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viernes, 15 de octubre de 2010

Una sentencia poco razonable por parte del Consejo Nacional de Televisión.

La semana pasada, me quedé de una pieza al enterarme de que el Consejo Nacional de Televisión había fallado en contra del programa "El Club de la Comedia" por motivos religiosos (la noticia me llegó gracias a una publicación de don Pedro Huichalaf, abogado que gestiona el blog Cultura Digital). Y al leer la sentencia en cuestión, me quedé de una pieza, debido a que dicha sentencia incurre en un serio talibanismo, malentendiendo y subvirtiendo nociones básicas acerca de cómo funciona una democracia frente a la libertad de expresión. Por lo mismo, he decidido realizar un análisis de por qué la sentencia pronunciada en el caso no se corresponde con la solución jurídica que cabía aplicar, y que el Consejo Nacional de Televisión, en este caso particular al menos, se equivocó medio a medio en lo que debía fallar conforme a derecho. Conste por cierto que el programa "El Club de la Comedia" no es de mi agrado y no lo veo regularmente (de hecho, he visto algunos de los sketches cuestionados en YouTube, y no los encuentro una gran maravilla, precisamente), por lo que no tengo otro interés en defenderlo más allá del que corresponde a cualquier ciudadano en la defensa de la institucionalidad.

Dejo dicho que mi información sobre el caso se basa en el punto 9 del acta que el mismo Consejo Nacional de Televisión ha publicado, sobre la sesión extraordinaria del 30 de agosto de 2010, y que está disponible en la siguiente dirección de Internet:


(con los agradecimientos a don Pedro Huichalaf por haberla incluido como enlace en su blog).


1.- EL CASO Y LA DENUNCIA.

Un particular no identificado en el acta hace denuncia en contra del programa "El Club de la Comedia", por una serie de sketches acerca de la figura de Jesucristo y sus apóstoles, en los cuales se satiriza a este grupo de personajes. Cito el argumento principal utilizado por el denunciante, según lo copia el acta: "Es una falta de respeto tomar lo que para la gran mayoría de los chilenos (sobre el 90%) y hacer mofa sobre ello (...) al tomar nombres y personajes bíblicos para hacer humor". En respuesta, el Consejo hizo la fiscalización respectiva, y llegó a un fallo de nueve considerandos, en que condena dichas emisiones, como irrespetuosas contra el sentimiento religioso de la comunidad chilena, y por lo tanto, punible según el Consejo.


2.- ALGUNOS PRINCIPIOS BÁSICOS.

Para entender por qué este fallo es erróneo y debería haber desechado la denuncia sin más, vamos a repasar algunas nociones básicas acerca de cómo funcionan los derechos en una democracia.

1°.- "Chile es una república democrática". Estoy citando directamente el artículo 4° de la Constitución Política de la República. Este principio establece una serie de limitaciones para el poder y la institucionalidad, basados en que el Estado está al servicio de la persona humana (art. 1°), y que deben ser respetados los derechos fundamentales de las personas (art. 5°).

2°.- Los derechos fundamentales de las personas ("derechos humanos") son correlativos a ciertos deberes y responsabilidades que emanan del ejercicio de esos mismos derechos, así como del ejercicio de los demás. Es decir, tenemos por un lado el ejercicio de un derecho, por otro lado el ejercicio abusivo de ese mismo derecho por parte propia, y en tercer lugar el respeto que nos deben los demás frente a nuestro legítimo ejercicio de ese derecho. Si esto suena muy abstracto, entonces recurramos al viejo aforismo según el cual mi derecho a dar un puñetazo termina allí donde comienza la nariz de la otra persona. En muchos sentidos, varios estos llamados "derechos" en realidad no son tales, que exijan deberes correlativos de los demás (a la manera en que si yo tengo derecho a cobrar una deuda, mi deudor está obligado a pagármela), sino que son potestades o libertades, que le dan a las personas una esfera de movimientos para el desarrollo de sus intereses y aspiraciones legítimas, sin ser molestados ni turbados al respecto. (Hay quienes sostienen que esta es una concepción puramente negativa de los derechos, y que debe ser complementado con una concepción positiva, en la que el Estado debe potenciar el ejercicio de esos derechos: volveremos sobre esto más adelante).

3°.- Entre los derechos está una libertad más o menos genérica para buscar la verdad acerca del universo y nuestro lugar en él. Dentro de esta libertad podemos englobar la libertad de religión (que por cierto no es la única, ya que también está la libertad de emprender investigaciones científicas y la libertad de formular ideas filosóficas, en paralelo). Por esta libertad, las personas no sólo pueden optar por una religión que no vulnere ciertos principios básicos (sería ilícita una religión que promoviera los sacrificios humanos o el atentar contra la seguridad nacional, pero no una que ordenara vestirse de manera estrafalaria pero inofensiva, por ejemplo), sino que también pueden optar por no elegir ninguna religión (es decir, ser ateos o agnósticos). El ejercicio de esta libertad impone una limitación a los demás: el respeto y la tolerancia de los cultos que promueven ideas sobre el mundo que son diferentes y aún contrarias a nuestra propia cosmovisión.

4°.- Existe también otra libertad, que es la libertad de expresión, y que consiste en la posibilidad de expresar las ideas y opiniones propias, sin otra cortapisa que el respeto por las demás personas. Por esta libertad, una persona puede expresar de manera verbal o por escrito, de manera más o menos razonada, sus propias ideas y convicciones acerca de cómo son las cosas o cómo debería comportarse la gente. El ejercicio de esta libertad impone una doble limitación: por un lado, la prohibición a los demás de censurar las ideas propias, pero también la necesidad de sostener racionalmente las propias ideas si es que alguien intenta refutarlas (también de manera racional, por cierto).

5°.- Un conflicto típico entre derechos, es el que existe entre la libertad de religión y la de expresión. Dentro de este conflicto, una libertad de religión irrestricta implicaría la idea de que ningún culto religioso puede ser objeto de ataque, e incluso de crítica, por muy ponderada y razonable que ésta sea, y aunque dichas ideas sean erróneas para la conciencia de las personas (piénsese por ejemplo en que nadie podría decir que el culto a los dioses del antiguo Egipto es una ridiculez, a pesar de que dichos dioses no parecen existir en la realidad, bastando para ello que apareciera tan solo un adorador de tales dioses). Una libertad de expresión irrestricta implicaría la idea de que cualquier ataque contra una religión es aceptable, y las religiones carecerían de escudo protector frente a dichos ataques y deberían amordazarse aunque se promovieran ataques directos e insultantes en su contra. Ambos extremos parecen lógicamente absurdos, claro está. La cuestión a debatir es, por tanto, caso a caso (como en el que estamos acá), ¿qué valor es más importante, la libertad de religión o la libertad de expresión?, y ¿hasta qué punto debemos respetar uno en pos del otro? Esta es la clave que nos permitirá determinar si el fallo del Consejo Nacional de Televisión, que castigó la libertad de expresión para salvaguardar la libertad de religión, es jurídicamente correcto o no.


3.- LA ARGUMENTACIÓN USADA POR EL CONSEJO NACIONAL DE TELEVISIÓN PARA CENSURAR LOS SKETCHES DE "EL CLUB DE LA COMEDIA".

El hilo argumental utilizado para sancionar es el siguiente: los sketches propuestos hacen ridiculización y mofa de la figura de Jesucristo y sus apóstoles, desde varios puntos de vista, incluyendo algunos bastante escatológicos, léase, chistes de caca incluidos (considerandos Tercero y Cuarto). El Consejo estima lo siguiente: "Un ultraje de esta naturaleza constituye un acto de intolerancia frente a creencias capitales del pueblo cristiano; y que el ataque se haga al cristianismo, que es la religión mayoritaria de los chilenos, no hace más grave la ofensa, pues sería igualmente reprochable un ataque similar dirigido al Islam, al judaísmo o a cualquier otra religión amparada por nuestra Constitución" (considerando Sexto). O sea, el fallo señala que existe un núcleo fundamental de creencias dentro de las religiones "amparadas", que debe ser protegido y contra el cual no pueden dirigirse ataques, o al menos, no los que puedan considerarse como groseros, procaces, etcétera.

Y el fallo sigue: "La libertad religiosa supone no sólo el derecho a rendir culto a los dioses propios, sino el deber de respetar los de religiones ajenas" (considerando Sexto). Teniendo en cuenta que esto no es sólo una reflexión o una idea, sino que es el argumento basal para castigar a "El Club de la Comedia", debemos entender que aquí se está defendiendo tácitamente una noción que podríamos llamar "positiva" de la libertad religiosa, que mencionábamos más atrás: la libertad religiosa supone no sólo que pueda creerse y ejercerse una religión "amparada" sin trabas, sino que el Estado a través de sus órganos (el Consejo Nacional de Televisión en este caso) tiene un deber positivo de proteger dichas creencias. De lo contrario, el Estado estaría permitiendo por inacción una conducta intolerante, que "entraña una vulneración del principio democrático, piedra angular del pacto de convivencia social que está plasmado en nuestro ordenamiento jurídico" (considerando Séptimo).

Dicho de otra manera: el Estado tiene un deber positivo de defender las creencias religiosas, o al menos el núcleo fundamental de ellas, por el mérito propio de dichas creencias religiosas, que son la base de la democracia. Esta idea es en principio correcta, pero merece algunas matizaciones, porque suele exagerarse el alcance que debería dársele a esta protección.



4.- RESPETO POR LAS IDEAS AJENAS Y RESPETO POR LAS PERSONAS QUE LAS SUSTENTAN.

Nadie discute que las personas, por el solo hecho de ser personas, tienen derecho a su dignidad, y ello implica el respeto a la búsqueda intelectual de respuestas sobre el universo. Ese es el núcleo de la libertad de religión, precisamente. Sin embargo, ¿qué pasa con las ideas religiosas mismas? ¿Son susceptibles de dicha protección? Existen varios argumentos que se inclinan por la positiva, pero un somero repaso nos indica que la respuesta ha de ser forzosamente negativa. Veamos:

1°.- Algunos sostienen que la religión es digna de ser defendida porque su existencia asegura un estándar moral para la sociedad: sin religión, afirman estas personas, la sociedad se disolvería en el relativismo moral, la decadencia de las costumbres, la destrucción del orden público, etcétera. Sin embargo, esto no es así. Hay personas religiosas que son buenas personas y personas religiosas que son malas personas, así como agnósticos y ateos que caben en ambas categorías sin problemas. La creencia religiosa, por lo tanto, no opera como un factor de mejoramiento de la moral.

2°.- Como variante del argumento anterior, otros sostienen que si bien las religiones pueden tener o no valor, la pluralidad de las mismas es un pilar de la democracia. Esto implica una visión más o menos acomodaticia de las religiones (busca y encontrarás una religión a tu medida), pero esto es lo de menos. La evidencia histórica es contundente al señalar que las religiones establecidas, lejos de potenciar la democracia, allí donde prosperan suelen levantar regímenes dictatoriales, ahogar la libertad de pensamiento y de expresión, paralizar la investigación científica, y promover el odio político y étnico. Más específicamente, las democracias liberales que surgieron en el siglo XIX, tuvieron que hacerlo contra el peso de la Iglesia Católica, que se alineó con los aristócratas y el orden establecido en contra de los revolucionarios que postulaban un gobierno basado en los derechos de los ciudadanos. Y no debe olvidarse que desde el asesinato de Mahatma Gandhi hasta los conflictos balcánicos y de Palestina, todos ellos tienen un importante componente religioso.

3°.- Otro grupo de personas sostienen que todas las religiones tienen algo de verdad, y por lo tanto, todas ellas son caminos válidos en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, en los hechos, son pocas las personas que sostienen una religión, que están dispuestas a transar en aspectos de su doctrina para ir a la esencia de las mismas. La historia está plagada de religiones sincréticas, desde el neoplatonismo en el Imperio Romano hasta el sijismo en la India, que se han quedado como sectas menores o que han fracasado estrepitosamente en sus intentos de mezclar cabras con ovejas.

4°.- Otro grupo de personas sostienen que las verdades religiosas son de naturaleza diferente a las verdades científicas, y que por lo tanto, no pueden ser objeto de crítica. De ahí a afirmar que una idea religiosa no puede ser atacada, hay un solo paso, que es ilegítimo, porque de una cosa no se sigue lógicamente la otra. Sin embargo, en este caso la propia premisa está errada. Resulta que todas las religiones basan sus mandatos y descripciones de la naturaleza, en hechos del mundo terrenal, que por lo tanto sí son susceptibles de ser analizados desde un ángulo científico. Por ejemplo, el que Jesucristo haya resucitado al tercer día puede que sea una cuestión de fe para los cristianos, pero para los no cristianos a quienes se les predica que deberían convertirse, incluso puerta a puerta los domingos, implica un hecho que es susceptible de ser analizado según las leyes naturales, y aceptado o descartado en cuanto pueda ser verdad o mentira. Y el conocimiento científico, como se sabe, no es susceptible de protección, y si resulta ser falso, puede y debe ser atacado por la comunidad científica para reemplazarlo por una idea científica que resulte ser la correcta a la luz de los experimentos actuales en la materia.

5°.- Otros sostienen que los personajes considerados divinos por una religión, son gente con las cuales los creyentes están en una relación especial, y por decirlo así, "son parte de la familia". Así, la gente creyente siente que un santo o que el mismo Jesucristo (o las figuras equivalentes en otras religiones) están presentes con ellos todos los días de su vida, protegiéndolos o velándolos por ellos. De esta manera, el ataque contra tales ideas sería un ataque contra seres queridos que, sigo con la equivalencia, "forman parte de la familia". A nadie le gusta que le ataquen a la madre, el padre, el hermano, el o la cónyuge, un amigo muy querido, incluso a la mascota regalona del hogar. Pero sin embargo, existen ataques y ataques. Una persona tiene derecho a sentirse ofendida por un ataque a los integrantes de su núcleo humano que sea por el mero gusto de descalificar a alguien (por ejemplo, insultándolo o calumniándolo a sus espaldas). Pero no puede considerarse como tal cuando el fundamento del ataque esté en el mundo de los hechos, como sería el caso por ejemplo si la persona cuestionada lo fuera por ser patentemente maleducado, o un evasor de impuestos. En el primer caso, la persona ha infringido el valor social de la educación de una manera que es manifiesta para todo el mundo, mientras que en el segundo, la persona en los hechos ha infringido la ley (la ley tributaria, en este caso). Puede que las personas a su alrededor se sientan dolidas, incluso que reaccionen mal ante los ataques, pero esto es una situación de hecho, y no configura un "derecho a sentirse ofendido".

De esta manera, tenemos que la gente debería ser respetada en sus creencias religiosas, pero que las ideas religiosas en sí no son susceptibles del mismo respeto. Volvamos al argumento utilizado por el denunciante: él sostiene que las sátiras en comento son una falta de respeto para la abrumadora mayoría de los chilenos. Esto sería así si se le hubiera faltado directamente el respeto a las personas, y por lo tanto el fallo debería castigar al programa en cuestión, pero si sólo se ha atacado a las ideas religiosas, entonces esto caería dentro de los límites de la libertad de expresión, y por lo tanto el fallo debería haber rechazado la denuncia. Veamos.

5.- SÁTIRA E INJURIA.

Una sátira constituye básicamente una caricaturización o una ridiculización de las ideas que se estiman erróneas. El satírico toma una serie de ideas o conceptos, y por la vía de exagerar los aspectos absurdos de los mismos, obtiene humor. Nótese que es irrelevante si es buen o mal humor, incluso si llega hasta la grosería. Lo importante aquí es que el satírico se limita a hacer uso de su libertad de expresión para escenificar el absurdo de determinadas ideas, es decir, de demostrar su falsedad por la vía de llevar sus postulados hasta las últimas consecuencias. En esto no hay ataque a la libertad de pensamiento de las personas: en ningún minuto el satírico intenta de manera coercitiva que los demás piensen como él, sino que utiliza un mecanismo de "reducción al absurdo" para poner en evidencia que las ideas satirizadas son erróneas. Y las ideas, recordemos, incluso las ideas religiosas, no merecen protección especial en cuanto ideas.

En este caso, la sátira del programa lleva hasta las últimas consecuencias dos conceptos básicos: la idea de que Jesucristo podía hacer milagro, y la idea de que Jesucristo y los apóstoles eran seres humanos. Y lo hace mostrando que siendo humanos, eran personas con defectos así como todos los humanos, y por lo tanto, de los milagros de Jesucristo pueden salir consecuencias inesperadas que no son en manera alguna las señaladas en el relato heroico de los Evangelios. La expresión de esta idea no constituye ningún ilícito, por más que pueda haberse hecho de una manera o con un lenguaje poco gracioso e incluso soez. Con la escenificación de este absurdo, el satírico pone el acento en la eventual falsedad de los conceptos de la religión. No hay insulto, ni siquiera implícito, en contra de las personas que sostienen dicha religión o no. Como recordamos, el que alguien (incluyendo las figuras religiosas) susciten el cariño de las personas no quiere decir necesariamente que estén libres de ataque. La sátira va en contra de la veneración (en este caso la veneración religiosa, que no es el único tipo, pero sí el más visible de veneración), y la idea de veneración, propia de las religiones hacia sus figuras religiosas, lleva implícita justamente la idea de poner a sus figuras más allá de toda posible crítica, y esto es la negación misma de la democracia como sistema, porque significa crear un grupo de privilegiados por encima del resto de la población.

Entonces, ¿tienen un legítimo derecho a sentirse ofendidos los creyentes de dicha religión? La respuesta, dentro de un contexto democrático, es negativa. Cualquier persona que profesa una religión, se expone a que las ideas religiosas que profesa sean absurdas o falsas. Pensemos en alguien que, en el mundo moderno, dijera con toda seriedad que cree en Zeus porque todos los relatos de la mitología griega le han convencido de que él es el Dios Verdadero, así como los Olímpicos. De hecho, los estudios Disney no hubiera podido rodar una película tan displiscente con los mitos griegos como lo es "Hércules", por ejemplo. Se puede argumentar, claro, que los creyentes en los mitos griegos están muertos y los creyentes en las religiones actuales están vivos, y esto es lo que hace a las religiones actuales estar vivas, precisamente, pero este argumento es fácilmente desmontable si pensamos que las religiones muertas estuvieron vivas en su minuto, y alguien creyó en ellas, y si las criticamos no es por las personas que creyeron en ellas, sino porque sus ideas nos parecen incoherentes o ilógicas, y esto no tiene que ver con la época en que se profesaron dichas creencias.

Otro cuento distinto es si los actores directamente hubieran lanzado un discurso anticristiano en pantalla, llamando a la gente a incendiar templos o a asesinar creyentes, ambos actos que sí atentan claramente contra las leyes y contra otras libertades y derechos fundamentales de las personas, y por lo tanto constituyen (entre otras cosas) una falta de respeto grave en contra de ellas. Esto sí que hubiera sido un acto de intolerancia, porque implica la idea de que las personas mismas deben ser atacadas. Ni siquiera puede afirmarse que el ejercicio de esta libertad de expresión sea abusivo por haber coerción de por medio, porque no la hay: la persona que estime sentirse ofendida en sus creencias siempre puede cambiar de canal, y en todo caso tiene plena libertad después para responder al ataque (por medio de cartas al director en la prensa, en sus propios blogs, o en la conversación cotidiana con otras personas, por ejemplo). Distinto sería el caso si es que dicha sátira no hubiera podido ser contrarrestada de ninguna manera en el libre ejercicio de la convivencia democrática. El derecho a la libertad de expresión sólo tiene sentido si es que se defiende respecto de ideas con las que no se está de acuerdo, porque tal derecho es superfluo si todos en la sociedad estuvieran de acuerdo en las mismas ideas (¿para qué una libertad de expresión que proteja el disenso si realmente nadie disiente?).

Desde ese punto de vista, el denunciante no tenía ningún derecho a sentirse ofendido, y por lo tanto, su denuncia debió ser desechada sin más. Nótese que esto no implica que deba estar de acuerdo con la sátira: si de hecho estaba ofendido, nadie tiene derecho a decirle que debería "desofenderse". A lo que no tiene derecho el denunciante, es a pretender que la institucionalidad proteja su derecho a estar ofendido hasta el punto de hacer desaparecer la comunicación que le parece ofensiva, censurándola y vulnerando así a la democracia como valor de la sociedad. Como decíamos, el sentirse ofendido no cubre el derecho a que sus creencias erróneas o al menos discutibles no puedan ser atacadas o satirizadas, incluso ridiculizadas. En cualquier caso, el ordenamiento jurídico le garantiza al denunciante la posibilidad de ejercer su propia libertad de expresión para hacer sus propias sátiras y ridiculizaciones en sentido contrario, así como argumentar al respecto.


6.- POR QUÉ LA DENUNCIA DEBIÓ SER DESECHADA.

Para beneficio del lector que se haya perdido en algún punto, trataré de resumir ahora los puntos principales de mi análisis. El fallo se basa en la idea de que la sátira contra el cristianismo (grosera en este caso, vale) significa un ataque contra el derecho de las personas a tener determinadas convicciones religiosas, y que ese ataque vulnera los valores democráticos. Sin embargo, estas ideas son erróneas en primer lugar porque las creencias religiosas en sí mismas no tienen ningún derecho a ser protegidas del ataque y de la ridiculización (en cuanto éstos se hagan exclusivamente contra las ideas y no contra las personas), en segundo lugar porque la libertad de expresión implica la tolerancia de las opiniones incluso opuestas a la propia, y en tercer lugar porque los grupos que pudieran sentirse ofendidos también tienen derecho a expresar su propia opinión dentro del libre juego democrático. En este caso, puede que los sketches hayan sido de mal gusto u obscenos, pero esto no es justificación suficiente para censurarlos o sancionarlos. No aceptar esto es no entender los mecanismos por los cuales funciona la sátira, y por lo tanto, no aceptar el valioso aporte que la sátira significa para la sana convivencia democrática.

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