domingo, 16 de junio de 2013

"Game of Thrones": Al diablo que yo me largo de aquí.

Game of Thrones partió como una serie épica, y ha devenido en un cartoon. Ilustración de bpattullo.
Decepción. Esa es la palabra que se me viene a la mente cuando pienso en la tercera temporada de Game of Thrones (o Juego de Tronos). La serie partió con una magnífica primera temporada, y luego empezó a hundirse lentamente en la segunda. En la tercera ha alcanzado un punto que, creo, es su nadir. Quizás en la cuarta se vuelva incluso peor. Esa mi opinión, contraria a casi todo lo que he leído en la blogósfera. Pero yo no tengo por qué estar de acuerdo con todo el mundo. O con lo que sospecho es en realidad una minoría vociferante, frente a una mayoría silenciosa que abandonó la serie sin tantos aspavientos, como se abandonan tantas cosas en este mundo. O que nunca se sentó a verla en primer lugar.

En lo que a mí respecta, creo que tres temporadas en el cuerpo son suficientes para mí. Ya me hice una idea de qué se trata la serie, cuánto puede dar de sí, y más en particular, cuánto están dispuestos a dar sus creadores. Que no es mucho. Porque los prospectos no son para nada halagüeños. Llega un minuto dentro de toda serie de televisión en donde debes enfrentar la realidad. A veces una serie parte bien, pero la calidad empieza a disminuir. Pero sigues viéndola, inasequible al desaliento, porque muy en el fondo de tu corazón esperas que la siguiente temporada sea la temporada en la que todo vuelva a ser como antes, como cuando la viste por primera vez. Hasta que de tanto estrellarte, asumes la realidad. La serie es lo que es, se siente cómoda siéndolo, seguirá siéndolo, y no va a cambiar por ti. Si la sigues o no, es tu opción, pero es un tómalo o déjalo. Como esa chica de la que nos impresionamos cuando éramos adolescentes y pensábamos que si nos esforzábamos, íbamos a conseguir que se derritiera su corazón y que se entregara a nosotros. Después las personas maduramos. Algunas, por lo menos.

Por cierto, este artículo contendrá una enorme cantidad de spoilers. No veo el punto en ocultarlos si es que el punto del mismo es criticar una serie que, según yo, no vale la pena ser vista más allá de la primera temporada. El lector debería salir convencido de que no vale la pena invertir tiempo ni esfuerzos con Game of Thrones, de manera que saber detalles de lo que ocurrirá, no le debería afectar en lo más mínimo. Incluso lo beneficiaría porque le permitiría enterarse sin tener que sentarse a ver las hasta el minuto casi treinta horas emitidas.

La Casa Stark, principales protagonistas de la serie, en el episodio piloto. Tres temporadas y treinta capítulos después, cuatro personajes de aquí están muertos, y tres en fuga, si hice bien las cuentas.

En lo que a mí se refiere, me vi la primera temporada íntegra. Luego, me vi la segunda temporada íntegra. Pero para la tercera, los abusos hacia el espectador insinuados en las dos primeras temporadas se hicieron aún más patentes. Eran defectos que habían estado ahí desde siempre, pero que consideraba como menores o bajo control. Pero ahora, dichos defectos se salieron de toda madre y se están comiendo la serie. Por lo mismo, y para ser justos, en realidad vi sólo siete episodios de los diez de la tercera temporada. En lo esencial, porque después de cinco episodios en que no sucedió absolutamente nada, me bajé ante el autodescubrimiento de que ni siquiera estaba prestando atención a las peripecias de los personajes por la pantalla. Después del quinto episodio no iba a regresar a la cita televisiva de los domingos en la noche, pero a las semanas me enteré de que ocurría algo interesante en el capítulo nueve, por las redes sociales, y vi el capítulo no el domingo de su estreno, sino en retransmisión. Para una serie que se basa en la idea de darle brincos inesperados al espectador, el hecho de que un spoiler me haya llevado a ver un capítulo con interés en vez de arruinármelo, algo dice acerca del rumbo que está tomando la serie. Después, por si acaso, vi el décimo episodio y final de temporada. Ninguna maravilla.

Repasemos. Game of Thrones es la adaptación de la saga Canción de hielo y fuego de George R.R. Martin, refiriendo una gran guerra civil en el continente ficticio fantástico pseudomedieval de Westeros. Su primer tomo, Juego de tronos, más o menos adaptaba el inicio de la Guerra de las Rosas en un universo fantástico, como señalamos en el artículo El verdadero Juego de Tronos publicado aquí en la Guillermocracia, y recibió su correspondiente adaptación en la primera temporada. El segundo tomo, Choque de reyes, fue adaptado en la segunda temporada. La tercera y cuarta temporadas serán la adaptación del tercer tomo, Tormenta de espadas, reputado como el mejor de la saga. Aunque, considerando que los tomos Festín de cuervos y Danza de dragones no describen eventos sucesivos sino que corren en paralelo, es posible que la cuarta temporada pesque un poco de ambos. Lo ignoro, porque en realidad conozco este universo narrativo por la serie de televisión; no me he sentado a leer los tomos, ni tengo intenciones de hacerlo por el minuto.

Hablaba más arriba acerca de que en la tercera temporada se hicieron patentes los vicios de Game of Thrones. Ninguna serie ni historia es perfecta, y puestos a buscar, es fácil encontrar aquello de lo que carece, o aquello que la lastra. En el caso de esta serie, el gran lastre es lo que llamaría el porno de personajes. Muchas series, películas y libros son fetichistas o pornográficos, no sexualmente sino con elementos capaces de captar la atención (aunque en lo sexual, Game of Thrones está en las antípodas de la frigidez de El Señor de los Anillos). Pensemos en la pornografía pura y dura: hace uso extensivo del sexo en desmedro de la trama, las actuaciones o las caracterizaciones porque el punto es vender el sexo, no la historia. Eso es lo que buscan los compradores de porno, y eso es lo que el porno da de sí. En lo que hemos llamado porno de personajes, el fetichismo estriba en poner a un amplio abanico de personajes, y detallar hasta lo último que comen o defecan cada uno de ellos. Es una moda que en televisión se hizo patente, creo que por primera vez, con Lost; al final, vendieron la idea de que los eventos de la serie eran lo de menos, porque no era una historia de misterio sino una de personajes. Y lo más increíble, hubo gente que se lo compró. Yo vi las dos primeras temporadas de Lost, y cuando en la tercera se me hizo patente que se lo estaban inventando todo por el camino y no había solución a la vista, me bajé. Supe después que mucha gente quedó chasqueada por un final que resolvió las cosas a medias. Por su propia culpa, ya que se los habían advertido: Lost era personajeporno.

La recompensa al final del camino del Calvario.

Hay historias que a veces se ponen remolonas y no avanzan, y en donde esta situación es un riesgo calculado. El autor (novelista o productor televisivo) tiene esto bien pensado, y corre el riesgo de ponerse moroso en algunos capítulos para poner las piezas en su lugar, y desatar el infierno después. Alfred Hitchcock hizo esto de manera deliberada en su película Los pájaros, echándose un tercio de película en una historia romántica ñoña y sin mucha chicha, buscando con toda mala intención el adormecer al espectador lo suficiente para que cuando estallaran los pájaros en la pantalla, fuera todo mucho más brusco y violento. Este factor ha disminuido porque las películas con bestias salvajes desatadas se han vuelto mucho más bestiales y sanguinarias con el paso del tiempo, y por lo tanto la fisicidad de Los pájaros hoy en día se ve demasiado adocenada; pero para su época, Los pájaros fue un filme de terror icónico, inventando prácticamente todo un nuevo género cinematográfico que después codificaría Tiburón de Steven Spielberg. En el caso de Hitchcock, lo moroso del inicio fue por lo tanto una opción artística deliberada, y una que resultó muy bien para el público de la época, además.

Pero en otras ocasiones, el autor se pone flojo y descubre que ha encontrado la veta, que tiene lectores o espectadores fidelizados, y que ellos seguirán adelante esperanzados de que el esfuerzo al final tenga una recompensa. Y el autor, con desidia o con derecha mala fe, empieza a explotarlos. Inventa cosas sobre la marcha, hincha la historia, mete giros de trama por el amor de meter giros de trama, alarga las resoluciones, y en definitiva pierde el mapa. Lo que era una expedición bien definida a un punto determinado del mapa, se transforma en vagabundeo sobre el mismo. Lo que era un derrotero recto, con algunos meandros aquí y allá para mantener las cosas movidas, se transforma en viajes en círculo. El bien cuidado jardín se transforma en una jungla kudzu.

Recuerdo que eso me pasó con Los expedientes secretos X. Más allá de la clásica división entre historias autoconclusivas y capítulos mitológicos, las primeras temporadas estaban poniendo elementos muy interesantes para explotar después. A la altura de la quinta temporada y de la primera película, todo parecía estar llevando hacia un cambio radical en el juego, en donde la investigación del misterio central iba cediendo paso a la confrontación cada vez más directa con los extraterrestres y los invasores. Y después, empezaron a alargar la trama dilatando las respuestas y dando giros cada vez más de teleserie para justificar seguir tirando del tren. Cuatro temporadas y una película adicional después, seguimos sin respuestas. Pasó también con Héroes, cuya primera excelente temporada fue seguida por una segunda con buenas ideas y pobre ejecución, y una tercera en donde era claro que los creadores no tenían idea de qué hacer con los personajes; no me quedé para ver la cuarta y final, aunque supongo que no me perdí la gran cosa. Pasó también con Lost, como lo mencioné: sólo ante la bajada dramática de espectadores, los creadores llegaron a un pacto para reprimirse a seis temporadas. En mi caso particular, el final de la serie fue el episodio en el cual vimos el flashback en que Locke pierde la movilidad de las piernas, por la manera ridícula en que el misterio existencial había cedido paso al culebrón más bananero posible. Y sin el consuelo de tener a actrices venezolanas operadas del busto dentro del elenco, para que nos sirva de consuelo a lo menos...

...aunque por otra parte...

Y ahora, Game of Thrones. La primera temporada fue magnífica. Tardó tres o cuatro capítulos en arrancar, debido a la complejidad del universo narrativo presentado, con multitud de personajes, locaciones y tramas. Pero aunque varias de esas tramas estaban desconectadas entre sí, en particular las referentes al Muro por un lado y a Daenerys Targaryen por el otro, había una trama central sólida como una casa, las peripecias de Ned Stark como Mano del Rey, y que encontró una resolución muy satisfactoria, en términos narrativos por lo menos, además de dejar un escenario muy interesante para la segunda temporada.

Pero en dicha segunda temporada empezaron a hacerse más agudos y patentes los vicios de la historia de fondo. Demasiados personajes, demasiadas tramas. Había otra vez una trama central, el ataque de Stannis Baratheon contra Desembarco del Rey, así como los esfuerzos heroicos de Tyrion Lannister para montar la defensa, pero dicha trama no tuvo un pathos tan grande como la historia de Ned Stark, y además se vio más o menos ahogada por los irritantes cortes a tramas paralelas con personajes secundarios que aportaban más bien poco al escenario general. Para colmo, por si fueran pocos los personajes ya incluidos, y el afán por seguir con minuciosidad todas sus respectivas historias sin importar que estuvieran corriendo por las alcantarillas de Westeros en vez de transcurrir en locaciones importantes, la trama metió a saco todo un regimiento de nuevos personajes con sus respectivos trasfondos, que hicieron más lento el ritmo en general. Pero en fin, podía ser que todo estuviera moviéndose en dirección hacia algo mejor, podía ser un bache a fin de cuentas, y quizás en la tercera temporada encontraran la manera de cerrar algo todo el amplio abanico abierto en la segunda. ¿No es acaso lo que dicen los fanáticos? Dicen: "Sí, está lenta, sí, parece que no pasa nada, pero ya verás como están moviéndolo todo, y cuando se desate, va a quedar la grande". Al final de la segunda temporada quedó la grande, en efecto, pero no tanto como en la primera. Una batalla es más vasto y panorámico que una ejecución como final de temporada, pero más vasto y panorámico no significa necesariamente más épico. La épica es algo que nace desde la vastedad de los personajes y nuestra identificación con ellos, no es algo que pueda medirse con la barra del Metro Prototipo Internacional.

Y así llegamos a la tercera temporada, la que debía empezar a recoger los frutos de una trama en donde ya estaban todos los conflictos sobre la mesa. Y qué hicieron. Abrieron con otro amplio abanico de nuevos personajes, con numerosas escenas en donde se nos muestra sus respectivos trasfondos. La trama general, que ya estaba haciéndose lenta y ahogándose en la segunda temporada en medio del peso aplastante de la cantidad de personajes, aquí llegó a paralizarse casi del todo. Los primeros cinco episodios, la mitad de la temporada completa, no fue más que ubicar personajes unos con otros. ¿Qué importa si después pasan cosas interesantes, si es que para que pasen dichas cosas se requieren tantos preparativos?

Todos los personajes son importantes. TODOS.

Imagínense por ejemplo que El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien hubiera invertido un tomo entero en mostrarnos a todos los personajes de la Tierra Media y sus respectivas tramas y trasfondos, antes de que los hobbits salieran siquiera de la Comarca portando el Anillo único, y todo eso con la promesa de que tales personajes en algún minuto, muchos cientos de páginas más adelante, terminarán confluyendo unos con otros. El relato hubiera sido un aburrimiento espantoso. Tolkien fue más inteligente: partió con una historia directa y sencilla, la de un hobbit y sus amigos enviados a una expedición para llevarle el Anillo a los elfos, y fue metiendo y explicando al resto de los personajes a medida que los iba necesitando. Y además, se refiere a ellos sólo en lo que sus motivaciones y acciones contribuyen a la trama principal, ignorándolos del todo para cualquier otra cosa; las tramas secundarias en Tolkien sirven para aliviar la tensión dramática, no para trepar a robarse el escenario. El Señor de los Anillos puede ser un plomo en términos de extensión narrativa y nivel de detallismo, pero el argumento al menos es prístino y fácil de seguir, incluso cuando a mediados del último tomo la cantidad de personajes importantes ya suman una considerable legión.

Volviendo a Game of Thrones, después de ver la tercera temporada me explico por qué quienes han leído las novelas se quejan de lo que pasó con los tomos cuarto y quinto. El mismo era un solo tomo, pero resultó tan largo, que la editorial forzó al autor a demediarlo; el autor decidió entonces que en vez de ser sucesivos uno respecto del otro, iba a poner un montón de tramas en uno, y otro montón de tramas en otro, de manera que ambos tomos se leen de manera sucesiva, pero en términos narrativos corren en paralelo. Es la consecuencia lógica y natural de ir metiendo a cada vez más personajes, cada vez más locaciones, y en definitiva emborrachándose con describir de manera minuciosa y maniática hasta el último pedregal cochambroso del continente de Westeros, a la vez que muy pocas de esas tramas se van resolviendo, y cuando lo hacen, es sólo para engendrar nuevas tramas. La muerte de Ned Stark por ejemplo resolvió una línea argumental, pero a la vez puso en marcha la trama de Sansa abusada en Desembarco del Rey, la de Arya en fuga, la de Robb rebelándose... Por su parte, el fracaso de Stannis Baratheon en tomarse Desembarco del Rey no sólo no puso final a sus ambiciones, sino que además de los avatares de Stannis debemos asistir ahora a las pugnas de poder de los Lannister en Desembarco del Rey, así como a la perpetuación de la guerra. A finales de la tercera temporada llevamos una temporada entera en que los Stark menores no hacen más que ser fugitivos, dos temporadas enteras en que Arya no hace ninguna contribución significativa a la trama, y tres temporadas enteras (¡la serie completa!) en que Daenerys Targaryen no se involucra con los otros personajes ni los caminantes blancos alcanzan el Muro. Pero está la promesa de que todas esas tramas en algún minuto confluirán. De acuerdo con eso, porque uno asume que si la serie se refiere a ellos es por alguna razón, pero, ¿quién garantiza que esa promesa se va a cumplir? ¿Y quién garantiza que esa promesa se va a cumplir de manera satisfactoria?

También empieza a hacérseme patente un esquema de temporadas muy poco interesante. Cada temporada dura diez capítulos. Pero resulta que de los diez, se derrochan los primeros en montar en escenario; en la primera temporada la trama principal recién se lanzaba a la acción a la altura del cuarto capítulo, en la segunda más o menos igual, y en la tercera íbamos por el quinto capítulo, o sea la mitad, y todavía nada que significara una evolución substancial de la situación desde la temporada anterior, como no sea cortarle la mano al pobre Jaime Lannister, cuyo personaje por cierto no hizo ninguna contribución significativa más allá de acabar transformado en un remedo del manco de Lepanto que además no es literato. Después de despacharse la mitad de la temporada en presentaciones, vienen los capítulos en donde de verdad pasan cosas, y que rematan inevitablemente en el noveno y penúltimo: la ejecución de Ned Stark en la primera temporada, el asalto contra Desembarco del Rey en la segunda, y la Boda Roja en el tercero. Y el décimo episodio funciona como epílogo, por lo general flojo, con un final que pretende dejar al espectador con la sensación de que se va a armar la gorda al inicio de la temporada siguiente.

Los exámenes en Derecho Civil son una alpargata al lado de ser erudito en Game of Thrones.

Sólo que después de tres temporadas de la misma mecánica, sabemos que eso no sucederá. ¿Por qué? Porque nuevamente invertirán tres a cinco capítulos en realinear a los personajes en el inicio de la siguiente temporada, para luego ir en ascenso hasta el noveno capítulo... es el ciclo de nunca acabar. Es como el final de uno de los primeros capítulos de Twin Peaks: el agente Dale Cooper dice que sabe la identidad del asesino de Laura Palmer, que es el misterio del programa, y al capítulo siguiente resulta que lo supo en un sueño, y además olvidó ese sueño. O sea, un continuará seguido de un regreso a fojas cero. Pensemos por ejemplo en el final de la primera temporada de Game of Thrones, el décimo capítulo: vemos a Daenerys Targaryen sobreviviendo al fuego y alumbrando (metafóricamente) a su camada de dragones. Todo el mundo espera entonces que los dragones se transformen en el gran factor que reventará la balanza de poder en la saga. Veinte capítulos después, todavía seguimos esperando.

No ayuda que el argumento se torna cada vez más previsible por el abuso del recurso de la falta de caballería y en el maltrato a los personajes. En las historias tradicionales suele haber poco suspenso porque se sabe que el protagonista se sobrepondrá a sus adversarios, o bien si está en peligro llegará la caballería a última hora para socorrerlo. El suspenso no suele estribar en si el héroe se salvará, sino en cómo. De ahí que en el capítulo de la ejecución de Ned Stark resulte tan chocante y sorpresivo verlo morir. Game of Thrones al inicio jugó muy bien la carta de la imprevisibilidad, de subvertir las expectativas de los espectadores. Pero luego, esto se transformó en la regla. A estas alturas, si un personaje está en peligro, casi se espera que el peligro se le venga encima y acabe con él, o al menos, que se lleve su mano diestra para la espada por delante. El aburrimiento de ver que Superman o Jack Bauer siempre ganará, es reemplazado por un aburrimiento de signo contrario, de que los personajes siempre perderán, incluso aunque vayan ganando; supongo que eso es necesario para mantener la serie andando y seguir explotando a los borregos, porque si alguno triunfara, entonces la serie se acabaría. La admiración por el héroe, sus recursos o sus valores morales, en Game of Thrones es reemplazado por la bilis de averiguar qué nuevo maltrato tiene preparado el creador para sus personajes, de qué manera lo va a humillar, de si se va a conformar con vejarlo o si además lo va a matar. Es una manera de ver la serie tan válida como cualquiera otra, pero no creo que sea el punto. Al menos, la serie trata de venderse como un producto serio y sin ironía. O a lo mejor eso también es parte del chiste, y yo no soy tan retorcido como para darme cuenta o disfrutarlo.

Además, la historia a estas alturas se basa demasiado en inflar y desinflar expectativas. En una escena parece que sucederá algo grande. Luego pasamos otras escenas que nos describen a otros personajes, a veces sin que avance mucho la trama, y cuando regresamos a la escena que de verdad nos interesaba, resulta que todo no era más que un plan, una intriga a largo plazo, o bien apenas un comentario al aire. La expectativa se desinfla. Tres temporadas de lo mismo, y llega un minuto en que todo deja de importar. Es como un culebrón mexicano o venezolano en donde la villana se pasa cien o doscientos capítulos amenazando con que va a matar a la protagonista, pero sólo se anima a secuestrarla en el último episodio. En el intermedio mueren personajes, pero aún así la villana no consigue salirse con la suya. Entonces se rellena con amenazas: los personajes se la pasan todos los capítulos amenazando con que harán cosas, amenazando con que están echando a andar sus planes, amenazando con que sus planes tendrán éxito. Sólo que hablan más de lo que hacen, los planes que echan a andar son improvisaciones no demasiado brillantes, y además cuando tienen éxito es sólo para atraerse encima problemas mayores. ¿Para qué seguirle entonces la pista a lo que está haciendo un personaje, si uno sabe que dentro de la mecánica de la serie está condenado a fracasar porque, si triunfara, la serie se acabaría? Es casi como lo frustrante que resulta ver Inspector Gadget a sabiendas de que éste nunca le pondrá la mano encima al Doctor Claw, y de que se arrancará derrotado pero ileso al final del episodio. En los hechos, la mayoría de los capítulos son increíblemente lentos, y a mitad de ellos uno está preguntándose por qué sigue con el aburrimiento; llega entonces la escena final y viene un continuará que a uno lo hace preguntarse cómo sigue, y se motiva a ver el siguiente capítulo, sólo para encontrarse con otro episodio increíblemente lento a cuya mitad uno está preguntándose por qué sigue con el aburrimiento. Las temporadas como un todo siguen más o menos el mismo patrón, con el grueso de los episodios en que no sucede nada, y dos episodios finales en donde todo parece que va a cambiar... sólo para encontrarse en la temporada siguiente que las cosas no han cambiado demasiado.

Personajes amenazándose.
Aún así, es justo señalar que Game of Thrones ha ido incrementando su audiencia a lo largo del tiempo, y la tercera temporada es la más vista de todas. Vale la pena preguntarse entonces por qué una serie cada vez más abusiva con el espectador, se ha convertido en favorita de los mismos.

Un primer factor debe tener que ver con el boca a oreja y el visionado por Internet. Sólo un grupo de fanáticos prestó atención a la primera temporada en el día de su estreno, porque más allá de ciertos círculos, la Fantasía Epica nunca ha sido realmente popular. Ellos a su vez fueron convenciendo y reclutando a más gente que vio dicha temporada con retraso, a través del streaming o directamente descargándosela. Pero esos espectadores potenciales no aparecen en el índice de audiencia de la primera temporada... pero sí en la segunda, porque quedaron enganchados y ahora sí que asistirán al estreno. Y esta mecánica debe haberse repetido para la tercera temporada. En definitiva, la cantidad de gente que haya visto las tres temporadas debe ser más o menos la misma, sólo que se han sumado por el camino a la cita del estreno del capítulo de la semana en vez de esperar meses para tener su ración de serie, y por eso han incrementado el rating. Vale la pena preguntarse cuántos de ellos se hayan desilusionado y estén pensando en bajarse para la cuarta temporada, información que no se refleja necesariamente en las estadísticas, igual como la cantidad de entradas en el cine no refleja la opinión de los espectadores respecto de una película, y la más taquillera no necesariamente es la mejor acogida. Yo mismo estaba aburrido en la primera mitad de la tercera temporada, pero seguí adelante y por lo tanto debo figurar por proyección estadística en el índice de rating, pero eso no quiere decir que me quedaré para la cuarta temporada, y por lo tanto, allí no figuraré.

En segundo lugar está el factor drogadicción, y vuelvo aquí sobre lo que planteaba, que Game of Thrones en el fondo es porno de personajes. El grueso de la serie es relleno, ya que so pretexto de explorar a los personajes, nos encontramos con escenas en donde muy poco avanza, y la multiplicidad de tramas esconde el hecho de que el grueso no se mueve: la atención a la tala de árboles puntuales hace perder de vista que el bosque sigue inmutable. Al final es como ver una galería de retratos colgados en la pared del palacio de algún noble: pueden estar muy bien pintados, pero no hay acción, no cuentan una historia, son sólo estampas colgadas en un muro. Pero esto se enmascara con episodios de 50 minutos en donde durante sus primeros 45 no sucede nada, y en su escena final se deja caer un continuará. De esta manera, el espectador ha recibido el equivalente a una inyección de droga a la vena, y queda eufórico hasta la siguiente dosis. La cadena televisiva se transforma así casi en un camello que vende la dosis, manteniendo quieto y fidelizado al espectador. Y para los finales de temporada, se hace lo mismo a escala más amplia: el noveno capítulo envía la inyección más poderosa de todas, y el décimo capítulo se relaja la tensión con el pretexto de estar preparando el escenario para la temporada siguiente.

Espectadores fidelizados.

No debemos descartar tampoco el factor esfuerzo. Game of Thrones es una serie de difícil acceso, ya que al tener numerosos personajes y muchas tramas, manejar la mitología interna de ésta es laborioso. El espectador casual lo tiene crudo para entender lo que sucede dentro de la misma, o qué personaje está hablando con qué otro personaje, o por qué. Se necesita fidelizarse para entender. Es decir, el espectador debe invertir un esfuerzo muy superior para entender la serie, que el necesario para ver Xena: La princesa guerrera por ejemplo. Aquí entra en escena el factor sicológico de que todas las personas queremos ver nuestro esfuerzo recompensado. Y si abandonamos la serie por la mitad, nos queda la sensación de que hemos perdido todo ese esfuerzo. Y a nadie le gusta perder. Razón por la cual el espectador fidelizado se hace más reacio a bajarse. Es un razonamiento falaz porque si sigue a bordo, seguirá perdiendo todavía más tiempo y esfuerzo mental, pero aquí opera un sesgo de percepción. Es similar a las apuestas del casino: si una persona ha perdido una fuerte suma de dinero, siente la tentación de apostar todavía una suma más fuerte, para ganar y recuperar las pérdidas. Si vuelve a perder, las pérdidas se incrementan, por lo que en vez de retirarse para no seguir perdiendo, apostará todavía más fuerte, y el ciclo prosigue con pérdidas cada vez mayores. Lo que se pierde en Game of Thrones es tiempo, y en cantidades brutales, porque cada temporada son diez horas, que sumadas harían una jornada laboral entera de trabajo, incluyendo horas extraordinarias. Pero el espectador fidelizado que esté disconforme con el alargue eterno de las tramas, seguirá adelante esperando encontrar una recompensa, la promesa de que al final alguien se quedará con el Trono de Hierro. No es un factor para tomárselo a broma: el brutal cabreo de un extenso sector de la audiencia con el final de Lost o con el de Los expedientes secretos X tiene mucho que ver con el hecho de que para todo el esfuerzo invertido en ver cerca de un centenar de episodios de una y dos centenares de la otra, el final de ambas no fue tan satisfactorio como para compensar lo ya perdido. Mientras más se invierte en la serie, mayor es la recompensa que se espera al final, y por lo tanto, más alta la vara con la que se medirá dicho final.

Además, al tratarse de una historia coral, es fácil que el espectador empatice con tales o cuales personajes. Dentro de una trama tan amplia es difícil que al menos un personaje no le guste al espectador. Así, cuando el foco cambia a otro personaje que es indiferente o detestable, no importa porque al cabo de un rato el foco regresará al personaje favorito. Es una versión atenuada del mismo factor drogadicción. Si a eso se le suma que todos los personajes son convenientemente explicados para dejarle caer al espectador un gancho con el cual aferrarse, el resultado está a la vista. El problema con esto es que al ser todos los personajes más o menos simpáticos, o más o menos antipáticos a según, empieza a dar un poco lo mismo quien gane o quien pierda, incluso quien vive o quien muere. Pero para el espectador que asume a los personajes de la pantalla desde la emocionalidad, como si fueran sus ficticios nuevos mejores amigos, la fórmula funciona de manera perfecta. Da lo mismo lo que pase con los personajes: lo importante es que están ahí, y el espectador tiene una cita con ellos cada semana de la temporada. Game of Thrones es así casi la versión de fantasía épica de Friends, o de The Big Bang Theory, o de How I Met Your Mother. Uno casi ve a los personajes decirse los unos a los otros que están enfrentados, sólo para volverse después a la pantalla para invitar al espectador a ser parte del grupito. Aunque con eso, el enfrentamiento pase a ser lo de menos. Y no debemos olvidar que la Fantasía Epica no es mainstream, y por lo tanto sus seguidores necesitan más refuerzo de grupo que el público promedio; Game of Thrones proporciona así ese grupo de amigos que cuesta más encontrarse en la vida real. Si eso es lo que quieres, entonces mejor no sigas Games of Thrones, sino que búscate un grupo de teatro, y dedícate a representar Shakespeare o Lope de Vega. Con el añadido de que ambos despachaban tramas épicas en apenas dos horitas, en vez de hacerse esperar tomos, capítulos o años.

Y por último, no debemos olvidar el carácter único de Game of Thrones. Con sus virtudes y defectos, este programa es la única alternativa televisiva más o menos decente y razonable que existe hoy por hoy para los fanáticos de la Fantasía Epica, aunque sea por los celebrados valores de producción de HBO (no es televisión, es HBO). Lo único más o menos parecido es la trilogía de El Hobbit en el cine, y ésta va a ritmo de una entrega por año, además de que se agotará en tres. A quien le guste la Fantasía Epica tendrá que gustarle Game of Thrones aunque sea una serie argumentalmente defectuosa, porque no tiene una mejor alternativa. Me pregunto qué pasará el día en que alguien decida empezar a rodar un clon de la serie que sea más sencillo de seguir, y con peripecias más aventureras, cuánta gente se bajará de Game of Thrones y prefiera seguir una historia más accesible, y sobre todo, una en donde las tramas sí parezcan arribar a alguna parte, aunque sea de tarde en tarde.

Acéptenlo, soy su única alternativa.

Así es que Game of Thrones seguirá adelante, yo calculo que incluso por una quinta temporada inclusive, y más. Pero a medida que las tretas argumentales de la obra se hagan cada vez más evidentes para cada vez más gente, cuando sigan apareciendo personajes de la nada y después el argumento renuncie a dejarlos de lado y dejar de detallar sus peripecias aunque éstas consistan apenas en comer e ir al baño, a medida que la historia siga sin un conflicto central y sin horizontes visibles, a medida que se haga más evidente que ningún final por muy espectacular que sea compensará todo el esfuerzo, la gente empezará a bajarse. El núcleo de fieles fanáticos fidelizados por las razones anteriormente expuestas seguirá adelante, y cada vez más fidelizados porque esperan su recompensa con cada vez más ansias, pero habrá cada vez menos espectadores casuales; no me refiero a los espectadores casuales que se suban, sino los que hayan empezado a verla desde el inicio sin espíritu nerd a la vena, como el público promedio ve cualquier serie televisiva. A mediados de década, habrá gente que se pregunte en qué estarán los personajes de Game of Thrones, si seguirán vivos o muertos, sintonizarán el programa para ver un poco en qué van, quién sigue vivo y quién se ha muerto, a cuántos personajes les han cortado la cabeza o la mano, y recordar los tiempos en que le tenían cariño al show, un poco como pasó con las últimas temporadas de Los expedientes secretos X, y después lo mandarán a dormir de nuevo.

Pero entre ellos no estaré yo. Ya me avispé lo suficiente como para enterarme de la mecánica del show. Si acaso le doy una oportunidad, será para el penúltimo capítulo de la cuarta temporada. Por si acaso. O si alguien filtra un spoiler grueso, y me parece una escena interesante de ver, lo sintonizaré. De otra manera, prefiero dedicarme a otras cosas. El blog de la Guillermocracia no se mantiene solo, necesita tiempo y dedicación, y prefiero seguir trabajando aquí que gastarme otras diez horas de mi vida con personajes cuyas vidas podrán estar ambientadas en un universo de Fantasía Epica, pero a ratos parecen más de existencialismo europeo, de tan desorientados y a los tumbos que van.

¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? ¿En qué temporada me matarán?

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