viernes, 3 de diciembre de 2010

MEBDU 06 - "Marbod esclavo".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Marbod el Bárbaro llega a Roma en vísperas de la celebración de las Saturnales. Allí interactúa con una serie de pintorescos personajes, incluyendo a Febo de Rímini, al historiador Polibio de Megalópolis, y a Ariaramnes, un venerable anciano que predica el Mitraísmo. Finalmente llega hasta una amplia residencia en la cual, por un malentendido, termina siendo legalmente esclavizado por Quinto Diezmo Tributario, uno de los más importantes hombres del Gobierno, y que frente a Marbod el Bárbaro sólo tiene una palabra en mente: Venganza

“Marbod esclavo”

Marbod el Bárbaro despertó sintiendo cómo su cabeza giraba y daba vueltas; apenas intentó moverse, un agudo dolor en la zona posterior del cuello le reveló que había sido golpeado. Intentó recordar. En efecto, había luchado por su libertad, para zafarse de la gente de Quinto Diezmo Tributario. Lo hubiera logrado, porque después de todo era Marbod el Bárbaro, pero por otra parte, había resbalado en el asqueroso embadurnado de Quinto Diezmo Tributario, y arrojándosele encima, le habían inmovilizado y… Ah, sí, el dolor en el cuello, las estrellitas flotando en un cielo tornasolado fundiéndose a negro…

Se levantó y descubrió que estaba ataviado con un simple faldellín, y con su gruesa musculatura germánica al aire. También le habían sacado su espada.

Pero eso no iba a detenerle. Después de todo, él era… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!! Así es que se lanzó contra la puerta, dispuesto a quebrarla, si era preciso.

No era necesario. Estaba cerrada, pero sin tranca. De manera que Marbod el Bárbaro pasó estrepitosamente hacia el otro lado, chocó contra una pared, y en su camino hacia el recio golpe contra el suelo, pasó a llevar una delicada cerámica, cuyos pedazos quedaron ampliamente regados.

Un hombre flaco y estirado, que apretaba el puño contra su pecho al tiempo que señalaba los fragmentos con el índice muy estirado, y que hablaba latín con un fuerte acento que Marbod el Bárbaro no fue capaz de reconocer, le dijo con altisonante desprecio:

–Eso lo pagarás con tu salario… ¡Oh, sí! Se me olvidaba… ¡Eres un esclavo, no tienes salario!

Y se fue con una risita burlona.

–No te preocupes– dijo una voz femenina tras Marbod el Bárbaro. –Es egipcio, se llama Piojosis, y es el mayordomo.

Marbod el Bárbaro miró tras suyo, y al ver una hermosa figura de grandes ojos y labios gruesos, con piel de un delicado tono oliváceo, recién reparó en que estaba sobre su panza en el suelo como una rana, una posición muy poco delicada para presentarse ante una chica tan bella.

De manera que Marbod el Bárbaro se paró.

–Eres el esclavo nuevo, ¿verdad?– preguntó la chica. –No vi que te compraran…

–Todo esto es un malentendido. Como todos entraban y salían de la casa, entonces yo hice lo mismo… Se suponía que todo era una fiesta. Soy Marbod.

–¡Marbod! ¡Un germano! Aunque sí, debí adivinarlo por esa barba rubia…– dijo la chica, con tono amable, pero con más simpatía que coquetería. –Yo soy Betsabé.

–¡Betsabé! Nunca había escuchado un nombre así.

–Es judío. Soy una esclava judía.

–Ah– dijo Marbod el Bárbaro. –Y bien…

–¡Ahí viene Piojosis!– interrumpió Betsabé, y salió corriendo con premura.

–¡Esclavo…!– dijo Piojosis, con un desagradable sonsonete nasal. –Después de ver tu musculatura y tu torpeza, hemos decidido Quinto Diezmo Tributario y yo que no eres apto para el trabajo doméstico. De manera que irás afuera, a trabajar en el campo. Te sacaremos de aquí y te enviaremos a los viñedos en las laderas de Umbría…

Un par de esclavos tras Piojosis avanzaron, con grilletes abiertos, para apresar en ellos los miembros de Marbod el Bárbaro. Este retrocedió por un instante, pero luego recordó a Betsabé. ¡Dios, qué mujer tan bella! ¿Cómo es que no habían mujeres así entre los germanos…?

Imágenes de sus poderosos puños quebrando el gaznate del engreído egipcio y del par de debiluchos que lo secundaban, pasaron por la mente de Marbod el Bárbaro. Pero luego, suspirando, extendió los brazos y se dejó engrillar.

Ahora, a la luz del día, la ciudad de Roma lucía populosa, sucia, ruidosa y triste. Era una jungla de ínsulas, mansiones, carros precipitándose con prepotencia, palanquines, legionarios con penachos, pícaros mugrosos, baldosas llenas de basura, podredumbre, etcétera. Marbod el Bárbaro, llevado con grilletes, con la cabeza gacha, casi se sintió aliviado de salir de la ciudad.

Lo llevaban a pie, con sus captores también caminando por la vía. La caravana de esclavos, la mayor parte de ellos hambreados y con la mirada extraviada, se cruzaba con toda clase de viandantes: orgullosos aristócratas, inflados legionarios, reptilianos comerciantes… A diferencia del camino de ida hacia Roma, éste se hizo monótono y pesado a Marbod el Bárbaro. Pero lo soportó con estoica indiferencia.

En un punto de la vía empedrada, salieron hacia un ramal, el cual era de grava y tierra. Afortunadamente era invierno, y con eso el clima era más refrescante, aunque seguía siendo más caluroso que la Germania. De esta manera, llegaron hasta una región de amplias y suaves colinas, todas ellas roturadas con líneas de viñedos.

Marbod el Bárbaro fue destacado a uno de esos viñedos. Se le acercó el capataz.

–¡Ah! Eres nuevo, ¿verdad? Muy bien, muchachón, te ves fuerte, así es que vas a trabajar el doble que éstos.

El capataz miró con desprecio alrededor suyo, señalando en pose estatuaria y con el látigo enrollado, hacia los distintos y desmoralizados trabajadores.

Marbod el Bárbaro asintió.

Casi no quedaban uvas en los viñedos, y era claro que la temporada de vendimia estaba terminando. Marbod el Bárbaro se aplicó con diligencia a su nueva tarea, mirando de reojo hacia unas grandes tinajas en las cuales unas alegres esclavas se dedicaban alegremente a pisar las uvas para convertirlas en el mosto que sería después enviado a fermentar en las barricas.

Uno de los esclavos se acercó a Marbod el Bárbaro; era un hombre bajo y flaco, y su cara estaba contrahecha por sentimientos venenosos como la envidia y la amargura.

–¿Qué haces aquí?– preguntó el esclavo. –Con esas fuerzas y esos músculos, no tienes necesidad de estar aquí.

Y el esclavo apoyó sus palabras cabeceando levemente hacia la derecha, hacia una distante colina que no estaba roturada con las líneas de cultivo de los viñedos.

Creyendo de buena fe que el esclavo, por ser habitante del Imperio Romano, seguramente tenía buenas intenciones, Marbod el Bárbaro le contestó:

–Hay una chica. Espero hacerla mi esposa.

–¡Su esposa!– dijo el esclavo, y soltó una risita histérica.

No había sido demasiado fuerte, pero la risita consiguió llamar la atención del capataz. El látigo chasqueó en el aire, y después de un doloroso “¡Ay!”, la risita cesó.

–Te compraron hace poco, ¿verdad? O acaso eras un guerrero, por esa musculatura– dijo el esclavo, masticando desprecio para no dar a entender que sentía envidia. –Nunca, nunca, te casarás. Los esclavos no se casan.

–¡Pero en mi patria, en la Germania, los esclavos sí se casan!– replicó Marbod el Bárbaro, sorprendido.

–No lo entiendes, ¿verdad? ¡Aquí los esclavos no son personas! Los esclavos son cosas. Bienes. Se compran y se venden. Yo lo sé… Yo trabajaba como copista, y un día me mandaron a copiar el texto de un jurisprudente. El matrimonio no es para los esclavos. El matrimonio es sólo para los seres humanos.

Enterarse de las nuevas hizo enfurecer mucho a Marbod el Bárbaro. ¿Así que éste era el trato que le daba el Imperio Romano a sus esclavos? ¡Ni el peor de los germanos hubiera hecho eso con un esclavo! En Germania, los esclavos caían en la condición de tales preferentemente como prisioneros de guerra, y si caían como prisioneros de guerra, era porque habían decidido luchar heroicamente en la batalla, en vez de salir corriendo como cobardes, y por tanto eran merecedores de los máximos respetos y distinciones, como enemigos honrosamente vencidos en buena lid.

A punto estuvo Marbod el Bárbaro de sublevarse ahí mismo. Sin embargo, ya hemos dicho que Marbod el Bárbaro era de un tipo humano superior, y por lo tanto, a la par de fuerte, era también muy inteligente. Se dio rápida cuenta de que el trecho entre los viñedos de Umbría y la mansión de Quinto Diezmo Tributario en Roma era largo, y por lo tanto, si se rebelaba, no alcanzaría a cubrir tal trecho para buscar a su Betsabé. Por el minuto tendría que aguantar, y descubrir la manera de salirse con la suya, con más astucia que fuerza.

Una mano firme, pero amistosa, se posó sobre el hombro de Marbod el Bárbaro. Este se dio vuelta, para ver que tal mano pertenecía a un hombre anciano y un tanto delgado, pero que se veía perfectamente saludable, y a quien evidentemente los años de esclavitud y látigo no habían conseguido doblegar; había una fulgurante nobleza en aquel hombre de pelo cano y luenga barba.

–No le hagas caso a Mugícrates. No todos pueden llevar adecuadamente la esclavitud.

Como si la nobleza del hombre cano que hablaba fuera algo que le causara escozor en la piel, Mugícrates se alejó mugiendo, justificando de esa manera su nombre.

–Me llamo Boleslao. Y provengo de las anchas llanuras de Escitia. Y…

Los ojos de Boleslao se abrieron como platos, y al tiempo que extendía las manos como queriendo asir lo inasible, dijo en tono de prédica:

–…¡He visto el futuro!

Y luego se marchó, tarareando una melodía que, si Marbod el Bárbaro hubiera vivido un par de milenios después, habría reconocido como un himno soviético.

–¿Es que todos aquí están majaretas?– se preguntó Marbod el Bárbaro.

En la noche, en las barracas, todos los esclavos estaban reunidos. El capataz ingresó, y a golpe de látigo empujó a los rezagados para irse a la cama. Uno de los rezagados era Marbod el Bárbaro, quien aún no conocía perfectamente la rutina de los esclavos. Y se llevó un par de latigazos.

Aquello hizo hervir la paciencia de Marbod el Bárbaro.

Entonces Marbod el Bárbaro obró, una vez más, sus maravillas. Extendió su poderosa mano en el aire, y cogió el látigo mientras chasqueaba, aguantando el dolor en la palma de su mano sin un solo quejido. El capataz sólo atinó a sujetar el látigo… ¡Tanto más le hubiera valido soltarlo! Porque Marbod el Bárbaro tiró de la otra punta, la punta que aguijonea, y el capataz perdió el equilibrio, acabando con su cuerpo extendido a lo largo en el suelo, y con su boca sobre la polvorienta sandalia de Marbod el Bárbaro.

Todos miraron con atención. ¿Acaso había llegado, por fin, la hora de la rebelión…?

Marbod el Bárbaro soltó el látigo, y caminó obedientemente hacia su cama.

El capataz, confundido, se levantó y se limpió el polvo, más con intención de aparentar tranquilidad que por verdadera necesidad de estar limpio. Y luego, enrollando el látigo y ajustándoselo en la cintura, dijo con tono altisonante, que aún así sonaba falso:

–¡Y que te sirva de lección, esclavo!

Se dio entonces vuelta con un cómico ademán, y salió de circulación.

Apenas hubieron apagado el pabilo de la vela, se oyó la voz de Mugícrates hablando:

–¿Y por qué no le diste un buen dos por tres al desgraciado?

–¡Cálmate, Mugícrates!– dijo Boleslao, con autoridad. –¡Aún no ha llegado la hora!

–¡La hora, la hora! ¡Siempre con la hora, Boleslao!– protestó Mugícrates.

–¡En verdad os digo, hermanos, tened paciencia, porque la inexorabilidad de la ley histórica nos conduce a una hora radiante y gloriosa! Este hombre, Marbod, entiende claramente eso, y por tanto, no intenta acelerar el decurso de la necesidad histórica.

–O sea, no intenta que la carreta vaya más rápido que las ruedas, ya, vale, entendimos el punto– replicó Mugícrates.

–¿Qué se supone que estamos esperando, entonces?– preguntó Marbod el Bárbaro.

–¿Lo ves?– acotó Mugícrates. –¡Este sí que hace preguntas inteligentes!

–¿Qué estamos esperando?– preguntó Boleslao, y luego, con tono de profeta bíblico, dijo: –Lo que estamos esperando, hijo mío, lo que estamos esperando… es… ¡¡La Ciudad del Sol!!

Próximo capítulo: “¡¡Paraíso, ahora!!”.

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