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viernes, 31 de diciembre de 2010

MEBDU 09 - "La ira de las uvas (Ciudad del Sol, Tercera Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Siendo enviado como esclavo a Umbría, Marbod el Bárbaro termina en los viñedos. Allí, Boleslao le explica la inminente llegada de la Ciudad del Sol, en la que no habrá esclavos ni amos. Poco después, cuando Marbod el Bárbaro va a ser marcado como esclavo, éste se niega, y desata la chispa de la rebelión. Asustado, Quinto Diezmo Tributario pide la ayuda del Emperador Tiberio. Este piensa en fugarse, pero a cambio de ser nombrado prefecto de la guardia pretoriana, su asesor Sejano ofrece aplastar la rebelión por él. Marbod el Bárbaro, por su parte, es comisionado para escoltar a Publia, la hija del administrador descuartizado, quien en premio a sus bondades con los esclavos es enviada a un lugar seguro en Roma. Pero ella traiciona a Marbod, y éste emprende el camino de regreso a Umbría, para ayudar a los esclavos en su rebelión

“La ira de las uvas (Ciudad del Sol, Tercera Parte)”

A galope tendido, sacándole fuerzas de flaqueza a su caballo, Marbod el Bárbaro cubrió en un abrir y cerrar de ojos la distancia entre las cercanías de Roma y los viñedos de Umbría. No perdió tiempo en estacionar el caballo, sino que saltó desde éste y dejó que el pobre equino se detuviera allí donde pudiera.

–¡Llévenme con Boleslao! ¡Rápido!– dijo Marbod el Bárbaro, con el rostro pálido.

–¡По-русски! ¡По-русски!– le gritaron por toda respuesta, y los esclavos que habían dicho esto, se dieron la media vuelta, asustados, y se deslizaron como ratas en los insterticios de un granero, portando sendas canastas con uvas.

Marbod el Bárbaro miró entonces a su alrededor.

La Ciudad del Sol en que se habían convertido los viñedos, ahora estaba plagada por aquí y por allá por toda clase de extraños adminículos de madera a medio construir: postes clavados al suelo, poleas, ruedas de molinos, innovaciones técnicas que no existían antes de su partida. Más allá había algo que podía ser una fundición, y estaban arrasando los bosques cercanos para obtener madera; salía un humo negro, acre y fétido, desde sus inmediaciones.

En cuanto a los esclavos, no se los veía más felices. Seguían trabajando, pero se veían aún más cansados y famélicos que antes. El cazo con el cual antaño Publia les daba agua, brillaba por su ausencia; aunque, considerando la actitud altiva e insolente de Publia y los verdaderos motivos de su caridad, quizás aquello fuera lo mejor. Marbod el Bárbaro vio que se doblaban bajo canastos más grandes y pesados que antes. Caminaban espoleados a latigazo limpio, pero ahora no se trataba del látigo de toda la vida, sino del escorpión de siete colas, el que era enarbolado, para sorpresa mayúscula suya, por hombres que reconoció como antiguos esclavos, y cuyos ojos inyectados en sangre y crueldad eran aún más terribles que los abúlicos ojos de Manlio y los otros capataces.

Marbod el Bárbaro avistó en otra dirección, y vio como la casa patronal era objeto de varias obras y ampliaciones, que Mugícrates estaba supervigilando con enorme autocomplacencia.

–¡Mugícrates! ¿Y Boleslao?

Todos los esclavos se dieron vuelta, horrorizados.

–¡Ha pronunciado el Sagrado Nombre de Boleslao! ¡Y lo ha hecho en vano!– dijeron entre cuchicheos.

–¡Marbod, Marbod, Marbod!– dijo Mugícrates con autocomplacencia, caminando con pasos orondos hacia el recién llegado. Marbod el Bárbaro notó que Mugícrates había engordado. De refilón vio algunas cajas que llegaban desde afuera, y entre unas jaulas, alcanzó a divisar faisanes, cargados por esclavos ataviados con atuendos de cocina. –¡De manera que habéis dejado a Publia finalmente con sus parientes!

Marbod el Bárbaro sostuvo para sus adentros que no valía la pena enmendar el error de Mugícrates, de que Publia se había entregado sola.

–¡Debo hablar con Boleslao, Mugícrates! ¡Dime de inmediato, dónde está!

Con gesto teatral, que trataba de disimular la zafiedad de sus modales, Mugícrates apuntó hacia una gran urna. En su interior reposaba el cuerpo de Boleslao.

–Lo hemos momificado según el ritual egipcio. Ahora es el Dios Tutelar de la Ciudad del Sol. Y la casa patronal es ahora su templo de adoración y culto.

–¡Pero Boleslao no creía en los dioses! ¡Creía que la religión es la belladona del pueblo!

–¡Y lo es! Pero eso es porque las otras religiones son falsas, mientras que la nuestra es verdadera. ¡Ahora es artículo de fe, Boleslao ha muerto y ha recibido la apoteosis de manos del mismísimo Apolo! Que como todos sabemos, es el Unico y Verdadero Dios.

–¿Y esto?– dijo Marbod el Bárbaro, mostrando a los esclavos latigados e infelices, y a las máquinas que comenzaban a devorar todo el terreno antes cubierto por los viñedos. –¿Boleslao aprobó todo esto?

–¡Oh, no, por supuesto que no! Boleslao, Bendito Sea Su Nombre, creía con fervor en la llegada de la Ciudad del Sol, y de que íbamos a obtener el triunfo por la pura necesidad histórica. Pero entonces nos dijimos, si el triunfo es inevitable por la necesidad histórica, acaso podemos hacerlo aún más inevitable, quizás más rápido o con menos muertes, si lo ayudamos un poquito. Así es que, hemos estado preparando el terreno para cuando las legiones romanas vengan.

–Preparando el terreno– dijo Marbod el Bárbaro. –¿Eso tiene que ver con esos postes, y…?

–No contamos con superioridad de hombres, Marbod, así es que tuvimos que empezar a construir maquinaria de todo tipo. Estamos extrayendo agua de los pozos para crear reservas, y descubrimos algunas menas de las que extraer minerales.

–¡Estás abriendo canteras! ¡Sabes que las canteras son la muerte en vida para los esclavos!

–¡Algunos sacrificios son necesarios, Marbod!– dijo Mugícrates, severo. –Estamos instaurando la Ciudad del Sol, la más grande ciudad sobre el mundo, una en la que no habrán ni amos ni esclavos. Y no los hay. Aquí nadie es amo de nadie. Todos trabajan en los pozos y en las minas por igual.

–¿También tú, Mugícrates?

–Oh, yo… Y ellos… Pues no. Nosotros nos dedicamos todo el día a pensar y planificar. De hecho, hemos creado algunos comités. Tenemos el Comité de las Minas, el Comité de los Pozos, el Comité de Aprovisionamiento, el Comisariato de Precios…

–¡De Precios! ¡Un Comisariato de Precios! Si todos los hombres son iguales, ¿no se supone que la fortuna y la riqueza iban a ser destruidos? ¿Para qué quieren precio por las cosas?

–Es que no entiendes, Marbod. Cuando la Ciudad del Sol esté plenamente consolidada, por la dictadura del proletariado, entonces los precios no serán necesarios. Pero por ahora sí que lo son, porque estamos comerciando con los viñedos vecinos.

–¡Comerciando con… Viñedos vecinos! ¡Pero esos viñedos crean cosas con el trabajo de los esclavos! ¡La Ciudad del Sol comercia con latifundios esclavistas!

–Por supuesto…– dijo Mugícrates con toda simplicidad. –Era eso, o podíamos darnos por muertos. Ya estaban armando ejércitos improvisados para atacarnos, y no teníamos poder para defendernos, así es que tuvimos que llevar a cabo algunos convenientes tratos comerciales. ¡Fue una solución pacífica, Marbod, después de todo, y todos están contentos! Gracias a ellos obtenemos esos preciosos faisanes que sirven para la cena.

–Para la cena de todos, porque todos son iguales, ¿verdad?

–Bueno, la verdad es que… Pues no, no importamos tantos faisanes para que alcancen para todos, de manera que sólo los planificadores los consumimos. Pero cuando la Ciudad del Sol esté plenamente implementada, entonces habrá faisanes para todos. ¡Ya lo verás!

–¿Y cómo consigues que los esclavos, perdón, los ciudadanos de la Ciudad del Sol, hagan todo el trabajo sin leyes?

–¿Sin leyes, Marbod?

–Según Boleslao, las leyes eran la expresión del poder ilegítimo. Por lo tanto, las suprimiste.

–¡Oh, claro que no, Marbod! En realidad suprimimos todas las leyes antiguas, para que no haya más esclavos ni libertos, sino que todos sean hombres libres. Pero para organizar todo esto, hemos tenido que dictar leyes nuevas. Pero te aseguro que son mucho más justas y benevolentes. Nuestras leyes no estigmatizan a la gente por su nacimiento como hombre libre o esclavo. Se limitan a fijar turnos y jornales de trabajo, repartiendo el trabajo equitativamente entre todos.

–Y esas leyes dicen que algunos de ustedes deben pensar en vez de trabajar– dijo Marbod.

–Pensar es un trabajo agotador. Al final del día, después de discutir en el Comité de Legislación, termino fatigadísimo, Marbod, vieras que sí. Pero se ha visto un poco facilitado, porque hay quienes piensan de manera tan diferente, que podemos considerar saludablemente que atentan contra el régimen, y por lo tanto hemos podido ejecutarlos sin más demora. Por suerte, nuestro sistema de espionaje y delación nos permite investigar rápidamente quienes son amigos y enemigos, y así nos ahorramos la pena de ejecutar por error a alguien que pudiera ser adicto al régimen.

–¡Ejecutas a tus propios compañeros esclavos!– exclamó Marbod el Bárbaro, escandalizado.

–No son esclavos. Todos ahora somos libres. Si trabajamos duro, es para que los enemigos internos y externos del régimen no aniquilen la preciosa oportunidad histórica que tenemos, de imponer la Ciudad del Sol sobre el mundo.

Marbod el Bárbaro miró a la planicie, enormemente descorazonado. A su olfato llegó un agradable olor a carne asada, desde el interior de la casa patronal en refacciones. Pero miró hacia el exterior, hacia donde antes estaban los viñedos, y ahora estaban erigiendo toda clase de maquinarias infernales, y vio que a los ahora ciudadanos libres de la Ciudad del Sol, les estaban dando una mazamorra infecta, que en nada se condecía con la comida no especialmente buena, pero tampoco especialmente mala, de los amos esclavistas. ¿Para esto había regresado, a avisarles de que venían los pretorianos…?

Bien, al menos conservaban sus vidas. Eso era algo. Quizás las cosas mejorarían. De manera que Marbod el Bárbaro se resolvió a hablar.

–Los pretorianos vienen, Mugícrates.

–¡Les haremos frente, Marbod! Estamos listos para pelear. Nuestra sociedad es superior y la mejor, de manera que hasta el último ciudadano de la Ciudad del Sol luchará para mantenerla en pie.

Al cabo de un tiempo, llegaron los pretorianos. Se aposentaron en la entrada del valle, y desde allí avanzó un hombre en un hermoso caballo blanco, con una trompeta. Se anunció tocando la misma, y luego habló con voz alta y potente:

–¡En el nombre del Emperador, rendíos, esclavos rebeldes, y se les perdonará las vidas a la mitad de ustedes! ¡Permaneced en pie de guerra, y todos vosotros seréis aniquilados!

Los esclavos se miraron los unos a los otros.

–¡Ciudadanos!– dijo entonces Mugícrates. –¡Fijaos como os llamo yo, y cómo os llama él, tratándoos como si siguiérais siendo esclavos! ¡En Roma, vosotros sois esclavos, mientras que en la Ciudad del Sol, vosotros sois libres! ¡No necesito deciros más! Ellos son las fuerzas de la opresión, los defensores de la propiedad privada, los explotadores del hombre por el hombre. Nosotros somos la fuerza de la libertad, los paladines de la propiedad comunal, somos quienes respetamos al hombre por ser hombre. ¡Elegid vuestro lado, y luchad con todas vuestras fuerzas! ¡Porque yo os prometo, la Ciudad del Sol está ante vosotros! ¡Gloria a la Ciudad del Sol!

Los esclavos, por toda respuesta, se miraron los unos a los otros. Uno de ellos habló:

–¡Señor pretoriano! ¿Sigue en pie la oferta de respetar la vida de la mitad de nosotros a cambio de la rendición?

–¡Pero qué hacen! ¡Traidor!– chilló Mugícrates. –¡Agarren a ese traidor! ¡Contra la pared! ¡Tortúrenlo hasta la muerte! ¡Cómo te atreves a traicionar la sociedad más perfecta que se ha creado jamás!

–La oferta sigue en pie– dijo el mensajero de Sejano, sonriendo depredadoramente, mientras un puñado de guardias armados de Mugícrates se llevaba lejos al infeliz.

Los esclavos entonces se miraron unos a otros, y empezaron espontáneamente a organizarse en dos grupos.

–¡Pero qué hacen!– estalló Mugícrates. –¡Resistan al enemigo! ¡No cedan contra el imperialismo romano! ¡Están vendidos todos al oro de Roma! ¡Traidores!– gritó, y al ver que los guardias, desconcertados, no hacían nada, agarró el látigo de nueve colas, el escorpión, abalanzándose sobre la masa de esclavos y tratando de formarlos a latigazo limpio. Pero fue rápidamente reducido.

–Este es nuestro líder, hagan lo que quieran con él– dijo el esclavo que estaba erigido en negociador espontáneo, empujando a Mugícrates hacia el legado de Sejano. –Ves dos grupos. Ellos han perdido toda esperanza, así es que desean morir, y se encomiendan a los dioses para que los acojan. Y ellos, aún se sentirían satisfechos si fueran acogidos otra vez como esclavos, así es que ruegan piedad por sus vidas.

Al ser informado de los términos de la rendición, Sejano aceptó. Todos los esclavos fueron encadenados, para ser llevados a Roma, los unos para ser entregados nuevamente a Quinto Diezmo Tributario, y los otros para ser ejecutados sin grandes penalidades, las cuales se reservaban, por supuesto, para Mugícrates, quien chillaba y babeaba ahora sólo incoherencias, al tiempo que vomitaba de terror, cayendo una lengua de faisán en medio de toda aquella masa que echó por la boca.

En cuanto a Marbod el Bárbaro, cuando le echaron la mano encima, los pretorianos recibieron una importante lección. A puño limpio, y haciéndose con un gladio de paso, para compensar la espada que le arrebatara Quinto Diezmo Tributario, se abrió paso entre los pretorianos, y marchó hacia Roma. Había terminado en Umbría, y era tiempo de ir a por Betsabé, pero como un hombre libre.

Apenas Sejano se informó del incidente, preguntó por la identidad del hombre.

–Marbod el Bárbaro, ¿eh? Recordaré ese nombre– dijo Sejano, al recibir respuesta, y luego añadió mostrando fieramente los dientes al sonreir: –¡Oh, sí, lo recordaré…!

Próximo capítulo: “Un sitio demasiado tranquilo”.

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