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viernes, 17 de diciembre de 2010

MEBDU 08 - "La República del Sol (Ciudad del Sol, Segunda Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Marbod el Bárbaro, tomado a la mala como esclavo por Quinto Diezmo Tributario, es destinado a los viñedos de Umbría, pero Marbod evita rebelarse debido a que ha quedado impresionado por Betsabé, una bella esclava judía. En los viñedos, Marbod escucha la doctrina de Boleslao, un escita que predica la inminente llegada de la Ciudad del Sol, en la que amos y esclavos desaparecerán para siempre. A la mañana siguiente, Piojosis llega a vigilar los intereses de su amo, en particular sobre Marbod, pero cuando intentan marcarle con un hierro al rojo vivo, éste marca en la frente a Manlio, el capataz, al tiempo que los esclavos se rebelan

“La República del Sol (Ciudad del Sol, Segunda Parte)”

Marbod el Bárbaro vaciló por un instante. Si se veía arrastrado a la rebelión, la ya remota posibilidad de acceder otra vez a Betsabé se perdería, quizás para siempre. Pero por otra parte, él era el más fuerte y honorable del grupo, y por lo tanto, éste necesitaría su ayuda. Al instante siguiente, avergonzado ante sí mismo por no honrar los nobles ideales en los cuales había sido educado desde la niñez, se lanzó de lleno a pelear por la causa de la justicia y la libertad de los esclavos.

Piojosis, observando que el escenario podía ponerse malo, no esperó a ver si el administrador conseguía restaurar el orden o no; deshonrando a cuatro mil años de honorables ancestros egipcios inventores de civilización, Piojosis puso pies en polvorosa, con Manlio corriendo por detrás; nada unía a ambos, por supuesto, salvo el deseo común de ponerse a salvo de la ira de Marbod el Bárbaro.

Dando grandes voces, sacando fuerzas del terror animal de quien hasta hace un segundo atrás se ha sentido dueño del terreno, el administrador llamó a otros capataces. Estos comparecieron rápidamente, y con látigos y aún espadas, formaron un cerco en torno al administrador y su hija, protegiéndole.

–¡Ya está!– dijo Marbod el Bárbaro. –¡Estáis a salvo! ¡Podéis retiraros!

–¿Retirada? ¡No! ¡Los mataremos! ¡Los mataremos y asaremos!– gritó Mugícrates, completamente fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre.

Ante esto, el administrador lanzó una arrogante orden:

–¡Mátenlos!– chilló, con espuma chorreándole por la boca. –¡Mátenlos a todos!

–¡No, padre, no!– dijo Publia, asustada.

Los capataces avanzaron. Los esclavos retrocedieron, atemorizados. Marbod el Bárbaro avanzó.

Tres o cuatro látigos volaron por el aire. Marbod el Bárbaro los soportó estoicamente mientras agarraba uno de éstos. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!! El látigo que tenía agarrado en la mano, Marbod el Bárbaro lo tiró y lo hizo culebrear, enredando así los otros látigos e impidiendo una segunda descarga. Luego, arrojando el látigo al aire, lo agarró con presteza por el mango, y latigó las manos de sus enemigos. Esquivó una espada, y con el látigo agarró la hoja de la misma en el aire. Luego, enarbolando la espada capturada, se lanzó contra el pelotón. Un espadazo, un cráneo hendido, otro espadazo, un brazo rebanado. A quienes no podía alcanzar con la espada, por poder zanjar tan solo uno a la vez, los golpeaba con el hombro. Al último, mientras imploraba piedad con la mano crispada en alto, Marbod el Bárbaro le clavó la espada en el pecho, con todo el peso de su cuerpo, arrancándole un último ahogado estertor.

Los esclavos, paralojizados, no reaccionaron; Boleslao estuvo a punto de decir algo, pero Mugícrates lanzó un grito violento, y con esto, los esclavos se arrojaron sobre el administrador.

Guiado por un sentimiento humanitario, Marbod el Bárbaro intentó recoger al administrador para protegerlo, pero esto no consiguió hacerlo sino rescatándolo pieza por pieza, en medio de la turba de esclavos que se arrojó encima suyo y lo linchó adecuadamente.

Temiendo por la buena Publia, Marbod el Bárbaro se volvió hacia ella, pero descubrió que estaba llorando a lágrima viva, sin querer ver a su padre trozado como un lechón, siendo ella consolada por un paternal Boleslao, que en esa hora de triunfo, lucía más grande que la vida.

–¡También a ella debemos matarla!– dijo Mugícrates, lleno de violencia, y con ojos morbosos. –¡Debemos matarla, pues maldito no es sólo éste, sino también toda su raza!

–¡No!– dijo Boleslao. –Porque ella ha sido bondadosa con nosotros, y no hemos de contestar al bien con el mal. En vez de ello, enviaremos a los mejores de nosotros para escoltarla y protegerla, a que la recojan sus familiares.

Y como Mugícrates intentara protestar, añadió Boleslao:

–¿Es que acaso olvidas las bondades y atenciones de que hemos sido objeto por parte de ella? ¡En verdad dicen que las raposas tienen cuevas en las que refugiarse, mas el hombre y la mujer de buena voluntad no tienen un pedazo de tierra en donde reposar la cabeza!

Y luego, más grande que la vida y que la muerte, iluminado de resplandor divino, Boleslao se levantó, y con gesto marcial acalló a los esclavos, diciendo:

–¡Salud, en el día de la liberación! ¡Porque en verdad os digo, he aquí llegada la hora! ¡Ved frente a vosotros, esos viñedos ya no son de esclavitud! ¡Esos viñedos son ahora la República del Sol! ¡Mirad, mirad y exultaos, porque la Ciudad del Sol está ante vosotros!

Los esclavos, pletóricos de emoción, se arrodillaron enfrente de Boleslao. Mugícrates, rumiando amargura, hizo lo propio. Pero luego, arrodillado, vio que Marbod el Bárbaro seguía de pie; era el único, aparte de Boleslao.

–¡Mira, Maestro!– dijo Mugícrates, con la envidia rebosando su copa. –¡Este hombre se niega a rendirte culto como nuestro Libertador! ¡Este hombre debe morir!

–¡Este hombre es quien nos ha dado la libertad! ¿Y así lo castigas?

Mugícrates mugió de disgusto. Pero luego añadió:

–Entonces, si es tan sagrado, debería ser él quien escolte a Publia, ¿no?

Había maledicencia en sus palabras, porque con ello, podría alejar a Marbod el Bárbaro, quien le hacía sombra, pero también podía crear la oportunidad de que éste abusare de Publia, y con ello, tener después motivo para acusarle y perderle.

–¡Yo escoltaré entonces a Publia, si así me lo pedís!– dijo entonces Marbod el Bárbaro, feliz de salir de allí, y tener una oportunidad de ir a buscar a Betsabé.

Algo después, luego de una tensa, pero no tan larga (el susto la hizo corta) carrera desde Umbría hasta Roma, Piojosis y Manlio se presentaron en la residencia de Quinto Diezmo Tributario.

–¡Malas noticias, oh, poderoso amo!– dijo Piojosis, arrojándose tembloroso a los pies del inválido Quinto Diezmo Tributario. –¡El estúpido de tu administrador ha generado toda una rebelión, y tus esclavos marchan ahora sobre Roma para matarte, diciendo “A este mal amo que hemos tenido, lo ajusticiaremos nosotros por nuestra cuenta”!

Al oir nuevas semejantes, entre veraces y exageradas, Quinto Diezmo Tributario palideció.

–¡Llevadme, llevadme entonces al Palacio Imperial! ¡Llevadme, he dicho!

Un poco después, llevado en un palanquín, Quinto Diezmo Tributario llegó hasta el Salón Real. Este hormigueaba de gente cargando líos y bártulos de toda clase. Anonadado por el espectáculo, Quinto Diezmo Tributario deslizó una sigilosa moneda en la mano de un esclavo.

–El Emperador está haciendo los últimos preparativos para mudarse a Capri– informó el esclavo, solícito.

Apareció Tiberio.

–¡Quinto Diezmo Tributario!– dijo, con voz cansada, el Emperador, un hombre regordete y de mejillas fofas, y mirada opacada por las amarguras de la vida. –¡Mi mejor publicano! ¡Que os trae por aquí!

–¡Mi César, mi Emperador! Por años os he servido fielmente, hasta que el infortunado accidente con el esclavo que os he referido, el tal Marbod, me ha traído a este estado. Y ahora que soy viejo e incapaz de valerme, he aquí que mi propia gente me traiciona. Los esclavos de mis viñedos en Umbría se han sublevado, y vienen a Roma.

–¡A Roma!– dijo Tiberio, con un gesto entre cínico y desesperado. –¡Esta Roma ingrata, que en nada agradece que la tenga en paz y tranquilidad! ¡Esta Roma que me odia por ser civilizado, y no proporcionarle diversiones brutales como juegos de gladiadores! ¡Que arda esta Roma, si debe arder! Desde Capri, habré de estar en paz y tranquilidad, para regir el Orbe Terrarum y administrar la herencia de mis ancestros.

–Pero, señor– dijo viperinamente una figura que había aparecido por detrás de Tiberio. –No podeis dejar que este mal ejemplo cunda. Si hoy se sublevan los de la Umbría, después se sublevarán los de la Campania, el Samnio, y al último, pero no para mejor, los del Lacio. Cuando eso pase, no estaréis seguro en Capri, sino en Creta, ¿y quién dice que los esclavos rebeldes no puedan construir o robar sus propias naves, e ir a buscaros allá…?

–¿A Capri, Sejano? ¿A Capri, y también a Creta…?– preguntó Tiberio, asustado.

–Debéis ser firme, mi Emperador. Vos mismo lo habéis dicho, le dais paz y tranquilidad al Orbe Terrarum. ¿Dejaréis que por un día de sublevaciones, la obra vuestra de más de diez años se desplome? ¿Recordarán al Divo Tiberio, puesto entre los dioses, como el administrador de diez años de paz, o el aniquilado por un día de perdición?

–¡Pero qué debo hacer!– preguntó Tiberio, angustiado. –¡Mi fiel Druso, el hijo en el cual confío todas mis bendiciones, está de campaña militar en Germania! ¡No alcanzará a llegar hasta Italia antes de que los esclavos marchen sobre Roma!

–Dejadme, señor, nombradme prefecto de la guardia pretoriana, y ya veréis como yo erradicaré a esos revoltosos. Porque yo os digo, señor, no debemos dejar que los elementos disolventes del sistema avancen, o pondrán todo lo que tenemos, nuestras posesiones y bienes, y aún nuestras familias, en peligro. ¿Acaso por inacción dejaréis que la República entera, todos nuestros valores democráticos, la libertad de opinión que tanto amamos y que vos tan bien respetáis, como suprema gracia para vuestros súbditos, se convierta en libertinaje? ¡Vuestro régimen asegura el orden y la estabilidad, bases fundamentales para el funcionamiento de la República, y tales cosas no deben ser sacrificadas por debilidad! ¡Por eso, César, os ruego, dejadme marchar contra los revoltosos, y grande gusto tendré en aplastar esta sedición en contra vuestra, y en contra de vuestro trono!

Tiberio miró a Quinto Diezmo Tributario. El gordo e inválido publicano, que otrora tantos y tan suculentos impuestos había recaudado para sus arcas fiscales, le miraba con ojos grandes y acuosos, todo él hecho temor (y todo él, considerando su gordura, era temor bastante para llenar una sala entera, si ello era preciso).

–Bien– dijo Tiberio. –Sejano, os nombro Prefecto de la Guardia Pretoriana. Y quiero a esos esclavos crucificados a lo largo de la Vía Salaria. ¡Pero os digo, Sejano, que no quede ninguno, absolutamente ninguno, que después pueda reprochármelo!

–Así se hará– dijo Sejano, sonriendo lobunamente.

Mientras tanto, considerando que “todos los caminos conducen a Roma”, Marbod el Bárbaro había escoltado a Publia bajo la sana idea de que encontraría a los parientes de ella en Roma porque hacia allá tenían que conducirlos los caminos, y también ellos llegarían hasta allá, siguiendo esos mismos caminos. Como Publia, al vivir en el campo, había mostrado interés en la equitación, habían podido sacar dos caballos, y de esta manera, Marbod el Bárbaro había podido escoltarla al paso por los caminos.

Marbod el Bárbaro, para entretener a su compañía, había intentado charlar de cualquier tema que no resultara indecoroso para una mujer de alcurnia, pero ella se negaba a contestar palabra, con la mirada perdida, todavía impactada por los recientes acontecimientos, y tocando como un amuleto de tarde en tarde uno de los dedos de su padre, que Marbod el Bárbaro pudo rescatar para ella de entre los miembros descuartizados del administrador, y que ella llevaba colgado a su cuello.

–¿Sabes, Publia? Creo que me siento bien por haberte encontrado. Creía que los de tu clase… por todo lo que he visto… Tu gentileza es incomparable, no se parece en nada a la inhumanidad de la gente de tu clase. En verdad tienes el corazón de oro.

Ella habló entonces por primera vez, y lo hizo con toda la amargura de su corazón.

–En cambio ustedes, esclavos, lo tienen negro, negro como la ceniza más negra de todas. Son… son… no son más que una chusma sangrienta. ¡Maldito el día en que pensé en ser caricativa y misericordiosa con ustedes, en que sentí lástima de ustedes! Debí haber sido mejor con el látigo y con la espada, así mi padre se hubiera salvado.

–Tu padre era un hombre sin ética ni moral, un opresor. Merecía morir– dijo fríamente Marbod el Bárbaro.

–¿Merecía morir, dices? ¡La vida de mi padre valía la que cien de ustedes! ¡Podía recitar la Eneida y a Horacio de memoria, mientras que ustedes sólo conocen las canciones de borrachos sobre mujeres perdidas!– restelló Publia. –¡Cómo osas compararte con nosotros!

Marbod el Bárbaro estaba ahora desconcertado, pero no tuvo tiempo para replicar, porque delante suyo aparecieron los resplandores y destellos de decenas de cascos con penachos: eran las cohortes pretorianas, movilizadas desde Roma a Umbría.

–¡Por Odín, debo avisarles a los esclavos!– dijo Marbod el Bárbaro, palideciendo. –Pero también debo escoltaros– le dijo a Publia.

–¡Oh, por mí no te preocupes, esclavo!– gritó Publia, y espoleando a su caballo, galopó al encuentro de las cohortes, mientras gritaba: –¡Un esclavo, un esclavo, aquí tienen a un esclavo!

–Eso lo decide todo– dijo Marbod el Bárbaro, apretando los dientes y devolviéndose. Podía rodearlos y pasar a Roma para buscar a Betsabé. Pero también era su deber moral avisar a los esclavos sobre el peligro que se avecinaba. Cualquiera otro hubiera optado por el primer camino, pero Marbod el Bárbaro tenía esa gran estatura moral, raramente vista entre los seres humanos, de manera que detuvo su caballo, se devolvió, y lo espoleó. Su lucha apenas empezaba.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ.

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