domingo, 23 de septiembre de 2018

Maquiavelo y el 1.984 feliz.

Amor por el Gran Hermano.
Hoy en día vale la pena preguntarnos hasta qué punto vivimos en una sociedad realmente democrática. En el grueso de los países occidentales tenemos elecciones cada una cantidad regular de años, políticos en cargos decididos por votación popular, sistemas de controles políticos contra controles políticos, etcétera. Sin embargo, no es menos evidente que existen maquinarias partidistas muy bien engrasadas, élites que han decidido un poco de antemano qué candidatos se postularán o qué leyes se votarán, etcétera. Y por supuesto, esto tiene una proyección social. Porque si la clase política gobierna para sí o para oscuros intereses en la sombra, en vez de para eso que genéricamente podemos llamar el bien común, entonces la cancha está rayada de antemano para que pierdan y ganen siempre los mismos, y cada vez en mayor proporción, lo que es justamente lo contrario de una sociedad democrática. Lo que a su vez hace buena la cuestión que plantea no poca gente, de que si muy en el fondo, no vivimos más cerca de lo que es una sociedad al estilo de las distopías del siglo XX, como 1984 de George Orwell, o Un mundo feliz de Aldous Huxley, que de... lo ya dicho, una sociedad democrática.

Permítaseme una vuelta alrededor de uno de los más brillantes pensadores políticos de todos los tiempos: Nicolás Maquiavelo. En su célebre capítulo XVII de El príncipe, el opúsculo que compuso en 1.513, Maquiavelo se preguntaba: ¿Qué vale más, ser amado que temido, o temido que amado? La respuesta estándar, lo que podríamos llamar el conocimiento común de la gente, respondería más o menos así: según Maquiavelo, cínico y descreído como era él, más vale ser temido que amado. Maquiavelo era consejero de príncipes y tiranos, dirán algunos desinformados, y por lo tanto, promover lo que muy en el fondo sería una brutal policía de estado, sería muy de su talante. Pero sin embargo, Maquiavelo era un pensador más sutil que eso. Y lo que planteaba, vale la pena traerlo a colación aquí, porque las distopías tienen algo en común con el Maquiavelismo: Ambas se tratan de cómo adquirir y mantener el poder, ojalá para siempre, si se pudiere.

La respuesta breve de Maquiavelo consta de tres partes. La primera es que no hay razón para elegir si se puede tener ambas: si puedes ser amado y temido a la vez, que sean ambas, por qué no, al final da lo mismo si la gente hace lo que quieres porque te tema o te ame. La segunda es lo que podríamos llamar la respuesta estándar: si no se puede con ambas, entonces más vale ser temido que amado, porque uno inflige el temor en los demás y por lo tanto lo controla, mientras que el amor es entregado por los demás, y por lo tanto, los demás pueden retirarlo cuando quieran, sin que uno pueda controlar eso. Y la tercera parte es la que todo el mundo olvida, pero que es igual de importante: en cualquier caso, sea uno amado, temido o ambas, jamás se debe ser odiado. Maquiavelo no explica de manera directa esto último, pero es bastante obvio, y además se infiere de lo dicho en otros capítulos: Si eres odiado, el temor no detendrá la gente para hacer lo imposible con tal de destruirte.

Por supuesto, las élites que hoy en día más o menos gobiernan el planeta, llamémoslas consenso económico internacional, Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, o reptilianos mutantes del espacio, a dichas élites les conviene ir apagando poco a poco las instituciones democráticas, y reemplazarlas por un gobierno autoritario. Lo que vendría a ser el equivalente a un principado maquiavélico, por supuesto. Lo que hace buena la pregunta para ellas, de cuál escenario les favorece más, una en donde sean temidas, o una en donde sean amadas. Y a poco que uno lo piense, es fácil darse cuenta de que ambas posibilidades conducen a sendas distopías del siglo XX: a los ya mencionados Huxley por un lado, y Orwell por el otro.

Aldous Huxley: Por alguna razón, el autor de Un mundo feliz no aparece demasiado feliz en la foto...
En 1.932, Aldous Huxley publicaba Un mundo feliz. La novela es famosa hoy en día por haber anticipado la clonación masiva de seres humanos, como sustituto de la reproducción por vía natural. En Un mundo feliz, el mundo ha eliminado las guerras y vive en paz, es cierto, pero al precio de haber destruido cualquier cosa parecida a lo que podemos llamar la individualidad. Todas las personas son cultivadas en laboratorio, y programadas a través de un proceso de hipnopedia, básicamente una versión de ponerles música de Mozart a los bebés pero a lo bestia, haciéndoles escuchar cintas de audio que les lavarán el cerebro para hacerlos conformarse con su lugar en la sociedad. Dicho lugar en la sociedad ya está programado desde el nacimiento, porque cada persona es literalmente cultivada para formar parte de una casta desde el nacimiento: los alfas y betas van a regir la sociedad, mientras que los gamma, delta y épsilon se encargarán de mantenerla funcionando día a día. Por tanto, en Un mundo feliz no existe movilidad social, porque ninguna persona puede saltarse su propia casta, casi como si de una India premoderna a nivel planetario habláramos.

Y he aquí la cuestión verdaderamente interesante: la gente lo acepta. Al inicio, más o menos se da a entender, porque parecía la alternativa razonable a las guerras antiguas. Pero luego, pasadas las generaciones, simplemente porque es más fácil encajar con el resto de la sociedad, que rebelarse en contra de ella. El individualismo, el pensamiento propio, todas esas cosas son ahogadas en Un mundo feliz a través de una droga llamada el soma. La sociedad de Un mundo feliz es hedonista. Todos son felices, todos consumen soma, y además todos pueden tener todo el sexo que quieran, se presupone, pero todo eso a cambio de renunciar al progreso social y al individualismo. En última instancia, el hedonismo ha hecho que la gente degenere en un montón de brutos incapaces de cuestionar nada, sobornados con placeres efímeros.

Frente a eso, nos encontramos con el modelo establecido por George Orwell en su novela 1984, publicada en 1.949. Si Un mundo feliz es el retrato de una sociedad en que sus habitantes han sido sobornados por placeres sin límites para sacrificar la democracia y la dignidad humanas, 1984 es el retrato de una sociedad empujada por el miedo para estas mismas cosas. En el lejano y futurista año de 1.984, un gobierno dictatorial se encarga de llevar adelante una guerra cuyo único propósito es destruir la producción para mantener a las masas empobrecidas e incapacitadas para sublevarse, mientras que ha creado toda una maquinaria institucional destinada a seguir manteniendo el despotismo; incluso el idioma ha sido purgado de palabras tales como libertad y democracia, para que la gente no piense en los conceptos que se le relacionan. Por su parte, existe algo llamado el doblepensar, que es una actitud mental por la cual se ve la realidad, y al mismo tiempo se la niega: una forma de hablar que implica una cierta autosugestión, alimentada por un refuerzo de grupo en donde todos piensan lo mismo, o dicen pensar lo mismo. Los gobernados aceptan todo esto por miedo, porque la maquinaria propagandística del llamado Gran Hermano, los ha convencido de que dicho sistema es la única alternativa frente a la aniquilación de la sociedad por parte de enemigos externos o internos al sistema.

George Orwell: Cayó el Comunismo, pero su distopía sigue más viva que nunca.
De manera sintomática, y casi obvia diríamos, el conflicto de ambas novelas es cargado por los disidentes, aquellos que por un simple afán humano de libertad, acaban por sublevarse en contra del sistema. La suerte de ambos es cruel, pero es bastante diferente. En Un mundo feliz, la disidencia es considerada como una rareza, casi como un deseo de negarse a ser feliz: ¡es tan fácil ser feliz, si no piensas por ti mismo, aceptas todo de manera acrítica, y te dedicas a disfrutar como los demás! En 1984, en cambio, existe toda una enorme policía destinada a la represión de la disidencia, que mantiene verdaderos centros de tortura cuyo objetivo último es quebrar la voluntad individual de las personas. Podría decirse que en ambas novelas hay una política de lavado directo de cerebro, pero en Un mundo feliz éste es preventivo, para todos los bebés por adelantado y por igual, mientras que en 1984 es punitivo, sólo para los disidentes, bastando para el resto la maquinaria propagandística oficial, basada en los llamados dos minutos de odio que se le permiten a la gente, para que exteriorice su frustración contra chivos expiatorios creados por la publicidad del régimen.

El punto flaco de ambas sociedades es, por supuesto, que se basan únicamente en el amor por el sistema, y en el temor por el sistema, respectivamente. Si seguimos el consejo de Maquiavelo, la sociedad de 1984 sería más efectiva que la de Un mundo feliz, porque más vale ser temido que amado. Y sin embargo, cabe preguntarse, ¿no resultaría más efectiva una sociedad distópica en la cual se provee a la gente de cosas a las que amar, y al mismo tiempo, cosas a las que temer? ¿No estaría dotada así una sociedad estilo Un mundo feliz de un aguijón para hacer todavía más estimulante el hedonismo, y una sociedad estilo 1984 de un incentivo para hacer más soportable el autoritarismo? Ese es justamente el escenario que plantea una tercera distopía, probablemente la definitiva en esta materia: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, novela publicada en 1.953.

En Fahrenheit 451 asistimos a una sociedad que es un híbrido de ambas novelas precedentes, tanto Un mundo feliz como 1984. En Fahrenheit 451, el valor supremo que la sociedad defiende, es la felicidad. Es bueno que la gente sea feliz, y por eso, se obligará a la gente a ser feliz, a la fuerza si fuere preciso. Para ello, se la alimenta con raciones de una televisión cuidadosamente diseñada para ser vacua y banal, cuyo objetivo final es embrutecer a las personas y convertirlas en masas acríticas. La gente nunca es tan feliz como cuando se comportan como borregos que no cuestionan nada, después de todo. Es exactamente el escenario que plantea Un mundo feliz, sólo que con televisión en vez de soma, y sin tanto sexo libre porque... Ray Bradbury. El hombre era un tanto pechoño y a la antigua, al final del día.

Ray Bradbury: El hombre que desbancó a Huxley y Orwell.
Eso sí, en el futuro de Bradbury no existe la hipnopedia, y por eso, a lo mejor, la gente tiene una mentalidad mucho más libre, y es más fácil que surjan los disidentes. ¿Qué hacer con ellos? La solución es simple. Existe una policía especial, conformada por los antiguos bomberos que se han quedado sin trabajo luego que se implemente la tecnología de las casas ignífugas, y que han sido reconvertidos en... incineradores de libros. Los libros están prohibidos en Fahrenheit 451 porque leerlos hace que la gente piense, y si la gente piensa, eso empieza a potenciar la individualidad, y alguien individualista es también alguien alienado del resto de la sociedad, y por tanto, alguien que no es feliz. En el discurso, la idea última es proteger a las personas de la infelicidad, pero en esta política represiva de los libros hay también un elemento de represión de la disidencia, la teoría de que los libros son como una especie de cáncer, y que debe impedirse su propagación a toda costa, como si de un contagio biológico se tratara.

Con este mecanismo doble, la sociedad descrita en Fahrenheit 451 parece manifestar una eficiencia mucho mayor para mantener aborregadas y sumisas a las masas, que sus pares huxleyano y orwelliano. La distopía de Un mundo feliz no precisa montar todo el aparataje biológico y de condicionamiento psicológico propio de Un mundo feliz, porque confía en que la presión social y el refuerzo de grupo efectúen el lavado de cerebro. La distopía de 1984, por su parte, no confía para nada en el hedonismo como un valor, e implementa una policía dictatorial que lleva adelante su represión a niveles brutales, con mucho éxito, es cierto, pero después tenemos que el mundo de 1984 es increíblemente miserable, porque se requiere destruir cualquier esperanza de mejora para mantenerlo andando. Lo pesadillesco de Fahrenheit 451 es que combina lo más efectivo de ambos mundos: ofrece hedonismo para las masas, para que éstas mismas se controlen entre sí y mantengan en línea a las ovejas negras, y al mismo tiempo, lidia con la disidencia con un aparato de represión cuyo costo de mantención por parte de la sociedad es irrisorio al lado del enorme aparato de vigilancia desplegado por el Gran Hermano. Es decir, la sociedad de Fahrenheit 451 consigue lo mismo que Un mundo feliz y 1984, pero con costos mucho menores en términos de ingeniería social.

Por contrapartida, uno podría argumentar que el mundo de Fahrenheit 451 es también un poco más inestable, porque allá afuera existen bárbaros y salvajes que viven un poco por su cuenta, a quienes el sistema hedonista es simplemente incapaz de asimilar; uno podría casi pensar en lo que pasaría si esos bárbaros traspasaran las fronteras en una especie de Völkerwanderung futurista, e invadieran a la manera de los germanos contra el Imperio Romano. De hecho... spoiler, por supuesto... eso es justo lo que pasa al final de la novela: La ciudad recibe un bombardeo nuclear, y son los disidentes, que viven en un exilio a medias autoimpuesto, quienes más o menos se supone que deberán reconstruir la sociedad. Claro, Bradbury fue un optimista: Hoy en día sabemos que un bombardeo nuclear en condiciones no dejaría a nadie vivo. Nada como el optimismo de la década de 1.950.

Escena de la película Fahrenheit 451 de 1.966: ¿Por qué debería preocuparte lo que le pasa a la pobre vieja, acaso no sabes que quien nada lee, nada teme?
Volvamos a Maquiavelo: ¿más vale ser amado que temido, o temido que amado? Según Un mundo feliz, vale la pena apostar por el amor de la gente hacia la superficialidad, el menor esfuerzo, el hedonismo y la voluptuosidad. Según 1984, ésas son esperanzas vanas y un gobierno dictatorial debe implantarse mediante la brutalidad y la desesperanza. Según Fahrenheit 451, es posible combinar ambas. Lo que nos lleva a la tercera cuestión que planteaba Maquiavelo: cómo lo hacemos para evitar el odio. Y esto nos lleva de cabeza a una cuestión muy interesante. Escribe Maquiavelo en su célebre y ya mencionado capítulo XVII: "(...) el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado; y para ello bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y súbditos y que no proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación conveniente y motivo manifiesto; pero sobre todo abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio". Cualquiera que haya estado cerca de una herencia entre varios familiares, sabe que la última frase es una crudísima y muy dura realidad.

Para Maquiavelo, la cuestión cardinal para impedir que el príncipe sea odiado, es el tema de la propiedad. De manera muy interesante, las tres sociedades distópicas que hemos venido describiendo abordan el problema a su manera. En Un mundo feliz asistimos a una producción completamente centralizada: muy en el fondo, todo se trata de que el régimen de castas existe para mantener funcionando la sociedad, y la sociedad existe para generar bienes y servicios, en particular el soma que sirve para embotar a las personas. Es una sociedad que podríamos calificar como de Economía post-escasez, ya que para la gente hay abundancia de sexo y soma, y con eso, no se necesita más; ayuda por supuesto que la gente ha sido condicionada literalmente desde la cuna, lavado de cerebro mediante, para aceptar esto. En Un mundo feliz no se necesita tocar la propiedad de nadie simplemente porque hay suficiente placer y hedonismo para todos.

En 1984 por su parte, queda más o menos implícito que no hay propiedad privada para empezar, porque como es bien sabido, la obra orwelliana intentaba ser una parábola sobre los males del Comunismo. Pero el giro interesante viene porque la sociedad apunta deliberadamente a destruir cualquier riqueza, solucionando con ello el problema de la propiedad por vía de que no hayan demasiadas cosas sobre las cuales ser propietario. Además, cualquier germen de odio es barrido por el famoso mecanismo de los dos minutos de odio; luego de que la gente desata su odio contra Goldstein, no queda más odio en contra de nadie, Gran Hermano incluido. Por supuesto, Fahrenheit 451 mezcla lo mejor de ambos mundos: hay una economía capitalista y consumista en donde eres libre para comprarte automóviles y televisores de lujo, aunque no es ni de lejos una economía libertaria porque existe intervención por parte del Estado, en la forma del cuerpo de bomberos que anda por ahí quemando libros.

Eres especial, eres especial, eres especial...
Es aquí en donde nos damos cuenta de como nuestro mundo moderno se parece mucho más a Fahrenheit 451 de lo que quisiéramos. Ahí andan dando vueltas afuera los libertarios que reclaman la máxima libertad para tener cosas y ser propietarios sin limitaciones, criticando las intervenciones del Estado como coartadoras de la libertad individual, para luego, con miras a proteger esa propiedad, reclamar la presencia del Estado con sus cuerpos policiales. También tenemos algo análogo a los métodos de lavado de cerebro presentados en Un mundo feliz, que no son una política oficial de Estado ni mucho menos, pero que presentados en forma de televisión, cine y en general cultura chatarra para las masas, hacen maravillas por validar desde la infancia un discurso social; de ahí surge entonces la idea peregrina que tiene cada uno de que es especial, de una manera u otra, cuando en realidad ese alguien es apenas otro hombre masa clon de cualquier otro que se cree especial, y que piensa que va a sobrevivir en un apocalipsis zombi porque es un individuo y todos los demás son descerebrados sin identidad propia.

Por su parte, no tenemos una maquinaria policíaca tan bien engrasada como en la novela 1984, pero algunos de sus mecanismos sí que existen: calificar la justicia social e incluso la mera compasión por el semejante con palabras tales como ideología, o populismo, cuentan casi como una versión soft de los dos minutos de odio, mientras que a la gente se le impide acumular cosas no declarando guerras para destruirlas, sino convenciéndolas de que gasten lo que no tienen, en renovar su automóvil, sus cortinas, o su smartphone cada año en vez de cada cinco.

Como resultado, tenemos una sociedad en que se ama al sistema que promociona el hedonismo y permite ser a todo quien no haga olas, al cual también se lo teme porque salirse de él significa condenarse casi a la mendicidad, cuando no a la sospecha de las autoridades, pero al que no se lo odia porque permite conservar un mínimo de propiedad, y son los propios ciudadanos quienes son convencidos para gastársela, en vez de que venga el Estado a expropiársela sin indemnización. Así, leer estas tres obras clásicas de la Literatura Distópica del siglo XX a la luz de los planteamientos de Maquiavelo, uno de los más realistas estudiosos de la Política de todos los tiempos, arroja algunas ideas que no pueden ser calificadas como menos que siniestras, respecto de la sociedad occidental de inicios del siglo XXI en que estamos viviendo.

Maquiavelo: El sí que sabía.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Extintosaurios - La música no perdona.


La vida siempre es mejor con un poco de Música. Y si van a refutarme poniendo como ejemplo el reguetón, les recuerdo: el reguetón no es música. Porque el reguetón es a la Música el equivalente de la tierra de jardín con humus y mucho abono a la Gastronomía. Pero sin desviarnos del tema, en la Música siempre hay espacio para los oldies. Tipos como Johann Sebastian Bach o Wolfgang Amadeus Mozart siguen sonando después de siglos. Otro tanto ocurre con la música folclórica, de orígenes inmemoriales y casi imposibles de datar en el tiempo. Pero en otros casos... nadie los recuerda. Salvo nosotros. Y para Extintosaurios, lo que es martillar y hundir más el mismo clavo. En esta edición de Extintosaurios, abrimos con un rapero que alcanzó la cima y estuvo en todas partes, antes de irse al fondo sin que nadie realmente lo extrañe. Luego seguiremos con una pandilla de chicas de la década de 1.980 que tuvieron un poquito de proyección antes de esfumarse de la escena. Y al final, una canción veraniega como tantas otras, vendida con unos apretados bikinis como tantos otros, de unas chicas que al final se hicieron respetables madres de familia como tantas otras. Porque todos estamos condenados a extinguirnos, pero ellos se evaporaron primero, y por eso los incluimos en la presente edición de Extintosaurios, aquí en la Guillermocracia.


MC Hammer.

A finales de la década de 1.980 tomó mucha fuerza el Hip Hop, el nuevo estilo para chicos malos. Todos sabemos como funciona: surge un nuevo estilo musical casi satánico, el estilo se domestica, la gente le vuelve la espalda en busca de lo siguiente satánico, y así sigue la rueda. A finales de la década de 1.980, eso era el Hip Hop: el grito de la savia y sangre de los barrios marginales o ghettos afroamericanos. Vendido como fenómeno comercial para los nenes del Primer Mundo. Sin embargo, aunque en el caso del rap ya The Beastie Boys y Run - D.M.C. habían tenido éxito, lo habían hecho con un filo de agresión que requería un poco de limar las uñas. Finalmente, los domadores de fieras fueron dos: Vainilla Ice, a quien deberíamos dedicarle un extintosaurio algún día, y MC Hammer. Quien combinó el rap urbano con algunos toques del entonces reinante Freestyle, la mezcla de electrónica con ritmo latino caliente sabrosón estilo Miami Sound Machine, para sacar sus grandes hits. Que por ese tiempo, fueron dos: U Can't Touch This, y 2 Legit 2 Quit.

En sus días de gloria, era imposible escapar de MC Hammer. En 1.990, U Can't Touch This sonaba en todas partes. Incluso mucha gente asocia su riff más a MC Hammer que a Super Freak de Rick James, a quien se lo sampleó de manera tan descarada, que hubo juicio por copyright de por medio. El disco con el hilarante título de Please Hammer, Don't Hurt 'Em, se mantuvo 21 semanas, 21, al tope del ranking de Billboard. MC Hammer era tan cool que al año siguiente fue llamado para interpretar rapear Addams Groove, la adaptación del tema musical de Los locos Adams para la película de 1.991, que hoy en día sólo es recordada por darle fama temprana a Christina Ricci. Incluso, alguien tuvo la peregrina ocurrencia de crear Hammerman, un dibujo animado en el cual MC Hammer era un superhéroe... y no sé más, porque jamás me senté a ver semejante aborto. Tiene que ser un aborto, con una premisa tan absurda.



Pero duró poco. Por un lado, estaban las críticas a su costumbre de sampleárselo todo para sus canciones, lo que le cayó muy mal a quienes conocían de antemano las canciones saqueadas. Luego estuvo la disipación en su estilo de vida personal, y en sus conciertos, en los cuales se fusiló su fortuna, hasta el punto que debió pedir su propia bancarrota judicial. Por último, a mediados de la década de 1.990 surgió el Gangsta Rap, que era el nuevo sonido musical satánico, frente al cual el estilo más juguetón y pop de MC Hammer no tenía nada que hacer; éste intentó subirse al carro con el disco The Funky Headhunter y el single Pumps and a Bump... pero no sucedió. Al final se volvió hacia sus raíces ¡cristianas! y devino en pastor televisivo, llegando a celebrar en calidad de tal, la boda de Corey Feldman y Susie Sprague en 2.002... En 2.009 hubo un reality show llamado Hammertime, que si no lo recuerdan... entonces entienden el punto. Así es que, parece poco probable que alguna vez MC Hammer haga un comeback, porque U Can't Touch This una vez más, por nostalgia y echarse unas risas, vale, pero, ¿MC Hammer en todas partes? ¿Otra vez? ¿Otra... vez...?


Las clones ochenteras de Madonna.

Se non è vero, è ben trovato. Esta anécdota es sólo comparable a la célebre historia por la cual cierta compañía discográfica rechazó contratar a The Beatles en 1.963 porque eso del Rock and Roll era una moda pasajera que ya se había ido. A inicios de la década de 1.980, había una chiquilla que era ítaloamericana como los gángsters de El Padrino, que le hacía a entonar melodías como cantante de apoyo a otros artistas, así como vocalista de una banda llamada Breakfast Club, que además se hizo de unos centavos tomándose unas fotitos en topless que desde entonces han circulado por aquí y allá. Esa era la chica que esperaba a que le llegara su contrato como solista. La discográfica estaba impresionada con la voz de la cantante, muy adecuada para interpretar Soul, lo que tenía salida en plena era del Post Disco. Eso sí, para el disco debut, querían una portada cualquiera, menos una foto de ella, porque ella era blanca y querían que la gente creyera que era negra, por la voz. La chica peleó porque la portada del disco llevara su cara estampada, por aquello del reconocimiento de marca, por supuesto, porque olfato comercial no le faltaba a ella. ¿El título del disco, y la artista en cuestión? Madonna de 1.983, el disco debut de Madonna Ciccione, conocida ahora sólo como Madonna. De risa ahora, considerando el juggernaut comercial que ha llegado a ser Madonna con el tiempo.

Creo que no necesito reseñar en profundidad el enorme éxito comercial que resultó Madonna. Su primer disco fue exitoso, sí, pero fue el segundo, Like a Virgin de 1.984, el que de verdad la propulsó al reconocimiento masivo mundial, dejando atrás el Post Disco para abrazar directamente la electrónica ochentera. Y con éste, vino lo inevitable: las clones. Como de costumbre, la cuestión era copiar la fórmula. Tratándose de Madonna, el asunto era tener una vocalista femenina de voz algo chillona porque la Madonna de voz más grave en línea con el Soul vendría recién con True Blue de 1.986, vestida como una proletaria del ghetto, con canciones ligeritas e insubstanciales que destilaran rebeldía juvenil, pero que muy en el fondo se refirieran a esa cosa pura y virginal de estar esperando la llegada del corazoncito de su vida. Fórmula que copiaron, con variantes, un montón de artistas de la época.



La más famosa y que tuvo mayor alcance es probablemente Cyndi Lauper. Hasta el punto que en esos años hubo una rivalidad entre los fanáticos de una y otra, quién sabe si verdadera o más bien impulsada por las discográficas, que ya sabemos que ninguna publicidad es de verdad mala publicidad. Canciones como Girls Just Wanna Have Fun, Time After Time y She Bop siguen siendo números estables dentro de las fiestas de nostalgia ochentera. Su disco debut She's So Unusual de 1.983 la colocó en primera fila, pero su sucesor, True Colors de 1.986, no tuvo tanto éxito. Por supuesto, Madonna creció artísticamente y además se rodeó de un aura de escándalo que le vino muy bien a su carrera, mientras que la Lauper se estancó en el segmento que podríamos llamar de adulto contemporáneo. Claro, la Lauper nació en 1.953, o sea, era media década mayor que Madonna, por lo que no podía presumir de tan jovencita. Pasó la década, y aunque Cyndi Lauper ha seguido manteniendo un nombre, no llegó ni de lejos a ser el huracán que actualmente es Madonna.

En 1.987 se subió al carro Tiffany, nombre artístico con el cual es conocida Tiffany Darwish. Apuesto a que no conocían su apellido. En realidad yo tampoco; ésa es la clase de cosas que yo mismo aprendo cuando me aboco a la sufrida labor de investigar y redactar estos posteos para los lectores de la Guillermocracia. De nada. Para la época, dando muestras de su después reconocida capacidad camaleónica, Madonna ya estaba alejándose de la electrónica más bailable, y tomando influencias del Rhythm and Blues y el Freestyle. ¿Y qué material incluye el disco debut de Tiffany, titulado Tiffany, de 1.987...? Rhythm and Blues y Freestyle. En términos de publicidad, Tiffany fue publicitada como la alternativa higiénica y sanitizada a la suelta desatada de Madonna; si Madonna era la chica mala con la cual irse de juerga pesada, Tiffany por el contrario era la chiquilla dulce que presentarle a los papás como futura esposa y madre de los hijos. Pero sus siguientes discos fallaron en enganchar a la audiencia, y Tiffany regresó a una relativa oscuridad, de la que sólo salió brevemente, sorpresa para quienes gustaban de su imagen angelical... apareciendo como una cuarentona apetecible y desnuda en la edición de Junio de 2.002 de la revista Playboy. De nada. Otra vez.

Ese mismo 1.987 vio el lanzamiento del disco Out of the Blue, con todavía otra clon de Madonna: Debbie Gibson. Con ella, entramos ya a otra generación: Madonna nació en 1.958, mientras que Debbie Gibson arribó al mundo en 1.970. O sea, mientras que Madonna ya iba hacia la treintena, la Gibson ni siquiera era mayor de edad. Cosa rara en este negocio: todas las canciones de Out of the Blue fueron escritas por la Gibson, en vez de por algún paniaguado con grilletes en el tobillo. La fórmula es la misma: una especie de versión algo más sanitizada de Madonna, con su dosis de electrónica bailable, Freestyle, Rhythm and Blues... lo de siempre, vamos. Pero sucedió lo que sucedió: vino el cambio de década, la Gibson no supo adaptarse, y acabó más o menos barrida por los vientos de la Historia. Su legado sobrevivió en Canadá, de entre todos los países, en los dos primeros discos de cierta artista llamada... Alanis Morissette. Muy en serio, la chica que en 1.996 vociferaba You Oughta Know y se transformó en niña símbolo de las mujeres cabezotas de la década, partió como la clon de Debbie Gibson, que a su vez era la clon de Madonna. Vivir para ver.



Mención aparte merece Janet Jackson. Si Tiffany y Debbie Gibson eran las versiones sanitizadas y WASP de Madonna, Janet Jackson se vendió por el lado contrario, como la afroamericana que tomó de Madonna todos los elementos musicales afroamericanos, potenciándolos al máximo, y también todo lo húmedo y caliente, potenciándolo igualmente al máximo. Ayudó, por supuesto, que Janet Jackson era hermana de Michael Jackson. A diferencia de otras clones de Madonna, Janet Jackson sí que se las arregló para sobrevivir en el paso de la década de 1.990, porque justamente siendo afroamericana, encajaba con la súbita popularidad de la cultura de ghetto que surgió en esos tiempos de corrección política. Incluso se dio un lujo que otras clones de Madonna no pudieron, que es tener una carrera actoral, breve pero de alguna nota. Claro, al final la moda de ghetto urbano noventera pasó, y con ella, Janet Jackson. Pero saca puntos por haber sido más longeva que otras clones.

Por supuesto, en la década de 1.990 pasó la moda de imitar a Madonna, básicamente porque Madonna misma pasó un tanto de moda. Intentó subirse al carro del sexo, le pidió a Björk que le compusiera canciones, etcétera, y nunca salió realmente del candelero, pero en la época del Grunge y el Brit Pop, Madonna empezaba a lucir como una reliquia del pasado. Luego vino el disco Ray of Light de 1.998, y Madonna tuvo nuevos días dulces. También vino Britney Spears, la primera gran clon noventera de Madonna, que a su vez engendró toda una nueva oleada de clones de la clon, pero eso es otra historia. Finalmente, ya en pleno siglo XXI vino el revival de la década de 1.980, y con éste, todavía otra clon más, Lady Gaga por supuesto, que engendró a su vez... ya saben. Quizás, todo eso de para otra entrada en Extintosaurios, algún día, y si no, tiempo al tiempo.


Aserejé.

En el verano de 2.002, era imposible escapar de Aserejé. Era el tema a bailar en todas las discotecas, y se sabían los pasos todas las chicas a quienes el encéfalo no les daba para más. Ayudó por supuesto que el grupo Las Ketchup, que perpetró el tema, lo apoyó con un videoclip de un concepto muy sencillo y vendedor: ellas mostrando cómo se balanceaban sus protuberantes anatomías en bikinis que luchaban la madre de las guerras por no reventarse. Por supuesto, todos lo sabemos, la palabra aserejé del estribillo, y el estribillo en sí, no significaban nada. El asunto era tomar el estribillo de una canción funk de 1.979 llamada Rapper's Delight, de The Sugarhill Gang para quienes les interese estos datos de trivia, y que dice "I said a hip, hop, the hippie to the hippie", y transcribirlo fonéticamente en baturro: "Aserejé ja de je de jebe". Luego se quejan del Spanglish del Caribe. Por supuesto, este truco no iba a funcionar en el mercado anglo, así es que la rebautizaron como The Ketchup Song; la Wikipedia en inglés, de manera humorística, le explica a sus lectores que esta canción no es sobre ketchup...



Las Ketchup fueron una banda española integrada por cuatro hermanas de apellido Muñoz. Como parte de lo que no merece otro calificativo sino de una broma muy poco graciosa, llamaron a su disco debut... Hijas del tomate. Lo mismo podía ser el título de una banda de Rock Progresivo latinoamericano de la década de 1.970, pero es el título de un disco de electrónica andaluza, signifique eso lo que signifique. Lanzaron después un segundo disco, Un blodymary, siguiendo con la iconografía del tomate, pero no pasó nada, y la banda murió calladamente y en el olvido. Hoy en día, el Aserejé es carne de discoteca de nostalgia, aunque con el reciente auge del llamado Tropical House, no descarto que en algunos años salga algún cover o remezcla estilo Ibiza, siguiendo la ley de que todas las cosas vuelven a ponerse de moda veinte años después. En cuanto a Las Ketchup, hoy en día ya se empinan en la cuarentena, son respetables madres de familia, y parecen haber colgado el bikini para bien. Lo que las honra. Es más digno haber sido una one hit wonder y luego haber salido calladamente por el costado, que arrastrarse tratando de mantenerse vigentes, a través del fango de la ignominia y la irrelevancia.

Más de década y media ya. Siéntanse viejos.

domingo, 16 de septiembre de 2018

¿El fin del milagro chileno?

Como dijo el patriota... ¡Aún tenemos Patria, ciudadanos!
Algo que siempre es complicado de explicar, es por qué el modelo económico liberal chileno funciona mal. No que no funcione, pero... funciona mal. Por alfa u omega, me ha tocado tratar con gente que no son chilenos, y todos se preguntan lo mismo, rascándose la cabeza: ¿Por qué los chilenos están tan descontentos, si les va tan bien? La respuesta pareciera ser obvia: Porque no les va tan bien, en primer lugar. ¡Pero si les va bien!, me dirán. ¡Miren ese PIB! ¡Ese ingreso per capita! ¡Esos niveles de inflación! ¡No podrían estar mejor! Sí, claro, las cifras macroeconómicas andan más o menos bien. Es en el paso desde el panorama global hasta el bolsillo particular, en donde se produce el problema. Como cita un informe del Banco Mundial de 2.017, "la macro anda bien, pero yo ando en micro", juego de palabras entre microeconomía por un lado, y el apelativo de micro que tienen los autobuses en Chile por el otro. Más gráfico de un modelo encaminándose hacia el punto de colapso, imposible.

Partamos por el discurso oficial. Chile ha sido tradicionalmente un país de crecimiento lento. Experimentó avances en industrialización y educación en los siglos XIX y XX, es cierto, pero en general, Chile fue un país con índices bastante elevados de pobreza hasta bien entrado el siglo XX. El crecimiento económico de Chile en su época independiente ha rondado entre el 0,8% y el 1,5% anual, hasta que en la época de Augusto Pinochet, el mismo saltó hasta un promedio cercano al 7,0%, cifras sin precedente alguno. El discurso liberal se ha dado un continuo festín con esto, esgrimiéndolo como prueba de que restringir al Estado, privatizar, desregular, todo eso lleva al crecimiento económico y la prosperidad. La ralentización del crecimiento económico desde finales de la década de 2.000, dentro de este discurso, se achaca a las políticas sociales que incrementan el tamaño del Estado, calificadas de asistencialismo y populismo, y la receta para reactivar la economía es la misma: más desregulaciones, más jibarización del Estado, etcétera.

En realidad, a mí mismo me era un tanto difícil explicar el fenómeno en términos sencillos. Gracias a haber estudiado Derecho, tengo una buena idea de cómo funciona la institucionalidad chilena, y me es fácil explicar cómo tales o cuales mecanismos institucionales funcionan más para beneficio de unos que de otros. Más complicado me era explicar eso mismo, pero de una manera global, en sencillo, en lo que podríamos llamar un par de párrafos o algo así. Los árboles, clarito de explicar; el bosque, eso era más complejo.

Hasta que hace poco tiempo, tuve la oportunidad de leer el libro titulado ¿Por qué fracasan los países?, escrito por Daron Acemoglu y James A. Robinson, y en el mismo está explicado el asunto, claro y sencillo. En realidad, Acemoglu y Robinson no se refieren a Chile en su libro, salvo por una línea de alabanza hacia el modelo, perdida casi al final del texto ("en América Latina, incluiría a Brasil, Chile y México, que no solamente han logrado la centralización política, sino que también han hecho avances significativos hacia un pluralismo incipiente", pag. 508). Esto, sin perjuicio de que hay en la red lo que parece ser un power point de James A. Robinson, sibilinamente titulado "Deconstructing the Chilean Miracle", datado en 2.013, o sea, después del libro, más algunos ensayos anteriores, incluyendo uno bastante interesante sobre los efectos de la reforma electoral de 1.958, sobre la cual hablaré algún día en nuestra serie Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia, si llegamos hasta ahí, por supuesto.

Chile über alles!!!
Es bien sabido que la Economía y la Política van de la mano. Es natural: Cada actor económico pretende cambiar las reglas del juego en su beneficio, pero para hacerlo, debe entrar en liza con los numerosos intereses económicos de esa otra gentuza llamada genéricamente "los demás". El debate resultante, es justo lo que llamamos "política". Es por eso que nos referiremos a dos elementos característicos del modelo económico chileno. El primero de ellos es la pronunciada desigualdad entre los más ricos y los más pobres. Un cierto nivel de desigualdad es inevitable en las sociedades, e incluso deseable en cuanto proporciona estímulos a la gente para superarse a sí misma, pero en términos comparativos, Chile es uno de los países más retrógrados en la materia. A los chilenos se les ha venido insistiendo que no importa la desigualdad sino el crecimiento, porque si todos crecen, entonces aunque los más ricos ganen mucho, los más pobres de todas maneras se benefician con el tirón de locomotora que viene desde arriba. Quedémonos ahí con esa idea por un minuto; ya tendremos ocasión de volver a ella.

El otro síntoma, es el sistema político lleno de trabas y candados que se construyó alrededor de la Constitución de 1.980. Probablemente ninguna norma en particular es en realidad el candado maestro; es la suma e interacción de todas ellas, las que blindan al sistema político. Tenemos así la alergia del sistema a toda la política que discurre fuera de los partidos políticos, y que hace casi imposible a los independientes postularse con éxito al Congreso Nacional, lo que en efecto constituye a dichos partidos políticos en un oligopolio del sistema electoral. También está el sistema binominal, modificado en los detalles pero no en esencia el año 2.013, que infrarrepresenta a la primera fuerza política nacional, sobrerrepresenta a la segunda, y excluye a todo el resto. Luego están los quora exigidos para la aprobación de numerosas materias: Son las Leyes Orgánicas Constitucionales, las leyes interpretativas y modificatorias de la Constitución, y las leyes de quórum calificado. El efecto agregado de todas estas normas, es que partidos políticos constituidos en maquinarias electorales, se aglutinan en un oligopolio de dos grandes fuerzas políticas mayoritarias sin capacidad para, y lo más importante, sin interés por modificar las bases del sistema que los mantiene arriba. Casi como cuando México era una democracia, sí, pero en las elecciones siempre ganaba el PRI, quién sabe por qué.

Se predica del sistema político chileno, que ha aportado orden y estabilidad, y eso sería beneficioso. Claro que sí, por algo se mantiene después de todo, pero, ¿beneficioso para quién? Según el discurso oficial, para los chilenos. Esta arquitectura institucional ha permitido que no se discuta las bases del sistema, y así no se repitan las odiosidades del pasado, etcétera. Por supuesto, podría ser así en caso de que la estructura económica del país fuera un poco menos desigual de lo que es. Pero ya sabemos cómo funciona: Las campañas políticas se financian con fondos. Si hay una gran desigualdad entre una pequeña gente arriba de la pirámide, y una gran base... ¿adivinan ustedes quiénes van a tener dineros para financiar a los partidos políticos? Entonces, la respuesta a la cuestión de quién se beneficia con el orden y la estabilidad no es todos los chilenos, sino todos los chilenos que pueden beneficiarse del sistema político, hasta el punto que vale la pena inyectarle recursos para hacerlo funcionar.

Vale la pena repasar cómo se llegó a este estado de cosas. Entre las décadas de 1.970 y 1.980 se emprendieron numerosas reformas que liberalizaron la economía. Partió con la reforma al sistema tributario efectuada en 1.974, que introdujo una serie de beneficios para los empresarios, pero no para las personas: Pago de impuestos sólo contra las rentas retiradas en vez de ingresadas, ofertón de descontar el impuesto de categoría del Global Complementario, hacer valer pérdidas de arrastre, crear sociedades de inversión, etcétera. Siguió con la desregulación del mercado laboral, lo que llevó a la destrucción de la sindicalización y la negociación colectiva en Chile, y por lo tanto, a la casi total indefensión de los trabajadores. A su vez, la privatización de la Seguridad Social a manos de las AFP y las ISAPRES llevó a que los trabajadores fueran forzados a financiar a los grupos financieros privados con sus cotizaciones, porque por supuesto, tanto las AFP como las ISAPRES están aglutinadas con los grandes conglomerados económicos chilenos. El sistema entero, entonces, está diseñado para producir transferencias del dinero de los trabajadores no al Estado para financiar políticas sociales, sino a los grandes empresarios para financiar campañas políticas, y así conseguir que los políticos legislen y gobiernen no para la ciudadanía, sino en su propio beneficio. En definitiva: Chile no es una democracia sino una plutocracia.

Para diseñar el sistema.
Después de este demasiado somero análisis de la realidad social chilena, es hora de tratar con el libro que mencionaba más arriba, ¿Por qué fracasan los países? de Acemoglu y Robinson. El mismo parte distinguiendo dos clases de economía, o dos clases de sociedades, a según el punto de vista. Uno de estos tipos son las conformadas por instituciones extractivas, y vienen siendo las más abundantes en la Historia. En dichas instituciones, una élite se instala arriba de una enorme masa de personas que, bajo títulos tales como esclavos, siervos de la gleba, campesinos, trabajadores industriales, etcétera, son despojados de sus propiedades y derechos, en un proceso de degradación paulatina que culmina llevándolos hasta un patrimonios e ingresos que más o menos se equipare al nivel de subsistencia, e incluso menos. A su vez, las élites extractivas tienden a reproducirse, basadas en la idea llamada Ley de Hierro de la Oligarquía: Una revolución que derroque a una élite extractiva, aprovechará la maquinaria institucional manejada por la élite extractiva anterior para convertirse en una élite extractiva de cuño nuevo. Ejemplos abundan: Los dictadores africanos de la era post colonial, los Emperadores romanos, la Unión Soviética...

Las otras instituciones, las minoritarias en la Historia, vienen siendo las inclusivas. En ellas, el poder de las élites se ve atenuado por la aparición de nuevas fuerzas políticas que, sin derrocar a la élite antigua y transformarse en una oligarquía nueva, entran en un equilibrio que lleva a la generación de un sistema económico y político basado en las transacciones y componendas entre amplios sectores de la sociedad. El resultado es lo que podríamos llamar una economía de oportunidades, en la cual una amplia base de personas, no solamente los miembros de las élites, tienen la posibilidad de surgir y prosperar a través de su propio esfuerzo personal. Los grandes ejemplos vendrían siendo la Inglaterra posterior a la Revolución Gloriosa de 1.688, y muy en particular después del siglo XIX, y Estados Unidos, en particular los estados industrializados del norte después de la llamada Guilded Age, porque el sur esclavista y algodonero es otra cosa, por no hablar de los robber barons, por supuesto.

Desde este punto de vista, explican Acemoglu y Robinson, las economías extractivas generan pobreza, porque las élites, al asentar su poder, se vuelven muy difíciles de derrocar, y aunque lo sean, serán sustituidas por otra élite extractiva, un círculo vicioso que es muy difícil de romper. El hecho de que la Humanidad haya experimentado un crecimiento económico más bien miserable a lo largo de casi toda la Historia Universal, se debería en buena parte, según esta teoría, a que las élites extractivas han sido predominantes a nivel histórico. Las élites inclusivas, por el contrario, tienden a generar riqueza, porque disminuido el poder de las élites para explotar al resto de la sociedad, los miembros de dicha sociedad tienen la oportunidad de acumular capital y riquezas, y por ende, enriqueciéndose ellos y gastando a su vez sus riquezas, enriquecer a la sociedad como un todo.

Fundando la sociedad chilena.
Por la descripción que hemos dado de Chile, resulta claro que es un país con fuertes instituciones extractivas: Existe una élite económica que capta para sí una parte de los ingresos de los trabajadores, para financiar una institucionalidad que funciona cada vez más a favor de ellos, y en desmedro del resto. Nada de raro, considerando la herencia hispánica de Chile. Acemoglu y Robinson notan que prácticamente todos los países latinoamericanos, cual más o cual menos, han heredado del Imperio Español una serie de instituciones extractivas, a través de las cuales España explotaba las riquezas latinoamericanas. El ejemplo máximo de ello es la resurrección en la década de 1.560 de la entonces extinta institución incaica de la mita, o trabajo forzado, para servir las minas de Potosí. Desde esta perspectiva, el más bien modesto crecimiento económico en Chile durante la década de 2.010, llegó para quedarse, porque es el efecto obvio y natural de las élites extractivas. Es decir, el crecimiento económico chileno a ritmo de caracol no se debe a que, como arguyen erróneamente los liberales, el efecto de un Estado chileno expansivo que invierte en gasto social, sino por el contrario, es el resultado los esfuerzos de los liberales chilenos por destruir al Estado que invierte en lo social, para favorecer a los oligopolios y los carteles.

Entonces, el gran misterio no es por qué Chile se está estancando y perdiendo competitividad en la década de 2.010, sino por el contrario, cómo es posible que haya despegado a partir de la década de 1.970 en primer lugar. Frente a esto, Acemoglu y Robinson observan que, bajo determinadas circunstancias, y de manera un poco contraintuitiva, sí puede haber crecimiento económico bajo élites extractivas. La cuestión es que las élites extractivas no son reacias ciento por ciento al crecimiento económico, porque el mismo significa que tienen más desde dónde extraer, o por decirlo en términos un poco más feos, más desde dónde saquear. Sin embargo, a diferencia del crecimiento económico bajo instituciones inclusivas, el que se genera bajo instituciones extractivas es a lo sumo temporal, y se ve pronto frenado por la mismísima dinámica de las instituciones extractivas.

El crecimiento económico disparado bajo instituciones extractivas se ve posibilitado por dos factores. Por un lado, es permitido por las élites extractivas si no amenazan su poder. Es decir, no se trata del crecimiento orgánico e integral de la sociedad como un todo, sino que se limita a ciertos sectores productivos que se encuentran retrasados, y que reciben una puesta al día, sin modificar realmente el sistema en sí. No es levantar una nueva casa, sino apenas echarle una manito de pintura a una casa que ya se edificó antaño, para que se vea más bonita, por decirlo más claro. Eso genera el espejismo de que la sociedad está, en efecto, creciendo. El segundo, es que esto se haga a través del traspaso de recursos desde una actividad económica a otra. Es decir, las élites extractivas financian la puesta al día de un sector económico atrasado entregándole los recursos asignados a otro sector económico ineficiente. Por supuesto, este crecimiento es incidental, porque apenas el sector económico reforzado se ponga al día, ya no hay más espacio hacia donde crecer, porque las propias élites extractivas le pondrán topes, para defender su propio poder político.

Por otra parte, ciertas características idiosincráticas de los chilenos siempre dejan espacio para ciertos crecimientos...
Si esto es así, entonces cabe presagiar un futuro cada vez más negro tono cuervo para Chile. El crecimiento económico chileno no es producto de una reforma estructural del sistema que creara más inclusión, sino de la puesta al día que el mundo agrícola experimentó en las décadas de 1.970 y 1.980. Hasta la década de 1.960, el gran bastión de las élites chilenas era el campo chileno, el cual vivía en un perpetuo retraso y pobreza debido a la falta de incentivos para desarrollarlo, debido a su estructura de latifundios e inquilinos. Sin embargo, la reforma agraria promovida por las Presidencias de Eduardo Frei Montalva (1.964 - 1.970) y Salvador Allende (1.970 - 1.973), aunque un tanto chapuceras en la ejecución, tuvieron a lo menos el efecto de reconfigurar la estructura de la propiedad agraria, atomizándola, haciéndola así más competitiva, y como resultado, también más productiva. El crecimiento económico de Chile durante la década de 1.980 fue así del desarrollo del agro chileno, que empezó a enviar vinos de exportación a Francia, uvas a Estados Unidos, etcétera, así como la importación de nuevos cultivos como el kiwi. Pero esta modernización de la agricultura no alcanzó al resto de la sociedad chilena sino de manera más bien marginal, casi como coletazo de la misma.

Hoy en día, esta reconfiguración económica hace tiempo que alcanzó un techo. Y no hay más horizonte hacia adelante, debido al conflicto entre una élite que, por supuesto, no quiere cambiar el modelo, e incluso con una reforma tributaria de Piñera que acabará siendo socialmente regresiva, versus una ciudadanía que desea mayor participación política y una nivelación mayor de la cancha. En Chile no hay incentivos para la inversión y desarrollo: Las élites no quieren invertir en cambios porque cualquier cambio puede amenazar su posición, y el grueso de la ciudadanía tampoco porque no tiene las conexiones ni la seguridad de que su inversión tendrá alguna clase de retorno. Y sin inversiones, no hay crecimiento económico. Así de simple.

¿En qué irá a rematar todo esto? La mejor salida es, por supuesto, introducir reformas al sistema, partiendo por abolir el sistema binominal para transformarlo en uno verdaderamente representativo, a fin de crear instituciones más inclusivas. Esto opera como una vacuna para el sistema porque, incorporando a sectores más extensos de la ciudadanía al crecimiento económico, los mismos se transformarán en escudo y defensores del mismo. De lo contrario, los perjudicados por las instituciones extractivas pueden terminar escuchando los cantos de sirena de un nuevo Fidel o de un nuevo Chávez, y ya sabemos en qué acaban esas aventuras. De hecho, hoy por hoy, Chile se está llenando de venezolanos, no Venezuela de chilenos. Todos se preguntan cómo Venezuela, uno de los países más ricos y avanzados de Latinoamérica a mediados del siglo XX, acabó en el Chavismo. No vaya a ser cosa que, de treinta a cincuenta años más, todos se pregunten lo mismo respecto de Chile.

Propuesta futura bandera de Chilezuela.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Culto más allá de la muerte (3) - "Guerra contra los muertos".


En la sala del trono, en el trono mismo, estaba sentado Urwin IV, servido por dos bellas doncellas que, sin estar semidesnudas, con todo mostraban más piel de la que se esperaría bajo la atenta vigilancia de los censores de la Congregación.

– Su Majestad sigue bien acompañada, como me parece recordar la última vez – soltó Hesiene.

– Nelvencio, el Juez Supremo del Tribunal de la Congregación, solicitó estar presente en nuestra reunión – respondió Urwin IV con un tono petulante, tratando de que se trasluciera de este modo el desprecio por el comentario insolente de Hesiene. Añadió: – Esperaremos su llegada, y entonces hablaremos del motivo por el cual os he convocado aquí.

Nelvencio demoró un rato en llegar; semejante desaire al monarca Urwin IV sólo podía explicarse como un intento por darse aires e importancia. Hesiene sabía quién era Nelvencio. Era el hombre que la había condenado al destierro, por creer y enseñar cosas que no estaban en los Siete Textos. La Congregación solía predicarle a todo el mundo que los Siete Dioses ordenaban obediencia a la monarquía, pero a su vez, esperaba que la monarquía los obedeciera a ellos, porque los monarcas, según la doctrina, sólo son tales en virtud de la Voluntad del Señor, de Iemehum, y sólo la Congregación conoce ésta. No hay salvación fuera de la Congregación, afirmaban.

Cuando finalmente apareció, Nelvencio mostraba una expresión de cansancio; sin embargo sus gestos, no demasiado ampulosos, pero sí con un punto de teatral, parecían querer desmentir esto. Saludó a Urwin IV, pero no se dignó ni siquiera de mirar al trío de chicas que comparecían.

– Bien – dijo el monarca. – Hesiene, háblanos acerca de lo que piensas de este problema.

– Majestad – empezó a hablar Hesiene, ignorando tanto como podía a Nelvencio. – La cuestión por la que habéis reclamado mi humilde y respetuosa presencia…

– ¿Necesitamos de verdad, Majestad, escuchar a… – soltó Nelvencio, y luego completó su oración cargando las sílabas con muy mala intención: – …esta hereje?

Urwin IV miró a Nelvencio con irritación, pero no dignó al sacerdote con una respuesta. En vez de eso, se volvió lentamente hacia Hesiene, con un gesto invitante de mano, pero ella se apresuró a replicar:

– Ya que soy una hereje, y a Su Majestad se ve todo lo bien asesorada que podría estar, en manos de los hombres de religión y fe, yo, que soy ignorante y humilde en esas cosas, me retiro. Creí que podría seros de utilidad, mas fiera fue mi arrogancia en eso, y por la misma, me disculpo profundamente.

Acompañó sus palabras con una leve y apresurada reverencia, y ante la mirada extrañada de Belfamar y de Arielle, Hesiene las invitó a acompañarlas a salir.

– ¡Ellas pueden retirarse…! – dijo Nelvencio, con voz chirriante y soberbia. – Tú… tú te quedarás.

– Yo vine por invitación de Su Majestad, no por la vuestra. A usted nada os debo, Nelvencio – respondió Hesiene, pronunciando las sílabas con cierta lentitud para hacer más duro el insulto.

– ¡Cómo te atreves…! – estalló Nelvencio, mientras su rostro se volvía rojo, y sus puños se crispaban sobre los manillares de su propio asiento, casi levantándose de su puesto.

– ¡Basta! – dijo Urwin IV. Luego se dirigió a Hesiene, con algo más de cordialidad: – Hesiene… estaríamos agradecidos si os quedárais…

– Las tres. Belfamar y Arielle me ayudan en mis labores – dijo Hesiene.

Urwin IV asentía con la cabeza, mientras que Nelvencio, derrotado en esa batallita, apretaba los labios y luego abría la boca mostrando los dientes, presa del disgusto.

– Decidnos, Hesiene, qué pensáis de esto – dijo Urwin IV, algo más conciliador.

– No mucho, Majestad. Lo único que tengo son informes de testigos, pero no observando la evidencia por mí misma, es poco lo que puedo adelantar. Lo que me inquieta de todo esto, es… la brutalidad. Quiero decir, me cuesta creer que alguien piense que es buena idea desollar gente para reclutar soldados. Simplemente no tiene sentido. Además, nunca he escuchado hablar de gente que se adquiera poderes sobrenaturales o algo, comiendo pieles. Es por eso que, para investigar el asunto, necesito tener a mi disposición a uno de los desollados, para poder estudiarlo con detención.

– Y… ¿qué pretendéis hacer con el desollado? ¿Torturarle? – preguntó Nelvencio, recobrando la tranquila petulancia de la que hacía gala.

– Si realmente están muertos, entonces no hay mucho que torturar ahí – respondió Hesiene. – Pero si alguno de los desollados es realmente cadáver, entonces practicarle una autopsia me sería de gran ayuda, para determinar…

– ¡Una autopsia! – restelló Nelvencio. – ¡Una autopsia, por el Amor del Señor! ¿Es que os habéis vuelto loca? ¿A tanto llega vuestro atrevimiento, hereje? ¿Acaso no recordáis que la Congregación siente horror de la sangre?

– Si están realmente muertos, no creo que encuentre mucha sangre en el interior de uno de esos desollados – respondió Hesiene, con remoquete en la voz.

Nelvencio volvió a hacer un gesto de fastidio, se echó hacia atrás, apoyó su barbilla en un par de dedos, más por teatralidad que por comodidad, y se quedó mirando a Hesiene, con los ojos muy abiertos, y también algo vidriosos, sin ninguna genuina emoción.

– Estáis hablando de que iréis al frente de batalla, ¿no? No tenemos ninguno de esos desollados aquí – dijo Urwin IV.

– O puedo prepararme aquí. Las tropas de Armad se encuentran en camino, ¿no es así?

– No os paséis de insolente, Hesiene – dijo Urwin IV, molesto.

– No quise ser insolente, Majestad. Sólo… me parece lo lógico, ¿no? Imploro a Su Majestad que me corrija si estoy mal informada, pero oí hablar de que Gered y Abwansoth estaban en manos de Armad. Con ambas ciudades, el camino hacia Esenfield está del todo abierto. Conquistada Esenfield, que está al centro de las Siete Ciudades, apoderarse del resto sería un juego de niños, ¿no?

Urwin IV se quedó pensativo un instante. Luego habló, algo dubitativo:

– La verdad es que, según reportes, las tropas de Armad se están dirigiendo hacia el este, hacia Glimewin.

– ¡Hacia Glimewin! – soltó Hesiene, y miró a Befalmar. Pero ella tampoco parecía entender nada.

– Daré instrucciones para vuestra partida hacia Glimewin – dijo Urwin IV.

– ¡Un momento! – soltó Nelvencio. – Debemos primero saber si de verdad Hesie… ¿Hesiene? Si esta mujer… está calificada para el trabajo. Ella ha sido juzgada por el Tribunal, ha sido declarada una hereje. ¡Bastante mano blanda habéis tenido, Majestad, contentandoos con desterrarla en vez de…!

– ¿Que os preocupa? ¿Que el asunto de los desollados sea hechicería? No os preocupéis, que si resultare ser cosa de hechiceros, entonces os conservaré el secreto – respondió Hesiene.

– ¿Que secreto? – preguntó Nelvencio, con la ingenuidad necesaria para no ver la trampa venidera.

– Que si es hechicería, entonces vos y toda vuestra Congregación no sois más que un hatajo de inútiles, ya que alardeáis de tener poder divino y a los Siete Dioses de vuestro lado, y sin embargo, el Monarca del Abismo está paseándose por todo el norte de las Siete Ciudades sin que el Señor y sus seis puedan ponerle coto – respondió Hesiene.

Nelvencio palideció en su sitio, e intentó responder algo, pero su indignación sólo le permitió balbucear sílabas incoherentes, después de lo cual se quedó en silencio desdeñoso, rumiando su sorda ira.

– ¡Hesiene! ¡Suficiente! – soltó Urwin IV, aparentando ira, aunque mirando de soslayo a Nelvencio; un gesto fugaz del rostro traicionó su deleite en ver al Juez Supremo tan humillado.

Luego, Urwin IV se dirigió hacia el chamberlán.

– Arreglad los salvoconductos de las tres. También arreglad que estos dos hombres… ¿Herrkin? Y… ¿Bleckderd? Que ellos escolten a las tres hasta Glimewin, y que presten a las tres toda la asistencia que ellas necesiten, en investigar todo este asunto.

– Su Majestad, todavía no hemos hablado sobre los haberes por nuestro trabajo – dijo Hesiene.

– ¿Qué queréis a cambio de vuestros servicios?

– Amnistía total, para mí, y para Belfamar y Arielle.

Urwin IV miró a Nelvencio, sonriendo de manera lobuna. Este hizo un gesto de desprecio, se quedó congelado en su sitio por un minuto, con dicho gesto pintado en el rostro, y luego, mirando hacia otro lado, con la mano hizo un afectado gesto de indiferencia.

– Tendréis vuestra amnistía si descubrís cómo combatir a estos monstruos – respondió Urwin IV, con un poco más de suavidad.

Un rato después, el trío estaba en uno de los vestíbulos del Palacio, escoltados por Bleckderd, quien estaba en silencio, mientras Herrkin se había ido con el chamberlán para arreglar el papeleo.

– No recordaba que hubiera tanto lío con salvoconductos – dijo Arielle.

– No lo hay, por lo general. Estar mostrando salvoconducto para todo y en todas partes sería una pesadilla – dijo Belfamar. – Pero por la guerra, la gente refugiándose en las ciudades, y los bandoleros, está todo el mundo vuelto loco. Nadie quiere que alguien monte una rebelión popular o algo así.

Finalmente apareció Herrkin, quien puso en las manos de las chicas los tres salvoconductos respectivos, en los cuales se las autorizaba para salir o entrar a voluntad en cualquiera de las ciudades, así como para moverse dentro de ellas, algo necesario habida cuenta de que entre las tres había una hereje condenada.

Los dos caballos de las chicas habían quedado mientras tanto en los establos. Herrkin arregló las cosas para que los caballos siguieran ahí, y luego entregó tres monturas, una a cada chica, en mejores condiciones de edad y salud que los dos pobres jamelgos con que venían desde la montaña. Hesiene cambió su equipaje de montura a montura, y lo propio hizo Belfamar.

De esta manera, cinco viajeros montados en cinco caballos, el quinteto emprendió el viaje desde Esenfield, con rumbo a Glimewin.

– Todavía no entiendo todo eso de Glimewin – dijo Arielle, ya un poco avanzado el grupo en el camino. – ¿Qué tiene que Armad vaya para allá?

– Qué tiene, vaya uno a saber. Lo que no tiene… es lógica – dijo Hesiene.

– Mira, al norte de Eisenfield hay tres de las Siete Ciudades: Gered, Abwansoth y Glimewin – explicó Belfamar. – Gered es la más al norte, y por lo tanto, es obvio que si alguna iba a caer, ésa iba a ser la primera. Luego, Armad tenía dos opciones: atacar Abwansoth hacia el suroeste, o atacar Glimewin hacia el sureste. Cuando Abwansoth se rindió, el camino hasta acá estaba perfectamente abierto. La estrategia militar más acertada hubiera sido aprovechar el momento y dirigirse hacia acá, apoderarse de la ciudad y del corazón de las Siete Ciudades, y… ganar la guerra. Un ataque contra Glimewin no tiene sentido, sólo conseguirá retrasarlo, y darle tiempo a nuestro bando para fortalecer la defensa.

– Todo esto me convence de que hay una explicación perfectamente natural para esto, que no hay hechicería involucrada, ni nada de eso – dijo Hesiene.

– No entiendo – dijo Arielle.

– Glimewin es ante todo un puerto comercial. Es, de hecho, a donde llega casi todo el comercio marítimo desde el Continente, atravesando el estrecho. Existen dos posibles razones por las cuales Armad podría querer conquistar Glimewin. Una, es prevenirse de que, marchando sobre Eisenfield, desembarquen tropas en Glimewin y lo ataquen por el flanco; sin embargo, tomar Glimewin para prevenir un desembarco le significará distraer tropas que necesitará para marchar al sur. La otra idea es que necesite de las riquezas de Glimewin para comprar armas o pagarle a sus tropas, o algo así, y saquear los territorios por los cuales pase – explicó Hesiene.

– Pero si es un hechicero, ¿qué necesidad tiene de saquear una ciudad? ¿Necesitan oro o dinero los hechiceros? – preguntó Arielle, confundida.

– Precisamente, ése es el punto. Este supuesto hechicero está al servicio del Monarca del Abismo, tiene poderes demoníacos, es capaz de convertir a la Congregación en un hazmerreír… y aún así, está haciendo lo que se espera de él si fuera apenas otro triste oficial militar terrestre. Apuesto a que ese tipo no es un hechicero, y sólo finge ser uno para que todos le tengamos miedo.

Al escuchar esto, Bleckderd miró de reojo a Herrkin. Este se limitó a asentir con la cabeza, evitando mirar a las tres chicas para no delatar sus pensamientos, cualesquiera que fueren éstos.

– Bueno, a mí eso de desollar gente sí me da miedo… – dijo Arielle.

– No te preocupes. Estoy seguro de que en Glimewin encontraremos la clave de todo esto, sea cual sea – dijo Hesiene.

Luego, Hesiene miró a Belfamar con preocupación. Esta, a su vez, conocía lo suficiente a Hesiene como para darse cuenta de su tren de pensamientos. Estaban llevando a Arielle hacia una zona de guerra. Si la ciudad caía, no habría sitio seguro para ninguna de las tres, pero en particular para Arielle.

El viaje con rumbo a Glimewin fue más o menos lo esperable, dadas las circunstancias. Ocasionalmente se cruzaban con campesinos, o con piquetes de soldados, y a través de ellos, seguían obteniendo informes. Las tropas de Armed seguían marchando con rumbo a Glimewin; habían librado otra batalla, y eso los había retrasado un poco, pero aún así, los desollados seguían avanzando. Llegada la noche, se salieron del camino e internaron un poco por el bosque hasta encontrar un claro, lugar en donde encendieron una fogata. Herrkin le dijo a Bleckderd que durmiera, mientras él mismo tomaba el primer turno de vigilancia; Belfamar, habiendo sido ella soldado, se ofreció a tomar un turno de vigilancia también para sí. Bleckderd la miró con cierta hostilidad, pero Herrkin parecía más complacido, pero sólo asintió con la cabeza por toda respuesta.

En un minuto, Herrkin escuchó ruidos sospechosos de ramas. Como ya era casi el turno siguiente, se deslizó para despertar a Belfamar. Entendiendo las señas que le hacía Herrkin, Belfamar se incorporó con rapidez, llevando la mano a la espada. Entre ambos, rondaron alrededor. Hubo más ruidos, ahora alejándose; evidentemente, un ladronzuelo parecía andar dando vueltas. Herrkin despertó a Bleckderd remeciéndole el hombro y haciéndole una seña para que se mantuviera alerta en su sitio, y luego, haciéndole otra seña a Belfamar, se lanzó con ella a la persecución del intruso. La misma duró un rato breve. El posible ladrón huyó, pero como el verdadero objetivo no era darle caza sino más bien corretearle, apenas le juzgaron a distancia prudente dieron la media vuelta y regresaron al grupo. Fuera quien fuera el personaje, jamás llegaron a verle la cara.

– Extrañaba esto – soltó Belfamar, sonriendo.

A la mañana siguiente, el grupo volvió a ponerse en marcha con rumbo a Glimewin. Ahora, apuraron un poco más el paso de los caballos. No querían cansarlos arrojándolos al galope, pero sí estaban conscientes de que estaban embarcados en una carrera contra el tiempo; debían llegar ahí antes que las tropas de Armad para poder entrar en la ciudad. Y todavía quedaba un buen resto de camino hacia adelante, hacia lo que pronto sería la zona de guerra.

Próximo episodio: “El hermano”.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Las diez caracterícticas que debe tener un macho modelo 2.018.


Meterse en las patas de los caballos es una especialidad aquí en la Guillermocracia. Y uno de los más seguros frentes de batalla, es el eterno asuntillo de la guerra de los sexos. Pero ni siquiera aquí en la Guillermocracia somos tan suicidas como para hablar abiertamente de las mujeres. Porque cualquier cosa que digamos de ellas, nos lloverán acusaciones de sexismo. Afirmaciones negativas llevan a críticas por intolerancia y machismo; afirmaciones positivas, a críticas por condescendencia. Cualquier cosa que digamos de las mujeres, alguien se va a ofender, y la gente tiene la piel sensible por estos días, a niveles de cáncer por falta de capa de ozono.

Todo eso, ayudado por la doctrina genérica de que todo el mundo tiene derecho a tener la razón y no existe la verdad sino múltiples pequeñas verdades, todas ellas dignas de respeto. Hoy en día, todo es un constructo social, y si alguien pone sobre la mesa hechos incómodos, siempre se puede gritar: "Fake news!". Hasta que descubres que si no hay grandes verdades y todo es interpretación, entonces la idea de que no hay grandes verdades y todo es interpretación es en sí misma una interpretación, dejando instalada la bomba lógica para la demolición del relativismo y el regreso de los valores absolutos de toda la vida. Escila y Caribdis, una y otra vez.

Sin embargo, meterse con los machos no significa problemas. Ellos son terreno libre. Después de todo, los machos han sido los peores opresores de la Historia. ¿De qué sexo eran Genghis Khan, Adolf Hitler y Tiglat Pileser? Machos, todos machos. Y todos sabemos que, muy en el fondo, el conflicto entre Pedro de Valdivia y Lautaro no era por territorios de cultivo más o territorios menos, sino por ver quién se quedaba con la mayor cantidad de barraganas para embarazar; existe incluso prueba genética de ello, por si lo dudaban.

Por eso, es que nos embarcamos en este posteo, que es un retrato robot acerca de las características que debe tener un buen macho modelo 2.018. O sea, el macho que es interesante y atractivo para las damas. Basado en las cosas que veo a mi alrededor: la prensa, los medios de comunicación, las películas y series de televisión, y por supuesto, la observación personal simple y directa. No quiere decir por supuesto que todas las chicas se entusiasmen por esta clase de machos. Habrá alguna que tengan gustos más... alternativos. Los menesterosos que viven en conventillos, por ejemplo. O los ciegos. O los fanáticos de la Helmintología. O incluso, porque el potencial humano para las perversiones fetichistas parece no tener límites, los economistas neoliberales que disertan sobre cómo una política de fusión de empresas, despidos masivos y recortes de prestaciones sociales, al final es beneficioso para la Economía. Ya oigo a esas chicas: "¡Oh, sí, destrucción creativa, es tan hot, dime más, nene!".

Sin embargo, me atrevería a asegurar que tiende a ser más común que las chicas se entusiasman por la clase de varones que presentan las características que mencionaré a continuación. Si usted es dama y está leyendo esto, y encuentra que no es su caso, entonces mis felicitaciones: usted no es una chica como el común de las chicas, al menos hasta donde mis observaciones sociales llegan. Y si usted es un macho, está leyendo esto, y encuentra que presenta pocas o ninguna de las características mencionadas aquí, entonces no se preocupe. Piense en que si no le gustaría tener estas características, entonces seguro que tampoco le gustaría tener a las chicas que se entusiasman por estas características. Eso de que los varones estamos dispuestos a embarcarnos con cualquier chica, todos sabemos que no siempre es así; cantidad no suele ser sinónimo de calidad. Al final, termina siendo un poco cierto eso de que para cada sapo existe una rana hermosa, y al revés. Pero lo ya dicho, hablamos de características que yo observo como comunes aquí, no de excepciones. Y que, observo yo, vendrían a ser más o menos las siguientes, para una muestra cosecha 2.018 por lo menos.


1.- No ser barriobajero.

Esta suele ser una constante, de manera que no descubrimos nada nuevo aquí. Pero considerando la marea creciente de personajes de la alta que se dan aires de cool imitando los modales de la gente de abajo, no sobra mencionarlo. Un macho modelo 2.018 no debe ser barriobajero. No debe vestirse como flaite, no debe hablar en jerga, y particularmente, no debe escuchar reguetón. Claro, hay chicos barriobajeros, tanto por extracción como por adopción, pero los mismos siempre se exponen a que llegue un macho modelo 2.018 a quitarles la chica. En cuanto a éste, debe vestirse... no vamos a decir que de manera formal, porque eso tampoco, pero sí debe vestirse en ese delicado equilibrio que los esnobs llamarían casual but fashion. O sea, sobreproducirse para verse casual, en vez de vestirse casual y punto. Como la versión masculina del chiste respecto de las chicas que se ponen lápiz labial color natural para verse naturales en vez de, ya saben, no ponerse lápiz labial en primer lugar. Este macho que no es barriobajero puede darse el lujo de hablar de manera coloquial, y de hecho esto es lo deseable y recomendable porque así evita lucir como erudito o rata de biblioteca. Y sus gustos musicales... ya hablaremos sobre eso.


2.- Tener automóvil del año, o por lo menos, uno que no sea demasiado viejo.

El automóvil es una de las peores pestes de la sociedad moderna. Es un trasto grande y caro, que requiere unos cuantos cuidados entre talleres mecánicos y pago de patentes y seguros, ocupa espacio en las calles, consume recursos naturales en su fabricación, y poluciona el medio ambiente quemando gasolina a lo bruto. Pero nada de eso detiene al macho modelo 2.018. Un varón que no posee automóvil propio, es más o menos equivalente a un eunuco. Y no debe ser un automóvil cualquiera. Nada de esos modelos coreanos baratos y proclives a romperse en dos. Por el contrario, debe ser desde un japonés hacia arriba, estadounidense si es posible, y europeo en lo ideal. Aunque, ironía suprema aquí... el automóvil de él debería ser más tipo fitness, compacto pero firme, mientras que el de ella, si lo tiene, debería ser uno de esos tanques acorazados petrolívoros que llaman SUV, casi como un reflejo de que en la naturaleza, el óvulo es más grande que el espermio...


3.- Cuenta de Netflix o Spotify.

Antaño, un macho se encargaba de proveer comida sobre la mesa. Hoy en día eso está algo pasado de moda porque salvo en ciertos estratos sociales de muy arriba o muy abajo, se incentiva a que la mujer trabaje para no caer víctima del chantaje económico del varón de turno. Sin embargo, sigue siendo imperdonable que el macho no provea Netflix. O Spotify. Todo el mundo está viendo las series de Netflix o escuchando Spotify, y no tener cuenta en éstas es lo menos cool que hay. Imagínense una conversación entre amigos alrededor de una mesa, en la que sale el tema de las series de Netflix, y él confiesa, compungido: "Nosotros no tenemos cuenta de Netflix", con su mujercita mirándolo con ojos de reproche por su tacañería. Claro, se ahorra el dinero, pero, ¿y de qué va a conversar con sus contertulios si no ha visto la serie de moda?


4.- Alma abierta a la comprensión de la problemática contemporánea de las mujeres (en particular, las pertenecientes al Primer Mundo).

Un macho modelo 2.018 es un Pétain Quisling hombre abierto a la moderna sensibilidad de la problemática social de las mujeres y sus problemas de Primer Mundo su constante lucha en contra de la malvada opresión heteropatriarcal. Un macho modelo 2.018 ha interiorizado el enorme karma que significa descender de malvados esclavistas tratantes de mujeres, y carga con dichos pecados como un nuevo varón de dolores bíblico. Ante la más mínima perspectiva de un debate con alcances críticos acerca del tema, el macho modelo 2.018 cierra el mismo recordando los años de abuso que han sufrido las antepasadas de la actual generación, siempre con un tono suave y solemne que muestre lo profundo y sensible que es, y levantando algo la barbilla para que se note superioridad moral al hablar, preparando así el terreno para el contraataque vía falacia ad hominem contra cualquier macho privilegiado por ser macho, o sea, contra cualquier macho, porque para cierto sector de la parroquia, los machos son privilegiados por definición. Y la chica a su lado, impresionada y con los ojos acuosos, lo que es buena señal: Habrá intercambio de fluidos esa noche.


5.- Personalidad sobre guapura.

Seamos claros. Un macho modelo 2.018 no debe ser jamás feo, ni menos contrahecho; es una verdad ahora, así como lo era en la época de las cavernas y las pirámides, y seguirá siéndolo hasta que el Sol se vuelva nova. Pero por otra parte... tampoco demasiado guapo, ni que despierte las miradas de todas cuando aparece en algún lugar. El discurso oficial es que "prefiero que tenga una personalidad atractiva", y además, "los muy bonitos son también muy creídos", pero en realidad, viene a ser más bien un "no quiero cansarme teniendo que darme de codazos con todas las sueltas que se le tiren encima a mi hombre", y "si es bonito pero de personalidad lo justito, la convivencia y el tema económico podrían ponerse difíciles". Una buena solución de compromiso es que se vea y vista bien, pero sea ligeramente gordito, lo justo para ser menos atractivo, aunque sin pasarse, claro está. En cuanto a lo bonito, eso para el arte en los museos: Esto es la vida real, y hay que tener espíritu práctico en ella. Además, si el pobre es medio desabrido de fisonomía, entonces menos tentación para él de irse por ahí, y más incentivos para que se quede con la chica a la que, él se cree, ha conseguido agarrar pese a no ser tan mino, ignorante de que en realidad lo han elegido por ser no tan mino... Al final, acaba siendo verdad eso de que las chicas coquetean con el guapo, pero después se casan con el pasado por agua, y todavía después, le echan un vistazo al guapo protagonizar películas del Universo Cinemático Marvel, suspirando mientras miran la pantalla.


6.- Usar barba.

Después de los excesos de la década de 1.970, o del culturetismo de la década de 1.990, alguien podría pensar que las barbas no iban a volver. Y... ¡volvieron! ¡En forma de fichas! En la década de 2.010, en plena oleada feminazi, ese viejo y casi veterotestamentario símbolo de masculinidad patriarcal ha vuelto por sus fueros. Claro que ahora, lo que se lleva es la barba ordenada y bien recortada, por lo ya dicho más arriba: Casual but fashion. O lo que viene a ser lo mismo, un símbolo viril, bien, pero uno emasculado para que no sea tan viril al final del día. Porque en la década de 2.010 es más importante parecer masculino, que serlo. Bueno, en la década de 2.010 es más importante parecer cualquier cosa, antes que serlo, que a ratos uno ya no sabe si vive en el mundo real o en una alucinación consensual de la matriz, por lo que esto último no debería ser una sorpresa, en realidad.


7.- Ser perdonavidas.

El macho modelo 2.018 no se estresa. Es suave. Es cool. Promueve la alegría y la buena onda, tanto en la vida real como en Internet. Pero lo hace desde una posición serena y filosófica, desde lo alto de una torre de superioridad moral e intelectual que en realidad, se ha erigido el mismo, pero finge que se la construyeron los demás. Muy en el fondo, el macho modelo 2.018 sabe que ha perdido la batalla frente a su chica, y por lo tanto, hace lo posible por no verse como una amenaza frente a ella, a la vez que debe aplastar a los demás que puedan hacerle sombra, pero siempre con la suavidad de una almohada de plumas porque... ya lo dije. No estresarse. Ser suave. Ser cool. ¿El medio para lograr esto? Sencillo. Hablar con un tono de voz amable, y dicharachero cuando corresponda, pero siempre algo condescendiente, mientras está mirando a ninguna persona en particular y a todos a la vez, con las pupilas soñadoras mientras se imagina a sí mismo en lo alto de un estrado hipster dando un discurso para la parroquia. Mientras todos los demás a su alrededor están haciendo lo mismo, claro. Erecciones masculinas en competencia aquí; erecciones de torres de superioridad moral, eso es lo que quiero decir. Que tengo que explicarles todo, vaya.


8.- Escuchar Indie Rock, Alt Rock o Prog Rock.

Vale, existen antropoides que escuchan reguetón, pero hablamos de machos alfa que son objetos lúbricos de deseo por parte de las féminas. O sea, uno que se lleva el mundo por delante, pero que también tiene su lado sensible, porque la masculinidad tipo Clint Eastwood es para machistas rancios del siglo XX. Que por lo tanto, escuchará música con un cierto nivel de agresión, o sea Rock, pero un Rock pasado por agua, que parezca tener dientes, pero que al final sea más placa dental que otra cosa. O sea... Rock Alternativo. Ojalá el melódico que se toca con guitarra de palo y un acorde de tres cuerdas sin más complicaciones. Los realmente valientes, pueden probar suerte con las bandas más progresivas que pupulan allá afuera. ¿Y en cuanto a las bandas y músicos que hemos comentado acá en la Guillermocracia? ¿Falco, Laibach, Moonspell, XIII. Století...? Esas no, bajo ninguna circunstancia. Ellos son música de verdad, y por lo tanto, no son cool. Para escuchar música de verdad, hay que saber un poquito, mientras que para escuchar Rock Alternativo, basta con fingir que se sabe.


9.- Trabajar en una ocupación "creativa".

Pasaron los tiempos en que el fontanero era el ícono sexual por excelencia, yendo a la casa de la fémina y envolviéndola con sus fuertes brazos mientras el aburrido marido estaba fuera de casa con su terno ganándose el pan como contador o algo así, etcétera. En la actualidad, ninguna mujer que se precie de tal, quiere terminar enredada con un reponedor de supermercado o con un mecánico de taller. Pero tampoco con profesiones de picar papeles, como profesores, abogados o, segunda mención acá, contadores. Hoy en día, el macho es para ser lucido en reuniones, ¿y qué luce mejor que una profesión con un filo artístico? Pensamos en arquitectos, diseñadores, publicistas, esa clase de cosas. Por supuesto, esto es "creación aplicada", llamémosla así, una que sirve para clientes y patrones, no el creador artístico puro como el escritor o el pintor, porque... vamos. Una cosa es ser creativo, y otra muy distinta, un muerto de hambre. Lo ideal es que lo primero no venga con lo segundo. Creatividad sí, pero no libre, sino al servicio de una utilidad. De lo contrario, capaz que evolucionemos de una sociedad de mercado y consumo a una humanista, y quién es tan depravado como para querer eso, ¿verdad?


10.- Tener un nivel adquisitivo, claro.

Pasan los años y uno se pone a observar cosas. A muchas de las chicas de mi edad con las que me crucé en la carrera de Derecho, por ejemplo. Que están en pareja con chicos de su mismo nivel adquisitivo, o bien, separadas y solteras porque han hecho carrera, diplomados, magísteres, etcétera, y sorpresa, de pronto se encuentran sobrecalificadas para los galanes que rondan alrededor. Por lo que su vida social viene a ser juntarse con las colegas de tribunales para tomarse un café, despellejar a sus clientes (sin nombres, eso sí, por aquello del secreto profesional), etcétera. Oficialmente no cambiarían la libertad de juntarse con las amiguitas... hasta que llega el galán que les da la oportunidad de subir todavía más en la escala social. ¿Machismo puro y duro? Por supuesto que sí. Pero por alguna razón, pasa soplado frente a otros machismos como los piropos, por ejemplo. O de cómo las mujeres pueden ser tan machistas como los hombres, incluso más, pero al final sólo es machismo cuando el culpable es él.


Ahora que lo pienso, soy cualquier cosa menos un macho modelo 2.018. Con suerte araño unos cuatro de diez. Bueno, a lo mejor se produce un cambio de circunstancias en el paso del año, y las características del macho modelo 2.019 me favorezcan un poco más. O las del 2.020. O las del 2.021. O las del 2.022... si para esas fechas no me he muerto de viejo, eso es. O si no me han despellejado vivo por el contenido del presente posteo, lo que también puede ser, claro.

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