domingo, 18 de noviembre de 2018

Stan Lee: Una Gran Novela Americana que es una colección de cómics.

Hey, señor Lee, Ditko y Romita Sr. mandan saludos...
Si tuviera que elegir al Personaje de la Centuria en el mundo del cómic del siglo XX, probablemente mi nominación iría para Stan Lee. Con perdón de Jack Kirby, por supuesto, que Kirby era mucho Kirby. Pero admitámoslo, Kirby es conocido para el sabidillo de los cómics, incluyendo los que leyeron el posteo acá en la Guillermocracia (¡en una, dos, y tres partes!) sobre el personaje de marras, mientras que Stan Lee consiguió proyectarse más allá, hasta formar parte de la cultura popular. O de cómo una película de superhéroes Marvel se sentiría como un poquito menos película de superhéroes Marvel si no apareciera un cameo de Stan Lee de por medio, igual a como Hitchcock siempre hacía cameos en las películas que dirigía. Incluso, homenajearon a Stan Lee con un cameo en la primera temporada de Heroes. A Stan Lee lo despedimos el pasado 12 de Noviembre de 2.018, con un fallecimiento que, admitámoslo, no era exactamente inesperado. Que el hombre tenía 95 años, había nacido en 1.922, y para semilla no se iba a quedar, ¿verdad? Además, considerando las últimas noticias que estaban llegando sobre su vida personal, conflictos familiares y de platas incluidos, sobre los cuales prefiero no referirme para no abusar del morbo... el caso es que casi era mejor que descansara al fin de los padecimientos terrenales.

Aunque acá en la Guillermocracia no hemos escrito nada específicamente sobre Stan Lee, sí que le hemos dedicado un lugar prominente, en particular en la serie de posteos que titulamos Marvel 75 Años. Reseñar la historia de Marvel Comics en sus primeros cuarenta o cincuenta años de vida, desde sus inicios como Timely Comics en 1.939, es en cierta medida hacer una biografía de la vida profesional de Stan Lee, debido a la íntima conexión de éste con la editorial. De manera que me remito a dicha serie de posteos, y en particular a su primera, segunda y tercera entregas, para los detalles de la relación entre Stan Lee y Marvel Comics. Acá nos vamos a contentar con lo básico y esencial, y lo que volvamos a narrar o comentar, lo haremos no desde la perspectiva de la editorial, sino la del susodicho que acaba de irse a alguno de los millones de universos paralelos del Universo Marvel.

Stan Lee nació el 28 de Diciembre de 1.922. O sea, estuvo a cerca de mes y medio de llegar a cumplir los 96 años. Llegó a Marvel Comics un poco de carambola, cuando dicha editorial fue fundada con el nombre de Timely Comics en 1.939. Martin Goodman, un personaje que se hacía rico editando revistas y pulps, viendo el éxito de Superman, decidió abrir una división de cómics dentro de su editorial; ni qué decir, la misma acabó canibalizando a todo el resto del imperio editorial de Goodman. La susodicha división de cómics era lo suficientemente incipiente como para que no importara demasiado quién fuera contratado, y pronto le dieron un puestecito a un joven llamado Stanley Martin Lieber, que era primo de la esposa de Goodman. Como éste tenía ínfulas de novelista, aspiraba a escribir la Gran Novela Americana, y quería guardar su nombre para dicho cometido en vez de malgastarlo en algo tan ruin como los cómics, adoptó un seudónimo, y uno ciento por ciento estadounidense anglosajón para no despertar sospechas por su ascendencia judía: Stan Lee, precisamente. A veces la Historia se teje por coincidencias: Uno puede pensar si Stan Lee hubiera llegado tan arriba, si es que no hubiera sido pariente de Martin Goodman en primer lugar. El talento y el esfuerzo personal pesan de manera decisiva, qué duda cabe, pero la suerte de caer en el lugar y momento adecuados también juegan un rol importante en el éxito personal.

En estos días primigenios de Timely Comics, Stan Lee trabajó a las órdenes de Joe Simon, y mano a mano con Jack Kirby. Pero Kirby y Simon se pelearon con Goodman y se largaron, y éste, necesitado de un editor temporal en reemplazo de Simon, instaló a Stan Lee en el puesto. Nadie suponía que iba a durar todo lo que duró: Hasta 1.972, y terminó saliendo únicamente porque algunos años antes, Goodman había vendido su imperio editorial. De todas maneras, aunque Lee tenía olfato para el tema empresarial, el negocio de los cómics pasó por altas y bajas; de hecho, más bien poco de las dos primeras décadas de Timely Comics ha quedado para la eternidad. Fue recién en 1.961 cuando Lee lanzó el primer gran golpe de su vida: El primer número de Los Cuatro Fantásticos. Dicho cómic fue tan influyente, que se transformó en la piedra miliar sobre la cual se vino a construir el Universo Marvel. En la década de 1.960, Lee fue una de las grandes fuerzas propulsoras detrás de Marvel Comics, y el grueso de los héroes populares de la casa, partieron bajo su observancia: Spider-Man, Hulk, Iron Man, los Cuatro Fantásticos, los X-Men, y un larguísimo etcétera.

El mítico número 1 de Los Cuatro Fantásticos de 1.961, el cómic que le dio el puntapié inicial al Universo Marvel, tal y como lo conocemos.
En mi opinión personal, acabó resultando que Lee sí cumplió su sueño de escribir su Gran Novela Americana, que mencionábamos más arriba. Expliquemos esto. En Estados Unidos, existe una cierta obsesión entre los escritores sobre dicho tópico, el de la Gran Novela Americana, aquella obra narrativa en la cual se plasmará de manera prístina y meridiana, lo que vendría siendo el ser, ethos, alma u ontología, tárjese lo que no corresponda, de Estados Unidos y sus habitantes. Labor difícil, por supuesto, habida cuenta de que Estados Unidos es un país que creció un poco a fragmentos, y por tanto, resumir todo eso en un único texto narrativo, se hace una labor un tanto hercúlea. Y sin embargo, aunque Lee terminó no como escritor de novelas sino como editor de cómics, uno podría argumentar que el Universo Marvel en la era de Lee, o sea, el que existió entre 1.961 y 1.972, es uno de los más grandes y mejores ejemplos de justo eso, una Gran Novela Americana. Sólo que con monitos y en clave de superhéroes, en vez de ser un deprimente y realista cuadro de proletarios cavazanjas y/o ricos de alma vacía viviendo el American Dream, como suelen ser las obras que intentan postular a esta categoría.

Hay varias cosas por las cuales, los cómics de dicha edad de oro de Marvel Comics tienen un regusto especial que otros no han tenido ni volverán a tener. Fueron productos de una época muy particular, la década de 1.960, por supuesto, pero no creo que se agote ahí. Muy en el fondo, a través del Universo Marvel de dicha década, asistimos a una de las mejores plasmaciones de Estados Unidos como el crisol de razas, y como el país de la libertad y la tolerancia. Una visión un tanto idealizada de Estados Unidos, si se quiere, aunque no sin un filo crítico. Stan Lee, después de todo, tenía raíces judías, y ya sabemos que la judería en el Estados Unidos del siglo XX ha tenido una inesperada vena para, a un tiempo, defender los ideales democráticos de Estados Unidos, y criticar por su parte, la manera en que éstos son cotidianamente puestos en práctica: Ahí tenemos a personalidades tan prominentes, al mismo tiempo tan diferentes y semejantes, como Isaac Asimov, Woody Allen, etcétera.

De esta manera, el milieu de personajes que integraban esa fase del Universo Marvel, era también un mosaico de personajes intensamente estadounidenses. Así, entre ellos tenemos al representante del ideal patriótico en el Capitán America, a la tecnocracia científica en los Cuatro Fantásticos, a los renegados y parias cuya realidad los pone fuera del sistema en Hulk, a los representantes de tradiciones ancestrales anglosajonas en Thor, al adolescente idealista y justiciero en Spider-Man, al industrial capitalista en Iron Man, al héroe gótico estadounidense en Doctor Strange, a las raíces africanas de Estados Unidos en Black Panther, al intelectual que cuestiona la Humanidad en Silver Surfer, al extranjero enemigo y luego asimilado en Black Widow, etcétera, todos ellos interactuando entre sí de una manera tan distendida y amena, que la mejor Gran Novela Americana quizás no hubiera conseguido y no podrá conseguir jamás. En ese sentido, lo repito, creo que como editor, Stan Lee llegó mucho más lejos en sus ambiciones de lo que hubiera conseguido limitándose a ser un novelista, y esto casi sin darse cuenta, aunque hubiera llegado a ganar el Premio Nobel por el camino.

Sé que, entre quienes están leyendo esto, los que saben de cómics están frunciendo el ceño. "Señor Ríos, ¿es usted acaso un ignorante? ¿Acaso no sabe usted que Stan Lee le robó, parasitó y sorbió la sangre a Jack Kirby, y que él era en realidad el verdadero genio creativo de esa etapa de Marvel?", me dirán. Y razón no les falta. Hasta el minuto, he descrito la obra de Lee un tanto como si fuera producto de su genio único y exclusivo. Lo hice de ese modo para simplificar un poco, pero ahora toca hacerse cargo de ese aspecto más oscuro de la obra de Lee, el gran marrón que pesará sobre él hasta la consumación de los siglos: El maltrato sistemático que recibió Kirby a manos de Lee. Porque en realidad, el Universo Marvel de la década de 1.960 fue producto, en lo principal, no tanto del genio individual de Stan Lee, como de la sinergia creativa entre éste, Jack Kirby, y en un plano ligeramente más discreto, de Steve Ditko. Pero me atrevería a decir, en lo principal fueron Lee y Kirby.

Jack Kirby en sus días de esclavo siervo de la gleba trabajador a sueldo de Marvel Comics.
Para ver esto con más detalle, partamos con el sistema de trabajo que fue bautizado de manera informal como el "Método Marvel". Contra lo que pudiera parecer, para la enorme importancia cultural que tenía en esos años, la Editorial Marvel era bastante pequeña. Había afrontado una dura crisis a finales de la década de 1.950, que había solucionado con un pacto leonino de distribución en 1.958, que la obligaba a publicar apenas ocho cómics mensuales. En 1.961, de hecho, Marvel Comics no era en verdad competencia contra DC Comics. Pero esto significaba, por otra parte, que Marvel Comics era un lugar pequeño para trabajar, con poquísimos empleados. Y esto significó el surgimiento del famoso Método Marvel, nacido un poco por la práctica del día a día más que de manera intencional, y que permitía optimizar los escasos recursos para publicar las mejores historias. Tanto mejores, que en dicha década, el binomio de Lee y Kirby, o el trío conformado por Ditko si se quiere, acabó por desbancar en ventas a DC Comics, cuyos ejecutivos veían con desconcierto que, de pronto, sus queridos Superman y Batman se habían quedado obsoletos, y que la competencia se estaba forrando a lo bestia con sus héroes de nueva camada.

El Método Marvel funcionaba como sigue. Como editor general, Stan Lee planteaba las líneas argumentales de todos los cómics de Marvel Comics, en términos amplios, casi de brocha gorda, podríamos decir. Basado en estas líneas argumentales básicas, los dibujantes tenían libertad para desarrollar las historias, dejando espacios en blanco para que después, Stan Lee escribiera en ellos los diálogos y las notas. A través de esta mecánica de trabajo, el Universo Marvel se transformó en un verdadero entramado argumental muy bien conectado, con una continuidad firme en donde los eventos de un cómic podían tener repercusiones en otros, lo que por supuesto, hacía maravillas por incrementar la épica de lo narrado en general. Y toda esta continuidad estaba, en última instancia, en las manos de Lee. Sin embargo, el Diablo está en los detalles, dicen, y los detalles... venían de la creatividad de las gentes trabajando para Lee. Hoy en día, todo el mundo está de acuerdo en que muchos de los conceptos que hicieron populares a los personajes primigenios del Universo Marvel, no fueron ideas de Stan Lee sino de Jack Kirby, que tomaba los elementos argumentales que le planteaba Lee y los llenaba de la suculenta carne que sólo Kirby era capaz de concebir. Con Ditko no pasó tan así, porque su personaje insignia, Spider-Man, si bien en sus inicios es muy ditkiano, recibió su personalidad más o menos definitiva con uno de sus sucesores, en concreto John Romita Sr.

El punto es que Stan Lee, como editor general, además se encargaba del trabajo de promoción, yendo a las convenciones de fanáticos y a los campus universitarios, dando conferencias y luciéndose como la superestrella de Marvel Comics, ninguneando de paso y a lo bruto el trabajo de Jack Kirby, y el resto de su gente. En términos estrictamente jurídicos, Lee no estaba haciendo nada incorrecto. Debido a los contratos firmados, y a lo que eran las leyes de propiedad intelectual vigentes en Estados Unidos durante esa época, el trabajo de Jack Kirby y el resto de los dibujantes pertenecía a Marvel Comics, y como Stan Lee era su editor en jefe, estaba en lo correcto adjudicándose el mérito del trabajo propio de sus subordinados. Desde un punto de vista ético, por supuesto, esto es más discutible, pero claro, si al equipo de Lee no le gustaba esto, entonces que fueran a tribunales, y ya sabemos que en los tribunales suelen pesar más los argumentos jurídicos que los éticos. Hoy en día, la tendencia es pensar que el mérito de Lee en la creación del Universo Marvel es más bien marginal, y toda la fama que tiene es un tanto injustificada, nacida más de su talento para la publicidad y el más descarado autobombo, que de verdadero empuje creativo. Ayuda, por supuesto, que Jack Kirby queda como la pobrecita víctima del sistema, un triste David enfrentándose a un todopoderoso Goliat, y ya sabemos, las simpatías siempre tienden a irse hacia el débil.

La primera de muchas, muchas, muuuchas apariciones de Spider-Man a lo largo y ancho del mundo.
En general, todo el mundo está más o menos de acuerdo en que darle a Stan Lee estatus de Gran Hombre de Marvel Comics, a la luz de todo lo anterior, es quizás exagerado, y Jack Kirby probablemente merezca más el diploma. Pero creo que la postura contraria, considerar a Jack Kirby como la pobre víctima de un monstruoso chupasangre como Stan Lee, tampoco es justa. Después de todo, uno puede argumentar con buena base, que la edad de oro de ambos, tanto de Lee como de Kirby, fue la década de 1.960, efectivamente el período en que trabajaron juntos. Después de que ambos siguieron caminos separados, ninguno de los dos volvió a remontar. Stan Lee siguió dando vueltas como showman, y principal figura publicitaria de Marvel Comics, pero el manantial de su creatividad parece haberse secado; sí, yo también vi Stripperella, serie animada que creó Stan Lee, y que era entretenida y llevadera, pero... no era ni de lejos lo que hubiéramos esperado del supuesto Gran Hombre de Marvel Comics. Jack Kirby, por su parte, si bien consiguió llegar a nuevas e increíbles cotas de creatividad trabajando ahora para DC Comics en su portentosa saga del Cuarto Mundo, no tuvo ni de lejos el éxito que se merecía con dicha saga. El Cuarto Mundo, de hecho, fue cancelado sin arribar a una conclusión, y sus personajes completamente sumergidos en el resto del Universo DC por otros autores, mientras que las creaciones de Kirby para Marvel Comics, ahí siguen, incólumnes, aunque cambiando a lo largo del tiempo, a medida que otros creadores se hacen cargo de ellos y les dan nuevas aristas y lecturas, claro.

Creo que la de Kirby y Lee, fue una de esas sinergias creativas raras y muy difíciles de reproducir, y ambos tuvieron méritos en ella. Kirby era mucho más creativo que Lee, de eso no pareciera caber la menor duda, hasta el punto que se me antoja muy difícil concebir que el Universo Marvel hubiera despegado de la manera en que lo hizo después de 1.961, sin que Kirby hubiera metido su mano de por medio. Pero por otra parte, Lee tenía mucho mejor olfato para adivinar lo que quería el público, y recordemos, no sirve de nada publicar un cómic muy lindo y artístico si éste después no se vende, y la editorial que lo publica se va a la quiebra. Kirby le aportaba a Lee su enorme creatividad, pero a su vez, Lee parece haberle aportado a Kirby un cierto freno, márgenes dentro de los cuales moverse. Trabajando dentro de dichos márgenes, que Kirby a lo mejor no era capaz de imponerse a sí mismo, éste produjo ideas y obras muy sólidas. Es fácil que nos abandericemos por el creador porque es... creativo, justamente, pero a veces se nos olvida que si el creador es demasiado temperamental y produce obras demasiado geniales o avanzadas para su tiempo, a lo mejor la gente no lo comprende, no compra, y el creador termina al final durmiendo en medio de cartones en un callejón, con un abrigo de ropavejero, acariciando a un perro callejero con una mano y empinando una botella de mal vino con la otra. Kirby no cayó tan bajo, por supuesto, pero desde luego, no tuvo el mismo éxito luego de salirse de la férula de Lee. Hoy en día todo el mundo alaba a Kirby, pero en su tiempo, casi nadie lo leía. Por algo, a Kirby le pasaban cancelando sus colecciones y series.

De esta manera, todo el conflicto entre Lee y Kirby, el "yo soy del equipo Lee" o "yo soy del clan Kirby", es un sinsentido. Es cierto que Lee no aportó más que Kirby al Universo Marvel, pero uno podría levantar un caso argumento que tampoco aportó menos. Lo que aportó Lee quizás no fue creatividad e ideas, pero sí que llevó a la mesa algo diferente, una cierta sintonía con el público, un olfato para la venta, y un marco de trabajo dentro del cual moverse, y éstos no son méritos menores. Después de Kirby, a Lee le faltó su creativo principal, pero después de Lee, a Kirby le faltó su control, y lo más importante, su promoción. Eso quiere decir que Lee era quizás tan importante en ese equipo de trabajo como Kirby. El ninguneo de Lee a Kirby es uno de los actos más atroces que hemos visto en el mundo de la cultura del siglo XX, eso qué duda cabe, pero pintar a Kirby como un héroe contra un Lee villanesco viene siendo en realidad el mismo acto de ninguneo, pero al revés.

La primera aparición de Hulk. Sí, era gris en sus inicios, después cambió a verde por... problemas de impresión.
Nos gusta pensar en nuestros creadores y artistas como seres solitarios que se sacan las ideas del cráneo como Atenea revestida de su armadura y lista para ir a la batalla, porque dicha idea satisface muchos egos, en particular la idea de que "lo que tengo y me merezco, me lo merezco solito, yo no le debo nada a nadie". Pero la realidad no funciona así. La creación artística es un fenómeno mucho más social de lo que muchas veces nos gusta admitir, y un arte que no es capaz de llegar hasta el público y conectar con él, uno puede cuestionarse qué tanto valor puede tener como arte, precisamente. Y ése fue el raro y genuino talento de Lee: Conseguir esa conexión entre los a veces más que un poco desatados creadores de Marvel Comics, y las masas que leían dichos cómics. Uno puede recordar el célebre diálogo entre Isaac Asimov y John W. Campbell, su editor en Astounding Stories, en que Asimov le preguntaba a Campbell si no lamentaba haber renunciado a escribir para ser editor, y Campbell respondió que escribiendo una obra sólo podía trabajar en una obra a la vez, mientras que editando un puñado de obras de un puñado de escritores, en cierta medida estaba trabajando en un puñado de obras al mismo tiempo. Tengo la impresión de que Stan Lee hubiera estado muy de acuerdo con esta afirmación, aunque siga firme la diferencia de que Campbell acreditaba a sus escritores, mientras que Lee... llegó a hacerlo con Kirby, pero sólo después de más que un poquito de presión por parte del interesado.

Por supuesto, al momento de fallecer, Stan Lee ya era una figura del pasado. Todos le tenemos un cariño entrañable a los cameos de Stan Lee en las películas basadas en personajes de Marvel Comics, y desde luego que echaremos de menos tales cameos en adelante, vale por eso, pero ésos eran más bien homenajes a la tradición, que un verdadero acreditar de la permanencia de Lee en el tiempo. La cruda verdad es que hoy en día ya no se hacen cómics tal y como los vislumbraba Lee. Stripperella, ya que aludimos a esta criatura más arriba, aunque estrenada en 2.003, en términos de actualización llegaba a lo sumo a la década de 1.980. Incluso los superhéroes que empezaron su andadura bajo el férreo imperio de Lee, tienden a ser muy diferentes a cómo los concebía éste en la década de 1.960, con Kirby y Ditko, o Steranko o Buscema o Romita Sr., que a estos últimos no los hemos mencionado, pero que también fueron importantes en definir personajes hoy en día icónicos... pero cuyas pautas y directrices hace tiempo que son más el pasado desde el cual se debe escapar, que guías para el futuro que habrá de llegar.

Y con franqueza, este cambio, creo que es para peor. Los superhéroes de inspiración leeiana, llamémoslos así, tenían una fuerte dosis de camp, y por tanto eran ligeramente ridículos, vale por eso, pero eso los hacía mucho más atractivos, porque al tomárselos en serio sólo lo justito, sin pasarse, acababan por hacerse entrañables. En cambio hoy en día, tratan de darles una seriedad oscura e impostada, porque el cómic ahora es artístico y por lo tanto algo serio y no material de risas, y esto hace a los personajes muy poco simpáticos, en mi opinión por lo menos. Lo que la gente olvida es que, por debajo de los colorinches de los trajes y lo zafado de las premisas, las historias de esa época sí que tenían un grado de seriedad, y podían tratar a veces temas muy truculentos, bajo la apariencia de historias de fantasía intrascendente. Puede que Lee no se haya atrevido con, digamos la Guerra de Vietnam, haya mostrado a los comunistas como villanos de caricatura en vez de, ya saben, seres humanos, y más de alguna vez se le haya pasado la mano con el sexismo. Pero en la era de Lee, por otra parte, sus cómics se atrevieron con la discriminación, el racismo, los derechos de las minorías, la imagen propia de Estados Unidos, la drogadicción, etcétera. Los héroes de la época y bajo la égida de Lee defendían el sistema, cierto, pero no lo aceptaban de manera acrítica o sin cuestionamientos; es decir, eran patrióticos sin ser patrioteros. Y aunque Lee no haya sido quizás el creativo más importante de Marvel Comics, era el hombre a cargo, y por tanto, el responsable último de la línea editorial, tanto en lo argumental como en lo ideológico. Y ese mérito, debemos reconocérselo, porque una cosa es quien haya tenido las ideas, y otra muy distinta, quien haya tenido la autoridad para darles luz verde.

Stan Lee en su cameo para El asombroso Hombre Araña de 2.012. Viejo, y aislado del mundo: Cuán metafórico.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Culto más allá de la muerte (8) - "Los desollados".


Ya atardecía, y la noche estaba casi encima. El cuarteto, cuidándose de que nadie viniera desde afuera para verles, deliberó un rato en el pasillo. Belfamar era partidaria de ir ella misma hasta la cocina, disfrazándose de algún modo, y echarle un vistazo a los sacos, pero Hesiene vetó la idea; sólo la propia Hesiene tenía la erudición necesaria para reconocer lo que hubiera en los sacos, si traían algo inusual en ellos. Por otra parte, si Hesiene conseguía alcanzar la cocina, tanto más sencillo era fugarse desde el templo mismo. Por mucho que nadie inspeccionara las celdas, más tarde o más temprano alguien podía tener esa idea, y entonces, ahí acabaría toda la aventura. Salir los cuatro sería quizás demasiado llamativo, pero a lo mejor Hesiene podría llevarse a alguien consigo. A Arielle, por ejemplo, que era la menos preparada del trío de chicas.

– Bien. Si no podemos fugarnos, vamos a regresar acá – dijo Hesiene. – Si no conseguimos volver antes de que sea noche cerrada, quiere decir que conseguimos fugarnos o que nos capturaron. Eso quiere decir que a tí te tocará salir por tu cuenta, Belfamar.

– Nada que no pueda nadarse en Lerferos – dijo Belfamar, adoptando de pronto y de manera instintiva, la seriedad y los modos propios de un soldado profesional.

– ¿Y yo? – preguntó Felpros. – Yo… yo también quiero irme de aquí…

– No te preocupes – sonrió Belfamar lobunamente, mientras Hesiene sonreía de manera cómplice. – Necesito de tu ayuda para largarme de aquí, así es que te vienes conmigo.

Arielle avanzó hacia Belfamar y se abrazó a ella. No pudo evitarlo, y empezó a sollozar en silencio. Belfamar la apartó de sí, enjugó sus lágrimas, y tratando ella misma de no llorar, le dijo:

– Anda. Hesiene te va a cuidar mejor.

– Tú eres mejor con la espada.

– Hesiene es más mañosa. Se las arreglarán – dijo Belfamar, y luego añadió, con ternura: – Ahora anda. ¡Anda! Vayan, vayan. Y que los Siete Dioses estén con ustedes.

Hesiene y Arielle emprendieron la marcha. Ingresaron a la habitación de uno de los novicios. La misma estaba desierta, como era de esperarse. Todas las ropas eran, por supuesto, de novicio; encontraron algunas prendas sucias y no demasiado llamativas, y con ellas, moviéndose con lentitud y manteniendo la cabeza baja, podrían pasar por sirvientas. Ayudaba que ninguno de los miembros del ejército de Armad esperaba que en el templo hubiera otra cosa sino soldados, sirvientes propios o prisioneros, y no esperaban que nadie del exterior fuera tan demente como para querer infiltrarse por cualquier motivo; por lo tanto, ni las estarían buscando, ni inspeccionarían demasiado de cerca a los sirvientes.

– Belfamar no va a poder escaparse – dijo Arielle, hablando en voz baja y tratando de contener las lágrimas, mientras se cambiaba de ropa.

– Sí, va a poder. Ventana abajo. No lo quiso decir al lado de Felpros por si a él lo capturan y se le ocurre soltar la lengua, pero ése es su plan.

– ¿Cómo lo sabes?

– La leyenda de Lerferos que mencionó Belfamar. Es de una civilización antigua. Una doncella estaba en una torre a orillas del mar, y para alcanzar a su enamorado, construyó una cuerda con su propio pelo, se descolgó, y luego nadó todo el Estrecho de Lerferos hasta el otro lado. Por supuesto, necesita al novicio ése, porque a falta de pelo, tendrá que usar ropa amarrada como cuerda, o algo así.

– Ah – dijo Arielle, con su rostro de pronto más sereno al escuchar lo anterior.

Antes de salir, Hesiene tomó a Arielle por los hombros, y la miró fijamente.

– Escucha bien, porque necesito que pongas mucha atención. Allá afuera, trata de moverte lento, como viste hacerlo a los sirvientes ésos. Camina normal, pero… sin mucho entusiasmo, ¿me entiendes? No intentes actuar como un sirviente, porque al mínimo error que cometas, verán que no eres uno, y te agarrarán. En vez de eso, haz lo que haces de manera natural, y vamos a ser invisibles entre la gente, porque nadie espera que estemos entre ellos. Si te dicen que hagas esto o aquello, anda y hazlo sin protestar ni preguntar nada. Ya nos arreglaremos para salirnos después. No digas nada en voz alta, ni siquiera a mí, cabeza gacha, y mirada siempre hacia el suelo. ¿Está claro?

Arielle asintió con energía, claramente asustada.

– Esa es mi chica valiente – dijo Hesiene. Se quedó en silencio un minuto, pero no aflojó a Arielle por los hombros. Luego, dijo unas últimas palabras: – Perdona por haberte traído a esto. Deberíamos haber regresado a casa cuando te encontramos en Dothford. A veces soy un poco brusca, me entusiasmo demasiado con mis experimentos, y no siempre te digo lo hermosa y radiante que te has puesto. Hubieras sido una gran hija para cualquier mujer.

– Hesiene, no importa… eres la mejor mamá que podía haber tenido.

– Supongo que tu mejor mamá es Belfamar. A ella se le da mejor el trato, no sé por qué.

– Pero tú sabes hacer experimentos, y… siempre hay cosas divertidas que hacer contigo.

– Salvo mis experimentos para investigar cómo se puede reutilizar las evacuaciones intestinales, eso…

– ¡Ese fue el experimento más divertido de todos!

Hesiene intentó replicar algo, pero no encontró las palabras. De manera que soltó a Arielle, adoptó una vez más su pose de seriedad absoluta, y soltó un seco:

– Vamos.

Ambas avanzaron por el pasillo, casi por completo desiertos, vestidas con atuendos que más o menos podían pasar por propios de sirvientes. Hesiene confirmó lo que ya había observado: los sirvientes tenían la mirada vidriosa, mortecina. No eran sirvientes del templo recién capturados, cuyas miradas deberían haber sido huidizas, asustadizas como las de un conejo. Eran las miradas de gente que habían acompañado a los desollados y a su misterioso amo, el tal Armad, durante el tiempo suficiente como para haber perdido por completo sus almas. En cierto modo, debió conceder Hesiene, esto también ayudaba a la mística alrededor del ejército de desollados de Armad; el aspecto de sus sirvientes era lo suficientemente tétrico como para sembrar todavía más en quienes los vieran, la impresión de que había algo demoníaco en Armad, que le succionaba el alma a las personas y las encadenaba en las tinieblas alrededor del trono del Monarca del Abismo.

Alcanzaron la escalera, y empezaron a descender con calma, no buscando los escalones, sino avanzando como si fueran almas en pena.

Al mismo tiempo, sentían ahora la fetidez de los desollados, montones de ellos congregados en el templo, todos sus olores corporales a putrefacción reunidos en un mismo sitio cerrado, infestándolo todo como si fueran las miasmas del infierno. Hesiene y Arielle aflojaron ligeramente el ya de por sí lento paso, tratando de acostumbrarse a la hediondez. Pero, con mucha voluntad, siguieron caminando.

No habían bajado demasiado, cuando de pronto empezaron a retumbar tambores. Hesiene y Arielle se detuvieron en seco, espantadas por lo abrupto del tronar. Pero Hesiene observó que alguien subía las escaleras. No eran harapientos de rostros sombríos como los sirvientes, ni tampoco poseían las facciones revueltas e hinchadas de violencia de los desollados. Eran seres humanos vestidos con armaduras de un color relativamente opaco, quizás herrumbroso, que se movían con relativa normalidad. Eran oficiales del ejército de Armad, razonó Hesiene. Si era el caso, entonces era cierta su reflexión, de que Armad enviaba sólo a los desollados al choque en el frente de batalla, para que éstos se dejaran ver y oler por el enemigo, sembrando así el terror supersticioso en el corazón de quienes les enfrentaran, mientras que los oficiales mandaban todo desde la retaguardia.

Hesiene y Arielle siguieron caminando, con los dos oficiales marchando en sentido contrario a ellas. Hesiene observó que, en efecto, las armaduras presentaban el tono azul verdoso propio de algunas substancias sulfurosas. ¿Usaban esas armaduras gastadas y ya medio corroídas porque eran un ejército pobre que no tenían con qué proporcionarse armaduras más relucientes, o esa clase de armaduras eran las elegidas para los oficiales, para darles una cierta mística cercana a lo ya muerto, e incrementar así el aura maligna del ejército de Armad? Hesiene sentía cada vez más curiosidad por el tal Armad. Debía conceder, muy a su pesar por la repugnancia de sus métodos, que el hombre conocía bien el oficio de construir una buena puesta en escena para aterrorizar a sus enemigos.

Hesiene miró a reojo a Arielle, y notó que le costaba mantener la cabeza gacha; era natural, la curiosidad podía más. Intentó alcanzar su mano con disimulo para apretársela, pero no pudo; de haber extendido su brazo ligeramente más, el gesto hubiera llamado la atención de los oficiales. De manera que mantuvo su cabeza mirando hacia abajo, rogando porque ninguno de los oficiales se fijara en Arielle. Por suerte, aunque Arielle no tenía la cabeza todo lo gacha que hubiera sido deseable, tampoco la llevaba alzada.

Se cruzaron. Pero los oficiales ni siquiera se dignaron de prestarles atención. Iban hacia arriba, a sus propios asuntos, cualesquiera fueran éstos. Hesiene sintió que el corazón volvía a encajársele tranquilo en el pecho. Arielle, por su parte, que no había podido evitar mirar de reojo al par de oficiales de cerca, se sintió también más calmada. Había adivinado por su cuenta que eran eso, oficiales, y se sentía un poco más tranquila al ver que eran seres humanos, no desollados ni seres malignos.

Los tambores seguían retumbando. Hesiene y Arielle ahora estaban en el segundo piso del templo. Desde lo alto de la escalera, podía verse el espectáculo hacia abajo, en la amplia nave principal del templo, iluminado con numerosas antorchas colocadas en lo alto de las paredes. Entonces, Hesiene extendió el brazo para detener a Arielle. Después de echar un vistazo alrededor para cerciorarse de que no hubiera nadie cerca observándolas, Hesiene le hizo una señal a Arielle para mirar aquello.

El ruido de tambores cesó por un instante. El mismo fue reemplazado por sollozos: eran los prisioneros, que estaban acumulados en el centro, de rodillas, todos ellos desnudos, lacerados con heridas, bien amarrados y casi inmovilizados con gruesas cuerdas. Había de todo. Principalmente sacerdotes, pero también podían verse sirvientes, y gente del exterior. Hesiene pudo descubrir también entre los prisioneros, a la familia del despellejado al cual, la noche anterior, que parecía hacía siglos, le habían practicado una autopsia. Más allá pudo descubrir también a Bleckderd, sollozando como un guiñapo; le costó reconocerlo sin su armadura y sin su prepotente dignidad.

Considerando que el templo en el cual se encontraban era de relativa importancia, pero no era el santuario principal de Glimewin, era poco probable que Armad se encontrara comandando la escena ahí mismo. Por otra parte, podía colegirse que en los varios templos de la ciudad, se estaban repitiendo escenas parecidas. Hesiene recordaba los sacos que estaban ingresando a la cocina, y que Belfamar había visto desde la ventana del tercer piso. Asumiendo que en todos los templos de la ciudad estuviera sucediendo lo mismo, entonces dichos sacos debían estar llegando a todos ellos. ¿Qué se escondía tras toda esa logística desplegada por Armad? Seguro tenía algo que ver con la importancia de capturar Glimewin. Hesiene empezaba a formarse la idea de que en esos sacos estaba la respuesta a todas las interrogantes respecto de los desollados.

Los tambores empezaron a retumbar de nuevo, pero ahora su ritmo era mucho más parsimonioso, y con ello, el efecto era todavía más tenebroso. Un oficial ataviado con ropas cargadas de símbolos de homenaje al Monarca del Abismo, se instaló en el sitio del altar, encabezando la ceremonia; empezó a entonar, con voz muy grave y potente, una melodía con notas muy largas y vibrantes, encadenadas de manera disonante, y con palabras de un idioma que Hesiene no pudo reconocer, pero que le sonaba a algo oriental, como venido desde más al este que el Continente. Algunas doctrinas teológicas basadas en ciertas interpretaciones muy exóticas de los Siete Textos, argumentaban que el Trono del Monarca del Abismo no se encontraba a leguas de profundidad bajo las rocas del suelo, sino en el lejano oriente. Mientras el cántico del oficial cobraba fuerza cada vez mayor, los desollados, reunidos alrededor de los prisioneros y atajados con lanzas por varios oficiales, empezaban a alzar sus voces. Eran seres vivos, de eso Hesiene no tenía dudas, pero sus cuerpos putrefactos en diferentes grados, sus ojos llenos de rabia mortecina, y los músculos de sus rostros incapaces de expresar emocioness, los convertía en algo que ya no tenía alma. Los sollozos, súplicas y gemidos de los prisioneros aumentaron.

– No entiendo nada – susurró Arielle, sintiendo que el terror apretaba su garganta.

– Puede que todo esto nos ayude a llegar más rápido a la cocina. Todos están pendientes de la ceremonia, sea lo que sea todo esto – dijo Hesiene. Luego, mirando una vez más en todas direcciones para averiguar si alguien las estaba espiando, añadió: – Vamos a caminar por detrás de todos ellos, dando un rodeo, y vamos a alcanzar la cocina. Te acuerdas de en qué sitio estaba, ¿no? Arielle, no importa qué tan horrible sea lo que suceda aquí, tú sigue caminando sin apurar el paso, ni tampoco detenerte. Sólo camina. Una vez que estemos en la cocina, estaremos a salvo. ¿De acuerdo?

Arielle asintió, asustada.

Las dos chicas empezaron a descender entonces la escalera, con rumbo al primer piso.

Al oficial que entonaba un cántico, se unieron varios otros, que hicieron otro tanto. Con dicho trasfondo musical, todavía otro oficial, éste vestido con una ancha capa, se adelantó abriendo los brazos de manera teatral, y empezó a recitar con voz estentórea, una serie de palabras que parecían ser alguna clase de invocación. Nuevamente, las palabras para Hesiene eran indescifrables; lo mismo podían ser de un idioma en efecto oriental, que inventadas por puro efecto dramático. Entre palabra y palabra, a veces salían algunas pronunciadas en el idioma común: “Monarca del Abismo”, “perdición”, “muerte”, “infernal”, y otras tales.

Algunos oficiales marcharon hacia algunos prisioneros; cada oficial tomó un prisionero, y a tirones, se los llevaron hasta el altar. Ahora, los tambores sonaban con velocidad mayor, el cántico de fondo alzaba su volumen todavía más, y el oficial de la capa ahora gritaba invocaciones, repitiendo con monotonía palabras ahora bien claras:

– ¡Monarca del Abismo, recibidlos! ¡Monarca del Abismo, venid! ¡Monarca del Abismo, recibidlos! ¡Monarca del Abismo, contemplad vuestra ofrenda! ¡Monarca del Abismo, recibidlos!

Los prisioneros fueron colocados de rodillas sobre el altar, y los oficiales arreglaron sus amarras para inmovilizarlos en esa posición. Luego, cada uno de ellos sacó un cuchillo, y de manera estratégica, calculada, ritual, empezaron a insertarlos en el cuerpo de los prisioneros, maniobrando con ellos para separar la piel del vientre respecto de todo el resto del tronco, con destreza tal, que podían arrancarla como si de una vulgar tela para vestidos se tratara. Los prisioneros así desollados chillaban de dolor y miedo. Los desollados medio putrefactos al fondo, alrededor como un cerco, ahora aullaban al máximo.

Arielle y Hesiene seguían caminando. Hesiene se preocupó de mirar la escena de reojo; no podía verla con detalle debido a la gente interpuesta, y a que no era conveniente detenerse, pero los gritos le daban una perfecta idea de lo que estaba ocurriendo. Arielle, por su parte, pese a las instrucciones de Hesiene, no podía evitar mirar en dirección hacia el altar, pero cuando descubrió, atisbando entre la gente, que los oficiales estaban desollando a los prisioneros, miró hacia adelante de nuevo, cerrando los ojos por instinto, y luchando consigo misma para no gritar ni largarse a llorar por el terror.

El desuello seguía. Ahora, el primer grupo de prisioneros había sido despojado casi por completo de toda su piel. Para el último, los oficiales habían reservado la cara; con cortes precisos y no muy profundos a los costados, consiguieron arrancarles la piel desde las cejas hasta el cuello, en un solo gran, lento y calculado movimiento. Su macabra obra artística estaba ahora completa: los prisioneros habían sido desollados por completo desde las rodillas hacia arriba.

Llegando a la cocina, Hesiene le dio una mirada a Arielle para que entrara a ella, pero la misma Hesiene no lo hizo. Descubrió que los prisioneros recién desollados eran llevados ahora a un caldero que estaba a un costado de altar. Allí, los inmovilizaban y los obligaban a beber de un cazo, del brebaje que hubiera dentro de ese caldero. Luego, se llevaban a los prisioneros a su sitio, que aullaban y se retorcían, mientras un segundo grupo de éstos era llevado al altar, para ser víctimas del mismo ritual.

Visto lo cual, Hesiene entró a la cocina. Arielle se había hecho a un lado de la puerta, y estaba cerca de los otros sirvientes, manipulando sacos. La cocina entera parecía estar ocupada en la preparación del brebaje que le administraban a los desollados, y para dicho brebaje, usaban los ingredientes que extraían desde los sacos. Moviéndose con lentitud, Hesiene empezó a inspeccionar los sacos. En el grueso había lo predecible: comida de distinto tipo. Pero en otros, se llevó varias sorpresas. En varios sacos había merva. En otros había simirra. Y en otros, Hesiene estuvo a punto de soltar en voz alta que había descubierto café. Al darse cuenta de lo que tenían en común todos esos ingredientes en los sacos, Hesiene entendió con brusquedad el plan de Armad, y conteniendo su rabia a duras penas, volvió a juramentarse con fuerza aún mayor que no pararía hasta destruir al miserable por completo.

Próximo episodio: “La religión es el arma”.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Nuevo Orden Guillermocrático: El reetiquetado.

Construcción de fuerza espacial, por Liubov Popova (1.920-21).
Durante la segunda mitad de 2.018, nos hemos abocado a lo que genéricamente podemos llamar el Nuevo Orden Guillermocrático. Partió con el lavado de cara que le hicimos a la interfaz de la Guillermocracia. Luego siguió con ponernos al día con la enorme pila de comentarios que se había juntado en más de un año, labor que completamos ahora a mediados de Noviembre de 2.018. Y ha comenzado la siguiente fase en el remozamiento de este sufrido, viejo y aporreado país virtual: El reetiquetado.

Hasta el minuto, la Guillermocracia había funcionado con un sistema de etiquetado simple, en que cada asunto lo metíamos en un tópico bajo el rótulo de "Ministerio de...". Funcionó más o menos bien cuando la Guillermocracia era todavía un país joven y pequeño, salvo cuando debíamos meter dos y hasta tres Ministerios, a según qué posteos. Además, mientras más pasa el tiempo, más complicado se hace mantener esta organización. Algunos Ministerios han crecido de manera bastante golosa, mientras que otros quedaron raquíticos: El de Cine y Cómic pasaron de los cien posteos cada uno, mientras que otros como Economía, Educación o Legislación, no han llegado siquiera a la decena. Además, han florecido las series de posteos, que son otras tantas etiquetas.

Una ganancia fundamental en reetiquetar, es que hay varios temas y tópicos respecto de los cuales nos hemos repetido un buen poco, y por lo tanto, vale la pena usar etiquetas más específicas para ellos. No lo habíamos hecho porque no esperábamos esto, pero... sucedió. Por ejemplo, dentro de los cómics, le hemos dedicado algunas entregas a Batman, y otras a Superman; éstos iban al Ministerio de Comic, pero la cantidad justifica ser un poquito más específicos, y graduarlos con sus propias etiquetas.

Todo lo anterior justifica que iniciemos todo el reetiquetado de la Guillermocracia, creando etiquetas más específicas para asuntos también más específicos, y que han ido creciendo con el paso de los años. La idea es que, al final del proceso, en la parte inferior de la Guillermocracia hayan nubes de etiquetas que sean fácilmente accesible para los lectores. Será un beneficio para mí, evitándome el tener que escarbar demasiado para buscar cosas interesantes, y también para los lectores, me imagino, que tendrán un acceso más sencillo a las parcelas de la Guillermocracia que en verdad les interesen, separando el trigo de la paja.

Este proceso, lo estamos desarrollando en dos partes. Por un lado, hemos estado usando las nuevas etiquetas para todos los posteos programados a partir de Diciembre de 2.018. Por el otro, iremos hacia el pasado, reetiquetando los algo más de ¡novecientos! posteos publicados hasta la fecha, para ajustarlos al Nuevo Orden Guillermocrático.

Para los viudos del antiguo sistema por Ministerios... No se preocupen demasiado. En realidad, tengo planificado reemplazar algunos por el tema en particular. Así, el grueso de las etiquetas bajo "Ministerio de Cine" acabarán siendo reetiquetadas simplemente como "Cine", aunque también pueda usar algunas más particulares. Es todo cosa de ir viendo qué tanto engorda la etiqueta de marras.

En general, estamos más o menos las siguientes líneas, a la hora de reetiquetar:

  • Epoca que aborda el posteo, como por ejemplo la Edad Media, el Industrialismo, la Guerra Fría, los Ochentas, los Noventas... No he incluido etiquetas más atrás de la Edad Media porque lo más antiguo debería quedar cubierto por etiquetas para pueblos (Griegos, Romanos...).
  • Países y nacionalidades, con un sistema flexible para incluir pueblos antiguos y países modernos; para esto, hemos preferido usar el gentilicio al nombre mismo del país, como Estadounidenses en vez de Estados Unidos, por ejemplo.
  • Franquicias y universos compartidos, desde la Mitología Clásica hasta Star Wars, etcétera.
  • Campos y disciplinas en las ciencias y las artes, incluyendo Cine y Televisión, por supuesto.
  • Géneros literarios, narrativos, cinematográficos, etcétera.
  • Personajes históricos, si el posteo se refiere a uno de ellos con especial prominencia.
  • Algunos adicionales que no encajan bien en los mencionados arriba, pero que hemos detectado como más o menos recurrentes en la Guillermocracia: Crónicas de actualidad, recursos y trucos narrativos en Literatura o medios audiovisuales, etcétera.


Una vez terminado lo anterior, el siguiente paso sería crear tres nubes de etiquetas, encajadas al final de la columna principal para hacerla más accesible a quienes leen la Guillermocracia desde sus smartphones. Dichas tres nubes incluirían, en conjunto, la totalidad de las etiquetas. El resultado debería quedar más o menos así:

  • Una primera nube para las etiquetas referidas a tópicos varios.
  • Una segunda nube en donde incluir tanto las series de posteos, como las secciones varias, más o menos permanentes, que han ido surgiendo a lo largo de la Guillermocracia.
  • Una tercera nube, que incluye el material propiamente literario, es decir, cuentos, poesía, y por supuesto, las blogoseries.


Si alguna de estas etiquetas, acaba resultando que no despega, y se queda en un único posteo solitario, cabe la posibilidad de que lo elimine de manera ulterior, para evitar la proliferación de las mismas. Nadie quiere una nube plagada de etiquetas de posteo único, creo yo, ¿no? Esto no es una regla absoluta: Llegado el minuto, decidiré caso a caso, qué hacer con esas etiquetas que se queden en posteo único.

Por otra parte, si una etiqueta crece realmente demasiado, entonces consideraré la posibilidad de fragmentarla en dos o tres más pequeñas, o las que hagan falta. Después de todo, una etiqueta gigantesca que abra el pórtico hacia decenas y decenas de posteos en varias páginas, probablemente es tan inútil como las actuales etiquetas de Ministerio que han engordado lo suyo.

La idea de compartir todo esto con los habitantes de la Guillermocracia, no es sólo mantenerlos informados respecto de lo que se teje por acá, aunque sea un beneficio suplementario, por supuesto. También, como el reetiquetado va en beneficio de los habitantes de la Guillermocracia tanto como el mío, quedan cordialmente invitados a hacer sus peticiones, sugerencias, comentarios, etcétera.

Esperamos que con este enorme cambio en el archivado de la Guillermocracia, la misma evolucione acorde a los tiempos, y sea más útil para los habitantes permanentes o visitantes ocasionales, y por qué no, más placentera de recorrer, igualmente. De manera que, seguid siendo bienvenidos en la Guillermocracia, el país virtual que... sigue siendo un país virtual por ahora. Pero ya se quisieran muchos países reales, ser tan cool como la Guillermocracia, ¿no?

domingo, 11 de noviembre de 2018

"The Fabric of the Cosmos": El universo es muy raro y todos vivimos en él.

Brian Greene se divierte jugando con el universo.
La divulgación científica es una actividad que tiene algo de triste. Ideales ilustrados aparte, lo cierto es que el conocimiento ha sido siempre una actividad de minorías. El conocimiento invita a cuestionarse la realidad que observamos o nos creemos que existe, y a la gente, sorpresa, por lo general no le gusta ser cuestionada, por aquello de la autoestima, ya saben. De ahí que, para conseguir el siempre esquivo rating, numerosos programas e incluso canales de televisión culturales, tengan cada vez menos de eso, de culturales, y acaben exhibiendo culebrones con una leve pátina histórica por aquello de vender sofisticación, o reality shows acerca de gente que trapichea con artefactos históricos, o qué se yo. Y la gente consume, tan feliz y relajada. Por eso, una vez más se agradece que tengamos entre las manos, o delante de nuestros ojos, un programa como The Fabric of the Cosmos, documental excelente y muy actualizado, en la década de 2.010, respecto de en qué estamos, en eso de entender el universo.

Algunos antecedentes. The Fabric of the Cosmos , y cito el título en inglés porque lo vi así en YouTube, en inglés y con subtítulos... The Fabric of the Cosmos, decía, es una miniserie emitida en cuatro entregas de unos 45 minutos sin comerciales cada una, en Noviembre de 2.011, que a su vez forman parte de un programa semanal mucho más antiguo, llamado NOVA, que con la friolera de más de ocho centenas y media de episodios, viene emitiéndose de manera ininterrumpida desde 1.974. Eso es perseverancia, y no quedarse pegado hasta el final de tu nueva serie con misterios ontológicos, para ver si resuelven algo al final. Estos cuatro episodios son a su vez la adaptación de un libro de divulgación científica escrito por un físico teórico llamado Brian Greene, que no he leído, de manera que no lo puedo comentar. El propio Greene conduce el programa, y además, según IMDb, se encargó de la edición.

En resumen, The Fabric of the Cosmos hace un repaso muy general, pero a la vez muy completo, respecto del estado actual de la Física. Con actual, quiero decir que incluye observaciones y experimentos hasta la década de 2.000, por el tema de cuándo fue su fecha de emisión, por supuesto. De esta manera, nos encontramos con lo que en la época eran las últimas noticias acerca de la energía oscura, aunque por otra parte, no llega a incluir la muy probable y casi completa confirmación empírica de la existencia del bosón de Higgs, que resultó de un experimento en el acelerador de partículas del CERN, a mediados de 2.012, o sea, medio año después del estreno del programa. Respecto de este tópico, particular pero fundamental, una actualización de la miniserie sería muy deseable. Pero en cuanto al resto, parece ser todavía las noticias punteras que tenemos acerca del universo y sus demonios, en 2.018 por lo menos.

¡El universo puede ser divertido!
La estructura de la miniserie es en general muy lógica. El primer episodio es dedicado al espacio. Vale, parte el episodio en tono de chanza, el espacio es fácil: Es en donde están todas las cosas, ¿no? Bueno, no es tan fácil. El capítulo hace un recorrido acerca de cómo ha cambiado nuestra noción del espacio desde la época de Isaac Newton hasta la actualidad. Luego, un segundo episodio es dedicado al tiempo: ¿Existe el tiempo?, ¿es como una flecha o una corriente de río que va siempre hacia adelante?, ¿existen múltiples tiempos a según las personas?, ¿están determinados el pasado y el futuro?, ¿es posible viajar en el tiempo?, etcétera. El tercer episodio desvía la atención de los tópicos más cosmológicos para adentrarse en un repaso a matacaballo de los aspectos más importantes de la Mecánica Cuántica, bosón de Higgs incluido. El cuarto episodio, por su parte, construye a partir de los tres anteriores para, a manera de gran final, especular sobre la base científica que posee la existencia de los multiversos, así como la posibilidad de que el universo acabe en un Big Rip, un desgarrón en donde la energía oscura termine destruyéndolo todo en una sopa de partículas, y luego, disolviendo dicha sopa en una especie de nada cuántica. Ahí van los felices sueños de ustedes para esta noche, saltando ventana afuera. De nada.

Explorar, explicar y matar todos esos tópicos en apenas cuatro episodios, es simplemente maratónico. Pero por increíble que parezca, el programa consigue su objetivo, dejando un panorama bastante redondeado de estos asuntos. Por supuesto, no da tiempo para ahondar en la enorme cantidad de detalles relacionados con cada tópico. Se refiere por ejemplo a la existencia de dimensiones por encima de nuestro espacio tetradimensional, pero no aborda las cincuenta millones de teorías acerca de cómo éstas podrían existir. La teoría de supercuerdas, o el asunto de la supersimetría, son ideas que apenas se esbozan. O las varias hipótesis respecto de un posible multiverso, conformándose con apuntar evidencia desde la teoría inflacionaria de Alan Guth, o el entrelazamiento cuántico de partículas detallado por John Stewart Bell. Lo ya dicho: Cuatro capítulos son pocos para tanto. Pero en su capacidad de síntesis, este programa es simplemente asombroso.

Ayuda mucho que Brian Greene se preocupa al máximo por explicar conceptos muy difíciles, estableciendo las comparaciones más sencillas posibles. No siempre con originalidad, por supuesto. Explica el espacio newtoniano como el escenario en donde transcurre una obra de teatro, por ejemplo, y para el espacio einsteniano recurre a la treta del vehículo que acelera a velocidades cercanas a la luz, que usara el mítico Cosmos de Carl Sagan en 1.980, y volverá a usar el remake de 2.014. Verlo explicar la teoría del espacio inflacionario de Alan Guth y como eso abre la puerta a un multiverso, usando un queso como ejemplo comparativo, es un poco tosco, pero para efectos, funciona bien; a mí por lo menos, no se me habría ocurrido algo mucho mejor, así es que no puedo criticar demasiado. En ese sentido, el programa triunfa con honores.

Brian Greene explicando el entrelazamiento cuántico. Si piensan que dos ruletas conectadas es extraño... Es que no saben de Mecánica Cuántica.
Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Debido a los temas que aborda, y sus esfuerzos por simplificarlos al máximo sin desnaturalizarlos, el programa recuerda mucho a ambas series, las versiones de 1.980 y de 2.014 de Cosmos. Y en esto, The Fabric of the Cosmos sale un poco hacia atrás. En parte porque Brian Greene tiene un sentido del humor algo más predecible, que está un poco lejos de la sofisticada elegancia de un Carl Sagan o un Neil deGrasse Tyson. Por otra parte, hay algo de injusticia en la comparación porque cada una de las miniseries de Cosmos, la original y el remake, tuvieron trece episodios para desarrollar sus ideas, y The Fabric of the Cosmos tuvo apenas cuatro, y lógicamente, trece episodios dan mucho más tiempo y permiten explicar las cosas de manera mucho más pausada. A cambio, The Fabric of the Cosmos gana en que se atreve a meterse con conceptos más de avanzada que el Cosmos de 2.014 inclusive, que es un poco más conservador al respecto.

En el aspecto formal, eso sí, The Fabric of the Cosmos no me agradó tanto. Entiendo que es un programa de televisión pública, y por lo tanto, no deberíamos esperar que tenga la misma suntuosidad que los documentales producidos por una cadena privada. Sin embargo, se esfuerza... un poco demasiado. En su afán por ser moderno y al día en lo visual, hace un abuso del CGI que a veces termina resultando un poco molesto. Por supuesto, el CGI es inevitable tratándose de animar el universo a gran escala, o el mundo atómico, pero cuando aparece Brian Greene en escena, explicándonos conceptos de esto o aquello, pareciera que todo hubiera sido rodado frente a pantallas verdes, el viejo truco por el cual veíamos volar a Superman en 1.978, cuando en realidad, muchas de sus apariciones se hubieran podido resolver con efectos prácticos, o simplemente sin ningún efecto, sólo Brian Greene y un paisaje o un escenario, y hubiera quedado menos agresivo en lo visual. Si le sumamos que el nivel del CGI anda más o menos cercano al que se usaba en las películas de Hollywood en la temprana década de 2.000, el resultado desluce un poco. Esta es la única gran pega que se me ocurre al que por otra parte es un excelente documental sobre Cosmología.

Lo ya dicho. Si están buscando aprender sobre el universo, su estructura, el espacio, el tiempo, la materia, y nuestro destino final, tanto si está escrito como si no, The Fabric of the Cosmos es un excelente punto de partida. Para los sabidillos en cuestiones científicas resultará un tanto básico, pero de todas maneras, cumple con hacer una lectura panorámica de los tópicos más importantes. En definitiva, como programa de divulgación científica, es un recomendado absoluto, sin lugar a dudas.

Por si un Brian Greene no bastara... Aquí lo tienen en versión multiverso. De nada.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Culto más allá de la muerte (7) - "El ejército de los desollados".


En lo alto del inclinado techo del templo, tratando de no moverse demasiado para no resbalar, rodar tejado abajo y acabar estrellados contra el suelo, el cuarteto conformado por Hesiene, Belfamar, Arielle y Felpros medio habían conseguido cabecear durante la noche; es cierto que la vista era cada vez más fuego, el aire era humo casi irrespirable, y todo era ruido, pero el cuarteto estaba realmente cansado, y además, parecían estar a salvo en su pequeño escondite.

La noche cedió paso al amanecer, uno en el cual el cielo apenas podía verse, y el Sol a duras penas iluminaba, debido al humo.

Hesiene abrió los ojos de manera brusca, tanto, que estuvo a punto de olvidar que se encontraba arriba de un techo. La invadió un tétrico pensamiento, y remeció a Belfamar por el brazo.

– ¿Y si también incendian este templo? – susurró.

Belfamar abrió los ojos muy grandes. Tampoco había pensado en esa posibilidad. En efecto, ¿qué impedía a los desollados quemarlo todo, arrasar Glimewin hasta sus cimientos…?

Belfamar despertó a Arielle, que dormía reclinada contra su brazo, tratando de que la adolescente no se moviera tan brusco que rodara techo abajo. Luego, economizando al máximo sus movimientos, regresó a la ventana en la palomera. Se detuvo al escuchar ruidos que no eran de palomas o gallináceos, sino de humano. Nadie había abierto la contraventana de madera, pero más tarde o más temprano, alguien lo haría, para darle aire a las aves. Entre las rendijas de la madera, miró hacia el interior.

Había humanos en el interior, pero no eran desollados. Parecían sirvientes. Sus movimientos eran lentos, casi de sonámbulos; las facciones en sus rostros eran las máscaras inexpresivas propias de alguien que ha contemplado demasiados horrores y han terminado por perder su alma. Aparentemente, iban tras las aves e intentaban cazarlas y regresarlas a las jaulas, pero sin entusiasmo alguno. Las aves se les escapaban sin gran esfuerzo, y seguían yendo de allá para acá dentro de la habitación.

Belfamar regresó.

– Hay gente allá adentro, parecen sirvientes, pero… no son desollados. Están tratando de agrupar las aves en sus jaulas, o eso parece, por lo menos.

Hesiene meditó un instante.

– Es el ejército demoníaco más terrenal que he visto nunca – concluyó con ironía. – Por supuesto que los desollados no les sirven para otra cosa que para pelear. Necesitan sirvientes. Y también necesitan las aves para preparar el almuerzo.

– Terrenal o no terrenal, estamos atrapados – dijo Felpros, con angustia en la voz. – No podemos salir.

– La cuestión es salir para dónde – dijo Belfamar. – La ciudad entera parece que cayó en manos de los desollados. No tenemos a donde huir.

– Y además, si huimos, no podremos completar la investigación – dijo Hesiene.

– Hesiene, tú no viste lo que yo. Los desollados no le tenían miedo a los templarios rojos. Se les arrojaron encima y los hicieron pedazos con sus propias manos. Si ni siquiera los templarios rojos les infunden miedo, entonces menos nosotros. Si nos atrapan, no habrá investigación por delante. Y estamos en una ciudad llena de ellos – dijo Belfamar, mirando de reojo a Arielle, quien se había llevado los nudillos de las manos ligeramente empuñadas a la boca, en un gesto infantil de temor.

– Belfamar, te mentiría si te dijera que no tengo miedo. Lo tengo, y mucho. Y por supuesto, traer a Arielle hasta acá fue un error. Pero Armad, sea quien sea él, somos quienes están en mejor posición para detenerlo. Lo que sucedió acá, sucederá en otras partes. Las ciudades caerán arrasadas porque dispone de un ejército que no se detiene ante nada ni ante nadie. Dos de las Siete Ciudades han ardido y una tercera prefirió rendirse, y al resto le espera lo mismo. Ese tipo siembra el terror con un ejército sobrenatural, muertos levantados de sus tumbas. Y francamente, si ese fuera el caso, me sentiría mejor. Los muertos están muertos, no creo que les importaría que usaran sus cadáveres para esto o aquello. Pero los desollados están vivos. Cómo, sin que se gangrenen sin su piel, no tengo idea, pero son seres humanos vivos. Y Armad los está desollando por pura y llana crueldad. Lo siento, pero eso no puedo perdonarlo. Tengo que hacer todo lo posible por detener esta locura, y…

– ¡Es un ejército entero, Hesiene! ¡Es imposible! ¡No podemos pararlo entre nosotras!

– Tengo una idea. Armad nos hace creer que su ejército está conformado por muertos levantados de sus tumbas. Pero no es así. Los desollados son gente que ha perdido la razón, y por lo tanto, no le sirven para otra cosa sino para pelear. Alguien tiene que mandar, alguien tiene que poner orden. Armad dispone de sirvientes para las faenas domésticas, como por ejemplo, reunir las gallinas para el almuerzo. Apuesto a que también tiene oficiales que no son desollados. Es… como algo arquitectónico. Tiene una estructura. Bota el pilar adecuado, y el templo entero se vendrá abajo. Tenemos que encontrar el pilar que sostiene toda la estructura del templ… del… del ejército de Armad, y con eso, lo destruiremos por completo.

Belfamar suspiró.

– Entonces, sabia y leída, dime… qué hacemos.

– Tú eres la militar, tú eres la que entiende de estrategia. Tú dime qué hacemos.

Belfamar estuvo a punto de soltar un bufido de frustración, pero se contuvo. Miró a Felpros.

– Fel… ¿Felpros? Felpros. Vos conocéis este templo. Necesitamos movernos hacia un lugar en donde podamos permanecer escondidos, tanto tiempo como sea posible, en donde no nos encierren, por supuesto, así es que eso descarta las catacumbas porque en cualquier minuto le pueden echar candado, y sobre todo, un sitio en donde podamos alimentarnos, porque a saber cuánto tiempo tengamos que quedarnos, y en lo personal, mi vientre está alzándose en rebelión armada. ¿Qué lugar sería ése?

Felpros pensó por un instante. Se lo notó ligeramente más tranquilo; era evidente que esta labor lo alejaba de rumiar en su cabeza los horrores de la víspera, así como el incendio en el exterior.

– Las celdas de estudio en el tercer piso – dijo finalmente. – Están… aisladas… no hay nada ahí que quieran buscar, y es fácil moverse hacia la biblioteca.

– ¿Y los alimentos?

– En la biblioteca hay… Se supone que los novicios no sabemos, pero hay un compartimento secreto para los mayores del templo. Es… bueno, ayunar y abstenerse es difícil, así es que ahí esconden cosas.

– Suena bien. Saqueamos la despensa escondida en la biblioteca, nos llevamos todo lo que podamos hasta las celdas, y ahí aguardamos a ver qué pasa – dijo Belfamar.

– Sí, pero todavía estamos atrapadas acá en este techo… – dijo Arielle, casi con un hilo de voz.

– No creo que sea un problema. Vengan conmigo – dijo Belfamar, y sin terminar de decir lo anterior, empezó a moverse de regreso hacia las contraventanas de madera en la gallinera.

– ¡Qué vas a hacer! – cuchicheó Hesiene con fuerza.

Pero Belfamar parecía decidida. Hesiene, Arielle y Felpros la siguieron. Belfamar se movía con bastante control de su propio cuerpo, pero el resto de los tres debía hacer esfuerzos visibles para no resbalar, o para que su peso no empujara una teja hacia abajo, y delatara su posición.

Belfamar llegó hasta las contraventanas de maderas, respiró profundo, se puso delante de las mismas, y las abrió con un movimiento firme y sereno, para denotar autoridad y majestad.

– ¡Estás loca! – protestó Hesiene en voz baja, detrás de Belfamar. – ¡Nos van a ver!

Belfamar entró. Los sirvientes que estaban persiguiendo gallinas y palomas, levantaron la cabeza, y se echaron para atrás de manera instintiva, con el terror pintado en los rostros.

– No temáis, vuestras tribulaciones están por terminar – dijo Belfamar, con solemnidad. – Felpros, bendecidles para protegerles de las fuerzas del mal.

Felpros se quedó mirando a Belfamar, dubitativo. Era un novicio, y por tanto, su bendición no tenía el mismo efecto que la de un sacerdote consagrado, según el grueso de la teología de la religión de los Siete Dioses. Sin embargo, la mirada de Belfamar era autoritaria, y Felpros le siguió la corriente. Levantó los brazos, abriéndolos, tratando de esconder su nerviosismo, levantó luego levemente la barbilla, miró hacia arriba, hacia el techo de las gallineras, y con voz solemne dijo:

– Os bendigo en el nombre de los Siete Dioses, reclamo vuestras almas para ellos, a salvo las pongo de la furia del Monarca del Abismo. Id consolados, porque salvos sois, Palabra de Iemehum.

Felpros miró hacia adelante, para ver el efecto de su invocación. Los sirvientes seguían quietos en su sitio, pero ahora sus rostros mostraban algo lejanamente parecido a las emociones humanas, mientras que algunos de ellos derramaban alguna lágrima furtiva en silencio. Sus rostros estaban agrietados por semanas de angustia, cubiertos de polvo, algunos de ellos rasguñados por los desollados, o quizás por ellos mismos, pero ahora, parecían de verdad gente que tenía un mínimo de esperanza otra vez.

– No digáis a nadie de nuestra presencia aquí – dijo Belfamar, con calma y firmeza a la vez. – Cumplid la voluntad de los Siete Dioses, y salvos seréis. Sólo seguid haciendo lo que se os ha ordenado, y vuestra salvación vendrá en camino.

Algunos de los sirvientes asintieron ligeramente, después de unos instantes, como señal de haber comprendido, pero sin decir palabra.

El cuarteto se movió rápidamente en dirección a la biblioteca. Contra lo que podría esperarse, nadie parecía estar rondando. Belfamar hizo notar esto.

– Registraron el lugar de arriba abajo y no encontraron a nadie. No esperan que nos hayamos escondido en el tejado – comentó Hesiene. – Y tampoco esperan que sus sirvientes se rebelen, les han triturado el alma hasta casi extirpársela, así es que no necesitan demasiada vigilancia.

– Yo los vigilaría igual – dijo Arielle, con inocencia en la voz.

– No si tienes pocas tropas, y una ciudad entera que controlar – dijo Hesiene.

– ¿Por qué no han destruido la ciudad? – preguntó Felpros.

– Por la misma razón por la que vinieron en vez de avanzar recto para conquistar Esenfield.

– ¿Y cuál es esa razón?

– No lo sé – dijo Hesiene, con aplomo, y luego, con algo de sórdida rabia en la voz, añadió: – Todavía.

El grupo llegó hasta la biblioteca. La misma era realmente inmensa, una de las más grandes que Hesiene, acostumbrada a la vida erudita, había visto en su vida. Comentó, sin poder evitar que se le escapara un tono de admiración, que debían haber por lo menos unos trescientos ejemplares en su interior. A diferencia de otras bibliotecas que Hesiene había visto, ésta no tenía anaqueles de madera, sino que los libros estaban empotrados, en grupos de diez a veinte, en huecos en la pared. La mayor parte estaban cosidos por el empaste, con algunos encuerados, y algunos rollos al fondo.

Felpros hurgó en uno de los huecos que servían como anaqueles, el que se encontraba más a nivel de suelo, luego de sacar algunos libros. Desde ahí extrajo algunas viandas: vino, confites y carne seca.

– Los sirvientes del templo siempre mantienen ese sitio con vituallas – explicó Felpros.

El grupo comió algunas cosas con bastante apetito, y por un instante, olvidaron el horror dentro del cual se encontraban envueltos. Luego, tomaron todo el resto que podían cargar. Felpros volvió a dejar los libros en su sitio. Y el cuarteto salió silenciosamente desde la biblioteca. Hesiene soltó un comentario, maldiciendo el no poder quedarse más tiempo para echarle un vistazo a esos textos.

Las celdas de estudio eran bastante pequeñas: había espacio para que un sacerdote se sentara, además de su escritorio, y una repisa en la pared en donde se podían guardar cosas. En cada una de las celdas había una pintura de índole religiosa; parecían realizadas con más devoción que talento artístico, eso sí. Los cuatro apenas cabían en una, de manera que se repartieron: Felpros y Hesiene ocuparon una, y Belfamar ocupó otra con Arielle.

Sólo muy de tarde en tarde, alguien se paseaba rondando por las celdas, y nadie se tomó la molestia de mirar en el interior de ellas. ¿Para qué, si se suponía que todos los habitantes del templo habían sido masacrados o capturados?

Y sin embargo, el cuarteto estaba con los nervios crispados. Podían oirse gritos, muy ahogados, pero distinguibles como tales. Arielle mostró señales de angustia, y Belfamar la estrechó contra sí; Arielle respondió abrazándola con todas sus fuerzas.

– ¿Qué estamos esperando? – preguntó Arielle.

– Una oportunidad.

– ¿Para escapar?

– Para… no lo sé – dijo Belfamar. – Pero no te preocupes, pequeña, yo te voy a cuidar.

En la otra celda, mientras tanto, Felpros le preguntó a Hesiene sobre los gritos.

– Seguramente están torturando a pobres infelices – respondió Hesiene.

– ¿Desollándolos? – soltó Felpros, impresionado, tratando de mantenerse sereno.

– Es posible.

Felpros bajó la mirada, con el rostro congestionado.

Pasaron la mayor parte del día en las celdas, siempre escondidos. Cada cierto rato, Belfamar salía a dar una ronda, para revisar la situación. No parecía cambiar. El templo no era el principal de la ciudad, por lo que Hesiene había apostado a que pronto lo desocuparían, y entonces podrían tener una oportunidad de escape. Pero no parecía ser el caso. Aparentemente, habían tomado el templo como campamento.

Belfamar también miraba hacia el exterior, a través de las estrechas ventanas que existían a cierta distancia una de otra, en el tercer piso del templo. En efecto, parte del ejército de Armad se había instalado ahí. Pero el propio Armad, fuera cual fuere su aspecto, no parecía encontrarse; Hesiene teorizaba que, de seguro, se había aposentado en el templo principal, dedicado a Iemehum. En cuanto a los incendios en el exterior, Belfamar observó que éstos habían menguado grandemente durante el día; resultaba obvio que alguien, el propio Armad por supuesto, había organizado el apagarlos.

Casi cayendo la tarde, regresando de una de las rondas, Belfamar anunció que había visto algo desde una de las ventanas. Estaban ingresando sacos al templo, muchos sacos; parecían haberlos traído en carromatos tirados por mulas. Para ello no usaban la puerta principal, sino la de la cocina. Al escuchar estas novedades, Hesiene levantó la cabeza con interés, mientras su mirada se activaba.

– No puede ser comida. La despensa de la cocina es grande. No creo que sean armas, tampoco, no las traerían en sacos. Belfamar… tenemos que investigar qué hay en esos sacos.

– ¿Y cruzar por delante de todo el mundo, y arriesgarnos a que nos capturen? – replicó Belfamar.

Hesiene se limitó a asentir con la cabeza, con un brillo de ferocidad en los ojos.

Próximo episodio: “Los desollados”.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Las décadas - Los 1.810s.

La Batalla de Waterloo en 1.815. No la de ABBA, so herejes.
Si Napoleón Bonaparte hubiera detenido la expansión territorial de su imperio a mediados de la década de 1.800, es posible que hubiera conservado el control de Alemania e Italia, reduciendo a Prusia y Austria a segundones en la geopolítica europea, y transformando a Francia en una potencia incluso más fuerte que en la época de Luis XIV. Pero la ambición le pudo más, y en 1.808 había invadido España, enredándose en una guerra interminable que sólo le hizo gastar hombres y recursos. Luego, en 1.812 se le ocurrió lanzar un ataque militar a gran escala en contra de Rusia. Casi 700.000 soldados se arremolinaron en las fronteras rusas, y se lanzaron al ataque de la estepa. En vez de hacerle frente, el Zar Alejandro II retrocedió, aplicando táctica de tierra quemada, es decir, destruyéndolo todo en el camino de su retirada, impidiendo así que las tropas napoleónicas pudieran hacerse con los suministros indispensables para mantenerse en pie de guerra durante la campaña.

Las tropas napoleónicas llegaron a tomar Moscú, que sufrió uno de los más devastadores incendios de su historia. Pero era un triunfo vacío. El grueso de las tropas zaristas seguía intacto. Sobrevino el invierno, y las tornas se dieron vuelta. El llamado General Invierno acudió en ayuda del Zar; ambos libraron la guerra codo a codo. Las tropas napoleónicas fueron devastadas por el frío y la nieve. Napoleón debió emprender la retirada. El cataclismo fue tan grande, que prusianos y austríacos encontraron nuevos bríos para hacerle la guerra a Napoleón. En 1.813 se libró en Leipzig, la apodada Batalla de las Naciones; Napoleón sufrió una derrota contundente, y su supremacía sobre Alemania virtualmente se acabó. Al año siguiente, las tropas aliadas, lideradas por el mismísimo Zar, entraron en París. Napoleón se encontraba fuera de París; al enterarse de las nuevas, se decidió a marchar para recapturar la ciudad, pero su alto mando decidió no secundarle. A Napoleón sólo le quedó rendirse de manera incondicional, y acabó siendo enviado al exilio, a la isla de Elba, frente a las costas italianas.

Hubo una breve restauración borbónica, pero Napoleón Bonaparte consiguió fugarse de su exilio, y regresó a París. Intentó rearmarse con rapidez, en los llamados Cien Días, pero no tenía recursos ni tiempo; sus adversarios no le iban a darle tregua ni oportunidad. Napoleón enfrentó a una coalición de ingleses y prusianos en Bélgica, en la Batalla de Waterloo, el 18 de Junio de 1.815. La derrota fue tan definitiva, que el topónimo pasó a ser sinónimo de... derrota definitiva. Y de Waterloo de ABBA, claro, que habla sobre una persona que sufre la máxima derrota de todas, o sea, que se enamora como un imbécil perdido o perdida, a según. Como sea, Napoleón fue enviado al exilio todavía más lejos, a la Isla de Santa Helena, en mitad del Océano Atlántico. Fallecería en ella, en 1.821. Se dice que cuando se supo del fallecimiento, el siempre sagaz y cínico Talleyrand, diplomático que había servido al Absolutismo, a la Revolución, al Imperio, y se las arregló para seguir sirviendo, ahora en la segunda y definitiva Restauración borbónica, habría comentado: "Eso ya no es un acontecimiento, ahora no es más que una noticia"...

Las naciones europeas se reunieron en Austria, en 1.815, en el llamado Congreso de Viena, para sentar las bases del nuevo orden internacional europeo. Dos grandes diplomáticos descollaron. El ya mencionado Talleyrand, francés, consiguió el enorme triunfo de que Francia conservara por lo menos sus límites anteriores a 1.792, en vez de ser reducida a la insignificancia. El otro fue Metternich, el conservador canciller austríaco, quien estaba decidido a eliminar todo vestigio revolucionario en Europa, y a restaurar el Absolutismo. Metternich consiguió que las monarquías absolutas de Europa se hermanaran en contra de cualquier fermento revolucionario. Sin embargo, reza la leyenda que Metternich se daba cuenta de que a lo sumo estaba comprándole tiempo prestado a los absolutistas, y que los ideales del viejo orden estaban condenados; al respecto, habría dicho: "Me la he pasado toda la vida apuntalando edificios podridos"... El Absolutismo sufriría nuevos embates y colapsaría en el siglo XIX, pero el equilibrio de poderes establecido en Viena sobreviviría intacto hasta la unificación italiana y alemana, ya en la segunda mitad del siglo XIX, y sólo saltaría hecho trizas durante la Primera Guerra Mundial, un siglo completo después.

El cura Miguel Hidalgo, por Antonio Fabres. ¡Viva México, cabrones...!
Todos estos eventos habían tenido una repercusión inesperada en el otro hemisferio del mundo. El movimiento juntista que estalló en el Imperio Español durante 1.809, remató en algo peligrosamente cercano a la independencia. En México, en 1.810, el cura Miguel Hidalgo lanzó el Grito de Dolores, iniciándose la rebelión contra el dominio español en tales tierras. Argentina y Venezuela también se revolvieron. El Virreinato del Perú, en cambio, permaneció fanáticamente leal a España, lógico si se considera que era el territorio más favorecido entre las colonias hispánicas. Sin embargo, envuelta España como estaba en su guerra de liberación contra el dominio napoleónico, la metrópoli no pudo hacer mucho al respecto, y las colonias se hicieron cada vez más independientes. Sólo en 1.814, una vez expulsado el invasor francés desde España, la restaurada monarquía absoluta hispánica, ahora en manos de Fernando VII, iba a fijar su atención en las levantistas colonias otra vez.

En tanto, Estados Unidos seguía su desarrollo. Florida en la época pertenecía al Imperio Español, pero se independizó brevemente, antes de pasar a manos estadounidenses definitivamente en 1.819. Con todo, el crecimiento de Estados Unidos, que en la década pasada había incluso intervenido contra los piratas de Berbería, en la costa oriental del Atlántico, puso a dicho país en colisión contra Inglaterra, y su ahora amenazada hegemonía marítima. En 1.812 estalló la guerra entre ambas potencias. Las tropas británicas invadieron Estados Unidos y saquearon Washington; la Casa Blanca quedó literalmente negra de hollín, después del incendio de la ciudad. Sin embargo, ninguno de los dos bandos pudo doblegar al otro, y al final, decidieron pactar la paz en 1.814. Salvo acciones como la invasión de Pancho Villa durante la Revolución Mexicana, o el Atentado contra las Torres Gemelas, esta guerra fue la última agresión a gran escala que Estados Unidos ha sufrido en su propio territorio, hasta la fecha por lo menos.

En una nota un tanto más anecdótica, un tal Elbridge Gerry, Gobernador de Massachussetts, firmó una ley que redibujó el mapa de los distritos electorales. Uno de ellos tenía una forma extrañísima, que recordaba a una salamandra, y así fue dibujada por los caricaturistas políticos de la época. Fusionando el apellido de Gerry con la palabra inglesa salamander, inventaron la palabra gerrymandering. En la actualidad, la misma forma parte del vocabulario político, para referirse a esos distritos electorales que han sido dibujados sobre el mapa sin atender ninguna realidad social, cultural o demográfica, sino simplemente para manipular los resultados de las elecciones, repartiendo geográficamente a los votantes de manera tal que se produzcan resultados electorales favorables a quien dibuja tales distritos sobre un mapa.

Retrato de Kamehameha I de Hawai. Aprovechen, antes de que Google Images se llene de fotos de Dwayne Johnson...
Mucho más al Occidente, en tanto, los occidentales apenas sabían de la existencia de un gran archipiélago en el norte del Océano Pacífico: las Islas Hawai; en 1.780, en una disputa con los nativos, el explorador y capitán inglés James Cook había quedado tirado ahí para no levantarse más. En 1.795, el monarca Kamehameha I se embarcó en una serie de guerras contra sus vecinos, asistido militarmente por algunos hombres blancos que andaban dando vueltas por ahí. En 1.810, finalmente, Kamehameha logró unificar las islas bajo una única corona, la suya, el Reino de Hawai, legándolo a sus sucesores después de su fallecimiento en 1.819; el mismo existiría durante casi todo el siglo XIX, hasta que apareció Estados Unidos en el horizonte, y... ya se imaginan el resto. Muchos años después, el monarca recibiría un inesperado homenaje por parte de Akira Toriyama. Ya saben: "Kame... hame... haaaaaaaa...". En 2.018 se anunció con bombos y platillos el proyecto de una película épica basada en Kamehameha, dirigida por Robert Zemeckis, y que protagonizaría Dwayne Johnson, porque hoy por hoy, lo único que le falta a Dwayne Johnson es que lo llamen para ser James Bond...

En la India, mientras tanto, asentado el polvo de la Segunda Guerra Anglo Maratha, los británicos y el Imperio Maratha chocaron una última y decisiva vez, en la Tercera Guerra Anglo Maratha. La misma comenzó con un masivo ataque militar en contra de lo que restaba del Imperio Maratha, por parte de las tropas mercenarias al servicio de la Compañía Británica de las Indias Orientales. La guerra fue bastante breve, se libró entre 1.817 y 1.818, y remató con la destrucción definitiva de los marathas, cuyas tierras fueron a engrosar los dominios de la Compañía. Esta seguía siendo apenas una empresa comercial en teoría, y reconocía la autoridad política del Gran Mogol; sin embargo, en la práctica esto era una charada, ya que el Gran Mogol apenas les servía como fantoche, cuya única función política era darle legitimidad a lo que en realidad era una ocupación imperial británica en toda regla. Y lo seguiría siendo hasta la Rebelión de 1.857, pero eso es otra historia.

Y hablando de Inglaterra. Ya para la década de 1.810, en dicha nación comenzaban a sentirse en profundidad los efectos de la Revolución Industrial. En la época floreció el movimiento de los luditas, que veían la creciente maquinización como una amenaza a los empleos existentes, ya que las máquinas podían hacer el mismo trabajo que un operario humano, pero de manera más rápida y efectiva, lo que era un incentivo para los dueños de fábrica para, ya saben, comprar máquinas y echar gente a la calle. Los luditas provocaron desórdenes civiles durante varios años, entrando a las fábricas y destruyendo las máquinas, pero su cruzada fue en vano; al final, la industrialización era más rentable, y acabaría ganando la partida. Con todo, los luditas despertaron la admiración y simpatía del naciente movimiento romántico, que preconizaba una rebelión abierta contra lo que percibían como la fría y estéril racionalidad del mundo moderno, y preconizaban un regreso arcaísta al pasado nostálgico y folclórico. Aunque hoy en día el Ludismo en cuanto movimiento es materia para los frikis de la Historia, el espíritu ludita de que sin las máquinas estábamos mejor planea sobre mucho de la ficción actual; díganselo al final de Battlestar Galactica, si no.

Luditas emprendiéndolas contra un telar. Lo siguiente que harán, es sentarse para construirle puertas al campo...
Casi como un signo de los tiempos, el 12 de Abril de 1.815 estalló el Volcán Tambora, en las Indias Holandesas Orientales. La misma es considerada una de las erupciones más violentas de todos los tiempos históricos. La cantidad de gases y ceniza arrojados a la atmósfera bloquearon parcialmente la luz solar, hasta el punto que 1.816 fue llamado el Año Sin Verano. Las temperaturas descendieron tanto, de hecho, que muchas cosechas en el Hemisferio Norte se malograron por las heladas. Hubo hambrunas en Estados Unidos, China y Europa, particularmente en esta última, que venía recién recuperándose del cuarto de siglo de guerras continentales iniciado en 1.792. Como efecto colateral, los cielos rojizos y cenicientos hicieron mucho por inspirar al temprano Romanticismo, sembrando de un sentimiento lúgubre tanto los escritos de la época, como las pinturas y paisajes. En una nota más optimista, entre los niños que sufrieron lo peor de las hambrunas se encontraba un chico llamado Justus von Liebig; muchos años después, cuando el jovencito von Liebig creció, inspirado por su época de privaciones, se hizo químico, y se transformó en uno de los grandes pioneros de los fertilizantes artificiales.

Probablemente, la escritora más famosa de la década fue Jane Austen, que publicó su primera novela, Sensatez y sentimientos, en 1.811; se suele considerar que Orgullo y prejuicio, de 1.813, es su obra cumbre, y si no lo es, por lo menos es la más famosa del ramillete. Jane Austen falleció en 1.817, con apenas 41 años de edad, dejando siete novelas en total tras de sí, dos de ellas póstumas. Austen describe una Inglaterra que viene saliendo de los mores dieciochescos, pero que todavía no abraza en plenitud el Romanticismo. Sensatez y sentimientos refleja, en cierta medida, el conflicto entre una hermana mayor de sensibilidad tradicional, versus una hermana menor entregada a raptos románticos, sobre los cuales Austen se permite ironizar. Por supuesto, Austen tenía el privilegio de escribir en un país que no sufrió las Guerras Napoleónicas en su propio territorio, y en donde, por ende, no hubo quiebres sociales tan grandes como en otras regiones de Europa...

El mismo año en que falleció Jane Austen, una escritora dos décadas más joven estaba dándole las puntadas finales a su obra cumbre: Se trata de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Esta novela, publicada finalmente en 1.818, tuvo como inspiración una charla de amigos en un lugar llamado Villa Diodati, en Suiza, en donde se habían refugiado de las intensas lluvias producto del Año Sin Verano. Extrapolando los avances científicos de la época, Mary Shelley describió la historia de un médico que crea a un ser humano artificial gracias a la electricidad. Frankenstein es una de las obras fundacionales del Romanticismo, tal y como lo conocemos, con sus personajes entregados a pasiones titánicas y desbordadas respecto de su posición en la vida y el mundo. Más lejanamente, es también una de las novelas pioneras en lo que después vendrá a ser la ciencia aplicada a la Literatura, es decir, la moderna Ciencia Ficción.

El Monstruo de Frankenstein cogiéndose una rabieta de las buenas, buenas, buenas, de las que implican venganza y muchos muertitos por el camino.
Mary Shelley pertenecía a un círculo de amigos integrados por su primero amante y después marido, Percy Bysshe Shelley, que por esos años publicó su poema Ozymandias. Ya saben de dónde salió el personaje de Watchmen, por si lo ignoraban. Otro de sus amigos era Lord Byron, quien en ese tiempo escandalizaba con sus desplantes a la puritana sociedad inglesa de su tiempo. Estos románticos eran enfants terribles que se rebelaban contra los cánones sociales, en su creencia de que sólo importa el individuo y sus pasiones. La obra de Byron es el prototipo de lo que después vino a llamarse el héroe byroniano, un personaje que, inteligente y sofisticado, esclavo de sus pasiones, prisionero de su destino, y con un individualismo extremo colindante con la amoralidad, no hace sino sufrir desgracias y tormentos por sus repetidos choques contra la sociedad. El héroe byroniano se transformará en el personaje romántico por excelencia, y se verá replicado en obras literarias desde España hasta Rusia: El Don Juan de José Zorilla, el Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, el Eugene Onegin de Aleksandr Pushkin, y un largo etcétera, y es también el ancestro del arquetipo narrativo que hoy en día venimos llamando el antihéroe.

En paralelo, el Romanticismo va dejando su cuño en materia musical. A la par que Beethoven, otros compositores en el mismo estilo dan de que hablar. En 1.816 se estrena El barbero de Sevilla, de Gioacchino Rossini, basado en una obra teatral del siglo anterior que satirizaba al Absolutismo anterior a la Revolución; otra obra con el mismo personaje, Fígaro, había servido de base a Las bodas de Fígaro, ópera de Mozart, por más señas y conexiones. El estreno de El barbero de Sevilla fue un fiasco, pero con el tiempo, la estatura de esta ópera ha crecido, aunque sea por el famoso "fígaro, fígaro, fíiigaaarooo"... El nombre del aria es Largo al factotum, por cierto, si quieren lucirse con el dato en una reunión de amigos... o que les arrojen tomates por pedante, no sé. Como sea, ésta es también la era del alemán Carl Maria von Weber, otra figura clave de los inicios del Romanticismo musical. Y con cerca de treinta años, empieza a llamar la atención un violonista prodigio llamado Niccolò Paganini. En Londres, por su parte, adquiere fama el guitarrista español Fernando Sor, verdadero padre de la moderna Música Selecta para guitarra. Y en la Nochebuena de 1.818, en la localidad de Oberndorf bei Salzburg, con música de Franz Xaver Gruber, se interpretó por primera vez el que ahora es el himno navideño más famoso de todos: Noche de paz.

En la vida cotidiana del mundo occidental, por su parte, se produjo un cambio significativo: La iluminación a gas hizo su transición desde una investigación en desarrollo, a una tecnología actualmente aplicable. Ya en la década de 1.800 habían casas y factorías particulares iluminadas a gas, pero fue en la de 1.810 cuando esta nueva tecnología empezó a invadir los espacios públicos. En Londres apareció la iluminación pública a gas en 1.812, y algunos años después, empezó a propagarse en otras regiones de Inglaterra. En Estados Unidos, la ciudad pionera fue Baltimore. En 1.819, tímidamente, empezó a implementarse en San Petersburgo, en el mismísimo Imperio Ruso, usualmente reacio a las novedades. En 1.820 fue el turno de Francia, con París siendo su primera ciudad en tener iluminación pública a gas. Ni qué decir, los faroles de gas se transformaron en uno de los rasgos iconográficos más característicos de las ciudades occidentales del siglo XIX; que sería de una buena película de Sherlock Holmes sin esas farolas.

Para un buen Jack el Destripador a la olla, añadir lámparas de gas al gusto.
A mediados de la década de 1.810, ya expulsados los invasores franceses desde la metrópoli española, el Imperio Español se lanzó a la colosal empresa de reinstaurar su dominio sobre las colonias cada vez más independientes. Los movimientos independentistas fueron suprimidos en prácticamente todas partes. Francisco de Miranda, insigne prócer venezolano, acabó con sus huesos en una cárcel de Cádiz, en donde falleció en 1.816, mientras que Simón Bolívar, importante líder patriota venezolano, hubo de exiliarse en Jamaica. En Chile, el general español Mariano Osorio derribó al gobierno independiente en 1.814, y siguiendo órdenes del Virrey del Perú, se instaló como gobernador colonial, el penúltimo en el territorio, mientras que los patriotas más destacados huyeron cruzando la Cordillera de los Andes y refugiándose en Mendoza, siendo acogidos allí por José de San Martín, quien a la sazón era Gobernador de Cuyo.

Mientras tanto, las cosas en Brasil marchaban de una manera un tanto... rara. Después de la invasión napoleónica, el rey Juan VI de Portugal había cruzado a nado el Atlántico, metafóricamente hablando, por supuesto, estaría bueno que lo hubiera hecho de manera literal, y se había instalado en Río de Janeiro. Pronto, los habitantes del noreste de Brasil se sintieron desatendidos y perjudicados, en beneficio del centro y sur de Brasil, más en contacto con Río de Janeiro, y por ende, de las redes políticas. A esto se sumaron los oficiales militares brasileños, que se sentían pasados a llevar por los militares venidos desde Portugal. En 1.817 se rebelaron: Fue la Revolución Pernambucana, que buscó crear un gobierno independiente en la ciudad de Pernambuco. La rebelión duro dos meses y fue aplastada con mucha dureza, pero sentó un precedente. La Revolución había sido fomentada por las ideas liberales, y las mismas llegaron para quedarse, en la política de Brasil. La independencia del país, vinculado al Imperio Portugués y no al Español, también estaba en marcha.

Por su parte, los patriotas en el Imperio Español no cejaron. En 1.816, Simón Bolívar regresó por sus fueros, reanudando la guerra contra los realistas. En la Batalla de Boyacá, librada en 1.819, consiguió la emancipación definitiva de Colombia, aunque la guerra siguió en la Venezuela nativa de Bolívar. Mientras tanto, en el sur, la alianza conformada por el argentino José de San Martín y el chileno Bernardo O'Higgins levantó un ejército en Mendoza, que cruzó la Cordillera de los Andes de este a oeste, y en la Batalla de Chacabuco en 1.817, derrotó al dominio hispánico en Chile. Centroamérica, por su parte, siguió su propio movimiento independentista. A finales de la década, el dominio español seguía todavía en pie, en una buena parte de Latinoamérica, pero extensos territorios se habían emancipado, y ya no volverían a control peninsular jamás. A partir de la siguiente década, la de 1.820, la independencia sería un hecho consumado; el Imperio Español seguiría existiendo, pero apenas en calidad de espectro, respecto de lo que había sido hasta la década de 1.810. Sin lugar a dudas, por su velocidad y amplitud, el colapso del dominio hispánico en América es uno de los más grandes cataclismos geopolíticos en toda la Historia Universal.

José de San Martín y Bernardo O'Higgins cruzando los Andes con el Ejército Libertador en 1.817. Muy en serio, ¿por qué diablos nadie en Hollywood se ha puesto por la labor de sacar una película épica de esto?