viernes, 31 de diciembre de 2010

MEBDU 09 - "La ira de las uvas (Ciudad del Sol, Tercera Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Siendo enviado como esclavo a Umbría, Marbod el Bárbaro termina en los viñedos. Allí, Boleslao le explica la inminente llegada de la Ciudad del Sol, en la que no habrá esclavos ni amos. Poco después, cuando Marbod el Bárbaro va a ser marcado como esclavo, éste se niega, y desata la chispa de la rebelión. Asustado, Quinto Diezmo Tributario pide la ayuda del Emperador Tiberio. Este piensa en fugarse, pero a cambio de ser nombrado prefecto de la guardia pretoriana, su asesor Sejano ofrece aplastar la rebelión por él. Marbod el Bárbaro, por su parte, es comisionado para escoltar a Publia, la hija del administrador descuartizado, quien en premio a sus bondades con los esclavos es enviada a un lugar seguro en Roma. Pero ella traiciona a Marbod, y éste emprende el camino de regreso a Umbría, para ayudar a los esclavos en su rebelión

“La ira de las uvas (Ciudad del Sol, Tercera Parte)”

A galope tendido, sacándole fuerzas de flaqueza a su caballo, Marbod el Bárbaro cubrió en un abrir y cerrar de ojos la distancia entre las cercanías de Roma y los viñedos de Umbría. No perdió tiempo en estacionar el caballo, sino que saltó desde éste y dejó que el pobre equino se detuviera allí donde pudiera.

–¡Llévenme con Boleslao! ¡Rápido!– dijo Marbod el Bárbaro, con el rostro pálido.

–¡По-русски! ¡По-русски!– le gritaron por toda respuesta, y los esclavos que habían dicho esto, se dieron la media vuelta, asustados, y se deslizaron como ratas en los insterticios de un granero, portando sendas canastas con uvas.

Marbod el Bárbaro miró entonces a su alrededor.

La Ciudad del Sol en que se habían convertido los viñedos, ahora estaba plagada por aquí y por allá por toda clase de extraños adminículos de madera a medio construir: postes clavados al suelo, poleas, ruedas de molinos, innovaciones técnicas que no existían antes de su partida. Más allá había algo que podía ser una fundición, y estaban arrasando los bosques cercanos para obtener madera; salía un humo negro, acre y fétido, desde sus inmediaciones.

En cuanto a los esclavos, no se los veía más felices. Seguían trabajando, pero se veían aún más cansados y famélicos que antes. El cazo con el cual antaño Publia les daba agua, brillaba por su ausencia; aunque, considerando la actitud altiva e insolente de Publia y los verdaderos motivos de su caridad, quizás aquello fuera lo mejor. Marbod el Bárbaro vio que se doblaban bajo canastos más grandes y pesados que antes. Caminaban espoleados a latigazo limpio, pero ahora no se trataba del látigo de toda la vida, sino del escorpión de siete colas, el que era enarbolado, para sorpresa mayúscula suya, por hombres que reconoció como antiguos esclavos, y cuyos ojos inyectados en sangre y crueldad eran aún más terribles que los abúlicos ojos de Manlio y los otros capataces.

Marbod el Bárbaro avistó en otra dirección, y vio como la casa patronal era objeto de varias obras y ampliaciones, que Mugícrates estaba supervigilando con enorme autocomplacencia.

–¡Mugícrates! ¿Y Boleslao?

Todos los esclavos se dieron vuelta, horrorizados.

–¡Ha pronunciado el Sagrado Nombre de Boleslao! ¡Y lo ha hecho en vano!– dijeron entre cuchicheos.

–¡Marbod, Marbod, Marbod!– dijo Mugícrates con autocomplacencia, caminando con pasos orondos hacia el recién llegado. Marbod el Bárbaro notó que Mugícrates había engordado. De refilón vio algunas cajas que llegaban desde afuera, y entre unas jaulas, alcanzó a divisar faisanes, cargados por esclavos ataviados con atuendos de cocina. –¡De manera que habéis dejado a Publia finalmente con sus parientes!

Marbod el Bárbaro sostuvo para sus adentros que no valía la pena enmendar el error de Mugícrates, de que Publia se había entregado sola.

–¡Debo hablar con Boleslao, Mugícrates! ¡Dime de inmediato, dónde está!

Con gesto teatral, que trataba de disimular la zafiedad de sus modales, Mugícrates apuntó hacia una gran urna. En su interior reposaba el cuerpo de Boleslao.

–Lo hemos momificado según el ritual egipcio. Ahora es el Dios Tutelar de la Ciudad del Sol. Y la casa patronal es ahora su templo de adoración y culto.

–¡Pero Boleslao no creía en los dioses! ¡Creía que la religión es la belladona del pueblo!

–¡Y lo es! Pero eso es porque las otras religiones son falsas, mientras que la nuestra es verdadera. ¡Ahora es artículo de fe, Boleslao ha muerto y ha recibido la apoteosis de manos del mismísimo Apolo! Que como todos sabemos, es el Unico y Verdadero Dios.

–¿Y esto?– dijo Marbod el Bárbaro, mostrando a los esclavos latigados e infelices, y a las máquinas que comenzaban a devorar todo el terreno antes cubierto por los viñedos. –¿Boleslao aprobó todo esto?

–¡Oh, no, por supuesto que no! Boleslao, Bendito Sea Su Nombre, creía con fervor en la llegada de la Ciudad del Sol, y de que íbamos a obtener el triunfo por la pura necesidad histórica. Pero entonces nos dijimos, si el triunfo es inevitable por la necesidad histórica, acaso podemos hacerlo aún más inevitable, quizás más rápido o con menos muertes, si lo ayudamos un poquito. Así es que, hemos estado preparando el terreno para cuando las legiones romanas vengan.

–Preparando el terreno– dijo Marbod el Bárbaro. –¿Eso tiene que ver con esos postes, y…?

–No contamos con superioridad de hombres, Marbod, así es que tuvimos que empezar a construir maquinaria de todo tipo. Estamos extrayendo agua de los pozos para crear reservas, y descubrimos algunas menas de las que extraer minerales.

–¡Estás abriendo canteras! ¡Sabes que las canteras son la muerte en vida para los esclavos!

–¡Algunos sacrificios son necesarios, Marbod!– dijo Mugícrates, severo. –Estamos instaurando la Ciudad del Sol, la más grande ciudad sobre el mundo, una en la que no habrán ni amos ni esclavos. Y no los hay. Aquí nadie es amo de nadie. Todos trabajan en los pozos y en las minas por igual.

–¿También tú, Mugícrates?

–Oh, yo… Y ellos… Pues no. Nosotros nos dedicamos todo el día a pensar y planificar. De hecho, hemos creado algunos comités. Tenemos el Comité de las Minas, el Comité de los Pozos, el Comité de Aprovisionamiento, el Comisariato de Precios…

–¡De Precios! ¡Un Comisariato de Precios! Si todos los hombres son iguales, ¿no se supone que la fortuna y la riqueza iban a ser destruidos? ¿Para qué quieren precio por las cosas?

–Es que no entiendes, Marbod. Cuando la Ciudad del Sol esté plenamente consolidada, por la dictadura del proletariado, entonces los precios no serán necesarios. Pero por ahora sí que lo son, porque estamos comerciando con los viñedos vecinos.

–¡Comerciando con… Viñedos vecinos! ¡Pero esos viñedos crean cosas con el trabajo de los esclavos! ¡La Ciudad del Sol comercia con latifundios esclavistas!

–Por supuesto…– dijo Mugícrates con toda simplicidad. –Era eso, o podíamos darnos por muertos. Ya estaban armando ejércitos improvisados para atacarnos, y no teníamos poder para defendernos, así es que tuvimos que llevar a cabo algunos convenientes tratos comerciales. ¡Fue una solución pacífica, Marbod, después de todo, y todos están contentos! Gracias a ellos obtenemos esos preciosos faisanes que sirven para la cena.

–Para la cena de todos, porque todos son iguales, ¿verdad?

–Bueno, la verdad es que… Pues no, no importamos tantos faisanes para que alcancen para todos, de manera que sólo los planificadores los consumimos. Pero cuando la Ciudad del Sol esté plenamente implementada, entonces habrá faisanes para todos. ¡Ya lo verás!

–¿Y cómo consigues que los esclavos, perdón, los ciudadanos de la Ciudad del Sol, hagan todo el trabajo sin leyes?

–¿Sin leyes, Marbod?

–Según Boleslao, las leyes eran la expresión del poder ilegítimo. Por lo tanto, las suprimiste.

–¡Oh, claro que no, Marbod! En realidad suprimimos todas las leyes antiguas, para que no haya más esclavos ni libertos, sino que todos sean hombres libres. Pero para organizar todo esto, hemos tenido que dictar leyes nuevas. Pero te aseguro que son mucho más justas y benevolentes. Nuestras leyes no estigmatizan a la gente por su nacimiento como hombre libre o esclavo. Se limitan a fijar turnos y jornales de trabajo, repartiendo el trabajo equitativamente entre todos.

–Y esas leyes dicen que algunos de ustedes deben pensar en vez de trabajar– dijo Marbod.

–Pensar es un trabajo agotador. Al final del día, después de discutir en el Comité de Legislación, termino fatigadísimo, Marbod, vieras que sí. Pero se ha visto un poco facilitado, porque hay quienes piensan de manera tan diferente, que podemos considerar saludablemente que atentan contra el régimen, y por lo tanto hemos podido ejecutarlos sin más demora. Por suerte, nuestro sistema de espionaje y delación nos permite investigar rápidamente quienes son amigos y enemigos, y así nos ahorramos la pena de ejecutar por error a alguien que pudiera ser adicto al régimen.

–¡Ejecutas a tus propios compañeros esclavos!– exclamó Marbod el Bárbaro, escandalizado.

–No son esclavos. Todos ahora somos libres. Si trabajamos duro, es para que los enemigos internos y externos del régimen no aniquilen la preciosa oportunidad histórica que tenemos, de imponer la Ciudad del Sol sobre el mundo.

Marbod el Bárbaro miró a la planicie, enormemente descorazonado. A su olfato llegó un agradable olor a carne asada, desde el interior de la casa patronal en refacciones. Pero miró hacia el exterior, hacia donde antes estaban los viñedos, y ahora estaban erigiendo toda clase de maquinarias infernales, y vio que a los ahora ciudadanos libres de la Ciudad del Sol, les estaban dando una mazamorra infecta, que en nada se condecía con la comida no especialmente buena, pero tampoco especialmente mala, de los amos esclavistas. ¿Para esto había regresado, a avisarles de que venían los pretorianos…?

Bien, al menos conservaban sus vidas. Eso era algo. Quizás las cosas mejorarían. De manera que Marbod el Bárbaro se resolvió a hablar.

–Los pretorianos vienen, Mugícrates.

–¡Les haremos frente, Marbod! Estamos listos para pelear. Nuestra sociedad es superior y la mejor, de manera que hasta el último ciudadano de la Ciudad del Sol luchará para mantenerla en pie.

Al cabo de un tiempo, llegaron los pretorianos. Se aposentaron en la entrada del valle, y desde allí avanzó un hombre en un hermoso caballo blanco, con una trompeta. Se anunció tocando la misma, y luego habló con voz alta y potente:

–¡En el nombre del Emperador, rendíos, esclavos rebeldes, y se les perdonará las vidas a la mitad de ustedes! ¡Permaneced en pie de guerra, y todos vosotros seréis aniquilados!

Los esclavos se miraron los unos a los otros.

–¡Ciudadanos!– dijo entonces Mugícrates. –¡Fijaos como os llamo yo, y cómo os llama él, tratándoos como si siguiérais siendo esclavos! ¡En Roma, vosotros sois esclavos, mientras que en la Ciudad del Sol, vosotros sois libres! ¡No necesito deciros más! Ellos son las fuerzas de la opresión, los defensores de la propiedad privada, los explotadores del hombre por el hombre. Nosotros somos la fuerza de la libertad, los paladines de la propiedad comunal, somos quienes respetamos al hombre por ser hombre. ¡Elegid vuestro lado, y luchad con todas vuestras fuerzas! ¡Porque yo os prometo, la Ciudad del Sol está ante vosotros! ¡Gloria a la Ciudad del Sol!

Los esclavos, por toda respuesta, se miraron los unos a los otros. Uno de ellos habló:

–¡Señor pretoriano! ¿Sigue en pie la oferta de respetar la vida de la mitad de nosotros a cambio de la rendición?

–¡Pero qué hacen! ¡Traidor!– chilló Mugícrates. –¡Agarren a ese traidor! ¡Contra la pared! ¡Tortúrenlo hasta la muerte! ¡Cómo te atreves a traicionar la sociedad más perfecta que se ha creado jamás!

–La oferta sigue en pie– dijo el mensajero de Sejano, sonriendo depredadoramente, mientras un puñado de guardias armados de Mugícrates se llevaba lejos al infeliz.

Los esclavos entonces se miraron unos a otros, y empezaron espontáneamente a organizarse en dos grupos.

–¡Pero qué hacen!– estalló Mugícrates. –¡Resistan al enemigo! ¡No cedan contra el imperialismo romano! ¡Están vendidos todos al oro de Roma! ¡Traidores!– gritó, y al ver que los guardias, desconcertados, no hacían nada, agarró el látigo de nueve colas, el escorpión, abalanzándose sobre la masa de esclavos y tratando de formarlos a latigazo limpio. Pero fue rápidamente reducido.

–Este es nuestro líder, hagan lo que quieran con él– dijo el esclavo que estaba erigido en negociador espontáneo, empujando a Mugícrates hacia el legado de Sejano. –Ves dos grupos. Ellos han perdido toda esperanza, así es que desean morir, y se encomiendan a los dioses para que los acojan. Y ellos, aún se sentirían satisfechos si fueran acogidos otra vez como esclavos, así es que ruegan piedad por sus vidas.

Al ser informado de los términos de la rendición, Sejano aceptó. Todos los esclavos fueron encadenados, para ser llevados a Roma, los unos para ser entregados nuevamente a Quinto Diezmo Tributario, y los otros para ser ejecutados sin grandes penalidades, las cuales se reservaban, por supuesto, para Mugícrates, quien chillaba y babeaba ahora sólo incoherencias, al tiempo que vomitaba de terror, cayendo una lengua de faisán en medio de toda aquella masa que echó por la boca.

En cuanto a Marbod el Bárbaro, cuando le echaron la mano encima, los pretorianos recibieron una importante lección. A puño limpio, y haciéndose con un gladio de paso, para compensar la espada que le arrebatara Quinto Diezmo Tributario, se abrió paso entre los pretorianos, y marchó hacia Roma. Había terminado en Umbría, y era tiempo de ir a por Betsabé, pero como un hombre libre.

Apenas Sejano se informó del incidente, preguntó por la identidad del hombre.

–Marbod el Bárbaro, ¿eh? Recordaré ese nombre– dijo Sejano, al recibir respuesta, y luego añadió mostrando fieramente los dientes al sonreir: –¡Oh, sí, lo recordaré…!

Próximo capítulo: “Un sitio demasiado tranquilo”.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

"La sangre de Han Kang".


(c) Guillermo Ríos, 2010.

Era un mediodía al comienzo del otoño, pero hacían calores veraniegos, como si dicha estación fuera a regresar pronto. Pero para ello, primero deben venir el invierno y la primavera; Afnang lo sabía bien. Recolectaba entonces Afnang las frutas tardías de la estación, alrededor de su modesto hogar, cuando de pronto divisó una figura en la lejanía. No había nada sino pedregales y riscos en tres o cuatro días a la redonda de camino, por lo que el viajero seguramente venía a verle. Afnang siguió su recolección, impertérrito. La figura creció y sus facciones se hicieron distinguibles en la distancia, y estas facciones eran las de una mujer: una muy atrevida, como para emprender semejante viaje.

–Buenos días tengáis– saludó Afnang, con amabilidad algo fría a resultas de la soledad de su vida cotidiana.

–Buenos días. Vos sois Afnang el Monje, ¿verdad?

–Yo soy– dijo Afnang. –Venid, pasad a mi casa, serviros algo, que un largo camino habéis hecho.

Nalassia, así dijo llamarse la chica, explicó los motivos de su viaje luego de alimentarse convenientemente:

–En la ciudad de Mupeng, se ha entronizado Funong el Sanguinario, y Funong con sus crueles guerreros lo destruyen todo. Las tropas de Mupeng salen, arrasan, incendian, no tienen piedad. No lo mueve la ambición, el deseo de conquista, la alta política, nada salvo la destrucción pura y simple, la guerra, la sed de sangre. Ningún hombre ha podido detener a Mupeng, y por eso, noble Afnang, vos que sois acólito del gran Tsien y habéis bebido de la sangre de Han Kang, os pido ayuda para derrotarlo. ¡Venid conmigo, noble monje, y usad vuestras artes contra…!

–¡Imposible!– interrumpió Afnang el Monje, haciendo un adusto gesto con la mano. –Me pedís lo que no puedo hacer. Mis artes no funcionan con los humanos ni con la naturaleza, sólo funcionan con el mundo de la oscuridad. Si Mupeng es un hombre y no un demonio, por muy sanguinario que sea, entonces mi arte no podrá nada en contra de él. Además, los acólitos de Tsien hemos hecho voto de nunca tomar ninguna vida humana ni de otra clase, salvo las existencias de los demonios abortados desde el mundo de la oscuridad.

En vano insistió Nalassia, y en vano utilizó todas las armas de mujer: los ruegos, las súplicas, las lágrimas, las amenazas, la furia, la seducción. Afnang el Monje se mantuvo inflexible ante los requerimientos de la mujer. Decepcionada, ella acabó dándose por vencido.

–¿Me dejaréis al menos descansar aquí por una noche? El día está acabando, y el viaje de regreso es largo.

Afnang el Monje asintió con la cabeza, y le enseñó a Nalassia una cama en donde podía dormir. En pago, Nalassia se comprometió a preparar la comida aquella noche. Afnang el Monje se sintió gratamente sorprendido ante la excelente mano de Nalassia, que hizo maravillas con los pobres ingredientes de su huerta.

A la mañana siguiente, Afnang el Monje se despertó con dolor de cabeza, y sin recordar nada. Cuando acudió a la cama de Nalassia, descubrió que ella se había marchado.

Pasaron los días del otoño y del invierno, y llegó la primavera. Afnang, en su aislamiento, nada había sabido del mundo exterior. Un día, cuando comenzaba a preparar las pobres tierras alrededor de su casa para el cultivo, descubrió a una figura que iba en su dirección. Afnang no interrumpió su labor, hasta que la figura estuvo casi a su lado. La visitante era Nalassia. Pero algo había cambiado en ella: su expresión era más dura, las comisuras de los labios más tensas, sus ojos más fulgurantes. Y estaba más gruesa: portaba a un niño en gestación, en su interior. Quizás viajar así había sido imprudente. Afnang invitó a Nalassia a pasar a su casa, para servirse comida y descansar, como ordenan las leyes de la hospitalidad.

–No podría, porque entonces vos seríais mi anfitrión, y entonces no podría mataros– dijo Nalassia.

–¡Matarme!– soltó Afnang, sorprendido. –¡Por qué!

–Porque aquella noche en que estuvimos juntos y en que os narcoticé, quedé preñada de vos– dijo Nalassia, y era tan fiera su sonrisa como regocijo había en sus ojos. –Y el poder del niño nonato se transmitió a mí, y pude enfrentarme a Funong el Sanguinario… ¡Y le di muerte! No usando el poder contra él, porque era inútil, pero sí contra sus guardias, que sí eran demonios. Luego de ascender al trono de Funong el Sanguinario, la ciudad de Mupeng fue mía y ordené matar a todos quienes se me opusieran. Ahora soy la reina de Mupeng, pero he tenido que venir sola para hacer mi último trabajo: ¡matar a la persona a cuyo través obtuve la sangre de Han Kang, para que nadie más posea el secreto y nadie más la obtenga!

Y Nalassia remató sus palabras con una escalofriante carcajada, mientras Afnang se quedaba en silencio, sumido en una honda tristeza.

–¿Deseáis decir vuestras últimas oraciones, acólito de Tsien?– dijo ella, a medias honesta y a medias burlesca.

Afnang asintió, y dijo algunas oraciones con voz tranquila, en un idioma desconocido para Nalassia. Luego, Afnang miró a su alrededor, a los árboles y campos aún incultos, y habló de esta manera:

–No he dicho mis oraciones por mi, Nalassia, sino por vos, porque éste es el día en que vais a morir.

Y sin que Nalassia tuviera tiempo para responder nada, Afnang abrió los brazos y pronunció una imprecación, mirando fijamente hacia el cielo.

Instantáneamente, un agudo dolor invadió a Nalassia, y ella, retorciéndose, se dejó caer en el suelo, incapaz siquiera de pensar con claridad debido al sufrimiento. De pronto, sintió como si todo su interior se convulsionara, y espoleada por un presentimiento, se llevó la mano al interior de las piernas, sólo para descubrirlas manchadas de sangre.

–No tengo poder sobre los humanos, pero sí sobre los demonios, y eso incluye al demonio que cargais en vuestro interior, y que ahora ya no llegará jamás a nacer– dijo Afnang con fiereza, sin el menor asomo de alegría o alguna otra emoción, mientras la fuente de Nalassia no echaba otra cosa sino sangre, sangre, sangre al exterior, y su poder se diluía así como avanzaba en putrefacción su feto en el vientre que lo cobijaba.

Y entonces, Afnang se dio la media vuelta, caminando tranquilamente hacia su casa.

–¡No podéis abandonarme!– chilló Nalassia, y luego, llorando, gritó con todas sus fuerzas: –¡Monje, hicísteis un voto! ¡Hicísteis un voto! ¡Lo habéis jurado, hicísteis un voto!

–Hice un voto de no matar a ningún ser humano, pero yo no os he matado, sólo he matado al demonio en vuestro interior. ¿Acaso no tomásteis precauciones para una eventualidad como ésa?

Y la puerta de la casa de Afnang se cerró, con el monje adentro. Nalassia quedó sola en el exterior, y chilló una vez más, esta vez de manera definitiva, mirando a los áridos pedregales alrededor, rugiendo porque la llama de su vida se apagaba, y además, en mayor medida, porque en un solo instante todas sus ambiciones y sueños se desvanecían de manera inexorable.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 17 - La Ciencia Ficción en el ojo del huracán.


El período comprendido entre 1937 (año del ascenso de John W. Campbell al sillón editorial de "Astounding Stories") y 1945 (el de la explosión nuclear en Hiroshima) significó la cristalización definitiva de lo que será la Ciencia Ficción clásica. Esto se produjo en parte porque la Ciencia Ficción seguía siendo todavía una actividad de gentes raras (lo que después se llamará "ser friki"), al margen de los gustos masivos de consumo. Además, dentro de la misma Ciencia Ficción se había producido un quiebre entre los fanáticos más antiguos, y generalmente de más edad, que venían de los tiempos anteriores a Campbell y que habían vivido los años de formación, y los nuevos fanáticos, más jóvenes, que se sentían mucho más a gusto con la Ciencia Ficción rabiosamente científica de su tiempo, y miraba con cierto desdén a los precursores anteriores a 1937.


Lo irónico de todo esto, es que ambas Ciencias Ficciones convivían sin estorbarse demasiado, aunque en rubros distintos. La Ciencia Ficción literaria seguía su rumbo tras la estela de "Astounding Science Fiction" y John W. Campbell, pero existían obvios obstáculos para que esta visión cientificista de la Ciencia Ficción cuajara en los medios audiovisuales, que por su misma naturaleza estaban más predispuestos al espectáculo, lo que significa: aventura. De manera que en las historietas y el cine, persistía la vieja Ciencia Ficción anterior a 1937, centrada en la aventura galáctica, ahora a través de los superhéroes en un medio, y en las seriales dominicales por el otro. Quizás el mejor ejemplo de esto sean seriales como "Flash Gordon conquista el universo" (1940). Para quien vea estas seriales dominicales, es obvia su influencia sobre todo el cine audiovisual posterior, incluyendo a "La guerra de las galaxias" de George Lucas, que en el fondo es como una serial de su época de niñez, amplificada al máximo en escenarios y efectos especiales.


Y sin embargo, el ala más "seria" de la Ciencia Ficción literaria, inspirándose en los últimos avances científicos y técnicos, estaba anticipando claramente lo que sería el mundo en los años venideros. En 1944, las oficinas de "Astounding Science Fiction" (ya no "Astounding Stories" en esos años) fueron visitadas por agentes del FBI, que venían a interrogar por el relato "Deadline", de Cleve Cartmill. El relato describía una arma de destrucción masiva con toda clase de detalles, y al saberse esto en el Gobierno saltaron las alarmas: pensaron que se habían filtrado detalles del Proyecto Manhattan (la investigación ultrasecreta destinada a fabricar la bomba atómica), que por supuesto eran materia de Seguridad Nacional. Pero no: Cleve Cartmill simplemente se había inspirado leyendo información libremente publicada en revistas especializadas, sobre los últimos avances científicos en el campo de la energía nuclear. Incluso antes, la novela "El hombre que despertó" de Laurence Manning, en la que un ser humano de nuestro tiempo es congelado y despierta en el futuro, profetiza que se llamará a nuestra época la Era del Desperdicio, en que nosotros criminalmente nos acabamos con todos los recursos del planeta. ¡Y esto fue publicado en 1933!


Por supuesto que por cada relato profético que se publicaba en aquellos años, habían varios más que no eran más que escapismo. Pero NO toda la Ciencia Ficción era escapismo. Muchos de los lectores de Ciencia Ficción de aquellos años e inmediatamente posteriores, crecieron para transformarse en científicos, como Carl Sagan lo hace notar en "Cosmos", obra en la que por cierto le dedica un sentido homenaje a Edgar Rice Burroughs. Finalmente llegó Agosto de 1945, explotó la bomba atómica de Hiroshima, y el mundo despertó de bruces: resulta que eran los locos escapistas lectores de Ciencia Ficción los que, al final del día, tenían razón.


La consecuencia es que, en los años siguientes, la Ciencia Ficción empezó a teñirse de respetabilidad. En Estados Unidos, al menos. Además, los chicos que eran adolescentes diez años antes, ahora eran hombres que habían alcanzado la edad de trabajar y formar familia, y este recambio generacional también ayudó a que los adultos tomaran en serio al género. No es que de la noche a la mañana se haya aceptado a la Ciencia Ficción como una actividad seria y respetable, pero sí, después de 1945, se estaba gestando un movimiento en ese sentido, que se acentuaría durante la década siguiente. Lo lastimoso del asunto es que los escritores de Ciencia Ficción habían logrado esto profetizando un futuro negro, plagado de holocaustos atómicos, crisis energéticas, superpoblaciones y reactores nucleares fuera de control, y habían acertado de lleno. El mundo, al volverse un lugar más parecidos a los sueños de la Ciencia Ficción, era también un lugar más inseguro y peligroso en el cual vivir.

Próxima entrega: "La llegada del Apocalipsis".

miércoles, 22 de diciembre de 2010

¿Cuál es el verdadero sentido de la Navidad?


Este no va a ser otro posteo llorón acerca de cómo nosotros los torpes y negligentes ciudadanos modernos hemos perdido el sentido de la Navidad, y debemos reencontrarnos con él. Tampoco defenderé la orgía de consumismo a la que los depredadores sociales se arrojan comprando regalos para listas interminables de personas. Este posteo pretende reflexionar un poco sobre qué es la Navidad, si existe un determinado sentido... Creo que esas cosas merecen un poco de atención, debido a la colisión entre una Navidad "espiritual", para pasarlo con la familia, y en el caso de la gente religiosa para ir a misa, y la Navidad comercial en que el Viejito Pascuero llega a la multitienda tal o cual.

Al contrario de lo que mucha gente cree de manera desinformada, la Navidad no es un invento cristiano. Las primeras celebraciones festejadas a fines de diciembre fueron inventadas por los pueblos paganos del Hemisferio Norte. Hay una buena razón para ello. Los primeros pueblos agricultores dependían del ciclo anual del Sol para sus cosechas, más la siempre apreciable ayuda de los dioses que enviaban lluvias o castigaban con sequías. En el Hemisferio Norte, diciembre es el mes en que los días son más cortos. Los sacerdotes de las primeras civilizaciones aprendieron más o menos pronto que el ciclo anual era de carácter regular, y se hicieron pasar como gentes poderosas capaz de conjurar dicho ciclo a voluntad, "ordenándole" en diciembre al sol regresar al verano desde lo más profundo del invierno. Para las gentes ignorantes, el que llegara de nuevo el verano era entonces signo inequívoco de la existencia de tamaño poder, lo que a su vez los motivaba a no cuestionar a los sacerdotes y su orden social. De esta manera surgieron muchas fiestas adaptadas a la idiosincracia de cada pueblo. En Roma se celebraban las Saturnales, fiestas en que por un día los amos se volvían esclavos y los esclavos amos. En Persia se celebraba el nacimiento de Mitra, el dios de la luz. Y así sucesivamente. ¿Por qué el cristianismo celebró la Navidad en tales fechas? Justamente para hacerle la competencia a tales religiones implantando una fiesta rival que acabara por suplantarlas. La verdad es que ni en los Evangelios ni en ninguna otra fuente histórica o documental contemporánea se señala cuál es la fecha de nacimiento de Jesús de Nazaret (incluso el año es impreciso: está en un rango que puede ir entre 6 "antes de Cristo" y 5 "después de Cristo"...), y por lo tanto, ignoramos cuándo de verdad es su cumpleaños. Por lo tanto, hablar del "sentido cristiano" de la Navidad no tiene sentido, como no sea que consideremos dicho "sentido cristiano" desde la perspectiva cultural de que el cristianismo es la religión predominante en el mundo occidental.


Volvamos ahora al presente. La desnaturalización de la Navidad cristiana es un movimiento lógico, habida cuenta de la pérdida de influencia que tiene el cristianismo en nuestra sociedad. Quienes se quejan de que los cristianos aún influyen con ciertas leyes, opiniones, o pretensiones de manejar la sociedad a su antojo, se olvidan de que en sus mejores tiempos, las autoridades cristianas no se conformaban con eso, sino que censuraban directamente libros, prohibían el progreso científico, obligaban a mantener una moral sexual hipócrita, y enviaban a gente a la hoguera por el crimen de pensar de manera libre o proclamarlo. Dentro de este cristianismo debilitado, es obvio que la Navidad ha perdido su sentido cristiano, salvo por los más pietistas. Pero entonces vinieron los comerciantes. Para la economía de cualquier empresa, las cosas van bien si el producto se vende. Da igual si el producto sirve o beneficia al comprador: lo importante es que éste lo ha adquirido por un precio. Y eso mueve a la economía. De ahí las agresivas campañas publicitarias para vender productos muchas veces inútiles (¿de verdad necesitas cambiar tu celular cada seis meses, si uno de estos aparatos bien cuidados puede durar con facilidad hasta cinco años, quizás más...?). Las fiestas son ocasiones propicias para esto: se convence a la gente de que deben regalar a sus seres queridos, con la promesa tácita de que serán más queridos aún por los festejados con tales regalos.

Por desgracia, se ha implantado en la sociedad la idea de que vales tanto como tienes. Si tienes muchos objetos materiales, eres más valioso que si tienes pocos. También puedes intentar aparentarlo, si no los tienes: el crédito es una magnífica herramienta para ello, aunque después debas doblarte el lomo cavando zanjas para pagarlos. Mis favoritos son los créditos a 24 meses plazo: has pagado apenas la mitad de lo que obtuviste en préstamo para una Navidad, y ya se te viene encima la siguiente. Dar regalos es así una estupenda manera de matar varios pájaros de un tiro. El que ha sido poco amable o cariñoso durante el año puede dar un gran y generoso obsequio a fin de año puede significar: "Te he tenido en el olvido y no te entregado afecto ni me he preocupado la gran cosa de ti, pero ¿verdad que soy genial por darte un GRAN regalo?". La persona que quiere aparentar también hace "buenos regalos", y con eso no sólo agasaja a la persona regalada, sino que también se agasaja a sí misma dándose un sitial de oro dentro de la sociedad. Y la persona que recibe los regalos, tiene un montón de cosas nuevas con las que entretenerse, o esa es la idea al menos. La gente se beneficia reemplazando lo difícil de las relaciones humanas por un fácil objeto material, las conciencias están tranquilas, y las empresas siguen profitando con la necesidad humana de conexión con nuestros semejantes.


En ese ámbito, las quejas sobre la comercialización de la Navidad cae en oídos vanos. Se le dará espacio en los medios de comunicación, pero lo justo y preciso para darle un toque humano a los programas televisivos en que el sonriente animador de turno llama a la concordia familiar en las fiestas, no demasiado para que las empresas no se espanten y dejen de pagar por publicidad dentro del programa. Y la gente descubrirá que de hacerle caso a esa pandilla de renegados del mundo consumista actual, tendrán que hacerse cargo nada menos que de querer y dar afecto a los demás, cuando es tan sencillo extender un cheque o comprar felicidad para otros en tres cuotas con precio contado.

¿Cuál es entonces el verdadero sentido de la Navidad? Pues, simplemente, el que la gente prefiera darle. Si la gente quiere que sea una Navidad cristiana, será entonces una Navidad cristiana, signifique eso lo que signifique. Si la gente quiere transformarse en voraces consumistas ávidos de comprar el último juguete de la juguetería para regalo, entonces eso será la Navidad para ellos. Si la gente quiere que sea una celebración de lo bien que se está con la familia y los seres queridos, entonces eso será la Navidad para ellos. En última instancia, el verdadero sentido de la Navidad es lo que queramos hacer con ella, y cada ser humano es libre al respecto. Seguramente que hay algunos sentidos mejores que otros, pero no me meteré en la tarea de juzgar, más allá de mis opiniones personales al respecto. Cada uno sabe lo que le conviene, o debería saberlo, y depende de cada uno cuál será la decisión final. Después de lo cual, sólo me resta desearles una Feliz Navidad a mis lectores, y que ojalá encuentren y disfruten el sentido de la Navidad que andan buscando, cualquiera que sea éste.

ESTE POSTEO ESTÁ DEDICADO PARA LAURA Y CATALINA, CON EL DESEO DE QUE PASEN UNAS NAVIDADES 2010 CON FELICIDAD Y AFECTO.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 16 - Los superhombres.


El 30 de Junio de 1938 apareció el primer número de la revista "Action Comics", y el mundo del cómic, y más en genérico de la cultura popular, ya no volvió a ser el mismo. Porque en dicho número venía, en su famosa portada, dibujado Superman, el primer superhéroe en su primera aparición. Venerado como símbolo de la democracia y la justicia, y denostado también como emblema de la hegemonía política estadounidense, Superman es uno de los escasos personajes de los cuales se puede decir que no deja indiferente a nadie. Superman fue el primero de los superhéroes, fijó muchas de las características de sus correlatos, y creó una frondosa legión de ellos. Por un tema de derechos, sólo DC Comics y Marvel Comics tienen derecho en la actualidad a usar la palabra "superhéroe", pero eso no impide que en la cultura popular se les llame así también a otras creaciones que comparten ciertas características. En primer lugar, sus poderes o facultades sobrehumanas. En segundo lugar, un traje de batalla y como contrapartida una identidad secreta que proteger. En tercer lugar, la lucha contra el crimen, con un fuerte sentido moral de por medio.


La idea del héroe superior a la Humanidad no es nueva. En la Biblia aparecen los profetas, y su superioridad deviene de una elección hecha por Dios para revelar su Palabra. En la Mitología Griega aparecen los semidioses, con sangre divina y humana a un tiempo, que por ello, aunque mortales, son capaces de proezas sobrehumanas. Y en la cultura moderna hay numerosos héroes que fuerzan su humanidad al máximo para luchar por la justicia, muchas veces también bajo una identidad secreta: la Pimpinela Escarlata, el Zorro, Scaramouche... Pero con Superman, a todo esto se le da un trasfondo moderno, una actualización a lo que era el siglo XX. En la vereda culta o erudita, también la figura del superhéroe había sido cara a cierta filosofía que rendía culto a los hombres ejemplares: el "Ubermensch" de Friedrich Nietzsche, el cesarismo de Theodore Mommsen... El mundo estaba por tanto bien preparado para aceptar a héroes más grandes que el ser humano, que sin embargo lucharan a favor de éste.


Superman es claramente un héroe de Ciencia Ficción. Sus superpoderes no derivan de la magia o de orígenes divinos, sino de una explicación puramente materialista, y que podía ser más o menos aceptable para lo que eran los estándares de la "ciencia popular" de 1938; en ese sentido, es el correlato en el cómic de lo que significó Frankenstein para la época industrial temprana, o Lovecraft para el terror. La explicación de los superpoderes de Superman entra de lleno en la lógica del pulp: es un alienígena procedente del planeta Krypton, y los kriptonianos tenían una densidad molecular superior a la de los humanos (después esto se modificó, y se explicaron los poderes de Superman por su exposición al Sol amarillo de la Tierra). El principal villano enemigo de Superman era Lex Luthor, que en esos años respondía al científico loco de toda la vida, arquetipo explotado hasta la saciedad en los pulps de la época, diseñando nuevas creaciones tecnológicas para aniquilar a Superman, por supuesto que sin éxito.


La llegada de Superman originó toda una avalancha de superhéroes. No todos ellos tenían trasfondo de Ciencia Ficción (Shazam, por ejemplo, tenía un trasfondo mágico, emparentado con los mitos egipcios). Pero entre los que tenían un trasfondo relacionado aunque sea de manera vaga con la Ciencia Ficción, los había procedentes de otras razas, como la amazona Mujer Maravilla o el atlante Namor. O héroes en principio humanos, que recurrían a artefactos tecnológicos de última generación para luchar contra el crimen, como Batman. Esto, cuando el propio héroe no era una criatura tecnológica, como la Antorcha Humana, que en su primera encarnación era un robot capaz de encenderse en flamas (la moderna Antorcha Humana, en versión Marvel, tiene un trasfondo distinto).


Una terrible calamidad que azotó a la Humanidad, resultó una bendición para los superhéroes: la Segunda Guerra Mundial. Aunque Estados Unidos se mantuvo aparte de ésta por algunos años, a finales de 1941 ingresó a la misma, y con ello, los superhéroes se alistaron en el bando de los Aliados, y en contra de los nazis. Los superhéroes pasaron entonces a ser una encarnación del patriotismo americano en los Estados Unidos. Por alguna extraña razón, en la Alemania Nazi no se desarrolló ningún superhéroe que defendiera las ideas nazis, y eso que parecía allí el terreno más abonado para estas invenciones. Después de todo, la idea de que un ser humano es físicamente superior, y utiliza esta superioridad para un ideal moral que es también intrínsecamente superior, imponiendo este ideal por la fuerza si es preciso (y debe serlo, si se quiere el componente espectacular que representa una buena pelea dibujada en la historieta) es, como se ha hecho notar en ocasiones, un concepto bastante próximo a las ideas nazis. Por otra parte, en Alemania fue donde se desarrollaron muchas doctrinas sobre la superioridad racial, incluso a inicios del siglo XIX, mucho antes de que Hitler llegara al poder. En cualquier caso, los superhéroes ya habían adquirido una gran presencia en el mundo de la cultura popular, y ya no la abandonarían hasta los días hoy por hoy corrientes.

Próxima entrega: "La Ciencia Ficción en el ojo del huracán".

viernes, 17 de diciembre de 2010

MEBDU 08 - "La República del Sol (Ciudad del Sol, Segunda Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Marbod el Bárbaro, tomado a la mala como esclavo por Quinto Diezmo Tributario, es destinado a los viñedos de Umbría, pero Marbod evita rebelarse debido a que ha quedado impresionado por Betsabé, una bella esclava judía. En los viñedos, Marbod escucha la doctrina de Boleslao, un escita que predica la inminente llegada de la Ciudad del Sol, en la que amos y esclavos desaparecerán para siempre. A la mañana siguiente, Piojosis llega a vigilar los intereses de su amo, en particular sobre Marbod, pero cuando intentan marcarle con un hierro al rojo vivo, éste marca en la frente a Manlio, el capataz, al tiempo que los esclavos se rebelan

“La República del Sol (Ciudad del Sol, Segunda Parte)”

Marbod el Bárbaro vaciló por un instante. Si se veía arrastrado a la rebelión, la ya remota posibilidad de acceder otra vez a Betsabé se perdería, quizás para siempre. Pero por otra parte, él era el más fuerte y honorable del grupo, y por lo tanto, éste necesitaría su ayuda. Al instante siguiente, avergonzado ante sí mismo por no honrar los nobles ideales en los cuales había sido educado desde la niñez, se lanzó de lleno a pelear por la causa de la justicia y la libertad de los esclavos.

Piojosis, observando que el escenario podía ponerse malo, no esperó a ver si el administrador conseguía restaurar el orden o no; deshonrando a cuatro mil años de honorables ancestros egipcios inventores de civilización, Piojosis puso pies en polvorosa, con Manlio corriendo por detrás; nada unía a ambos, por supuesto, salvo el deseo común de ponerse a salvo de la ira de Marbod el Bárbaro.

Dando grandes voces, sacando fuerzas del terror animal de quien hasta hace un segundo atrás se ha sentido dueño del terreno, el administrador llamó a otros capataces. Estos comparecieron rápidamente, y con látigos y aún espadas, formaron un cerco en torno al administrador y su hija, protegiéndole.

–¡Ya está!– dijo Marbod el Bárbaro. –¡Estáis a salvo! ¡Podéis retiraros!

–¿Retirada? ¡No! ¡Los mataremos! ¡Los mataremos y asaremos!– gritó Mugícrates, completamente fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre.

Ante esto, el administrador lanzó una arrogante orden:

–¡Mátenlos!– chilló, con espuma chorreándole por la boca. –¡Mátenlos a todos!

–¡No, padre, no!– dijo Publia, asustada.

Los capataces avanzaron. Los esclavos retrocedieron, atemorizados. Marbod el Bárbaro avanzó.

Tres o cuatro látigos volaron por el aire. Marbod el Bárbaro los soportó estoicamente mientras agarraba uno de éstos. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!! El látigo que tenía agarrado en la mano, Marbod el Bárbaro lo tiró y lo hizo culebrear, enredando así los otros látigos e impidiendo una segunda descarga. Luego, arrojando el látigo al aire, lo agarró con presteza por el mango, y latigó las manos de sus enemigos. Esquivó una espada, y con el látigo agarró la hoja de la misma en el aire. Luego, enarbolando la espada capturada, se lanzó contra el pelotón. Un espadazo, un cráneo hendido, otro espadazo, un brazo rebanado. A quienes no podía alcanzar con la espada, por poder zanjar tan solo uno a la vez, los golpeaba con el hombro. Al último, mientras imploraba piedad con la mano crispada en alto, Marbod el Bárbaro le clavó la espada en el pecho, con todo el peso de su cuerpo, arrancándole un último ahogado estertor.

Los esclavos, paralojizados, no reaccionaron; Boleslao estuvo a punto de decir algo, pero Mugícrates lanzó un grito violento, y con esto, los esclavos se arrojaron sobre el administrador.

Guiado por un sentimiento humanitario, Marbod el Bárbaro intentó recoger al administrador para protegerlo, pero esto no consiguió hacerlo sino rescatándolo pieza por pieza, en medio de la turba de esclavos que se arrojó encima suyo y lo linchó adecuadamente.

Temiendo por la buena Publia, Marbod el Bárbaro se volvió hacia ella, pero descubrió que estaba llorando a lágrima viva, sin querer ver a su padre trozado como un lechón, siendo ella consolada por un paternal Boleslao, que en esa hora de triunfo, lucía más grande que la vida.

–¡También a ella debemos matarla!– dijo Mugícrates, lleno de violencia, y con ojos morbosos. –¡Debemos matarla, pues maldito no es sólo éste, sino también toda su raza!

–¡No!– dijo Boleslao. –Porque ella ha sido bondadosa con nosotros, y no hemos de contestar al bien con el mal. En vez de ello, enviaremos a los mejores de nosotros para escoltarla y protegerla, a que la recojan sus familiares.

Y como Mugícrates intentara protestar, añadió Boleslao:

–¿Es que acaso olvidas las bondades y atenciones de que hemos sido objeto por parte de ella? ¡En verdad dicen que las raposas tienen cuevas en las que refugiarse, mas el hombre y la mujer de buena voluntad no tienen un pedazo de tierra en donde reposar la cabeza!

Y luego, más grande que la vida y que la muerte, iluminado de resplandor divino, Boleslao se levantó, y con gesto marcial acalló a los esclavos, diciendo:

–¡Salud, en el día de la liberación! ¡Porque en verdad os digo, he aquí llegada la hora! ¡Ved frente a vosotros, esos viñedos ya no son de esclavitud! ¡Esos viñedos son ahora la República del Sol! ¡Mirad, mirad y exultaos, porque la Ciudad del Sol está ante vosotros!

Los esclavos, pletóricos de emoción, se arrodillaron enfrente de Boleslao. Mugícrates, rumiando amargura, hizo lo propio. Pero luego, arrodillado, vio que Marbod el Bárbaro seguía de pie; era el único, aparte de Boleslao.

–¡Mira, Maestro!– dijo Mugícrates, con la envidia rebosando su copa. –¡Este hombre se niega a rendirte culto como nuestro Libertador! ¡Este hombre debe morir!

–¡Este hombre es quien nos ha dado la libertad! ¿Y así lo castigas?

Mugícrates mugió de disgusto. Pero luego añadió:

–Entonces, si es tan sagrado, debería ser él quien escolte a Publia, ¿no?

Había maledicencia en sus palabras, porque con ello, podría alejar a Marbod el Bárbaro, quien le hacía sombra, pero también podía crear la oportunidad de que éste abusare de Publia, y con ello, tener después motivo para acusarle y perderle.

–¡Yo escoltaré entonces a Publia, si así me lo pedís!– dijo entonces Marbod el Bárbaro, feliz de salir de allí, y tener una oportunidad de ir a buscar a Betsabé.

Algo después, luego de una tensa, pero no tan larga (el susto la hizo corta) carrera desde Umbría hasta Roma, Piojosis y Manlio se presentaron en la residencia de Quinto Diezmo Tributario.

–¡Malas noticias, oh, poderoso amo!– dijo Piojosis, arrojándose tembloroso a los pies del inválido Quinto Diezmo Tributario. –¡El estúpido de tu administrador ha generado toda una rebelión, y tus esclavos marchan ahora sobre Roma para matarte, diciendo “A este mal amo que hemos tenido, lo ajusticiaremos nosotros por nuestra cuenta”!

Al oir nuevas semejantes, entre veraces y exageradas, Quinto Diezmo Tributario palideció.

–¡Llevadme, llevadme entonces al Palacio Imperial! ¡Llevadme, he dicho!

Un poco después, llevado en un palanquín, Quinto Diezmo Tributario llegó hasta el Salón Real. Este hormigueaba de gente cargando líos y bártulos de toda clase. Anonadado por el espectáculo, Quinto Diezmo Tributario deslizó una sigilosa moneda en la mano de un esclavo.

–El Emperador está haciendo los últimos preparativos para mudarse a Capri– informó el esclavo, solícito.

Apareció Tiberio.

–¡Quinto Diezmo Tributario!– dijo, con voz cansada, el Emperador, un hombre regordete y de mejillas fofas, y mirada opacada por las amarguras de la vida. –¡Mi mejor publicano! ¡Que os trae por aquí!

–¡Mi César, mi Emperador! Por años os he servido fielmente, hasta que el infortunado accidente con el esclavo que os he referido, el tal Marbod, me ha traído a este estado. Y ahora que soy viejo e incapaz de valerme, he aquí que mi propia gente me traiciona. Los esclavos de mis viñedos en Umbría se han sublevado, y vienen a Roma.

–¡A Roma!– dijo Tiberio, con un gesto entre cínico y desesperado. –¡Esta Roma ingrata, que en nada agradece que la tenga en paz y tranquilidad! ¡Esta Roma que me odia por ser civilizado, y no proporcionarle diversiones brutales como juegos de gladiadores! ¡Que arda esta Roma, si debe arder! Desde Capri, habré de estar en paz y tranquilidad, para regir el Orbe Terrarum y administrar la herencia de mis ancestros.

–Pero, señor– dijo viperinamente una figura que había aparecido por detrás de Tiberio. –No podeis dejar que este mal ejemplo cunda. Si hoy se sublevan los de la Umbría, después se sublevarán los de la Campania, el Samnio, y al último, pero no para mejor, los del Lacio. Cuando eso pase, no estaréis seguro en Capri, sino en Creta, ¿y quién dice que los esclavos rebeldes no puedan construir o robar sus propias naves, e ir a buscaros allá…?

–¿A Capri, Sejano? ¿A Capri, y también a Creta…?– preguntó Tiberio, asustado.

–Debéis ser firme, mi Emperador. Vos mismo lo habéis dicho, le dais paz y tranquilidad al Orbe Terrarum. ¿Dejaréis que por un día de sublevaciones, la obra vuestra de más de diez años se desplome? ¿Recordarán al Divo Tiberio, puesto entre los dioses, como el administrador de diez años de paz, o el aniquilado por un día de perdición?

–¡Pero qué debo hacer!– preguntó Tiberio, angustiado. –¡Mi fiel Druso, el hijo en el cual confío todas mis bendiciones, está de campaña militar en Germania! ¡No alcanzará a llegar hasta Italia antes de que los esclavos marchen sobre Roma!

–Dejadme, señor, nombradme prefecto de la guardia pretoriana, y ya veréis como yo erradicaré a esos revoltosos. Porque yo os digo, señor, no debemos dejar que los elementos disolventes del sistema avancen, o pondrán todo lo que tenemos, nuestras posesiones y bienes, y aún nuestras familias, en peligro. ¿Acaso por inacción dejaréis que la República entera, todos nuestros valores democráticos, la libertad de opinión que tanto amamos y que vos tan bien respetáis, como suprema gracia para vuestros súbditos, se convierta en libertinaje? ¡Vuestro régimen asegura el orden y la estabilidad, bases fundamentales para el funcionamiento de la República, y tales cosas no deben ser sacrificadas por debilidad! ¡Por eso, César, os ruego, dejadme marchar contra los revoltosos, y grande gusto tendré en aplastar esta sedición en contra vuestra, y en contra de vuestro trono!

Tiberio miró a Quinto Diezmo Tributario. El gordo e inválido publicano, que otrora tantos y tan suculentos impuestos había recaudado para sus arcas fiscales, le miraba con ojos grandes y acuosos, todo él hecho temor (y todo él, considerando su gordura, era temor bastante para llenar una sala entera, si ello era preciso).

–Bien– dijo Tiberio. –Sejano, os nombro Prefecto de la Guardia Pretoriana. Y quiero a esos esclavos crucificados a lo largo de la Vía Salaria. ¡Pero os digo, Sejano, que no quede ninguno, absolutamente ninguno, que después pueda reprochármelo!

–Así se hará– dijo Sejano, sonriendo lobunamente.

Mientras tanto, considerando que “todos los caminos conducen a Roma”, Marbod el Bárbaro había escoltado a Publia bajo la sana idea de que encontraría a los parientes de ella en Roma porque hacia allá tenían que conducirlos los caminos, y también ellos llegarían hasta allá, siguiendo esos mismos caminos. Como Publia, al vivir en el campo, había mostrado interés en la equitación, habían podido sacar dos caballos, y de esta manera, Marbod el Bárbaro había podido escoltarla al paso por los caminos.

Marbod el Bárbaro, para entretener a su compañía, había intentado charlar de cualquier tema que no resultara indecoroso para una mujer de alcurnia, pero ella se negaba a contestar palabra, con la mirada perdida, todavía impactada por los recientes acontecimientos, y tocando como un amuleto de tarde en tarde uno de los dedos de su padre, que Marbod el Bárbaro pudo rescatar para ella de entre los miembros descuartizados del administrador, y que ella llevaba colgado a su cuello.

–¿Sabes, Publia? Creo que me siento bien por haberte encontrado. Creía que los de tu clase… por todo lo que he visto… Tu gentileza es incomparable, no se parece en nada a la inhumanidad de la gente de tu clase. En verdad tienes el corazón de oro.

Ella habló entonces por primera vez, y lo hizo con toda la amargura de su corazón.

–En cambio ustedes, esclavos, lo tienen negro, negro como la ceniza más negra de todas. Son… son… no son más que una chusma sangrienta. ¡Maldito el día en que pensé en ser caricativa y misericordiosa con ustedes, en que sentí lástima de ustedes! Debí haber sido mejor con el látigo y con la espada, así mi padre se hubiera salvado.

–Tu padre era un hombre sin ética ni moral, un opresor. Merecía morir– dijo fríamente Marbod el Bárbaro.

–¿Merecía morir, dices? ¡La vida de mi padre valía la que cien de ustedes! ¡Podía recitar la Eneida y a Horacio de memoria, mientras que ustedes sólo conocen las canciones de borrachos sobre mujeres perdidas!– restelló Publia. –¡Cómo osas compararte con nosotros!

Marbod el Bárbaro estaba ahora desconcertado, pero no tuvo tiempo para replicar, porque delante suyo aparecieron los resplandores y destellos de decenas de cascos con penachos: eran las cohortes pretorianas, movilizadas desde Roma a Umbría.

–¡Por Odín, debo avisarles a los esclavos!– dijo Marbod el Bárbaro, palideciendo. –Pero también debo escoltaros– le dijo a Publia.

–¡Oh, por mí no te preocupes, esclavo!– gritó Publia, y espoleando a su caballo, galopó al encuentro de las cohortes, mientras gritaba: –¡Un esclavo, un esclavo, aquí tienen a un esclavo!

–Eso lo decide todo– dijo Marbod el Bárbaro, apretando los dientes y devolviéndose. Podía rodearlos y pasar a Roma para buscar a Betsabé. Pero también era su deber moral avisar a los esclavos sobre el peligro que se avecinaba. Cualquiera otro hubiera optado por el primer camino, pero Marbod el Bárbaro tenía esa gran estatura moral, raramente vista entre los seres humanos, de manera que detuvo su caballo, se devolvió, y lo espoleó. Su lucha apenas empezaba.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ.

martes, 14 de diciembre de 2010

Tributo a "Cosmos" de Carl Sagan.


No quería terminar el año 2010 sin hacerle un homenaje personal a los treinta años de un verdadero hito televisivo. Para las nuevas generaciones, el nombre de Carl Sagan puede ser un gran desconocido, pero para quienes crecimos un poco antes, y desarrollamos la inteligencia suficiente como para preocuparnos por los temas científicos aunque sea de manera somera, la serie televisiva "Cosmos" que el señor Sagan consiguió sacar adelante contra viento y marea es un referente cultural ineludible. Su primera emisión en Estados Unidos fue de Septiembre a Diciembre de 1980, pero acá en Chile se emitió algo después. Con todo, por razones de edad, no la vi en su primera emisión, sino ya bastante más avanzada la década, en una retransmisión que se emitió dentro del marco de ese otro hito cultural televisivo, ahora restringido a Chile, que fue el programa "Creaciones" con el llorado Jorge Dahm.

Mis lectores más jóvenes seguramente no entenderán la significación que tuvo "Cosmos" para su época. En 1980 no existía Internet, y la información científica era bastante escasa. Existían libros, por supuesto, pero había que comprarlos (no se descargaban). Lo mismo ocurría con las enciclopedias: en esos tiempos ya idos, había gente desempleada que podía batírselas trabajando en esa ocupación llamada "vendedor de enciclopedias". En esos tiempos más cultos, la editorial Salvat vendía en los kioskos enciclopedias en interminables retahílas de fascículos (varios cientos) que juntos, todos juntos y sin faltar ni uno, conformaban enciclopedias sobre el arte, sobre la ciencia, sobre la fauna, sobre lo que hiciera menester. Hacer un trabajo para el colegio no era asunto de copiar-y-pegar: los más afortunados y hábiles usaban unos viejos artefactos llamados "máquinas de escribir", y el resto debían hacerlo a mano, porque en esos años no había computadores personales a escala masiva. Las máquinas de escribir, huelga decirlo, eran mecánicas y no electrónicas, y por lo tanto carecían de memoria: era uno quien debía ingresar la información trabajosamente a mano, tecla a tecla. Tampoco se podían pegar ilustraciones: la clásica fuente de ellas era tomar un libro o revista y recortarla a lo bruto con tijeras. En esos años, la editorial Mundicrom se hizo un pequeño agosto vendiendo láminas recortables para los trabajos escolares, para que de este modo los padres sufrieran menos por sus libros (en esa época, a los padres les preocupaba un poquito más la cultura que ahora). En cuanto a la televisión, no existía TV por cable, y por lo tanto no habían canales especializados en ciencia, sólo lo que buenamente emitieran los canales de televisión abierta (de manera muy interesante, en esos años los jueves por la noche eran rigurosamente destinados a programas culturales, todos ellos de muy buena calidad... pero eso es otra historia). Los libros no eran fáciles de adquirir, y por lo tanto quien quisiera educarse por su cuenta, debía coger ejemplares editados diez, veinte, treinta años antes. El lector comprenderá que un libro científico de la década de 1950, con sus ilustraciones en blanco y negro que trataban de simular grabados antiguos, con mayor o menor éxito, o con ilustraciones a lápiz en color de dinosaurios o planetas, no eran un prodigio de actualización.


Ahora que he descrito un poco el marasmo cultural que era educarse en esos años, comprenderán mejor lo que significó "Cosmos" para su tiempo. Era un programa científico muy fresco. Carl Sagan tuvo la ambición de difundir todo lo que era lo último en materia de astronomía por aquellos años. Sus intereses iban por el lado de la vida inteligente en el espacio, la posibilidad de contactarse con inteligencias alienígenas, etcétera. Además, trabajó en el proyecto Voyager, que en su brevísima pasada por el planeta Júpiter en 1979 aportó más información sobre tal planeta que todo lo reunido por los astrónomos terrestres desde la invención del telescopio 370 años antes. Su programa entonces era verdaderamente "lo último".


Parte importante del impacto de "Cosmos" es la impecable ordenación de su material. Carl Sagan podía haber optado por darle épica al programa escribiendo uno que fuera otra tediosa crónica histórica desde los orígenes de la astronomía hasta "lo último". Pero no lo hizo. En vez de eso, siguió un esquema de exploración desde lo más básico a lo más complejo. Partió con un capítulo introductorio ("Las orillas del océano cósmico"), para después abordar de inmediato la cuestión de la vida. Saltó entonces a la exposición de los nuevos descubrimientos planetarios, siempre relacionados con el mismo tema: ¿hay vida, la encontraremos, cómo será...? A partir de la segunda mitad (capítulo 7, "El espinazo de la noche"), el recorrido se hace más intrincado y se amplía hacia el campo de la cosmología: la estructura de la galaxia, la matriz del espacio-tiempo, la relatividad, el infinito... Los últimos capítulos están netamente dedicados al problema de la inteligencia en una escala cósmica: ¿qué es la memoria, cómo se almacena, qué valor tienen los libros y bibliotecas, se puede construir una enciclopedia galáctica...? Y lo más importante de todo... ¿qué pasará con la inteligencia humana, qué posibilidades tiene de sobrevivir, pasaremos a una nueva edad o nos quedaremos hundidos en un cementerio termonuclear...? Había historia de la astronomía, por cierto, pero no para llenar cátedra, sino para que nos admiráramos de su inteligencia y su capacidad para ser pioneros en la ciencia: fue uno de los primeros programas en donde los héroes eran los científicos y los racionalistas, en la época que fuera. Sagan alabó a los antiguos griegos no en su imagen tradicional de filósofos barbones y algo despistados, sino como avezados investigadores científicos que le sacaban el máximo jugo y con resultados asombrosos a las limitaciones de su técnica. Su evocación de la mentalidad sobre Marte en el siglo XIX y comienzos del XX, lejos de ser burlesca o condescendiente, hace que se te meta al cuerpo todo el terror que sentían los científicos y la gente de la época hacia una fuerza desconocida (después se comprobó que los marcianos no existían, claro, pero el daño ya estaba hecho). Y su descripción de la república científica en la Holanda del siglo XVII, episodio histórico que suele omitirse o tratarse a la pasada en los grandes manuales de Historia Universal, simplemente no tiene precio.


Pero si sólo hubiera sido la exposición, "Cosmos" hubiera sido probablemente un fracaso. "Cosmos" no fue otro aburrido programa documental de la época en donde un desangelado narrador en off lanza un discurso mientras se muestran una serie de fotografías que ya para la época era posible de considerarlas como "de baja resolución". La gracia de Carl Sagan, además de su avasallador carisma personal, fue una brillante puesta en escena. Con trabajo en locaciones, incluyendo Grecia, Inglaterra, Egipto, etcétera, más algunos ejemplos y comparaciones muy sencillas y muy visuales, Sagan hizo visibles para el público las a veces muy abstractas explicaciones científicas sobre la cosmología. Utilizó también una amplia galería de efectos especiales, un poco primarios para los estándares actuales en que muchos escenarios son recreados con infografías computacionales, pero que en su tiempo eran rompedores en un programa de esas características. Mención aparte merece la excelentísima banda sonora, partiendo desde el mismísimo tema de créditos, cortesía de Vangelis en sus momentos de mejor inspiración ("Heaven and Hell"), del que además utilizó el tema "Alpha" en alguna parte. En lo personal, gracias a "Cosmos" descubrí la Marcha de Amor de "Las Tres Naranjas" de Prokofiev (me parece que la utilizó en un pasaje sobre los "monstruos" que imaginaban los navegantes del siglo XVII en tierras extrañas), así como el poderoso primer movimiento de "Los planetas" de Holst (utilizado, de manera muy apropiada porque Holst abre su obra con el planeta Marte, en el capítulo dedicado al mundo rojo).


Para las audiencias de hoy en día, "Cosmos" es claramente un programa desfasado. Sus efectos especiales son primitivos para los estándares actuales (aunque eran de avanzada para su época), su narración quizás demasiado optimista o entusiasta (Sagan era un humanista convencido de que la ciencia iba a salvar al hombre, convicción más fuerte en 1980 que en la más nihilista actualidad), y mucha información sobre otros mundos se ha acumulado desde ese entonces. Pero hay algo que sigue vivo en el programa: el espíritu de que la ciencia no es una actividad complicada, de que esforzarse en aprenderla es parte de vivir una vida decente dentro de nuestra civilización, de que la ciencia no es la caja de los demonios sino la respuesta a muchos de los problemas que hoy en día acosan a la Tierra. La sociedad del 2010 es lejos mucho más estúpida que aquella en la que se emitió el programa por primera vez, pero no es culpa de "Cosmos": estoy absolutamente seguro, y si ustedes vieron el programa podrán confirmármelo, que quienes se maravillaron con sus sencillas explicaciones y sus revelaciones científicas portentosas para la época, hoy no son gente adicta a los reality de la televisión ni a la música basura. Al igual que muchos programas científicos de hoy en día, "Cosmos" era un espectáculo, pero un espectáculo inteligente, que en ningún minuto sacrificaba el rigor y la seriedad al afán de ganar audiencias (algo en que, por desgracia, incurren algunos canales que pretenden ser científicos hoy en día, plagados de efectos nostradamus o de especiales sobre el año 2012). De muy pocos programas televisivos documentales o de ficción en cualquier época y lugar se puede decir lo que diré a continuación de "Cosmos": que fue un lujo y un privilegio haber crecido viendo sus capítulos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 15 - Entra el cómic de Ciencia Ficción.


En paralelo al desarrollo del cine de Ciencia Ficción, otro arte prototípico del siglo XX empezaba a gestarse: el cómic. Las "historietas" o "tebeos", a según el país, tuvieron su puntapié oficial en 1895, con el nacimiento del "Yellow Kid", obra pionera en desarrollar una enorme cantidad de recursos que después se harían estándares del género: la división de la trama en viñetas, los bocadillos o globos de texto que representan lo que dicen o piensan los personajes, etcétera. Estas cosas, en muchos casos, ya se habían inventado antes, pero "Yellow Kid" las englobó todas de manera orgánica por primera vez. Aunque no hubo todavía historietas prototípicamente de Ciencia Ficción, sí muchas de ellas apuntan hacia lo fantástico: "Yellow Kid" mismo no, pero sí "Little Nemo", sobre un niño que tenía los más extravagantes sueños, o "Crazy Kat" con su mundo un tanto surrealista.


Como ocurrió en el terreno de la Literatura y el Cine de Ciencia Ficción, no hubo inicialmente una conciencia clara de estar haciendo cómics sobre "temas científicos". Muchas historias incidían más bien sobre una base de aventuras, y la ciencia era un condimento más de la fórmula. En esto, los cómics eran contemporáneos espirituales de los matarratos pulps, con sus romances planetarios y sus edisonadas varias. Pero en la década de 1930, cuando a consecuencias de la visión de Hugo Gernsback empezaba a imponerse, en Estados Unidos por lo menos, la idea de que la Ciencia Ficción era algo aparte del resto de las creaciones artísticas, también el cómic de Ciencia Ficción empezó a perfilarse.


La primera historieta presentada claramente como "una de Ciencia Ficción" fue "Buck Rogers en el siglo XXV", estrenada como tira diaria en los periódicos el 07 de Enero de 1929. En estricto sentido, Buck Rogers es una adaptación, porque el personaje había aparecido ya, en forma novelada, en 1928. La premisa de la historieta era simple: el protagonista, Buck Rogers, quedaba por un accidente en animación suspendida, y venía a volver en sí durante el siglo XXV. En su nueva época vivía fascinantes aventuras combatiendo a favor de la Humanidad y en contra de distintos villanos. La historieta se inscribe plenamente dentro de la visión tecnooptimista del futuro, en que la sociedad humana futura era una verdadera utopía, sólo perturbada de cuando en cuando por amenazas de ambiciosos villanos ávidos de apoderárselo todo. Buck Rogers generó imitaciones; entre ellas, la que tomó mayor personalidad fue probablemente Brick Bradford. El héroe, Brick Bradford, estaba premunido de un Trompo del Tiempo, con el cual vivía aventuras tan pulpescas como las de Buck Rogers, pero desplazándose entre distintas épocas y lugares, y luchando por tanto contra un espectro más variado de amenazas.


En 1934 llegó la que sería la historieta de romance planetario por excelencia: Flash Gordon. La trama de Flash Gordon era simple: un trío de personajes (el científico Zarkhov, la periodista Dale Arden y el deportista Flash Gordon) viajaban al planeta Mongo, en donde debían lidiar con las fuerzas del malvado Ming el Despiadado, el terrible tirano del planeta. El cómic es una destilación de todo lo que el romance planetario había desarrollado hasta el minuto, incluyendo aventuras en ambientación exótica, héroe apolíneo plantando cara al mal, y un maligno tirano que representaba el tópico, muy de su tiempo, del "peligro amarillo", sólo que ahora, transplantado a un mundo alienígena. En este mundo alienígena, por cierto, sin mucha coherencia narrativa, con simple afán de causar asombro, convivían magias ancestrales y bestias míticas con avanzadísimas tecnologías, incluyendo naves espaciales y rayos de la muerte. Pero la revolución de Alex Raymond no se limitó a llevar el romance planetario clásico hasta sus últimos límites: además, fue un innovador en primera línea del lenguaje de las historietas, incrementando espectacularmente su componente épico, y preparando de esta manera lo que después iba a ser el cómic de superhéroes. Esto, a pesar de que en sentido estricto Flash Gordon no es un superhéroe, porque no tiene superpoderes ni habilidades sobrehumanas, salvo una mente rápida y hábil para descubrir salidas en situaciones de vida o muerte, la que deviene en última instancia de su trasfondo como deportista de éxito en la Tierra.


El éxito de estas historietas es comprensible, ya que el medio presentaba significativas ventajas. Sobre la literatura, tenía el poder de crear imágenes evocativas, mientras que la palabra escrita obligaba a tener que imaginarse el ambiente según las descripciones del texto, los cuales, todo hay que decirlo, en esa época no siempre estaban escritos de manera demasiado literaria. Sobre el cine, por su parte, era más barata de producir, y sus imágenes podían ser más poderosas; en ese tiempo, recordemos, la industria de efectos especiales para el cine, a pesar de los poderosos avances realizados con "King Kong" (1933), aún seguían bastante en pañales. Y siempre era más barato dibujar una historieta e imprimirla, que filmar una película. Pero durante la década de 1930, la historieta seguía tomando, si no las historias mismas, al menos las ambientaciones y los personajes, de la literatura escrita de la época precampbelliana. Sin embargo, así como la Literatura de Ciencia Ficción afrontó la Revolución Campbelliana en 1937, la historieta de Ciencia Ficción hizo lo propio al año siguiente, puesto que en 1938 nació el primer gran personaje de Ciencia Ficción del que se puede predicar que es, ante todo, historieta pura: Superman.

Próxima entrega: "Los superhombres".

viernes, 10 de diciembre de 2010

MEBDU 07 - "¡¡Paraíso, ahora!! (Ciudad del Sol, Primera Parte)".


ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”: Por un malentendido, Marbod el Bárbaro termina siendo esclavizado por Quinto Diezmo Tributario, a quien ha dejado inválido en las Termas de Caribarbudo. Piojosis, el mayordomo de Quinto Diezmo Tributario, ordena que sea enviado a los viñedos de Umbría. Marbod el Bárbaro intenta rebelarse, pero entonces conoce a Betsabé, una bella esclava judía, y decide mantenerse sumiso, al menos hasta tener la oportunidad de regresar a por ella, aunque se entera de que, según la ley romana, no puede tomarla como esposa en su condición de esclavo. Ahora, en los viñedos de Umbría, escucha la prédica de Boleslao, quien habla sobre la llegada, por necesidad histórica, de la Ciudad del Sol sobre la Tierra

“¡¡Paraíso, ahora!! (Ciudad del Sol, Primera Parte)”

Marbod el Bárbaro preguntó cómo era aquello. Boleslao, extasiado por tener nuevo público para su prédica, no sólo puso los ojos en blanco para parecer en trance con la divinidad, sino que además, se esforzó especialmente en ello. Y habló de esta manera:

–Sabed primero, que yo era un rudo guerrero de las llanuras de Escitia. ¡Oh, cuán bruto era en ese entonces! ¡Cuán poco entendía de las cosas de este mundo! Creía que todo podía ser resuelto con mi espada, a la manera del Teménida que otrora cortara el nudo gordiano.

Para Marbod el Bárbaro, la referencia a Alejandro Magno pasó inadvertida. Además, no veía qué de malo tenía arreglar las cosas con un buen golpe de espada. ¡Es un método que, con los individuos moralmente inferiores, funciona tan bien…!

–Pero entonces, he aquí que llegaron las legiones romanas, paseando un día por mis tierras nobles de Escitia. ¡Cuánto se me encogió el corazón entonces! Con grande denuedo luché para defender mi Tierra Nativa, la Tierra Sagrada, mas el poder superior del romano tumbóme rápidamente. Me acogió la Tierra en su seno, y no pasé entonces por la atrocidad de ser convertido en esclavo, sino que fui bendecido con la gloria de caer muerto en batalla.

–Pues yo lo veo bien vivo– musitó Marbod el Bárbaro, pero lo dijo tan solo para sí, y en la oscuridad de la noche, nadie notó que musitaba con los labios.

–Abrí entonces los ojos, y una claridad cegadora estaba sobre mi. Entendí entonces que había llegado a la Ciudad del Sol, porque a mi alrededor habían bellos seres eslavos, hablando una bella lengua que no entendía, pero que debe ser aquella de los polevik, los espíritus bienhechores del campo, y el hombre que estaba delante de mí, en una gran pintura, con bigote, custodiado a cada lado por una hoz y un martillo, ése no debía ser otro sino Svarog, el Dios del Sol y el Ser Supremo, aunque en aquella Ciudad del Sol le daban un nombre en su idioma, que sonaba algo así como “Svalin” o “Stalin”… ¡Era tan bello, todo aquello que veía a mi alrededor…! Vastos campos y sembradíos, idílicos, llenos de trigo hasta reventar, con extraños artefactos que funcionaban con la magia de los dioses haciendo la siembra y la cosecha, sin esclavos… Aquellos polevik me llevaron hasta su Palacio, que estaba entero construído en metal, y bruñido por la luz del sol, y en ese Palacio me cambiaron las ropas y me alimentaron. Empecé incluso a entender palabras sueltas de esas lenguas seráficas, y así es como comprendí que aquellos polevik decían que yo había estado muerto nada menos que 2000 años. Y entonces entendí… ¡Porque la verdad, hijos míos, no es que tengamos que esperar a la muerte para gozar de la Bienaventuranza, sino que ésta se encuentra en el futuro!

Marbod el Bárbaro lo miraba como si realmente se hubiera vuelto loco, pero le dejó hablar.

–Cuando abrí los ojos, estaba de regreso aquí y ahora, donde me ven. Apabullado por lo grande de mi visión, me levanté y empecé a caminar. Quería entender qué era aquello que había sucedido, por qué había sido bendecido por la gracia, y por qué había sido expulsado de ella, cosa que me causaba una grande aflicción. Así, vagué de Escitia a la Dacia, de la Dacia a la Tracia, de la Tracia a la Tesalia, de la Tesalia al Atica, y así llegué a Atenas, en cuya Academia estudié la gran ciencia que es la Filosofía.

A Marbod el Bárbaro le habían hablado sobre aquello que en el Imperio Romano llamaban “Filosofía”, durante su educación en la Germania. En pocas palabras, le habían dicho que se trataba de aplicar las palabras a los problemas que eran más efectivos de resolver con la espada.

–Entendí entonces, gracias a los filósofos, que los seres humanos somos todos iguales, y por lo tanto, debemos todos tratarnos como hermanos. Y en verdad, así era en el principio de los tiempos, cuando el Cielo y la Tierra fueron creados. Pero después, el hombre inventó la propiedad privada, y empezó a marcar a su ganado, y ponerle cerco a las tierras que los dioses han hecho comunes a todos. Y cuando empezó a disputar por la posición de los cercos y por las marcas del ganado, empezaron a cercarse entre ellos mismos y a marcarse entre ellos mismos, y así nació la esclavitud.

Marbod el Bárbaro empezaba a encontrar toda clase de reparos a estos planteamientos, pero siguió escuchando en silencio.

–Y en verdad, dicha esclavitud es ilegítima. Porque se basa en que un hombre se adueña de medios de producción, la tierra y el ganado, que los dioses han hecho comunes a todos los hombres. Por lo tanto, estos bienes generan una plusvalía, que el dueño de las cosas debería compartir con sus esclavos, porque las cosas son de todos, pero como no lo hace, dicha plusvalía es inmoral, y constituye explotación. Y para asegurar esta plusvalía, inventó toda una superestructura de clases sociales: el Estado es el guardián de la explotación, las leyes son la expresión del poder ilegítimo, y la religión es la belladona del pueblo, para que los esclavos no se subleven, amparados en la creencia de que sus miserias en este mundo se compensarán con la felicidad ultraterrena.

Marbod el Bárbaro notó la contradicción entre la prédica atea de Boleslao, y la narración inicial de su viaje a la Ciudad del Sol, el señorío de Svarog. Pero Boleslao, cada vez más arrobado por su propia narración, siguió ahora con tono de grandeza altisonante:

–Pero yo os digo, que la explotación del hombre por el hombre genera contradicciones, y son las contradicciones del sistema las que llevarán a una dialéctica materialista en la que, a medida que madure el sistema esclavista, las clases inferiores se subleven y se apoderen de los medios de producción, creando así la dictadura del proletariado, como paso necesario antes de la llegada de la Ciudad del Sol. ¡Y yo os digo, esto no es sólo una esperanza! ¡Esto es una necesidad histórica! ¡Es tan necesario que esto suceda, como que el día suceda a la noche! ¡Y ese día, todos nosotros seremos libres! Y en verdad os digo, algunos de vosotros no llegaréis a gustar de la muerte, antes de que la Ciudad del Sol esté entre nosotros…

Aquella noche, la barraca entera de esclavos durmió como si hubieran consumido belladona.

Todos, excepto Marbod el Bárbaro. Todo aquel mito de la Ciudad del Sol le parecía de un exotismo curioso. Pero aún así, suponiendo que de verdad Boleslao hubiera viajado a la Ciudad del Sol, todo le olía a chamusquina. ¿Todos los seres humanos, iguales…? ¿De dónde había sacado una estupidez semejante? ¿Acaso el delincuente es igual que la víctima, y deberíamos tener idénticas consideraciones con ambos? ¿Acaso el mentiroso debe ser tan respetado como el que dice la verdad? Y si todos los hombres son iguales, ¿acaso esos malvados dueños de plantaciones y esclavos que se apoderan de la plus… la plus… la plusvalía, eso era, esos malvados que se apoderan de la plusvalía, no debían ser tan respetados como los esclavos mismos? Y si en verdad la propiedad privada era el origen de todos los males, ¿por qué los seres humanos habían renunciado a la propiedad comunal, en primer lugar? Y si habían sido engañados, ¿cómo podían haber sido tan inocentes de caer en la trampa, mientras que otros eran tan malvados que habían podido tejer dicha trampa? Marbod el Bárbaro movió negativamente la cabeza. Todas esas historias sobre la Ciudad del Sol eran bellísimas, pero no eran más que otro sueño mitológico adicional. Al menos, sus propios dioses, Odín, Thor y Freyja, existían en la realidad. Y sus promesas eran mejores: si realmente te esfuerzas en la batalla y vives con honor como un hombre libre, no te llevan a una Ciudad del Sol en donde todos son iguales, sino a un Valhalla en el cual los mejores guerreros se transforman en el Ejército de Odín, listos para luchar contra éste en el dantesco Ragnarrok que acabará con el mundo. ¡Eso sí que es religión, y no el cultito campestre de Boleslao…! Y con estas reflexiones, Marbod el Bárbaro acabó por dormirse.

A la mañana siguiente, el Sol que Boleslao adoraba bajo el nombre de Svarog, ascendió una vez más sobre los viñedos de Umbría, tocando cada grano de uva con lujuria, e iluminándolos como el rubor en las mejillas traiciona la castidad de la novia. Este bello paraíso natural fue interrumpido, por supuesto, por el chasquido del látigo del capataz.

Los esclavos se formaron a la entrada del viñedo. Ante ellos pasó una hermosa dama romana, de un perfil vagamente reminiscente de alguna escultura griega.

–¿Y ésa, quién es?– preguntó Marbod el Bárbaro, al esclavo que le seguía.

–Es Publia, la hija del administrador. Siempre, antes de entrar a la plantación, nos hace formar a todos los esclavos y nos permite beber un cazo de agua, antes de ir al trabajo.

–¿Y su padre… el administrador… permite eso…?

–¡Oh, no! Se irrita y se enfada mucho. Pero Publia tiene el corazón generoso, y se empeñó tanto, que se salió con la suya. Además, nos cuida y nos atiende cuando estamos enfermos o heridos.

Marbod el Bárbaro observó que el capataz observaba a Publia con gesto de fastidio. Sin embargo, era la hija del administrador, así es que… ¿qué podía hacer al respecto?

Cuando llegó el turno de Marbod el Bárbaro, Publia le miró a los ojos, y se sintió levemente perturbada. Sus manos temblaron cuando le extendió el cazo.

–¡No la mires tanto, esclavo!– gritó el capataz, enarbolando el látigo y listo para soltarlo.

–¡Manlio!– reprendió Publia al capataz, con voz de niñita mimada, al tiempo que clavaba en éste una dura mirada con sus expresivos ojos. Luego de una pausa teatral añadió: –Ese látigo, ¿lo piensas usar para latigar a este pobre hombre? Porque si él llega a esquivarlo, me darás a mi.

Manlio, el capataz, barruntó algo entre dientes, hizo un movimiento de fastidio con el brazo que empuñaba el látigo, pero terminó guardándolo con renuencia.

En ese minuto apareció el administrador, junto a otro hombre. Marbod el Bárbaro lo reconoció. Eran los feos rasgos de Piojosis, el administrador principal de Quinto Diezmo Tributario.

–¡Hija, otra vez dándole agua a los esclavos! ¿Crees que el agua nos la regalan los dioses, en las vertientes? ¡No, hay que ir a buscarla!

–¡Pero padre, estos hombres trabajan todo el día por un puñado de miserable grano, y tienen sed! ¡Necesitan de nuestra caridad!– dijo Publia, con modales de niña mimada.

Mientras tanto, sin prestar atención a las cuitas familiares de Publia y el administrador, Piojosis miró a Marbod el Bárbaro, levantando el mentón y enarcando las cejas. Luego, habló con voz chillona, y tono de estar leyendo algún aburrido decreto oficial.

–¡Nuestro amo quiere que se le preste especial atención a este esclavo! ¡En particular, le quiere en los oficios y labores más pesados!

–Precisamente íbamos a cavar nuevos pozos. Es grande y fuerte, y sus músculos podrán…– dijo el administrador.

–¡Bien!– interrumpió Piojosis con sequedad, y con un desagradable sonsonete nasal. –¡Veo que no lo han marcado!

–¡Oh, no, señor! Esperábamos vuestra llegada para que pudiérais contemplarlo, y reportarlo a nuestro patrón– dijo el administrador, con zalamería.

Y luego, sin hacerse repetir la instrucción, le hizo una seña al capataz. Manlio partió a buscar los enseres de marcaje. De manera que puso una barra al rojo vivo sobre un brasero, y empezó a esperar.

–¡Esperen un minuto!– dijo Marbod el Bárbaro. –¿Marcar? ¿A un hombre libre?

–¡Silencio, esclavo!– dijo Piojosis. –¡No eres un hombre libre, eres un esclavo según las leyes romanas!

–¡Pero no tiene marca!– intervino Publia. –¡Ante la ley romana, aún es un hombre libre!

Marbod el Bárbaro abrió la boca. ¡Aún tenía posibilidades, entonces! ¡Quizás, hasta pudiera desposar a la bella Betsabé…!

–¡Silencio, hija!– gritó el administrador, furioso.

–Debes educar mejor a tu hija– dijo Piojosis, con tono falsamente condescendiente.

–Entonces, si soy libre, puedo marcharme– dijo Marbod el Bárbaro, y empezó a caminar con calma.

Manlio entonces, con un rápido movimiento, sacó el látigo y descargó un golpe. Este cayó sobre la espalda de Marbod el Bárbaro, pero éste apenas se inmutó, a pesar de que un hilillo de sangre corrió por sobre su broncíneo hombro derecho.

–¡Bien hecho!– dijo Piojosis, evidentemente divertido. –Somete a ese esclavo, Manlio.

Marbod el Bárbaro se dio entonces la media vuelta. Su mirada se clavó en Manlio. Este intentó retroceder, y descargó un nuevo latigazo, esta vez al rostro. Marbod el Bárbaro agarró entonces el látigo. Bien aleccionado por la última vez, Manlio lo soltó esta vez. Marbod el Bárbaro despreció servirse del arma que había capturado, y la arrojó al piso con ira. Siguió avanzando, imparable como un golem. Manlio se acercó al brasero, y tomó el hierro al rojo vivo. Hizo un par de fintas, para mantener alejado a Marbod el Bárbaro, pero éste consiguió coger el hierro por la mitad, de un seco tirón lo arrancó de las manos de Manlio, lo dio vuelta en el aire sin dificultad, y apuntó de manera seca y directa. Un horroroso grito salió de la garganta de Manlio, quien ahora tenía la marca de los esclavos puesta como un sello indeleble sobre su frente.

Todo hubiera podido acabar ahí. Pero no resultó de ese modo. Porque Mugícrates, aprovechando el ambiente electrizado, gritó:

–¡¡¡Libertad!!! ¡¡¡Libertad!!! ¡¡¡Libertad!!!

Los esclavos, como a un solo grito, estallaron. Y empezó la revuelta.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ.
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