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martes, 3 de agosto de 2010

Una mirada personal sobre Sergio Meier.


En estos días, a inicios de Agosto de 2010, se cumple el primer año desde el fallecimiento del escritor chileno Sergio Meier. La noticia golpeó a la reducida pero hormigueante comunidad de escritores de Ciencia Ficción de Chile, entre los cuales no es exagerado decir que era gigante entre pigmeos. Pero a lo lamentable de la pérdida desde un punto de vista profesional, en particular debido a lo prematuro de su fallecimiento, en mi propio caso se añade también la dimensión personal, porque Sergio Meier fue durante muchos años mi mentor, y buena parte de lo que es mi formación literaria se lo debo a él. Como ya se han escrito varios artículos acerca de Sergio Meier como escritor de Ciencia Ficción, no vale la pena que insista en sus méritos y virtudes literarias. Supongo que Sergio Meier habría estado fascinado con la coincidencia cósmica de que este proyecto la Guillermocracia se inicie, por casualidades del destino, justo en estos días, y en particular con un artículo dedicado a él, porque es muy poco probable que, sin la influencia suya, la Guillermocracia o alguno de mis otros proyectos literarios hubieran siquiera llegado a nacer. Parece apropiado entonces que uno de los primeros artículos publicados aquí sea dedicado justamente a la memoria de quien en parte hizo todo esto posible.

Conocí a Sergio Meier en la primera mitad de la década de 1990. En esa época la Ciencia Ficción, y la Literatura Fantástica en general, eran actividades poco menos que alienígenas. En un episodio reciente de "Los Simpsons" se coloca al Hombre de la Tienda de Historietas en esa época, diciendo en un campus universitario, al parecer después de haber terminado un enorme discurso, que "por esas razones nunca jamás se va a adaptar el Señor de los Anillos en el cine" (no es literal, estoy citando de memoria). Para quienes empezamos a conocer la Fantasía y la Ciencia Ficción en aquellos años, lo que parece un chiste simpsoniano no lo es: en efecto, tal opinión era la predominante entre quienes sabíamos. Dictar entonces un seminario sobre Ciencia Ficción entonces, en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura de Viña del Mar nada menos, fue entonces prácticamente una quijotada por parte de Sergio Meier.


Para mí, participar en dicho seminario fue el abrirse del mundo. Hasta la fecha, mi formación cultural se basaba en lo que se supone debe aprender todo chileno en el colegio. En el campo literario, eso significaba novelas de huasos y de delincuentes porteños, o el Quijote de la Mancha, o algún que otro clásico literario. A diferencia de otros escritores de Ciencia Ficción, mucho más frikis y sectarios, yo nunca he sido reluctante a ese material, entendiendo que son formas distintas de expresión cultural a las que yo preferiría, sin que eso constituya denuesto alguno, porque uno debe tener conciencia de que la riqueza del mundo no se agota en lo que uno prefiere. Pero en la devuelta de mano, la oficialidad cultural te decía que ESO era LA cultura, y que todo lo demás no valía nada. Y en ese "todo lo demás" había que incluir algo que me gustaba mucho por esos años: los dibujos animados japoneses. Los llamamos "monitos japoneses" porque éramos tan incultos en ese tiempo, que las expresiones "manga" y "anime" no nos decían nada. Ese era yo, conflictuado entre lo que los perros guardianes del fascismo cultural me decían que debía adorar como reliquia sacrosanta, y las manifestaciones culturales "inferiores" que de verdad me llamaban la atención.

Un primer gran aporte que me hizo Sergio Meier, fue enseñarme que no debía sentirme culpable por no sentirme atraído hacia lo que los popes de la cultura chilena consideraban el canon, y que en tales universos rechazados por la mentalidad oficial habían riquezas tan buenas o incluso mejores a las que esas hordas de mediocres sostenían. Sergio Meier me enseñó, si se me permite la parábola militar, a ser un comando en medio de conscriptos rasos. No puedo decir que dicha actitud me haya favorecido en lo sucesivo, porque en un ejército al comando se le aprecia y valora por su habilidad, pero en el mundo literario, plagado de envidias y resquemores, a los comandos se los odia y se los echa abajo con cualquier pretexto. Quien me conoce sabe que no adoro las vacas sagradas por el mero hecho de que algún hierofante me dice que sean sagradas, y eso tiende a fastidiar a la gente que se cree demasiado importante, y que a menudo se reunen en mafias con otras gentes que también se creen demasiado importantes. Y no me refiero sólo a los sostenedores del canon de lo que es "alta cultura", contra quienes comenzó mi rebelión en esos años, sino también con posterioridad a los nuevos y entronizados popes de "lo friki", que no encontraron nada mejor para combatir dicho fascismo cultural, que tratar de implantar un fascismo cultural de cuño contrario. Y hasta ahora van ganando, aunque no porque tengan razón, sino por un tema generacional, ya que los sostenedores de la vieja intelectualidad están envejeciendo y muriendo como moscas, mientras que los de la nueva han llegado a la adultez y están en condiciones de imponer sus reglas. En cualquier caso, la iconoclastia se paga caro. Sergio Meier pagó su precio, y me está tocando pagarlo a mí también. Pero no me arrepiento, porque prefiero ser un buen escritor ignorado, que un intelectual mediocre y plagado de reconocimientos, porque al final del día cuando estás frente al espejo estás solo, y allí de nada te valen los loores y los inciensos. Y cerrando el círculo, eso también me lo enseñó Sergio Meier, por cierto.


Una cualidad que hizo a Sergio Meier superior a la inmensa mayoría de escritores de Ciencia Ficción en Chile, y no creo exagerado afirmar que a la inmensa mayoría de escritores chilenos a secas, es que además de la Ciencia Ficción le gustaban otras cosas. Sabía mucho de Historia, de Filosofía, de Literatura. En ese sentido, aunque fanático de la Ciencia Ficción, sería mezquino aplicarle la etiqueta de "friki", como si lo único que hubiera hecho fuera escribir sobre robots y naves espaciales, o más exactamente, sobre realidades virtuales y cosmologías extrañas. No en balde su obra cumbre, que es "La segunda Enciclopedia de Tlön", se basa fuertemente en planteamientos del todo ajenos a la Ciencia Ficción en su vena más clásica, como por ejemplo la teoría de las mónadas de Leibniz o los universos arquetípicos de William Blake. A ningún otro escritor del género en Chile se le hubiera ocurrido tratar en combinación con la Ciencia Ficción, simplemente porque la Filosofía del siglo XVIII no es "friki". Esa visión de que la cultura debe ser apreciada por lo que de bueno pueda haber en ella, no sólo porque verse sobre un tema u otro, influyó poderosamente en mi literatura posterior. Es gracias a él que no me convertí en otro friki más, en un sectario que sólo habla de cyberpunk y ucronías todo el santo día. Es tambíen la clave de algo que a mucha gente desconcierta: cómo puedo ser al mismo tiempo un hombre de Ciencia Ficción y de ciencias, y por el otro un hombre de Derecho y de Historia, sin que ambos campos chirríen ni se estrellen dentro de mi ideario o mi mentalidad. Gracias a Sergio Meier leí toneladas de Ciencia Ficción clásica, desde la Edad de Oro hasta el cyberpunk, pero por otro lado, no dejé de lado las lecturas más "clásicas" o "convencionales". En vez de cegarme y guiarme como un caballo con anteojeras, Sergio Meier me alentó a leer otras cosas, a nutrir mi espíritu, y en definitiva a ser un hombre universal.

Hay escritores que son de escribir y tirar: escriben rápido, pulen un poco, lo dejan como algo listo, y pasan a escribir otra cosa diferente. Me confieso entre ellos. Otros son de escribir un par de líneas, pulirlas una y mil veces, y darlas por listas tarde, mal y nunca. Sergio Meier era de estos últimos. Creo que cada sistema tiene sus bondades y sus defectos, y adoptar uno u otro tiene más que ver con ajustar el trabajo a una determinada personalidad o temperamento, que con una manera más o menos correcta de hacer las cosas que debería ser uniforme para todo el mundo. El caso es que Sergio, por su manía casi obsesiva por pulir y pulir hasta que su texto final quedara "literario", no dejó una obra literaria prolífica. Frisando la veintena publicó "El color de la amatista", un temprano experimento en literatura lovecraftiana. Luego, ya entrando en la década de 1990, se embarcó en su proyecto más ambicioso, una saga de Ciencia Ficción que mezclara realismo a la chilena con Ciencia Ficción de avanzada. Me consta personalmente que concibió las ideas y conceptos básicos de la película "Mátrix" muchos años antes de que ésta fuera siquiera rodada, con el evidente mosqueo que experimentó al ver dicha película en el cine y descubrir lo peligrosamente cerca que andaba de sus propios planteamientos. Dicen que a William Gibson, el autor de la seminal novela "Neuromante", le pasó lo mismo mientras la estaba escribiendo, luego de ir al cine a ver "Blade Runner". Volviendo a Sergio Meier, éste había concebido que uno de los universos virtuales fuera el Chile de las novelas realistas; y esto me consta por las conversaciones que sosteníamos en esos años sobre nuestras respectivas obras literarias. La saga que planeaba Sergio mutó muchas veces en su planteamiento, y creo que su proyecto en cuanto tal nunca llegó a ser acabado tal y como lo quería. Algún día quizás me referiré más extensamente a esto, porque gracias a las visitas que le hacía a su residencia en Quillota, fui testigo privilegiado de aquellos años de eclosión de la que sería su opus magna. Sólo diré que "La segunda Enciclopedia de Tlön", tal y como está escrita ahora, era un proyecto incluso más ambicioso todavía. Si nadie entiende de qué se trata así como está, me imagino cómo sería si Sergio Meier lo hubiera escrito como de verdad se lo imaginaba.

Volviendo a lo personal, Sergio Meier y yo acabamos por hacernos amigos. En eso, Sergio fue muy generoso en abrirme las puertas de su casa, y entablar conmigo extensísimas conversaciones acerca de lo divino y lo humano. Si alguien hubiera grabado esas charlas, tendría a la mano una profunda tertulia acerca de los principales fenómenos culturales de la década de 1990 y de la del 2000. Conversábamos de Música, de Cine, de Literatura, de Historia, de Ciencias, y de un montón de otras cosas. Coincidimos en que ninguno de los dos era un friki sectario, y por lo tanto, nuestras charlas estaban abiertas a toda clase de temas, pero siempre desde una óptica elevada y erudita.


Y gracias a estas espaciadas, pero siempre constantes y nunca interrumpidas visitas, fui testigo de algo que me duele profundamente en lo personal: la enorme soledad en la que vivía Sergio Meier. No me refiero a la soledad de quien no tiene a ninguna persona alrededor, porque a Sergio no le faltó nunca el cariño de gente en su torno, que lo apreciaba por sus reconocidas cualidades humanas, sino a la que deriva de las envidias, los odios y las mezquindades propias del barriobajismo intelectual chileno. Sergio Meier era una persona enormemente culta, y eso a mucha gente que pretende dárselas de sabidillos, les molestaba profundamente. En consecuencia, le hacían el vacío. Fui testigo de que durante muchos años, mucha gente que lo había conocido lo tuvo abandonado y no le hizo el menor caso. Pasó por horas dramáticas cuando perdió a familiares muy queridos, y esa gente se quedó muy quieta en su sitio, y esto lo digo porque yo viajé a Quillota y estuve en primera fila ayudándolo y apoyándolo, junto con otras gentes que muy poco tenían que ver con el ámbito literario. Y lo hice con la satisfacción del deber cumplido: él me había dado mucho en los años anteriores, ayudándome a mi forja como escritor y también como persona, siendo mi mentor y mi guía, y hubiera sido impresentable que no hubiera estado ahí para devolverle la mano en la hora de la necesidad. Pero no todos tuvieron esa misma actitud. No daré nombres ni pistas porque no quiero tener problemas con el Código Penal, pero si me preguntan, responderé que EL HOMBRE INTELIGENTE SABE DESCONFIAR DE LA PROPAGANDA. El que tenga entendimiento, que entienda. En lo personal me da mucha pena porque pienso que Sergio Meier se merecía mucho más que ese semiabandono en que vivía, a pesar de haberle dado tanto a tanta gente (no sólo a mí). Pero la mentalidad chilena es así, supongo, y así es como lo dejaré.

A santo de diversas circunstancias, Sergio Meier apuró el paso con "La segunda Enciclopedia de Tlön", y la publicó finalmente en 2007. Para esas fechas ya existía el blog Tribu de Plutón, y publiqué un extenso reportaje sobre el lanzamiento de "La segunda Enciclopedia de Tlön" en Valparaíso, al que me remito para el lector interesado. La novela fue saludada como una piedra miliar dentro de la Ciencia Ficción chilena, pero en las reseñas y meses subsiguientes, me llamó poderosamente la atención que el tono no se saliera de lo meramente laudatorio, sin comentarios sobre los detalles de la trama, ni sobre el trasfondo filosófico de la misma. El aspecto más comentado es el de la nueva cosmología que plantea, desde un punto de vista físico, lo que es apenas una fracción de la premisa, y aún así, esta parte ha sido ardua de entender para las gentes. Yo mismo la entiendo, creo, en parte porque al haber sido testigo de la evolución de los conceptos que manejaba Sergio Meier durante cerca de una década y más, algunas cosas debo haber captado por ósmosis. Sospecho que muchas gentes la alaban porque se ve una novela complicada y erudita, y por eso, queda bien lucirse a costa de ella, comentándola en superlativos genéricos que se le puedan aplicar a cualquier novela de contenido filosófico, sin que la gente que más habla de ella realmente entienda de qué se trata.


Quiero finalizar con mi pequeño tributo literario a Sergio Meier. Cuando comencé a escribir mi blogoserie "Corona de Amenofis" en el mismo año 2007, introduje un personaje secundario llamado Pablo Eleuterios. En el Primer Ciclo su nombre era lisa y llanamente Pablo, y el apellido Eleuterios fue añadido después, ya en el Tercer Ciclo (año 2009). Pues bien, Pablo Eleuterios es un pequeño homenaje a Sergio Meier. Ambos comparten varias características en común. Por un lado, ambos son fanáticos de la cultura y la literatura inglesa. En segundo lugar, ambos están empeñados en escribir una gran saga literaria (en el caso de Pablo Eleuterios se trata de una saga basada en la historia de Inglaterra desde la época de los romanos hasta The Beatles). En tercer lugar, ambos son mentores de alguien más (Sergio de mí, y Pablo Eleuterios de Leoncio, aunque Leoncio no sea exactamente un alter ego mío). En cuarto lugar, ambos tienen linaje y apellidos extranjeros (se expresa que el apellido "Eleuterios" procede de Apontonia, un país ficticio creado para "Corona de Amenofis"). Pablo Eleuterios expresa en un capítulo una cierta displiscencia hacia la obra de Sergio Meier, lo que es un chiste personal habida cuenta de que el personaje está justamente basado en la persona real (además, exegéticamente hablando, esto indica que Pablo Eleuterios y Sergio Meier conviven ambos en el universo de "Corona de Amenofis"). Incluso, una escena del capítulo "Mezclaversos" en el Tercer Ciclo, en que Pablo Eleuterios lanza su libro "ElectroValparaíso", es reminiscente del lanzamiento de "La segunda Enciclopedia de Tlön", aunque la temática lovecraftiana de "ElectroValparaíso" encaja mejor con "El color de la amatista". Se suponía que Pablo Eleuterios era un secundario de lujo y no iba a tener demasiadas apariciones, pero para el Cuarto Ciclo había preparada una subtrama más larga que lo involucraba en intrigas de catedráticos en la ficticia Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann. En medio de todo eso llegó la noticia del fallecimiento de Sergio Meier, lo que me hizo cambiar rápidamente de planes. Después de meditar algunos meses sobre qué hacer con el personaje de Pablo Eleuterios, consideré que seguir utilizándolo como personaje, aunque fuera a través de cameos, era demasiado tenebroso o macabro, de modo que con un pretexto, lo hice salir de la blogoserie, probablemente para siempre. Así, en el capítulo "Lo que fue y lo que será", a inicios del Cuarto Ciclo, se menciona que Pablo Eleuterios ha obtenido una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra, país soñado tanto para el ficticio Pablo Eleuterios como para el Sergio Meier de carne y hueso. Como detalle adicional, Pablo Eleuterios menciona esto en un diálogo con Ludwica, y esto no es casualidad porque Ludwica es uno de mis personajes más queridos dentro de "Corona de Amenofis". Aunque después no se menciona si realmente llegó a viajar o no, y por lo tanto el lector es libre de creer lo que le plazca al respecto, mi opinión personal, extraoficial y no canónica es que a partir del segundo semestre del 2010 encontramos a Pablo Eleuterios en la Universidad de Oxford, cursando su doctorado. También hablando de la misma manera personal, extraoficial y no canónica, Inglaterra y la Universidad de Oxford son una metáfora de Avalon, a la que el rey Arturo fue llevado después de su muerte (Sergio Meier era fanático del mito artúrico, lo que me da tema para otro posteo posterior, quizás). Aunque soy agnóstico y no creo en la ultratumba ni en la vida eterna, si fuera creyente me gustaría pensar que Sergio Meier está finalmente en su Avalon, conversando con Arturo, con C.S. Lewis, con Leibniz, con todas esas gentes que fueron sus amigos dilectos a través de esas verdaderas máquinas del tiempo que son los libros. Y por alguna razón, no me lo imagino conversando con ningún escritor de Ciencia Ficción propiamente tal. Quizás porque Sergio Meier era mucho más que sólo un escritor de Ciencia Ficción.

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