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viernes, 10 de diciembre de 2010

MEBDU 07 - "¡¡Paraíso, ahora!! (Ciudad del Sol, Primera Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Por un malentendido, Marbod el Bárbaro termina siendo esclavizado por Quinto Diezmo Tributario, a quien ha dejado inválido en las Termas de Caribarbudo. Piojosis, el mayordomo de Quinto Diezmo Tributario, ordena que sea enviado a los viñedos de Umbría. Marbod el Bárbaro intenta rebelarse, pero entonces conoce a Betsabé, una bella esclava judía, y decide mantenerse sumiso, al menos hasta tener la oportunidad de regresar a por ella, aunque se entera de que, según la ley romana, no puede tomarla como esposa en su condición de esclavo. Ahora, en los viñedos de Umbría, escucha la prédica de Boleslao, quien habla sobre la llegada, por necesidad histórica, de la Ciudad del Sol sobre la Tierra

“¡¡Paraíso, ahora!! (Ciudad del Sol, Primera Parte)”

Marbod el Bárbaro preguntó cómo era aquello. Boleslao, extasiado por tener nuevo público para su prédica, no sólo puso los ojos en blanco para parecer en trance con la divinidad, sino que además, se esforzó especialmente en ello. Y habló de esta manera:

–Sabed primero, que yo era un rudo guerrero de las llanuras de Escitia. ¡Oh, cuán bruto era en ese entonces! ¡Cuán poco entendía de las cosas de este mundo! Creía que todo podía ser resuelto con mi espada, a la manera del Teménida que otrora cortara el nudo gordiano.

Para Marbod el Bárbaro, la referencia a Alejandro Magno pasó inadvertida. Además, no veía qué de malo tenía arreglar las cosas con un buen golpe de espada. ¡Es un método que, con los individuos moralmente inferiores, funciona tan bien…!

–Pero entonces, he aquí que llegaron las legiones romanas, paseando un día por mis tierras nobles de Escitia. ¡Cuánto se me encogió el corazón entonces! Con grande denuedo luché para defender mi Tierra Nativa, la Tierra Sagrada, mas el poder superior del romano tumbóme rápidamente. Me acogió la Tierra en su seno, y no pasé entonces por la atrocidad de ser convertido en esclavo, sino que fui bendecido con la gloria de caer muerto en batalla.

–Pues yo lo veo bien vivo– musitó Marbod el Bárbaro, pero lo dijo tan solo para sí, y en la oscuridad de la noche, nadie notó que musitaba con los labios.

–Abrí entonces los ojos, y una claridad cegadora estaba sobre mi. Entendí entonces que había llegado a la Ciudad del Sol, porque a mi alrededor habían bellos seres eslavos, hablando una bella lengua que no entendía, pero que debe ser aquella de los polevik, los espíritus bienhechores del campo, y el hombre que estaba delante de mí, en una gran pintura, con bigote, custodiado a cada lado por una hoz y un martillo, ése no debía ser otro sino Svarog, el Dios del Sol y el Ser Supremo, aunque en aquella Ciudad del Sol le daban un nombre en su idioma, que sonaba algo así como “Svalin” o “Stalin”… ¡Era tan bello, todo aquello que veía a mi alrededor…! Vastos campos y sembradíos, idílicos, llenos de trigo hasta reventar, con extraños artefactos que funcionaban con la magia de los dioses haciendo la siembra y la cosecha, sin esclavos… Aquellos polevik me llevaron hasta su Palacio, que estaba entero construído en metal, y bruñido por la luz del sol, y en ese Palacio me cambiaron las ropas y me alimentaron. Empecé incluso a entender palabras sueltas de esas lenguas seráficas, y así es como comprendí que aquellos polevik decían que yo había estado muerto nada menos que 2000 años. Y entonces entendí… ¡Porque la verdad, hijos míos, no es que tengamos que esperar a la muerte para gozar de la Bienaventuranza, sino que ésta se encuentra en el futuro!

Marbod el Bárbaro lo miraba como si realmente se hubiera vuelto loco, pero le dejó hablar.

–Cuando abrí los ojos, estaba de regreso aquí y ahora, donde me ven. Apabullado por lo grande de mi visión, me levanté y empecé a caminar. Quería entender qué era aquello que había sucedido, por qué había sido bendecido por la gracia, y por qué había sido expulsado de ella, cosa que me causaba una grande aflicción. Así, vagué de Escitia a la Dacia, de la Dacia a la Tracia, de la Tracia a la Tesalia, de la Tesalia al Atica, y así llegué a Atenas, en cuya Academia estudié la gran ciencia que es la Filosofía.

A Marbod el Bárbaro le habían hablado sobre aquello que en el Imperio Romano llamaban “Filosofía”, durante su educación en la Germania. En pocas palabras, le habían dicho que se trataba de aplicar las palabras a los problemas que eran más efectivos de resolver con la espada.

–Entendí entonces, gracias a los filósofos, que los seres humanos somos todos iguales, y por lo tanto, debemos todos tratarnos como hermanos. Y en verdad, así era en el principio de los tiempos, cuando el Cielo y la Tierra fueron creados. Pero después, el hombre inventó la propiedad privada, y empezó a marcar a su ganado, y ponerle cerco a las tierras que los dioses han hecho comunes a todos. Y cuando empezó a disputar por la posición de los cercos y por las marcas del ganado, empezaron a cercarse entre ellos mismos y a marcarse entre ellos mismos, y así nació la esclavitud.

Marbod el Bárbaro empezaba a encontrar toda clase de reparos a estos planteamientos, pero siguió escuchando en silencio.

–Y en verdad, dicha esclavitud es ilegítima. Porque se basa en que un hombre se adueña de medios de producción, la tierra y el ganado, que los dioses han hecho comunes a todos los hombres. Por lo tanto, estos bienes generan una plusvalía, que el dueño de las cosas debería compartir con sus esclavos, porque las cosas son de todos, pero como no lo hace, dicha plusvalía es inmoral, y constituye explotación. Y para asegurar esta plusvalía, inventó toda una superestructura de clases sociales: el Estado es el guardián de la explotación, las leyes son la expresión del poder ilegítimo, y la religión es la belladona del pueblo, para que los esclavos no se subleven, amparados en la creencia de que sus miserias en este mundo se compensarán con la felicidad ultraterrena.

Marbod el Bárbaro notó la contradicción entre la prédica atea de Boleslao, y la narración inicial de su viaje a la Ciudad del Sol, el señorío de Svarog. Pero Boleslao, cada vez más arrobado por su propia narración, siguió ahora con tono de grandeza altisonante:

–Pero yo os digo, que la explotación del hombre por el hombre genera contradicciones, y son las contradicciones del sistema las que llevarán a una dialéctica materialista en la que, a medida que madure el sistema esclavista, las clases inferiores se subleven y se apoderen de los medios de producción, creando así la dictadura del proletariado, como paso necesario antes de la llegada de la Ciudad del Sol. ¡Y yo os digo, esto no es sólo una esperanza! ¡Esto es una necesidad histórica! ¡Es tan necesario que esto suceda, como que el día suceda a la noche! ¡Y ese día, todos nosotros seremos libres! Y en verdad os digo, algunos de vosotros no llegaréis a gustar de la muerte, antes de que la Ciudad del Sol esté entre nosotros…

Aquella noche, la barraca entera de esclavos durmió como si hubieran consumido belladona.

Todos, excepto Marbod el Bárbaro. Todo aquel mito de la Ciudad del Sol le parecía de un exotismo curioso. Pero aún así, suponiendo que de verdad Boleslao hubiera viajado a la Ciudad del Sol, todo le olía a chamusquina. ¿Todos los seres humanos, iguales…? ¿De dónde había sacado una estupidez semejante? ¿Acaso el delincuente es igual que la víctima, y deberíamos tener idénticas consideraciones con ambos? ¿Acaso el mentiroso debe ser tan respetado como el que dice la verdad? Y si todos los hombres son iguales, ¿acaso esos malvados dueños de plantaciones y esclavos que se apoderan de la plus… la plus… la plusvalía, eso era, esos malvados que se apoderan de la plusvalía, no debían ser tan respetados como los esclavos mismos? Y si en verdad la propiedad privada era el origen de todos los males, ¿por qué los seres humanos habían renunciado a la propiedad comunal, en primer lugar? Y si habían sido engañados, ¿cómo podían haber sido tan inocentes de caer en la trampa, mientras que otros eran tan malvados que habían podido tejer dicha trampa? Marbod el Bárbaro movió negativamente la cabeza. Todas esas historias sobre la Ciudad del Sol eran bellísimas, pero no eran más que otro sueño mitológico adicional. Al menos, sus propios dioses, Odín, Thor y Freyja, existían en la realidad. Y sus promesas eran mejores: si realmente te esfuerzas en la batalla y vives con honor como un hombre libre, no te llevan a una Ciudad del Sol en donde todos son iguales, sino a un Valhalla en el cual los mejores guerreros se transforman en el Ejército de Odín, listos para luchar contra éste en el dantesco Ragnarrok que acabará con el mundo. ¡Eso sí que es religión, y no el cultito campestre de Boleslao…! Y con estas reflexiones, Marbod el Bárbaro acabó por dormirse.

A la mañana siguiente, el Sol que Boleslao adoraba bajo el nombre de Svarog, ascendió una vez más sobre los viñedos de Umbría, tocando cada grano de uva con lujuria, e iluminándolos como el rubor en las mejillas traiciona la castidad de la novia. Este bello paraíso natural fue interrumpido, por supuesto, por el chasquido del látigo del capataz.

Los esclavos se formaron a la entrada del viñedo. Ante ellos pasó una hermosa dama romana, de un perfil vagamente reminiscente de alguna escultura griega.

–¿Y ésa, quién es?– preguntó Marbod el Bárbaro, al esclavo que le seguía.

–Es Publia, la hija del administrador. Siempre, antes de entrar a la plantación, nos hace formar a todos los esclavos y nos permite beber un cazo de agua, antes de ir al trabajo.

–¿Y su padre… el administrador… permite eso…?

–¡Oh, no! Se irrita y se enfada mucho. Pero Publia tiene el corazón generoso, y se empeñó tanto, que se salió con la suya. Además, nos cuida y nos atiende cuando estamos enfermos o heridos.

Marbod el Bárbaro observó que el capataz observaba a Publia con gesto de fastidio. Sin embargo, era la hija del administrador, así es que… ¿qué podía hacer al respecto?

Cuando llegó el turno de Marbod el Bárbaro, Publia le miró a los ojos, y se sintió levemente perturbada. Sus manos temblaron cuando le extendió el cazo.

–¡No la mires tanto, esclavo!– gritó el capataz, enarbolando el látigo y listo para soltarlo.

–¡Manlio!– reprendió Publia al capataz, con voz de niñita mimada, al tiempo que clavaba en éste una dura mirada con sus expresivos ojos. Luego de una pausa teatral añadió: –Ese látigo, ¿lo piensas usar para latigar a este pobre hombre? Porque si él llega a esquivarlo, me darás a mi.

Manlio, el capataz, barruntó algo entre dientes, hizo un movimiento de fastidio con el brazo que empuñaba el látigo, pero terminó guardándolo con renuencia.

En ese minuto apareció el administrador, junto a otro hombre. Marbod el Bárbaro lo reconoció. Eran los feos rasgos de Piojosis, el administrador principal de Quinto Diezmo Tributario.

–¡Hija, otra vez dándole agua a los esclavos! ¿Crees que el agua nos la regalan los dioses, en las vertientes? ¡No, hay que ir a buscarla!

–¡Pero padre, estos hombres trabajan todo el día por un puñado de miserable grano, y tienen sed! ¡Necesitan de nuestra caridad!– dijo Publia, con modales de niña mimada.

Mientras tanto, sin prestar atención a las cuitas familiares de Publia y el administrador, Piojosis miró a Marbod el Bárbaro, levantando el mentón y enarcando las cejas. Luego, habló con voz chillona, y tono de estar leyendo algún aburrido decreto oficial.

–¡Nuestro amo quiere que se le preste especial atención a este esclavo! ¡En particular, le quiere en los oficios y labores más pesados!

–Precisamente íbamos a cavar nuevos pozos. Es grande y fuerte, y sus músculos podrán…– dijo el administrador.

–¡Bien!– interrumpió Piojosis con sequedad, y con un desagradable sonsonete nasal. –¡Veo que no lo han marcado!

–¡Oh, no, señor! Esperábamos vuestra llegada para que pudiérais contemplarlo, y reportarlo a nuestro patrón– dijo el administrador, con zalamería.

Y luego, sin hacerse repetir la instrucción, le hizo una seña al capataz. Manlio partió a buscar los enseres de marcaje. De manera que puso una barra al rojo vivo sobre un brasero, y empezó a esperar.

–¡Esperen un minuto!– dijo Marbod el Bárbaro. –¿Marcar? ¿A un hombre libre?

–¡Silencio, esclavo!– dijo Piojosis. –¡No eres un hombre libre, eres un esclavo según las leyes romanas!

–¡Pero no tiene marca!– intervino Publia. –¡Ante la ley romana, aún es un hombre libre!

Marbod el Bárbaro abrió la boca. ¡Aún tenía posibilidades, entonces! ¡Quizás, hasta pudiera desposar a la bella Betsabé…!

–¡Silencio, hija!– gritó el administrador, furioso.

–Debes educar mejor a tu hija– dijo Piojosis, con tono falsamente condescendiente.

–Entonces, si soy libre, puedo marcharme– dijo Marbod el Bárbaro, y empezó a caminar con calma.

Manlio entonces, con un rápido movimiento, sacó el látigo y descargó un golpe. Este cayó sobre la espalda de Marbod el Bárbaro, pero éste apenas se inmutó, a pesar de que un hilillo de sangre corrió por sobre su broncíneo hombro derecho.

–¡Bien hecho!– dijo Piojosis, evidentemente divertido. –Somete a ese esclavo, Manlio.

Marbod el Bárbaro se dio entonces la media vuelta. Su mirada se clavó en Manlio. Este intentó retroceder, y descargó un nuevo latigazo, esta vez al rostro. Marbod el Bárbaro agarró entonces el látigo. Bien aleccionado por la última vez, Manlio lo soltó esta vez. Marbod el Bárbaro despreció servirse del arma que había capturado, y la arrojó al piso con ira. Siguió avanzando, imparable como un golem. Manlio se acercó al brasero, y tomó el hierro al rojo vivo. Hizo un par de fintas, para mantener alejado a Marbod el Bárbaro, pero éste consiguió coger el hierro por la mitad, de un seco tirón lo arrancó de las manos de Manlio, lo dio vuelta en el aire sin dificultad, y apuntó de manera seca y directa. Un horroroso grito salió de la garganta de Manlio, quien ahora tenía la marca de los esclavos puesta como un sello indeleble sobre su frente.

Todo hubiera podido acabar ahí. Pero no resultó de ese modo. Porque Mugícrates, aprovechando el ambiente electrizado, gritó:

–¡¡¡Libertad!!! ¡¡¡Libertad!!! ¡¡¡Libertad!!!

Los esclavos, como a un solo grito, estallaron. Y empezó la revuelta.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ.

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