domingo, 19 de septiembre de 2010

Crónicas CienciaFiccionísticas 03 - La rebelión de Frankenstein.


La Ciencia y los científicos del siglo XVIII eran fundamentalmente optimistas. Pensaban que vivían una época que dejaba atrás el "oscurantismo" de los siglos anteriores, propugnado por el irracionalismo y la religión, y por lo tanto el por ese entonces incipiente progreso científico era la panacea para todos los males. Sin embargo, esta gran autoconfianza daba escaso material dramático para un hipotético escritor de Ciencia Ficción. No es raro que en el siglo XVIII, el gran movimiento literario fantástico no haya sido para nada científico, sino todo lo contrario, una reivindicación de esos antiguos miedos y terrores. A partir de "El castillo de Otranto", de Horace Walpole (1764), y durante unos treinta a cuarenta años, un copioso torrente de novelas creó toda una imaginería irracional en donde el fantasma y sus cadenas chirriantes corriendo por el castillo en ruinas jugarían un rol central.


Pero en el intertanto, algo ocurrió. La segunda mitad del siglo XVIII vio la llegada de varias revoluciones. Por un lado, en lo político, los burgueses se sublevaron contra el orden social establecido e intentaron derribarlo. El poder de la burguesía emanaba de su creciente capital, y éste, a su vez, era fruto de las mejoras productivas que entregaba la tecnología de una Revolución Industrial aún en germen, pero creciendo a pasos agigantados. El maquinismo introdujo también un nuevo miedo: el temor a la máquina que con su mayor eficiencia, podía significar el despido masivo de trabajadores. De esta manera, la aparición del maquinismo fue un factor de honda perturbación social. He aquí entonces un nuevo motivo dramático para los escritores, y éstos podían volverse a la Ciencia para asustar a sus lectores con los miedos atávicos de toda la vida, pero revestidos ahora de un lenguaje científico.


Una de las primeras escritoras en recoger el guante fue Mary Shelley (1797-1851). En 1816, ella y un grupo de amigos entre los cuales estaban los poetas románticos Percy Shelley y Lord Byron, se reunieron en una villa suiza, y durante una noche de tormentas, se contaron historias góticas de fantasmas, además de conversar sobre el progreso científico y los misterios de la electricidad. Debemos remarcar que la sensibilidad romántica era decididamente irracionalista, y rescataba el poder de las emociones y los sentimientos por encima de la razón, un movimiento esperable considerando que los jóvenes románticos estaban en guerra contra el señorial optimismo dieciochesco. Aquella noche, Mary Shelley tuvo pesadillas, y en una de ellas, vislumbró a un cadáver vuelto a la vida por una descarga eléctrica. Trabajó entonces febrilmente un año en su idea, hasta publicar en 1817 (¡con 19 años!) su magnífico "Frankenstein, o el Moderno Prometeo".


La obra de Mary Shelley fue revolucionaria en más de algún aspecto. Es una obra muy propia del Romanticismo, con su exaltación de las pasiones y los sentimientos, y su decidido carácter anticientífico, sí, pero también es un pilar fundamental de la Ciencia Ficción. Por primera vez en la novelística, el protagonista de la obra no es un alquimista ni un sabio de las artes oscuras, sino un científico, y la resurrección no es obra de un poder sobrenatural, sino que es resultado de un proceso netamente científico, como lo es inyectar electricidad en un cuerpo muerto (algunos años antes, un científico llamado Galvani había probado que si se le descargaba electricidad al músculo de una rana muerta, este se movía de manera espasmódica, y a esto se lo llamó después "reflejo galvánico").


Pero más importante que eso, la obra de Mary Shelley traduce al moderno lenguaje científico el viejo terror al conocimiento prohibido, a los secretos del universo que el hombre no debería conocer (por su propia seguridad). Resulta irónico que una de las obras más prototípicas, representativas e importantes de la Ciencia Ficción anterior al siglo XX, sea también tan profundamente anticientífica de espíritu. El monstruo de Frankenstein, vuelto a la vida por la electricidad, acaba por destruir a su Creador, el Doctor Frankenstein mismo. El Mito de Frankenstein pasó a ser la encarnación científica del Mito de la Rebelión Contra el Creador. El monstruo frente al Doctor Victor Frankenstein tomó el lugar de Satán contra Dios. Frankenstein es también el primero en el frondoso linaje de científicos locos que la Literatura y el Cine nos regalarán después, y que incluye al Profesor Moriarty, a Fu-Manchú, al Doctor No, a Victor Von Doom, y a una vasta pléyade adicional de genios locos sobre los cuales el pitorreo de la posteridad acuñará una frase hecha: "si tan solo hubieran dedicado su inteligencia a hacer el bien"...

Próxima entrega: "Los sueños de la Ciencia decimonónica".

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