viernes, 12 de noviembre de 2010

MEBDU 03 - "Orbe Terrarum".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. Después de la enigmática muerte de su padre, Marbod el Bárbaro emprende un viaje hasta el Río Rhin, lugar en el cual descubre a Dragonópterix, el Gran Dragón del Río Rhin. Finalmente, llega a un convenio con éste, según el cual Marbod dirá que le ha dado muerte, y el Gran Dragón desaparecerá definitivamente. Marbod se lleva el tesoro, consistente mayormente en una biblioteca de rollos, y regresa a su tribu, aunque con el prurito de conocer algún día el mundo de los romanos


“Orbe Terrarum”

Genserico, hermano de Wilhelm el Hacedor de Viudas y por tanto tío de Marbod, se sintió chasqueado por el regreso de su sobrino. Había aceptado que la realeza recayera en éste, en un comienzo, pero luego, cuando se había marchado impetuosamente en busca del Gran Dragón del Río Rhin, la conciencia empezó a preguntarle: ¿de verdad ese mozalbete aventurero y despreocupado se merece la corona? Y luego le hizo otra pregunta: ¿no se vería mejor la corona sobre tu cabeza? Y siguió inquietándole con preguntas: ¿No está buena Raimunda, la madre de Marbod, con la que podrías casarte y así adquirir el derecho de su difunto marido, tu hermano? Y por último, la estocada final: ¿No sería fácil matar a ese mocoso tarado, sin que nadie lo notara, y después fingir aflicción por su muerte?

De manera que Genserico se aplicó convenientemente a diversos planes y conjuras para darle muerte. Pensó en contratar a un asesino que clavara un puñal en la espalda de su sobrino, mientras bebía en el río durante alguna cacería, pero luego quedaba el problema de cómo asesinar al asesino. Pensó en clavarle él mismo una andanada de flechas, so pretexto de que algún jabalí se había cruzado en el camino, pero aunque se excusara con juramentos por todos los dioses, despertaría de todas maneras más de alguna suspicacia. Podría seducir a su mujer para que ella hiciera el trabajo, pero Marbod no mostraba prisa por contraer matrimonio. Inquietábale la cuestión tanto a Genserico, que estuvo a punto de abandonar.

Mas pensó entonces en suministrarle él mismo alguna dosis de veneno. Consiguió ir hasta las fronteras del dominio de la tribu y adquirir una pequeña dosis de matarratas a una vieja a la que informó que, efectivamente, tenía una plaga de ratas en su choza. Luego estaba la cuestión de administrárselo. La oportunidad se presentó cuando Marbod anunció una gran reunión con banquete incluido. Genserico, como tío de Marbod, se sentó cerca de éste, y tanteó varias oportunidades de verter el veneno en la copa de Marbod. De pronto una de las doncellas que, después de ver regresar a Marbod, estaba verde por casarse con el jefe y héroe matador del Gran Dragón del Río Rhin, se precipitó a éste, y en su paso le envió un seco e inadvertido codazo a Genserico, cuyo brazo se fue de golpe y depositó todo el veneno en la copa. Miró en todas direcciones, atemorizado, pero todos habían estado viendo el escándalo de la chica que trataba de matrimoniarse a toda costa con Marbod, y nadie reparó en el vertido accidental de desechos tóxicos en la copa.

Marbod levantó la copa. Genserico, impaciente porque su obstáculo al trono hiciera pasar el vino emponzoñado por su garganta, cruzó los dedos manteniéndolos estirados y juntando las palmas, al tiempo que adelantaba su cuerpo.

–¡Un brindis!– gritó Marbod. Todos callaron.

–¡Un brindis!– murmuró Genserico, sabiéndose a pocas palabras de ser rey, porque después de todo, Marbod no era personaje de discursos largos o llenos de vocativos.

–¡Un brindis por Genserico!

–¿Por mí?

–¡Por Genserico, quien desde ahora será vuestro rey!

El estupor más vivo se pintó en todos los rostros. Genserico miró la copa de Marbod, nervioso. ¿Había descubierto su complot y estaba jugando con él?

Marbod se volvió hacia Genserico.

–¡Por favor, tío, acepta el honor! Hay en verdad algo que me inquieta, y es todo ese mundo más allá, regido por el poder de los romanos. Quiero conocer en verdad al rey de los romanos, y si es tan poderoso como dicen. Por eso, Genserico, renuncio a la corona, y sé que no estará en mejores manos que en la tuya.

Marbod iba a levantar la copa, y Genserico, adivinando que la ingeriría, se adelantó hacia ella, tratando de detener todo aquello. Pero Marbod miró su gesto. Genserico bajo la mirada de manera humilde. Quizás, si pedía perdón, le otorgarían al menos el derecho de seguir viviendo.

–¡Tanta humildad, tío!– dijo Marbod cordialmente, abriendo los brazos y estrechando con fuerza a éste, sin soltar la copa.

Al separarse del abrazo, Marbod hizo un movimiento brusco hacia atrás, y la copa rodó por el suelo, derramando su contenido. Un inocente escarabajo que pasaba por ahí, al verse bañado en aquel vino con substancias poco recomendables para la salud, murió entre horribles estertores, echando espumarajos por la boca. Pero como el banquete era de noche, nadie lo vio, salvo Genserico.

–¡Oh, bien!– dijo Marbod. –¡Traedme otra copa, que vamos a brindar!

Genserico se encogió de hombros, y añadió un simple, aliviado y calladito:

–Como sea…

Al día siguiente se llevaron a cabo todos los rituales y ceremonias precisos para que Marbod abdicara en Genserico. Tan lleno de vergüenza se sentía el tío por su acción, que rehusó tomar la corona de manera vitalicia, y sólo accedió a dejarse coronar luego de que Marbod le prometiera regresar, y por lo tanto, Genserico aceptó sólo el cargo de rey de manera interina, en calidad de regente.

Después de lo cual, Marbod tomó sus cosas y emprendió la marcha, en la misma dirección que su primer viaje, pero ahora con rumbo al Imperio Romano. De esta manera, cruzó la Germania de parte a parte.

Como era el camino que mejor conocía, Marbod avanzó hacia los contrafuertes alpinos. En aquellas tierras vivían los helvecios, que otrora fueran orgullosos guerreros celtas, pero cuya fama había disminuido notablemente debido a que se habían dejado amilanar por la buena vida romana, algo incomprensible para los ojos bárbaros. En algún punto de esos picachos estaba el limes, la cadena de fortificaciones fronterizas que los romanos habían construido para mantener a raya a los incursores germanos. Y es que muchos de ellos preferían vivir amigablemente, pero no faltaban quienes trataban de tentar suerte, como por ejemplo los rapaces marcomanos.

La ruta de Marbod lo llevó a una profunda garganta entre dos altísimos e inescalables picachos. Como era de predecir, en medio de aquel camino descubrió Marbod un pequeño fortín.

Marbod se encogió de hombros, y simplemente intentó rodearlo. En ese momento, un centinela le gritó:

–¡Oye, tú, el bárbaro!

–¿Bárbaro?– preguntó Marbod, y luego contestó educadamente, tal y como le había enseñado su madre que debía tratar noblemente a los desconocidos, aunque fueran escoria romana: –¿Se dirige usted a mi?

–¡Sí, bárbaro!

A Marbod le gustó el título. De manera que decidió aplicárselo, sin saber bien qué significaba, y desde entonces se le conoce en la historia como Marbod el Bárbaro, aunque como podrá observarse, no fue el primero y no será el último de su condición.

–¡Quién se dirige a Marbod el Bárbaro!– dijo Marbod, orgullosamente.

–¡Qué quieres, pasando al Orbe Terrarum!

–¿Al qué?

–¡Al mundo entero!

Marbod miró a sus espaldas.

–¡Hay harto mundo allá atrás!– dijo Marbod.

–¡Pero nosotros poseemos el Mare Nostrum!

–¿El qué?

–¡El Mar Nuestro!

–¡Ah, bien…! Ustedes poseen el Mar de Ustedes, muy claro…

Ahora, desde el fortín habían salido algunos guardias, cada uno portando su pilum (o sea, lanza), y apuntando hacia Marbod.

–¿Quieren pelea?

–No, queremos el pasaporte.

–¿El qué?

–¡Salvoconducto!

–¿Y para qué quieren salvoconducto? ¡Los caminos son libres, después de todo…!

Y dentro de la filosofía de Marbod, bien entrenado en las leyes germánicas, tenía razón. Pero no desde el punto de vista romano.

–¡Los caminos son del Emperador!

–¿Emperador?

–¡Tiberio Emperador, Princeps Civium y Señor de los Romanos!

(Hemos mencionado que cuando nació Marbod imperaba Octavio Augusto, pero con el paso del tiempo, Marbod había crecido, y mientras tanto, el decrépito Octavio Augusto había fallecido, y su hijo adoptivo el vejete Tiberio, imperaba ahora en su lugar).

Lo de “Princeps Civium”, Marbod no lo entendió, pero lo de “Señor de los Romanos” estaba clarísimo.

–¡Pues han de saber que los caminos son libres! ¡Por tanto, propongo lo siguiente! ¡Traedme a vuestro mejor campeón! ¡Si lo derroto, me daréis libertad para circular por sus caminos! ¡Si él me derrota a mí, no pisaré vuestros caminos!

Los guardias se miraron mutuamente. Y cuchichearon algunas cosas entre sí. En medio de la ola de rumores, se adelantó el que a todas luces era el jefe de aquel fortín.

–¿Eres el campeón que va a luchar por el Rey de los Romanos?– preguntó Marbod el Bárbaro orgullosamente.

–¡No! Vengo a notificaros que, por la autoridad conferida en mi persona por el Senado Populusque Romanum, debo exigiros el salvoconducto.

–¡Este es mi salvoconducto!– dijo Marbod el Bárbaro, mostrando su fuerte brazo.

–En el Fortín #17 de Helvecia, a 7 de calendas de Octubre del Año– [sigue aquí un incomprensible número romano] –viniendo el peticionario simplemente conocido como “el Bárbaro” a este fortín del limes y solicitando paso por vía de imponer duro castigo a un contendor en combate físico, y tomando en consideración los antecedentes aportados por el solicitante, decreto lo siguiente: Primero.- Que el peticionario, conocido simplemente como “el Bárbaro”, se le deniega el paso al Orbe Terrarum, por no cumplir con el requisito de la presentación del salvoconducto; Segundo.- Que el peticionario anteriormente individualizado se le deniega la solicitud de enfrentar a un campeón del lado romano, por no estar dicho procedimiento establecido en ningún reglamento aplicable al caso. Comuníquese, regístrese, archívese, tómese razón. Sergio Petronio Galba, Comandante del Fortín #17 de Helvecia.

Marbod el Bárbaro tomó aire.

–¿Es que acaso ustedes no son guerreros, que no son capaces de tomar una simple espada y guerrear?

Los soldados se miraron mutuamente, con cara de “¿y arriesgar nuestras pensiones?”.

–Y supongamos que no uso el camino para pasar– dijo Marbod.

Sergio Petronio Galba esbozó una semisonrisa sardónica.

–Técnicamente, no hay reglamento que prohiba eso. Por otra parte, si te pillamos en territorio romano sin salvoconducto, tendremos que arrestarte por aplicación del Edicto de Extranjería y del Edicto de Combate Contra el Terrorismo, y pasarte a la jurisdicción del Pretor Peregrino, pero eso sí, si consigues pasar por un lugar que no sea un camino romano, no estás infringiendo la ley romana…

Ahora fue Marbod el Bárbaro quien sonrió, pero la suya fue una sonrisa de fiereza bajo ojos centelleantes. De manera que desandó un poco su camino, en medio de las burlas y befas de algunos guardias más osados, y se salió del camino.

–¿Qué quiere hacer ese hijo de hetaira?– preguntó ahora Sergio Petronio Galba, mirando como Marbod el Bárbaro caminaba entre los árboles e iba rumbo a los picachos. –Está loco– sonrió condescendientemente, y luego gritó a su tropa: –¡Nada que mirar, nada que mirar, vuelvan a sus funciones…!

–Vuelta a jugar naipes– dijo uno de ellos.

–¡Miren eso!– dijo de pronto uno.

–Hijjjjjj… de hetaira– silbó Sergio Petronio Galba, volviéndose hacia donde su soldado señalaba, en el picacho. Porque en lo abrupto del acantilado estaba pasando Marbod. ¿Y por qué eso es posible? ¡¡¡Porque él es… MARBOD EL BÁRBARO!!!

Roca a roca, risco a risco, a través del acantilado, Marbod fue pasando del lado germano al lado romano del limes.

–¡Vayan a por él!– gritó Sergio Petronio Galba.

–¡Pero es un risco! ¡Nos caeremos y quebraremos las uñas!– gritó uno de los soldados.

–¡Vayan por él, maldición!

–¡Pero no está en el reglamento que arriesguemos el pellejo en un risco para contener a un solo bárbaro, señor…!

–Ah, sí, el reglamento…

Se inició entonces un cierto procedimiento para determinar qué hacer, en el cual se hicieron unas cuantas reposiciones y apelaciones, y para cuando Sergio Petronio Galba determinó que, de acuerdo al reglamento, había que perseguir a Marbod el Bárbaro por los picachos, éste no sólo ya había bajado del picacho, sino que había cruzado media Helvecia, en su imparable marcha hacia Roma.

Próximo capítulo: “El inicio de las invasiones bárbaras”.

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