miércoles, 18 de enero de 2017

Marbod el Bárbaro: Imago Dei - Episodio 2.


Cuando llegó el gran día, todo era nerviosismo, y desesperación. Drusila apareció con la cabeza cubierta con un velo. Como parte del ritual, Marbod el Bárbaro le pasó a Drusila un anillo de hierro, que por supuesto él mismo había forjado; la forja había consistido en que Marbod el Bárbaro había puesto el pedazo de hierro en la fragua hasta que estuviera al rojo vivo, después lo había sacado, y lo había mirado feo, por lo que el pobre pedazo de hierro, muerto de miedo, se había hecho anillo. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Luego, vino la parte de la ceremonia en que se sacrifica un animal en homenaje a los dioses. De manera que hicieron pasar a un buey, que Marbod el Bárbaro agarró por los cuernos, retorciéndolos hasta romper las vértebras del cuello; luego, encomendándose a los manes de sus ancestros germánicos, cogió un hacha y descargó un golpe en el animal, y luego otro, y luego otro más, mientras la sangre saltaba y lo embadurnaba todo, y las vísceras empezaban a deslizarse, y el intestino roto soltaba restos de pasto semidigerido y con olor a heces, hasta que otra persona detuvo a Marbod el Bárbaro, quien jadeaba ahíto de sangre, y lo convenció de que era mejor dejar así lo que quedaba de buey. Un pedagogo, esclavo encargado de la enseñanza de los niños, aprovechó la escena para demostrar que los rumiantes tienen no un estómago sino cuatro, porque matar un buey sólo para dictar una clase, suele ser algo oneroso, y por lo tanto, no es muy frecuente que los pedagogos lo hagan.

Como ambos contrayentes vivían en la misma casa, no hubo desfile con antorchas por parte de la novia a la casa del novio. Pero sí hubo intercambio de antorchas y de cuencos de agua, para cumplir con el rito de aquae et ignis communicatio. Finalmente, ambos estrecharon las manos, dextrarum iunctio, y para simbolizar la fidelidad eterna de Drusila a Marbod el Bárbaro, ella recitó la fórmula clásica:

Ubi tu Gaius, ego Gaia.

Con lo cual, Marbod el Bárbaro y Drusila pasaron al interior de la casa, para que él procediera a desatar el nudo en la cintura que ella se había amarrado como parte del ritual. Los invitados se retiraron entonces, preparándose para el banquete ritual que habría de venir al día siguiente.

En estos menesteres es que apareció corriendo un rapaz, que se metió a toda carrera a la casa. Nada más entrar, vio a Marbod el Bárbaro en plena labor de… digamos… desatar el nudo alrededor de la cintura de Drusila. Con el impacto, perdió el habla.

– Eh… er… ¿Qué pasa? – preguntó Marbod el Bárbaro.

– Eh… eh… es que… bueno… tengo un mensaje, de un tal Multum Bibere Bonum – dijo el rapaz, recuperando el habla. – Dice que vienen los pretorianos para acá, y que vienen con órdenes de ejecutar a… Marbod el Bárbaro… ¿tú eres Marbod el Bárbaro? Porque yo pensaba que te llamabas Marciano…

Marbod el Bárbaro miró con preocupación a Drusila.

Este episodio se titula: “El día de Marbod el Bárbaro”.

Apenas el rapaz se hubo ido, Marbod el Bárbaro miró a Drusila. Ahora ya no estaba solo: por el contrario, tenía una esposa a la que cuidar. Y un suegro, además.

– Marbod… – dijo Drusila, angustiada. – ¿Qué va a pasar con mi padre? ¡No podemos dejarlo abandonado aquí!

– Drusila… me buscan a mí, no a ti. Andate de aquí. Llévate algunas monedas. Ve y cruza el limes. Mi tío Genserico te acogerá. Yo me quedaré a enfrentarlos. Te prometo que no le pasará nada a tu padre.

– Ten cuidado, Marbod… – dijo Drusila.

– Lo tendré – dijo Marbod el Bárbaro.

Y así, en medio de la oscuridad de la noche, embozada en una capa negra para ser irreconocible, Drusila escapó. Justo a tiempo: los pretorianos aparecieron por la calle, y comenzaron a avanzar. Y delante de ellos, nada menos que el mismísimo Calígula hizo acto de presencia.

– ¡Saludos, Marbod el Bárbaro! – dijo Calígula, reconociendo a Marbod el Bárbaro porque, muchos años atrás, éste había estado en la isla de Capri mientras defendía a Tiberio de los conjurados bajo el mando de Sejano.

– ¿Eres acaso Calígula, el nuevo Emperador? – preguntó Marbod el Bárbaro.

– Yo soy.

– Uh… ¿Botita? ¿En serio…?

– ¡Te burlas de mí porque piensas que eres un dios! Mas, yo soy un verdadero dios. Yo estoy entre los inmortales. Yo trascenderé el tiempo y el espacio. Y tú… Serás ejecutado por tu insolencia de pensar que eres un dios.

– ¡Pero yo no soy un dios! Yo… yo… Mira, soy fuerte, grande, inteligente, bondadoso, apolíneo, y tengo un mástil recio y fuerte que sirve para navegar todos los mares, pero… yo no soy un dios.

– Lo averiguaremos – dijo Calígula. – Los dioses son inmortales, así es que… veamos. ¡Soldados…! ¡¡¡MÁTENLO!!!

Los pretorianos se abalanzaron entonces contra Marbod el Bárbaro. Este retrocedió a la casa y, golpeando con reciedumbre la puerta, dejó a los pretorianos afuera. Mientras sostenía la puerta con la espalda, con el pie acercó una banca lo suficiente para tomarla, y usarla de traba en la puerta.

– Incendien la casa – dijo Calígula.

Dicho y hecho: los pretorianos tomaron las antorchas que portaban, y le prendieron fuego a la madera de las paredes, que estando seca por años de cercanía con el fuego de la fragua, prendió casi de inmediato. Algunas termitas en su interior crepitaron, porque los dioses no aman a las termitas.

Marbod el Bárbaro subió a la habitación de Tulio, y le hizo un breve comentario de la situación, mientras agarraba al viejo, con miras a tratar de sacarlo por el tejado.

La puerta cedió ante las llamas, y por ella se precipitaron los pretorianos. Rápidamente subieron las escaleras, y llegaron hasta la habitación. Marbod el Bárbaro debió dejar a un lado a Tulio, y empezó a luchar con los pretorianos. Para sus destrezas guerreras, poner fuera de combate a los pretorianos era cosa fácil, pero con el humo de las llamas, su tórax físicamente superior se llenaba de gases carbónicos, y eso lo fatigaba; además, por cada pretoriano puesto fuera de combate, parecían surgir dos más. Marbod el Bárbaro luchaba como mejor podía, pero sin resultados; parecía ser el fin.

En ese minuto, en el exterior, pasó una enorme criatura alada: era Dragonópterix, que llegaba algo retrasado para la ceremonia nupcial.

– ¿Eso es…? ¿Un dragón? – preguntó uno de los pretorianos.

– ¡Vámonos de aquí!

Calígula miraba con desconcierto como sus pretorianos huían asustados como ratas.

– ¡Regresen, cobardes! ¡Soy su dios! ¡Vuelvan aquí!

Pero como ya no quedara ningún pretoriano, Calígula optó por lo más seguro, y también se marchó, aunque no sin antes volverse melodramáticamente hacia la casa en llamas, y declamar:

– ¡No creáis que esto es el fin, Marbod! ¡No creáis! ¡En tanto el mal odie al bien, y la iniquidad a la justicia, yo os odiaré, y os prometo…! ¡¡¡YO OS DESTRUIRÉ!!!

Mientras tanto, en la casa en llamas, Marbod el Bárbaro intentó coger de nuevo en sus hombros a Tulio.

– ¡Vamos, viejo! ¡Resiste! ¡Te sacaré de aquí!

Entonces, Marbod el Bárbaro notó la respiración trabajosa de Tulio. Lo tendió en la cama, y observó una profunda herida de espada en su vientre.

– Tulio… No…

– Marbod… mi hijo… mi hijo putativo… – dijo Tulio, boqueando en busca de aire. – Me has… hecho… feliz… al desposar… ¡a mi hija! Cúidala, Marbod… promete que sí…

– Lo prometo, viejo. Lo prometo – dijo Marbod el Bárbaro.

Tulio giró levemente la cabeza para mirar a Marbod el Bárbaro por última vez, boqueó una vez más, tosiendo mientras buscaba aire, y luego, exhalando con suavidad, cerró los ojos, y su cabeza se volteó.

Poco después, Marbod el Bárbaro salía por la puerta principal de la casa en llamas, con el cuerpo inerte de Tulio entre los brazos. No había nadie contemplando el incendio en la calle, porque Dragonópterix estaba instalado ahí, y los habitantes de Roma suelen tenerle miedo a los dragones.

– Yo te prometo, Calígula. Yo te prometo… – dijo Marbod el Bárbaro, y luego, gritando con toda la fuerza de sus pulmones, añadió: – ¡¡¡YO TE PROMETO QUE AHORA ES PERSONAL!!! ¡¡¡Y NO HABRÁ FORTALEZA CON SUFICIENTES SOLDADOS, O LATIFUNDIO A SUFICIENTE DISTANCIA, O ISLA CON SUFICIENTE AGUA DE POR MEDIO, QUE ME IMPIDA BUSCARTE, ENCONTRARTE, Y TERMINAR CONTIGO PARA SIEMPRE!!!

Marbod el Bárbaro miró entonces a Dragonópterix.

– Acabo de quedarme sin suegro – explicó Marbod el Bárbaro.

– ¿Eso que huele, es a… carne asada? – preguntó Dragonópterix. – Porque… huele rico.

– Ah, eso es… – dijo Marbod el Bárbaro, tomándose un momento para pensar. – Debe ser el buey que sacrificamos en la tarde, por el matrimonio. Con el incendio, bueno, debe estar asándose…

Y luego rio, con tristeza, sentándose en el suelo. En ese minuto, se acercó Drusila.

– No podía irme – dijo Drusila, con calma. – Donde tú seas Gayo, yo soy Gaya, ¿recuerdas?

– Lo siento, yo… No pude proteger a tu padre, Drusila.

Drusila asintió con la cabeza, posando su mano sobre el hombro de Marbod.

– Sé que hiciste lo mejor que pudiste, Marbod – dijo ella, mientras las lágrimas empezaban a correr en las mejillas. – Deberíamos irnos, ¿no?

Marbod el Bárbaro asintió, y miró a Dragonópterix. Este se echó violentamente hacia atrás.

– ¿Cargarlos a los tres? Bueno, a dos más un fiambre. ¡Pero no! No lo haré. Demasiado peso. Yo… Bueno… no sé… ¿qué tan lejos quieren que vuele?

– A Pompeya. Tengo una idea – dijo Marbod el Bárbaro.

De esta manera, durante la noche, sacando fuerzas de flaqueza, Dragonópterix viajó con Marbod el Bárbaro, Drusila y el cuerpo de Tulio en el lomo. De esta manera, volaron desde Roma a Pompeya.

Una vez en Pompeya, Marbod el Bárbaro y Drusila celebraron una sencilla ceremonia fúnebre por Tulio. Y así es como, en Pompeya, mirando a la Bahía de Nápoles, o de Bayas en la época, es como despedimos al hombre que, en su día, le dio cobijo a Marbod el Bárbaro en su casa.

– ¿Y ahora qué? – preguntó Drusila.

– Ahora, a esperar. Porque Calígula vendrá acá, de eso estoy seguro – dijo Marbod el Bárbaro.

– ¿Por qué estás tan seguro?

– Es un maniático idiota con delirios de grandeza. Según recuerdo, en una ocasión hubo un astrólogo que dijo que era tan poco probable que Calígula llegara a ser Emperador, como cruzar a caballo por la Bahía de Bayas. Así es que, es seguro que Calígula vendrá para acá y tratará de hacer algo al respecto. No creo que espere que le asestemos el golpe de gracia justo acá.

– Marbod… yo creo que… debería irme. Quiero decir, aquí, en medio de tanta gente, ya sabes, me siento un poco cobarde… – dijo Dragonópterix.

– No importa, no te preocupes, viejo amigo. Ya hiciste más que suficiente por nosotros – dijo Marbod el Bárbaro. – Que tengas un buen viaje de regreso a Germania.

Dragonópterix se despidió también de Drusila, y emprendió el vuelo, majestuoso. Algunos campesinos lo vieron pasar y, pensando que el Sol estaba pegando demasiado fuerte en la época del año, cesaron sus labores por ese día, y se refugiaron en sus casas a beber un poco de vino.

Pero Dragonópterix no estaba contento. Quizás había algo más que podía hacer por su amigo. Pero era una decisión temeraria. Era además, algo contrario a toda filosofía. ¿No decía acaso Platón, de quien Dragonópterix era un ferviente lector, que la religión era una especie de mentira creada para mantener quietas a las masas? Pero aún así… tenía que probar fortuna. Si alguien podía ayudar a Marbod el Bárbaro en contra de todo el poder imperial de Calígula, ésos eran los mismísimos dioses.

De manera que Dragonópterix enmendó el rumbo, para viajar al Monte Olimpo, en la Hélade, la residencia de Zeus, el señor de los dioses del Imperio Romano.

Pasaron los días. Para hacer algo de dinero, Drusila se empleó como mesonera, mientras que Marbod el Bárbaro hizo lo propio como pescador. En la taberna, Drusila se expuso al clásico repertorio de comentarios lascivos y manoseos por parte de los comensales, pero cuando uno de ellos intentó propasarse, Drusila le aplicó tres o cuatro golpes estratégicamente aplicados, y lo dejó cojo, tuerto, y sin posibilidad de engendrar futura descendencia; algunas cosas sobre defensa personal le había enseñado Marbod el Bárbaro, después de todo.

Marbod, por su parte, pudiendo soportar lo que era volar a lomos de Dragonópterix, no tenía realmente problemas con mareos en el mar. Pasaron algunos días en que salía al mar en un bote con algunos compañeros, echaban las redes, y sacaban peces, pero la pesca no andaba bien por esos días. De manera que Marbod, impaciéntandose, decidió tomar el asunto en sus manos, y no sabiendo nadar, se amarró una cuerda a la cintura, y se arrojó al agua. En cosa de segundos, empezaron a salir los peces desde el agua y a caer en el bote, uno a uno, empujados por los fieros puñetazos de Marbod el Bárbaro. En un minuto salió un delfín, y entonces, cesaron los peces, la cuerda sufrió un tirón, y unos cuantos segundos después, emergió Marbod el Bárbaro.

– Perdón – le dijo al delfín, y agarrándolo por sobre los hombros, lo arrojó de regreso al agua. ¿Y por qué esto es posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

De esta manera, Marbod y Drusila en su alojamiento, pudieron construir algo relativamente parecido a un nidito de amor. Trabajando todos los días, pero viajar a la Bahía de Bayas era casi como una especie de luna de miel.

Y entonces, llegaron las noticias. Calígula, en efecto, iba a viajar a Pompeya, y desde ahí, iba a arreglar el cruce a caballo sobre la Bahía de Bayas.

Era la oportunidad que Marbod el Bárbaro estaba esperando. La sangre de Tulio clamaba venganza desde la tierra, y en la voluntad inquebrantable de Marbod estaba el satisfacerla.

Próximo episodio: "La bahía de Bayas".

domingo, 15 de enero de 2017

Veinte años en la Ciencia Ficción.


El pasado Martes 10 de Enero de 2.017 se cumplieron veinte años desde el inicio de El Sitio de Ciencia Ficción, dirigido por Vuesa Merced el Excelentísimo don Francisco José Súñer Iglesias. No cualquiera de estos días se cumplen dos décadas, y menos manteniendo un sitio en Internet. Por supuesto, es un aniversario que nos llena de orgullo a los que apreciamos la Ciencia Ficción, considerada la enorme calidad que siempre ha desplegado el Sitio, y a mí en particular porque a lo largo de varios años, el señor Súñer ha tenido a bien el invitarme a participar con artículos de aniversario, no siendo este año de jubileo la excepción.

En esos veinte años, ¿cuántos sitios de Internet sobre Ciencia Ficción hemos tenido, y cuántos de ellos han durado años completos, para finalmente ir estáncandose poco a poco y desaparecer? Me refiero a los arcaicos sitios, así como luego a los foros, los ya más recientes blogs, y los ya neozoicos grupos en Facebook u otras redes sociales. Todos conocemos el proceso. El sitio pasa un primer año de afinación y ajuste, luego un período de tiempo de uno, dos o cinco años publicando material de calidad más o menos seguido, y de pronto, los posteos empiezan a alejarse en el tiempo, la frecuencia de actualización baja, luego hay pausas de varios meses seguidos, y luego... si tenemos suerte aparece un anuncio de despedida, disculpas y razones por no seguir, agradecimiento a los lectores y eventuales colaboradores, etcétera. Y si no tenemos esa suerte, entonces se queda un último y solitario posteo acerca de... cualquier cosa.

Esto sucede más allá de la Ciencia Ficción, por supuesto, como lo sabe cualquiera que haya visto apilarse los cadáveres apilarse en la blogósfera, con muchos blogs antiguos siendo actualmente pasto de buitres. Ha sido parte de los procesos de cambio en la vida internética de los últimos veinte años. Hace veinte años atrás, navegar en Internet era muy distinto, como lo recordábamos en Cómo se navegaba en la edad heroica de Internet en doce viñetas. En esa época, éramos aguerridos exploradores abriéndonos hacia distantes mares de los cuales no teníamos idea a veces siquiera de que existieran. Pero algunas personas ya no eran héroes sino semidioses: la gente que creaba contenido.

Hoy en día, crear contenido pasa por tener un perfil en Blogger, Wordpress, Tumblr, YouTube, Twitter, Facebook, Instagram, Snapshot, o qué se yo. Tan fácil como conectarse, ingresar un nombre de perfil, y empezar a publicar. Pero las cosas eran muy diferentes en 1.997. Primero, había que conseguirse un servidor. Existía GeoCities, pero su manejo era cualquier cosa, menos amigable. Para casi cualquier cosa, en cuanto a configurar el sitio en cosas tan básicas como el tamaño de la letra o el color del fondo, había que saber lenguaje HTML. Existían programas de edición de páginas web, pero eran casi tan intratables como hacerlo uno mismo a la bruta. En ese medio primigenio en donde los valientes vestían de neón Cyberpunk, es que nació El Sitio de Ciencia Ficción.

Hoy en día, en lo estético El Sitio de Ciencia Ficción luce un poco atrasado respecto del ritmo de los tiempos. Su interfaz es propia de tiempos ya pretéritos. Pero, francamente, sería impensable que fuera de otro modo. El Sitio podría actualizarse y adquirir una presentación más moderna, pero... en cierta medida, dejaría de ser El Sitio, o al menos, El Sitio con el cual crecimos y nos encariñamos. Lo digo no desde el espíritu del abuelo carcamal que rabea porque todo tiempo pasado fue mejor, sino porque a veces lo nuevo no siempre es superior. En lo personal, prefiero que la interfaz sea simple y accesible, por encima de esas configuraciones modernas en que debe vigilarse por dónde se pasa el cursor, porque a la mínima surge un menú emergente con un montón de opciones que no estoy buscando, que tapa lo que sí me interesaba ver, y que uno suele pulsar por accidente para terminar navegando en sólo los dioses de los bits saben dónde. Un incordio del cual nos vemos libres en El Sitio, y que así siga siendo, roguemos al Señor.

El Sitio ha acumulado también una enorme cantidad de textos respecto de los aspectos más pintorescos de la Ciencia Ficción. Hablamos de críticas y comentarios de un montón de libros y películas, muchas de las cuales yo ni siquiera sabía de antemano que existieran. En lo personal, aprendí mucho sobre Ciencia Ficción española, en particular la era de los bolsilibros, gracias a esos textos. También pude asomarme a mucho cine y muchos libros clásicos, publicados o lanzados en la época entre 1.930 y 1.980, en conjunto con certeros análisis críticos que me iluminaron mucho el camino. Y, bueno, la vuelta de mano fue que en su minuto autoricé a republicar las Crónicas CienciaFiccionísticas en El Sitio; irónicamente, no fue hasta esas fechas que El Sitio tuvo una historia resumida del género. Hubo un intento previo al mío, cuya autoría pertenecía a alguien más, y publicado en el Sitio, pero que llegó más o menos hasta la época de Hugo Gernsback, si la memoria no me traiciona, para después quedar inconcluso, no tengo idea de por qué. Pequeñas filigranas de la vida cultural o artística que nunca termino de entender del todo.

También es momento de reflexionar cómo ha cambiado la aproximación al género. Mi primer contacto con el mismo fue hace cerca de un cuarto de siglo atrás, gracias a un curso de Ciencia Ficción en el cual conocí a don Sergio Meier Frei, quien terminó transformándose en mi mentor, así como la mayor influencia literaria que yo haya tenido jamás. En esa época, mi conocimiento del género en lo literario no pasaba mucho más allá de Isaac Asimov y Ray Bradbury, y habiendo leído libros de ambos, ya estaba más curtido que el noventa y nueve de la población humana, en lo que a Ciencia Ficción se refiere. En la época, ésta como género era algo despreciado por la cultura oficial.

En estos veinte años, se ha vivido una profunda revalorización de muchas subculturas hasta la fecha miradas como algo friki, y por lo tanto, marginal. En el 2.016 que acaba de pasar, uno de los más masivos y prestigiosos estrenos televisivos fue Westworld, y eso es Ciencia Ficción; eso hubiera sido impensable en 1.997. Lo más cercano a la Ciencia Ficción en términos de éxito popular, dejando de lado cosas como Star Wars, era Los expedientes secretos X, y dicha serie era una mezcla de una tonelada de elementos frikis, así es que no era Ciencia Ficción pura y dura. Hoy en día, el grueso de las películas que se encumbran al Top Ten de las más taquilleras del año, de cualquier año, o son de Ciencia Ficción, o bien presentan elementos o tópicos que permiten considerarla como híbridas entre ésta y otros géneros.

También ha cambiado la manera de difundirse la información. El Sitio formó parte de la primera gran ola de divulgadores de la Ciencia Ficción en la Internet hispanoparlante. En la época, los libros se editaban con cuentagotas, y nosotros los lectores éramos incapaces de distinguir entre un Robert Heinlein o un Philip K. Dick por un lado, y algún escritor mediocre que hubiera sido publicado por casualidad, por el otro. Podíamos leer los libros, podíamos encontrarlos interesantes, pero ayunos de mayores marcos de referencia, no podíamos valorarlos ni sopesarlos de la manera adecuada. Era la época anterior a Wikipedia o la blogósfera, y por lo tanto, no habían muchas posibilidades de documentarse al respecto. Era también una época en la cual todos los hispanoparlantes éramos bastante ignorantes. Nuestro conocimiento en la hispanósfera se había quedado estancado en la Ciencia Ficción hasta la época del Cyberpunk, gracias a que una de las principales fuentes documentales era la mítica revista Nueva Dimensión, que cerró sus puertas a inicios de la década de 1.980. Hoy en día, en cambio, basta con meterse a Google para investigar, y acabar teniendo un conocimiento bastante pasable del género y sus avatares, en particular luego de leer publicaciones como (¡ejem!) las Crónicas CienciaFiccionísticas.

Frente a todos estos cambios, uno puede preguntarse si vale la pena seguir manteniendo una iniciativa como El Sitio. La respuesta definitiva le pertenece al señor Súñer, por supuesto, ya que todas estas iniciativas se hacen por amor el arte, irrogan costos de tiempo y esfuerzo, y en estas condiciones, es siempre el editor quien tiene la última palabra acerca de si vale la pena seguir adelante o no. Pero si me preguntan mi opinión, en lo que pueda valer mi experticia como consultor, la respuesta sería un entusiasta . El Sitio nunca ha dejado de lado el adecuado rigor en sus publicaciones, y ha sabido mantenerse actualizado, publicando comentarios y columnas de opinión que han ido con los tiempos. Hoy en día hay más información que nunca, es cierto, pero también es cierto que el grueso de esa información no siempre tiene la calidad suficiente, por lo que los gurúes siguen siendo necesarios, y más todavía en una era en que cualquiera con acceso a un computador puede opinar. En ese sentido, el Sitio se tiene más que ganado su lugar en la Ciencia Ficción hispanoparlante, una auctoritas más que bien ganada por los años de esfuerzo y dedicación, y que iniciativas como ésta sigan adelante no pueden redundar en otra cosa sino en una mejora para el mundillo de la Ciencia Ficción, y en definitiva, por el efecto expansivo que tienen todas las iniciativas culturales, para la sociedad como un todo.

De manera que, vayan con estas palabras un sentido homenaje a los colosales esfuerzos desplegados con constancia implacable por el señor Francisco José Súñer Iglesias, así como los mejores deseos de que El Sitio se mantenga con vida y con su calidad de siempre, por la gran cantidad de años que vengan.

miércoles, 11 de enero de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 2.


El Palacio de Kriegsburg era un edificio increíblemente amplio para los estándares de lo ya visto por Wolfgang Spengler en su viaje subterráneo: tenía varios pisos, era muy espacioso, y su salón principal tenía suntuosos arcos en el techo. Los ángulos estaban decorados con motivos barrocos, no demasiado recargados, pero mucho más frondosos que la espartana falta de adornos de la arquitectura en general.

En el salón principal, Reinhard Becker quedó a cargo de traducir a Kriegweltz III y a los principales mandos militares de la expedición de la OTAN. Wolfgang Spengler ayudó en principio a Reinhard Becker en sus labores, pero luego, un hombre joven y delgado, de pelo ensortijado, labios taimados y mirada quizás algo triste, se acercó al Kaiser Lama e intercambió algunas palabras con él. Este asintió, e hizo una seña a Wolfgang Spengler.

– Ven conmigo – dijo el hombre joven de pelo ensortijado. Wolfgang Spengler miró de reojo a Reinhard Becker y al Brigadier Catroux, quienes asintieron, de manera que siguió al personaje.

Ambos ingresaron a otro salón, menos espacioso, un poco más íntimo, dentro de lo que cabe pedirle intimidad al salón de un palacio. Ahí esperaban varias personas, que por la manera afectada en que estaban sentadas en sus respectivos asientos, podía colegirse que eran miembros de la familia real, o a lo menos, aristócratas de alta cuna. Una de ellas impactó de lleno a Wolfgang Spengler. Era una señorita alta y delgada, con el pelo de color rubio ceniza, y ojos de un color que nunca había visto, un tono que podía pasar por celeste bajo cierta iluminación, pero era más bien próximo a un violeta suave; su postura era quizás algo tímida, y sus movimientos suaves, asistida en todo momento por una joven de porte menudo, contextura gruesa sin llegar a ser gorda, y de dotes femeninas ciertamente generosas.

– Ella es la princesa Yaliana, mi prometida – dijo el hombre joven, con petulancia ciertamente involuntaria pero no por ello menos presente en la voz, mientras señalaba a la chica de ojos entre celeste y violeta. – Yo soy el príncipe Kriegsweltz, hijo del Kaiser Lama Kriegsweltz III, y heredero de la corona imperial de Freilande.

– Háblanos de tu mundo, extranjero – dijo la princesa Yaliana, sonriendo con dulzura.

Este episodio se titula: “Dos mundos”.

Andando los días, Reinhard Becker y Wolfgang Spengler se repartieron las tareas; el maestro se convirtió en intérprete oficial entre Kriegsweltz III por un lado y los altos mandos de la OTAN por el otro, mientras que Wolfgang Spengler quedó a cargo a la vez de servir como intérprete a todo el resto del mundo, y además, de comenzar a enseñarles idiomas y noticias del mundo exterior a los nativos del mundo subterráneo. Kriegsweltz III decidió que los príncipes que eran sus hijos, cinco en total, debían también aprender, de manera que pronto, Wolfgang Spengler se encontró como profesor de una familia real completa. Puesto a elegir el idioma que les iba a enseñar, Wolfgang Spengler juzgó mejor enseñarles inglés, por ser el más internacional de todos en la superficie.

Inicialmente, con mentalidad militar, el Brigadier Catroux se ciñó al plan de conseguir alguna clase de acuerdo de cooperación con Kriegsweltz III a la brevedad, pero el Kaiser Lama parecía más interesado por preguntar y aprender sobre los aspectos del mundo exterior. Pronto se hizo claro que su entusiasmo no era tanto curiosidad infantil por aprender acerca de un mundo que sólo conocía por leyendas, sino el cálculo maquiavélico de quien busca aprender todo lo posible acerca del mundo alrededor para detectar potenciales amenazas y descubrir potenciales ventajas estratégicas. De esta manera, Kriegsweltz III fue retrasando la toma de una decisión frente a las propuestas diplomáticas del Brigadier Catroux, a la vez que consiguió ir reteniendo a sus huéspedes por cada vez más tiempo.

En un minuto, viendo que su permanencia en el mundo subterráneo se iba a eternizar, el Brigadier Catroux solicitó autorización para enviar a un hombre, o al menos alguna clase de comunicación, hacia el mundo exterior para anunciar a sus superiores jérarquicos en la OTAN que habían conseguido entablar contacto exitoso con Kriegsburg; a esto, el Kaiser Lama respondió con una observación socarrona acerca de que los hombres de la misión, seguro que estaban bien atendidos y lo estaban pasando bien, y esa clase de preocupaciones bien podrían ser abordadas después. Entonces, el Brigadier Catroux entendió que ya no era realmente un huésped, sino un prisionero, o acaso un rehén.

Pasó el tiempo, y las clases se iban desenvolviendo con normalidad. Los alumnos de Wolfgang Spengler ahora había aprendido lo que significaba “repeat after me”, podían contar “one, two, three...”, etcétera, sin problemas, y andando el tiempo, las clases se habían ido convirtiendo en un híbrido entre inglés por un lado, y lecciones sobre la vida en la superficie por el otro.

– Pero no hay forma alguna de que escuchemos la Música de vuestro mundo – dijo la princesa Yaliana un día, en una clase, usando el “thy” inglés de una manera quizás algo impropia, y por ello humorística.

– Esperen… Quiero decir… Esperad un poco… Creo que se puede – dijo Wolfgang Spengler. – Esperad un poco, que ya vuelvo.

Wolfgang Spengler salió del salón en donde estaba impartiendo la clase, fue a su dormitorio, extrajo su walkman, que utilizaba muy rara vez para ahorrar las pilas, y regresó con él hasta el salón. Una vez ahí lo encendió. Entonces descubrió que había reproducido un lado entero del cassette en su interior, de manera que lo dio vuelta. Empezó a sonar (I’ll Never Be) Maria Magdalena, de Sandra, cuyos primeros acordes fueron recibidos con desconcierto, pero luego, al comenzar la parte melódica, la audiencia pareció relajarse e incluso disfrutarlo.

– Pero no entendemos nada – dijo la princesa Yaliana, protestando con humor. – ¿Podríais traducir?

– “Debería estar loca para compartir tu vida, ¿por qué no puedes ver lo que yo soy? Afila tus sentidos y gira el cuchillo, hiéreme y entenderás”… – tradujo Wolfgang Spengler, y entonces, un escalofrío lo sacudió al darse cuenta de que había sido muy irreflexivo de su parte, no haber elegido mejor la letra. Porque el rostro del príncipe Kriegsweltz se ensombrecía cada vez más, al tiempo que el de la princesa Yaliana se iluminaba, como si la cantante estuviera poniéndole palabras a aquello que la princesa, siendo una princesa, quizás no podía decir en voz alta. Quizás fuera sólo una impresión…

– Y, decidme, Wolfgang Spengler… ¿Cómo se llama esta canción, qué significa el título?

– “Yo nunca seré María Magdalena” – dijo Wolfgang Spengler, cada vez más hundido en su lugar, dándole vueltas en la cabeza a cómo salirse del problema, a dejar en claro que era sólo una canción, sólo Música, y no debía significar necesariamente algo más.

– ¿Y… quién es… María Magdalena? – preguntó la princesa Yaliana, ahora algo más imperiosa.

– Es… una mujer que… amaba a Jesús… – dijo Wolfgang Spengler, aludiendo al personaje que por cuya importancia cultural, había explicado algunas clases atrás. – Pero ella aceptaba que su hombre no la amara porque… bueno… es difícil de explicar, ni los propios historiadores se ponen de acuerdo…

– Amor – suspiró la princesa Yaliana, y su mirada, siempre altiva como correspondía a su rango, se tiñó de un dejo de melancolía. – Un lujo para los plebeyos, ciertamente. Porque esa chica… Sandra… lo es, es una plebeya, ¿no?

Wolfgang Spengler asintió, mientras la mirada de la princesa Yaliana se perdía a lo lejos por un instante, y el príncipe Kriegsweltz apretaba los labios de manera taimada y colérica.

– ¿Y eso es lo que tiene para ofrecer el mundo de la superficie? – preguntó finalmente el príncipe Kriegsweltz, con un tono de voz que pretendía ser irónico, pero sin poder o sin querer disimular la hostilidad. Y luego añadió, con tono de velada amenaza: – Creo que me va a gustar aprender de ellos. Algún día seré el Kaiser Lama de Freilande, y voy a tener que aprender cómo lidiar con ellos.

– No quiero causaros una mala impresión, príncipe – intentó disculparse Wolfgang Spengler.

– Un mundo en donde las mujeres se quejan de los hombres no puede ser un mundo bueno – dijo el príncipe Kriegsweltz, con voz sorda. – Nosotros guerreamos por ellas, las protegemos, las mantenemos seguras mientras crían a nuestros hijos. ¿Y así es como las mujeres de la superficie lo pagan? ¿O acaso los hombres de allá no lo son tanto como los de acá? Creedme, Wolfgang Spengler, ahora entiendo muy bien por qué preferís estar aquí, en vez de amancebado o casado con… una de ésas.

Wolfgang Spengler se quedó callado por un instante, no supo que responder, pero aprovechó el instante de silencio para tratar de retomar la clase: pulsó STOP en el walkman, y con nerviosismo, intentó recuperar la compostura, y anunció que iba a enseñarles algunos verbos en inglés.

En los días siguientes, las impresiones del príncipe Kriegsweltz acerca del mundo de la superficie, no parecían mejorar. El daño parecía estar hecho.

Mientras tanto, Wolfgang Spengler aprovechaba el tiempo de manera febril. A sus labores como profesor de inglés e intérprete, se sumó la lectura de los libros del mundo subterráneo. Inicialmente era interrumpido en esta labor cada dos o tres minutos porque alguien exigía su ayuda para traducir tal o cual cosa, pero pronto Paulette Vignard, la bióloga, y Jerry Marshall, el geólogo, se volvieron su tabla de salvación. Ambos trabajaban incansablemente para estudiar los aspectos científicos del mundo subterráneo, pero para ello necesitaban apoyarse en los registros de la civilización bajo la superficie, que por supuesto, estaban contenidos en libros y archivos que sólo Wolfgang Spengler podía traducir. De esta manera, Wolfgang Spengler encontró pretexto para estar siempre ocupado.

Para entender mejor ciertos aspectos de la Historia de Freilande, Wolfgang Spengler aprovechó un minuto de tiempo libre, y se puso a husmear entre los libros de la Biblioteca Real. Hojeó de manera distraída varios volúmenes, pero todos ellos parecían ser increíblemente elusivos sobre ciertas materias.  No parecían haber libros perdidos ni páginas arrancadas, pero de alguna manera, la selección de libros parecía hecha a propósito para tender un manto de oscuridad sobre los detalles a través de los cuales la dinastía de Kriegsweltz III había llegado al poder, más o menos a comienzos de lo que en la superficie terrestre sería el siglo XX.

– ¿Os puedo ayudar en algo? – se oyó una voz femenina, cantarina. Wolfgang Spengler se dio vuelta, y se encontró con la chica que parecía asistir a la princesa Yaliana. Su nombre era Darma, como se la habían presentado a Wolfgang Spengler en los primeros días de la misión.

– ¡Ah! Hola… Quiero decir… Buenos días… Usted…

– Disculpad el hablaros y distraeros – dijo Darma, con perfecta compostura. – La princesa desea haceros saber que tiene una preocupación especial por vos, que aprecia mucho vuestros intentos por enseñar cosas acerca de la superficie, y… me ha pedido que os asista si necesitáis ayuda con algo.

– Bueno, no sé… En realidad, quería saber un poco más sobre el origen de la dinastía del Kaiser Lama – dijo Wolfgang Spengler. – Me gusta la Historia, y…

– Entiendo – dijo Darma, y sus ojos brillaron al oir esto. – No creo obrar con demasiada indiscreción si os llevo hacia los aposentos de la princesa.

– ¡Oh, pero yo…! No, quiero decir… la prometida del príncipe heredero…

– ¡No os aflijáis! – dijo Darma, en apariencia divertida ante los escrúpulos de Wolfgang Spengler. – No os haré pasar al dormitorio mismo… Sólo a la habitación en donde ella tiene sus propios libros.

Wolfgang Spengler recordó entonces que la princesa Yaliana era extranjera, y por tanto, hacía sentido que acarreara sus propios libros consigo.

Darma guió a Wolfgang Spengler hasta los aposentos de la princesa Yaliana. En efecto, los mismos se dividían en cinco habitaciones: el dormitorio, un cuarto de baño y limpieza, un estudio, un dormitorio para el personal asistente, y un pequeño salón para recibir invitados. Darma hizo pasar a Wolfgang Spengler a través del cuarto de recepción hacia el estudio. El mismo era pequeño, sin lugar a dudas, pero había anaqueles con libros en todas las paredes. La princesa Yaliana era sin lugar a dudas una mujer instruida.

– Aquí está – dijo Wolfgang Spengler, luego de hojear varios libros. – Creo que éste me servirá.

Se oyeron voces afuera: Wolfgang Spengler reconoció las del príncipe Kriegsweltz y la de la princesa Yaliana. Instintivamente salió del estudio al cuarto de recepción, cargando todavía el libro consigo sin darse cuenta; Darma fue detrás. En efecto, eran el príncipe y la princesa.

– ¡Wolfgang Spengler! – soltó Kriegsweltz. – ¡Pero qué hacéis aquí, en el cuarto de mi prometida!

Entonces Kriegsweltz miró a Darma, que salía desde la habitación atrás, y fulminó a Wolfgang Spengler con la mirada. Wolfgang Spengler alcanzó a notar que Darma bajaba la mirada, avergonzada.

– Ciertamente, tenéis asuntos más importantes que hacer en otra parte, plebeyo – dijo el príncipe Kriegsweltz, con petulancia.

– Sí, Excelencia. Ya me retiro – dijo Wolfgang Spengler, usando un título que no correspondía de acuerdo al protocolo, simplemente por nerviosismo. Empezó a caminar hacia la puerta, abochornado, cuando de pronto recordó el libro que seguía en su mano, se detuvo, miró a la princesa, y dijo: – Disculpe… Disculpad, perdón… princesa, me estaba llevando sin querer…

– ¡Oh! El libro de Historia que escribió Ebkenov – dijo la princesa Yaliana. – Ciertamente sois tan erudito como demostráis en vuestras clases. Lleváoslo si precisáis leerlo, lleváoslo y ya me lo restituiréis, que muy provechosa lectura es.

– ¿Provechosa? – dijo el príncipe Kriegsweltz. – Mi prometida, debéis saber que este libro está prohibido en Freilande.

– Pero sólo vos sabéis que yo tengo un ejemplar, ¿no? El señor Wolfgang Spengler ha mostrado ser hombre preocupado, y no perdería mi ejemplar, de manera que si algo sucediere a ese respecto, sería mucho el enojo con mi prometido, que es el único que sabe de esto.

Y mirando a Wolfgang Spengler con gentileza e incluso afecto, la princesa Yaliana lo despidió con un gesto de la mano, parsimonioso y algo altivo, pero amable. Este no se hizo repetir, y después de hacer venias apresuradas, salió caminando de los aposentos de la princesa Yaliana con el corazón en la boca, pero el libro aún en la mano.

Siguieron pasando los días. Wolfgang Spengler empezó a acostumbrarse cada vez más a su vida. Como en el fondo era un ratón de biblioteca, no se sentía realmente encerrado en el mundo subterráneo. Ayudaba mucho, por supuesto, que Darma se las arreglaba con facilidad cada vez mayor, para encontrar pretextos e ir a acompañarlo y asistirlo en sus investigaciones. Wolfgang Spengler no se atrevía a decir nada, pero en su interior, empezó a sopesar la posibilidad de quedarse al lado de Darma, para siempre en el mundo subterráneo. Pero, ¡ay!, ella era una aristócrata, y él un simple plebeyo…

Sin embargo, no era lo mismo para todos los expedicionarios. Los soldados de la OTAN habían sido elegidos entre lo más granado y lo mejor, varios de ellos habían participado de misiones en el Tercer Mundo, y en general, estaban entrenados para muchas cosas. No podía decirse lo mismo de los reclutas chilenos, cuya selección había sido algo irresponsable porque sus superiores del Ejército de Chile habían pensado que la misión entera era una soberana tontería, pero estos reclutas se las arreglaban para mantenerse cuerdos como mejor podían. Y sin embargo…

Uno de los soldados de la OTAN, acabó por sucumbir. Por alguna razón, en su hoja de antecedentes no se había registrado que durante un ejercicio de combate, había caído una pared encima suyo, y había pasado dieciséis horas tratando de respirar y mantenerse vivo sin sucumbir al dolor de un brazo quebrado. Había conseguido salir al final, con muchos esfuerzos, y además con un estrés postraumático y una claustrofobia nunca bien tratados; ahora, estar metido dentro de una gruta gigantesca a cientos de metros bajo tierra durante tantos días sin ver la luz del Sol, estaba enloqueciéndolo lentamente, y más aún porque la misión, que se suponía breve, se alargaba sin término a la vista.

Y de pronto, el soldado en cuestión salió a la calle, armado con su fusil, gritando incoherencias mientras movía la cabeza hacia un lado y otro de manera tal que las babas se le salían de la boca y chorreaban a su alrededor, y apretó el gatillo y disparó a nadie en particular. Pero era una calle, había gente caminando, y hubo varias bajas. Podrían haber sido incluso más, pero los soldados de Kriegsburg acribillaron al hombre de la OTAN, que murió con una expresión casi de felicidad suprema en el rostro.

Indignado, Kriegsweltz III llamó al Brigadier Cartroux a conferenciar. Este tuvo que hacer lo imposible para aplacar al Kaiser Lama. El mismo parecía tomárselo con prudencia, y prefirió no escalar el conflicto. Pero entonces todos los miembros de la expedición, que hasta el minuto tenían lo que podía ser llamado una libertad vigilada de movimientos, quedaron confinados al Palacio de Kriegsburg. Ahora, su estatus de prisioneros del Kaiser Lama era virtualmente oficial.

Próximo episodio: "Cerca del ojo del huracán".

domingo, 8 de enero de 2017

La muerte de Carrie Fisher: El principio del fin de una era.

¿Esto es un rescate? ¿Vienen hasta acá, pero no tienen un plan para salir...?
Entre la larga serie de noticias catastróficas de 2.016, que incluyó una Navidad con cuatro desastres a falta de uno, en la cola nos encontramos con la muerte de Carrie Fisher, el 27 de Diciembre pasado, la actriz que se hizo mundialmente famosa luego de encarnar a la princesa Leia Organa en Una nueva esperanza, por ese entonces llamada La guerra de las galaxias a secas. Y El Imperio contraataca. Y El regreso del jedi. Y El despertar de la Fuerza. Y en Rogue One no, porque ahí la recrearon con CGI. ¿Spoiler, lo anterior? Vamos, si les importa Star Wars entonces ustedes ya vieron esta película, no en balde a la hora de dejar programado este posteo para publicación, Rogue One ha recaudado 829 millones de dólares a nivel mundial. A Carrie Fisher, el rol de princesa Leia la consagró como uno de los más importantes iconos populares del cine del siglo XX, qué duda cabe de ello.

En términos fílmicos puros y duros, no se puede decir que la carrera de Carrie Fisher haya dejado una huella profunda en la Historia del Cine. Aparte de la Princesa Leia, ningún otro personaje suyo llegó realmente a quedar en el recuerdo, sea como icono popular, o sea como actuación memorable para las edades. Incluso el grueso de sus películas, tienden a ser más bien de segunda línea, y aquellas que sí se hicieron un huequito en la memoria popular, poca gente recuerda que Carrie Fisher actuó ahí. Todos recuerdan Cuando Harry conoció a Sally de 1.989 por la célebre escena del orgasmo fingido de Meg Ryan, pero pocos recuerdan que Carrie Fisher interpretaba ahí a la mejor amiga de la protagonista. En Hannah y sus hermanas de 1.986, dirigida por Woody Allen, las tres hermanas que le dan título a la película vienen interpretadas por Mia Farrow, Barbara Hershey y Dianne West; una vez más, el rol de Carrie Fisher es secundario. En cuanto a la película Recuerdos de Hollywood de 1.990 (Postcards from the Edge, Postales desde el filo en España), es recordada y comentada por estar basada en una novela con aspectos autobiográficos de Carrie Fisher, pero no mucha gente recuerda esa película por más que haya salido al candelero por estos días, aunque el personaje protagónico y sustituto de la autora, venía interpretado nada menos que por Meryl Streep. En definitiva, Carrie Fisher hizo más bien historia por ser la princesa Leia, que por una carrera actoral nutricia.

Algunas veces ha querido verse en esto una cierta maldición de Star Wars, de que los actores de la saga se volvieron tan icónicos que ya nadie podía verlos en roles diferentes. Esto es discutible, por supuesto. Harrison Ford consiguió escapar de la maldición, aunque lo logró sólo después de interpretar a Indiana Jones, combatiendo fuego con fuego al salirse de la sombra de su icónico Han Solo vía meterse en la sombra de otro personaje icónico más. Lo de Carrie Fisher en cambio fue consecuencia de una serie de circunstancias, pero no exactamente porque los estudios no la quisieran. No por nada, su nombre estuvo sobre la mesa para varios roles históricos: piensen en que a la hora de consideraciones para papeles, ella pudo haber sido Lois Lane en Superman en vez de Margot Kidder, Vicky Vale en Batman en vez de Kim Basinger, la novia de Al Pacino en Caracortada en vez de Michelle Pfeiffer, la prostituta de Taxi Driver en vez de Jodie Foster, Catherine Tramell en Bajos instintos en vez de Sharon Stone, la amante psicópata de Atracción fatal en vez de Glenn Close, Thelma en Thelma y Louise en vez de Geena Davis, una mafiosa en El honor de los Prizzi en vez de Anjelina Houston, la instructora de Tom Cruise en Top Gun en vez de Kelly McGillis, la jefa de la protagonista en Secretaria ejecutiva vez de Sigourney Weaver, la prostituta en Mujer bonita en vez de Julia Roberts, la chica de Máxima velocidad en vez de Sandra Bullock, la madre de Kevin en Mi pobre angelito en vez de Catherine O'Hara... Es probable que alguna de las actrices mencionadas se hubiera quedado en las ligas menores por el resto de su carrera si Carrie Fisher hubiera tomado algunos de esos papeles, que significaron el estrellato automático para varias de la lista. En algunos casos Carrie Fisher fue descartada, en otros decidió no tomar el rol, pero el hecho de ser considerada para tantas películas de primera lista revela que los estudios no la consideraban tan encasillada en su rol de la princesa Leia como se piensa habitualmente.

Para empezar a reconstruir todo este lío, partamos por el origen. Carrie Fisher era hija de Debbie Reynolds y Eddie Fisher, dos actores de la era clásica de Hollywood. Pero el matrimonio se disolvió cuando Carrie tenía apenas dos años. ¿El motivo? La mejor amiga de Debbie Reynolds se quedó viuda cuando su marido falleció en un accidente de aviación, y cuando esa mejor amiga ahora viuda es Elizabeth Taylor, una de las grandes bombas eróticas del Hollywood clásico, las muestras de amistoso confort que le pueda dar a la viuda el marido de su mejor amiga pueden transformarse en... divorcio y matrimonio. Lo chistoso del caso es que después, una vez que la Taylor y Fisher se divorciaron, Debbie Reynolds perdonó a la rompehogares, y retomaron su amistad. Incluso, en 2.001 trabajaron juntas en la que sería la última película rodada por Elizabeth Taylor, y que sería Esas chicas fabulosas. ¿Quién escribió el guión? Carrie Fisher.

Madre e hija: Debbie Reynolds y Carrie Fisher hacia 1.959.
Es muy posible que todo este culebrón haya incidido en la relación tortuosa que tuvo Carrie Fisher con su familia. De su padre biológico, no parece haber sido mucho de bueno lo que tenía que decir. Cuando su padre reeditó su autobiografía añadiendo unos cuantos detalles picantes, Carrie Fisher dijo: "Eso es todo. Voy a hacer que fumiguen mi ADN". Aunque con típico sentido de la burla respecto de ella misma, dijo de su marido, Paul Simon: "Mi padre era un judío bajito. Mi marido fue un judío bajito. Figúrense". Con su madre también tuvo una relación bastante conflictiva, aunque luego se abuenaron con los años. Se ha dicho repetidas veces que Recuerdos de Hollywood, una película sobre una actriz de Hollywood adicta a las drogas y su madre, es una crónica del conflicto de Carrie Fisher con Debbie Reynolds, pero ella ha tendido a negarlo, señalando que es una ficción, y los parecidos son coincidencias. Cierto o no, es un misterio para las edades, ahora que las dos se fueron. Con la nada de diferencia, porque como sabemos, Debbie Reynolds sobrevivió apenas un día a su hija. Y por una vez en la vida, no voy a soltar un sarcasmo o hacer un chiste de esto porque es algo muy triste de mencionar. La vida puede ser muy horrible a veces, pero creo que (casi) nadie se merece la infelicidad de tener que enterrar a su propio hijo.

Por supuesto, en sus días primigenios Carrie Fisher podía haber sido apenas otra actriz más de Hollywood, pero luego le llegó el rol de la princesa Leia. De la manera más impensada. Ella fue al casting de... Carrie, de Brian de Palma. En efecto, Carrie White pudo haber sido interpretada por su tocaya Carrie Fisher. Por su parte una colega suya, una tal Sissy Spacek, se le ocurrió ir al casting de La guerra de las galaxias, dirigida por un novato llamado George Lucas, y que en esos años tenía un par de créditos como director de películas. Pero Lucas y de Palma eran más o menos amiguetes, hicieron su casting juntos... y ambas actrices terminaron cambiadas, Carrie Fisher como la princesa Leia y Sissy Spacek como Carrie White. Material para una narración ucrónica: Carrie Fisher desnuda y sufriendo la menarquia en la ducha, en la mítica primera escena de la Carrie de 1.976, con Sissy Spacek embutida en un bikini de metal y siendo babeada por Jabba el Hutt en El regreso del jedi.

Hoy en día es difícil ver lo revolucionario que fue para su tiempo el personaje de la princesa Leia en el cine. En la época todavía era habitual que las chicas estuvieran en las películas para pasar peligro y ser rescatadas. En ese sentido, La guerra de las galaxias de 1.977 juega sus cartas de la manera habitual: hay una princesa prisionera en el castillo del villano, sólo que en este caso no es un castillo sino una estación espacial, y el grupo de héroes debe ir al rescate. Primera subversión de los cánones de la época: los héroes tienen que abrirse paso sin planes previos y a punta de pura improvisión. Y segunda y mayúscula subversión: cuando la princesa Leia es sacada del calabozo y aparecen los stormtroopers, los espectadores de la época muy seguro esperaban una escena de glorioso heroísmo por parte de los jovencitos, con la rescatada poniéndose a un lado con cara de susto para no estorbar... y lo que obtuvieron fue una chica que, rompiendo todos los cánones del género, agarra ella misma un arma, se carga a algún stormtrooper sin el menor asco, y termina siendo ella la que propone una ruta de escape, y además se ríe en la cara de la extrema impericia de los machos rescatadores. Hoy en día, lo repetimos, las chicas duras y de armas tomar son parte del paisaje, y ya nadie espera que en una película, la chica esté ahí puesta sólo para chillar, aunque siga sucediendo con cierta frecuencia, pero... ¿en 1.977...?

Por supuesto, después vino el célebre romance entre Leia y Han Solo en El Imperio contraataca. Romance que, según se rumorea, su guión fue más o menos escrito o sugerido entre los dos, porque los diálogos del guión original eran basura. Que diálogos románticos similares hayan sido escritos por George Lucas en la Trilogía Precuela y que éstos hayan resultado una peste, le dan combustible a esta teoría. Seguro que el poder escribir sus propios diálogos, ayudó mucho a la química desplegada por Ford y Fisher en pantalla. Bueno, con los años Carrie Fisher confesó que el romance no fue sólo en la pantalla. Chismografía de Hollywood.

¿De verdad, realmente de verdad, creían que yo no iba a incluir el leiakini? Qué poco me conocen.
Lo que nos lleva de cabeza, por supuesto, al célebre bikini de metal en El regreso del jedi, por no hablar del increíble regusto fetichista que tiene la escena de la ejecución de Jabba el Hutt. A lo largo de los años, Carrie Fisher trató de distanciarse de esta escena, e incluso se dice que llegó a sugerirle a Daisy Ridley, la protagonista de El despertar de la Fuerza, no dejarse sexualizar del modo en que pasó con ella, allá en 1.983. Pero, en su clásico estilo sardónico, Carrie Fisher se las arregló para darle la vuelta al rol. En una ocasión, un patán la recriminó por el famoso bikini de metal que usa la princesa Leia: "¿Qué se supone que le voy a decir a mi chico acerca de por qué ella está en esa vestimenta?". La gloriosa respuesta de vuelta: "Dígale que una babosa gigante me capturó y me forzó a usar ese estúpido traje, y entonces la maté porque no me gustaba". Ahorcando a la babosa con una cadena, por supuesto. Lo dicho, regusto fetichista nivel Dios.

Y mientras menos hablemos de la cara narcoléptica de Carrie Fisher actuando y recitando diálogos como sonámbula en el Star Wars Holiday Special, tanto mejor.

Hablando de cara narcoléptica. Una parte importante de por qué la carrera de Carrie Fisher nunca terminó de levantar el vuelo, radica por supuesto en su publicitada adicción a las drogas. Hablamos de alguien que tuvo toda la complicada vida familiar que mencionábamos más atrás, y a quien le vino la fama de golpe con el rol de la princesa Leia. Hablamos también de alguien que padecía de un desorden bipolar. La tormenta perfecta. Por supuesto, los estudios de cine no son tan comprensivos en esta materia. Para ellos es cuestión de dineros, porque el cine es un negocio. Cada día de rodaje cuesta una enormidad de dinero porque se deben pagar los sueldos de los actores y de los técnicos, y si se está rodando en locaciones, muy frecuentemente hay que pagar también arriendos y permisos. Un día perdido de rodaje porque una de las estrellas principales está friéndose lentamente el cerebro con químicos que la han puesto en la quinta nebulosa, es un golpe recio contra la contabilidad de la empresa. A los estudios no les gustan las estrellas drogadictas. Lindsay Lohan sabe un par de cosas sobre esto.

Pero sospecho que había otro motivo, además. En Hollywood, suele suceder que las chicas deben jugar la carta de la eterna sonrisa: siempre glamorosas, siempre dispuestas, siempre frescas y radiantes, y sobre todo, nunca decir aquello que no quieren decir. Una chica de Hollywood debe ser bonita y además dar la apariencia de ser disponible, siquiera en fantasía. Incluso hasta los comentarios rompedores deben ser medidos: se debe romper con las convenciones sólo en aquello que se haya hecho convención que se puede romper. Carrie Fisher en cambio, y ya hemos soltado un par de perlas suyas para probarlo, estaba hecha de otra madera. Era demasiado inteligente como para dejarse aplastar así. ¿Las babosas de los grandes estudios querían venderla ad infinitum como una chica en un bikini de metal? Ya se encargaría ella de ahorcarlos con su lengua filosa. Palabras suyas: "No puedes encontrar un cariño verdadero en Hollywood porque todos falsifican el afecto tan bien". También las emprendió con el tema de la inevitable ligazón de las actrices a la edad fértil: "Las chicas son contratadas sobre líneas procreativas. Después de los cuarenta, estamos cocinadas". Incluso se atrevió con el mismísimo George Lucas que la lanzó al estrellato, aludiendo al mercadishing alrededor de Star Wars: "Firmé para que se llevaran mi aspecto. Cada vez que me miro en el espejo, tengo que enviarle a Lucas un par de dólares". Esa no es la clase de declaraciones que hace una chica interesada en que la contraten para grandes producciones de Hollywood, por supuesto. Desde los tiempos bíblicos, los reyes del mundo siempre han querido chicas sumisas alrededor suyo, y siendo Hollywood la nueva Sodoma y Gomorra...


Pero esa inteligencia privilegiada le dio un nuevo e inesperado filón: trabajar como script doctor. En Hollywood, el script doctor es una figura algo nebulosa. Esencialmente, es la persona a la que llaman cuando los productores están casi listos con un guión, pero hay ciertas cosas que desean pulir: la estructura, el ritmo de la narración, ciertos diálogos, perfilar mejor a tal o cual personaje, esa clase de detalles. El trabajo detallista que viene después de la obra gruesa, por decirlo así. El ojo penetrante de Carrie Fisher para la frase precisa, le hizo abrirse paso a películas como Hook, El último héroe en acción, Arma mortal 3 o Bourne: El ultimátum, entre otras. ¿Cuánto y en qué contribuyó a cada uno de estos guiones? Es posible que nunca termine de saberse. Al script doctor no se lo llama para reescribir un guión, sólo para pulirlo. Por su parte, normas gremiales de Hollywood, un guionista sólo es acreditado si ha contribuido con al menos el 50% de un guión original, o el 33% de una adaptación... y muchas veces, los estudios no están interesados en que se sepa por cuántas manos ha pasado la reescritura de un guión. Como si nosotros no nos diéramos cuenta de las chapuzas, cuando finalmente vemos las películas, y vamos contando felices cómo se acumulan los sinsentidos, los cuales surgen muchas veces de las cincuenta millones de reescrituras del guión. Pero Carrie Fisher, se dice, era de las buenas en lo suyo. Considerando su ojo clínico para la frase precisa, no me cabe duda de ello.

La muerte de Carrie Fisher remeció al respetable por varias buenas razones. Por el carácter icónico del personaje al que encarnó, por supuesto. Pero también porque, fallecida con apenas sesenta años, ella pertenece a una generación que, se supone, todavía no le llegaba el tiempo. Tanto es así, que falleció incluso antes que su propia madre; aunque como mencionábamos, Debbie Reynolds la siguió a la tumba apenas un día después. Pasa de tarde en tarde que algún actor joven fallece por una u otra circunstancia. En 2.016, por ejemplo, debimos lamentar la muerte de Anton Yelchin, que con talento y veintisiete años, tenía todas las papeletas para evolucionar en el futuro como una posible leyenda viviente del cine. Pero lo de Yelchin fue un accidente infortunado, y muchas otras muertes de artistas jóvenes se deben al desenfreno, las drogas, y en algún caso debido a algún fanático desquiciado que les descerraja una bala o les mete una puñalada. La muerte de Carrie Fisher, en cambio, fue una muerte de vieja... a una edad en la que nadie esperaba verla partir todavía. Es cierto que la Fisher tuvo una vida de intensa camaradería con las drogas, y eso deteriora su buen resto la salud, pero aún así. Uno esperaría que partieran símbolos sexuales que ya andan en la setentena u ochentera, como Jane Fonda o Brigitte Bardot, no una chica que tenía apenas sesenta, que hoy en día vienen siendo los nuevos cincuentas.

Y este tema generacional golpea fuerte. Cuando pensamos en muertes de actores de cine, en 2.016, todavía pensamos en el Hollywood clásico, en las estrellas de la década de 1.950, o a lo sumo, la de 1.960. En 2.016 falleció Carrie Fisher con sesenta años, pero también cumplieron cien, o sea cuarenta años más, veteranos como Kirk Douglas, cuyo ápex fue en la década de 1.950, u Olivia de Havilland, que fue estrella de las décadas de 1.930 y 1.940. Carrie Fisher es la primera gran estrella de la década de 1.970 que fallece de vieja, en vez de irse por accidente, drogas o asesinato. No es el primer actor de Star Wars que fallece; varios otros ya están a dos metros bajo tierra, y en el mismo 2.016 también sentimos la partida de Kenny Baker, que interpretó al mítico R2D2. Pero Carrie Fisher, junto con Mark Hamill y Harrison Ford, son sin duda los más míticos actores de Star Wars, entre todos ellos. Es decir, ya hablamos de que la parca empezó a llevarse a actores que no son de la Generación Silenciosa, sino que ya son de la Generación del Baby Boom. De pronto, todos los que crecieron con Star Wars, en particular los que rondan la treintena, o cuarentena, o ya andan cerca de la cincuentena, se pueden sentir ellos mismos un poquito viejos, lo que es algo triste si se piensa que en su minuto, Star Wars impresionó y maravilló más a los niños más que a los adultos. En cierta medida, la muerte de Carrie Fisher marca para muchos frikis el fin de la infancia, y el comienzo de la ancianidad... en muchos casos sin adultez de por medio.



sábado, 7 de enero de 2017

¡Breve postergación: No olvides opinar sobre el cine de 2.016!


Hace algunos meses atrás, dejamos abierta la opción para los lectores de la Guillermocracia, de hacernos partícipes de su opinión acerca del cine de 2.016. Una combinación desafortunada de falta de promoción y distancia en el tiempo respecto de la convocatoria, parecen haber sido fatales para la iniciativa, que no ha tenido mucha acogida. Porque quiero pensar que es eso, y no desinterés de los lectores, lo que sí sería catastrófico. De manera que, hacemos un último llamado. El plazo para dejar las opiniones respectivas, queda postergado hasta el próximo Domingo 15 de Enero de 2.017. En las condiciones que comentábamos en su minuto; hacer el favor de seguir el enlace hasta el posteo respectivo para los detalles. ¡Ahora sí, es la última oportunidad! ¡Si alguien tiene algo que decir sobre el cine de 2.016, que hable ahora o calle para siempre! ¡Ciudadano de la Guillermocracia, apoya a esta iniciativa, para que la repitamos en un futuro! ¡Recuerda, el poder de opinar... ES TUYO!

Y ahora sí. Opinen aquí. Ya están tardando.

miércoles, 4 de enero de 2017

Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta - Episodio 2.


Como buen bar de mala muerte, había oscuridad, borrachos, y un profundo olor que era mezcla de cerveza rancia y efluvios corporales cuya composición exacta era mejor no averiguar. En dicho lugar, un par de fulanos flacos bajaban una botella de cerveza barata, mientras reían de chistes primarios sobre homosexuales, y partes corporales femeninas. De pronto, se quedaron callados; un hombre alto y corpulento, de bigote negro con canas incipientes, se acercaba a ellos. El hombre corpulento se sentó.

– Buenas tardes, caballeros… – dijo el hombre corpulento, con un tono de voz que evidenciaba a la vez una extracción popular y modales sarcásticos.

– Casha, hueón, el ca’allero aquí es fino – dijo uno de los compinches al otro. Se rieron con las bocas muy abiertas, y el que había hablado movió la cabeza, bebió un sorbo de cerveza con displiscencia, y luego se dirigió al hombre corpulento. – ¿Y? ¿Quipá…?

– Soy el que habló por teléfono por la pega – dijo el hombre corpulento. – Reliquias arqueológicas.

– ¿Acá en Santiago? ¿Estái hueón? Hueás así, es pa’l norte, ca’allero.

– Sí, hueón – dijo el hombre corpulento. – Allá es donde los arrestaron a los dos, par de giles, por andar contrabandeando hueás ‘e los sitios arqueológicos de por allá. ¿En Arica, Iquique, fue eso...?

La expresión burlesa en el rostro de los dos hombres flacos, simplemente desapareció.

– Yo tengo un dato de dónde es la cosa. Entramos, robamos, salimos, después miti-mota, 50 ustedes y 50 yo.

– No, pueh, ca’allero. 33, 33, 33. Si no, no.

El hombre corpulento se pasó la yema de los dedos por el bigote, tapándose por un segundo la boca, mientras miraba hacia abajo. Luego tomó aire y habló con solemnidad.

– OK, giles… 33, 33 y 33. Pero voh, hueón… no me gusta que me hablen así. Así es que… con cuidaíto, ¿estamos?

Los dos flacos se miraron entre sí, y aceptaron, con la cabeza algo baja.

– ¿Quién de ustedes es el Yoni?

– Yo soy el Yoni – dijo el flaco a quien el hombre corpulento había confrontado. – El es el Bráyan.

– Muy bien. Ya lo dije por teléfono, pero se los repito. Pueden llamarme Braulio.

Un rato después, el smartphone de Leandro recibió un whasapp de Braulio: “Todo listo”. Leandro lo vio, y asintió. Braulio siempre se las arreglaba para hacer las cosas bien. Si todo salía como correspondía, el yacimiento arqueológico que la empresa había encontrado por casualidad en el sitio de construcción del futuro condominio Corona de Amenofis, ya no iba a ser un problema.

Este episodio se titula: “Utendi et fruendi”.

Era la hora de almuerzo, y por primera vez en varios días, Vicente estaba sentado con el resto de la familia en un día de semana, en la casa de la población Santa Agustina. A su padre no se le pasó por alto lo cabizbajo de su hijo, y le habló para animarlo un poco:

– No te preocupes, hijo. Ya vas a ver que Dios lo arregla todo. Debe ser una parada ocasional.

Vicente miró a su madre, de quien venía la sangre mapuche que corría por sus venas, y le respondió a su padre:

– No, si no es eso, si igual están pagándonos, así es que parece que la cosa va a ser corta. Pero… no sé… Igual quieren que no hablemos algo, y… Bueno, si largamos lo que sucedió, puede que nos pongan en lista negra y no nos contrate ninguna otra constructora. El almacén igual no te deja tanta plata, las mermeladas caseras de mi mamita tampoco, y si yo no tengo trabajo, entonces…

El padre de Vicente bajó la cabeza y entrecerró los ojos. Luego los abrió, y miró a su hijo con fijeza.

– Hijo… Siempre hay que ir por la vida mirando de frente, con honradez. Lo primero es vivir tranquilo con la conciencia, porque no se te olvide que allá arriba hay un Dios que lo sabe todo y lo juzga todo.

– Igual, no sé cómo hacerlo. O sea… A lo mejor igual no es nada. Lo que pasa es que… – dijo Vicente, y luego se interrumpió. Pero luego miró a su madre, que prestaba atención a sus palabras, y decidió hablar. – Encontraron ruinas, o restos, o… no sé. Algo de antes de los españoles. Dijeron que iban a ser unos días, que iban a ver cómo rescataban las cosas, e iban a seguir cavando, pero… no sé… ¿esas cosas no debería verlas alguien, un científico o… no sé…? Además, si voy y digo lo que pasa ahí, capaz que cierren la obra, y entonces nos quedamos yo y todos los demás sin pega. Así es que… no sé qué hacer…

– Mijo… – dijo la madre de Vicente, con los ojos humedecidos. – Usté es un joven recto, de bien. Usté, haga lo que su conciencia le diga. Lo que sea, Diosito lo va a iluminar y bendecir para adelante.

– Sí, mamita – dijo Vicente, indeciso.

OxxxOxOOOxOxxxO

En un restaurante almorzaban juntos Javier, el abogado al servicio de Ibis Blanco, y Llacolén, una de las ingenieras al servicio del proyecto Corona de Amenofis. Javier refería una anécdota que le había sucedido en la mañana, cuando había toreado de manera olímpica a un procurador que estaba en Cuarto Año de Derecho.

– El pobre hueón al final ni supo por dónde vino el camión que lo atropelló – dijo Javier con un dejo de desprecio en la voz, y luego se llevó la servilleta a la boca para limpiarse. A continuación de lo cual, notando que Llacolén no decía nada, le preguntó: – ¿Está bien, mi amorcito? ¿Qué pasa?

– Nada, Javier – dijo Llacolén con suavidad, apoyando el codo derecho en la mesa y bajando la cabeza de manera tal, que se acarició el cuello contra la palma de la mano derecha.

– Na’, si yo sé que algo le preocupa a mi pichoncito – dijo Javier, y luego, señalando el plato, dijo con ánimo festivo: – Ni siquiera te has terminado tu ensalada… Ya pueh, mi amorcito, dígame qué está mal.

Llacolén inhaló con fuerza, retuvo un segundo mientras pensaba lo que iba a decir, y luego, lo largó:

– ¿Javier, qué van a hacer con las ruinas ésas que pillaron en Corona de Amenofis?

– No tengo idea. Cuando estuvimos reunidos, parece que Almendra quiere denunciar, pero don Leandro, ni hablar. Le dije a don Leandro, a lo que se expone si no denuncia, pero… parece que quieren echarle tierra al asunto – dijo Javier. Y luego, se rio con suavidad. – Echarle tierra al asunto. ¿Eh? Echarle tierra… a una construcción…

Como Llacolén no reaccionaba, Javier suspiró, y habló de nuevo.

– Mi amorcito, pase lo que pase, hay que seguir adelante. A mí también me da lata que no pesquen lo de las ruinas, pero… ellos son los que tienen la plata, ellos son los dueños del lugar y quieren usar, gozar y disponer como propietarios que son, y… ellos mandan. Nosotros, tú, yo… a nosotros nos toca obedecer, que nos paguen, y nosotros después nos vamos a casar y vamos a tener una casa con piscina y dos o tres niños, y vamos a viajar al extranjero, y… además, no sé qué tanto es el drama. Igual, no es como que sean las únicas ruinas indígenas en Chile, así como para que los arqueólogos investiguen cosas, ¿no? Ya, pues, mijita. No se ponga así. Vamos a seguir, ¿no?

Llacolén sonrió, aunque había tristeza en su mirada, y tendió las manos, tomando las de Javier. Este sonrió. Luego, Llacolén se paró.

– Mi amorcito, tengo que ir al baño…

Mientras Javier se quedaba mirando con expresión algo embobada, Llacolén caminó hacia el baño del restaurante. Una vez ahí, Llacolén sacó el smartphone desde su cartera, y llamó.

– ¿Aló? ¿Vicente…? Hablas con Llacolén… Sí… Disculpa que me haya conseguido a la mala con el computador de la oficina tu número, por favor, realmente te pido disculpas por eso, pero… mira, estuve pensando la cosa, y… Necesito que me ayudes. Me dijiste que debíamos avisar eso de las ruinas, ¿no? La verdad… hagámoslo. Tengo un plan, pero necesito que me des una mano con eso. Así es que… ¿lo hacemos? ¿Vamos adelante…?

OxxxOxOOOxOxxxO

Al día siguiente, en la mañana, Llacolén pasó a la población Santa Agustina, a buscar a Vicente en su camioneta. Este abrió la puerta y se subió con lentitud, casi con algo que podía interpretarse como reverencia. Llacolén lo invitó a que se acomodara, con cierta frialdad. Luego partieron. Algunas vecinas que habían ido a comprar al almacén del padre de Vicente, o estaban barriendo la entrada de sus respectivas casas, y contemplaron la escena tratando de captar todos los detalles para preparar el comidillo del barrio. No todos los días se veía una camioneta del año y de tan buena marca, en un modesto barrio residencial como Santa Agustina.

– Vicente, ni tú ni yo podemos ir y avisar que aparecieron ruinas, o nos van a joder a los dos. Pero si hacemos una denuncia anónima, entonces van a tener que tomar cartas en el asunto.

– Una denuncia anónima, no nos va a creer nadie, sita Llacolén – dijo Vicente.

– Mi pololo me explicó… El es abogado – dijo Llacolén, y Vicente sintió una pequeña punzada en el corazón al oir que Llacolén tenía un pololo. – Bueno, mi pololo me explicó que el Ministerio Público debe investigar cualquier denuncia, incluso las anónimas. Deben a lo menos abrir una investigación, aunque después la saquen para un lado.

– Pero… ¿Vamos a ir al Ministerio Público? ¿Eso no es para los delitos?

– No. La denuncia hay que hacerla a la Gobernación Provincial. Ir al Ministerio Público sería irse muy en mala, y ahí si que nos revientan si nos pillan. Igual, si están tratando de taparlo todo… sería un delito, creo. Pero eso, que lo vea el Gobernador.

– Si es una denuncia anónima, no nos va a creer nadie.

– Por eso necesito tu ayuda. Mira, la construcción está en la precordillera, no hay un alma como en un kilómetro a la redonda. Ahí tienen apenas una caseta de guardia, así es que si nos pasamos por el cerco, podemos ir a donde está el pozo y tomar fotos. Si enviamos las fotos en un correo electrónico, con copias, e incluimos las fotos…

Vicente sonrió con entusiasmo.

– Tuviste una buena idea, Llacolén… Quiero decir… sita Llacolén…

Llacolén sonrió, aunque había tristeza en su mirada.

– Llacolén – dijo. – Pero sólo por hoy. En la construcción… ya sabes.

– Sí, por supuesto, sita Ll… eh… Llacolén.

OxxxOxOOOxOxxxO

Habían dejado la camioneta estacionada a bastante distancia del condominio, para evitar que el ruido de la pesada maquinaria de metal aplastando la gravilla del camino de tierra, los delatara respecto de la caseta de guardia. Considerando que la obra estaba parada, y que estaba en la precordillera, el guardia tenía realmente poco que hacer, por lo que cualquier ruido lo alertaría.

En la caseta de guardia misma, éste se encontraba mirando videos en su smartphone, cuando de pronto sintió que golpeaban el borde de madera de la puerta de malla de alambre y tela. Se levantó y preguntó.

– ¡Oiga! – dijo una voz femenina, claramente juvenil. – Se están pasando por la parte de atrás de la construcción.

– ¿Quién es usted, sita…?

– ¡Oiga! ¡Que se están pasando! ¡Vaya a ver!

Era muy raro que una chica, que por la voz parecía ser adolescente, estuviera en un lugar tan despoblado como los alrededores de Corona de Amenofis, pero no parecía haber riesgo de que cruzara la puerta. De manera que el guardia caminó algunos pasos más allá de la caseta, hizo de visera con la mano, y miró a la distancia. Y, en efecto, vio a dos figuras saltándose el cerco.

– ¿Aló? ¿Don Héctor? – dijo el guardia, reportándose con su jefe, el encargado de la empresa de seguridad. – Tengo una situación, parece que se están metiendo aquí. Voy a ver qué pasa.

– OK, Crístofer, pero tenga cuidado, y repórtese en cinco minutos, ¿bien? Voy para allá…

Crístofer avanzó, y empezó a dar voces, con la esperanza de que si lo oían gritar y eran vulgares ladrones, se asustarían y se irían.

– ¡Mierda, nos vieron! – dijo Vicente, escondiéndose junto con Llacolén detrás de una retroexcavadora. – Hasta aquí llegamos, Llacolén.

– Vámonos, ya no tenemos nada que hacer aquí – dijo Llacolén.

Un rato después, de regreso en la camioneta de Llacolén, y con la lengua afuera después de haber saltado por segunda vez la cerca a toda prisa y haber corrido su buena cantidad de metros alejándose de la construcción, Llacolén y Vicente descansaban un minuto.

– Bien… no salió la hueá – dijo Vicente, con frustración en la voz.

– ¿Ya te rendiste? – preguntó Llacolén. – Yo no saqué mi título de ingeniera a pesar de ser mapuche y mujer, porque me rindiera. Vicente… vamos a volver a la noche.

Mientras tanto, a mucha distancia desde ahí, en los faldeos precordilleranos, contemplando la construcción y sus alrededores con binoculares, una chica, la chica que había dado el soplo a Crístofer sobre la infiltración de Vicente y Llacolén, sonreía con picardía.

– Vicente… Llacolén… nos vemos a la noche.

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En el Aeropuerto José Toribio Benítez de Santiago de Chile, Annabelle caminaba con el paso firme y resoluto propio de una supermodelo, aunque en realidad no lo fuera. Ataviada con lentes oscuros, una blusa no demasiado ceñida, una minifalda apretada, y botas, guiaba a sus hombres mediante señales con la mano, mientras hablaba por celular.

– Almendra, soy Annabelle. Voy en camino hacia la oficina de Ibis Blanco. Quiero que allá conversemos acerca de la situación en Corona de Amenofis.

En otro punto de Santiago, Almendra Caballero, quien estaba saliendo de la oficina que tenía el senador Luque, respondió:

– Puedo estar en la oficina en unos treinta a cuarenta y cinco minutos.

– Bien. Allá nos vemos entonces – dijo Annabelle, y cortó la comunicación.

Próximo episodio: “La intervención de Arquitectura Oculta”.

domingo, 1 de enero de 2017

Erase una vez... "Erase una vez... el espacio".


Hace un tiempo atrás tuve ocasión de ver la serie de animación llamada Erase una vez... el espacio. Por primera vez en la vida, ya que no recuerdo que se haya exhibido en los televisores de mi época; tengo entendido que sí se exhibió en España, o al menos esa impresión da porque la vi doblada al español, gracias a algún alma caricativa que subió sus 26 episodios a YouTube. La verdad es que le tenía muchas ganas a la serie, por ser la siguiente obra de Albert Barillé, el hombre que de manera previa había creado la magnífica Erase una vez... el hombre. En algunas partes me había encontrado con que Erase una vez... el espacio era una especie de secuela a Erase una vez... el hombre, y tenía mucha curiosidad acerca de cómo iban a tratar el tema, considerando que el argumento de Erase una vez... el hombre es la Historia Universal, y por lo tanto no podían inventarse nada o casi nada, mientras que acá es el futuro, y por lo tanto, tenían que inventárselo prácticamente todo.

Recapitulemos un poco. Erase una vez... el espacio, cuyo título original en francés es Il était une fois… l'Espace, es la segunda serie creada por Albert Barillé, después de Erase una vez... el hombre, y fue estrenada en 1.982. A la larga, sería la única serie de Barillé directamente de narrativa de ficción; con posterioridad crearía otras series en las que volvería a darle primacía al factor didáctico, entre las que destacan Erase una vez... la vida y Erase una vez... las Américas. Eso sí, la serie intenta conservar un cierto valor didáctico, incluyendo cosas que podríamos calificar de trivia astronómica para condimentar un guión por completo de ficción.

El argumento en general, gira en torno a las peripecias de la policía galáctica que protege a una federación de mundos y de razas alienígenas entre las cuales se encuentra la Humanidad. La principal amenaza con la que deben lidiar, es la militarista nación de Casiopea, que parte la serie integrando la federación, para después separarse e intentar confrontarla y doblegarla por la fuerza; andando los capítulos, eso sí, surge otra amenaza en el horizonte incluso más grave, y que pone a la federación al borde mismo de la destrucción. En general, los primeros capítulos tienden a ser autoconclusivos, refiriendo aventuras aisladas de los patrulleros y con muy poca continuidad, mientras que a mitad de la serie, empiezan a surgir arcos argumentales de varios capítulos que a su vez arrastran consigo algunos elementos presentados en los primeros episodios, y que van a rematar en el inevitable gran final.

Los personajes son, en general, aquellos ya presentados en Erase una vez... el hombre, pero en otros roles, y con los protagonismos algo cambiados. Mientras que Erase una vez... el hombre era protagonizada por el binomio conformado por Pedro y el Gordo, aquí es su hijo Pedrito quien toma el relevo, emprendiendo misiones con una nueva compañera llamada Kira, así como con un robot llamado Metro primero y apodado Copito después, y que es una versión quejumbrosa y pedante del Maestro, quien aquí es su creador. En cuanto a Pedro y el Maestro, ambos aparecen como figuras de importancia en la policía galáctica y en el mundo científico de la federación respectivamente, pero en general pasan a ser secundarios de lujo. El Gordo por su parte es degradado casi a la categoría de cameo glorificado, lo que por supuesto es una lástima. También aparecen el Tiñoso y el Enclenque, ahora en el rol de mandos militares supremos en Casiopea; mientras que en Erase una vez... el hombre su rol era más bien el de villanos de comedia, aquí representan una amenaza mucho más seria, y en algunos momentos resultan ser tan fanáticos y ambiciosos que incluso dan miedo. Y en la serie anterior podían suscitar muchas emociones, pero miedo no solía ser una de ellas.


Lo que nos lleva a la cuestión de si esta serie es una secuela de Erase una vez... el hombre. Frente a eso, la respuesta es ambigua, y se puede interpretar como sí o como no. La serie se ambienta en un lejanísimo futuro en donde la Humanidad se ha extendido por toda la galaxia, e incluso envía expediciones de exploración a galaxias vecinas. Pero en un episodio se revela algo de la historia humana entre el siglo XX, y ese futuro lejanísimo; dicho episodio calza bastante bien con la historia del siglo XXI que describe el último episodio de Erase una vez... el hombre, obviando algunas discrepancias en los detalles. Pero aunque este episodio da pie para considerar a esta serie como una secuela de la anterior, otro episodio diferente revela que la Atlántida de verdad existió, lo que está bien en términos de ficción, pero que desde luego no es una verdad histórica desde ningún punto de vista, de manera que si aceptamos la tesis de que es una secuela, entonces deberíamos considerar a Erase una vez... el hombre no como una narración de la Historia Universal sino como una ficción histórica sobre eventos muy parecidos a los del pasado de nuestra civilización.

La serie en sí, revela bastante influencia de lo que eran los tópicos de la Ciencia Ficción a caballo entre la Nueva Ola y la segunda oleada campbelliana del género. Esto se vuelve obvio en la inclusión de varios elementos New Age muy en la línea del discurso ángeles ayer, extraterrestres hoy. En varios capítulos vemos que los seres adorados como dioses por humanoides de un mundo cromañón, o de un mundo parecido a la antigüedad grecorromana, o a los incas, en realidad son astronautas de la Tierra. Y a la inversa, se revela que las leyendas sobre la Atlántida son ciertas. Más aún, la serie incorpora elementos paranormales como por ejemplo la percepción extrasensorial, o la reencarnación y las vidas pasadas, todos tópicos muy de moda en la época de su producción. A ratos, la serie luce como un híbrido entre el cómic europeo autoconsciente de Ciencia Ficción de la época, y las cosmologías de Jack Kirby. Con algo de Star Trek arrojado en el medio, para condimentar. Incluso el final mismo de la serie, sin ser idéntico ni mucho menos, puede verse como un guiño a 2001: Odisea del espacio, película que en la época era el non plus ultra en materia de Ciencia Ficción. En lo personal me pregunto si el señor Barillé en las fechas de escribir los guiones había visto Mobile Suit Gundam, ya que el personaje de Kira con sus poderes extrasensoriales parece más que un poco inspirado en una chica similar en el mencionado anime japonés, aunque existen diferencias suficientes entre ambos personajes como para que no se trate de un plagio directo, si fuere el caso.

Uno de los aspectos más decepcionantes de la serie, es justamente su pretensión de tener valor didáctico, al igual que Erase una vez... el hombre. Y en esto, la serie lisa y llanamente no cumple. Algunos datos científicos sobre el Sistema Solar y el Universo son arrojados aquí y allá, un poco a desgana, tratando de darle espesor científico a la narrativa, pero luego, todo ese esfuerzo se va al caño por la incorporación de otros elementos. Está la mencionada inclusión de aspectos New Age en la narrativa, por supuesto, pero hay otros. Es claro que los guiones carecen de sentido de la escala, porque en algunos capítulos se demoran lo suyo en viajar a través del Sistema Solar, mientras que en otros viajan sin problemas hasta galaxias vecinas, así y como si nada. También está el hecho de que las diversas potencias que integran la federación se agrupan por constelaciones, cuando en realidad las mismas no existen como entidades en el espacio, y ni siquiera son cúmulos de estrellas, sino apenas reuniones ficticias de ellas que hacemos no según su posición absoluta en el cosmos, sino según cómo se ven desde la Tierra. Es cuando la serie intenta ponerse didáctica, que pierde la mayor cantidad de enteros, dentro de lo que por otra parte es un viaje muy disfrutable.

En lo que la serie brilla incluso para los estándares actuales, es en el aspecto estético. El diseño de las naves, estaciones espaciales y ciudades tiene un acabado simplemente impresionante. Pareciera ser que los dibujantes recogieron todos los conceptos de ingeniería espacial que eran lo más de avanzada en la época de la serie, y los vertieron en dibujos absolutamente gloriosos. Esto ayuda por supuesto a que parezca que estamos viendo un cómic de Ciencia Ficción europeo en movimiento. La estética de esta serie recuerda mucho a la película El quinto elemento estrenada década y media después, lo que no es casualidad considerando que dicha película era, muy en el fondo, un tributo a las mismas fuentes de las que debe esta serie animada. Pero lo que El quinto elemento planteaba en tono de broma, aquí va muy en serio, lo que por supuesto hace más espectacular el diseño de las naves y ciudades.


La serie puede parecer un poco ingenua para los estándares de hoy en día. Por supuesto que estamos frente a un producto infantil, y eso implica algunas limitaciones de cara a los niveles de sexo y violencia, aunque algún capítulo se sale con la suya mostrando a Kira en ropa interior, o exhibiendo el exterminio de bestias salvajes a disparo limpio de láser. Por otra parte, la serie es anterior a la revolución que significó el Cyberpunk, y por lo tanto, la informática y la robótica que presenta son ridículamente obsoletas, para los estándares actuales. También su estética es bastante brillante, en comparación a la moderna tendencia del género que es mostrar futuros con máquinas y ciudades gastadas, oscuras y herrumbrosas. Pero se le perdona porque, como es obvio, eran las tendencias de la época.

En lo que sí la serie resulta enormemente actual, es en los valores. Al igual que Erase una vez... el hombre, esta serie pone un énfasis supremo en ese conjunto de valores que más o menos podemos llamar humanismo. La federación, o sea los buenos, tratan siempre de resolver los problemas mediante la diplomacia, las negociaciones, la aplicación de la ciencia, y en general las vías pacíficas. La federación sí está dispuesta a usar la fuerza allí donde sea preciso, pero por regla general, se deja la misma como recurso de última instancia. Los villanos, en cambio, o son imperialistas que viven por y para el militarismo, o bien, como ocurre con la confrontación final, son entes transhumanos cuya meta final incluye la asimilación y extinción de todo aquello que podemos llamar la identidad individual humana. El tratamiento del transhumanismo puede resultar un tanto primitivo, considerando que hablamos de una serie anterior al Cyberpunk, pero aún así se las arregla para clavar de manera muy aguda sus garras en las implicancias morales del tema. La resolución final de estos conflictos puede pecar de un tanto optimista, quizás, pero es de celebrar que la serie prefiera terminar con una nota de esperanza, en vez del síndrome del temor al futuro que pareciera ser la tónica de muchas producciones apocalípticas de hoy en día.

Aunque un tanto obsoleta en varios respectos, Erase una vez... el espacio es una serie a reivindicar, y no debería haber caído en el gris olvido en que yace hoy en día. Por debajo de su pátina de Ciencia Ficción, es una potente serie acerca de valores humanistas, y eso es algo que deberíamos realzar, en estos tiempos cínicos y descreídos en que vivimos.



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