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miércoles, 15 de septiembre de 2010

El Bicentenario de Chile según el Tricentenario.

(Fragmento de diálogo ficticio entre un alumno y un profesor, en Chile, en Septiembre de 2110, a algunos escasos días del Tricentenario de la República de Chile).

-- Pero, profesor... ¿cómo es que Chile se hundió tanto después del Bicentenario?

-- En realidad, Chile ya estaba hundido en el mismísimo Bicentenario, en el 2010, sólo que la mayor parte de los chilenos no se daba cuenta. Es decir, muchos sabían que había problemas, pero consideraban que éstos eran meramente colaterales: los mapuches, las represas y centrales termoeléctricas en sistemas ecológicos, las madereras, el sistema político poco representativo... pero como digo, todo eso lo consideraban colateral porque la gran mayoría de los chilenos tenía al menos para un modesto pasar. Los sueldos eran malos y el trabajo más o menos precario, pero a nadie le faltaba su televisor de 29 pulgadas ni su equipo estéreo con salida de 2000 vatios de potencia. Algunos incluso hasta tenían internet... No se daban cuenta de que esos problemas periféricos eran síntomas de un cáncer mucho más grave que se estaba comiendo a la república para el Bicentenario mismo, así como la madera corroída por las termitas parece sana hasta el último instante.



-- Pero no entiendo. ¿No se supone que Chile era una república con tradiciones firmes e instituciones sólidas?

-- Sí, pero esas instituciones tenían algunas taras muy serias. Durante el siglo XX se habían invertido considerables esfuerzos por convertir a Chile en una república de primera línea. Las cosas no eran perfectas: la gente era pobre, debían luchar con la inflación, y había gobiernos corruptos con extensas burocracias. Pero a nadie le faltaba el sustento, la salud era bastante buena considerando lo primitivo de la tecnología en ese tiempo, la alfabetización crecía, y existía una conciencia y espíritu cívicos muy grande entre la gente. De haber seguido por ese camino, quizás Chile hubiera llegado incluso hasta el Primer Mundo.

-- ¿Y qué pasó?

-- Algunas personas pensaron que ése no era el camino, e introdujeron una serie de reformas que con buena o mala fe, pensaron eran las necesarias. Esas reformas miraban ante todo al éxito económico inmediato por sobre los proyectos de largo plazo, y tenían un enfoque sectorial en vez de ser un proyecto global de país. Para ellos, el país no era la casa común de los chilenos, sino un conjunto de recursos que estaban ahí puestos para ser explotados. Como resultado de esos cambios, la salud se hizo mucho más cara y accesible sólo para los ricos, la educación decayó, y el sistema político dejó de representar los conceptos y visiones de la gente.

-- Suena terrible.

-- ¡Lo era! A medida que la educación fue degenerando porque se convirtió en el negocio de pagar por tener buenas notas en vez de preocuparse de algo que no puede cuantificarse económicamente, como es la educación culta y la solidez de los valores, la gente fue también degradándose y convirtiéndose en bárbaros salvajes y brutales. Para el Bicentenario, el espíritu cívico de las personas se había olvidado, y el valor que se le daba a la cultura se acabó.



-- ¿Y cómo eran los chilenos en ese tiempo?

-- Bien, las mujeres se preocupaban ante todo de la belleza física porque buscaban casarse con hombres que las ayudaran a trepar socialmente. No es que fueran flojas y quisieran ser mantenidas, aunque habían muchas en esa condición. Ellas trabajaban, y algunas de ellas lo hacían mucho, pero una vez cubiertas las necesidades básicas, no sabían qué hacer con el resto del producto de su trabajo. Así, invertían muchas horas en el gimnasio y en los centros comerciales, en donde compraban ropa cara y de marca aunque tuvieran sus armarios repletos, todo para verse bellas. No les preocupaba el placer de una buena conversación, no leían libros, y se inyectaban una dieta de culebrones mal actuados y de matinales con noticias y conversaciones irrelevantes. Y esas mujeres criaban después a sus hijos con esos mismos valores.



-- ¿Y los hombres?

-- Ah, los hombres... Se les había infectado con la idea de que las personas valen por su éxito económico en vez de sus valores personales, de manera que se arrojaron en una espiral de trabajolismo. Empezaron a privilegiar el conocimiento sólo por la utilidad que se le pudiera sacar en vez de porque ese conocimiento les diera una visión más amplia del mundo y les hiciera mejores como personas. Esa fue la época en que abundaron los ingenieros, pero casi nadie sabía de literatura, filosofía y arte. Muchos de esos hombres pretendían saber, pero no sabían nada, porque su sistema educativo no los había preparado para el estudio en profundidad de ninguna materia. Tampoco eran capaces de autocrítica, y por lo mismo justificaban de sobra la queja de las mujeres, de que los hombres chilenos eran como niños crecidos. En consecuencia, aunque muchos de ellos ganaban dinero, las familias se les desgranaban entre las manos y ni siquiera entendían por qué. Y los menos afortunados, los que tenían empleos mediocres y por lo tanto se sentían socialmente acomplejados, se curaban sus penas con el alcohol y con el fútbol. En esos años, era más importante un futbolista que un literato, y una bailarina con pechos operados que una científica.

-- Pero debe haber existido alguien con inteligencia en medio de todo eso, ¿no? ¿O acaso los quemaban como herejes?

-- Por supuesto que no los quemaban porque se les hubieran echado encima las asociaciones internacionales de derechos humanos, aunque el secreto deseo de muchos de ellos hubiera sido ése. En vez de quemarlos, los ignoraban. No los escuchaban. Como el sistema educativo se había venido abajo, llegó un minuto en que los propios profesores se transformaron en ignorantes, y lo que enseñaban era igualmente ignorancia. Y aunque había profesores inteligentes, ¿qué efecto benéfico podían tener sobre sus alumnos si el medio social entero predisponía a sus pupilos en otra dirección? Había también intelectuales inteligentes, pero a ésos nadie los publicaba porque sus libros no se vendían porque nadie quería leerlos, y nadie los entrevistaba porque ninguna empresa pensaba que fuera rentable financiar un programa de televisión con ellos. Y cuando los entrevistaban, sus opiniones eran editadas de manera sensacionalista, y sus respuestas eran mediocres porque las preguntas eran igualmente mediocres, porque los periodistas también se habían estupidizado. Esas gentes que pensaban, que no se dejaban llevar por eslóganes o por la masa, eran pájaros raros. Algunos trataron de detener la catástrofe, pero no pudieron. Otros simplemente se cansaron y le volvieron la espalda al mundo, implorando para sus adentros que el hundimiento definitivo viniera después de que ellos hubieran muerto, para no verse arrastrados hacia lo inevitable.

-- Pero, ¿y los problemas en la periferia? ¿Acaso eso no les debería haber avisado que algo andaba mal en el Bicentenario?

-- Recuerda que eran demasiado estúpidos y egoístas para darse cuenta. El conflicto de los mapuches, por ejemplo, se hubiera podido solucionar con un gran acuerdo nacional, pero nadie tenía el espíritu cívico para sacrificarse por la Patria y ser el primero en proponer algo tan impopular como eso. Los problemas medioambientales se hubieran solucionado con una buena regulación jurídica y con un efectivo sistema de fiscalización, pero la gente era demasiado ignorante en cuestiones medioambientales para dictar buenas leyes, y nadie tenía tanto civismo como para fiscalizar. La mala educación era algo que a nadie le importaba porque se prefería un alumno que pasara con buenas notas aunque no hubiera aprendido nada en el camino, que un alumno de pensamiento crítico e independiente. Incluso el creciente número de fracasos matrimoniales y de divorcios debería haberlos alertado de que algo andaba mal con ellos mismos y su manera de relacionarse con el mundo, pero como eran personas carentes de valores que se intoxicaban con fútbol, alcohol, tiendas de ropa y gimnasios para acallar su propia voz interior, eran incapaces de cuestionarse y por lo tanto siempre le echaban la culpa a otro, a su pareja, por el fracaso de los dos. Si hubieran visto las cosas como estaban, se habrían dado cuenta de que algo iba muy mal en la sociedad chilena del Bicentenario. Pero simplemente no podían ver.



-- O sea, que la bancarrota social de Chile después del Bicentenario es algo que no podía ser evitado de ninguna manera.

-- Eso no lo sabemos porque implicaría hacer una especie de historia contrafáctica de los últimos cien años antes del Tricentenario. Pero la palanca que quizás hubiera servido, es que un grupo de hombres y mujeres hubieran tenido el valor de tomar el toro por las astas, y con civismo y espíritu de servicio, lo hubieran sacrificado todo para salvar a Chile de los mismos chilenos que lo estaban hundiendo. Pero eso no sucedió. Y no puedo culparlos, porque yo no sé si habría tenido el valor. ¿Lo habrías tenido tú?

-- No lo sé... Creo que no, profesor.

-- Por eso ahora en el Tricentenario, Chile está en el Tercer Mundo, y ésta es una de las escasas escuelas que puede funcionar con normalidad. Pero se nos ha hecho tarde, vámonos antes de que se oscurezca y salgan los guerrilleros, drogadictos, infectados, hambrientos y leprosos.


2 comentarios:

Luthien dijo...

wow! es verdad todo eso, apesta ver como chile esta tan mal y nadie se quiere dar cuenta, no soporto que la gete ya no piense. Casi nadie se dedica reflexionar acerca de sus propias vidas es como si acturan automaticamente, hacen las cosas porque tienen que hacerlas sin pensar más alla. Los colegios no siereven de mucho solo hay que memorizar ,son muy pocos los estuidiantes que tienen cultura y si hay algunos que estudian, porque la mayoría solo copia, es solo para la nota, en realidad nadie entiende de verdad nada y eso es bastante lamentable.

Guillermo Ríos dijo...

Por desgracia, vivimos en un mundo en donde la nota y el cartón, se obtengan como se obtengan, reemplazan al verdadero conocimiento (algo sobre lo que reflexioné de refilón en "Lo que natura non da..."). De ahí a la educación como industria, en la que se pone al alumno en la correa de transmisión como un embutido que entra como porcino y sale como salchicha, hay un solo paso.

Pensándolo bien, ahí hay un tema para un futuro posteo.

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