miércoles, 29 de diciembre de 2010

"La sangre de Han Kang".


(c) Guillermo Ríos, 2010.

Era un mediodía al comienzo del otoño, pero hacían calores veraniegos, como si dicha estación fuera a regresar pronto. Pero para ello, primero deben venir el invierno y la primavera; Afnang lo sabía bien. Recolectaba entonces Afnang las frutas tardías de la estación, alrededor de su modesto hogar, cuando de pronto divisó una figura en la lejanía. No había nada sino pedregales y riscos en tres o cuatro días a la redonda de camino, por lo que el viajero seguramente venía a verle. Afnang siguió su recolección, impertérrito. La figura creció y sus facciones se hicieron distinguibles en la distancia, y estas facciones eran las de una mujer: una muy atrevida, como para emprender semejante viaje.

–Buenos días tengáis– saludó Afnang, con amabilidad algo fría a resultas de la soledad de su vida cotidiana.

–Buenos días. Vos sois Afnang el Monje, ¿verdad?

–Yo soy– dijo Afnang. –Venid, pasad a mi casa, serviros algo, que un largo camino habéis hecho.

Nalassia, así dijo llamarse la chica, explicó los motivos de su viaje luego de alimentarse convenientemente:

–En la ciudad de Mupeng, se ha entronizado Funong el Sanguinario, y Funong con sus crueles guerreros lo destruyen todo. Las tropas de Mupeng salen, arrasan, incendian, no tienen piedad. No lo mueve la ambición, el deseo de conquista, la alta política, nada salvo la destrucción pura y simple, la guerra, la sed de sangre. Ningún hombre ha podido detener a Mupeng, y por eso, noble Afnang, vos que sois acólito del gran Tsien y habéis bebido de la sangre de Han Kang, os pido ayuda para derrotarlo. ¡Venid conmigo, noble monje, y usad vuestras artes contra…!

–¡Imposible!– interrumpió Afnang el Monje, haciendo un adusto gesto con la mano. –Me pedís lo que no puedo hacer. Mis artes no funcionan con los humanos ni con la naturaleza, sólo funcionan con el mundo de la oscuridad. Si Mupeng es un hombre y no un demonio, por muy sanguinario que sea, entonces mi arte no podrá nada en contra de él. Además, los acólitos de Tsien hemos hecho voto de nunca tomar ninguna vida humana ni de otra clase, salvo las existencias de los demonios abortados desde el mundo de la oscuridad.

En vano insistió Nalassia, y en vano utilizó todas las armas de mujer: los ruegos, las súplicas, las lágrimas, las amenazas, la furia, la seducción. Afnang el Monje se mantuvo inflexible ante los requerimientos de la mujer. Decepcionada, ella acabó dándose por vencido.

–¿Me dejaréis al menos descansar aquí por una noche? El día está acabando, y el viaje de regreso es largo.

Afnang el Monje asintió con la cabeza, y le enseñó a Nalassia una cama en donde podía dormir. En pago, Nalassia se comprometió a preparar la comida aquella noche. Afnang el Monje se sintió gratamente sorprendido ante la excelente mano de Nalassia, que hizo maravillas con los pobres ingredientes de su huerta.

A la mañana siguiente, Afnang el Monje se despertó con dolor de cabeza, y sin recordar nada. Cuando acudió a la cama de Nalassia, descubrió que ella se había marchado.

Pasaron los días del otoño y del invierno, y llegó la primavera. Afnang, en su aislamiento, nada había sabido del mundo exterior. Un día, cuando comenzaba a preparar las pobres tierras alrededor de su casa para el cultivo, descubrió a una figura que iba en su dirección. Afnang no interrumpió su labor, hasta que la figura estuvo casi a su lado. La visitante era Nalassia. Pero algo había cambiado en ella: su expresión era más dura, las comisuras de los labios más tensas, sus ojos más fulgurantes. Y estaba más gruesa: portaba a un niño en gestación, en su interior. Quizás viajar así había sido imprudente. Afnang invitó a Nalassia a pasar a su casa, para servirse comida y descansar, como ordenan las leyes de la hospitalidad.

–No podría, porque entonces vos seríais mi anfitrión, y entonces no podría mataros– dijo Nalassia.

–¡Matarme!– soltó Afnang, sorprendido. –¡Por qué!

–Porque aquella noche en que estuvimos juntos y en que os narcoticé, quedé preñada de vos– dijo Nalassia, y era tan fiera su sonrisa como regocijo había en sus ojos. –Y el poder del niño nonato se transmitió a mí, y pude enfrentarme a Funong el Sanguinario… ¡Y le di muerte! No usando el poder contra él, porque era inútil, pero sí contra sus guardias, que sí eran demonios. Luego de ascender al trono de Funong el Sanguinario, la ciudad de Mupeng fue mía y ordené matar a todos quienes se me opusieran. Ahora soy la reina de Mupeng, pero he tenido que venir sola para hacer mi último trabajo: ¡matar a la persona a cuyo través obtuve la sangre de Han Kang, para que nadie más posea el secreto y nadie más la obtenga!

Y Nalassia remató sus palabras con una escalofriante carcajada, mientras Afnang se quedaba en silencio, sumido en una honda tristeza.

–¿Deseáis decir vuestras últimas oraciones, acólito de Tsien?– dijo ella, a medias honesta y a medias burlesca.

Afnang asintió, y dijo algunas oraciones con voz tranquila, en un idioma desconocido para Nalassia. Luego, Afnang miró a su alrededor, a los árboles y campos aún incultos, y habló de esta manera:

–No he dicho mis oraciones por mi, Nalassia, sino por vos, porque éste es el día en que vais a morir.

Y sin que Nalassia tuviera tiempo para responder nada, Afnang abrió los brazos y pronunció una imprecación, mirando fijamente hacia el cielo.

Instantáneamente, un agudo dolor invadió a Nalassia, y ella, retorciéndose, se dejó caer en el suelo, incapaz siquiera de pensar con claridad debido al sufrimiento. De pronto, sintió como si todo su interior se convulsionara, y espoleada por un presentimiento, se llevó la mano al interior de las piernas, sólo para descubrirlas manchadas de sangre.

–No tengo poder sobre los humanos, pero sí sobre los demonios, y eso incluye al demonio que cargais en vuestro interior, y que ahora ya no llegará jamás a nacer– dijo Afnang con fiereza, sin el menor asomo de alegría o alguna otra emoción, mientras la fuente de Nalassia no echaba otra cosa sino sangre, sangre, sangre al exterior, y su poder se diluía así como avanzaba en putrefacción su feto en el vientre que lo cobijaba.

Y entonces, Afnang se dio la media vuelta, caminando tranquilamente hacia su casa.

–¡No podéis abandonarme!– chilló Nalassia, y luego, llorando, gritó con todas sus fuerzas: –¡Monje, hicísteis un voto! ¡Hicísteis un voto! ¡Lo habéis jurado, hicísteis un voto!

–Hice un voto de no matar a ningún ser humano, pero yo no os he matado, sólo he matado al demonio en vuestro interior. ¿Acaso no tomásteis precauciones para una eventualidad como ésa?

Y la puerta de la casa de Afnang se cerró, con el monje adentro. Nalassia quedó sola en el exterior, y chilló una vez más, esta vez de manera definitiva, mirando a los áridos pedregales alrededor, rugiendo porque la llama de su vida se apagaba, y además, en mayor medida, porque en un solo instante todas sus ambiciones y sueños se desvanecían de manera inexorable.

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