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domingo, 15 de agosto de 2010

MEBDU 02 - "El Gran Dragón del Río Rhin".

ANTERIORMENTE EN “MARBOD EL BÁRBARO”. En los tiempos del Imperio Romano, en tierras de los germanos, nace y se cría Marbod el Bárbaro, hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, quien adquiere una recia contextura física y una educación con sólidos valores morales. Cuando su padre muere, supuestamente asesinado por el Gran Dragón del Río Rhin, Marbod sale en búsqueda de éste para vengar su muerte. En los Montes Jura se encuentra con Dragonópterix, el autoproclamado Gran Dragón del Río Rhin, quien señala a Marbod que nada tiene que ver con la muerte de su padre. Y sin embargo, podría estar mintiendo

“El Gran Dragón del Río Rhin”



–¿Quieres ver el Tesoro del Rhin, de todas maneras?– preguntó Dragonópterix, con amabilidad suprema.

–Guíame hacia allá– dijo Marbod el Bárbaro, sentenciosamente.

–Mejor que eso. ¡Te transportaré hacia allá!– dijo Dragonópterix, repentinamente llevado por el entusiasmo. Y antes de que Marbod pudiera reaccionar, Dragonópterix lo había cogido y arrojado por el aire, de manera que el Bárbaro cayó sobre su lomo.

Dragonópterix extendió las alas, y emprendió el vuelo. Pronto, los macizos alpinos de los Montes Jura dejaron paso a los contrafuertes al norte del Lago Constanza, hacia cuyo oeste partía el curso del Río Rhin mismo; pero Dragonópterix prefirió otro camino, a través de campo boscoso, hasta alcanzar otro río (“el Neckar”, explicó), que de todas maneras desembocaba en el Río Rhin.

–Prefiero evitar el limes en este sector– dijo Dragonópterix. –Y es que los romanos… Hmmm… Cómo explicártelo…

Marbod el Bárbaro sabía lo que era el limes, aunque nunca lo había visto. Era la línea de campamentos militares fronterizos que los romanos habían dejado caer, como un verdadero Telón de Acero, sobre Europa. Principiaba en la desembocadura del Río Rhin, subía por éste hasta las estribaciones de los Alpes, luego corría desde allí a la relativamente cercana desembocadura del Danubio, y bajaba por éste hacia el este, con rumbo a tierras que tendían a escaparse de la mentalidad geográfica de los germanos. El limes era mala cosa. “Pelea siempre con honor y párate siempre con gallardía, pero respecto del limes nunca intentes ninguna bravuconería”, solía decirle su padre. Era buena cosa compartir semejante odiosidad con Dragonópterix.

Cuando el Neckar torció hacia el oeste, en vez de ir hacia el Rhin, Dragonópterix optó por seguir hacia el norte. Alcanzó así otro río, el Main, sobre el cual revoloteó unos cuantos kilómetros hasta llegar a un pacífico remanso en una gran roca, bajo la cual Marbod alcanzó a divisar algunas grutas. Dragonópterix miró y remiró, y cuando se cercioró de que no había nadie (su olfato de dragón también le ayudó), ingresó a las cuevas.

–Esto no es el Río Rhin– dijo Marbod sentenciosamente, en la entrada de la caverna.

–¡Por supuesto que no! Desde que llegaron los romanos, pues… ¡Puaj!– dijo Dragonópterix. –Antaño, por supuesto, todo era diferente. Los germanos siempre han sido sucios, y como no se lavan mucho, las aguas son limpias. Pero los romanos… ¡Qué panda de afeminados, por Odín! No sólo se lavan todos los días, sino que los más pudientes se construyen grandes casonas solariegas, y se hacen llevar agua en cañerías. ¿Y dónde crees que botan el agua sucia de su lavado? ¡Al Rhin, de nuevo! Al menos se mantenían ahí; yo me pude venir un poco al este y todo estaba resuelto. ¡Pero esos malditos romanos se les ocurrió explotar unas minas de sal, acá en el Main! Ya fundaron su propia ciudad, la llaman el Paso de los Francos [esto es, Frankfurt], y construyeron unas minas de sal. Con eso están salando todo el río, y pronto no quedará ningún pez sin sed por el exceso de sal en el agua. ¡Malditos romanos, ojalá alguien los redujera del primero al último, o al menos los arrojara del otro lado de los Alpes, a sus territorios nativos que nunca debieron abortarlos sobre estas tierras…!

Con todo esto, Marbod empezaba a sentir un bichito de curiosidad sobre los romanos. Que fueran limpios y afeminados era algo que no le incitaba, porque quizás los derrotaría con demasiada facilidad. ¿Por qué su padre le temía tanto al limes? Por otra parte, estaban las minas de sal… ¿Y si él, y su tribu, consiguieran apoderárselas? ¿O rapiñarlas, al menos? Por momentos, los romanos se antojaban como cada vez más interesantes a Marbod.

Dragonópterix se metió cada vez más adentro de la gruta. Marbod le siguió, aunque pronto debió seguir avanzando a tientas. En un minuto desenvainó la espada, temeroso de que el dragón le hubiera traído a una emboscada. ¡Si le mataban allí, jamás encontrarían su cadáver para cremarlo!

Por otra parte, quizás no fuera su día de muerte, porque no veía ninguna valkiria por ningún lado. ¿No se supone que se te aparece una valkiria, si vas a morir en un campo de batalla?

Pero en un tercer pensamiento, las valkirias se aparecen sólo a los elegidos para integrar las huestes del Walhalla. ¿Y si Marbod iba a morir sin siquiera haber probado su destreza guerrera? El pensamiento lo desalentó profundamente. Incluso hubiera matado al dragón allí mismo, por la espalda, para hacer méritos… Pero por otro lado, por muy dragón que fuera, matar a un contrincante a mansalva, que además te ha invitado como huésped a su casa, no era algo que un guerrero honorable hiciera.

De pronto, sintió un hálito caliente. Detrás de Marbod, una antorcha se encendió.

Estaba en una pequeña y húmeda gruta, en la cual habían algunos arcones bastante apolillados. Dragonópterix abrió uno de ellos, que estaba incluso sin candado.

Adentro, habían algunas monedas y artefactos presumiblemente de oro.

–¿Y esto es todo el tesoro?– preguntó Marbod. –¡Espero que éste sea el arcón escuálido, y los otros estén rebosantes de oro!

–Rebosantes si están…– dijo Dragonópterix sibilinamente. –Pero no de oro, sino de algo más valioso.

–¿Más valioso? ¿La hidromiel de los dioses, quizás? ¿Un anillo mágico?– preguntó Marbod.

Dragonópterix abrió otro arcón. Como lo prometió, rebosaba, pero… de rollos.

Marbod desenrolló uno de ellos. Descubrió una serie de caracteres incomprensibles.

–¡Pero qué demonios…!

–Es mi máximo orgullo– dijo filosóficamente el dragón. –¡Tienes en tus manos nada menos que la Historia Universal de Beroso el Babilonio! Rescatada íntegramente de las llamas, por métodos que es mejor no mencionar, luego de la quema de la Biblioteca de Alejandría, por obra de ese homosexual epiléptico, cómo se llamaba… ¡Oh, sí! Julio César.

–¡Pero no se puede leer! ¡No está en letras latinas!

–¡Por supuesto que no…! Es una transcripción en jeroglíficos de la historia cuneiforme original. No es una traducción muy fiel, eso sí… Mira qué vergüenza, pusieron Asurusis en vez de Jerjes… Seguramente utilizó la versión hebrea del nombre, Axashverosh o Ahasuerus… Que viene del persa Jshayar Shah…

–¡Basta, basta, basta!– gritó Marbod, desesperado por la erudita parlanchinería del dragón. –¿De manera que el Tesoro que supuestamente Odín mismo depositó aquí es…?

–¿Odín? ¡Oh, por supuesto que no! Creo en él, firmemente, pero nunca he visto a tal señor… Pero podemos inferir su existencia pensando en que todo el universo se mueve, y ese movimiento debe tener un Primer Motor…

–¡Este Tesoro no es de Odín! ¡Eres un dragón mentiroso!– gritó Marbod, cada vez más irritado. –Seguro que no hay Anillo Mágico de Poder o algo así.

–Es lo que invento… Son mis pertenencias personales… Así a la gente les da miedo… Y no vienen acá… Y no, no hay Anillo Mágico de Poder.

–¿Y por qué me trajiste, entonces?

Dragonópterix caminó un par de pasos, tambaleantemente, y se sentó en el suelo con toda su pesada y aplastante dragonidad.

–¡Porque me habías caído simpático! ¡Porque quería un amigo!– se lamentó amargamente.

–¡Amigo, has cometido un error!– dijo Marbod, sacando reciamente la espada. –Te voy a matar. No me importa si mataste a mi padre o no. Diré que así fue, y me llevaré este Tesoro. Es una porquería de tesoro, una mugre de tesoro, apenas hay unas monedas de oro y un par de reliquias druidas, pero algo me darán por los arcones, como madera vieja, para leña quizás, y los libros, rollos o lo que sean, arderán bien en una hoguera en invierno. Y mi tribu me aceptará como su rey. ¡Gran Dragón del Río Rhin, prepárate a morir!

–¿Acaso no ves la ironía de que ya no vivo en el Río Rhin nunca más, que los romanos me echaron de ahí?– gimió Dragonópterix a lágrima viva.

–¡Entonces, Gran Dragón del Río Main, o como te llames…! Morirás. Y si las minas de sal están cercas, salaré tu carne. De seguro tendré rica y seca carne de culebra para el invierno.

Dragonópterix intentó decir algo, pero el llanto no le dejaba hablar. Empezó a berrear, golpeando infantilmente el suelo, una actitud no demasiado digna en un gran reptil volador que, de haber plantado un poco más de cara al enemigo, podría fácilmente tentar zamparse a Marbod y usar alguno de sus fémures como mondadientes.

Marbod el Bárbaro levantó entonces su espada, calculó el golpe, que cayera directo en el cuello y matara al dragón de un solo tajo, y luego de haber visualizado la gloriosa muerte del reptil con alas, descargó…

…en el suelo.

Dragonópterix levantó la mirada, aún rebosante de lágrimas, y miró a Marbod con incredulidad.

Marbod levantó su espada y la guardó. Luego, se sentó decididamente en el suelo.

–¿No me vas a matar?– preguntó Dragonópterix.

–Por las mil habitaciones de Hella, demonios, no– dijo Marbod el Bárbaro, furioso consigo mismo. –Aunque debería. Eres un dragón. Eres un monstruo.

–Según el sabio Aristóteles…

–Puedes meterte a Aristóteles por el culo si te place– dijo Marbod. –Después de todo, no puede haber sido tan listo si se murió.

–Gracias. Eres un buen amigo– dijo Dragonópterix.

–Ahora seré el hazmerreir de mi tribu. No maté al dragón, no hay tesoro, no hay faida…

–¿Sabes? No puedo llevarme tantas cosas. Cada vez me es más difícil mudarme. Si quieres llevártelas… Lo que quieras… Pues… Hazlo– dijo Dragonópterix.

–¿Hablas en serio?– preguntó Marbod. –Pero… Tendré que decir que te maté. Y no me gusta mentir.

–No tendrás que hacerlo… Diles que, no sé… Me arrancaste un brazo. Y que me fui a morir por ahí.

–Pero si reapareces con brazo…

–Lo regeneré.

–¡Pero eso es mentira!

–¡No importa! Ayuda a crecer la leyenda. Mientras más te temen, más tranquilo te dejan…

Marbod encontró lógica en eso.

Además, Dragonópterix se había revelado como un buen mentiroso, así es que nadie le creería aunque dijera la verdad. Quizás, siendo estúpida la gente como era, si Marbod decía que le había matado y después el dragón reaparecía vivito y coleando, le pedirían alguna clase de documento de identidad, y al no tenerlo, dirían que es un impostor… los romanos lo harían así, al menos, según relataba el padre de Marbod con sonoras carcajadas, antes de aparecer muerto de manera tan oprobiosa.

Por otra parte, nadie se detendría a escuchar al dragón, considerando que de intentar acercarse a un humano, este arrancaría o procuraría clavarle una espada, no parlamentar con él.

–¡Es un trato!

Algunos días después, Marbod el Bárbaro apareció con una mula que consiguió por ahí, cargando el Tesoro del Rhin. Cuando le preguntaron por el dragón, contó que se había ido, gravemente mutilado. No le gustaba mentir, pero era por una buena causa: el dragón era, después de todo, un buen tipo.

Marbod fue coronado entonces como rey de su tribu.

Pero, aunque principiaba una vida como reyezuelo germánico, no estaba satisfecho. Su corazón rebosaba de ansias, y quería la aventura. Quizás marchara hacia el Imperio Romano, después de todo. ¿Por qué no? Tenía curiosidad por ver a esa raza de afeminados que se bañaban todos los días. Quizás algún día…

Próximo capítulo: “Orbe Terrarum”.

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