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viernes, 19 de noviembre de 2010

MEBDU 04 - "El inicio de las invasiones bárbaras".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Mientras va de cacería contra el Gran Dragón del Río Rhin, Marbod el Bárbaro se entera de que más allá del limes están los romanos, con exóticas costumbres. Luego de regresar a su tribu, decide abdicar en su tío Genserico, quien toma el poder en calidad de regente, y emprende luego la marcha hacia Roma. En Helvecia se encuentra con una fortaleza del limes, y luego de un intercambio con unos soldados de talante burocrático, sigue su imparable marcha hacia la Ciudad Eterna


“El inicio de las invasiones bárbaras”

Para invadir un lugar siempre es necesario ser más de uno; ni el más individualista de los invasores podría pasar de simple entrometido en caso de tentarlo por cuenta propia, y jamás sería llamado “invasor”. Pero sin importar el tamaño de la banda, horda o grupo de amiguetes, siempre uno debe ser el primero en traspasar el umbral. Y el primer bárbaro que invadió Roma fue… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Antes de Marbod lo intentaron otros. Los galos incendiaron Roma en 364 Ab Urbe Condita, pero luego decidieron marcharse. Los cimbrios y teutones ni siquiera llegaron tan lejos. Pero Marbod fue el primero de los germanos, y ya sabemos que los germanos llegaron para quedarse, y al final terminaron aplastando a Roma.

Pero antes de que Marbod llegara hasta Roma, y habiendo recién descendido de las cumbres alpinas en Helvecia, ocurrió un episodio digno de mención.

Intrigábale sobremanera a nuestro heroico Marbod el Bárbaro, el hecho de que los romanos tuvieran el prurito de lavarse todos los días. Porque todo buen guerrero germánico sabe bien que el agua es dañina para la piel, y produce toda clase de escaras y ulceraciones. ¿Saben ustedes, estimados lectores, por qué Odín era un dios tuerto? Perdió su ojo lavándoselo en una fuente por ahí (los herejes insisten en que su esposa Freyja le puso el ojo como tomate después de alguna clase de aventura, pero como sabemos, ésos son cuentos propagados por los misioneros católicos como infundio contra los Verdaderos Dioses). Además, ¿para qué demonios sacarse la tierra y el barro de encima, si después en la siguiente guerra el pellejo se vuelve a ensuciar? Claro que Marbod el Bárbaro, habituado a su vida en la Germania, no reparaba aún en el hecho de que los romanos no vivían en permanente estado de beligerancia, sino que sobre ellos imperaba la Pax Romana.

De manera que descendiendo Marbod el Bárbaro por Helvecia, siempre con rumbo a Roma, llegó hasta la amplia llanura del Río Po. Sobre este río había un estupendo puente, que Marbod debía cruzar, y al lado del puente, había una gran construcción con hermosas columnatas y bellas estatuas de desnudos masculinos. Se trataba de las afamadas Termas de Caribarbudo, mandadas a construir por el Cónsul Septimio Máximo Ignaro, pero que por negligencia de los contratistas no alcanzó a estar terminada dentro de su período anual, y por tanto le cupo la inauguración, con bombos y platillos, a su sucesor Publio Ridículo Caribarbudo, que no había hecho por aquellas termas nada más que cortar la cinta inagural, pero que por haber llegado al último y por tanto tener derecho a Escribir La Historia, había ordenado que se las llamara Termas de Caribarbudo, y con ese nombre se las conoce hasta el día de hoy.

Atraído por la novedad de un edificio tan grande y apolíneo, Marbod el Bárbaro se acercó a verlo. No había cercos de ninguna clase, sino amplios jardines decorados con estatuas de lánguidas doncellas siendo secuestradas por musculosos Zeúses o esbeltos Apolos. Marbod el Bárbaro tardó en reparar en que aquellos sátiros y silenos eran dioses; maravillóse entonces de que los romanos adoraran a semejantes bestias, en vez de rubios apolíneos como Odín, Thor o Balder. Además, los dioses germánicos eran éticamente correctos, y no andaban galanteando doncellas de manera tan lujuriosa.

A la puerta del edificio salió un chamberlán, que se dirigió a Marbod el Bárbaro en los siguientes estirados términos:

–Bienvenido el señor a nuestras cálidas Termas de Caribarbudo, puede usted pasar a…

Entonces se interrumpió, porque había abierto los ojos, y visto los andrajos que portaba Marbod el Bárbaro, y consecuentemente, bajado el mentón.

–¡Oh, vaya, si es por el aviso de vacantes, estamos llenos, pobre hombrecito! Puede usted volver a Pisa en esa dirección, o a Milán en esa otra…

–Quiero pasar. He oído muchas cosas sobre las termas romanas, y quiero saber por qué son tan maravillosas.

–¡Oh, no, por favor! ¡Las termas no están abiertas para pordioseros como usted! ¡Las cosas buenas de la vida son sólo para los que tienen sextercios y denarios! Y ahora… ¡Zu, zu, zu!

Acompañó sus “zu, zu, zu” con amanerados aspavientos hechos con la mano.

Marbod el Bárbaro podía entender razones si se las daban, porque el tener el carácter de un bárbaro no le hacía tonto ni de pocas luces, pero si has tenido un bárbaro armado frente a ti, sabes que es mala idea tratar de echarlo con onomatopeyas, como si fuera un perro. El chamberlán, quizás demasiado acostumbrado a la Pax Romana, o tal vez por el aislamiento de las Termas respecto de cualquier ciudad, no había internalizado esa valiosa lección, y aquello fue su desgracia, porque de haber sabido este tema, se habría podido ahorrar algunos huesos rotos.

Pasó Marbod el Bárbaro al interior del recinto, después de dejar al chamberlán listo para engrosar los honorarios del médico. Lo primero que vio fue un amplio atrio con una pileta. Habían algunos individuos caminando apaciblemente, conversando de distintas cosas. Marbod el Bárbaro pronto notó algo curioso en aquellas personas: ¡no tenían olor corporal! No olían a adrenalina ni a sudor. No olían a macho. Además, sus carnes eran fofas y blandas, como si nunca en la vida hubieran empuñado una espada para defender lo suyo.

Con toda la inocencia del mundo, Marbod el Bárbaro se acercó a uno de aquellos carilindos.

–Disculpe… ¿qué hace uno aquí?– preguntó.

–¡Las piletas están por allá!– dijo uno de ellos, sobresaltado, e interrumpiendo una sesuda conversación sobre inversiones en el comercio de trigo.

–Gracias– dijo Marbod el Bárbaro, y siguió caminando, paseando sus andrajos y sus olores corporales.

El tipo, furioso, agarró al primer chico cargando toallas que para su mala suerte caminó a su lado.

–¡Creí que este lugar era fino, elegante, reservado! ¡Saquen a ese patipeliento de aquí, o mi dinero y yo nos iremos a las Termas de Vanidosodoro en Grecia! ¿Me oyeron?

Ignorando el revuelo que su entrada estaba causando, Marbod el Bárbaro cruzó otro pórtico, y llegó hasta un pasillo. Caminó por él, y entró en una habitación cualquiera.

Había un tipo echado en el barro, entrecerrando los ojos plácidamente.

–¡Ah, aquí se entrenan para la lucha!– dijo Marbod el Bárbaro, e ingresó a la habitación.

El individuo que buscaba relajación en medio de los salutíferos baños de barro de las Termas de Caribarbudo se llamaba Quinto Diezmo Tributario, y era uno de los más importantes funcionarios de la Tesorería Imperial. Por tanto, en su maldita vida había tomado una espada o hecho algo de lucha grecorromana en serio. Marbod el Bárbaro quedó muy extrañado cuando le aplicó a Quinto Diezmo Tributario un par de recias llaves y lo venció de inmediato, por el expediente de descoyuntarle ambos hombros y las caderas. Perplejo ante la escasa resistencia de su oponente, y creyendo haber encontrado por error una sala para luchadores novatos, salió del lugar.

Apareció otro chico con toallas. Marbod el Bárbaro le atajó:

–Disculpa… Creo que me equivoqué, y por error llegué a la sala de entrenamiento para novatos. ¿Puedes decirme dónde encuentro a los luchadores profesionales?

Ante semejantes palabras, el chico arrojó las toallas al aire y salió corriendo, dando espantosos alaridos de terror.

Confundido, Marbod el Bárbaro siguió caminando. Las termas eran un lugar raro, sin duda. Entró a otra habitación.

Otro hombre de carnes fofas estaba tendido, ahora sobre su prominente estómago, que chorreaba grasa a ambos costados, sobre una camilla, desnudo, mientras un musculoso negro le estaba aplicando un masaje.

–¡Oh, Amílcar, eres de lo mejor!– dijo el hombre fofo, relajado y con tono amanerado.

–¡Oye, qué haces aquí!– preguntó Amílcar, en tono severo, mirando a Marbod el Bárbaro. –¿Eres el nuevo?

–No, yo… Quería saber qué se hace aquí, eso es todo– dijo Marbod el Bárbaro tranquilamente.

–Ah, eres un germano, ¿verdad?– preguntó Amílcar, cauteloso, al tiempo que juntaba aire resoplando por sus amplias fosas nasales.

–¿Qué demonios pasa, Amílcar?– gritó el hombre fofo prepotentemente. –¡Sigue con tu maldito masaje!

Por toda respuesta, Marbod el Bárbaro se acercó a la camilla y le dio un fuerte golpe en la nuca, dejándolo inconsciente.

–¡Es de mala educación interrumpir cuando la gente está conversando!– sentenció Marbod el Bárbaro.

–¡Oye, oye, oye, que esto no es Germania!– dijo Amílcar. –Aquí tienes que trabajar, conseguirte un empleo, obtener tus monedas… Ya sabes. Y no puedes andar golpeando a la gente así como así.

–¿Por qué no? Si alguien hace lo que no es correcto, hay que aleccionarlo.

–Es que… así no funciona aquí. Aquí, si estás enojado con alguien, lo demandas.

Amílcar miró la ropa hecha tiras de Marbod el Bárbaro.

–Ven, vamos a hacer algo con eso.

Miró entre las pertenencias del hombre fofo ahora inconsciente, y le sacó una túnica.

–Sácate esos pantalones. Eso es ropa de germanos.

–¡Pero esto es ropa de verdad!– dijo Marbod el Bárbaro, defendiendo sus pantalones. –¡Con este faldellín se me van a enfriar las bolas con el aire!

–Si saben que eres un bárbaro, te sacarán a patadas de aquí, ¿entiendes?– dijo Amílcar. –Así es que pónete la túnica y déjate de tonterías, por tu propio bien. He visto a gente ser crucificada por mucho menos que esto.

Marbod el Bárbaro reflexionó. No le parecía tener que colocarse la dichosa túnica, pero por otra parte, tampoco quería provocar problemas. De manera que se sacó los pantalones, que Amílcar diligentemente arrojó a las brasas en donde calentaba las piedras para el masaje. Trabajo le costó a Marbod el Bárbaro encajar la espada en su nueva ropa, cosa que al final logró con dificultad.

Siguió camino Marbod el Bárbaro, quedándose Amílcar con el hombre fofo, tratando de despertarlo. Marbod llegó así hasta la piscina.

Una gran cantidad de hombres de carnes blandas estaban allí, jugueteando con el agua y teniendo varias conversaciones sobre mujeres y sobre dinero. Habían guardias circulando de allá para acá, pero ninguno parecía especialmente interesado en Marbod. Uno incluso lo señaló a un compañero, pero éste movió la cabeza negativamente. Sin pantalones, no lo reconocían.

Marbod suspiró, y se sacó la ropa, dejándola a un costado de la piscina, entrando entonces al agua. Un chico de las toallas llegó entonces diligentemente y tomó la ropa, para llevársela a algún casillero.

–¡Oye, dónde te llevas mis cosas! ¡Un paso más, y verás como trato a los ladrones!

–Pero la ropa va en… La ropa va en…– farfulló el chico, poniéndose pálido primero, y colorado como un tomate después. –Tendré que hablarlo con el administrador, por favor, no se enoje.

–¡Oye, tú, el Adonis rubio!– se acercó un romano a Marbod el Bárbaro. –¿Por qué tan desconfiado?

–No me gusta que se roben mis cosas– contestó Marbod el Bárbaro, con aplastante sinceridad.

–¡Aquí no hay ladrones! ¡Nos ofendes! ¡A nosotros, los grandes inversionistas del Orbe Terrarum!– dijo el romano altisonantemente, y luego añadió, chillando: –¡Guardias! ¡Guardias! ¡Se ha infiltrado un proletario!

Grandes y terribles cosas sucedieron entonces, y aunque como Cronista de las fazañas y fechos de Marbod el Bárbaro es mi deber consignarlas, fatigosa es entonces mi tarea. Me contentaré con decir que volaron puñetazos, hubo patadas, romanos ricos en la piscina fueron sacados de ella por los aires y romanos ricos fuera de la piscina fueron ingresados a ella igualmente por los aires, hubo romanos ricos utilizados como garrotes humanos contra guardias y otros romanos ricos, hubo estatuas de lujuriosos dioses griegos que perdieron sus brazos (y así se conservaron para la posteridad), hubo columnatas que retemblaron, y el mundo de las altas finanzas romanas hubo de deplorar alguna que otra muerte por retorcimiento de cuello o simple desnucamiento. No duró más de cinco a diez minutos todo aquello, pero cuando había terminado, el fuerte brazo de Marbod el Bárbaro había vaciado la piscina hasta la mitad, enviado a varios guardias inconscientes al sauna (algunos de ellos encontraron esta experiencia muy relajante), y ocasionado un pequeño incendio de la cocina que tomó varios baldes de agua apagar, además de que la mugre de su piel y el consiguiente olor corporal infectaba la piscina con un aroma a demonios.

Salió entonces Marbod el Bárbaro de las Termas de Caribarbudo, caminando de regreso hacia el puente sobre el Río Po, dispuesto a cruzarlo para seguir su camino hacia Roma. Pensaba en lo que Amílcar le había dicho, en lo referente a conseguir un empleo. Además, se llevaba una extrañamente agradable sensación, al tener la piel limpia. Seguía siendo muy macho, por supuesto, porque era… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!, pero aún así, empezaba a considerar la limpieza corporal como una experiencia interesante; lamentaba, eso sí, que con ella se marchara el olor a transpiración, que tan orgullosamente portan los guerreros yendo a un campo de batalla o viniendo de él. Pero Marbod el Bárbaro, como criatura moralmente superior que era, sabía que para ganar algo, frecuentemente hay también que dejar algo.

Próximo capítulo: “Saturnales”.

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