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viernes, 26 de noviembre de 2010

MEBDU 05 - "Saturnales".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Entusiasmado por la posibilidad de conocer a los romanos, Marbod el Bárbaro renuncia a su corona, asumiéndola de manera interina su tío Genserico, y viaja a través de Helvecia, dejándose caer en Italia. Allí pasa por una serie de peripecias en las Termas de Caribarbudo, dejando en muy mala condición a varios notables ciudadanos romanos, entre ellos a Quinto Diezmo Tributario. Ahora sigue su imparable marcha hacia Roma


“Saturnales”

En el tiempo en que Marbod el Bárbaro arribó a Roma, eran días de fiesta y celebración, pues ha de saberse que aquellos días correspondían a los de las Saturnales. Estaba por tanto la Ciudad Eterna entregada al jolgorio y el regocijo. A Marbod el Bárbaro, habituado a la vida en las aldeas campesinas de la Germania, el espectáculo de una vasta ciudad sumergida en un enorme carnaval era prácticamente nuevo.

La ciudad entera estaba decorada con lámparas de aceite, antorchas y velas. Había guirnaldas colgadas por todas partes. Corrían las damas, y los chicos tras ellas, y a veces los ancianos tras esos chicos. Habían estatuillas en las ventanas, duendes en los jardines, y los árboles frutales estaban cargados con toda clase de adornos. El espectáculo en las callejuelas cercadas por las ínsulas, los edificios de departamentos de hasta ocho pisos, era simplemente fascinante.

Pasó entonces, ante Marbod el Bárbaro, y en medio de la multitud, un hombre gordo, vestido con una chaqueta de piel, roja con bordes blancos, y con luengas barbas igualmente blancas, agitando una campana y riendo jovialmente:

–¡¡¡Jo, jo, jo, Felices Saturnales para todos!!! ¡¡¡Jo, jo, jo!!!

–¿Y ése, quién es?– le preguntó Marbod el Bárbaro a un transeúnte.

–¿No lo sabes?– preguntó el transeúnte, con expresión de sorpresa. –¡Es Saturno, el Dios romano del Tiempo!

–¡Griego!– corrigió un vejete cascarrabias desde el cuarto piso de una ínsula. –¡Y se llama Cronos! ¡Malditos ladrones culturales!

–¡Oh, no le hagas caso! Es Polibio de Megalópolis. Dice que es historiador, y está amargado porque es un griego de pura cepa entre romanos. Aunque a ver si encuentras un romano aquí en Roma…

Preguntóle Marbod el Bárbaro como era aquello.

–¡Hombre, esto es Roma!– replicó el alegre viandante. –¡El crisol de razas! Puedes encontrar judíos, egipcios, caldeos, persas, griegos, galos, íberos, britanos, cartagineses, númidas, chipriotas, capadocios, nabateos, escitas, frisones, cimerios, bactrianos, indostánicos, partos, árabes, libios, sardos, etruscos, ilirios, tracios, frigios, bizantinos, laconios, cretenses, rodios, sículos, samnitas, gálatas, etíopes, helvecios, béticos, pictos… Pero, ¿romanos? ¡Oh, no! Los romanos de pura cepa que van quedando y no fornican ni procrean descendencia con los no romanos, hace tiempo que están en las afueras, en Tívoli o… ahora que se rumorea que nuestro buen Emperador Tiberio se marcha a Capri, hay que ver cómo ha subido la especulación inmobiliaria allá… Pero qué mal educado soy, no me he presentado. Yo soy Febo, Febo de Rímini. ¿Y tú…?

–Marbod. Marbod el Bárbaro.

–¡Oh, ya veo! Germano. Aunque debí adivinarlo por la barbaza rubia. Pero no deberías darlo a entender tan crasamente. Aquí en Roma temen a los bárbaros. Quizás deberías latinizar tu nombre, algo así como Mauricio o Marcos…

–¡Marbod! ¡El Bárbaro!– dijo Marbod el Bárbaro. ¿Y saben por qué lo dijo? Lo dijo porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

–Ya veo, ya veo… Pues bien, vamos a divertirnos.

En el camino hacia algún lugar para divertirse, Marbod el Bárbaro preguntó por el sentido de las fiestas, o si acaso la ciudad era siempre así.

–¿Esta ciudad? ¡Oh, no! Húmeda e insalubre, casi todo el año. Supongo que por eso tenemos todo esto una semanita al año. El Emperador Augusto quería que fuera menos días, sólo tres días… ¡Pamplinas, la gente sale igual a la calle una semana! El Emperador decía que por cada feriado el PIB anual del Imperio disminuye en 25 mil millones de sestercios. A lo cual alguien, en pleno Foro, le gritó: “Si el PIB aumenta en 25 mil millones de sestercios por cada día laboral hábil, y somos cincuenta millones de habitantes en todo el Imperio, ¿dónde entonces reclamo mis 500 sestercios adicionales por renunciar a celebrar un día feriado?”. Por lo que el Emperador, que en ese entonces era Octavio Augusto, debió echar pie atrás. Ya sabes, el sueldo mensual de un trabajador es de 1200 sestercios, que apenas alcanzan, y los peces gordos se lo embolsican todo… ¡Por ellos, no hubiera feriados! Claro, para ellos es relajante trabajar porque siempre ganan, pero para uno…

–Pero no me has dicho nada sobre las Saturnales.

–Si quieres saber sobre ellas, deberías hablar con ese vejete cascarrabias, con Polibio.

–Vamos, entonces.

–¿Para qué quieres hablar con ese tipo? ¡Mejor vamos a divertirnos!

Pero Marbod el Bárbaro se obstinó en hablar con Polibio de Megalópolis, porque él, como historiador, seguramente sabría mucho más del tema que otras personas.

–¡Ay, pesado!– dijo finalmente Febo de Rímini, dejando escapar por fin lo afeminado de su carácter, y con un mohín de disgusto, se volvió y empezó a caminar moviendo visiblemente las caderas, al tiempo que le gritaba al aire: –¡Tú te lo pierdes, querido!

Marbod el Bárbaro se quedó desconcertado, pero prefirió dejarle marchar. Enfiló entonces hacia el departamento de Polibio de Megalópolis. Una vez en éste, indeciso sobre qué hacer, decidió pasar, pero se encontró con la puerta cerrada. Por lo que, para dar a entender que estaba allí, la aporreó violentamente.

–¡Quién!– gritó Polibio desde el interior.

–¡Marbod! ¡Marbod el Bárbaro!

Se sintió como si estuvieran quitando una tranca desde tras la puerta, y luego ésta se abrió. El rostro aguzado y sarmentoso de Polibio apareció.

–Todos son bárbaros en estos días. ¡Qué quieres!

Al conocer el objetivo de la visita, Polibio hizo pasar a Marbod, aunque con muy malos modales. Ambos se sentaron. Y Polibio principió su relación.

–En el comienzo, los romanos adoraban a un dios llamado Jano. Pero luego invadieron mi amada Hélade, y no sólo se robaron las estatuas, sino también los dioses. Diéronse entonces en creer que sus antiguas sombras eran nuestros gloriosos dioses. ¡Habráse visto! Pero como los romanos son tontos, no entendieron que nuestro dios más importante es Zeus, y pensaron que su padre Cronos, que ellos llaman Saturno, era el más importante. Así es que tomaron sus fiestas agrarias, y las llamaron Saturnales. ¡Malditos ladrones! Por lo menos, en ese tiempo, las Saturnales eran otra cosa. Había alegría, había regalos, todos eran felices. No era esta orgía de consumismo pagano que nos invade ahora. ¿Ya miró usted en los escaparates, señor Marbod? ¡”Haga feliz a los suyos, en las Saturnales regáleles un carro nuevo”! ¡”Esclavos Espartaco: En estas Saturnales, su familia merece un esclavo, pero que sea Espartaco, no acepte imitaciones”! ¿Ya vio las multitiendas Precioplumbium? ¡”No más presión por los regalos de las Saturnales, en Precioplumbium puede comprar su regalo a 24 meses plazo”! ¿Se da cuenta? ¡Cuando se viene la siguiente Saturnal encima, recién ha pagado doce cuotas, la mitad de la Saturnal anterior, y ya tiene que endeudarse para la siguiente…! Como decía Cicerón en su latín, esa ruda lengua a la que para expresarse debió recubrir con los hermosos plumajes de nuestro más excelso griego… “¡Oh tempora, oh mores!”. “Oh tiempos, oh costumbres”, mi amigo, “Oh tiempos, oh costumbres”.

–¿Es que entonces los romanos se han vuelto locos?

–Así es, mi amigo, y le voy a decir por qué. Por algo yo soy… ¡¡¡POLIBIO DE MEGALÓPOLIS!!! Pues bien, los romanos de antes amaban la virtud y el servicio público. Hubo un hombre, se llamaba Cincinato… Le llamaron para ser dictador con poderes absolutos por seis meses, suspendiendo el sistema constitucional entero en su beneficio, para que los defendiera de un enemigo externo. Cincinato los venció en seis días, y luego, en vez de terminar de disfrutar su mandato, simplemente se ajustó el cinturón y volvió a su granja para seguir trabajando. ¡Eso era civismo! Pero luego vinieron las Guerras Púnicas. Los romanos, que apenas controlaban una península, ahora pasaron a controlar un mundo. Se emborracharon de poder. Se creyeron invencibles. Pero sus legiones pueden darles tierras y colonias, pero no pueden darles moral ni civismo. Esas cosas no se conquistan entrenándose para enarbolar la espada, sino aprendiendo a guardarla. Por eso, este desastroso estado de cosas. Antes, los romanos buscaban la virtud con la honestidad de un buen ciudadano, mientras que ahora, los romanos buscan la virtud comprándola. ¡Maldita raza, la que cede a la hybris y en su hora suprema invierte su dinero en chiqueros!

Apesadumbrado entonces Marbod el Bárbaro, al entender que los romanos, tan grandes en poder militar y monetario, eran tan pequeños en virtud y heroísmo, salió a la calle.

Le interceptó un hombre vestido con una capucha, flaco y blancamente barbado, que al verle, levantó el puño en alto, con su dedo índice bien erguido, y le gritó con voz cascada, y con fuego profético en las entrañas:

–¡No vayas a las tierras de los paganos, porque en verdad te digo, el Reino está cerca!

–¿Paganos? ¿El Reino? ¿Qué Reino?

–Has de saber que los paganos están condenados, que el mundo está condenado… ¡Porque desde Oriente nos ha llegado un Salvador! ¡Todo este mundo pagano y corrupto perecerá, será arrasado por el fuego hasta los cimientos! ¡En verdad te digo, no vayas hacia donde los paganos, porque segura senda de perdición allí encontrarás!

–¿Un Salvador desde Oriente? ¿Se trata acaso de un Rey?

–Se trata de un Rey, en efecto, pero Su Reino no es de este mundo. Si Su Reino fuera de este mundo, sus servidores habrían luchado para que no cayera en manos del Malo. Pero Su Reino no es de este mundo. El nació en un día como hoy, el día que los impíos romanos celebran sus Saturnales. ¡Arrepiéntete, y confía tu vida a Aquel Que Ha Muerto Por Ti!

Ante tanta glosolalia junta, Marbod el Bárbaro se sentía legítimamente confundido. De manera que preguntó, sólo para aclarar un poco:

–Y tu Salvador, ¿tiene nombre?

–El Salvador se llama… ¡¡¡Mitra!!! Y él domó al Toro, y lo sacrificó para bien y salvación de la entera raza humana. ¡¡¡Cree en Mitra, hijo mío, cree en Mitra y sé salvo!!!

–Ya. ¿Y tu nombre es…?– preguntó Marbod el Bárbaro, pensando al mitraísta tan tocado que le contestaría justamente “Yo soy Mitra” o algo parecido.

–¡Ah, mi nombre!– dijo el venerable, sacando un pequeño rollo desde su interior, del cual cortó un pedazo. –Me llamo Ariaramnes, aquí está mi tarjeta. Cualquier duda o consulta, no temas en acercarte al Templo de Mitra, hijo mío. ¡Que la paz de Mitra esté con vos!

Y luego, dándose por satisfecho, el venerable Ariaramnes se dio la media vuelta y se marchó; a los pocos pasos que el mitraísta había dado, Marbod el Bárbaro le vio atosigando a otro incauto, gritándole en la cara con voz temblorosa que Mitra era el Unico Salvador, que Su Palabra es Eterna, etcétera.

Marbod el Bárbaro caminó y caminó, y así salió del sector de las ínsulas para llegar a los arrabales, en donde los departamentos habían sido reemplazados por grandes mansiones señoriales. Llegó entonces a una casa de la que entraba y salía gente. Como era una casa grande, y parecía una fiesta pública, ingresó.

–¡Vamos!– lo arrastró uno. –¡Estamos jugando a “embadurna al esclavo”!

Marbod el Bárbaro se vio arrastrado por el torbellino de gente, y en realidad estaba cansado, por lo que decidió no oponer demasiada resistencia.

En medio de la masa de gente había un tipo medio sentado, tratando de defenderse como podía de la mencionada masa de gente. Las facciones del hombre eran irreconocibles debajo de un maloliente fango compuesto de harina mojada, huevos podridos, legumbres en avanzado estado de descomposición, barro, y muy probablemente orina y excrementos. A su alrededor, una serie de personajes estaban danzando burlonamente, gritándole: “¡Sucio esclavo, sucio esclavo, te gusta ser sucio, sucio esclavo!”.

Marbod el Bárbaro, movido a compasión ante aquella turba que impedía al desgraciado levantarse, decidió retirarle sus sufrimientos, a la manera bárbara que conocía. De manera que sacó su espada y la levantó. En medio de la turba, algunos se dieron cuenta, y retrocedieron asustados.

–¡Ya es medianoche!– entró chillando uno. –¡Las Saturnales se acabaron!

El hombre embadurnado se limpió entonces la cara. Marbod el Bárbaro, a punto de descargar el golpe, se detuvo en seco. Reconocía aquel rostro. ¡Era Quinto Diezmo Tributario, el hombre al cual había dejado malherido en las Termas de Caribarbudo!

Quinto Diezmo Tributario levantó la mirada, y vio a Marbod el Bárbaro, a punto de matarle.

–¡De manera que tú también eres mi esclavo!– chilló, histérico, pero complacido.

–Pero, pero… ¿No era usted el esclavo?– preguntó Marbod el Bárbaro, estupidizado.

–¡Tonto!– gritó Quinto Diezmo Tributario, al tiempo que se movía penosamente, demostrando claramente que había quedado tullido después del encuentro con Marbod en las Termas. –Es costumbre de las Saturnales que los roles de esclavo y amo se inviertan. Ahora que las Saturnales han acabado, y yo soy el amo otra vez, me vengaré de todos ustedes… ¡Y ya que has actuado como mi esclavo delante de testigos, ahora lo serás…! ¡Me vengaré de ti, maldito bárbaro! ¡Porque yo no soy sólo un hombre! ¡Tengo a TODO EL APARATO INSTITUCIONAL DE ROMA detrás de mí…! ¡Y lo voy a utilizar…! ¡Lo voy a utilizar, maldito, te lo juro…!

Y terminó con una carcajada que se la hubiera envidiado un Emperador loco…

Próximo capítulo: “Marbod esclavo”.

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