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martes, 14 de diciembre de 2010

Tributo a "Cosmos" de Carl Sagan.


No quería terminar el año 2010 sin hacerle un homenaje personal a los treinta años de un verdadero hito televisivo. Para las nuevas generaciones, el nombre de Carl Sagan puede ser un gran desconocido, pero para quienes crecimos un poco antes, y desarrollamos la inteligencia suficiente como para preocuparnos por los temas científicos aunque sea de manera somera, la serie televisiva "Cosmos" que el señor Sagan consiguió sacar adelante contra viento y marea es un referente cultural ineludible. Su primera emisión en Estados Unidos fue de Septiembre a Diciembre de 1980, pero acá en Chile se emitió algo después. Con todo, por razones de edad, no la vi en su primera emisión, sino ya bastante más avanzada la década, en una retransmisión que se emitió dentro del marco de ese otro hito cultural televisivo, ahora restringido a Chile, que fue el programa "Creaciones" con el llorado Jorge Dahm.

Mis lectores más jóvenes seguramente no entenderán la significación que tuvo "Cosmos" para su época. En 1980 no existía Internet, y la información científica era bastante escasa. Existían libros, por supuesto, pero había que comprarlos (no se descargaban). Lo mismo ocurría con las enciclopedias: en esos tiempos ya idos, había gente desempleada que podía batírselas trabajando en esa ocupación llamada "vendedor de enciclopedias". En esos tiempos más cultos, la editorial Salvat vendía en los kioskos enciclopedias en interminables retahílas de fascículos (varios cientos) que juntos, todos juntos y sin faltar ni uno, conformaban enciclopedias sobre el arte, sobre la ciencia, sobre la fauna, sobre lo que hiciera menester. Hacer un trabajo para el colegio no era asunto de copiar-y-pegar: los más afortunados y hábiles usaban unos viejos artefactos llamados "máquinas de escribir", y el resto debían hacerlo a mano, porque en esos años no había computadores personales a escala masiva. Las máquinas de escribir, huelga decirlo, eran mecánicas y no electrónicas, y por lo tanto carecían de memoria: era uno quien debía ingresar la información trabajosamente a mano, tecla a tecla. Tampoco se podían pegar ilustraciones: la clásica fuente de ellas era tomar un libro o revista y recortarla a lo bruto con tijeras. En esos años, la editorial Mundicrom se hizo un pequeño agosto vendiendo láminas recortables para los trabajos escolares, para que de este modo los padres sufrieran menos por sus libros (en esa época, a los padres les preocupaba un poquito más la cultura que ahora). En cuanto a la televisión, no existía TV por cable, y por lo tanto no habían canales especializados en ciencia, sólo lo que buenamente emitieran los canales de televisión abierta (de manera muy interesante, en esos años los jueves por la noche eran rigurosamente destinados a programas culturales, todos ellos de muy buena calidad... pero eso es otra historia). Los libros no eran fáciles de adquirir, y por lo tanto quien quisiera educarse por su cuenta, debía coger ejemplares editados diez, veinte, treinta años antes. El lector comprenderá que un libro científico de la década de 1950, con sus ilustraciones en blanco y negro que trataban de simular grabados antiguos, con mayor o menor éxito, o con ilustraciones a lápiz en color de dinosaurios o planetas, no eran un prodigio de actualización.


Ahora que he descrito un poco el marasmo cultural que era educarse en esos años, comprenderán mejor lo que significó "Cosmos" para su tiempo. Era un programa científico muy fresco. Carl Sagan tuvo la ambición de difundir todo lo que era lo último en materia de astronomía por aquellos años. Sus intereses iban por el lado de la vida inteligente en el espacio, la posibilidad de contactarse con inteligencias alienígenas, etcétera. Además, trabajó en el proyecto Voyager, que en su brevísima pasada por el planeta Júpiter en 1979 aportó más información sobre tal planeta que todo lo reunido por los astrónomos terrestres desde la invención del telescopio 370 años antes. Su programa entonces era verdaderamente "lo último".


Parte importante del impacto de "Cosmos" es la impecable ordenación de su material. Carl Sagan podía haber optado por darle épica al programa escribiendo uno que fuera otra tediosa crónica histórica desde los orígenes de la astronomía hasta "lo último". Pero no lo hizo. En vez de eso, siguió un esquema de exploración desde lo más básico a lo más complejo. Partió con un capítulo introductorio ("Las orillas del océano cósmico"), para después abordar de inmediato la cuestión de la vida. Saltó entonces a la exposición de los nuevos descubrimientos planetarios, siempre relacionados con el mismo tema: ¿hay vida, la encontraremos, cómo será...? A partir de la segunda mitad (capítulo 7, "El espinazo de la noche"), el recorrido se hace más intrincado y se amplía hacia el campo de la cosmología: la estructura de la galaxia, la matriz del espacio-tiempo, la relatividad, el infinito... Los últimos capítulos están netamente dedicados al problema de la inteligencia en una escala cósmica: ¿qué es la memoria, cómo se almacena, qué valor tienen los libros y bibliotecas, se puede construir una enciclopedia galáctica...? Y lo más importante de todo... ¿qué pasará con la inteligencia humana, qué posibilidades tiene de sobrevivir, pasaremos a una nueva edad o nos quedaremos hundidos en un cementerio termonuclear...? Había historia de la astronomía, por cierto, pero no para llenar cátedra, sino para que nos admiráramos de su inteligencia y su capacidad para ser pioneros en la ciencia: fue uno de los primeros programas en donde los héroes eran los científicos y los racionalistas, en la época que fuera. Sagan alabó a los antiguos griegos no en su imagen tradicional de filósofos barbones y algo despistados, sino como avezados investigadores científicos que le sacaban el máximo jugo y con resultados asombrosos a las limitaciones de su técnica. Su evocación de la mentalidad sobre Marte en el siglo XIX y comienzos del XX, lejos de ser burlesca o condescendiente, hace que se te meta al cuerpo todo el terror que sentían los científicos y la gente de la época hacia una fuerza desconocida (después se comprobó que los marcianos no existían, claro, pero el daño ya estaba hecho). Y su descripción de la república científica en la Holanda del siglo XVII, episodio histórico que suele omitirse o tratarse a la pasada en los grandes manuales de Historia Universal, simplemente no tiene precio.


Pero si sólo hubiera sido la exposición, "Cosmos" hubiera sido probablemente un fracaso. "Cosmos" no fue otro aburrido programa documental de la época en donde un desangelado narrador en off lanza un discurso mientras se muestran una serie de fotografías que ya para la época era posible de considerarlas como "de baja resolución". La gracia de Carl Sagan, además de su avasallador carisma personal, fue una brillante puesta en escena. Con trabajo en locaciones, incluyendo Grecia, Inglaterra, Egipto, etcétera, más algunos ejemplos y comparaciones muy sencillas y muy visuales, Sagan hizo visibles para el público las a veces muy abstractas explicaciones científicas sobre la cosmología. Utilizó también una amplia galería de efectos especiales, un poco primarios para los estándares actuales en que muchos escenarios son recreados con infografías computacionales, pero que en su tiempo eran rompedores en un programa de esas características. Mención aparte merece la excelentísima banda sonora, partiendo desde el mismísimo tema de créditos, cortesía de Vangelis en sus momentos de mejor inspiración ("Heaven and Hell"), del que además utilizó el tema "Alpha" en alguna parte. En lo personal, gracias a "Cosmos" descubrí la Marcha de Amor de "Las Tres Naranjas" de Prokofiev (me parece que la utilizó en un pasaje sobre los "monstruos" que imaginaban los navegantes del siglo XVII en tierras extrañas), así como el poderoso primer movimiento de "Los planetas" de Holst (utilizado, de manera muy apropiada porque Holst abre su obra con el planeta Marte, en el capítulo dedicado al mundo rojo).


Para las audiencias de hoy en día, "Cosmos" es claramente un programa desfasado. Sus efectos especiales son primitivos para los estándares actuales (aunque eran de avanzada para su época), su narración quizás demasiado optimista o entusiasta (Sagan era un humanista convencido de que la ciencia iba a salvar al hombre, convicción más fuerte en 1980 que en la más nihilista actualidad), y mucha información sobre otros mundos se ha acumulado desde ese entonces. Pero hay algo que sigue vivo en el programa: el espíritu de que la ciencia no es una actividad complicada, de que esforzarse en aprenderla es parte de vivir una vida decente dentro de nuestra civilización, de que la ciencia no es la caja de los demonios sino la respuesta a muchos de los problemas que hoy en día acosan a la Tierra. La sociedad del 2010 es lejos mucho más estúpida que aquella en la que se emitió el programa por primera vez, pero no es culpa de "Cosmos": estoy absolutamente seguro, y si ustedes vieron el programa podrán confirmármelo, que quienes se maravillaron con sus sencillas explicaciones y sus revelaciones científicas portentosas para la época, hoy no son gente adicta a los reality de la televisión ni a la música basura. Al igual que muchos programas científicos de hoy en día, "Cosmos" era un espectáculo, pero un espectáculo inteligente, que en ningún minuto sacrificaba el rigor y la seriedad al afán de ganar audiencias (algo en que, por desgracia, incurren algunos canales que pretenden ser científicos hoy en día, plagados de efectos nostradamus o de especiales sobre el año 2012). De muy pocos programas televisivos documentales o de ficción en cualquier época y lugar se puede decir lo que diré a continuación de "Cosmos": que fue un lujo y un privilegio haber crecido viendo sus capítulos.

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