domingo, 31 de octubre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 09 - El horror que vino de Providence.


La literatura pulpesca en la América de comienzos del siglo XX se desarrolló en numerosas direcciones, tantas como filones potenciales para la aventura y la acción habían. Así, surgió literatura pulpesca de vaqueros, de detectives, de exploradores en tierras extrañas, de viajeros espaciales, y por qué no, más tarde o más temprano así habría de ser, hubo literatura pulpesca de terror. Si bien ésta muy significativa para el desarrollo posterior de la cultura popular, no tendría mayor relevancia para el de la Ciencia Ficción de no ser por un grupo de escritores que hicieron un extraño híbrido entre Terror y Ciencia Ficción: los Mitos de Cthulhu. Ellos fueron el llamado Círculo de Lovecraft.


Howard Phillips Lovecraft nació en el seno de una familia arcaizante y ultraconservadora de Providence, Nueva Inglaterra, en 1890. Su madre le enseñó desde pequeño a valorar su propia herencia cultural inglesa y a despreciar a los incultos, rudos y bárbaros yankis, antes de que sus neurosis remataran en locura abierta. A consecuencias de esta educación elitista y xenófoba, Lovecraft se sintió siempre desafecto y desalienado con respecto a su propia patria. De temperamento tímido y opaco, su refugio fue su biblioteca, repleta de libros antiguos y tratados científicos. Se dedicó a escribir relatos para las revistas pulp, particularmente para la fantástica y terrorífica "Weird Tales" en donde mezcló ambas influencias, la Ciencia y la tradición gótica, y creó una alquimia literaria que para su época fue nueva y sorprendente. Al cabo de un tiempo, un grupo de jóvenes escritores a su alrededor se interesó en su obra, lo que hizo nacer no sólo una fértil correspondencia, sino también una especie de trabajo colectivo de unos 130 cuentos y novelas cortas, que por azares de la etimología vino en llamarse los Mitos de Cthulhu, a pesar de no ser Cthulhu ni de lejos la principal "deidad" de aquel universo mítico.


La premisa básica de los Mitos de Cthulhu es la insignificancia del ser humano frente al universo. Este es un conjunto de fuerzas demasiado grandes y vastas para que la mente humana pueda entenderlas, y los humanos deberían sentirse afortunados de vivir en la ignorancia, porque de acceder aún a porciones mínimas de dicho conocimiento, serían (y son, de hecho) destruidos sin remedio alguno. El Bien y el Mal no son sino categorías humanas, inútiles para entender a esas todopoderosas criaturas que moran en los abismos del espacio y del tiempo, que pueden ser llamadas "dioses" a pesar de que claramente no lo son, y para las cuales destruir a la Humanidad tiene tan poca prioridad o interés como para un ser humano pisotear el hormiguero que haya surgido en el patio de su casa. Así como la hormiga no puede concebir al ser humano en toda su grandeza y poder, el ser humano no puede concebir a esos "dioses" tal y como verdaderamente son, o la extensión de su poder, y cualquier encuentro con ellos, por casual que resulte, no puede sino tener consecuencias fatales. Aún así, ciertos saberes circulan en forma de libros prohibidos, cuya sola lectura ocasionan la locura y destrucción de todo quien no esté preparado para entender semejantes secretos, lo que incluye a la abrumadora mayoría de la Humanidad incauta.


Hasta el momento, los Mitos de Cthulhu podrían ser otro ciclo gótico de fantasmas al uso, pero el ateísmo radical de Lovecraft le dio una dimensión distinta, ya que sus monstruos no vienen de lo sobrenatural, sino de las puras y simples leyes naturales (si bien éstas son incomprensibles para el ser humano). Es decir, ya no se trata del fantasma en el castillo gótico, sino de alguna repelente criatura que mora en los pliegues espaciodimensionales de un universo paralelo. De esta manera, Lovecraft y los suyos entroncaron la tradición gótica dieciochesca con el Psicoanálisis y la Teoría de la Relatividad, que en ese entonces era lo más avanzado en materia científica que podía encontrarse.


Los Mitos de Cthulhu tuvieron un gran desarrollo en las décadas de 1920 y 1930, aunque eran demasiado extraños para la mentalidad de su tiempo, y por ende nadie sino algunos cuantos les prestaron atención. Al prematuro fallecimiento de Lovecraft en 1937, su colaborador Augusth Derleth continuó su obra, terminó algunos relatos inconclusos, escribió los suyos propios, y contribuyó a difundir los Mitos fundando la Editorial Arkham House para dicho propósito (después, el manicomio de Ciudad Gótica, en el cómic de Batman, recibiría dicho nombre como un homenaje). Pero Derleth no era ateo y materialista como Lovecraft, sino cristiano, y por ende se propuso y consiguió introducir las categorías del Bien y del Mal en un universo que no las tenía ni las necesitaba tampoco. El legado derlethiano es sumamente discutido entre los fanáticos, pero nadie duda a estas alturas de que Lovecraft es uno de autores fantásticos más influyentes del siglo XX, y mucho de la cultura de la oscuridad y el terror de la segunda mitad de la centuria se basan en ideas que venían de este oscuro, retorcido y alienado escritor de Providence.

Próxima entrega: "La Era de Gernsback".

martes, 26 de octubre de 2010

Las factorías de alumnos.

Es indiscutible que la Revolución Industrial es uno de los eventos capitales en la historia humana, más que el Imperio Napoleónico, la caída del Imperio Romano o la Segunda Guerra Mundial. La Revolución Industrial suele asociarse con la maquinización en un sentido palmario: donde antes habían obreros de carne y hueso, ahora uno encuentra robots automatizados. Piénsese en la industria automotriz, por ejemplo, que en sus inicios era casi una artesanía, mientras que hoy en día es algo robótico casi de principio a fin. Y sin embargo, la industrialización tiene una dimensión más profunda. Porque en principio, cualquier cosa susceptible de ser automatizada, puede ser convertida en una factoría.

Una de las más importantes transformaciones en este terreno, es la educación. Hasta el siglo XIX, la educación era un proceso bastante artesanal. El proceso educativo podía oscilar entre la relación directa entre profesores y alumnos, como por ejemplo las famosas institutrices inglesas al estilo de Mary Poppins, y las cátedras impartidas en algunos colegios y universidades. Quizás las universidades más antiguas de todas sean las escuelas de escribas en el Antiguo Egipto y Babilonia, pero aún así, la dificultad de la movilización, las complicaciones de adquirir libros (incluso después de inventarse la imprenta: la primera tirada que superó los diez mil ejemplares fue recién "El corsario" de Byron, ya entrado el siglo XIX) y los irregulares niveles de alfabetización necesarios para nivelar un curso, lo hacían todo más complicado. La educación era sólo para unos pocos afortunados, y podía darse por seguro que éstos, dedicados después al sacerdocio o a una profesión liberal, iban a ser exitosos en la vida porque iban a escapar al miserable destino de ser campesinos o herreros.

Pero en el siglo XIX, todo esto cambió. Surgió la Educación Primaria Obligatoria. Y con ella, por primera vez, la idea de que toda la población debía alfabetizarse, y de que todas las personas tienen derecho a la educación. No discutiré la profunda dimensión humana que tiene esto, la noción de que cada persona por el solo hecho de ser persona tiene derecho a lo menos a una educación elemental que lo haga entender como funcione el mundo, desarrollar la vida y ser un aporte para la sociedad. Pero resulta que por el camino, alguien pensó que la ruta del menor esfuerzo era simplemente crear una educación común para todos, y problema resuelto.


El problema es que esto, a la larga, implica que la educación deja de ser una labor paciente de profesor a alumno, una artesanía podríamos decir, y pasa a convertirse en una industria. O sea, ya no se toma a un niño y se lo modela pacientemente, a través de la educación, hasta ser un hombre integral, sino que se lo pone en el inicio de una línea de ensamblaje, y se lo hace pasar por una correa sin fin, así como los famosos automóviles Ford modelo T que eran producidos en serie, y al final del proceso se extiende una certificación de calidad, el título universitario, que funciona como garantía de que el alumno algo aprendió en el proceso. Al igual que la garantía del vendedor de un electrodoméstico, el título que entrega el establecimiento educacional respectivo funciona como un certificado de que el producto que usted adquiere (el profesional, en este caso, al final de la línea de ensamblaje parvularios-colegio-universidad) funcionará en las condiciones debidas. Resultado: la cosificación del alumno, el ser humano convertido en cosa, etcétera. Se ha dicho numerosas veces que el ser humano es el centro de la educación, o debería serlo al menos, pero en estas factorías de alumnos en que ha devenido nuestra civilización, esto ha cobrado una dimensión siniestra: también el hierro es el centro de la fundición y el computador el centro de la fábrica de chismes electrónicos, pero al final del día, siguen siendo cosas producidas en serie.

Como resultado, tenemos seres humanos todos clones entre sí. Cuando se produce algo en serie, se busca bajar los costos al máximo, por la vía de estandarizarlo todo: es más fácil fabricar diez repuestos iguales que diez repuestos diferentes, así es que se crean diez máquinas para que encajen los diez repuestos iguales. Con las personas pasa lo mismo: se fijan mallas y programas de cosas que los alumnos deben aprender, todos por igual, aunque algunos prefieran las ciencias, otros la literatura, u otros la gastronomía, por poner ejemplos. Todos deben salir de Cuarto Medio saliendo lo mismo. Y cuando van a la educación superior (universidad, instituto, etcétera), todos los que egresan de una carrera deben salir pensando lo mismo. Como resultado, el pensamiento disidente es castigado, no porque sea erróneo, sino simplemente porque piensa distinto. Y así, al final de la cadena de montaje, salen todos los profesionales pensando lo mismo.


En última instancia, resulta que entre los seres humanos vuelto cosas por las factorías de alumnos, están también esas cosas destinadas a enseñar a esas otras cosas: los profesores. También en su tiempo, los profesores pasaron por las factorías de alumnos. De hecho, para ser profesor no se requiere tener vocación, ni capacidad, ni siquiera inteligencia: sólo basta haber conseguido el título de alguna manera. Aunque sea copiando en las pruebas, o copiando y pegando párrafos completos de la Wikipedia en sus trabajos de investigación. No todos los profesores son así de deshonestos, por supuesto, pero es claro que el sistema no ofrece incentivos ni motivación para que el futuro profesorado se interese mínimamente por hacer clases decentes que preparen seres humanos, en vez de productos estandarizados. Los que consiguen hacerlo y sobrevivir a los años de carrera, en este contexto, deberían ser considerados héroes.

En último término, el hecho de que la educación sea cada vez más universal, implica que se obligue a educar incluso a gentes que no pueden o no desean recibir educación. No hablo por supuesto de quienes presentan alguna discapacidad mental, para quienes existe la educación diferencial, sino de gentes cognoscitivamente "normales" que son metidos dentro de un mismo salón de clases para ser forzados a aprender todos lo mismo, pese a sus diferentes motivaciones, destrezas y capacidades. Con el agravante de que los menos motivados o preparados para aprender, retrasan el ritmo de los que sí tienen esa motivación y preparación, por lo que en nuestro sistema, los mejores deben someterse al ritmo de los peores, y no al revés. La consigna de que nadie debe quedarse sin educación, en algún punto del camino, se transformó en la idea espúrea de que las malas manzanas deben permanecer en el sistema, aunque pudran a las buenas. Porque todavía estoy por ver al alumno malo que, inspirado o liderado por el ejemplo del alumno bueno, se transforme a su vez en un alumno bueno: lo frecuente es que el alumno malo envidie al alumno bueno y lo hostilice, o bien lo ignore por completo. Sin contar con el hecho de que el alumno bueno lo es según qué parámetros, si por pensar, razonar y tener ideas propias de verdad, o si lo es por complacer al profesor de turno, que a su vez fue un alumno a quien se trató de estandarizar en su minuto, que a su vez... Creo que entienden el punto.


En definitiva, lo que apreciamos es una educación hoy en día canibalizada por los procedimientos industriales. El concepto de educación hoy en día es considerar al alumno como un producto: se lo pone al comienzo de una cadena de montaje, y se le va añadiendo "valor agregado" hasta llegar a un producto final. Este va a ser de calidad premium si sale al final de la cadena, unos treinta años después, con un doctorado o un magíster, va a ser "grado 2" si sale con un título universitario, y va a ser de calidad ínfima y precio barato si acaba la cadena en Cuarto Medio. La educación añadida en el exterior, incluso la que se obtiene leyendo enciclopedias por voluntad propia, no cuenta. Y en la idea de que nadie debe quedarse atrás, cualquier respeto por la individualidad de las personas ha desaparecido por completo. ¿El resultado? El hombre masa, estandarizado, reacio al pensamiento crítico, uniformado de acuerdo a su especialidad (que también viene predeterminada, casi como si de un menú de opciones se tratara), domesticado e incapaz de ofrecer verdaderas soluciones para los problemas de la sociedad. Es decir, todo lo contrario a las personas que, con ingenio y creatividad, a lo largo de seis o siete mil años de historia de la civilización, fueron diferentes al resto y cuestionaron al resto hasta descubrir la manera de afrontar retos, que al resolverlos, hicieron mejores la vida de quienes los rodeaban.

domingo, 24 de octubre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 08 - Princesas exóticas en otros mundos.


Durante el siglo XIX, la irrupción de la Educación Primaria Obligatoria produjo el efecto de divorciar dos grandes corrientes artísticas o maneras de entender el arte: una dirigida hacia una élite erudita y bien instruida, compleja, vanguardista y a menudo experimental, y otra dirigida hacia el público masivo y formado tan solo en las primeras letras, centrada principalmente en la aventura y la diversión, sin ulterior contenido filosófico o intelectual de relevancia. Ríos de tinta han corrido sobre cuál corriente es más válida o importante que la otra, y no vale la pena reincidir sobre el tema aquí. Sin embargo, la Ciencia Ficción, o lo que por ese entonces era la embrionaria Ciencia Ficción, se vio afectada tempranamente por este divorcio. Al lado de las serias elucubraciones de un William Morris o de un Herbert George Wells, creció así una literatura de índole más aventurera y popular, cuyo gran refugio no era tanto la novela sino el pulp, la revista confeccionada con papel de mala calidad, destinado a ser leído y desechado, y en el cual, por lo tanto, no predominaba tanto el afán literario como el contar historias que mantuvieran al público enganchado comprando los sucesivos números que se editaran de la revista. La primera publicación que avizoró este modelo de hacer negocio editorial nació en (¡cómo no!) los Estados Unidos, y fue la Revista Argosy, en 1892. La seguirían varias otras durante el siglo XX, incluyendo "Weird Tales", "Amazing Stories" y "Astounding Stories", hasta que por razones que oportunamente mencionaremos, el ciclo pulp terminará decayendo y virtualmente desapareciendo.


En esa época, debe decirse, no existía conciencia clara de que existiera la Ciencia Ficción como género aparte, y por ende éste aparece mezclado, tanto en lo referente a ser publicado al bulto con otros relatos de distinto tipo, como en lo referente a los temas de cada relato en particular, junto a un torrente de otras tendencias fantásticas de la época. En plena época de expansión imperialista de Occidente, eso significaba "aventuras en lugares exóticos". Los escritores bien pronto aprendieron que podían utilizar los otros planetas como escenarios para sus aventuras, y de esta manera trasladaron el exotismo de los desiertos norteafricanos y las junglas llenas de salvajes, a ambientaciones situadas en otros planetas.


La saga más representativa de esta manera de entender y tratar la ficción, y que ha recibido el nombre de Romance Planetario, es el ciclo de John Carter de Marte. En 1911 el escritor Edgar Rice Burroughs, muy reputado ya en aquellos días por haber inventado al celebérrimo y nunca bien imitado Tarzán, publicó en forma serializada en las páginas de la revista "All-Story", un relato llamado "Bajo las dos lunas de Marte". Este relato fue compilado después en la novela "Una princesa de Marte", y fue la primera de una larga y fecunda saga presentando a John Carter de Marte, un virginiano que un día cualquiera simplemente mira a Marte y sueña con viajar allí, para verse al instante mágicamente transposicionado, viviendo peligrosas peripecias en su eterna lucha por proteger a Dejah Thoris, princesa marciana de Helium y su enamorada. A pesar de la ambientación marciana, Burroughs describe un mundo ("Barsoom", según dice le llaman sus habitantes) repleto de culturas y civilizaciones a cuál más exótica, pero que en definitiva son un trasunto de escenarios exóticos de la Tierra, convenientemente alterados con elementos ficticios de distinto tipo. Para Burroughs la verosimiltud científica es lo de menos: su única divisa es crear aventura tras aventura. Y lo hace con arte supremo. Su manera de entender la ficción le hizo crear una legión de imitadores. En muchos sentidos, por ejemplo, las aventuras de Flash Gordon en Mongo son un trasunto en cómic de las andanzas de John Carter por Marte.


Un subgénero muy peculiar y que dio mucho de sí, dentro de esta tradición pulpesca, lo conforman las llamadas Edisonadas. En ellas aparece algún genio científico, que con sus inventos vive sorprendentes aventuras. Su nombre deriva de la novela "Edison's Conquest of Mars" (ignoro si hay traducción al castellano), una secuela no oficial y no autorizada de "La guerra de los mundos" de H.G. Wells publicada el mismo año 1898, en que Thomas Edison (el histórico Thomas Alva Edison, debe entenderse) aplica su enorme genio para estudiar las máquinas marcianas y proveerse de los medios para darle a los marcianos un contragolpe (sintomáticamente, el tono irónico y pesimista de Wells es reemplazado aquí por un patrioterismo ramplón, pero muy al gusto del público lector de pulps). Las Edisonadas fueron muy populares, y en cierta medida fueron el correlato "benéfico" del maligno estereotipo del científico loco que usa su saber para el mal. En muchos sentidos, los Edisones de estas obras fueron antepasados remotos de los superhéroes, fundamentalmente por aprovechar su superioridad para "hacer el bien". Con todo, los Edisones se basan en el poder de la Ciencia, no en la magia o en su procedencia alienígena, como será moneda común entre la mayor parte de los superhéroes.


La simplicidad del público a la que iba dirigido, y la velocidad a la que se necesitaban nuevas historias para publicarlas, obligó a los escritores a usar un lenguaje simple y llano, y también a repetir situaciones, creando así una serie de estereotipos que han servido después para burlarse hasta el hastío de dicha tradición pulpesca. El cuadro clásico lo compone el héroe, siempre musculoso y valiente, la heroína (muchas veces princesa) permanentemente en peligro, y un villano que suele ser tan feo como retorcido. Pero por otra parte, mucha de la ingenuidad que irradian estas obras pulps, las han hecho conservar su popularidad a lo largo de los años. En los pulps se forjaron una serie de mecanismos y resortes narrativos que después fueron vertidos al cine y la televisión, y por lo tanto, tuvieron un papel importantísimo en la formación de lo que hoy en día conocemos como cultura popular. Sin embargo, no todo en la literatura pulpesca de Ciencia Ficción sería tan brillante, y pronto surgiría el tenebroso reverso de este optimismo, en la figura de Howard Phillips Lovecraft y sus horrorosos Mitos de Cthulhu...

Próxima entrega: "El horror que vino de Providence".

martes, 19 de octubre de 2010

Dos artículos sobre "Lost".

En Tribu de Plutón, en su día, dediqué dos artículos a la serie televisiva "Lost". Como fueron escritos un poco al calor de la actualidad de su día, dudé en reproducirlos acá en la Guillermocracia. Pero luego pensé, por qué no. Eso sí, para que puedan leerse mejor en su contexto, decidí reproducirlos a ambos en un mismo posteo. Supongo que el lector interesado agradecerá tenerlos juntos en un posteo omnibus. Y el lector no interesado, de todas maneras no los leerá, así es que no se pierde nada. A continuación, los artículos:




"LOST" EN SU TERCERA TEMPORADA (¿LA ÚLTIMA QUE VERÉ?).
Publicado originalmente en Tribu de Plutón el viernes 13 de abril de 2007.

Desde el 2004, he estado enganchado al gran fenómeno mediático que ha significado "Lost". Eso, con una primera temporada francamente buena, y una segunda un tanto más floja, en particular con los capítulos "de relleno" (o sea, todos desde el tercero hasta el antepenúltimo, como si de un nuevo X-Files se tratara). Pero la verdad es que la tercera temporada ha empezado de lo más floja, y apenas ha conseguido levantar vuelo. ¿Cómo demonios se las arreglaron los productores para despilfarrar una franquicia tan buena...?

Regresemos al comienzo. La primera temporada tuvo una partida potente. Cada capítulo era una maza, por dos razones. En primer lugar, al ir presentando el menú de misterios, cada nuevo movimiento ahondaba más la trama. En segunda, la estructura de cada capítulo se basaba (y se sigue basando) en dos historias paralelas, una en "tiempo presente" en la isla, y otra en el pasado de alguno de los protagonistas, por lo que descubríamos que, muy probablemente, los personajes estaban ya conectados desde el pasado, sin darse cuenta de eso, además de entender cómo las cosas que les ocurrieron antes modelaban sus conductas actuales. Por si eso fuera poco, con cerca de una quincena de protagonistas, era imposible que uno, al menos uno, no te cayera bien. Y qué decir del espléndido final de la primera temporada, que parecía presagiar que se había abierto la mismísima boca del infierno (después se vio que no, pero eso es historia aparte).

Pero en la segunda temporada, empezaron a fusilarse la franquicia. Le metieron un nuevo misterio sobre el cual no había ni pistas de antemano (la Iniciativa Dharma), y del cual, ya un tanto avanzada la tercera temporada, seguimos sin saber básicamente nada. Además, metieron con calzador nuevos personajes, y como nunca los habíamos visto antes, los capítulos sobre ellos y sus respectivos pasados no tenían el mismo interés. Tampoco lo tenía el interés del pasado de los otros nuevos protagonistas, porque todo lo importante sobre ellos ya lo sabíamos, con algunas contadas excepciones.




Además está el efectismo. Eliminaron algunos personajes de la trama, y con eso daban la sensación de que los náufragos estaban en peligro real. Pero a medida que iban cayendo (no muchos, tampoco), uno podía darse cuenta que eran los secundarios que no le importaban un rábano a nadie, mientras que los principales estaban perfectamente asegurados contra la mala suerte. Y eso le quitó bastante gancho al tema de matar personajes como una manera de meter suspenso. En el canal vecino, en "24", no tenían inconveniente en cargarse a los protagonistas más protagonistas de todos (exceptuando a Jack Bauer, por supuesto), de la manera más inesperada, anticlimática y falta de heroísmo que pudieran.

Para colmo, la serie se fue tiñendo de una moralina cristiana que le hizo mucho mal. Surgieron dos grupos de personajes, aquellos quienes aceptaban las cosas que venían con resignación cristiana, y aquellos que empezaron a buscar los misterios de la isla. A los segundos, que eran los menos, por descontado que les pasaban las cosas malas, mientras que los primeros estaban en el paraíso de los benditos. Porque, por cierto, esta isla estará perdida en el medio del océano, pero se da por entendido que existen víveres y vituallas para alimentarlos a todos, por lo que una trama tan buena como sería la lucha por la comida, simplemente la pasan por alto. Con razón había quienes opinaban que los personajes estaban muertos y que ninguno había sobrevivido al accidente: es que todos tienen una mentalidad de muertos que, digámoslo ya, no tiene televisivamente mucho atractivo.

La guinda de la torta son los Otros. Llevamos tres temporadas, y aún sabemos lo mínimo de ellos. Para peor, los Otros son presentados como una pandilla de estúpidos, porque su actitud no tiene nada de estratégico. Digamos que quieren que los náufragos los dejen en paz. ¿Por qué entonces no exponer eso de manera franca y abierta, con una embajada, desde el comienzo, acompañado si es preciso de una buena demostración de fuerza para dejar bien en claro el punto? Digamos que quieren experimentar con ellos. ¿Por qué no los secuestran de una buena vez desde el comienzo, en vez de esperar y esperar y esperar? Digamos que quieren colaboración de su parte, pero en términos de subordinación. ¿Por qué no le cuentan a los náufragos la verdad, o una parte de ella, sobre la isla, para así dejarles bien en claro quién manda? O lo mismo, pero en plan "buenos amigos". ¿Por qué no prueban entonces a educarlos en los misterios de la isla, en vez de mantener a sus vecinos en la inopia? En cualquier caso, la mejor estrategia de los Otros no sería jugar a las sombras, como lo han hecho toda la serie, sino mostrar una buena parte de sus cartas, por lo que como "villanos invitados" no son muy inteligentes. Y si el villano no es inteligente y el héroe no es proactivo, ¿qué le queda a la serie?

Por eso, después de haberla seguido con santa paciencia dos temporadas completas, estoy por seguir el curso de muchos fanáticos que se han quejado por Internet. Ya en "Héroes", serie que viene pisándole los talones a "Lost" (y con muy buenas razones) se reían su poco del producto de J.J. Abrams y compañía, diciendo que en su serie propia, las tramas abiertas y pendientes sí encontrarían resolución al final de la temporada. Habrá que ver, pero la receta funciona: funcionó con "Buffy", ¿no? Así es que si el asunto no mejora, posiblemente la tercera temporada sea la última que vea. Y eso, si no me aburre antes. O peor aún: si como se rumorea, ABC no da la orden final y decide cancelar "Lost" por bajo rating.




LA RELIGIÓN DE "LOST".
Publicado originalmente en Tribu de Plutón el jueves 15 de julio de 2010.

Hace muchos años atrás, en el limbo del blogozoico, decidí que "Lost" era una serie televisiva que valía la pena ver. Se la saludaba como la "Twin Peaks" o la "Expedientes X" del siglo XXI, lo que en definitiva, conociendo lo poco parecidas que eran ambas series, significaba que era algo tan nuevo que nadie lo podía asimilar a algo previo. Si además de eso era una producción con buenos guiones y un buen presupuesto, entonces sería una experiencia que valdría la pena seguir. De manera que me embarqué en la primera temporada, que fue magnífica, y en su segunda, que fue un desastre. Pero la tercera temporada, no hubo por donde tomarla, así es que simplemente abandoné el barco. No sé en qué habrá acabado la cuarta, la quinta y la sexta, pero revisando la tormenta de declaraciones de esto o aquello, parece que la serie nunca alzó el vuelo, y aunque siguió con aceptables rankings, parece ser que muchos de ellos siguieron porque había una promesa de término.

Si en esa época yo hubiera conocido el nombre de J.J. Abrams, probablemente me lo hubiera pensado dos veces antes de meterme a perder horas de mi vida en "Lost". Nunca había visto "Felicity" y tampoco "Alias", series producidas por el ínclito, de manera que llegaba a "Lost" sin saber bien qué me iba a encontrar. De hecho, cuando se estrenó "Fringe", me pensé en darle una segunda oportunidad a Abrams. Mal que mal, Abrams me había entretenido dirigiendo la aceptablemente palomitera película "Misión Imposible III". Y en el 2009, su reinvención de "Star Trek" estuvo también con sus puntos buenos. Pero por razones varias, no pude empezar a ver "Fringe", después me dio flojera sumarme a la mitad, y al último, cuando supe que todos los misterios se resolvían porque todo en realidad era sobre universos paralelos, no pude menos que decepcionarme. Después de todo, el tema del universo paralelo es uno de los recursos argumentales más manidos y menos originales de todo el siglo XX, porque cualquier cosa que no calce, es posible enviarla allá y asunto arreglado (¿han notado, los que me hayan seguido en "Corona de Amenofis", que en cuatro años no he necesitado recurrir a esa trampa argumental?). Y quizás no de manera casual, resulta que en "Lost" al final sí surgió un universo paralelo, que era la vida después de la muerte o algo así, a según la interpretación. Por cierto, también en "Star Trek", los acontecimientos de la película hacen surgir una línea de tiempo alternativa a las diez películas anteriores, o sea, otro universo paralelo más. Si la manera de resolver nudos argumentales es decir que todas las contradicciones se explican porque pasan en varios universos distintos como recurso habitual, es que tenemos a un tipo bastante patán a la hora de inventarse soluciones narrativas a las horas de meterse en líos argumentales.




Y esto me lleva a lo que es el principal problema con J.J. Abrams, la razón fundamental por la que le he perdido el respeto que le tenía. Muy en el fondo, por debajo de su ropaje de ir de moderno por la vida, Abrams es un neocon de manual. Porque en el fondo, usa el recurso de los universos paralelos para satisfacer los más bajos instintos místicos del populacho. A mucha gente le gusta pensar que, por debajo del caos de la vida cotidiana en las cosas resultan a medias y mal, y jamás al gusto de uno, en realidad hay un sentido de las cosas. Y debe reconocérsele ese talento, J.J. Abrams es un maestro excitando esas bajas pasiones de la chusma. Con sus creaciones, Abrams le susurra al oído de esos perdedores que se niegan a ser los perdedores del sistema: "en realidad no eres un perdedor, simplemente estás en un universo que está condenado, pero en ese otro universo que te muestro, tú eres luz y gloria, y eres mejor que los demás". ¿Alguien acaso ha visto a un fanático de "Lost" que sea humilde? Yo no. Todos los fanáticos de "Lost" defienden la serie con una soberbia enorme, precisamente porque al seguir la serie, se sienten partícipes de un misterio más grande que ellos mismos, y que sólo ellos comprenden. "Lost" y las otras creaciones abrámicas les sirven entonces para catalizar todas sus frustraciones y sentirse mejor que "la masa". Y "la masa" son todos los que no comulgan con ellos, todos los herejes que se atreven a afirmar que "Lost" es una mala serie de televisión, sin patas ni cabeza, que pretenden hacer de dicha serie un evangelio en vez de admitir que es una producción televisiva como cualquier otra, destinada a hacer negocio con sus seguidores vendiendo publicidad a cambio de las peripecias de un puñado de personajes. "Lost" va sobre universos paralelos, y es en sí misma el universo paralelo catódico frente a nuestro universo de verdad, en donde los seguidores de "Lost" les gustaría verse reflejados en una comunión cuasimística. En el fondo, no hay mucha diferencia entre el corpus mitológico de "Lost", y el de cualquier religión al uso. Y razonar con un fanático duro de "Lost" es una pérdida de tiempo tan grande como hacerlo con un fanático de cualquier otra religión, porque ellos jamás aceptarán que su Emperador (o Mesías) va desnudo.

¿Cómo fue que J.J. Abrams lo consiguió? La respuesta es simple: gracias a una inspirada estrategia de marketing. Mientras las otras series de televisión se venden como lo que son, o sea, ficciones más o menos entretenidas para divertir a la audiencia, "Lost" se vendió desde el comienzo como una serie trascendente. Habría un misterio, que sería accesible a los que siguieran la serie, y se prometía que al final habría una respuesta. Los elementos de la serie eran simples, en un principio al menos, y muy potentes: un avión accidentado, un grupo de náufragos, una isla misteriosa. Es la vieja idea heideggeriana de los seres humanos que estamos arrojados en la existencia. El absurdo de que la isla desierta apareciera después cada vez más y más poblada, hasta transformarse casi en un "Y dónde está Wally", es algo que ningún fanático podría encarar simplemente porque esta complejidad gradual es un conocimiento esotérico reservado sólo para los iniciados que hayan seguido la serie desde el comienzo, mientras que para el mundo exterior, la isla desierta sigue siendo una isla desierta en donde pasan cosas raras. Pero en la segunda temporada, y más aún en la tercera, se hizo evidente la estrategia, y muchos fanáticos decidieron bajarse al darse cuenta de que les estaban tomando el pelo. Era algo que se veía venir, en todo caso, porque si la serie se basa en un misterio y la serie tiene éxito, entonces la única manera de seguirle sacando provecho es empujando el misterio hacia adelante. Y aquí se produjo la gran escisión: los creyentes tibios se salieron, y los creyentes duros siguieron incólumnes hasta el final, reforzados porque habían dado su salto de fe. No es raro que el final de "Lost" haya producido reacciones tan polarizadas entre los que tuvieron las agallas de seguirla hasta el final. Porque este final no se trataba sólo de que fuera la conclusión de una historia, sino además la comunión con algo superior o trascendente, con la respuesta del misterio. Y esa comunión con lo divino, o la tienes o no la tienes. No hay medias tintas en hablar cara a cara con Dios.

En principio podría pensarse, después de todo lo dicho, que estoy molesto con "Lost". La verdad es que no. Aposté por una serie televisiva, y perdí. O simplemente yo no estaba dentro del nicho, así como mucha gente. Para ser seguidor de "Lost" hay que dejar de lado el racionalismo e incluso hasta el sentido común. A mí, ambas cosas me cuestan. Otras personas con más vocación mística, a lo mejor consigan dar ese salto. Bien por ellas. Lo que sí me fastidia profundamente, es encontrarme con un seguidor de "Lost" que trate de venderme la serie como la mejor cosa que han visto desde que la televisión es televisión, porque eso no es cierto. A lo mejor es la que más les ha gustado en los últimos años, pero eso no la hace la mejor. Si es por series de Ciencia Ficción con un contenido filosófico de fondo, las dos temporadas de "Dollhouse" la dejan terriblemente atrás. Y eso, sin desconocer que "Dollhouse" como serie tuvo también algunos defectos muy gruesos. Incluso "V", desde una trinchera mucho más modesta y con menos pretensiones, habla mucho más directamente acerca de nuestra realidad contemporánea, e incluso de nuestra realidad como seres humanos en general, que "Lost". Estoy seguro de que mis lectores podrán encontrar más ejemplos. Así es que no me vengan con que "Lost" es la más grande serie de todos los tiempos, ni siquiera con que era buena. Si hubo gente que se entretuvo con ella, bien por ellos. Si hubo gente que además encontró respuestas trascendentales, les tengo una noticia: existen cuatro mil años de tradición de literatura sapiencial en nuestra civilización hacia atrás. Y después de "Lost", la seguirá habiendo, con toda probabilidad.

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domingo, 17 de octubre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 07 - Espacio y tiempo contra el victorianismo.


A finales del siglo XIX no existía una concepción clara de la Ciencia Ficción como un género literario aparte, y esto permitía a los escritores, incluso a los escritores "serios", incorporar libremente temáticas científicas y tecnológicas a sus obras, con mayor o menor fortuna, bien para desarrollar tópicos filosóficos o sociológicos, bien sea para facturar obras de pura entretención. Quizás el más brillante de esta hornada de escritores es el británico H.G. Wells (Herbert George Wells), quien combina en su obra los tres grandes valores de un gran estilo literario, argumentos entretenidos, y profundas ideas filosóficas de fondo. Wells nació en 1866, y por tanto alcanzó la treintena en el apogeo de la Era Victoriana, en que el Imperio Británico alcanzó su máxima extensión y poderío, y miraba un tanto compasivamente al resto de la Humanidad que no habían tenido la suerte de nacer bajo la égida de las Islas Británicas. Wells se inclinó hacia el Socialismo Fabiano (los fabianos fueron ancestros de lo que después será el Partido Laborista Británico), lo que en la Inglaterra de su tiempo era lo más cercano a ser un extremista de ideas peligrosas. Y defendió sus ideas en numerosos escritos, de ficción y no ficción. Hoy en día es conocido por sus novelas de Ciencia Ficción, pero se olvida que escribió por ejemplo el "Esquema de la Historia", criticada en su tiempo por los eruditos, y de espíritu un tanto desactualizado hoy en día, pero muy popular en su época como obra de divulgación historiográfica para las masas.


La primera obra de Ciencia Ficción de Wells es "La máquina del tiempo", publicada en 1895. Es una novela relativamente corta, que describe las peripecias de un personaje identificado sólo como el Viajero, quien, desilusionado de su propia época, viaja hasta el año 802.701 después de Cristo, sólo para encontrar que la Humanidad futura se ha dividido en dos razas, los indolentes y estupidizados Eloi por un lado, y los degenerados y caníbales Morlock por el otro, utilizando los segundos como rebaño a los primeros. En el subtexto hay una fuerte crítica al sentimiento victoriano de superioridad: el protagonista viaja hacia el futuro porque con la constante evolución humana éste debería ser cada vez más brillante, sólo para encontrarse con una cruel decepción. En lo relativo a la Ciencia Ficción, si bien no es la primera historia de viajes en el tiempo, sí es la primera en la cual el protagonista recurre a medios científicos y no mágicos, e incluso se anticipa en diez años a Albert Einstein, al hipotetizar que el tiempo no sería sino una cuarta dimensión adicional a las otras tres dimensiones espaciales (largo, ancho y alto). En 1960 se hizo una muy estimable adaptación cinematográfica ("La máquina del tiempo" en Latinoamérica y "El tiempo en sus manos" en España), mientras que la del año 2002, aunque visualmente espectacular, queda un tanto en deuda en el apartado filosófico.


En 1897 publicó "El hombre invisible". Tampoco es la primera novela sobre la invisibilidad, pero sí la primera en que ésta se obtiene por medios estrictamente técnicos. Al igual que el Viajero, el Hombre Invisible de Wells es un descastado, un hombre a quien la tecnología ha puesto fuera de su tiempo y lugar. Es, en definitiva, un hombre deshumanizado. Un poco por su propia ambición, un poco por ser perseguido y acorralado, el Hombre Invisible se vuelve amoral y deviene en amenaza contra la sociedad establecida. De este modo, Wells construye una profunda alegoría sobre los peligros de la maquinización y la desindividuación de las personas en una sociedad industrial y de masas: no debe ser casualidad que una de las últimas escenas de la novela transcurra en Macy's, un gran superalmacén londinense que es el modelo de todos los almacenes que venden ropa estandarizada y moda estandarizada a las personas, en nuestros días. La más célebre adaptación de esta novela es "El hombre invisible" de 1933, que aunque muy bien servida por el actor Claude Rains (absolutamente invisible, por supuesto), peca de simplismo al transformar al protagonista en un científico loco sin más.


En 1898 publicó "La guerra de los mundos", la primera novela sobre invasiones extraterrestres a gran escala de que se tenga noticia. Nuevamente Wells juega a invertir los valores de la sociedad victoriana: menciona explícitamente al comienzo que entre los curiosos hábitos mentales ingleses estaba el despreciar a las otras razas, culturas y civilizaciones como "inferiores". El resto de la novela está dedicado a qué puede hacer una de esas razas inferiores cuando viene a Inglaterra armada de trípodes de combate y rayos de la muerte (ancestro del rayo láser). Y peor aún: muestra que los bienpensantes y educados victorianos, frente a una invasión de esas características, pierden toda compostura y se transforman en salvajes brutales degradados hasta sus instintos más básicos, en su carrera frenética por sobrevivir. No es casualidad que esta novela haya sido adaptada con gran presupuesto para el cine en Estados Unidos, la principal potencia planetaria del siglo XX, en dos momentos muy críticos de su historia: una en 1953, en plena paranoia anticomunista, y en otra en 2005, respondiendo a la paranoia posterior al 9-11...


No son las únicas obras wellsianas de Ciencia Ficción. Influyentes resultaron también "La isla del Doctor Moreau" y "Los primeros hombres en la Luna", aunque un tanto opacadas por el brillo superior de las ya reseñadas. Wells alcanzó a vivir lo suficiente como para ver el inicio y término de la Segunda Guerra Mundial, y por tanto vivió para presenciar el derrumbe de la esperanza británica de dominar a la Humanidad, que él criticó tan ácidamente. La obra de Wells sentó las bases de la Ciencia Ficción como una literatura seria y apta para tratar temas muy profundos y filosóficos sobre la sociedad y el devenir de la raza humana. Pero a su lado creció otra veta distinta, más aventurera y popular, que cristalizó no en novelas, sino en las revistas pulp. A la larga, y durante muchas décadas, sería lo pulpesco y no lo "serio" o "intelectual", lo que predominaría por décadas al interior del género.

Próxima entrega: "Princesas exóticas en otros mundos".

viernes, 15 de octubre de 2010

Una sentencia poco razonable por parte del Consejo Nacional de Televisión.

La semana pasada, me quedé de una pieza al enterarme de que el Consejo Nacional de Televisión había fallado en contra del programa "El Club de la Comedia" por motivos religiosos (la noticia me llegó gracias a una publicación de don Pedro Huichalaf, abogado que gestiona el blog Cultura Digital). Y al leer la sentencia en cuestión, me quedé de una pieza, debido a que dicha sentencia incurre en un serio talibanismo, malentendiendo y subvirtiendo nociones básicas acerca de cómo funciona una democracia frente a la libertad de expresión. Por lo mismo, he decidido realizar un análisis de por qué la sentencia pronunciada en el caso no se corresponde con la solución jurídica que cabía aplicar, y que el Consejo Nacional de Televisión, en este caso particular al menos, se equivocó medio a medio en lo que debía fallar conforme a derecho. Conste por cierto que el programa "El Club de la Comedia" no es de mi agrado y no lo veo regularmente (de hecho, he visto algunos de los sketches cuestionados en YouTube, y no los encuentro una gran maravilla, precisamente), por lo que no tengo otro interés en defenderlo más allá del que corresponde a cualquier ciudadano en la defensa de la institucionalidad.

Dejo dicho que mi información sobre el caso se basa en el punto 9 del acta que el mismo Consejo Nacional de Televisión ha publicado, sobre la sesión extraordinaria del 30 de agosto de 2010, y que está disponible en la siguiente dirección de Internet:


(con los agradecimientos a don Pedro Huichalaf por haberla incluido como enlace en su blog).


1.- EL CASO Y LA DENUNCIA.

Un particular no identificado en el acta hace denuncia en contra del programa "El Club de la Comedia", por una serie de sketches acerca de la figura de Jesucristo y sus apóstoles, en los cuales se satiriza a este grupo de personajes. Cito el argumento principal utilizado por el denunciante, según lo copia el acta: "Es una falta de respeto tomar lo que para la gran mayoría de los chilenos (sobre el 90%) y hacer mofa sobre ello (...) al tomar nombres y personajes bíblicos para hacer humor". En respuesta, el Consejo hizo la fiscalización respectiva, y llegó a un fallo de nueve considerandos, en que condena dichas emisiones, como irrespetuosas contra el sentimiento religioso de la comunidad chilena, y por lo tanto, punible según el Consejo.


2.- ALGUNOS PRINCIPIOS BÁSICOS.

Para entender por qué este fallo es erróneo y debería haber desechado la denuncia sin más, vamos a repasar algunas nociones básicas acerca de cómo funcionan los derechos en una democracia.

1°.- "Chile es una república democrática". Estoy citando directamente el artículo 4° de la Constitución Política de la República. Este principio establece una serie de limitaciones para el poder y la institucionalidad, basados en que el Estado está al servicio de la persona humana (art. 1°), y que deben ser respetados los derechos fundamentales de las personas (art. 5°).

2°.- Los derechos fundamentales de las personas ("derechos humanos") son correlativos a ciertos deberes y responsabilidades que emanan del ejercicio de esos mismos derechos, así como del ejercicio de los demás. Es decir, tenemos por un lado el ejercicio de un derecho, por otro lado el ejercicio abusivo de ese mismo derecho por parte propia, y en tercer lugar el respeto que nos deben los demás frente a nuestro legítimo ejercicio de ese derecho. Si esto suena muy abstracto, entonces recurramos al viejo aforismo según el cual mi derecho a dar un puñetazo termina allí donde comienza la nariz de la otra persona. En muchos sentidos, varios estos llamados "derechos" en realidad no son tales, que exijan deberes correlativos de los demás (a la manera en que si yo tengo derecho a cobrar una deuda, mi deudor está obligado a pagármela), sino que son potestades o libertades, que le dan a las personas una esfera de movimientos para el desarrollo de sus intereses y aspiraciones legítimas, sin ser molestados ni turbados al respecto. (Hay quienes sostienen que esta es una concepción puramente negativa de los derechos, y que debe ser complementado con una concepción positiva, en la que el Estado debe potenciar el ejercicio de esos derechos: volveremos sobre esto más adelante).

3°.- Entre los derechos está una libertad más o menos genérica para buscar la verdad acerca del universo y nuestro lugar en él. Dentro de esta libertad podemos englobar la libertad de religión (que por cierto no es la única, ya que también está la libertad de emprender investigaciones científicas y la libertad de formular ideas filosóficas, en paralelo). Por esta libertad, las personas no sólo pueden optar por una religión que no vulnere ciertos principios básicos (sería ilícita una religión que promoviera los sacrificios humanos o el atentar contra la seguridad nacional, pero no una que ordenara vestirse de manera estrafalaria pero inofensiva, por ejemplo), sino que también pueden optar por no elegir ninguna religión (es decir, ser ateos o agnósticos). El ejercicio de esta libertad impone una limitación a los demás: el respeto y la tolerancia de los cultos que promueven ideas sobre el mundo que son diferentes y aún contrarias a nuestra propia cosmovisión.

4°.- Existe también otra libertad, que es la libertad de expresión, y que consiste en la posibilidad de expresar las ideas y opiniones propias, sin otra cortapisa que el respeto por las demás personas. Por esta libertad, una persona puede expresar de manera verbal o por escrito, de manera más o menos razonada, sus propias ideas y convicciones acerca de cómo son las cosas o cómo debería comportarse la gente. El ejercicio de esta libertad impone una doble limitación: por un lado, la prohibición a los demás de censurar las ideas propias, pero también la necesidad de sostener racionalmente las propias ideas si es que alguien intenta refutarlas (también de manera racional, por cierto).

5°.- Un conflicto típico entre derechos, es el que existe entre la libertad de religión y la de expresión. Dentro de este conflicto, una libertad de religión irrestricta implicaría la idea de que ningún culto religioso puede ser objeto de ataque, e incluso de crítica, por muy ponderada y razonable que ésta sea, y aunque dichas ideas sean erróneas para la conciencia de las personas (piénsese por ejemplo en que nadie podría decir que el culto a los dioses del antiguo Egipto es una ridiculez, a pesar de que dichos dioses no parecen existir en la realidad, bastando para ello que apareciera tan solo un adorador de tales dioses). Una libertad de expresión irrestricta implicaría la idea de que cualquier ataque contra una religión es aceptable, y las religiones carecerían de escudo protector frente a dichos ataques y deberían amordazarse aunque se promovieran ataques directos e insultantes en su contra. Ambos extremos parecen lógicamente absurdos, claro está. La cuestión a debatir es, por tanto, caso a caso (como en el que estamos acá), ¿qué valor es más importante, la libertad de religión o la libertad de expresión?, y ¿hasta qué punto debemos respetar uno en pos del otro? Esta es la clave que nos permitirá determinar si el fallo del Consejo Nacional de Televisión, que castigó la libertad de expresión para salvaguardar la libertad de religión, es jurídicamente correcto o no.


3.- LA ARGUMENTACIÓN USADA POR EL CONSEJO NACIONAL DE TELEVISIÓN PARA CENSURAR LOS SKETCHES DE "EL CLUB DE LA COMEDIA".

El hilo argumental utilizado para sancionar es el siguiente: los sketches propuestos hacen ridiculización y mofa de la figura de Jesucristo y sus apóstoles, desde varios puntos de vista, incluyendo algunos bastante escatológicos, léase, chistes de caca incluidos (considerandos Tercero y Cuarto). El Consejo estima lo siguiente: "Un ultraje de esta naturaleza constituye un acto de intolerancia frente a creencias capitales del pueblo cristiano; y que el ataque se haga al cristianismo, que es la religión mayoritaria de los chilenos, no hace más grave la ofensa, pues sería igualmente reprochable un ataque similar dirigido al Islam, al judaísmo o a cualquier otra religión amparada por nuestra Constitución" (considerando Sexto). O sea, el fallo señala que existe un núcleo fundamental de creencias dentro de las religiones "amparadas", que debe ser protegido y contra el cual no pueden dirigirse ataques, o al menos, no los que puedan considerarse como groseros, procaces, etcétera.

Y el fallo sigue: "La libertad religiosa supone no sólo el derecho a rendir culto a los dioses propios, sino el deber de respetar los de religiones ajenas" (considerando Sexto). Teniendo en cuenta que esto no es sólo una reflexión o una idea, sino que es el argumento basal para castigar a "El Club de la Comedia", debemos entender que aquí se está defendiendo tácitamente una noción que podríamos llamar "positiva" de la libertad religiosa, que mencionábamos más atrás: la libertad religiosa supone no sólo que pueda creerse y ejercerse una religión "amparada" sin trabas, sino que el Estado a través de sus órganos (el Consejo Nacional de Televisión en este caso) tiene un deber positivo de proteger dichas creencias. De lo contrario, el Estado estaría permitiendo por inacción una conducta intolerante, que "entraña una vulneración del principio democrático, piedra angular del pacto de convivencia social que está plasmado en nuestro ordenamiento jurídico" (considerando Séptimo).

Dicho de otra manera: el Estado tiene un deber positivo de defender las creencias religiosas, o al menos el núcleo fundamental de ellas, por el mérito propio de dichas creencias religiosas, que son la base de la democracia. Esta idea es en principio correcta, pero merece algunas matizaciones, porque suele exagerarse el alcance que debería dársele a esta protección.



4.- RESPETO POR LAS IDEAS AJENAS Y RESPETO POR LAS PERSONAS QUE LAS SUSTENTAN.

Nadie discute que las personas, por el solo hecho de ser personas, tienen derecho a su dignidad, y ello implica el respeto a la búsqueda intelectual de respuestas sobre el universo. Ese es el núcleo de la libertad de religión, precisamente. Sin embargo, ¿qué pasa con las ideas religiosas mismas? ¿Son susceptibles de dicha protección? Existen varios argumentos que se inclinan por la positiva, pero un somero repaso nos indica que la respuesta ha de ser forzosamente negativa. Veamos:

1°.- Algunos sostienen que la religión es digna de ser defendida porque su existencia asegura un estándar moral para la sociedad: sin religión, afirman estas personas, la sociedad se disolvería en el relativismo moral, la decadencia de las costumbres, la destrucción del orden público, etcétera. Sin embargo, esto no es así. Hay personas religiosas que son buenas personas y personas religiosas que son malas personas, así como agnósticos y ateos que caben en ambas categorías sin problemas. La creencia religiosa, por lo tanto, no opera como un factor de mejoramiento de la moral.

2°.- Como variante del argumento anterior, otros sostienen que si bien las religiones pueden tener o no valor, la pluralidad de las mismas es un pilar de la democracia. Esto implica una visión más o menos acomodaticia de las religiones (busca y encontrarás una religión a tu medida), pero esto es lo de menos. La evidencia histórica es contundente al señalar que las religiones establecidas, lejos de potenciar la democracia, allí donde prosperan suelen levantar regímenes dictatoriales, ahogar la libertad de pensamiento y de expresión, paralizar la investigación científica, y promover el odio político y étnico. Más específicamente, las democracias liberales que surgieron en el siglo XIX, tuvieron que hacerlo contra el peso de la Iglesia Católica, que se alineó con los aristócratas y el orden establecido en contra de los revolucionarios que postulaban un gobierno basado en los derechos de los ciudadanos. Y no debe olvidarse que desde el asesinato de Mahatma Gandhi hasta los conflictos balcánicos y de Palestina, todos ellos tienen un importante componente religioso.

3°.- Otro grupo de personas sostienen que todas las religiones tienen algo de verdad, y por lo tanto, todas ellas son caminos válidos en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, en los hechos, son pocas las personas que sostienen una religión, que están dispuestas a transar en aspectos de su doctrina para ir a la esencia de las mismas. La historia está plagada de religiones sincréticas, desde el neoplatonismo en el Imperio Romano hasta el sijismo en la India, que se han quedado como sectas menores o que han fracasado estrepitosamente en sus intentos de mezclar cabras con ovejas.

4°.- Otro grupo de personas sostienen que las verdades religiosas son de naturaleza diferente a las verdades científicas, y que por lo tanto, no pueden ser objeto de crítica. De ahí a afirmar que una idea religiosa no puede ser atacada, hay un solo paso, que es ilegítimo, porque de una cosa no se sigue lógicamente la otra. Sin embargo, en este caso la propia premisa está errada. Resulta que todas las religiones basan sus mandatos y descripciones de la naturaleza, en hechos del mundo terrenal, que por lo tanto sí son susceptibles de ser analizados desde un ángulo científico. Por ejemplo, el que Jesucristo haya resucitado al tercer día puede que sea una cuestión de fe para los cristianos, pero para los no cristianos a quienes se les predica que deberían convertirse, incluso puerta a puerta los domingos, implica un hecho que es susceptible de ser analizado según las leyes naturales, y aceptado o descartado en cuanto pueda ser verdad o mentira. Y el conocimiento científico, como se sabe, no es susceptible de protección, y si resulta ser falso, puede y debe ser atacado por la comunidad científica para reemplazarlo por una idea científica que resulte ser la correcta a la luz de los experimentos actuales en la materia.

5°.- Otros sostienen que los personajes considerados divinos por una religión, son gente con las cuales los creyentes están en una relación especial, y por decirlo así, "son parte de la familia". Así, la gente creyente siente que un santo o que el mismo Jesucristo (o las figuras equivalentes en otras religiones) están presentes con ellos todos los días de su vida, protegiéndolos o velándolos por ellos. De esta manera, el ataque contra tales ideas sería un ataque contra seres queridos que, sigo con la equivalencia, "forman parte de la familia". A nadie le gusta que le ataquen a la madre, el padre, el hermano, el o la cónyuge, un amigo muy querido, incluso a la mascota regalona del hogar. Pero sin embargo, existen ataques y ataques. Una persona tiene derecho a sentirse ofendida por un ataque a los integrantes de su núcleo humano que sea por el mero gusto de descalificar a alguien (por ejemplo, insultándolo o calumniándolo a sus espaldas). Pero no puede considerarse como tal cuando el fundamento del ataque esté en el mundo de los hechos, como sería el caso por ejemplo si la persona cuestionada lo fuera por ser patentemente maleducado, o un evasor de impuestos. En el primer caso, la persona ha infringido el valor social de la educación de una manera que es manifiesta para todo el mundo, mientras que en el segundo, la persona en los hechos ha infringido la ley (la ley tributaria, en este caso). Puede que las personas a su alrededor se sientan dolidas, incluso que reaccionen mal ante los ataques, pero esto es una situación de hecho, y no configura un "derecho a sentirse ofendido".

De esta manera, tenemos que la gente debería ser respetada en sus creencias religiosas, pero que las ideas religiosas en sí no son susceptibles del mismo respeto. Volvamos al argumento utilizado por el denunciante: él sostiene que las sátiras en comento son una falta de respeto para la abrumadora mayoría de los chilenos. Esto sería así si se le hubiera faltado directamente el respeto a las personas, y por lo tanto el fallo debería castigar al programa en cuestión, pero si sólo se ha atacado a las ideas religiosas, entonces esto caería dentro de los límites de la libertad de expresión, y por lo tanto el fallo debería haber rechazado la denuncia. Veamos.

5.- SÁTIRA E INJURIA.

Una sátira constituye básicamente una caricaturización o una ridiculización de las ideas que se estiman erróneas. El satírico toma una serie de ideas o conceptos, y por la vía de exagerar los aspectos absurdos de los mismos, obtiene humor. Nótese que es irrelevante si es buen o mal humor, incluso si llega hasta la grosería. Lo importante aquí es que el satírico se limita a hacer uso de su libertad de expresión para escenificar el absurdo de determinadas ideas, es decir, de demostrar su falsedad por la vía de llevar sus postulados hasta las últimas consecuencias. En esto no hay ataque a la libertad de pensamiento de las personas: en ningún minuto el satírico intenta de manera coercitiva que los demás piensen como él, sino que utiliza un mecanismo de "reducción al absurdo" para poner en evidencia que las ideas satirizadas son erróneas. Y las ideas, recordemos, incluso las ideas religiosas, no merecen protección especial en cuanto ideas.

En este caso, la sátira del programa lleva hasta las últimas consecuencias dos conceptos básicos: la idea de que Jesucristo podía hacer milagro, y la idea de que Jesucristo y los apóstoles eran seres humanos. Y lo hace mostrando que siendo humanos, eran personas con defectos así como todos los humanos, y por lo tanto, de los milagros de Jesucristo pueden salir consecuencias inesperadas que no son en manera alguna las señaladas en el relato heroico de los Evangelios. La expresión de esta idea no constituye ningún ilícito, por más que pueda haberse hecho de una manera o con un lenguaje poco gracioso e incluso soez. Con la escenificación de este absurdo, el satírico pone el acento en la eventual falsedad de los conceptos de la religión. No hay insulto, ni siquiera implícito, en contra de las personas que sostienen dicha religión o no. Como recordamos, el que alguien (incluyendo las figuras religiosas) susciten el cariño de las personas no quiere decir necesariamente que estén libres de ataque. La sátira va en contra de la veneración (en este caso la veneración religiosa, que no es el único tipo, pero sí el más visible de veneración), y la idea de veneración, propia de las religiones hacia sus figuras religiosas, lleva implícita justamente la idea de poner a sus figuras más allá de toda posible crítica, y esto es la negación misma de la democracia como sistema, porque significa crear un grupo de privilegiados por encima del resto de la población.

Entonces, ¿tienen un legítimo derecho a sentirse ofendidos los creyentes de dicha religión? La respuesta, dentro de un contexto democrático, es negativa. Cualquier persona que profesa una religión, se expone a que las ideas religiosas que profesa sean absurdas o falsas. Pensemos en alguien que, en el mundo moderno, dijera con toda seriedad que cree en Zeus porque todos los relatos de la mitología griega le han convencido de que él es el Dios Verdadero, así como los Olímpicos. De hecho, los estudios Disney no hubiera podido rodar una película tan displiscente con los mitos griegos como lo es "Hércules", por ejemplo. Se puede argumentar, claro, que los creyentes en los mitos griegos están muertos y los creyentes en las religiones actuales están vivos, y esto es lo que hace a las religiones actuales estar vivas, precisamente, pero este argumento es fácilmente desmontable si pensamos que las religiones muertas estuvieron vivas en su minuto, y alguien creyó en ellas, y si las criticamos no es por las personas que creyeron en ellas, sino porque sus ideas nos parecen incoherentes o ilógicas, y esto no tiene que ver con la época en que se profesaron dichas creencias.

Otro cuento distinto es si los actores directamente hubieran lanzado un discurso anticristiano en pantalla, llamando a la gente a incendiar templos o a asesinar creyentes, ambos actos que sí atentan claramente contra las leyes y contra otras libertades y derechos fundamentales de las personas, y por lo tanto constituyen (entre otras cosas) una falta de respeto grave en contra de ellas. Esto sí que hubiera sido un acto de intolerancia, porque implica la idea de que las personas mismas deben ser atacadas. Ni siquiera puede afirmarse que el ejercicio de esta libertad de expresión sea abusivo por haber coerción de por medio, porque no la hay: la persona que estime sentirse ofendida en sus creencias siempre puede cambiar de canal, y en todo caso tiene plena libertad después para responder al ataque (por medio de cartas al director en la prensa, en sus propios blogs, o en la conversación cotidiana con otras personas, por ejemplo). Distinto sería el caso si es que dicha sátira no hubiera podido ser contrarrestada de ninguna manera en el libre ejercicio de la convivencia democrática. El derecho a la libertad de expresión sólo tiene sentido si es que se defiende respecto de ideas con las que no se está de acuerdo, porque tal derecho es superfluo si todos en la sociedad estuvieran de acuerdo en las mismas ideas (¿para qué una libertad de expresión que proteja el disenso si realmente nadie disiente?).

Desde ese punto de vista, el denunciante no tenía ningún derecho a sentirse ofendido, y por lo tanto, su denuncia debió ser desechada sin más. Nótese que esto no implica que deba estar de acuerdo con la sátira: si de hecho estaba ofendido, nadie tiene derecho a decirle que debería "desofenderse". A lo que no tiene derecho el denunciante, es a pretender que la institucionalidad proteja su derecho a estar ofendido hasta el punto de hacer desaparecer la comunicación que le parece ofensiva, censurándola y vulnerando así a la democracia como valor de la sociedad. Como decíamos, el sentirse ofendido no cubre el derecho a que sus creencias erróneas o al menos discutibles no puedan ser atacadas o satirizadas, incluso ridiculizadas. En cualquier caso, el ordenamiento jurídico le garantiza al denunciante la posibilidad de ejercer su propia libertad de expresión para hacer sus propias sátiras y ridiculizaciones en sentido contrario, así como argumentar al respecto.


6.- POR QUÉ LA DENUNCIA DEBIÓ SER DESECHADA.

Para beneficio del lector que se haya perdido en algún punto, trataré de resumir ahora los puntos principales de mi análisis. El fallo se basa en la idea de que la sátira contra el cristianismo (grosera en este caso, vale) significa un ataque contra el derecho de las personas a tener determinadas convicciones religiosas, y que ese ataque vulnera los valores democráticos. Sin embargo, estas ideas son erróneas en primer lugar porque las creencias religiosas en sí mismas no tienen ningún derecho a ser protegidas del ataque y de la ridiculización (en cuanto éstos se hagan exclusivamente contra las ideas y no contra las personas), en segundo lugar porque la libertad de expresión implica la tolerancia de las opiniones incluso opuestas a la propia, y en tercer lugar porque los grupos que pudieran sentirse ofendidos también tienen derecho a expresar su propia opinión dentro del libre juego democrático. En este caso, puede que los sketches hayan sido de mal gusto u obscenos, pero esto no es justificación suficiente para censurarlos o sancionarlos. No aceptar esto es no entender los mecanismos por los cuales funciona la sátira, y por lo tanto, no aceptar el valioso aporte que la sátira significa para la sana convivencia democrática.

domingo, 10 de octubre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 06 - Desde Erewhon hasta el Talón de Hierro.


En paralelo a la irrupción del Romence Científico, otra línea de escritores del siglo XIX encontraron que el futuro podía ser un interesante campo literario para verter sus ideas sociológicas. Debido a la firme convicción imperante en el siglo XIX, de que el progreso científico era imparable (algo que sería bien válido para el siglo XX, al menos), todas esas elucubraciones sociológicas estaban teñidas, cómo no, de un fuerte cientificismo y tecnologicismo. En realidad, dichas novelas eran una actualización del viejo tema de la sociedad ideal, tan caro a Platón y su "República" o a Tomás Moro y su "Utopía", pero ahora transpuestos al futuro en vez de a alguna isla geográficamente distante. Sin embargo, había un matiz novedoso. Algunas obras podían ser utopías optimistas, claro está, pero otras entregaban una visión harto más sombría y siniestra de lo que se venía en el futuro. De esta manera quedó abierto el camino hacia las distopías, la descripción de sociedades completamente alienadas y deshumanizadas, que sería una constante de la literatura del siglo XX.


En la densa pléyade de escritos de este tipo, lugar especial ocupó "Erewhon", del británico Samuel Butler. Así como "Utopía" podía leerse como "Lugar en ninguna parte" en griego, "Erewhon" es la trasliteración de la palabra inglesa "nowhere" ("ningún lugar", "ningún sitio"). De este carácter ficticio, Butler se aprovecha para satirizar muchos aspectos de la sociedad victoriana de su tiempo (la obra fue publicada en 1872). Pero no se agota en la sátira: un capítulo de la obra se centra en la posibilidad de que algún día surjan máquinas con inteligencia propia, algo que es moneda corriente en la ficción de nuestro tiempo, pero un sinsentido tan grande para su época, que muchos lo consideraron como una especie de sátira contra las por entonces muy de actualidad teorías sobre la Evolución que propugnaba Charles Darwin.


En Estados Unidos, el escritor Edward Bellamy escribió un pesado mamotreto utópico titulado en castellano "En el año 2000" (por ese entonces el futuro distante, porque fue publicado en 1888). La obra describe una sociedad futura en donde los problemas sociales derivados de la maquinización han sido domesticados, sometiendo la tecnología a un régimen socialista de Gobierno. A ella respondió William Morris, un verdadero artista renacentista incrustado en el siglo XIX (era pintor, arquitecto, confeccionador de tapices, y escribió abundantes poemas y obras de fantasía medieval, antecesoras lejanas de la actual Fantasía Heroica a lo Tolkien). Morris era socialista como Bellamy, pero se mostró desencantado de la obra, y escribió su propia utopía futurista, "Noticias desde ninguna parte" (1890). A diferencia de Bellamy, que podría ser calificado de tecnooptimista, el texto de Morris es de índole más bien tecnófoba, y plantea un futuro en donde la tecnología haya sido reducida al mínimo, y ojalá simplemente pudiera hacérsela desaparecer.


Mucho más inmediatista resulta ser la obra de Jack London, también socialista, y espíritu rudamente aventurero. Su famoso díptico de aventuras y supervivencia "La llamada de la jungla" y "Colmillo Blanco" opacan inmerecidamente al resto de su apreciable (por cantidad y calidad) producción literaria, que incluye varias obras también encuadrables dentro de la Ciencia Ficción de aquel entonces, prediciendo entre otras cosas el desarrollo de la guerra biológica ("La invasión sin precedentes"). En "El Talón de Hierro" describe la llegada a comienzos del siglo XX (el futuro cercano, considerando que la obra es de 1908) de un régimen totalitario en el cual los oligarcas capitalistas (el Talón de Hierro, precisamente) aplastarían la democracia y destruirían el movimiento obrero, para implantar una dictadura fascista a nivel planetario. El tono es escalofriantemente pesimista, y aunque se ha descrito como una anticipación del Fascismo mussoliniano o el Nazismo hitleriano, es poco probable que se haya agotado ahí su poder oracular.


Todas estas fantasías utópicas o distópicas presentan para el lector del siglo XXI el denominador común de ser un tanto aburridas, porque lo literario es muchas veces sacrificado en pos de un valor didáctico y moralizante que se relaciona mucho con las preocupaciones de su tiempo, y no tanto con las del nuestro. Así, como que estas obras se han marchitado un tanto al pasar los años. Pero el desafío de escribir una especie de "Ciencia Ficción con conciencia social" estaba lanzado, y sería recogido brillantemente en Inglaterra, en la persona de otro escritor socialista de Ciencia Ficción: Herbert George Wells.

Próxima entrega: "Espacio y tiempo contra el victorianismo".

sábado, 9 de octubre de 2010

El arte es complejo.

Con este posteo no voy a resolver la viejísima cuestión, sobre la que han chorreado tifones de tinta, acerca de qué es arte, o mejor dicho, qué hace buena a una buena obra artística. Los criterios varían, y con ellos, la composición del canon. Pero sí quiero referirme a un aspecto que me parece casi ineludible, siempre en mi no demasiado modesta opinión, en cualquier obra artística. Y este aspecto es la complejidad. Dicho en simple, una obra artística debe tener un cierto nivel de complejidad para asegurar su supervivencia como tal a lo largo del tiempo. Las obras simples pueden perdurar, pero el camino hacia el reconocimiento artístico les va a ser más difícil, y en cualquier caso dicho reconocimiento va a ser un tanto limitado.


Partamos con algunos ejemplos para aclarar la cuestión. En música, es claro que una sinfonía, una pieza de jazz o una línea de rock progresivo tienden a ser más complejos que una cumbia, una canción pop mascachicles o una tonada infantil. La diferencia está en la mayor cantidad de notas, en las armonías más intrincadas, en la instrumentación más cuidada. En literatura, el Quijote de la Mancha o Sherlock Holmes son personajes más complejos que los de los folletines de Corín Tellado. En pintura, el arte de los renacentistas es tanto más exquisito y cuidado, y por lo mismo complejo, que la labor de los pintores abstractos seguidores de Kandinsky. Y suma y sigue. En definitiva, las obras complejas presentan más elementos que las obras más simples.

Esto tiene un impacto definitivo en la profundidad de la obra. En la obra simple, ésta puede ser captada por el espectador más o menos avisado, o simplemente inteligente, de un solo tirón. Allí se agotan los significados. Pensemos en la clásica canción pop romántica. Las letras de esas canciones suelen ser estereotipadas, y las melodías muy sencillas y a menudo reminiscentes de otras melodías muy sencillas que se componen por ahí. Con esos pocos elementos, al primer golpe de oído ya captaste en líneas generales de qué se trata el asunto. Y como no hay mayor profundidad, no se le puede sacar más contenido. En la obra más compleja el asunto es diferente. Al haber más elementos en juego, estos entran en interacción de maneras más dinámicas, y a menudo novedosas e incluso extrañas entre sí. No siempre es posible darse cuenta de toda la riqueza de la obra al primer contacto, y a menudo es preciso rumiar el contenido para extraerle todo el jugo.

Pero no basta con que una obra tenga más elementos que otra para generar arte. La pura suma de elementos no genera más que caos. Y el caos en muchos sentidos es simple, no complejo. En el caos da lo mismo cómo ubiques los elementos, porque éstos son perfectamente intercambiables entre sí. En la pieza de un chico desordenado, por ejemplo, da lo mismo en qué lugar esté cada juguete: el resultado final seguirá siendo caos. Eso es simplicidad, no complejidad. Para que haya complejidad, se requiere que la gran cantidad de elementos agrupados dentro de la obra tengan un orden, una estructura, diríamos una arquitectura. Supongamos que agarramos todas las notas de una sinfonía y las reubicamos al azar sobre la partitura: lo que resultará no es música sino una cacofonía espantosa de ruidos sin sentido.


En resumen, para generar complejidad una obra debe tener muchos elementos, y disponerlos de acuerdo a un orden predeterminado. Mucho del arte vanguardista del siglo XX cayó en la trampa de la excesiva hipersimplificación (pintar un cuadrado negro sobre un fondo blanco pasaba por arte, por ejemplo), o bien en la trampa de ubicar muchos elementos de manera inconexa y caótica (la corriente de la conciencia, por ejemplo). En un caso tendremos un arte insípido, y en el otro un arte incomprensible, y peor aún, poco significativo.

Por supuesto que puede objetarse esta aproximación al arte, y en los hechos se ha criticado. Piensen por ejemplo en los defensores de la música popular, en los creadores de postales de día domingo, o en los escribanos de novelitas rosas. Muchos de estos defensores hacen apología de las obras que buscan deliberadamente la simplicidad. Creo que en esto no hay más que una vergonzosa rendición al misticismo, un intento por escapar de la razón, que se antoja así como una prisión. Porque una obra compleja será siempre una obra racional, una obra que más allá de la emoción o el placer estético, además haga pensar. No digo por supuesto que esas obras "simples" no debieran gustarle a nadie o debieran estar prohibidas. Creo que ninguna persona con un gusto estético más o menos refinado ha dejado de disfrutar alguna vez con algo simple, salvo quienes carecen por completo de sentido de humor. Pero una cosa es haber bailado una canción popular en una discoteca, y otra cosa muy distinta es que esa canción popular sea arte verdaderamente elevado. En materia artística no existe la democracia, o mejor dicho, la democracia tiende a hacer perdurar en el tiempo a las obras más complejas, no las más simples. Y eso va más allá de una cuestión de gustos, o mejor dicho, de los gustos de una persona en particular, sino de colectivos enteros a lo largo de extensos períodos de la historia del arte.

domingo, 3 de octubre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 05 - El escritor del acero.


Dentro de ese abuelito lejano de la Ciencia Ficción del siglo XX, que es el Romance Científico del siglo XIX, el nombre más destacado es probablemente Julio Verne. Alcanzó tanto relieve, que se lo asocia ya no sólo con la Ciencia Ficción, sino que muchos incluso le achacan la paternidad del género, afirmación discutible no porque fuera un escritor irrelevante o falto de calidad, que no lo fue, sino porque como hemos podido ver, al igual que Roma, la Ciencia Ficción no se construyó en un solo día. Julio Verne nació en Nantes, Francia, en el año 1828, pero no fue sino hasta la década de 1860, y después de haber pasado por distintas experiencias literarias, que devino en escritor de Ciencia Ficción.


La primera obra verniana que puede considerarse como Ciencia Ficción es "Cinco semanas en globo", publicada en 1863. Aquí presenta ya las características de lo que será el resto de su obra. Para Verne lo científico y tecnológico en realidad es una excusa para enriquecer una historia en principio desinteresada por ambas cosas, que en este caso es el género de aventuras en Africa, en boga por aquel entonces. Así, esta novela trata de aventuras en Africa, precisamente, pero con el añadido de un globo como implemento tecnológico para los héroes. Verne no mostraba demasiado interés en la prospectiva científica, tecnológica o sociológica, y muchos inventos que incorporaba a sus obras, ya existían alrededor suyo, si bien en estado embrionario (los submarinos que imagina en "20.000 leguas de viaje submarino", por ejemplo). Para esto, iba todas las mañanas a documentarse en la biblioteca pública, y en las tardes se dedicaba a escribir.


Con todo, Verne es probablemente el primer escritor que le dio vida propia a la tecnología, como objeto literario propio. El Capitán Nemo de la mencionada "20.000 leguas de viaje submarino" es inseparable de su fastuoso submarino, el célebre Nautilus. Lo mismo ocurre con el trío de aventureros que viajan a la Luna en "De la Tierra a la Luna" y su secuela "Alrededor de la Luna" (que hoy en día suelen publicarse juntos, ya que en el fondo son un único relato); en esta obra la despreocupada fantasía selenita de Luciano, Kepler o Cyrano da paso a Ciencia rigorista y exacta, tanto que anticipó muchos detalles técnicos de lo que después fue la misión Apolo XI.


Parte importante del éxito verniano se debe a su prolífica asociación con el editor Pierre-Jules Hetzel. Las obras que escribió para éste, son optimistas respecto del devenir científico y tecnológico. Si Verne compartía este optimismo, es materia de debate. En fecha reciente se supo que Hetzel rechazó una obra verniana de prospectiva, "París en el siglo XX", cuyo tono era decididamente más desencantado que otras obras suyas. Aparte de las mencionadas, otras obras del período hetzeliano que pueden considerarse como Ciencia Ficción, son "Viaje al centro de la Tierra", "La isla misteriosa" (secuela de "20.000 leguas de viaje submarino"), "Los 500 millones de la Begún", y "La casa de vapor", además de numerosas novelas de aventuras sin ingrediente científico o tecnológico de por medio.


Después de la muerte de Hetzel en 1886, e incluso de un atentado que el propio Verne sufrió, su obra se tornó más pesimista y sombría. En "Robur el Conquistador" (1886) y su secuela "El amo del mundo" (1904), el malvado científico loco Robur trata de apoderarse del mundo. "El castillo de los Cárpatos" (1893) colinda con la literatura de terror. En "Ante la bandera" (1896) esboza la idea de un arma tan poderosa que literalmente arrasaría a la Humanidad. En general, en las obras postreras de Verne, la tecnología ya no es aliada del progreso de la Humanidad, sino que su aplicación puede ser muy nociva, incluso letal para la raza humana. Verne falleció en 1905, a tiempo para no ver cómo algunas de sus más mortíferas predicciones encontrarían la senda para cumplirse.

Próxima entrega: "Desde Erewhon hasta el Talón de Hierro".
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