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martes, 26 de octubre de 2010

Las factorías de alumnos.

Es indiscutible que la Revolución Industrial es uno de los eventos capitales en la historia humana, más que el Imperio Napoleónico, la caída del Imperio Romano o la Segunda Guerra Mundial. La Revolución Industrial suele asociarse con la maquinización en un sentido palmario: donde antes habían obreros de carne y hueso, ahora uno encuentra robots automatizados. Piénsese en la industria automotriz, por ejemplo, que en sus inicios era casi una artesanía, mientras que hoy en día es algo robótico casi de principio a fin. Y sin embargo, la industrialización tiene una dimensión más profunda. Porque en principio, cualquier cosa susceptible de ser automatizada, puede ser convertida en una factoría.

Una de las más importantes transformaciones en este terreno, es la educación. Hasta el siglo XIX, la educación era un proceso bastante artesanal. El proceso educativo podía oscilar entre la relación directa entre profesores y alumnos, como por ejemplo las famosas institutrices inglesas al estilo de Mary Poppins, y las cátedras impartidas en algunos colegios y universidades. Quizás las universidades más antiguas de todas sean las escuelas de escribas en el Antiguo Egipto y Babilonia, pero aún así, la dificultad de la movilización, las complicaciones de adquirir libros (incluso después de inventarse la imprenta: la primera tirada que superó los diez mil ejemplares fue recién "El corsario" de Byron, ya entrado el siglo XIX) y los irregulares niveles de alfabetización necesarios para nivelar un curso, lo hacían todo más complicado. La educación era sólo para unos pocos afortunados, y podía darse por seguro que éstos, dedicados después al sacerdocio o a una profesión liberal, iban a ser exitosos en la vida porque iban a escapar al miserable destino de ser campesinos o herreros.

Pero en el siglo XIX, todo esto cambió. Surgió la Educación Primaria Obligatoria. Y con ella, por primera vez, la idea de que toda la población debía alfabetizarse, y de que todas las personas tienen derecho a la educación. No discutiré la profunda dimensión humana que tiene esto, la noción de que cada persona por el solo hecho de ser persona tiene derecho a lo menos a una educación elemental que lo haga entender como funcione el mundo, desarrollar la vida y ser un aporte para la sociedad. Pero resulta que por el camino, alguien pensó que la ruta del menor esfuerzo era simplemente crear una educación común para todos, y problema resuelto.


El problema es que esto, a la larga, implica que la educación deja de ser una labor paciente de profesor a alumno, una artesanía podríamos decir, y pasa a convertirse en una industria. O sea, ya no se toma a un niño y se lo modela pacientemente, a través de la educación, hasta ser un hombre integral, sino que se lo pone en el inicio de una línea de ensamblaje, y se lo hace pasar por una correa sin fin, así como los famosos automóviles Ford modelo T que eran producidos en serie, y al final del proceso se extiende una certificación de calidad, el título universitario, que funciona como garantía de que el alumno algo aprendió en el proceso. Al igual que la garantía del vendedor de un electrodoméstico, el título que entrega el establecimiento educacional respectivo funciona como un certificado de que el producto que usted adquiere (el profesional, en este caso, al final de la línea de ensamblaje parvularios-colegio-universidad) funcionará en las condiciones debidas. Resultado: la cosificación del alumno, el ser humano convertido en cosa, etcétera. Se ha dicho numerosas veces que el ser humano es el centro de la educación, o debería serlo al menos, pero en estas factorías de alumnos en que ha devenido nuestra civilización, esto ha cobrado una dimensión siniestra: también el hierro es el centro de la fundición y el computador el centro de la fábrica de chismes electrónicos, pero al final del día, siguen siendo cosas producidas en serie.

Como resultado, tenemos seres humanos todos clones entre sí. Cuando se produce algo en serie, se busca bajar los costos al máximo, por la vía de estandarizarlo todo: es más fácil fabricar diez repuestos iguales que diez repuestos diferentes, así es que se crean diez máquinas para que encajen los diez repuestos iguales. Con las personas pasa lo mismo: se fijan mallas y programas de cosas que los alumnos deben aprender, todos por igual, aunque algunos prefieran las ciencias, otros la literatura, u otros la gastronomía, por poner ejemplos. Todos deben salir de Cuarto Medio saliendo lo mismo. Y cuando van a la educación superior (universidad, instituto, etcétera), todos los que egresan de una carrera deben salir pensando lo mismo. Como resultado, el pensamiento disidente es castigado, no porque sea erróneo, sino simplemente porque piensa distinto. Y así, al final de la cadena de montaje, salen todos los profesionales pensando lo mismo.


En última instancia, resulta que entre los seres humanos vuelto cosas por las factorías de alumnos, están también esas cosas destinadas a enseñar a esas otras cosas: los profesores. También en su tiempo, los profesores pasaron por las factorías de alumnos. De hecho, para ser profesor no se requiere tener vocación, ni capacidad, ni siquiera inteligencia: sólo basta haber conseguido el título de alguna manera. Aunque sea copiando en las pruebas, o copiando y pegando párrafos completos de la Wikipedia en sus trabajos de investigación. No todos los profesores son así de deshonestos, por supuesto, pero es claro que el sistema no ofrece incentivos ni motivación para que el futuro profesorado se interese mínimamente por hacer clases decentes que preparen seres humanos, en vez de productos estandarizados. Los que consiguen hacerlo y sobrevivir a los años de carrera, en este contexto, deberían ser considerados héroes.

En último término, el hecho de que la educación sea cada vez más universal, implica que se obligue a educar incluso a gentes que no pueden o no desean recibir educación. No hablo por supuesto de quienes presentan alguna discapacidad mental, para quienes existe la educación diferencial, sino de gentes cognoscitivamente "normales" que son metidos dentro de un mismo salón de clases para ser forzados a aprender todos lo mismo, pese a sus diferentes motivaciones, destrezas y capacidades. Con el agravante de que los menos motivados o preparados para aprender, retrasan el ritmo de los que sí tienen esa motivación y preparación, por lo que en nuestro sistema, los mejores deben someterse al ritmo de los peores, y no al revés. La consigna de que nadie debe quedarse sin educación, en algún punto del camino, se transformó en la idea espúrea de que las malas manzanas deben permanecer en el sistema, aunque pudran a las buenas. Porque todavía estoy por ver al alumno malo que, inspirado o liderado por el ejemplo del alumno bueno, se transforme a su vez en un alumno bueno: lo frecuente es que el alumno malo envidie al alumno bueno y lo hostilice, o bien lo ignore por completo. Sin contar con el hecho de que el alumno bueno lo es según qué parámetros, si por pensar, razonar y tener ideas propias de verdad, o si lo es por complacer al profesor de turno, que a su vez fue un alumno a quien se trató de estandarizar en su minuto, que a su vez... Creo que entienden el punto.


En definitiva, lo que apreciamos es una educación hoy en día canibalizada por los procedimientos industriales. El concepto de educación hoy en día es considerar al alumno como un producto: se lo pone al comienzo de una cadena de montaje, y se le va añadiendo "valor agregado" hasta llegar a un producto final. Este va a ser de calidad premium si sale al final de la cadena, unos treinta años después, con un doctorado o un magíster, va a ser "grado 2" si sale con un título universitario, y va a ser de calidad ínfima y precio barato si acaba la cadena en Cuarto Medio. La educación añadida en el exterior, incluso la que se obtiene leyendo enciclopedias por voluntad propia, no cuenta. Y en la idea de que nadie debe quedarse atrás, cualquier respeto por la individualidad de las personas ha desaparecido por completo. ¿El resultado? El hombre masa, estandarizado, reacio al pensamiento crítico, uniformado de acuerdo a su especialidad (que también viene predeterminada, casi como si de un menú de opciones se tratara), domesticado e incapaz de ofrecer verdaderas soluciones para los problemas de la sociedad. Es decir, todo lo contrario a las personas que, con ingenio y creatividad, a lo largo de seis o siete mil años de historia de la civilización, fueron diferentes al resto y cuestionaron al resto hasta descubrir la manera de afrontar retos, que al resolverlos, hicieron mejores la vida de quienes los rodeaban.

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