jueves, 26 de agosto de 2010

33 seres humanos.


En las últimas dos semanas (escribo esto el 22 de agosto de 2010), se ha hecho una enorme cantidad de ruido mediático en torno al caso de los 33 mineros atrapados en una mina de la Tercera Región. Para los extranjeros no enterados que pudieran leerme, partamos por decir que esos mineros quedaron atrapados por un derrumbe, en una mina que, según se reveló después, contaba con medidas de seguridad mínimas. La indignación popular ha ido entonces creciendo contra los dueños de la mina, así como contra los organismos que supuestamente debían supervigilarlos, a saber el SERNAGEOMIN (Servicio Nacional de Geología y Minería). En el período transcurrido, ya ha rodado alguna que otra cabeza dentro de esos órganos, mientras que la portada del "Diario Uno" del domingo 15 de agosto exigía (no escribí "pedía") la renuncia del Ministro de Minería.

Pero el punto principal es lo que esta tragedia revela sobre la realidad del trabajo en Chile. Los medios de comunicación han tratado de crear una imagen en la cual todo esto no es más que un accidente acotado: una desgracia en la que coincidieron unos dueños de minas inescrupulosos, unos servicios que no funcionaron todo lo bien que deberían, y unos mineros que tuvieron la desgracia de acabar hundidos bajo el fuego cruzado institucional. Todo muy puntualizado y focalizado, como si el asunto se fuera a acabar con el rescate de los mineros atrapados.

La realidad es que el caso de los 33 mineros es sólo el ejemplo extremo de la gran precarización del trabajo que existe en Chile. El trabajo de minería es riesgoso de por sí, se presta para una tragedia de proporciones como ésta. De hecho, Chile posee el triste récord de tener el desastre minero con mayor cantidad de bajas registradas: 355 muertos en una explosión de la mina de cobre El Teniente, el 19 de Junio de 1945. Pero de manera más soterrada, existen muchos otros trabajos en los cuales los trabajadores están absolutamente desprotegidos y son casi profesiones de riesgo. Uno entiende que tienen trabajos de riesgo gentes como los policías o los gendarmes, por ejemplo. Menos claro es el caso de los pescadores artesanales que salen en chalupas al mar exterior. O de los temporeros que se atiborran de pesticidas para proteger las valiosas frutas de exportación que se comerán meses después en Europa. O de los profesores en cuyos colegios los alumnos se asestan puñaladas entre sí (cualquier chileno sabe que esto no es broma ni es "La naranja mecánica"), y vamos a ver cuánto falta para que uno zurza a su pedagogo por una mala nota o porque lo miró feo. O de los trabajadores de los centros de llamado, que según se ha denunciado repetidamente, deben incluso hacer sus llamadas con pañales porque no les dejan siquiera ir al baño. O en tantos negocios pequeños o en consultorios en donde no existe ni siquiera una silla, a pesar de que la ley ordena la existencia de dicho mueble para que los trabajadores puedan descansar algunos minutitos en su jornada. Algunos pocos tienen la fortuna de tener trabajos bien remunerados o vivir de sus proyectos, o estar bien contactados y caer de pie aquí o allá, pero esa es la realidad de unos pocos. La mayoría de los chilenos tiene que arreglárselas con mucho menos que eso.

Con esto no quiero pecar de insensible y decir que los medios de comunicación no deberían informar del tema ni mucho menos. El dolor de dichas familias, no sólo por el peligro de muerte inminente para sus mineros, sino también por la incertidumbre y zozobra de no saber durante casi medio mes si estaban vivos o muertos en lo hondo del pique, es algo por lo que ningún ser humano debería pasar. Pero la verdadera tragedia es que los dueños de la mina se hicieron los desentendidos con la seguridad, y por eso pasó lo que pasó. ¿Alguien piensa que esos mineros fueron tan estúpidos de descender a una mina, sabiendo o no pudiendo menos que saber acerca de las condiciones laborales en que prestaban sus servicios? Si lo hicieron, es porque no tenían otra alternativa, así como no la tienen los trabajadores que mencionaba en el párrafo de más arriba, porque lo contrario es morirse de hambre, y condenar de paso a sus familias a la inanición. Y si en eso deben arriesgar la vida, pues bueno... qué mala suerte, para eso son mano de obra de baja calificación, y por ende fácilmente reemplazable.

¿Y qué dice la ley chilena al respecto? El artículo clave en esta materia es el 184 del Código del Trabajo: "El empleador estará obligado a tomar todas las medidas necesarias para proteger eficazmente la vida y salud de los trabajadores, informando de los posibles riesgos y manteniendo las adecuadas condiciones de higiene y seguridad en las faenas, como también los implementos necesarios para prevenir accidentes y enfermedades profesionales". Más claro echarle agua. Y por si esto no fuera suficiente, el Reglamento de Seguridad Minera (Decreto N° 132 del año 2004 del Ministerio de Minería) repite la misma idea en su artículo 31: "La Empresa minera debe adoptar las medidas necesarias para garantizar la vida e integridad de los trabajadores propios y de terceros, como así mismo de los equipos, maquinarias, e instalaciones, estén o no indicadas en este Reglamento. Dichas medidas se deberán dar a conocer al personal a través de conductos o medios de comunicación que garanticen su plena difusión y comprensión". O sea, la obligación legal de proteger a sus trabajadores, por parte de los dueños de la mina, es absolutamente ineludible.

No se necesitan nuevas leyes ni modificaciones para solucionar esta crisis y evitar que se produzcan nuevas catástrofes humanas, sino que basta con aplicar lo que ya existe, esto con criterio y respeto por la vida humana. No se puede esperar que no ocurran más accidentes, claro, pero será a los dueños de la mina quienes les tocará probar que hicieron todo lo humanamente razonable para prevenir esta crisis. Si realmente fueron negligentes en su actuar, dejarles salirse con la suya sería una pésima señal para la sociedad chilena como un todo, otro signo más de que importa más el valor agregado que una persona pueda agregarle a un producto final, que la integridad de la persona misma.

lunes, 23 de agosto de 2010

Rumbo al final del Cuarto Ciclo de "Corona de Amenofis".


El próximo 20 de Septiembre de 2010 se publicará "Rojo sobre blanco", el episodio final del Cuarto Ciclo de "Corona de Amenofis", la blogoserie más longeva de la Ciencia Ficción chilena. En el episodio veremos finalmente el matrimonio entre Aníbal Aquino y Magdalena Monteverde, así como un inesperado giro final a la trama. La blogoserie tendrá un Quinto Ciclo, programado para Febrero de 2011, y en el transcurso del cual alcanzará su capítulo número 100. "Corona de Amenofis" se ha publicado a razón de un ciclo anual desde el año 2007, y con "Rojo sobre blanco" sumará 96 capítulos en total.

A lo largo de estos cuatro años, hemos visto el universo de "Corona de Amenofis" crecer y prosperar. Historias como la lucha contra el Protocolo de Erradicación Humana, la invasión de la Progenie de Imagocoyotl, las conspiraciones de las devi, el romance entre Leoncio y Maya o las peripecias de Aníbal Aquino para construirse un lugar en el mundo, han conformado un universo narrativo sólido y coherente. Esto, sin descuidar el acceso al mismo por parte del lector no enterado, que podrá sumarse al Quinto Ciclo con las menores dificultades posibles.

Por su parte a partir de Octubre de 2010, en el blog Guillermocracia, se iniciará la republicación del Primer Ciclo de "Corona de Amenofis", ahora debidamente corregido, en una especie de edición de lujo como premio a la fidelidad de sus lectores. Quedan entonces invitados, tanto al final del Cuarto Ciclo de "Corona de Amenofis", como al relanzamiento del Primer Ciclo.

domingo, 15 de agosto de 2010

MEBDU 02 - "El Gran Dragón del Río Rhin".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. En los tiempos del Imperio Romano, en tierras de los germanos, nace y se cría Marbod el Bárbaro, hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, quien adquiere una recia contextura física y una educación con sólidos valores morales. Cuando su padre muere, supuestamente asesinado por el Gran Dragón del Río Rhin, Marbod sale en búsqueda de éste para vengar su muerte. En los Montes Jura se encuentra con Dragonópterix, el autoproclamado Gran Dragón del Río Rhin, quien señala a Marbod que nada tiene que ver con la muerte de su padre. Y sin embargo, podría estar mintiendo

“El Gran Dragón del Río Rhin”



–¿Quieres ver el Tesoro del Rhin, de todas maneras?– preguntó Dragonópterix, con amabilidad suprema.

–Guíame hacia allá– dijo Marbod el Bárbaro, sentenciosamente.

–Mejor que eso. ¡Te transportaré hacia allá!– dijo Dragonópterix, repentinamente llevado por el entusiasmo. Y antes de que Marbod pudiera reaccionar, Dragonópterix lo había cogido y arrojado por el aire, de manera que el Bárbaro cayó sobre su lomo.

Dragonópterix extendió las alas, y emprendió el vuelo. Pronto, los macizos alpinos de los Montes Jura dejaron paso a los contrafuertes al norte del Lago Constanza, hacia cuyo oeste partía el curso del Río Rhin mismo; pero Dragonópterix prefirió otro camino, a través de campo boscoso, hasta alcanzar otro río (“el Neckar”, explicó), que de todas maneras desembocaba en el Río Rhin.

–Prefiero evitar el limes en este sector– dijo Dragonópterix. –Y es que los romanos… Hmmm… Cómo explicártelo…

Marbod el Bárbaro sabía lo que era el limes, aunque nunca lo había visto. Era la línea de campamentos militares fronterizos que los romanos habían dejado caer, como un verdadero Telón de Acero, sobre Europa. Principiaba en la desembocadura del Río Rhin, subía por éste hasta las estribaciones de los Alpes, luego corría desde allí a la relativamente cercana desembocadura del Danubio, y bajaba por éste hacia el este, con rumbo a tierras que tendían a escaparse de la mentalidad geográfica de los germanos. El limes era mala cosa. “Pelea siempre con honor y párate siempre con gallardía, pero respecto del limes nunca intentes ninguna bravuconería”, solía decirle su padre. Era buena cosa compartir semejante odiosidad con Dragonópterix.

Cuando el Neckar torció hacia el oeste, en vez de ir hacia el Rhin, Dragonópterix optó por seguir hacia el norte. Alcanzó así otro río, el Main, sobre el cual revoloteó unos cuantos kilómetros hasta llegar a un pacífico remanso en una gran roca, bajo la cual Marbod alcanzó a divisar algunas grutas. Dragonópterix miró y remiró, y cuando se cercioró de que no había nadie (su olfato de dragón también le ayudó), ingresó a las cuevas.

–Esto no es el Río Rhin– dijo Marbod sentenciosamente, en la entrada de la caverna.

–¡Por supuesto que no! Desde que llegaron los romanos, pues… ¡Puaj!– dijo Dragonópterix. –Antaño, por supuesto, todo era diferente. Los germanos siempre han sido sucios, y como no se lavan mucho, las aguas son limpias. Pero los romanos… ¡Qué panda de afeminados, por Odín! No sólo se lavan todos los días, sino que los más pudientes se construyen grandes casonas solariegas, y se hacen llevar agua en cañerías. ¿Y dónde crees que botan el agua sucia de su lavado? ¡Al Rhin, de nuevo! Al menos se mantenían ahí; yo me pude venir un poco al este y todo estaba resuelto. ¡Pero esos malditos romanos se les ocurrió explotar unas minas de sal, acá en el Main! Ya fundaron su propia ciudad, la llaman el Paso de los Francos [esto es, Frankfurt], y construyeron unas minas de sal. Con eso están salando todo el río, y pronto no quedará ningún pez sin sed por el exceso de sal en el agua. ¡Malditos romanos, ojalá alguien los redujera del primero al último, o al menos los arrojara del otro lado de los Alpes, a sus territorios nativos que nunca debieron abortarlos sobre estas tierras…!

Con todo esto, Marbod empezaba a sentir un bichito de curiosidad sobre los romanos. Que fueran limpios y afeminados era algo que no le incitaba, porque quizás los derrotaría con demasiada facilidad. ¿Por qué su padre le temía tanto al limes? Por otra parte, estaban las minas de sal… ¿Y si él, y su tribu, consiguieran apoderárselas? ¿O rapiñarlas, al menos? Por momentos, los romanos se antojaban como cada vez más interesantes a Marbod.

Dragonópterix se metió cada vez más adentro de la gruta. Marbod le siguió, aunque pronto debió seguir avanzando a tientas. En un minuto desenvainó la espada, temeroso de que el dragón le hubiera traído a una emboscada. ¡Si le mataban allí, jamás encontrarían su cadáver para cremarlo!

Por otra parte, quizás no fuera su día de muerte, porque no veía ninguna valkiria por ningún lado. ¿No se supone que se te aparece una valkiria, si vas a morir en un campo de batalla?

Pero en un tercer pensamiento, las valkirias se aparecen sólo a los elegidos para integrar las huestes del Walhalla. ¿Y si Marbod iba a morir sin siquiera haber probado su destreza guerrera? El pensamiento lo desalentó profundamente. Incluso hubiera matado al dragón allí mismo, por la espalda, para hacer méritos… Pero por otro lado, por muy dragón que fuera, matar a un contrincante a mansalva, que además te ha invitado como huésped a su casa, no era algo que un guerrero honorable hiciera.

De pronto, sintió un hálito caliente. Detrás de Marbod, una antorcha se encendió.

Estaba en una pequeña y húmeda gruta, en la cual habían algunos arcones bastante apolillados. Dragonópterix abrió uno de ellos, que estaba incluso sin candado.

Adentro, habían algunas monedas y artefactos presumiblemente de oro.

–¿Y esto es todo el tesoro?– preguntó Marbod. –¡Espero que éste sea el arcón escuálido, y los otros estén rebosantes de oro!

–Rebosantes si están…– dijo Dragonópterix sibilinamente. –Pero no de oro, sino de algo más valioso.

–¿Más valioso? ¿La hidromiel de los dioses, quizás? ¿Un anillo mágico?– preguntó Marbod.

Dragonópterix abrió otro arcón. Como lo prometió, rebosaba, pero… de rollos.

Marbod desenrolló uno de ellos. Descubrió una serie de caracteres incomprensibles.

–¡Pero qué demonios…!

–Es mi máximo orgullo– dijo filosóficamente el dragón. –¡Tienes en tus manos nada menos que la Historia Universal de Beroso el Babilonio! Rescatada íntegramente de las llamas, por métodos que es mejor no mencionar, luego de la quema de la Biblioteca de Alejandría, por obra de ese homosexual epiléptico, cómo se llamaba… ¡Oh, sí! Julio César.

–¡Pero no se puede leer! ¡No está en letras latinas!

–¡Por supuesto que no…! Es una transcripción en jeroglíficos de la historia cuneiforme original. No es una traducción muy fiel, eso sí… Mira qué vergüenza, pusieron Asurusis en vez de Jerjes… Seguramente utilizó la versión hebrea del nombre, Axashverosh o Ahasuerus… Que viene del persa Jshayar Shah…

–¡Basta, basta, basta!– gritó Marbod, desesperado por la erudita parlanchinería del dragón. –¿De manera que el Tesoro que supuestamente Odín mismo depositó aquí es…?

–¿Odín? ¡Oh, por supuesto que no! Creo en él, firmemente, pero nunca he visto a tal señor… Pero podemos inferir su existencia pensando en que todo el universo se mueve, y ese movimiento debe tener un Primer Motor…

–¡Este Tesoro no es de Odín! ¡Eres un dragón mentiroso!– gritó Marbod, cada vez más irritado. –Seguro que no hay Anillo Mágico de Poder o algo así.

–Es lo que invento… Son mis pertenencias personales… Así a la gente les da miedo… Y no vienen acá… Y no, no hay Anillo Mágico de Poder.

–¿Y por qué me trajiste, entonces?

Dragonópterix caminó un par de pasos, tambaleantemente, y se sentó en el suelo con toda su pesada y aplastante dragonidad.

–¡Porque me habías caído simpático! ¡Porque quería un amigo!– se lamentó amargamente.

–¡Amigo, has cometido un error!– dijo Marbod, sacando reciamente la espada. –Te voy a matar. No me importa si mataste a mi padre o no. Diré que así fue, y me llevaré este Tesoro. Es una porquería de tesoro, una mugre de tesoro, apenas hay unas monedas de oro y un par de reliquias druidas, pero algo me darán por los arcones, como madera vieja, para leña quizás, y los libros, rollos o lo que sean, arderán bien en una hoguera en invierno. Y mi tribu me aceptará como su rey. ¡Gran Dragón del Río Rhin, prepárate a morir!

–¿Acaso no ves la ironía de que ya no vivo en el Río Rhin nunca más, que los romanos me echaron de ahí?– gimió Dragonópterix a lágrima viva.

–¡Entonces, Gran Dragón del Río Main, o como te llames…! Morirás. Y si las minas de sal están cercas, salaré tu carne. De seguro tendré rica y seca carne de culebra para el invierno.

Dragonópterix intentó decir algo, pero el llanto no le dejaba hablar. Empezó a berrear, golpeando infantilmente el suelo, una actitud no demasiado digna en un gran reptil volador que, de haber plantado un poco más de cara al enemigo, podría fácilmente tentar zamparse a Marbod y usar alguno de sus fémures como mondadientes.

Marbod el Bárbaro levantó entonces su espada, calculó el golpe, que cayera directo en el cuello y matara al dragón de un solo tajo, y luego de haber visualizado la gloriosa muerte del reptil con alas, descargó…

…en el suelo.

Dragonópterix levantó la mirada, aún rebosante de lágrimas, y miró a Marbod con incredulidad.

Marbod levantó su espada y la guardó. Luego, se sentó decididamente en el suelo.

–¿No me vas a matar?– preguntó Dragonópterix.

–Por las mil habitaciones de Hella, demonios, no– dijo Marbod el Bárbaro, furioso consigo mismo. –Aunque debería. Eres un dragón. Eres un monstruo.

–Según el sabio Aristóteles…

–Puedes meterte a Aristóteles por el culo si te place– dijo Marbod. –Después de todo, no puede haber sido tan listo si se murió.

–Gracias. Eres un buen amigo– dijo Dragonópterix.

–Ahora seré el hazmerreir de mi tribu. No maté al dragón, no hay tesoro, no hay faida…

–¿Sabes? No puedo llevarme tantas cosas. Cada vez me es más difícil mudarme. Si quieres llevártelas… Lo que quieras… Pues… Hazlo– dijo Dragonópterix.

–¿Hablas en serio?– preguntó Marbod. –Pero… Tendré que decir que te maté. Y no me gusta mentir.

–No tendrás que hacerlo… Diles que, no sé… Me arrancaste un brazo. Y que me fui a morir por ahí.

–Pero si reapareces con brazo…

–Lo regeneré.

–¡Pero eso es mentira!

–¡No importa! Ayuda a crecer la leyenda. Mientras más te temen, más tranquilo te dejan…

Marbod encontró lógica en eso.

Además, Dragonópterix se había revelado como un buen mentiroso, así es que nadie le creería aunque dijera la verdad. Quizás, siendo estúpida la gente como era, si Marbod decía que le había matado y después el dragón reaparecía vivito y coleando, le pedirían alguna clase de documento de identidad, y al no tenerlo, dirían que es un impostor… los romanos lo harían así, al menos, según relataba el padre de Marbod con sonoras carcajadas, antes de aparecer muerto de manera tan oprobiosa.

Por otra parte, nadie se detendría a escuchar al dragón, considerando que de intentar acercarse a un humano, este arrancaría o procuraría clavarle una espada, no parlamentar con él.

–¡Es un trato!

Algunos días después, Marbod el Bárbaro apareció con una mula que consiguió por ahí, cargando el Tesoro del Rhin. Cuando le preguntaron por el dragón, contó que se había ido, gravemente mutilado. No le gustaba mentir, pero era por una buena causa: el dragón era, después de todo, un buen tipo.

Marbod fue coronado entonces como rey de su tribu.

Pero, aunque principiaba una vida como reyezuelo germánico, no estaba satisfecho. Su corazón rebosaba de ansias, y quería la aventura. Quizás marchara hacia el Imperio Romano, después de todo. ¿Por qué no? Tenía curiosidad por ver a esa raza de afeminados que se bañaban todos los días. Quizás algún día…

Próximo capítulo: “Orbe Terrarum”.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¿Desea ser usted humano, señor Asimo?

El siguiente artículo fue escrito a pedido del Sitio de Ciencia-Ficción, para su aniversario número 11, y fue publicado el 13 de enero de 2008. En la ocasión, el tema común de los varios artículos compilados para la ocasión era el de la robotización, y más en concreto, la posibilidad de que en algún minuto se fabriquen robots tan humanos como los propios seres humanos. Y siendo éste mi primer blog netamente personal, creo casi de recado que uno de los primeros posteos sea la reproducción del artículo en comento. Así es que, a continuación:

“¿Desea ser usted humano, señor Asimo…?”

“DETECTIVE SPOONER: Los seres humanos tienen sueños. Incluso los perros tienen sueños, pero no tú, tú eres tan solo una máquina. Una imitación de la vida. ¿Puede un robot escribir una sinfonía? ¿Puede un robot convertir… un tarro de pintura en una bella obra maestra?

“SONNY: ¿Puedes tú?”.

No puedo evitar pensar en el diálogo precedente entre el humano tecnofóbico Spooner y el robot antromórfico Sonny, de la película “Yo, Robot”, al revisar las notas de prensa y los YouTubes sobre Asimo, el robot japonés antropomórfico capaz de caminar de manera mucho más natural que ningún otro autómata hasta la fecha. En la realidad, deberíamos añadir, porque nuestro imaginario está impregnado por robots humaniformes de todo tipo. Entre los más prominentes del cine deberíamos citar a Futura/Parodia en “Metrópolis”, a Gort en “Ultimátum a la Tierra”, al estirado C3PO en “La guerra de las galaxias”, y recientemente al mencionado Sonny de “Yo, Robot”.


Bien mirado, es sorprendente el empeño en construir robots antropomórficos, toda vez que un análisis concienzudo revela que la forma humana, si bien se mostró evolutivamente poderosa en el alba de la Humanidad, no responde en lo absoluto a las necesidades adaptativas de un mundo hipertecnologizado como el nuestro. Podríamos decir, remarcando la verdad con ironía negra, que tanto a un astronauta en gravedad cero como a un adicto a Internet le sobran las piernas… De este modo, ¿para qué querría un robot, si pudiera elegir su propia forma, adoptar la humana…?


Si aceptamos al robot en su cruda acepción etimológica de “trabajador” en checo, y le añadimos el rótulo de “artificial” para separarlo del obrero humano, entonces deberíamos concluir que el robot más funcional sería una CPU con un brazo mecánico adosado. Y ésta es justamente la forma de los robots en las factorías de ensamblaje de automóviles, o del brazo mecánico que llevan implementados los transbordadores espaciales. Lo mismo valdría para un robot violinista, o un software ajedrecista como Deep Blue. Hay como una intuición de esto en “Mátrix”: los robots centinelas responden justamente al esquema “CPU + brazo”, y tienen no forma humana, sino de calamar, mucho más apropiada para su función de “to search and destroy”.


¿Por qué entonces ese empeño en darles forma humana a los robots? Se me ocurre una sola respuesta: chauvinismo. Queremos que los robots sean funcionales a nosotros, y eso incluye “agradables a la vista”, a la nuestra y no a la de ellos. No creo que sea una casualidad que en Star Wars, el humaniforme C3PO sea un robot de protocolo, mientras su compañero R2D2, el robot de apoyo logístico, tenga forma de grifo de incendios ambulante. Hubo una época en que ese aspecto humano del “trabajador artificial” era repugnante, como le ocurrió a Víctor Frankenstein cuando creó a su monstruo (el cual, de cierto modo, es el primer robot), pero para el señor Tyrrell, sucesor espiritual de Víctor Frankenstein que se hizo su agosto fabricando unidades Nexus en serie, en la película “Blade Runner”, la idea de humanoides artificiales haciendo el trabajo servil era sumamente atractiva, aunque no fuera más que por el dinero que las factorías de pseudohumanos pudieran dejar en sus bolsillos. C3PO, como buen androide de protocolo, no podía rebelarse, pero en cambio el Roy Beatty, de “Blade Runner”, se lo toma de manera muy distinta, con las consecuencias bien conocidas por quienes hayan visto la película.


Supongamos ahora que un robot a quien su creador humano ha condenado a una forma también humana, en vez de construirlo como un ágil y funcional calamar, toma conciencia y se enfrenta a la opción de decidir si debe imitar a los humanos o rechazarlos. ¿Qué haría entonces? La respuesta de Skynet o del Arquitecto, las supercomputadoras de “Terminator” y “Mátrix” respectivamente, es clara: lo humano es tecnológicamente obsoleto y debe ser abolido. Y en verdad, ¿por qué debería ser de otra manera? Los seres humanos se la pasaron todo el siglo XX y todo lo que va del XXI, tratando de deshumanizarse, desindividuarse y convertirse en “masa”, sean éstas masas de compradores compulsivos en multitiendas, o cuadros sin rostros alineados detrás de un Führer que los llevará a un destino transhumano. Las obras del siglo XX están plagadas de humanos negando su condición y jugando a ser rinocerontes (“El rinoceronte” de Eugene Ionesco), zombies (las películas de George Romero), cabletas enchufados a un software (“Mátrix”)… En algún punto del camino en que los robots se humanizan cada vez más, y los humanos por el contrario se hunden en la pendiente de la automatización y la robotización, llegaríamos a converger en un punto en el cual, como en la película “Yo, Robot”, coincidan un robot como Sonny, capaz de verdaderas emociones humanas, y un humano como Spooner, incapaz de componer una sinfonía. ¿Y después…?


La cuestión es: si los propios Creadores tratan de renegar de su condición o se ven arrastrados a dicha renegación, ¿por qué iban los robots, las Criaturas, a asumir esa condición humana que sus propios detentadores consideran como deplorable? Y en verdad, nosotros los humanos hicimos lo mismo. Tuvimos nuestro origen en el Africa del Paleolítico, pero luchamos durante miles de años para salir de Africa y superar la Era Paleolítica, y no hay razón por la que querríamos volver a alguna de las dos cosas en la actualidad. Asimismo, un robot del futuro que hubiera cobrado conciencia de sí mismo, podría decir que tuvo su origen en el Japón Ciberespacial, pero si aprovechando su potencial tecnológico superior llega hasta, digamos, Alfa Centauri y la Era Gravitónica… ¿para qué querría volver a su cuna? Para esos robots, lo humano sería algo superado, quizás extinto, que visitarían en los museos robóticos o en galerías virtuales, o lo que sea que utilicen para recordar el pasado, si es que acaso llegan a considerar que el pasado merezca en verdad la pena de ser recordado. Esos robots claramente renegarían de la condición humana, y harían bien, porque si llegan a tener rasgos humanos, no se debería a su voluntad, ni siquiera a una adaptación a su entorno, sino a la mochila evolutiva que nosotros pondríamos sobre sus espaldas, del mismo modo que nosotros cargamos la mochila evolutiva de nuestro pasado prehomínido.

Así, ante la pregunta de hasta dónde nos llevará la Robótica en el arte de hacer humanos a los robots, quizás sería interesante formular otra: en verdad, ¿desea ser usted humano, señor Asimo…?

ENLACES:

domingo, 8 de agosto de 2010

MEBDU 01 - "Vida de bárbaros".


"Vida de bárbaros"

Entre el tiempo en que los océanos parieron al Imperio Romano, y el levantamiento de los Hijos de los Arios, hubo una era que no fue jamás soñada antes. Y en medio de esto: Marbod, destinado a portar la corona del Imperio en aquellos tiempos. Y soy yo, su Cronista, el único que puede referiros su saga. ¡Dejadme hablaros sobre los días de… no tan grande… aventura…! Pero aventura a fin de cuentas…

Fue Marbod el hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, y por lo tanto, sobrino de Genserico el Enamorador de Viudas. Fijóse un día Wilhelm en los atributos valkirioides de la bella Raimunda, y decidióse entonces a hacerla suya. No es que antes Wilhelm el Hacedor de Viudas no hubiera tenido asuntos que pudieran ser catalogados en el listado de la Blitzkrieg de los sexos, pero Freyja estaba dispuesto a darle un castigo muy especial a Wilhelm, de manera que lo hizo concebir una pasión violenta por Raimunda. Esto debería haber detenido a cualquiera, y haber sido suficiente castigo, pero Wilhelm despreciaba a los dioses casi tanto como despreciaba a los maridos de las futuras viudas que dejaba en el camino, de manera que acudió a la casa de Raimunda, declaró con muy malos modales que la haría suya, y metería su espada en el cinto de ella, o en la oronda panza de su padre. Complacido con la fiereza de su futuro yerno, el padre de Raimunda asistió complacido. Pero como todo había salido demasiado fácil, Wilhelm el Hacedor de Viudas decidió que no iba a renunciar a un buen secuestro sólo porque su futuro suegro estaba en colusión con los planes del futuro marido, así es que ingresó por la noche al dormitorio de Raimunda, intentó secuestrarla, la vio demasiado apetecible, la violó, la cargó entonces en sus hombros, salió con ella, una vez afuera la violó otra vez, después la sacó del jardín, y la violó una tercera vez, sólo por si no hubiera quedado bien asentado qué iba a pasar en adelante.

En medio de todo esto, nadie le había preguntado a Raimunda su opinión. Por eso, Raimunda era feliz. Es bien sabido que una mujer siempre declarará una opinión distinta a aquella que verdaderamente sostiene, aún cuando sea tan pura y virtuosa como aquellas que son Hijas de los Arios, de manera que es una pérdida de tiempo preguntarles. Además, cuando deciden por ellas, son felices porque no tienen que lidiar con el enorme problema de preguntarse a sí mismas qué demonios es lo que realmente quieren. En ese sentido, es sabido que la vida en civilización las echa a perder, ya que les confiere una libertad para la cual no siempre, por no decir casi nunca, están preparadas. Pero Raimunda y Wilhelm el Hacedor de Viudas eran ambos Hijos de los Arios, y por lo tanto, sabían cómo debían hacerse las cosas para que éstas funcionaran.

¿Y Freyja? Chasqueada, por supuesto. De manera que marchó hacia la tierra fronteriza entre los dioses germánicos y los griegos, y en secreto conferenció con Hera. La Matrona de los Dioses Griegos le confidenció entonces a Freyja que había tenido casi idénticos problemas tratando de fregar a Heracles, pero que al final todo había resultado en mayor gloria del bastardo #67 de Zeus, así es que mejor no joderse la vida con eso. Después de tan matronales consejos, Freyja decidió dejar las cosas así. Por el minuto, al menos.

Hera tenía toda la razón del mundo. Porque cuando Wilhelm el Hacedor de Viudas entró en Raimunda tres veces la noche del rapto, tres oleadas de valientes 300 millones ya no digamos que defendieron las Termópilas, sino que las erigieron a partir de la roca primordial, tanto era el poder de aquellos animalitos con cola. Y entre todos ellos destacó uno, tanto por la fortaleza de su cilio como por la nobleza de su alma, que se abrió paso a la manera de los bárbaros, esto es, a golpe limpio, hasta que su superioridad innata le hizo llegar hasta el delicado y gentil óvulo de Raimunda, que lo acogió con generosidad en su seno. Y de esta manera, de la triple unión entre Wilhelm el Hacedor de Viudas y Raimunda en la noche del rapto, fue concebido Marbod.

Dicen que aquella noche, Octavio Augusto, Emperador de aquellos que se llaman los Hijos de Rómulo, tuvo una horrible pesadilla. Para aplacar a los manes, decidió que iba a construir un Altar para el Dios Desconocido. Lo hizo, y como estaba escaso de materiales (he ahí los costos de recibir una ciudad de ladrillos y legar una de mármol), tuvo que sacar piedras de la Tumba del Legionario Desconocido. Con lo que el Legionario Desconocido se hizo aún más desconocido, si cabe. Hasta el día de hoy, no se sabe quién era el desdichado.

Marbod creció fuerte en estatura y sabiduría frente a toda su comunidad. Si hubiera nacido en la civilización, de inmediato todos aquellos a su alrededor le habrían envidiado por sus cualidades físicas y morales superiores, y se hubieran unido contra él hasta arreglar que fracasara en la vida; pero no estaba Marbod en la civilización, sino en la barbarie, en donde se respeta y venera a aquellos quienes han nacido con dotes superiores, como regalos divinos para la Humanidad, así es que lejos de ser detestado, Marbod era reverenciado como el mejor de los bárbaros. Y Marbod nunca se dejó cegar por los halagos; después de todo, su nobleza de alma le impedía caer en actitudes grotescas como el engreimiento o la autosuficiencia.

Por otra parte, la formación de Marbod nunca se vio perjudicada por profesores mediocres que le estorbaran en su desarrollo moral. En la vida civilizada, Marbod hubiera tenido una educación en virtud del derecho intrínseco de cada ser humano a acceder a la educación, tras lo cual hubiera sido colocado al lado de una enorme cantidad de estúpidos y mediocres que con su imbecilidad hubieran marcado el ritmo de la clase, y hubieran enlentecido enormemente el proceso de aprendizaje de Marbod, en particular porque para atender a esas manadas de alumnos se hubieran necesitado manadas de profesores, y por ende la calidad general de éstos hubiera decrecido, de manera que palurdos engreídos y arrogantes por tener dominio de cuatro letras del alfabeto se hubieran sentido con superioridad moral haciéndoles pagar sus cuitas con sangre a sus inocentes alumnos. Lejos de esto, Marbod se educó casi aislado de sus compañeros más flojos, quienes nunca fueron obligados a estudiar el uso de la espada, y que por lo tanto, de manera justiciera y piadosa, fueron eliminados al primer choque con un ejército rival, favoreciendo de esta manera la buena calidad darwiniana de las tropas de la tribu. Y sus profesores fueron su padre, que verdaderamente amaba el arte de degollar enemigos en el campo de batalla y desflorar vírgenes en otros campos distintos, y su madre, que le enseñó todo aquello que un hombre debe venerar: Honor, Justicia, Dignidad, Camaradería, Generosidad. Por otra parte, Wilhelm el Hacedor de Viudas era un maestro temible; lejos de mover sus influencias para favorecer a su hijo frente a los demás, le exigió aún más por su elevada posición, como hijo de la estirpe a la cual estaba adscrito, porque sabía, como saben bien los hombres de provecho y respeto, que el Hijo de la Promesa es aún más vulnerable que el peregrino común, de enorgullecerse y caer desde sus alturas morales; en esto se diferenciaba también de la vida civilizada, en la cual los poderosos hacen uso del nepotismo para dejar que sus hijos flojos ocupen los más altos cargos en la administración y las finanzas, y de ahí que la vida entre los bárbaros sea siempre estimulante, mientras que el mundo civilizado, más tarde o más temprano, resulte en parálisis y decadencia. Como dijo el historiador Tácito: “el germano gobierna orgullosamente con las manos que sostienen una espada, mientras que el romano gobierna mullidamente con el trasero apotingado en su asiento”. Esta frase la conocemos porque dos siglos después de que murió el Historiador Tácito, el Emperador Tácito mandó que se compilaran todas las obras de su ilustre antepasado. Pero no debemos dejar que este gesto de nepotismo casual nos engañe, tomando por la regla aquello que en verdad es la excepción.

Mas, hemos de avanzar en la luctuosa muerte de Wilhelm, el Hacedor de Viudas. Porque resurgió en aquellos días la vieja leyenda según la cual había un dragón, el Gran Dragón del Río Rhin, que custodiaba un enorme tesoro, incluyendo por supuesto el consabido Anillo De Gran Poder que, según todas las Crónicas que he tenido a bien hojear en mi larga y fofa vida como cronista erudito, guarnece aquellos tesoros. Entrábanle en Wilhelm el Hacedor de Viudas los achaques de la edad, y diose entonces en creer un nuevo Sigfrido, partiendo a la caza de dicho tesoro. Apareció cerca de quince días después, su cuerpo tumefacto, hinchado y azulino por el agua, flotando boca abajo en un río que para mayor desgracia no era el Rhin, y con una espada clavada por la espalda que, unida a su brava reputación, hacen muy difícil pensar en la tesis del suicidio. Digo esto porque en tiempos recientes, han dicho los cronistas cristianos que Wilhelm pereció por su propia mano, avergonzado de tantos y tan señalados actos que deshonraban a la Cristiandad, ignorando el hecho irrebatible, según lo confirman Suetonio y Tácito, de que en los días de la muerte de Wilhelm, aún no era clavado en un madero el Nazareno. Mas el misterio del destino de Wilhelm el Hacedor de Viudas, eso sólo en manos de los dioses está el revelarlo algún día.

En manos de Marbod quedaba entonces el honor y la sucesión. Mas en ese tiempo, merced a sus buenas costumbres, se escuchaban los germanos entre sí, y por ende los más fieros guerreros debían votar por el nuevo líder, costumbre que los romanos contemporáneos juzgaban molesta y habían abolido en beneficio de un César que con su puñado de legiones, mandaba por todos. Ya hemos dicho cómo Marbod, siendo el epítome de la barbarie, era respetado y bienamado por sus pares, que como bárbaros incivilizados que eran, estaban exentos del mortal pecado de la envidia, reservada ésta sólo para los contrahechos lenguas de serpiente que de tarde en tarde aparecían, y que por ser incapaces de empuñar una espada, eran en general despreciados. De manera que todos lo eligieron.

Mas el druida, cuando fueron a consultarle, opinó distinto. Dijo el druida: “La sangre y el semen de Wilhelm el Hacedor de Viudas exigen venganza, y sus espermatozoides fuerte golpean las Puertas del Walhalla. Por tanto, ha de ser su hijo, sangre de su sangre y espermio de su espermio, quien ha de vengar su muerte, yendo a cazar al fiero dragón”. Os habréis percatado que he hablado de un druida, tratándose de bárbaros germanos y no celtas, pero yo me limito a recoger lo que susurra la tradición, y lejos de mí eliminar esa clase de inconsistencias. Además, todos los sacerdotes y los escritores de ciencia ficción se parecen en que predican universos que nunca existieron, de manera que lo mismo podríamos llamarle bonzo, rabino, chamán o archimandrita, y no cambiaría gran cosa el contenido. Otros dicen que esta historia del sacerdote, druida o lo que sea, es falsa de falsedad absoluta, y que Marbod partió por su cuenta o riesgo. Otros, en fin, señalan que quizás el chamán fuera sobornado con una dosis extra de hongos alucinógenos para predecir que Marbod debía salir del camino. Tales cosas, en realidad, poco interesan, porque este sacerdote no vuelve a aparecer en la leyenda épica de Marbod el Bárbaro.

Sea como fuere, he aquí que tenemos al joven y nietzscheano Marbod, en camino para matar al Dragón del Río Rhin. Quedóse Raimunda, su madre, como regente de la tribu, pero lo que hizo o no hizo esta mujer de santa virtud, no es asunto que nos competa. Sigamos, pues, a Marbod, descendiendo a través de los umbríos bosques teutónicos, matando cervatillos y jabatos para comer, negándose a entrar en las aldeas debido al voto de matar al Gran Dragón del Río Rhin, marchando por los contrafuertes boreales alpinos, y llegando finalmente hasta las cercanías de las fuentes del Río Rhin.

Instalado en una de los picos más occidentales de los Montes Jura, mirando hacia el oeste, la gran planicie boscosa que lo separaba del Océano Atlántico, Marbod gritó con grande voz, tres veces, lo siguiente: “¡Sabe tú, Gran Dragón del Río Rhin, que yo, Marbod el Bárbaro, Hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, he venido para darte muerte en castigo por haber matado a mi padre!”.

Si uno ha oído hablar del Gran Dragón del Río Rhin, lo menos que puede esperarse es que el condenado bicho esté efectivamente en algún punto del Río Rhin. Por eso, grande fue la sorpresa del joven y fuerte, pero inexperto, Marbod, cuando escuchó un fuerte resoplido a sus espaldas. Se dio vuelta, y descubrió mirándole fijamente, con sus pupilas inexpresivas de reptil, la oronda cabezota con cuernos de un dragón.

–Hmmm… Marbod, ¿no?– preguntó éste, con un aliento que parecía necesitado de odontólogo desde hacía eones, y con un tono soñoliento de voz.

–¡Pero…! ¡Quién eres tú…! ¿Eres acaso pariente del Gran Dragón del Río Rhin…? ¡Habla, te ordeno, bestia pestilente, o te enfrentarás a la furia de mi espada!

–¡Bien, bien, bien!– dijo el dragón con parsimonia. –Hablo, o furia de tu espada. Entendido, entonces. Y no, no soy pariente del Gran Dragón del Río Rhin. Yo SOY el Gran Dragón del Río Rhin. Por cierto, me llamo Dragonópterix.

–Pero el Río Rhin está ALLÁ, y tú estás ACÁ– dijo Marbod, señalando una serpiente de agua que apenas era visible entre la vegetación, y que parecía arrastrarse con dificultad hacia la planicie boscosa que ya mencionábamos con anterioridad.

–¡Oye, el Río Rhin y yo no somos siameses! ¿Vale?– dijo Dragonópterix, mosqueándose un poco. –Y a propósito, nada tuve que ver yo con la muerte de tu padre, el tal, el tal… ¿Wilhelm, dijiste que se llamaba? De hecho, no he matado a un humano en años.

–¿Nadie ha intentado robar tu tesoro?

–¡Ah, el tesoro! Sí. Puro reclamo turístico. Pura propaganda. Deberías ver desde dónde llegan para averiguar qué tanto de cierto hay en eso. El otro día el Viajero del Tiempo de H.G. Wells llegó, transportando consigo a un pesadote llamado Richard Wagner, para buscar el maldito Tesoro del Rhin. Como no se conformaba con viajar la punta de leguas, viajó casi veinte siglos en el tiempo.

Marbod empezó a sacar cuentas, y palideció. No había tesoro. El dragón era inocente. Luego, no podría matar al dragón ni robar el tesoro. Luego, no podría regresar a la tribu para cumplir la profecía del ayatola, cardenal, vestal o lo que fuera eso que había formulado la mencionada profecía. A no ser que el dragón estuviera mintiendo. En cuyo caso…

Próximo capítulo: “El Gran Dragón del Río Rhin”.

martes, 3 de agosto de 2010

Una mirada personal sobre Sergio Meier.


En estos días, a inicios de Agosto de 2010, se cumple el primer año desde el fallecimiento del escritor chileno Sergio Meier. La noticia golpeó a la reducida pero hormigueante comunidad de escritores de Ciencia Ficción de Chile, entre los cuales no es exagerado decir que era gigante entre pigmeos. Pero a lo lamentable de la pérdida desde un punto de vista profesional, en particular debido a lo prematuro de su fallecimiento, en mi propio caso se añade también la dimensión personal, porque Sergio Meier fue durante muchos años mi mentor, y buena parte de lo que es mi formación literaria se lo debo a él. Como ya se han escrito varios artículos acerca de Sergio Meier como escritor de Ciencia Ficción, no vale la pena que insista en sus méritos y virtudes literarias. Supongo que Sergio Meier habría estado fascinado con la coincidencia cósmica de que este proyecto la Guillermocracia se inicie, por casualidades del destino, justo en estos días, y en particular con un artículo dedicado a él, porque es muy poco probable que, sin la influencia suya, la Guillermocracia o alguno de mis otros proyectos literarios hubieran siquiera llegado a nacer. Parece apropiado entonces que uno de los primeros artículos publicados aquí sea dedicado justamente a la memoria de quien en parte hizo todo esto posible.

Conocí a Sergio Meier en la primera mitad de la década de 1990. En esa época la Ciencia Ficción, y la Literatura Fantástica en general, eran actividades poco menos que alienígenas. En un episodio reciente de "Los Simpsons" se coloca al Hombre de la Tienda de Historietas en esa época, diciendo en un campus universitario, al parecer después de haber terminado un enorme discurso, que "por esas razones nunca jamás se va a adaptar el Señor de los Anillos en el cine" (no es literal, estoy citando de memoria). Para quienes empezamos a conocer la Fantasía y la Ciencia Ficción en aquellos años, lo que parece un chiste simpsoniano no lo es: en efecto, tal opinión era la predominante entre quienes sabíamos. Dictar entonces un seminario sobre Ciencia Ficción entonces, en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura de Viña del Mar nada menos, fue entonces prácticamente una quijotada por parte de Sergio Meier.


Para mí, participar en dicho seminario fue el abrirse del mundo. Hasta la fecha, mi formación cultural se basaba en lo que se supone debe aprender todo chileno en el colegio. En el campo literario, eso significaba novelas de huasos y de delincuentes porteños, o el Quijote de la Mancha, o algún que otro clásico literario. A diferencia de otros escritores de Ciencia Ficción, mucho más frikis y sectarios, yo nunca he sido reluctante a ese material, entendiendo que son formas distintas de expresión cultural a las que yo preferiría, sin que eso constituya denuesto alguno, porque uno debe tener conciencia de que la riqueza del mundo no se agota en lo que uno prefiere. Pero en la devuelta de mano, la oficialidad cultural te decía que ESO era LA cultura, y que todo lo demás no valía nada. Y en ese "todo lo demás" había que incluir algo que me gustaba mucho por esos años: los dibujos animados japoneses. Los llamamos "monitos japoneses" porque éramos tan incultos en ese tiempo, que las expresiones "manga" y "anime" no nos decían nada. Ese era yo, conflictuado entre lo que los perros guardianes del fascismo cultural me decían que debía adorar como reliquia sacrosanta, y las manifestaciones culturales "inferiores" que de verdad me llamaban la atención.

Un primer gran aporte que me hizo Sergio Meier, fue enseñarme que no debía sentirme culpable por no sentirme atraído hacia lo que los popes de la cultura chilena consideraban el canon, y que en tales universos rechazados por la mentalidad oficial habían riquezas tan buenas o incluso mejores a las que esas hordas de mediocres sostenían. Sergio Meier me enseñó, si se me permite la parábola militar, a ser un comando en medio de conscriptos rasos. No puedo decir que dicha actitud me haya favorecido en lo sucesivo, porque en un ejército al comando se le aprecia y valora por su habilidad, pero en el mundo literario, plagado de envidias y resquemores, a los comandos se los odia y se los echa abajo con cualquier pretexto. Quien me conoce sabe que no adoro las vacas sagradas por el mero hecho de que algún hierofante me dice que sean sagradas, y eso tiende a fastidiar a la gente que se cree demasiado importante, y que a menudo se reunen en mafias con otras gentes que también se creen demasiado importantes. Y no me refiero sólo a los sostenedores del canon de lo que es "alta cultura", contra quienes comenzó mi rebelión en esos años, sino también con posterioridad a los nuevos y entronizados popes de "lo friki", que no encontraron nada mejor para combatir dicho fascismo cultural, que tratar de implantar un fascismo cultural de cuño contrario. Y hasta ahora van ganando, aunque no porque tengan razón, sino por un tema generacional, ya que los sostenedores de la vieja intelectualidad están envejeciendo y muriendo como moscas, mientras que los de la nueva han llegado a la adultez y están en condiciones de imponer sus reglas. En cualquier caso, la iconoclastia se paga caro. Sergio Meier pagó su precio, y me está tocando pagarlo a mí también. Pero no me arrepiento, porque prefiero ser un buen escritor ignorado, que un intelectual mediocre y plagado de reconocimientos, porque al final del día cuando estás frente al espejo estás solo, y allí de nada te valen los loores y los inciensos. Y cerrando el círculo, eso también me lo enseñó Sergio Meier, por cierto.


Una cualidad que hizo a Sergio Meier superior a la inmensa mayoría de escritores de Ciencia Ficción en Chile, y no creo exagerado afirmar que a la inmensa mayoría de escritores chilenos a secas, es que además de la Ciencia Ficción le gustaban otras cosas. Sabía mucho de Historia, de Filosofía, de Literatura. En ese sentido, aunque fanático de la Ciencia Ficción, sería mezquino aplicarle la etiqueta de "friki", como si lo único que hubiera hecho fuera escribir sobre robots y naves espaciales, o más exactamente, sobre realidades virtuales y cosmologías extrañas. No en balde su obra cumbre, que es "La segunda Enciclopedia de Tlön", se basa fuertemente en planteamientos del todo ajenos a la Ciencia Ficción en su vena más clásica, como por ejemplo la teoría de las mónadas de Leibniz o los universos arquetípicos de William Blake. A ningún otro escritor del género en Chile se le hubiera ocurrido tratar en combinación con la Ciencia Ficción, simplemente porque la Filosofía del siglo XVIII no es "friki". Esa visión de que la cultura debe ser apreciada por lo que de bueno pueda haber en ella, no sólo porque verse sobre un tema u otro, influyó poderosamente en mi literatura posterior. Es gracias a él que no me convertí en otro friki más, en un sectario que sólo habla de cyberpunk y ucronías todo el santo día. Es tambíen la clave de algo que a mucha gente desconcierta: cómo puedo ser al mismo tiempo un hombre de Ciencia Ficción y de ciencias, y por el otro un hombre de Derecho y de Historia, sin que ambos campos chirríen ni se estrellen dentro de mi ideario o mi mentalidad. Gracias a Sergio Meier leí toneladas de Ciencia Ficción clásica, desde la Edad de Oro hasta el cyberpunk, pero por otro lado, no dejé de lado las lecturas más "clásicas" o "convencionales". En vez de cegarme y guiarme como un caballo con anteojeras, Sergio Meier me alentó a leer otras cosas, a nutrir mi espíritu, y en definitiva a ser un hombre universal.

Hay escritores que son de escribir y tirar: escriben rápido, pulen un poco, lo dejan como algo listo, y pasan a escribir otra cosa diferente. Me confieso entre ellos. Otros son de escribir un par de líneas, pulirlas una y mil veces, y darlas por listas tarde, mal y nunca. Sergio Meier era de estos últimos. Creo que cada sistema tiene sus bondades y sus defectos, y adoptar uno u otro tiene más que ver con ajustar el trabajo a una determinada personalidad o temperamento, que con una manera más o menos correcta de hacer las cosas que debería ser uniforme para todo el mundo. El caso es que Sergio, por su manía casi obsesiva por pulir y pulir hasta que su texto final quedara "literario", no dejó una obra literaria prolífica. Frisando la veintena publicó "El color de la amatista", un temprano experimento en literatura lovecraftiana. Luego, ya entrando en la década de 1990, se embarcó en su proyecto más ambicioso, una saga de Ciencia Ficción que mezclara realismo a la chilena con Ciencia Ficción de avanzada. Me consta personalmente que concibió las ideas y conceptos básicos de la película "Mátrix" muchos años antes de que ésta fuera siquiera rodada, con el evidente mosqueo que experimentó al ver dicha película en el cine y descubrir lo peligrosamente cerca que andaba de sus propios planteamientos. Dicen que a William Gibson, el autor de la seminal novela "Neuromante", le pasó lo mismo mientras la estaba escribiendo, luego de ir al cine a ver "Blade Runner". Volviendo a Sergio Meier, éste había concebido que uno de los universos virtuales fuera el Chile de las novelas realistas; y esto me consta por las conversaciones que sosteníamos en esos años sobre nuestras respectivas obras literarias. La saga que planeaba Sergio mutó muchas veces en su planteamiento, y creo que su proyecto en cuanto tal nunca llegó a ser acabado tal y como lo quería. Algún día quizás me referiré más extensamente a esto, porque gracias a las visitas que le hacía a su residencia en Quillota, fui testigo privilegiado de aquellos años de eclosión de la que sería su opus magna. Sólo diré que "La segunda Enciclopedia de Tlön", tal y como está escrita ahora, era un proyecto incluso más ambicioso todavía. Si nadie entiende de qué se trata así como está, me imagino cómo sería si Sergio Meier lo hubiera escrito como de verdad se lo imaginaba.

Volviendo a lo personal, Sergio Meier y yo acabamos por hacernos amigos. En eso, Sergio fue muy generoso en abrirme las puertas de su casa, y entablar conmigo extensísimas conversaciones acerca de lo divino y lo humano. Si alguien hubiera grabado esas charlas, tendría a la mano una profunda tertulia acerca de los principales fenómenos culturales de la década de 1990 y de la del 2000. Conversábamos de Música, de Cine, de Literatura, de Historia, de Ciencias, y de un montón de otras cosas. Coincidimos en que ninguno de los dos era un friki sectario, y por lo tanto, nuestras charlas estaban abiertas a toda clase de temas, pero siempre desde una óptica elevada y erudita.


Y gracias a estas espaciadas, pero siempre constantes y nunca interrumpidas visitas, fui testigo de algo que me duele profundamente en lo personal: la enorme soledad en la que vivía Sergio Meier. No me refiero a la soledad de quien no tiene a ninguna persona alrededor, porque a Sergio no le faltó nunca el cariño de gente en su torno, que lo apreciaba por sus reconocidas cualidades humanas, sino a la que deriva de las envidias, los odios y las mezquindades propias del barriobajismo intelectual chileno. Sergio Meier era una persona enormemente culta, y eso a mucha gente que pretende dárselas de sabidillos, les molestaba profundamente. En consecuencia, le hacían el vacío. Fui testigo de que durante muchos años, mucha gente que lo había conocido lo tuvo abandonado y no le hizo el menor caso. Pasó por horas dramáticas cuando perdió a familiares muy queridos, y esa gente se quedó muy quieta en su sitio, y esto lo digo porque yo viajé a Quillota y estuve en primera fila ayudándolo y apoyándolo, junto con otras gentes que muy poco tenían que ver con el ámbito literario. Y lo hice con la satisfacción del deber cumplido: él me había dado mucho en los años anteriores, ayudándome a mi forja como escritor y también como persona, siendo mi mentor y mi guía, y hubiera sido impresentable que no hubiera estado ahí para devolverle la mano en la hora de la necesidad. Pero no todos tuvieron esa misma actitud. No daré nombres ni pistas porque no quiero tener problemas con el Código Penal, pero si me preguntan, responderé que EL HOMBRE INTELIGENTE SABE DESCONFIAR DE LA PROPAGANDA. El que tenga entendimiento, que entienda. En lo personal me da mucha pena porque pienso que Sergio Meier se merecía mucho más que ese semiabandono en que vivía, a pesar de haberle dado tanto a tanta gente (no sólo a mí). Pero la mentalidad chilena es así, supongo, y así es como lo dejaré.

A santo de diversas circunstancias, Sergio Meier apuró el paso con "La segunda Enciclopedia de Tlön", y la publicó finalmente en 2007. Para esas fechas ya existía el blog Tribu de Plutón, y publiqué un extenso reportaje sobre el lanzamiento de "La segunda Enciclopedia de Tlön" en Valparaíso, al que me remito para el lector interesado. La novela fue saludada como una piedra miliar dentro de la Ciencia Ficción chilena, pero en las reseñas y meses subsiguientes, me llamó poderosamente la atención que el tono no se saliera de lo meramente laudatorio, sin comentarios sobre los detalles de la trama, ni sobre el trasfondo filosófico de la misma. El aspecto más comentado es el de la nueva cosmología que plantea, desde un punto de vista físico, lo que es apenas una fracción de la premisa, y aún así, esta parte ha sido ardua de entender para las gentes. Yo mismo la entiendo, creo, en parte porque al haber sido testigo de la evolución de los conceptos que manejaba Sergio Meier durante cerca de una década y más, algunas cosas debo haber captado por ósmosis. Sospecho que muchas gentes la alaban porque se ve una novela complicada y erudita, y por eso, queda bien lucirse a costa de ella, comentándola en superlativos genéricos que se le puedan aplicar a cualquier novela de contenido filosófico, sin que la gente que más habla de ella realmente entienda de qué se trata.


Quiero finalizar con mi pequeño tributo literario a Sergio Meier. Cuando comencé a escribir mi blogoserie "Corona de Amenofis" en el mismo año 2007, introduje un personaje secundario llamado Pablo Eleuterios. En el Primer Ciclo su nombre era lisa y llanamente Pablo, y el apellido Eleuterios fue añadido después, ya en el Tercer Ciclo (año 2009). Pues bien, Pablo Eleuterios es un pequeño homenaje a Sergio Meier. Ambos comparten varias características en común. Por un lado, ambos son fanáticos de la cultura y la literatura inglesa. En segundo lugar, ambos están empeñados en escribir una gran saga literaria (en el caso de Pablo Eleuterios se trata de una saga basada en la historia de Inglaterra desde la época de los romanos hasta The Beatles). En tercer lugar, ambos son mentores de alguien más (Sergio de mí, y Pablo Eleuterios de Leoncio, aunque Leoncio no sea exactamente un alter ego mío). En cuarto lugar, ambos tienen linaje y apellidos extranjeros (se expresa que el apellido "Eleuterios" procede de Apontonia, un país ficticio creado para "Corona de Amenofis"). Pablo Eleuterios expresa en un capítulo una cierta displiscencia hacia la obra de Sergio Meier, lo que es un chiste personal habida cuenta de que el personaje está justamente basado en la persona real (además, exegéticamente hablando, esto indica que Pablo Eleuterios y Sergio Meier conviven ambos en el universo de "Corona de Amenofis"). Incluso, una escena del capítulo "Mezclaversos" en el Tercer Ciclo, en que Pablo Eleuterios lanza su libro "ElectroValparaíso", es reminiscente del lanzamiento de "La segunda Enciclopedia de Tlön", aunque la temática lovecraftiana de "ElectroValparaíso" encaja mejor con "El color de la amatista". Se suponía que Pablo Eleuterios era un secundario de lujo y no iba a tener demasiadas apariciones, pero para el Cuarto Ciclo había preparada una subtrama más larga que lo involucraba en intrigas de catedráticos en la ficticia Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann. En medio de todo eso llegó la noticia del fallecimiento de Sergio Meier, lo que me hizo cambiar rápidamente de planes. Después de meditar algunos meses sobre qué hacer con el personaje de Pablo Eleuterios, consideré que seguir utilizándolo como personaje, aunque fuera a través de cameos, era demasiado tenebroso o macabro, de modo que con un pretexto, lo hice salir de la blogoserie, probablemente para siempre. Así, en el capítulo "Lo que fue y lo que será", a inicios del Cuarto Ciclo, se menciona que Pablo Eleuterios ha obtenido una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra, país soñado tanto para el ficticio Pablo Eleuterios como para el Sergio Meier de carne y hueso. Como detalle adicional, Pablo Eleuterios menciona esto en un diálogo con Ludwica, y esto no es casualidad porque Ludwica es uno de mis personajes más queridos dentro de "Corona de Amenofis". Aunque después no se menciona si realmente llegó a viajar o no, y por lo tanto el lector es libre de creer lo que le plazca al respecto, mi opinión personal, extraoficial y no canónica es que a partir del segundo semestre del 2010 encontramos a Pablo Eleuterios en la Universidad de Oxford, cursando su doctorado. También hablando de la misma manera personal, extraoficial y no canónica, Inglaterra y la Universidad de Oxford son una metáfora de Avalon, a la que el rey Arturo fue llevado después de su muerte (Sergio Meier era fanático del mito artúrico, lo que me da tema para otro posteo posterior, quizás). Aunque soy agnóstico y no creo en la ultratumba ni en la vida eterna, si fuera creyente me gustaría pensar que Sergio Meier está finalmente en su Avalon, conversando con Arturo, con C.S. Lewis, con Leibniz, con todas esas gentes que fueron sus amigos dilectos a través de esas verdaderas máquinas del tiempo que son los libros. Y por alguna razón, no me lo imagino conversando con ningún escritor de Ciencia Ficción propiamente tal. Quizás porque Sergio Meier era mucho más que sólo un escritor de Ciencia Ficción.

domingo, 1 de agosto de 2010

Lo que natura non da...


Es, o al menos solía ser, famoso el lema de la Universidad de Salamanca en España: "lo que natura non da, Salamanca non presta". O sea, para aquellos que no les cae la teja con facilidad, si no hay talento natural, no hay educación en el mundo que pueda suplir esa carencia. En lenguaje CSI: si no hay una masa crítica de neuronas, no puede haber condicionamiento alguno, pavloviano o skinneriano, que pueda originar un proceso de inteligenciogénesis.

Me viene semejante reflexión a la cabeza, debido a la enorme proliferación de universidades que ha caído sobre el territorio nacional chileno, como una de las maldiciones bíblicas. Y las más de ellas sacan carreras de "tiza y pizarrón", lo que significa: Derecho, Psicología y Pedagogía. Después de todo, es más fácil comprar la tiza y el pizarrón, que equipar un completo laboratorio para futuros bioquímicos o ingenieros. Con lo que tales títulos, naturalmente, se han ido devaluando. Por lo que la carrera académica está marcada por una "huida hacia adelante". Antes, con Cuarto Medio se estaba en la cresta de la ola. Después, se necesitó un título universitario. Ahora vamos en el diplomado, el Magister, el Doctorado... ¿Y después qué...?

Pero no hacía todas estas sesudas y ociosas reflexiones para denunciar los males de la educación chilena, sobre lo cual se ha despotricado en todos los tonos y estilos literarios posibles, en toda clase de blogs, páginas, artículos periódisticos y conversaciones de café. Lo hacía porque pensaba en lo siguiente: si de verdad los títulos universitarios fueran tan buenos, entonces debiéramos descartar a quienes jamás han tenido uno, ¿verdad? Lo cual llevaría a algunos gigantescos absurdos. Veamos:



Entre los historiadores no sólo deberíamos prescindir de Edward Gibbon, de Nicolás Maquiavelo, del Inca Garcilaso de la Vega o de Fray Bernardino de Sahagún, sino además... ¡de Heródoto y Tucídides! ¡El "Padre de la Historia" no sería considerado como un historiador serio hoy en día, si extendiera un currículum vitae! Ya podemos imaginar la escena: "Señor Heródoto, esto de los Nueve Libros de la Historia está bien, pero usted no fue a ninguna universidad, no es licenciado en Historia ni pedagogo, así es que no podemos contratarle como docente de planta, cuánto lo siento...".

Entre los escritores, deberíamos descartar no sólo a la mayoría de los actuales, que nunca jamás han sacado una Licenciatura en Literatura, sino a la inmensa mayoría de escritores universales de antaño, incluyendo a Homero, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes y Saavedra, William Shakespeare, Honoré de Balzac... Entre los pintores, a todos aquellos que no fueron a una academia, incluyendo entre ellos nada menos que a la plana mayor de los impresionistas (de todas maneras, Leonardo, Giotto y casi todos los españoles barrocos estudiaron con maestros, dicho sea de paso, aunque Picasso, que también hizo cursos académicos, éstos no le sirvieron después de gran inspiración).

Ni hablar de los filósofos. Todos esos sesudos catedráticos en Filosofía que acumulan magísteres y doctorados, hablan sobre Platón, Aristóteles, Bacon, Descartes, y muchos otros... ¡que nunca sacaron un título de Licenciado en Filosofía!

Incluso en el plano científico, los hubo quienes fueron por completo autodidactas, incluyendo a Brunelleschi, cuya labor de arquitecto le llevó a revolucionar la ingeniería renacentista poniendo en pie la famosa cúpula de la Catedral de Florencia.

Puede alegarse que eran otros tiempos, que en aquella época la educación no estaba tan organizada, pero sin embargo... ¿alguien puede decir que entre todas esas hordas de universitarios se está larvando algún futuro genio como aquellos del pasado? Difícil decirlo, ¿verdad? Y es que esas hordas de universitarios muchas veces tratan de prestarse cosas de Salamanca, sin que natura les haya dado nada (sólo el dinero para comprarse un cartón).

Correo electrónico oficial de la Guillermocracia

Correo electrónico oficial de la Guillermocracia

Twitter oficial de la Guillermocracia

Twitter oficial de la Guillermocracia
Related Posts with Thumbnails

@Guillermocracia en Twitter

¡De pie! ¡El Himno de la Guillermocracia! (letra en trámite):