domingo, 8 de agosto de 2010

MEBDU 01 - "Vida de bárbaros".


"Vida de bárbaros"

Entre el tiempo en que los océanos parieron al Imperio Romano, y el levantamiento de los Hijos de los Arios, hubo una era que no fue jamás soñada antes. Y en medio de esto: Marbod, destinado a portar la corona del Imperio en aquellos tiempos. Y soy yo, su Cronista, el único que puede referiros su saga. ¡Dejadme hablaros sobre los días de… no tan grande… aventura…! Pero aventura a fin de cuentas…

Fue Marbod el hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, y por lo tanto, sobrino de Genserico el Enamorador de Viudas. Fijóse un día Wilhelm en los atributos valkirioides de la bella Raimunda, y decidióse entonces a hacerla suya. No es que antes Wilhelm el Hacedor de Viudas no hubiera tenido asuntos que pudieran ser catalogados en el listado de la Blitzkrieg de los sexos, pero Freyja estaba dispuesto a darle un castigo muy especial a Wilhelm, de manera que lo hizo concebir una pasión violenta por Raimunda. Esto debería haber detenido a cualquiera, y haber sido suficiente castigo, pero Wilhelm despreciaba a los dioses casi tanto como despreciaba a los maridos de las futuras viudas que dejaba en el camino, de manera que acudió a la casa de Raimunda, declaró con muy malos modales que la haría suya, y metería su espada en el cinto de ella, o en la oronda panza de su padre. Complacido con la fiereza de su futuro yerno, el padre de Raimunda asistió complacido. Pero como todo había salido demasiado fácil, Wilhelm el Hacedor de Viudas decidió que no iba a renunciar a un buen secuestro sólo porque su futuro suegro estaba en colusión con los planes del futuro marido, así es que ingresó por la noche al dormitorio de Raimunda, intentó secuestrarla, la vio demasiado apetecible, la violó, la cargó entonces en sus hombros, salió con ella, una vez afuera la violó otra vez, después la sacó del jardín, y la violó una tercera vez, sólo por si no hubiera quedado bien asentado qué iba a pasar en adelante.

En medio de todo esto, nadie le había preguntado a Raimunda su opinión. Por eso, Raimunda era feliz. Es bien sabido que una mujer siempre declarará una opinión distinta a aquella que verdaderamente sostiene, aún cuando sea tan pura y virtuosa como aquellas que son Hijas de los Arios, de manera que es una pérdida de tiempo preguntarles. Además, cuando deciden por ellas, son felices porque no tienen que lidiar con el enorme problema de preguntarse a sí mismas qué demonios es lo que realmente quieren. En ese sentido, es sabido que la vida en civilización las echa a perder, ya que les confiere una libertad para la cual no siempre, por no decir casi nunca, están preparadas. Pero Raimunda y Wilhelm el Hacedor de Viudas eran ambos Hijos de los Arios, y por lo tanto, sabían cómo debían hacerse las cosas para que éstas funcionaran.

¿Y Freyja? Chasqueada, por supuesto. De manera que marchó hacia la tierra fronteriza entre los dioses germánicos y los griegos, y en secreto conferenció con Hera. La Matrona de los Dioses Griegos le confidenció entonces a Freyja que había tenido casi idénticos problemas tratando de fregar a Heracles, pero que al final todo había resultado en mayor gloria del bastardo #67 de Zeus, así es que mejor no joderse la vida con eso. Después de tan matronales consejos, Freyja decidió dejar las cosas así. Por el minuto, al menos.

Hera tenía toda la razón del mundo. Porque cuando Wilhelm el Hacedor de Viudas entró en Raimunda tres veces la noche del rapto, tres oleadas de valientes 300 millones ya no digamos que defendieron las Termópilas, sino que las erigieron a partir de la roca primordial, tanto era el poder de aquellos animalitos con cola. Y entre todos ellos destacó uno, tanto por la fortaleza de su cilio como por la nobleza de su alma, que se abrió paso a la manera de los bárbaros, esto es, a golpe limpio, hasta que su superioridad innata le hizo llegar hasta el delicado y gentil óvulo de Raimunda, que lo acogió con generosidad en su seno. Y de esta manera, de la triple unión entre Wilhelm el Hacedor de Viudas y Raimunda en la noche del rapto, fue concebido Marbod.

Dicen que aquella noche, Octavio Augusto, Emperador de aquellos que se llaman los Hijos de Rómulo, tuvo una horrible pesadilla. Para aplacar a los manes, decidió que iba a construir un Altar para el Dios Desconocido. Lo hizo, y como estaba escaso de materiales (he ahí los costos de recibir una ciudad de ladrillos y legar una de mármol), tuvo que sacar piedras de la Tumba del Legionario Desconocido. Con lo que el Legionario Desconocido se hizo aún más desconocido, si cabe. Hasta el día de hoy, no se sabe quién era el desdichado.

Marbod creció fuerte en estatura y sabiduría frente a toda su comunidad. Si hubiera nacido en la civilización, de inmediato todos aquellos a su alrededor le habrían envidiado por sus cualidades físicas y morales superiores, y se hubieran unido contra él hasta arreglar que fracasara en la vida; pero no estaba Marbod en la civilización, sino en la barbarie, en donde se respeta y venera a aquellos quienes han nacido con dotes superiores, como regalos divinos para la Humanidad, así es que lejos de ser detestado, Marbod era reverenciado como el mejor de los bárbaros. Y Marbod nunca se dejó cegar por los halagos; después de todo, su nobleza de alma le impedía caer en actitudes grotescas como el engreimiento o la autosuficiencia.

Por otra parte, la formación de Marbod nunca se vio perjudicada por profesores mediocres que le estorbaran en su desarrollo moral. En la vida civilizada, Marbod hubiera tenido una educación en virtud del derecho intrínseco de cada ser humano a acceder a la educación, tras lo cual hubiera sido colocado al lado de una enorme cantidad de estúpidos y mediocres que con su imbecilidad hubieran marcado el ritmo de la clase, y hubieran enlentecido enormemente el proceso de aprendizaje de Marbod, en particular porque para atender a esas manadas de alumnos se hubieran necesitado manadas de profesores, y por ende la calidad general de éstos hubiera decrecido, de manera que palurdos engreídos y arrogantes por tener dominio de cuatro letras del alfabeto se hubieran sentido con superioridad moral haciéndoles pagar sus cuitas con sangre a sus inocentes alumnos. Lejos de esto, Marbod se educó casi aislado de sus compañeros más flojos, quienes nunca fueron obligados a estudiar el uso de la espada, y que por lo tanto, de manera justiciera y piadosa, fueron eliminados al primer choque con un ejército rival, favoreciendo de esta manera la buena calidad darwiniana de las tropas de la tribu. Y sus profesores fueron su padre, que verdaderamente amaba el arte de degollar enemigos en el campo de batalla y desflorar vírgenes en otros campos distintos, y su madre, que le enseñó todo aquello que un hombre debe venerar: Honor, Justicia, Dignidad, Camaradería, Generosidad. Por otra parte, Wilhelm el Hacedor de Viudas era un maestro temible; lejos de mover sus influencias para favorecer a su hijo frente a los demás, le exigió aún más por su elevada posición, como hijo de la estirpe a la cual estaba adscrito, porque sabía, como saben bien los hombres de provecho y respeto, que el Hijo de la Promesa es aún más vulnerable que el peregrino común, de enorgullecerse y caer desde sus alturas morales; en esto se diferenciaba también de la vida civilizada, en la cual los poderosos hacen uso del nepotismo para dejar que sus hijos flojos ocupen los más altos cargos en la administración y las finanzas, y de ahí que la vida entre los bárbaros sea siempre estimulante, mientras que el mundo civilizado, más tarde o más temprano, resulte en parálisis y decadencia. Como dijo el historiador Tácito: “el germano gobierna orgullosamente con las manos que sostienen una espada, mientras que el romano gobierna mullidamente con el trasero apotingado en su asiento”. Esta frase la conocemos porque dos siglos después de que murió el Historiador Tácito, el Emperador Tácito mandó que se compilaran todas las obras de su ilustre antepasado. Pero no debemos dejar que este gesto de nepotismo casual nos engañe, tomando por la regla aquello que en verdad es la excepción.

Mas, hemos de avanzar en la luctuosa muerte de Wilhelm, el Hacedor de Viudas. Porque resurgió en aquellos días la vieja leyenda según la cual había un dragón, el Gran Dragón del Río Rhin, que custodiaba un enorme tesoro, incluyendo por supuesto el consabido Anillo De Gran Poder que, según todas las Crónicas que he tenido a bien hojear en mi larga y fofa vida como cronista erudito, guarnece aquellos tesoros. Entrábanle en Wilhelm el Hacedor de Viudas los achaques de la edad, y diose entonces en creer un nuevo Sigfrido, partiendo a la caza de dicho tesoro. Apareció cerca de quince días después, su cuerpo tumefacto, hinchado y azulino por el agua, flotando boca abajo en un río que para mayor desgracia no era el Rhin, y con una espada clavada por la espalda que, unida a su brava reputación, hacen muy difícil pensar en la tesis del suicidio. Digo esto porque en tiempos recientes, han dicho los cronistas cristianos que Wilhelm pereció por su propia mano, avergonzado de tantos y tan señalados actos que deshonraban a la Cristiandad, ignorando el hecho irrebatible, según lo confirman Suetonio y Tácito, de que en los días de la muerte de Wilhelm, aún no era clavado en un madero el Nazareno. Mas el misterio del destino de Wilhelm el Hacedor de Viudas, eso sólo en manos de los dioses está el revelarlo algún día.

En manos de Marbod quedaba entonces el honor y la sucesión. Mas en ese tiempo, merced a sus buenas costumbres, se escuchaban los germanos entre sí, y por ende los más fieros guerreros debían votar por el nuevo líder, costumbre que los romanos contemporáneos juzgaban molesta y habían abolido en beneficio de un César que con su puñado de legiones, mandaba por todos. Ya hemos dicho cómo Marbod, siendo el epítome de la barbarie, era respetado y bienamado por sus pares, que como bárbaros incivilizados que eran, estaban exentos del mortal pecado de la envidia, reservada ésta sólo para los contrahechos lenguas de serpiente que de tarde en tarde aparecían, y que por ser incapaces de empuñar una espada, eran en general despreciados. De manera que todos lo eligieron.

Mas el druida, cuando fueron a consultarle, opinó distinto. Dijo el druida: “La sangre y el semen de Wilhelm el Hacedor de Viudas exigen venganza, y sus espermatozoides fuerte golpean las Puertas del Walhalla. Por tanto, ha de ser su hijo, sangre de su sangre y espermio de su espermio, quien ha de vengar su muerte, yendo a cazar al fiero dragón”. Os habréis percatado que he hablado de un druida, tratándose de bárbaros germanos y no celtas, pero yo me limito a recoger lo que susurra la tradición, y lejos de mí eliminar esa clase de inconsistencias. Además, todos los sacerdotes y los escritores de ciencia ficción se parecen en que predican universos que nunca existieron, de manera que lo mismo podríamos llamarle bonzo, rabino, chamán o archimandrita, y no cambiaría gran cosa el contenido. Otros dicen que esta historia del sacerdote, druida o lo que sea, es falsa de falsedad absoluta, y que Marbod partió por su cuenta o riesgo. Otros, en fin, señalan que quizás el chamán fuera sobornado con una dosis extra de hongos alucinógenos para predecir que Marbod debía salir del camino. Tales cosas, en realidad, poco interesan, porque este sacerdote no vuelve a aparecer en la leyenda épica de Marbod el Bárbaro.

Sea como fuere, he aquí que tenemos al joven y nietzscheano Marbod, en camino para matar al Dragón del Río Rhin. Quedóse Raimunda, su madre, como regente de la tribu, pero lo que hizo o no hizo esta mujer de santa virtud, no es asunto que nos competa. Sigamos, pues, a Marbod, descendiendo a través de los umbríos bosques teutónicos, matando cervatillos y jabatos para comer, negándose a entrar en las aldeas debido al voto de matar al Gran Dragón del Río Rhin, marchando por los contrafuertes boreales alpinos, y llegando finalmente hasta las cercanías de las fuentes del Río Rhin.

Instalado en una de los picos más occidentales de los Montes Jura, mirando hacia el oeste, la gran planicie boscosa que lo separaba del Océano Atlántico, Marbod gritó con grande voz, tres veces, lo siguiente: “¡Sabe tú, Gran Dragón del Río Rhin, que yo, Marbod el Bárbaro, Hijo de Wilhelm el Hacedor de Viudas, he venido para darte muerte en castigo por haber matado a mi padre!”.

Si uno ha oído hablar del Gran Dragón del Río Rhin, lo menos que puede esperarse es que el condenado bicho esté efectivamente en algún punto del Río Rhin. Por eso, grande fue la sorpresa del joven y fuerte, pero inexperto, Marbod, cuando escuchó un fuerte resoplido a sus espaldas. Se dio vuelta, y descubrió mirándole fijamente, con sus pupilas inexpresivas de reptil, la oronda cabezota con cuernos de un dragón.

–Hmmm… Marbod, ¿no?– preguntó éste, con un aliento que parecía necesitado de odontólogo desde hacía eones, y con un tono soñoliento de voz.

–¡Pero…! ¡Quién eres tú…! ¿Eres acaso pariente del Gran Dragón del Río Rhin…? ¡Habla, te ordeno, bestia pestilente, o te enfrentarás a la furia de mi espada!

–¡Bien, bien, bien!– dijo el dragón con parsimonia. –Hablo, o furia de tu espada. Entendido, entonces. Y no, no soy pariente del Gran Dragón del Río Rhin. Yo SOY el Gran Dragón del Río Rhin. Por cierto, me llamo Dragonópterix.

–Pero el Río Rhin está ALLÁ, y tú estás ACÁ– dijo Marbod, señalando una serpiente de agua que apenas era visible entre la vegetación, y que parecía arrastrarse con dificultad hacia la planicie boscosa que ya mencionábamos con anterioridad.

–¡Oye, el Río Rhin y yo no somos siameses! ¿Vale?– dijo Dragonópterix, mosqueándose un poco. –Y a propósito, nada tuve que ver yo con la muerte de tu padre, el tal, el tal… ¿Wilhelm, dijiste que se llamaba? De hecho, no he matado a un humano en años.

–¿Nadie ha intentado robar tu tesoro?

–¡Ah, el tesoro! Sí. Puro reclamo turístico. Pura propaganda. Deberías ver desde dónde llegan para averiguar qué tanto de cierto hay en eso. El otro día el Viajero del Tiempo de H.G. Wells llegó, transportando consigo a un pesadote llamado Richard Wagner, para buscar el maldito Tesoro del Rhin. Como no se conformaba con viajar la punta de leguas, viajó casi veinte siglos en el tiempo.

Marbod empezó a sacar cuentas, y palideció. No había tesoro. El dragón era inocente. Luego, no podría matar al dragón ni robar el tesoro. Luego, no podría regresar a la tribu para cumplir la profecía del ayatola, cardenal, vestal o lo que fuera eso que había formulado la mencionada profecía. A no ser que el dragón estuviera mintiendo. En cuyo caso…

Próximo capítulo: “El Gran Dragón del Río Rhin”.

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