con una entrada de Green Day en la mano (en realidad con más de una, porque era con acompañante la salida), para el concierto que dio la banda el pasado domingo 24 de Octubre de 2010. Para ser sinceros, nunca me había impresionado demasiado Green Day, desde que escuchara por primera vez el famoso tema "Basket Case" por allá por 1993, año más o año menos. Primero me llamó la atención, en ese tiempo, la energía que ponían en sus canciones, pero andando el tiempo, cuando empecé a descubrir a las bandas punk más seminales (Sex Pistols, The Clash, The Ramones...), sumado a que por esos años las radios nos metieron "Basket Case" hasta que nos salieran herpes en los oídos, acabé por dejarlos de lado. Después, Green Day se volvió un número más dentro de la escena MTV, ni siquiera el más interesante de ellos, y entraron en un pronunciado declive. Cualquiera diría que con su resurrección, allá por los tiempos del "American Idiot", la banda volvería por sus fueros, pero se tardaron seis años adicionales en sacar otro disco más, que fue el "21st Century Breakdown", en el año 2009. Y es con ese disco que vinieron a dar concierto en Chile. Concierto al que, dada la reseña anterior, no hubiera ido probablemente ni a cañones, de no ser porque la entrada acabó saliéndome gratis. Extraños giros tiene la vida.


El caso es que llegamos aproximadamente a las cinco de la tarde al Estadio Bicentenario. Tuvo su gracia que nos quedamos en la fila de entrada más larga (en la calle en que llegamos), que tenía una cuadra de largo, pero después, al revisar mejor, acabamos entrando por la puerta de la Tribuna Andes, en donde no había fila y los funcionarios tenían una agradable cara de bienvenida, porque no parecían tener mucho que hacer a esa hora bajo el sol. Ahí estuvimos volviéndonos chicharrones bajo el abundante sol de la tarde, haciendo lo humanamente posible por pasar de los infaltables vasos de bebida y helados a precios de tráfico de órganos. El concierto mismo estaba programado para las nueve de la noche, pero a las siete ya había caído el sol. Y como agradable sorpresa, vinieron los primeros teloneros, porque hubo dos.

El concierto se abrió con Ratones Paranoicos (bueno, eso me dijo mi acompañante, para mí todas las bandas punk tienden a sonar más o menos igual). Un comienzo discreto, con cierto empaque, más que nada desde el punto de vista de la composición de canciones (no soy erudito en Ratones Paranoicos, así es que todo ese material era nuevo para mí), aunque un poco perjudicados por un sonido no todo lo afinado que debiera. Sumando y restando, sin quejas, porque Ratones Paranoicos se esforzaron de todas maneras. Luego vinieron los argentinos de Ataque 77, y con ellos la audiencia, que estuvo más o menos apática a Ratones Paranoicos más allá de los entusiastas de la cancha, comenzó a entrar en calor. Nunca he sido fan de Ataque 77, y la verdad es que tiendo a sufrir sus canciones más que a disfrutarlas, con su mezcla de punk con acordes de balada argentina de los setentas, pero el sonido ahora sí que mejoró una enormidad, además de que la banda se entregó por entero arriba del escenario, de manera que fue un buen espectáculo al final. Otra raya para la suma.

Diez minutos antes de la nueve, después de unos veinte minutos de la partida de Ataque 77, salió un conejo rosado, lo que fue mi momento WTF (mi acompañante, con educada y merecida condescendencia, me explicó que era uno de los chistes clásicos de Billy Joe y compañía). A las nueve de la noche clavadas empezó el concierto mismo.


Y ahí fue donde quedé listo. Porque el concierto mismo fue bestial. Lo dice alguien que, líneas más arriba lo escribí, nunca fue fanático de Green Day, y conocía sólo muy superficialmente su repertorio. Partieron, de manera inevitable, con material del "21st Century Breakdown". Con una interpretación muy energética, la audiencia se enfervorizó, y no era para menos. Y luego, una decisión bastante anormal dentro de lo común en las bandas, que llenan sus recitales con temas de su último disco para venderlo, a costa del material clásico a veces mucho mejor que el más reciente, Green Day enfiló de lleno al old school, al material de sus primeros discos, que rellenó la mayor parte del concierto en sus tres horas. Volvieron a revisitar de manera puntual temas del "21st Century Breakdown" ("21 Guns" sonó más emotiva y mucho mejor en vivo que en el disco), pero la mayor parte del material fue el Green Day clásico. No faltaron tampoco los extractos del "American Idiot", aunque el tema homónimo quedó para el bis. En un minuto hicieron un medley, o algo similar, con temas de rock clásico. De manera muy interesante, los temas incluidos eran todos de Hard Rock o Heavy Metal, cuando uno hubiera esperado en una banda punk como Green Day, que hubieran homenajeado a, digamos, The Ramones o The Clash por ejemplo. Esto es sintomático, y además coincide con el hecho de que los dos últimos discos de Green Day, en particular "21st Century Breakdown", ha ido evolucionando en una dirección más clásica, combinando punk con influencias del hard rock más seminal de los setentas: estos homenajes son la confirmación de lo que decimos.

Green Day probaron ser unos músicos quizás no inmensos en el sentido de componer himnos inolvidables, lo que por otra parte es un lastre común a la por lo general escueta fórmula punk (más allá por supuesto de "American Idiot", "Jesus of Suburbia", "Know Your Enemy" y otros temas puntuales), pero sí muy competentes a la hora de descargar adrenalina sobre el escenario: debe ser una de las pocas bandas que se escucha y suena mejor incluso en vivo que en sus discos de estudio, y todo esto aparentemente sin el menor esfuerzo, cuando la tendencia común es que los músicos de bandas deben hacer esfuerzos sobrehumanos por apenas arañar los niveles de calidad de sus sobreproducidos discos de estudio. Además, estos tipos mostraron lo mucho que aman tocar en vivo, ya que mientras otras bandas se presentan a veces un poco a desgana, tocan lo justito y después se mandan a cambiar sin mayores ceremonias (Depeche Mode en Santiago el 2009, por ejemplo, concierto que estuvo bueno, pero que con todo el repertorio a sus espaldas era como para algo más grande y mejor), dieron con toda su energía lo mejor de sí durante tres horas (el concierto más largo al que me ha tocado asistir).

Y además de la parte musical, como valor añadido, Armstrong y compañía están tallados en la madera de los showman. La banda disfruta mucho de compartir con el público, y en general durante todo el concierto estuvieron alejados de todo divismo. Billy Joe Armstrong hizo subir al escenario a varias personas en momentos distintos del concierto. Hubo momentos de humorismo tierno cuando hizo subir a un chico y le preguntó "What's your name", y ante la mirada interrogante del pequeño castellanohablante, Billy Joe mascó un "cómoh-te-llamah". Una chica vio su sueño rocker cumplido cuando subió arriba y Billy Joe le enseñó un par de acordes con la guitarra para acompañar un estribillo, mientras a otro chico lo hizo subir para cantar esa misma canción. Y eso por no hablar de las varias grupies que aprovecharon el momento para tomarse por asalto el escenario y cumplir su sueño de estar al lado de Billy Joe y los restantes miembros de la banda, cosa que los miembros de la banda se lo disfrutaron a concho. También dispararon regalos al público, aunque nunca pude enterarme de qué eran. En general, un espectáculo que combinaba a unos músicos impecables, con unos espléndidos showmen: qué más se puede pedir.

A estas alturas del partido, los fanáticos de Green Day estarán decepcionados de mi artículo: "¡Maldita sea, si todo eso yo ya lo sabía! ¿No puedes escribir algo NUEVO?". Seguramente dirán que estoy descubriendo la pólvora. Pero por otra parte, dije desde el comienzo que Green Day era territorio desconocido para mí, así es que ténganme un poco de paciencia. Y el resto, los que no son fanáticos de Green Day o los han escuchado por encima y por sobre el zumbido eterno de lo cool en MTV, en mi opinión deberían darle una oportunidad, tanto en vivo como en estudio. Me lo agradecerán, salvo claro está que sus gustos musicales vayan por el lado de Ricardo Arjona o Jonas Brothers, en cuyo caso no tengo nada que hacer con ustedes, porque no llenan ni siquiera los estándares mínimos. Para el resto, los que tenemos el gusto musical algo más refinado, Green Day es sin lugar a dudas una gran banda, y en Santiago lo demostraron con creces.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 12 - Hacia la Revolución Campbelliana.


A pesar de que Hugo Gernsback bautizó a su neonata criatura con el nombre de Scientifiction ("cientificción"), que después derivó en Science-Fiction ("Ciencia Ficción"), sus aportes literarios al género fueron más bien nulos, y su novela "Ralph 124C41+" (1911) es un tostón que la posteridad más respeta que lee. El principal aporte de Gernsback, aparte de sumergir a la Ciencia Ficción en la pila bautismal, fue su influencia decisiva en crear el fandom, es decir, el círculo de fanáticos de la Ciencia Ficción. De esta manera, los lectores de los pulps de Ciencia Ficción tendieron a distanciarse de los lectores de historias de detectives o de vaqueros, por ejemplo. Esta tendencia fue seguida de cerca por una segmentación similar en el terreno de la Fantasía (autores como Robert Howard, creador de Conan el Cimerio, por ejemplo, estaban sentando en paralelo las bases de la futura Espada y Brujería).


Además, en los Estados Unidos al menos, casi toda la producción de Ciencia Ficción pasó de las novelas a las revistas. Y esto por varias razones. En 1929 sobrevino la Gran Depresión, y el cine, la radio y las revistas pulps se transformaron en grandes mecanismos de evasión. La Ciencia Ficción permitía soñar con otros mundos, y con esto, evadirse de la cruel realidad económica de la época. En la década de 1930 se generaron muchas visiones tecnooptimistas del futuro, con héroes viajando de planeta en planeta montados en briosas naves espaciales, luchando con malignas especies extraterrestres (¡inofensivo escapismo para la xenofobia!) y viviendo fastuosas aventuras en sociedades perfectas y equilibradas, en donde los problemas económicos no tenían cabida porque el dinero había desaparecido y se usaban los abstractos "créditos" en su lugar.


Además, los pulps resultaban una fuente de trabajo para los escritores cuyos libros eran rechazados, porque algunos centavos podían ganar vendiendo sus relatos (se pagaban a tantos centavos por palabra). Los pulps, debido a su periodicidad mensual, estaban constantemente necesitando relatos, y con ello, no podían ser demasiado exigentes en términos de calidad literaria, por lo que un mal escritor podía, con todo, subsistir a medias vendiendo relatos estereotipados mes a mes a las revistas. Isaac Asimov, uno de los más reconocidos escritores de Ciencia Ficción, confesaba franca y honestamente que él no hubiera podido iniciar su carrera literaria de haber partido en la Ciencia Ficción algunos años después, porque sus primeros relatos eran francamente malos (en eso tenía razón), pero como los pulps compraban casi cualquier cosa...


Todo esto llevó también al desprestigio de la Ciencia Ficción como género literario. La Ciencia Ficción se asoció, de manera indeleble durante muchos años, con mala calidad literaria, y cuando surgía un escritor de calidad (Ray Bradbury, por ejemplo, en la década de 1950), los críticos tendieron a saludarlo como "literatura seria", soslayando el hecho de que sus ambientaciones y temáticas eran pura Ciencia Ficción. Asimismo, obras como "Un mundo feliz" de Aldous Huxley o la más tardía "1984" de George Orwell, eran analizadas como obras literarias serias, evitando rotularlas como "Ciencia Ficción". Y es que en su mentalidad, no podían asociarse dichas obras de calidad con los bodrios que salían publicados en los pulps. También los propios fanáticos, en su mayoría jóvenes quinceañeros que formaban sus propios clubes de lectura (hoy en día serían catalogados de "frikis"), con un normal sentimiento adolescente de rebelión contra la autoridad (cultural en este caso), alimentados sólo con los pulps y el cine, y seducidos por su optimismo (a diferencia de la "cultura oficial", más crítica, socialmente consciente y nihilista), crearon su propia cultura popular, a espaldas de la "gran cultura" de los críticos, lo que tendió a ahondar la trinchera. Sólo en años recientes se ha podido reparar ese inmenso mal que la cultura del siglo XX se ocasionó a sí misma, y que aún pena como un fantasma sobre ciertos círculos y cenáculos.


A pesar de que Hugo Gernsback es considerado por muchos como el Padre de la Ciencia Ficción, y el mérito se lo ganó aunque sea porque le confirió al género una conciencia propia de la que antes carecía, hemos de convenir que fue un Padre lejano, distante y bastante estricto. La labor de tutoría hubo de ser desempeñada por otro personaje diferente y que vendría después: John Wood Campbell Jr. En los once años transcurridos desde que Gernsback había fundado "Amazing Stories" (1926) hasta que Campbell tomó a su cargo "Astounding Stories" (1937), todos estos fenómenos sociológicos en torno a la Ciencia Ficción eran ya cosa consumada. Y hoy en día se asume como lugar histórico común, dentro de la Ciencia Ficción, que con Gernsback nació la Ciencia Ficción moderna, pero que con Campbell principió la Edad de Oro del género...

Próxima entrega: "La Revolución Campbelliana".

viernes, 19 de noviembre de 2010

MEBDU 04 - "El inicio de las invasiones bárbaras".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Mientras va de cacería contra el Gran Dragón del Río Rhin, Marbod el Bárbaro se entera de que más allá del limes están los romanos, con exóticas costumbres. Luego de regresar a su tribu, decide abdicar en su tío Genserico, quien toma el poder en calidad de regente, y emprende luego la marcha hacia Roma. En Helvecia se encuentra con una fortaleza del limes, y luego de un intercambio con unos soldados de talante burocrático, sigue su imparable marcha hacia la Ciudad Eterna


“El inicio de las invasiones bárbaras”

Para invadir un lugar siempre es necesario ser más de uno; ni el más individualista de los invasores podría pasar de simple entrometido en caso de tentarlo por cuenta propia, y jamás sería llamado “invasor”. Pero sin importar el tamaño de la banda, horda o grupo de amiguetes, siempre uno debe ser el primero en traspasar el umbral. Y el primer bárbaro que invadió Roma fue… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Antes de Marbod lo intentaron otros. Los galos incendiaron Roma en 364 Ab Urbe Condita, pero luego decidieron marcharse. Los cimbrios y teutones ni siquiera llegaron tan lejos. Pero Marbod fue el primero de los germanos, y ya sabemos que los germanos llegaron para quedarse, y al final terminaron aplastando a Roma.

Pero antes de que Marbod llegara hasta Roma, y habiendo recién descendido de las cumbres alpinas en Helvecia, ocurrió un episodio digno de mención.

Intrigábale sobremanera a nuestro heroico Marbod el Bárbaro, el hecho de que los romanos tuvieran el prurito de lavarse todos los días. Porque todo buen guerrero germánico sabe bien que el agua es dañina para la piel, y produce toda clase de escaras y ulceraciones. ¿Saben ustedes, estimados lectores, por qué Odín era un dios tuerto? Perdió su ojo lavándoselo en una fuente por ahí (los herejes insisten en que su esposa Freyja le puso el ojo como tomate después de alguna clase de aventura, pero como sabemos, ésos son cuentos propagados por los misioneros católicos como infundio contra los Verdaderos Dioses). Además, ¿para qué demonios sacarse la tierra y el barro de encima, si después en la siguiente guerra el pellejo se vuelve a ensuciar? Claro que Marbod el Bárbaro, habituado a su vida en la Germania, no reparaba aún en el hecho de que los romanos no vivían en permanente estado de beligerancia, sino que sobre ellos imperaba la Pax Romana.

De manera que descendiendo Marbod el Bárbaro por Helvecia, siempre con rumbo a Roma, llegó hasta la amplia llanura del Río Po. Sobre este río había un estupendo puente, que Marbod debía cruzar, y al lado del puente, había una gran construcción con hermosas columnatas y bellas estatuas de desnudos masculinos. Se trataba de las afamadas Termas de Caribarbudo, mandadas a construir por el Cónsul Septimio Máximo Ignaro, pero que por negligencia de los contratistas no alcanzó a estar terminada dentro de su período anual, y por tanto le cupo la inauguración, con bombos y platillos, a su sucesor Publio Ridículo Caribarbudo, que no había hecho por aquellas termas nada más que cortar la cinta inagural, pero que por haber llegado al último y por tanto tener derecho a Escribir La Historia, había ordenado que se las llamara Termas de Caribarbudo, y con ese nombre se las conoce hasta el día de hoy.

Atraído por la novedad de un edificio tan grande y apolíneo, Marbod el Bárbaro se acercó a verlo. No había cercos de ninguna clase, sino amplios jardines decorados con estatuas de lánguidas doncellas siendo secuestradas por musculosos Zeúses o esbeltos Apolos. Marbod el Bárbaro tardó en reparar en que aquellos sátiros y silenos eran dioses; maravillóse entonces de que los romanos adoraran a semejantes bestias, en vez de rubios apolíneos como Odín, Thor o Balder. Además, los dioses germánicos eran éticamente correctos, y no andaban galanteando doncellas de manera tan lujuriosa.

A la puerta del edificio salió un chamberlán, que se dirigió a Marbod el Bárbaro en los siguientes estirados términos:

–Bienvenido el señor a nuestras cálidas Termas de Caribarbudo, puede usted pasar a…

Entonces se interrumpió, porque había abierto los ojos, y visto los andrajos que portaba Marbod el Bárbaro, y consecuentemente, bajado el mentón.

–¡Oh, vaya, si es por el aviso de vacantes, estamos llenos, pobre hombrecito! Puede usted volver a Pisa en esa dirección, o a Milán en esa otra…

–Quiero pasar. He oído muchas cosas sobre las termas romanas, y quiero saber por qué son tan maravillosas.

–¡Oh, no, por favor! ¡Las termas no están abiertas para pordioseros como usted! ¡Las cosas buenas de la vida son sólo para los que tienen sextercios y denarios! Y ahora… ¡Zu, zu, zu!

Acompañó sus “zu, zu, zu” con amanerados aspavientos hechos con la mano.

Marbod el Bárbaro podía entender razones si se las daban, porque el tener el carácter de un bárbaro no le hacía tonto ni de pocas luces, pero si has tenido un bárbaro armado frente a ti, sabes que es mala idea tratar de echarlo con onomatopeyas, como si fuera un perro. El chamberlán, quizás demasiado acostumbrado a la Pax Romana, o tal vez por el aislamiento de las Termas respecto de cualquier ciudad, no había internalizado esa valiosa lección, y aquello fue su desgracia, porque de haber sabido este tema, se habría podido ahorrar algunos huesos rotos.

Pasó Marbod el Bárbaro al interior del recinto, después de dejar al chamberlán listo para engrosar los honorarios del médico. Lo primero que vio fue un amplio atrio con una pileta. Habían algunos individuos caminando apaciblemente, conversando de distintas cosas. Marbod el Bárbaro pronto notó algo curioso en aquellas personas: ¡no tenían olor corporal! No olían a adrenalina ni a sudor. No olían a macho. Además, sus carnes eran fofas y blandas, como si nunca en la vida hubieran empuñado una espada para defender lo suyo.

Con toda la inocencia del mundo, Marbod el Bárbaro se acercó a uno de aquellos carilindos.

–Disculpe… ¿qué hace uno aquí?– preguntó.

–¡Las piletas están por allá!– dijo uno de ellos, sobresaltado, e interrumpiendo una sesuda conversación sobre inversiones en el comercio de trigo.

–Gracias– dijo Marbod el Bárbaro, y siguió caminando, paseando sus andrajos y sus olores corporales.

El tipo, furioso, agarró al primer chico cargando toallas que para su mala suerte caminó a su lado.

–¡Creí que este lugar era fino, elegante, reservado! ¡Saquen a ese patipeliento de aquí, o mi dinero y yo nos iremos a las Termas de Vanidosodoro en Grecia! ¿Me oyeron?

Ignorando el revuelo que su entrada estaba causando, Marbod el Bárbaro cruzó otro pórtico, y llegó hasta un pasillo. Caminó por él, y entró en una habitación cualquiera.

Había un tipo echado en el barro, entrecerrando los ojos plácidamente.

–¡Ah, aquí se entrenan para la lucha!– dijo Marbod el Bárbaro, e ingresó a la habitación.

El individuo que buscaba relajación en medio de los salutíferos baños de barro de las Termas de Caribarbudo se llamaba Quinto Diezmo Tributario, y era uno de los más importantes funcionarios de la Tesorería Imperial. Por tanto, en su maldita vida había tomado una espada o hecho algo de lucha grecorromana en serio. Marbod el Bárbaro quedó muy extrañado cuando le aplicó a Quinto Diezmo Tributario un par de recias llaves y lo venció de inmediato, por el expediente de descoyuntarle ambos hombros y las caderas. Perplejo ante la escasa resistencia de su oponente, y creyendo haber encontrado por error una sala para luchadores novatos, salió del lugar.

Apareció otro chico con toallas. Marbod el Bárbaro le atajó:

–Disculpa… Creo que me equivoqué, y por error llegué a la sala de entrenamiento para novatos. ¿Puedes decirme dónde encuentro a los luchadores profesionales?

Ante semejantes palabras, el chico arrojó las toallas al aire y salió corriendo, dando espantosos alaridos de terror.

Confundido, Marbod el Bárbaro siguió caminando. Las termas eran un lugar raro, sin duda. Entró a otra habitación.

Otro hombre de carnes fofas estaba tendido, ahora sobre su prominente estómago, que chorreaba grasa a ambos costados, sobre una camilla, desnudo, mientras un musculoso negro le estaba aplicando un masaje.

–¡Oh, Amílcar, eres de lo mejor!– dijo el hombre fofo, relajado y con tono amanerado.

–¡Oye, qué haces aquí!– preguntó Amílcar, en tono severo, mirando a Marbod el Bárbaro. –¿Eres el nuevo?

–No, yo… Quería saber qué se hace aquí, eso es todo– dijo Marbod el Bárbaro tranquilamente.

–Ah, eres un germano, ¿verdad?– preguntó Amílcar, cauteloso, al tiempo que juntaba aire resoplando por sus amplias fosas nasales.

–¿Qué demonios pasa, Amílcar?– gritó el hombre fofo prepotentemente. –¡Sigue con tu maldito masaje!

Por toda respuesta, Marbod el Bárbaro se acercó a la camilla y le dio un fuerte golpe en la nuca, dejándolo inconsciente.

–¡Es de mala educación interrumpir cuando la gente está conversando!– sentenció Marbod el Bárbaro.

–¡Oye, oye, oye, que esto no es Germania!– dijo Amílcar. –Aquí tienes que trabajar, conseguirte un empleo, obtener tus monedas… Ya sabes. Y no puedes andar golpeando a la gente así como así.

–¿Por qué no? Si alguien hace lo que no es correcto, hay que aleccionarlo.

–Es que… así no funciona aquí. Aquí, si estás enojado con alguien, lo demandas.

Amílcar miró la ropa hecha tiras de Marbod el Bárbaro.

–Ven, vamos a hacer algo con eso.

Miró entre las pertenencias del hombre fofo ahora inconsciente, y le sacó una túnica.

–Sácate esos pantalones. Eso es ropa de germanos.

–¡Pero esto es ropa de verdad!– dijo Marbod el Bárbaro, defendiendo sus pantalones. –¡Con este faldellín se me van a enfriar las bolas con el aire!

–Si saben que eres un bárbaro, te sacarán a patadas de aquí, ¿entiendes?– dijo Amílcar. –Así es que pónete la túnica y déjate de tonterías, por tu propio bien. He visto a gente ser crucificada por mucho menos que esto.

Marbod el Bárbaro reflexionó. No le parecía tener que colocarse la dichosa túnica, pero por otra parte, tampoco quería provocar problemas. De manera que se sacó los pantalones, que Amílcar diligentemente arrojó a las brasas en donde calentaba las piedras para el masaje. Trabajo le costó a Marbod el Bárbaro encajar la espada en su nueva ropa, cosa que al final logró con dificultad.

Siguió camino Marbod el Bárbaro, quedándose Amílcar con el hombre fofo, tratando de despertarlo. Marbod llegó así hasta la piscina.

Una gran cantidad de hombres de carnes blandas estaban allí, jugueteando con el agua y teniendo varias conversaciones sobre mujeres y sobre dinero. Habían guardias circulando de allá para acá, pero ninguno parecía especialmente interesado en Marbod. Uno incluso lo señaló a un compañero, pero éste movió la cabeza negativamente. Sin pantalones, no lo reconocían.

Marbod suspiró, y se sacó la ropa, dejándola a un costado de la piscina, entrando entonces al agua. Un chico de las toallas llegó entonces diligentemente y tomó la ropa, para llevársela a algún casillero.

–¡Oye, dónde te llevas mis cosas! ¡Un paso más, y verás como trato a los ladrones!

–Pero la ropa va en… La ropa va en…– farfulló el chico, poniéndose pálido primero, y colorado como un tomate después. –Tendré que hablarlo con el administrador, por favor, no se enoje.

–¡Oye, tú, el Adonis rubio!– se acercó un romano a Marbod el Bárbaro. –¿Por qué tan desconfiado?

–No me gusta que se roben mis cosas– contestó Marbod el Bárbaro, con aplastante sinceridad.

–¡Aquí no hay ladrones! ¡Nos ofendes! ¡A nosotros, los grandes inversionistas del Orbe Terrarum!– dijo el romano altisonantemente, y luego añadió, chillando: –¡Guardias! ¡Guardias! ¡Se ha infiltrado un proletario!

Grandes y terribles cosas sucedieron entonces, y aunque como Cronista de las fazañas y fechos de Marbod el Bárbaro es mi deber consignarlas, fatigosa es entonces mi tarea. Me contentaré con decir que volaron puñetazos, hubo patadas, romanos ricos en la piscina fueron sacados de ella por los aires y romanos ricos fuera de la piscina fueron ingresados a ella igualmente por los aires, hubo romanos ricos utilizados como garrotes humanos contra guardias y otros romanos ricos, hubo estatuas de lujuriosos dioses griegos que perdieron sus brazos (y así se conservaron para la posteridad), hubo columnatas que retemblaron, y el mundo de las altas finanzas romanas hubo de deplorar alguna que otra muerte por retorcimiento de cuello o simple desnucamiento. No duró más de cinco a diez minutos todo aquello, pero cuando había terminado, el fuerte brazo de Marbod el Bárbaro había vaciado la piscina hasta la mitad, enviado a varios guardias inconscientes al sauna (algunos de ellos encontraron esta experiencia muy relajante), y ocasionado un pequeño incendio de la cocina que tomó varios baldes de agua apagar, además de que la mugre de su piel y el consiguiente olor corporal infectaba la piscina con un aroma a demonios.

Salió entonces Marbod el Bárbaro de las Termas de Caribarbudo, caminando de regreso hacia el puente sobre el Río Po, dispuesto a cruzarlo para seguir su camino hacia Roma. Pensaba en lo que Amílcar le había dicho, en lo referente a conseguir un empleo. Además, se llevaba una extrañamente agradable sensación, al tener la piel limpia. Seguía siendo muy macho, por supuesto, porque era… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!, pero aún así, empezaba a considerar la limpieza corporal como una experiencia interesante; lamentaba, eso sí, que con ella se marchara el olor a transpiración, que tan orgullosamente portan los guerreros yendo a un campo de batalla o viniendo de él. Pero Marbod el Bárbaro, como criatura moralmente superior que era, sabía que para ganar algo, frecuentemente hay también que dejar algo.

Próximo capítulo: “Saturnales”.

martes, 16 de noviembre de 2010

¿Por qué Jack Bauer es un héroe?


ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO HACE UN ANÁLISIS DE VARIOS PUNTOS DE LA SERIE DE TELEVISIÓN "24", Y POR LO TANTO, HACE ALUSIONES AL ARGUMENTO. HE CUIDADO AL MÁXIMO EL ENTREGAR LOS MENOS DETALLES POSIBLES, PERO AÚN ASÍ, EXISTEN VARIOS SPOILERS REPARTIDOS EN EL POSTEO.

Hace tiempo atrás que deseaba escribir acá en la Guillermocracia un artículo sobre "24", serie de televisión que acaba de finalizar hace algunos meses ahora en 2010, después de ocho temporadas y una película hecha para la televisión de manera intercalada. A estas alturas del partido, para bien o para mal, "24" ha quedado como uno de los grandes hitos televisivos de la década del 2000, y a gusto personal, es una de las mejores series televisivas jamás hechas. La serie además resultó controversial, por sus elevados niveles de violencia, y en particular debido a lo que algunos leyeron como una glorificación de la tortura. Creo que dichas críticas son injustificadas, porque en lo esencial, "24" es una ficción, muy bien armada eso sí, pero ficción a fin de cuentas, y si hay palurdos que se la toman como una realidad, es porque pretenden descargarle el muerto a la televisión de aquello que en verdad los padres y el sistema educativo deberían hacer, a saber, educar a las personas para entender que lo mostrado en pantalla no es real, sino un relato de personajes ficticios viviendo situaciones también ficticias.



Pero lo que creo hizo a "24" una serie con carácter propio, es la integridad moral de Jack Bauer. Muchas críticas a "24" apuntan a que Jack Bauer es demasiado perfecto: nunca se equivoca, tiene soluciones para todo, sigue su instinto sin apenas evidencias y aún así se las arregla para obtener resultados, nunca tiene dudas morales sobre lo que está haciendo (salvo en la sexta temporada, al comienzo, y de manera muy breve), y hace fantasmadas absolutamente inverosímiles. Pero en esto, Jack Bauer no hace sino seguir la estela de otros tantos héroes que desde el alba de los tiempos eran hombres superiores al resto, con talentos únicos que usan para imponer su ley, incluyendo a Ulises, la Pimpinela Escarlata, el Zorro, Conan el Bárbaro o James Bond (por cierto, quienes sólo conozcan las versiones fílmicas de estos personajes, podrían llevarse una sorpresa al descubrir sus más oscuras y violentas contrapartes literarias). Quizás rechine un poco porque se trató de vender a "24" como una especie de serie hiperrealista, pero la gente olvida, pero los productores no, que la gente suele sentarse a ver televisión para escapar de la realidad, no para tener una dosis adicional de ella, y por lo tanto, esperar que "24" fuera una serie con los pies en la tierra de principio a fin era quizás esperar demasiado de ella.



Pero creo que hay un valor adicional en Jack Bauer, que lo convierte en un héroe del más alto nivel. Se trata de su sentido de la decencia. Temporada tras temporada, Jack Bauer tiene que mascarse desgracias: le secuestran a su hija (varias veces), su ex amante asesina a su esposa, su hija después pasa de él temporada tras temporada tras temporada, está a punto de perecer en una explosión atómica cuando descubren un artefacto nuclear con el cual no hay tiempo de desactivarlo, se gana una adicción a las drogas, tiene que ejecutar a sangre fría con una bala en la cabeza a su jefe por chantaje del villano y más adelante para proteger a un rehén debe matar a un compañero de misión que le ha salvado la vida más de alguna vez, se echa al Gobierno chino encima y se gana una temporada de torturas en China, debe fingir su muerte y pasar a la clandestinidad, se enemista con el Presidente de Estados Unidos hasta el punto que éste usa todo su poder para tratar de matarlo, lo canjean para sacrificarlo, en Africa debe entregarse al gobierno de Estados Unidos para ser juzgado como única opción para salvar a un grupo de niños atrapado en una guerra civil, y finalmente cuando parece que va a encontrar algo de paz, debe nuevamente desaparecer después de ver que la chica con la que estaba intentando rearmar su vida recibe un tiro. Y todo esto, condimentado con los numerosos compañeros de labor que o bien van cayendo uno a uno, liquidados por el enemigo, o bien que se transforman en traidores y conspiran desde el interior. La cuestión es, ¿por qué un ser humano aguantaría tanto castigo sin siquiera rechistar, en vez de retirarse de una buena vez y vivir una vida más normal?

La respuesta tiene que ver con el sentido de la decencia que tiene Jack Bauer, que permea la serie a todo su largo. A diferencia de otras series, en que los buenos muchas veces son pícaros que tratan de robarle algo al sistema, tipos individualistas que se transforman en héroes salvadores de la sociedad de mala gana, o que simplemente pelean por sí mismos y gloria personal, en "24" los buenos son las personas decentes que por un salario de funcionario público, plantan cara al peligro una y mil veces porque son la última línea de defensa de la sociedad contra sus enemigos.



Y a su manera, esto se refleja también en el tratamiento de los villanos. Se ha acusado de "24" de ser racista y xenófoba porque los musulmanes y rusos son sistemáticamente presentados como terroristas, pero si bien esta acusación es a medias cierta, debe ser matizada porque dichos terroristas en el fondo se deja bien claro que actúan por lo que ellos consideran lo correcto (su religión, su etnia, etcétera), y en cierta medida, al igual que Jack Bauer se permite una cierta displiscencia moral con los métodos para alcanzar un fin, estos terroristas hacen un poco lo mismo. Y en "24", estos terroristas no son los peores villanos: se mueven en las sombras, es cierto, pero sus motivaciones son transparentes y luchan por una causa superior a ellos mismos. Incluso un terrorista tan peligroso como Habib Marwan, el archivillano de la cuarta temporada, prefiere sacrificar su propia vida a dejarse caer en manos del enemigo (de Jack Bauer), que por vía de tortura podría extraerle un código de seguridad necesario para desactivar un misil listo para detonar en la ciudad de Los Angeles. Asimismo, durante tres temporadas los chinos pasan a ser también villanos, pero su causa es comprensible: están actuando por razón de estado, en respuesta a una irrupción ilegal que hace Jack Bauer en la embajada de China durante la cuarta temporada. A su manera, los agentes chinos que aparecen como villanos de "24" hacen por China lo mismo que Jack Bauer hace por Estados Unidos.

Los peores villanos de "24" son, de lejos, el "enemigo interno", los traidores que operan dentro del sistema y que, amparados por sus relaciones políticas o su poder económico, muchas veces aprovechan a los terroristas como peones para sus propios juegos de poder. En la segunda temporada, el complot para detonar una bomba nuclear en Los Angeles tiene por objetivo final el provocar una guerra en el Medio Oriente para elevar los precios del petróleo, y el principal orquestador es un magnate financiero internacional. En la quinta, los terroristas son lo de menos: es el propio Presidente de Estados Unidos quién está involucrado en el encubrimiento de los atentados, listo para generar una guerra en el centro de Asia que le permita asegurar el suministro de petróleo a Estados Unidos por los siguientes treinta años, y a su vez el Presidente es la marioneta de un consorcio petrolero incluso más poderoso que él mismo. Dicho consorcio vuelve a reaparecer en la séptima temporada, en la cual se le asesta un duro golpe (aunque, se deja entrever, no fatal). El retrato de estos personajes es diferente: a ellos no los mueve ningún ideal, ni tampoco el patriotismo, ni siquiera el bien común, sino que la defensa de sus propios mezquinos intereses. Y en esto no se detienen ante nada: sus planes incluyen detonar artefactos nucleares, crear guerras de opereta, permitir la entrada de terroristas y de armas de destrucción masiva a suelo patrio, incluso contratar un francotirador para asesinar a un ex Presidente. A lo largo de la serie, estos villanos también sufren los peores castigos, porque a diferencia de los terroristas, que suelen morir dando la pelea por lo que creen justo, el enemigo interno al ser descubierto acaba cayendo de una posición en la que se sienten invulnerables y terminan perdiéndolo todo.



Esto queda de manifiesto en otra característica recurrente de "24": el enorme peso de las decisiones morales. En la mayor parte de las series de acción, el héroe de turno tiene bien claro el panorama entre el blanco y el negro, y los personajes suelen carecer de matices. Si alguno se vuelve traidor, se le persigue y punto. Y los héroes tienen éxito mediante alguna salvación milagrosa de último minuto, bien sea discurrida por el protagonista, bien sea ayudado por un tercero o por la pura suerte. En "24", las cosas son más complejas. No pocas veces, los personajes deben tomar decisiones complicadas, que implican sacrificios, y no siempre existen salvaciones de último minuto. En la mayor parte de las temporadas, los buenos consiguen la victoria, pero siempre pagando un precio exhorbitante: Jack Bauer acaba o con una muerte cercana (primera y octava temporadas), o perseguido por su Gobierno o por países extranjeros (cuarta y octava), o encarcelado (quinta y la película "Redención"), o amargado por una traición cercana (primera y séptima). Y en el transcurso, numerosas cosas deben ser sacrificadas, incluyendo la vida de colaboradores, algunos principios, etcétera.



En definitiva, lo que convierte a Jack Bauer en un héroe, y a "24" en una serie heroica, más allá de los recursos más clásicos de la historia de aventuras al estilo del folletín decimonónico, convenientemente adaptados a la cultura y sociedad de inicios del siglo XXI, no es su capacidad casi inhumana para salirse de situaciones y resolver complicados problemas a veces en el límite del tiempo, sino su enorme integridad moral, que lo lleva a los más altos sacrificios, incluso personales y aún aceptados de manera voluntaria, a la hora de tomar decisiones vitales que otra persona en sus zapatos probablemente no tomaría. Hoy en día, la decencia como un valor está de capa caída. La idea de que todos los seres humanos son iguales entre sí y que merecen un trato respetuoso por el solo hecho de serlo, si bien es loable y un gran progreso de la evolución de la mentalidad humana, es aprovechada por gente que lo considera un cheque en blanco para comportarse como se quiera y atropellando a quien se quiera. Por otra parte, la noción de que existen valores y principios que son más correctos que otros, suele ser tachada de fascista por los árbitros de la "corrección moral", a pesar de la enorme evidencia acumulada por la literatura sapiencial desde los egipcios hasta ahora de que un solo puñado básico de ideas (darás lo mejor de ti, vivirás con alegría, aceptarás las diferencias en vez de juzgarlas, no maltratarás a quien no se lo merezca... "trata a los demás como quieras que los demás te traten a tí") son los que han iluminado a los más altos códigos de conducta creados por el ser humano. En el peor de los casos, la persona decente suele ser tratada como un hipócrita, aunque es justo decir que en muchos casos la decencia es sólo una máscara sin un fondo real, y de ahí el desprestigio de este valor. En ese sentido, es bueno que existan series como "24", que nos recuerden todavía, en el movedizo inicio del siglo XXI, que la decencia tiene un valor importante en la sociedad, y que ésta funciona cuando hay gente decente dispuesta a hacer lo que nadie más estaría dispuesta a hacer, simplemente porque es lo correcto, es lo debido, y es lo que nos mantendrá en última instancia vivos como un cuerpo social.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 11 - A la sombra de los totalitarismos.


Hasta la Primera Guerra Mundial, el desarrollo de la Ciencia Ficción marchaba más o menos parejo entre Estados Unidos y Europa. Sin embargo, en la década de 1920 se produjo el gran divorcio. Hay varias razones para esto. En primer lugar, Europa siguió fiel a la cultura del libro, mientras que en Estados Unidos, el negocio editorial descubrió el filón rentable de las revistas pulps, con todos los trastornos demográficos que esto trajo consigo. Además, Estados Unidos había vivido la Primera Guerra Mundial (1914-1918) desde lejos y miraba el futuro con optimismo, mientras que Europa había sufrido casi todos los estragos de la conflagración, y por lo tanto se hundió en un lodazal de nihilismo decadentista que, a la vuelta de algunos años, ayudaría al ascenso de los distintos totalitarismos que terminarían decantándose en la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, es lógico que la Ciencia Ficción europea se volviera más intelectual, pero también más pesimista, negra y nihilista.


Previo a la guerra, la obra de J. H. Rosny aîné ya es un preludio de lo que vendrá. Rosny es el seudónimo de dos hermanos belgas de apellido Boex, que se separaron (literariamente hablando, claro está) en 1909, y el mayor siguió con el seudónimo de Rosny aîné (o sea, "Rosny el Mayor"). Rosny aîné escribe en francés, y es la gran figura literaria de la Ciencia Ficción francófona inmediatamente posterior a Verne. En "Los Xipehuz" (1907), describe (describen, en plural, mejor dicho) cómo una antigua civilización anterior a los sumerios debe luchar contra la invasión de unas misteriosas criaturas extraterrestres; a pesar de encuadrarse aún dentro de ciertos clichés del Romance Científico, este relato tiene hasta el día de hoy un sabor único, muy alejado del patrón de los "invasores como hombrecitos verdes del espacio" popularizado por el cine de serie B. En cuanto a "La muerte de la Tierra" (1910), es uno de los más duros relatos postapocalípticos jamás escritos, en el cual la Humanidad libra su última e inútil guerra para evitar su desaparición, a manos de unas criaturas ferromagnéticas que los reemplazarán, en medio de un planeta progresivamente más árido e inhóspito para los humanos.


Algo más tarde florece la figura del checo Karel Čapek (1890-1938). Aparte de sus evidentes méritos literarios, Čapek se ganó un lugar en el género por haberle dado nombre a los robots. Aunque la idea del autómata obrero es vieja como los mitos griegos, sino anterior, fue en su obra teatral "R.U.R." (1921), en que los bautiza. R.U.R. es la sigla de Rossum's Universal Robots, una empresa dirigida por el señor Rossum, que fabrica obreros artificiales para las labores de manufactura; "robot" viene precisamente de "robota", que en checo significa más o menos "trabajador" o "sirviente" (con todo, ironía del destino, los robots presentados en "R.U.R." no son entes mecánicos como los entendemos hoy en día, sino seres biológicos fabricados a partir de protoplasma). La idea de utilizar a criaturas sintientes no humanas como esclavos es también explotada en "La guerra de las salamandras" (1936). Čapek explota estas ideas de una manera muy moderna para su época, utilizando al robot o a la salamandra como una metáfora de la explotación obrera por parte del capitalismo, tema muy caro a la sensibilidad cultural europea de la época.


Más contemplativo resulta el británico Olaf Stapledon (1886-1950). Formado fundamentalmente como pensador, las obras de Stapledon son riquísimas en conceptos filosóficos, pero a cambio tienen un estilo literario terriblemente seco. Podemos mencionar obras como "Juan Raro" (1935) o "Sirio" (1944), pero las más decididamente comprometidas con el género podrían ser "Ultimos y primeros hombres" (1930), "Los últimos hombres en Londres" (1932) y "Hacedor de Estrellas" (1937). La primera refiere el portentoso ciclo de dieciocho especies humanas que se suceden a lo largo de dos mil millones de años, lo que la convierte en uno de los universos míticos más extensos creados en la Ciencia Ficción, sino el que más. "Los últimos hombres en Londres" prosigue en el mismo universo narrativo, ampliando las ideas respecto de las especies humanas venideras. Y "Hacedor de Estrellas" resulta una especie de non plus ultra de la Ciencia Ficción (y de cualquier creación humana), puesto que condensa la historia evolutiva completa del universo y de muchos universos, con un protagonista que sale en una especie de vuelo espiritual desde la Tierra, para recorrer otros mundos e integrarse con otras mentes hasta que todas ellas conforman una única conciencia cósmica: el Hacedor de Estrellas, el Creador del Universo, una superinteligencia suprema que lo rige todo a través de múltiples universos de impensables leyes naturales.


A diferencia de Stapledon, cuya grandiosidad cósmica le hizo ser autor de culto para minorías, pero no demasiado popular más allá, la obra maestra de Aldous Huxley sí que se transformó en un referente indispensable para la cultura del siglo XX. En su novela "Un mundo feliz" (1932) describe una sociedad futura, emplazada en el Año 660 de la Era de Ford, que utiliza la selección genética (curiosamente no la ingeniería genética misma, a pesar de que la cultura posterior a equiparado a esta novela con aquélla) y la hipnopedia, esto es, la inducción de ideas subliminales durante el sueño de los bebés, para crear una sociedad en que cada persona está programada para ocupar un lugar predeterminado en la sociedad, sin libertad ninguna. La procreación es un proceso clínico realizado en laboratorios, y los sentimientos han sido abolidos gracias a una droga, el soma, que funciona como un opiáceo. A pesar de estar inmersa en la sensibilidad de la década de 1930, con el temor de las democracias occidentales al auge de los totalitarismos, "Un mundo feliz" llegó más allá y se convirtió en un referente ineludible de la cultura contemporánea, en que la ingeniería social es llevada al extremo de anular al individuo y crear un mundo sin arte, sin sentimientos, y en definitiva sin mucha vida. Y aunque nunca ha tenido una adaptación oficial para el cine, el listado de películas que se han inspirado con más o menos libertad aquí incluye a "Fuga en el siglo XXIII", "Gattaca", "Blade Runner" y numerosas otras, lo que es una muestra de lo profundo que esta obra y sus conceptos golpearon a la civilización del siglo XX.

Próxima entrega: "Hacia la Revolución Campbelliana".

viernes, 12 de noviembre de 2010

MEBDU 03 - "Orbe Terrarum".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Después de la enigmática muerte de su padre, Marbod el Bárbaro emprende un viaje hasta el Río Rhin, lugar en el cual descubre a Dragonópterix, el Gran Dragón del Río Rhin. Finalmente, llega a un convenio con éste, según el cual Marbod dirá que le ha dado muerte, y el Gran Dragón desaparecerá definitivamente. Marbod se lleva el tesoro, consistente mayormente en una biblioteca de rollos, y regresa a su tribu, aunque con el prurito de conocer algún día el mundo de los romanos


“Orbe Terrarum”

Genserico, hermano de Wilhelm el Hacedor de Viudas y por tanto tío de Marbod, se sintió chasqueado por el regreso de su sobrino. Había aceptado que la realeza recayera en éste, en un comienzo, pero luego, cuando se había marchado impetuosamente en busca del Gran Dragón del Río Rhin, la conciencia empezó a preguntarle: ¿de verdad ese mozalbete aventurero y despreocupado se merece la corona? Y luego le hizo otra pregunta: ¿no se vería mejor la corona sobre tu cabeza? Y siguió inquietándole con preguntas: ¿No está buena Raimunda, la madre de Marbod, con la que podrías casarte y así adquirir el derecho de su difunto marido, tu hermano? Y por último, la estocada final: ¿No sería fácil matar a ese mocoso tarado, sin que nadie lo notara, y después fingir aflicción por su muerte?

De manera que Genserico se aplicó convenientemente a diversos planes y conjuras para darle muerte. Pensó en contratar a un asesino que clavara un puñal en la espalda de su sobrino, mientras bebía en el río durante alguna cacería, pero luego quedaba el problema de cómo asesinar al asesino. Pensó en clavarle él mismo una andanada de flechas, so pretexto de que algún jabalí se había cruzado en el camino, pero aunque se excusara con juramentos por todos los dioses, despertaría de todas maneras más de alguna suspicacia. Podría seducir a su mujer para que ella hiciera el trabajo, pero Marbod no mostraba prisa por contraer matrimonio. Inquietábale la cuestión tanto a Genserico, que estuvo a punto de abandonar.

Mas pensó entonces en suministrarle él mismo alguna dosis de veneno. Consiguió ir hasta las fronteras del dominio de la tribu y adquirir una pequeña dosis de matarratas a una vieja a la que informó que, efectivamente, tenía una plaga de ratas en su choza. Luego estaba la cuestión de administrárselo. La oportunidad se presentó cuando Marbod anunció una gran reunión con banquete incluido. Genserico, como tío de Marbod, se sentó cerca de éste, y tanteó varias oportunidades de verter el veneno en la copa de Marbod. De pronto una de las doncellas que, después de ver regresar a Marbod, estaba verde por casarse con el jefe y héroe matador del Gran Dragón del Río Rhin, se precipitó a éste, y en su paso le envió un seco e inadvertido codazo a Genserico, cuyo brazo se fue de golpe y depositó todo el veneno en la copa. Miró en todas direcciones, atemorizado, pero todos habían estado viendo el escándalo de la chica que trataba de matrimoniarse a toda costa con Marbod, y nadie reparó en el vertido accidental de desechos tóxicos en la copa.

Marbod levantó la copa. Genserico, impaciente porque su obstáculo al trono hiciera pasar el vino emponzoñado por su garganta, cruzó los dedos manteniéndolos estirados y juntando las palmas, al tiempo que adelantaba su cuerpo.

–¡Un brindis!– gritó Marbod. Todos callaron.

–¡Un brindis!– murmuró Genserico, sabiéndose a pocas palabras de ser rey, porque después de todo, Marbod no era personaje de discursos largos o llenos de vocativos.

–¡Un brindis por Genserico!

–¿Por mí?

–¡Por Genserico, quien desde ahora será vuestro rey!

El estupor más vivo se pintó en todos los rostros. Genserico miró la copa de Marbod, nervioso. ¿Había descubierto su complot y estaba jugando con él?

Marbod se volvió hacia Genserico.

–¡Por favor, tío, acepta el honor! Hay en verdad algo que me inquieta, y es todo ese mundo más allá, regido por el poder de los romanos. Quiero conocer en verdad al rey de los romanos, y si es tan poderoso como dicen. Por eso, Genserico, renuncio a la corona, y sé que no estará en mejores manos que en la tuya.

Marbod iba a levantar la copa, y Genserico, adivinando que la ingeriría, se adelantó hacia ella, tratando de detener todo aquello. Pero Marbod miró su gesto. Genserico bajo la mirada de manera humilde. Quizás, si pedía perdón, le otorgarían al menos el derecho de seguir viviendo.

–¡Tanta humildad, tío!– dijo Marbod cordialmente, abriendo los brazos y estrechando con fuerza a éste, sin soltar la copa.

Al separarse del abrazo, Marbod hizo un movimiento brusco hacia atrás, y la copa rodó por el suelo, derramando su contenido. Un inocente escarabajo que pasaba por ahí, al verse bañado en aquel vino con substancias poco recomendables para la salud, murió entre horribles estertores, echando espumarajos por la boca. Pero como el banquete era de noche, nadie lo vio, salvo Genserico.

–¡Oh, bien!– dijo Marbod. –¡Traedme otra copa, que vamos a brindar!

Genserico se encogió de hombros, y añadió un simple, aliviado y calladito:

–Como sea…

Al día siguiente se llevaron a cabo todos los rituales y ceremonias precisos para que Marbod abdicara en Genserico. Tan lleno de vergüenza se sentía el tío por su acción, que rehusó tomar la corona de manera vitalicia, y sólo accedió a dejarse coronar luego de que Marbod le prometiera regresar, y por lo tanto, Genserico aceptó sólo el cargo de rey de manera interina, en calidad de regente.

Después de lo cual, Marbod tomó sus cosas y emprendió la marcha, en la misma dirección que su primer viaje, pero ahora con rumbo al Imperio Romano. De esta manera, cruzó la Germania de parte a parte.

Como era el camino que mejor conocía, Marbod avanzó hacia los contrafuertes alpinos. En aquellas tierras vivían los helvecios, que otrora fueran orgullosos guerreros celtas, pero cuya fama había disminuido notablemente debido a que se habían dejado amilanar por la buena vida romana, algo incomprensible para los ojos bárbaros. En algún punto de esos picachos estaba el limes, la cadena de fortificaciones fronterizas que los romanos habían construido para mantener a raya a los incursores germanos. Y es que muchos de ellos preferían vivir amigablemente, pero no faltaban quienes trataban de tentar suerte, como por ejemplo los rapaces marcomanos.

La ruta de Marbod lo llevó a una profunda garganta entre dos altísimos e inescalables picachos. Como era de predecir, en medio de aquel camino descubrió Marbod un pequeño fortín.

Marbod se encogió de hombros, y simplemente intentó rodearlo. En ese momento, un centinela le gritó:

–¡Oye, tú, el bárbaro!

–¿Bárbaro?– preguntó Marbod, y luego contestó educadamente, tal y como le había enseñado su madre que debía tratar noblemente a los desconocidos, aunque fueran escoria romana: –¿Se dirige usted a mi?

–¡Sí, bárbaro!

A Marbod le gustó el título. De manera que decidió aplicárselo, sin saber bien qué significaba, y desde entonces se le conoce en la historia como Marbod el Bárbaro, aunque como podrá observarse, no fue el primero y no será el último de su condición.

–¡Quién se dirige a Marbod el Bárbaro!– dijo Marbod, orgullosamente.

–¡Qué quieres, pasando al Orbe Terrarum!

–¿Al qué?

–¡Al mundo entero!

Marbod miró a sus espaldas.

–¡Hay harto mundo allá atrás!– dijo Marbod.

–¡Pero nosotros poseemos el Mare Nostrum!

–¿El qué?

–¡El Mar Nuestro!

–¡Ah, bien…! Ustedes poseen el Mar de Ustedes, muy claro…

Ahora, desde el fortín habían salido algunos guardias, cada uno portando su pilum (o sea, lanza), y apuntando hacia Marbod.

–¿Quieren pelea?

–No, queremos el pasaporte.

–¿El qué?

–¡Salvoconducto!

–¿Y para qué quieren salvoconducto? ¡Los caminos son libres, después de todo…!

Y dentro de la filosofía de Marbod, bien entrenado en las leyes germánicas, tenía razón. Pero no desde el punto de vista romano.

–¡Los caminos son del Emperador!

–¿Emperador?

–¡Tiberio Emperador, Princeps Civium y Señor de los Romanos!

(Hemos mencionado que cuando nació Marbod imperaba Octavio Augusto, pero con el paso del tiempo, Marbod había crecido, y mientras tanto, el decrépito Octavio Augusto había fallecido, y su hijo adoptivo el vejete Tiberio, imperaba ahora en su lugar).

Lo de “Princeps Civium”, Marbod no lo entendió, pero lo de “Señor de los Romanos” estaba clarísimo.

–¡Pues han de saber que los caminos son libres! ¡Por tanto, propongo lo siguiente! ¡Traedme a vuestro mejor campeón! ¡Si lo derroto, me daréis libertad para circular por sus caminos! ¡Si él me derrota a mí, no pisaré vuestros caminos!

Los guardias se miraron mutuamente. Y cuchichearon algunas cosas entre sí. En medio de la ola de rumores, se adelantó el que a todas luces era el jefe de aquel fortín.

–¿Eres el campeón que va a luchar por el Rey de los Romanos?– preguntó Marbod el Bárbaro orgullosamente.

–¡No! Vengo a notificaros que, por la autoridad conferida en mi persona por el Senado Populusque Romanum, debo exigiros el salvoconducto.

–¡Este es mi salvoconducto!– dijo Marbod el Bárbaro, mostrando su fuerte brazo.

–En el Fortín #17 de Helvecia, a 7 de calendas de Octubre del Año– [sigue aquí un incomprensible número romano] –viniendo el peticionario simplemente conocido como “el Bárbaro” a este fortín del limes y solicitando paso por vía de imponer duro castigo a un contendor en combate físico, y tomando en consideración los antecedentes aportados por el solicitante, decreto lo siguiente: Primero.- Que el peticionario, conocido simplemente como “el Bárbaro”, se le deniega el paso al Orbe Terrarum, por no cumplir con el requisito de la presentación del salvoconducto; Segundo.- Que el peticionario anteriormente individualizado se le deniega la solicitud de enfrentar a un campeón del lado romano, por no estar dicho procedimiento establecido en ningún reglamento aplicable al caso. Comuníquese, regístrese, archívese, tómese razón. Sergio Petronio Galba, Comandante del Fortín #17 de Helvecia.

Marbod el Bárbaro tomó aire.

–¿Es que acaso ustedes no son guerreros, que no son capaces de tomar una simple espada y guerrear?

Los soldados se miraron mutuamente, con cara de “¿y arriesgar nuestras pensiones?”.

–Y supongamos que no uso el camino para pasar– dijo Marbod.

Sergio Petronio Galba esbozó una semisonrisa sardónica.

–Técnicamente, no hay reglamento que prohiba eso. Por otra parte, si te pillamos en territorio romano sin salvoconducto, tendremos que arrestarte por aplicación del Edicto de Extranjería y del Edicto de Combate Contra el Terrorismo, y pasarte a la jurisdicción del Pretor Peregrino, pero eso sí, si consigues pasar por un lugar que no sea un camino romano, no estás infringiendo la ley romana…

Ahora fue Marbod el Bárbaro quien sonrió, pero la suya fue una sonrisa de fiereza bajo ojos centelleantes. De manera que desandó un poco su camino, en medio de las burlas y befas de algunos guardias más osados, y se salió del camino.

–¿Qué quiere hacer ese hijo de hetaira?– preguntó ahora Sergio Petronio Galba, mirando como Marbod el Bárbaro caminaba entre los árboles e iba rumbo a los picachos. –Está loco– sonrió condescendientemente, y luego gritó a su tropa: –¡Nada que mirar, nada que mirar, vuelvan a sus funciones…!

–Vuelta a jugar naipes– dijo uno de ellos.

–¡Miren eso!– dijo de pronto uno.

–Hijjjjjj… de hetaira– silbó Sergio Petronio Galba, volviéndose hacia donde su soldado señalaba, en el picacho. Porque en lo abrupto del acantilado estaba pasando Marbod. ¿Y por qué eso es posible? ¡¡¡Porque él es… MARBOD EL BÁRBARO!!!

Roca a roca, risco a risco, a través del acantilado, Marbod fue pasando del lado germano al lado romano del limes.

–¡Vayan a por él!– gritó Sergio Petronio Galba.

–¡Pero es un risco! ¡Nos caeremos y quebraremos las uñas!– gritó uno de los soldados.

–¡Vayan por él, maldición!

–¡Pero no está en el reglamento que arriesguemos el pellejo en un risco para contener a un solo bárbaro, señor…!

–Ah, sí, el reglamento…

Se inició entonces un cierto procedimiento para determinar qué hacer, en el cual se hicieron unas cuantas reposiciones y apelaciones, y para cuando Sergio Petronio Galba determinó que, de acuerdo al reglamento, había que perseguir a Marbod el Bárbaro por los picachos, éste no sólo ya había bajado del picacho, sino que había cruzado media Helvecia, en su imparable marcha hacia Roma.

Próximo capítulo: “El inicio de las invasiones bárbaras”.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 10 - La Era de Gernsback.


A comienzos del siglo XX se hacía cada vez más evidente que los relatos y novelas con trasfondo científico y tecnológico estaban desarrollando lenguajes y códigos propios, lo suficiente como para ser considerados como algo nuevo y distinto a la literatura tradicional. En este tiempo emergió la figura de Hugo Gernsback (1884-1967), un escritor a quien la Historia conoce como "el Padre de la Ciencia Ficción", aunque irónicamente su propia producción literaria era de calidad mediocre a lo sumo, y ha sido más citado que leído por la posterioridad. Pero entre las décadas de 1920 y 1930, la visión de lo que debía ser la Ciencia Ficción, incluyendo su bautismo como tal, se correspondía con los conceptos gernsbackianos, y por eso es imposible escabullirse de él, en cualquier crónica de la Ciencia Ficción que se precie de tal.


Sus conceptos están claramente establecidos en la novela "Ralph 124C41+", publicada en 1911. Aparte de su título, muy sugestivo por tratarse de un código (es el código del protagonista Ralph en una sociedad futura, por una parte, y por la otra significa en inglés algo así como "uno debe prever por uno mismo"), la novela no es sino una larga, mecánica y aburrida serie de descripciones e inventos. Gernsback era un científico de tomo y lomo (murió habiendo registrado unas ochenta patentes para inventos), y veía a la Literatura como algo secundario, razón por la que su obra no era más que una prolongada exposición de inventos futuristas, sin pretensión literaria alguna. A este engendro literario, que no pretendía ser entretenido sino didáctico, lo llamó "scientifiction" ("cientificción", sería en castellano). Para Gernsback, la "cientificción" no debía ser escrita para entretener o perder el tiempo con fantasías sociológicas, sino para ayudar a los inventores a concebir nuevas creaciones e inventos para el glorioso siglo XX que estaba principiando.


Con estas ideas, Gernsback no habría llegado lejos, pero en 1926 desató una revolución, al fundar la revista pulp "Amazing Stories". Que se publicara Ciencia Ficción en los pulps era ya cosa vieja ("Argosy" llevaba cerca de un cuarto de siglo circulando, y en paralelo "Weird Tales" estaba publicando historias de los Mitos de Cthulhu), pero que se dedicara un pulp íntegramente al género, sí que era novedoso. Naturalmente que con la idea tan espartana que Gernsback tenía de la Ciencia Ficción, habría sólo un escritor que llenara el molde, y ése era él mismo, de manera que para sacar sucesivos tirajes, debió darle salida a escritores de Romance Científico, que él jamás habría sancionado como "cientificción pura", por decirlo así. Así, el primer número, de Abril de 1926, promocionaba en la portada contener relatos de Julio Verne, Herbert George Wells... ¡Y Edgar Allan Poe!


Pero el movimiento magistral de Gernsback, que contribuyó a modificar para siempre a la Ciencia Ficción, fue publicar la dirección de los lectores fanáticos que le escribían cartas. De esta manera, casi como una especie de Facebook primitivo, Gernsback creó un círculo de corresponsales que no sólo interactuaban con la revista, sino también podían cartearse entre sí. Poco a poco, estos fanáticos (todos ellos de edad infantil a juvenil) fueron uniéndose en clubes de fanáticos, creando así la que con justicia podría ser llamada "la primera tribu urbana". A la larga, esto tuvo una poderosa influencia demográfica, porque si antes un escritor podía pasarse impunemente de la Ciencia Ficción a la "literatura realista" o "literatura normal" e incluso al ensayo y la investigación científica, a partir de "Amazing Stories" los fanáticos fueron recluyéndose en su propio ghetto, escindiéndose del resto de la vida cultural de Occidente. De este modo, contribuyó poderosamente a la imagen del fanático de la Ciencia Ficción como alguien alienado de otras formas culturales, creando el cisma entre "gente de alta cultura" y "frikis" que, con altas y bajas, sigue siendo un esquema demográfico hasta el día de hoy.


El destino fue suavemente crepuscular con Gernsback. En 1929, de manera nunca demasiado aclarada, "Amazing Stories" acabó en quiebra; aunque la revista siguió publicándose (de hecho, su último número fue editado en 2005), Gernsback fue obligado a salir. Siguió Gernsback en el negocio editorial por una década más, además de proseguir como inventor, pero con bautizar a su monstruito como "cientificción", había abierto la caja de los vientos. Los nuevos escritores que llegarían, ampliarían las fronteras del género hasta un punto que el propio Gernsback no sería capaz de reconocerlo. Años después, en su honor, se crearon los Premios Hugo, y se le invitaba a las convenciones, aunque con más respeto señorial que por verdadera intención de escuchar sus (obsoletas) ideas sobre el género. Con todo, ha recibido homenajes de tarde en tarde: uno de los primeros relatos del escritor William Gibson, padre del Cyberpunk, es "El Continuum Gernsback", en el cual juega con los motivos literarios clásicos de éste, y Steven Spielberg se inspiró en "Amazing Stories" para crear en los ochentas su serie televisiva "Cuentos asombrosos". No es un mal legado, después de todo, aunque el propio Gernsback, el escritor del género literario del futuro, fuera considerado como "el pasado" en sus últimos treinta años de vida.

Próxima entrega: "A la sombra de los totalitarismos".
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