miércoles, 28 de septiembre de 2016

La Guillermocracia felicita a la hermana nación de Colombia.

La ceremonia de la firma de la paz, en Cartagena de Indias en Colombia, el 26 de Septiembre de 2.016.
Y he aquí que, luego de interminables años de dolores y sufrimientos, ha llegado la esperanzadora noticia de la suscripción de un acuerdo de paz definitivo entre las FARC por un lado, y el Gobierno de Colombia por el otro, el pasado 26 de Septiembre de 2.016. Se abre así la esperanza de que la paz arribe por fin a la hermana nación de Colombia, poniendo término a más de medio siglo de las conflagraciones intestinas que tanto han hecho por hundir a dicha nación en la tragedia.

Todas las naciones modernas aceptan como principio básico de convivencia, la necesidad por parte de todos sus habitantes, de respetar los puntos de vista, opiniones, deseos e intereses del prójimo, y la exigencia de compatibilizar los mismos, cuando son dispares, a través de procesos de diálogo y negociación pacíficos, haciendo concesiones y renuncias mutuas entre las partes para, de esta manera, sacrificando un resto el interés individual, sea posible construir un colectivo que sea más grande y fuerte respecto de la suma de las partes que lo componen. Tales respetos y negociaciones conforman la base misma de lo que entendemos como vivir en democracia, en la vida política nacional e internacional moderna.

Es de aplaudir y celebrar que los hermanos colombianos, después de haber vivido por un otro motivo alejados de tales principios de convivencia, hayan reencontrado por fin el sendero para construir una paz que puedan considerar como justa y adecuada para sus propios intereses nacionales.

La paz ni ahora ni nunca ha sido, por supuesto, el final feliz de una historia de conflictos, como suele serlo en la ficción, sino que es un permanente estado de vigilancia en el cual hombres y mujeres de buena voluntad se comprometen para mantenerse erguidos como centinelas frente a la amenaza presente ahora y siempre, de las fuerzas disolventes de la sociedad. Así, pues, este es el final de una etapa de luchas y querellas intestinas, cierto es, pero también es el comienzo de otra nueva etapa, que vendrá preñada de nuevos dolores y dificultades, que son los propios de ajustarse a un nuevo estilo de vida, de abandonar ideas preconcebidas acerca de cómo se deben hacer las cosas y tratar a las personas, y acostumbrarse a la idea de que determinadas maneras de resolver los conflictos deben quedar enterradas, para ojalá nunca más volver.

Es un camino difícil el que espera a los hermanos colombianos, así como es difícil para todas las personas de buena voluntad que existen en el mundo, y que luchan batallas grandes o pequeñas, para ayudar, sea a escala de barrio, ciudad, país o el mundo, dentro de la medida de las fuerzas de cada uno, a construir una mejor Humanidad dentro de la cual vivir. Pero no me cabe la menor duda de que a la hermana Colombia, la Patria de los poderosos chibchas, de Pedro Claver el defensor de los esclavos negros, del sueño latinoamericano de la República de Nueva Granada, y del gigantesco Gabriel García Márquez, entre tantos otros hitos respecto de los cuales siempre debemos hacer memoria, no le faltarán recursos ni sapiencia para arrostrar los obstáculos venideros y salir adelante, triunfante sobre ellos.

Es por eso que desde la Guillermocracia, en conjunto con felicitar a la hermana República de Colombia por haber alcanzado el necesario y bienvenido acuerdo de paz, les deseamos también los mejores parabienes para los días futuros, y que así la paz arribe por fin a tan castigada nación. Que así sea.

GUILLERMO RÍOS, Director Supremo de la Guillermocracia.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La (falta de) ciencia tras "El día de la independencia" y su secuela.

Vamos a necesitar más asesores científicos para la tercera.
El año 2.016 ha sido uno bastante complicado para los grandes estudios de Hollywood. No ha sido un cataclismo ni mucho menos, pero salvo por la Disney, las majors lo han tenido difícil para imponerse en la taquilla. Y entre los varios pinchazos que vimos en las pantallas, está Día de la independencia: Contraataque, la secuela de El día de la independencia, que costó 165 millones de dólares sin contar gastos en publicidad, y que se quedó a punto de recaudar 400, que es más o menos el punto en donde los productores deberían comenzar a ver beneficios. Parte importante del problema es que tiene los mismos defectos e incluso aumentados éstos, respecto de El día de la independencia original, pero sin tener su principal virtud, que era ser endiabladamente entretenida dentro de su frivolidad. Lo que a Día de la independencia: Contraataque le falta es justo eso, frivolidad, y tiende a tomarse demasiado en serio, demasiado en plan estamos construyendo una nueva franquicia, cuando la anterior jugaba con sus clichés a mansalva y con tanta alegría, que había que ser muy cejijunto para enojarse por el espectáculo. Hubo gente cejijunta que sí se enojó por el espectáculo, pero admitámoslo, ni ustedes ni yo quieren tener a un cejijunto como compañero de ruta por la vida.

Pero este posteo no va de criticar a Día de la independencia: Contraataque en cuanto película, sino a examinar el binomio, la película original y su secuela, desde el punto de vista científico. Ayuda que la ciencia de la película original no era demasiado buena, pero se salvaba por la frivolidad deliberada de la puesta en escena, por lo que se le perdonaba su enfoque más o menos libérrimo sobre el tema, mientras que aquí, al tratar de ir más en serio, consiguen justamente que se noten más las patadas en contra de la tradición racionalista galileonewtoniana occidental. Por supuesto, tener buena o mala ciencia en una película no la hace buena o mala en sí. Una película tiene mayores posibilidades de ser buena si es que respeta la ciencia, porque hay una armazón lógica y racional por detrás, pero una película puede ser muy científica y muy aburrida al mismo tiempo, y otra puede ser muy fantástica y muy entretenida. El chiste no es respetar la ciencia por el respeto a la ciencia, sino saber qué partes de la misma respetar y cuáles saltarse, en beneficio del espectáculo y la acción pura y dura. Por eso, es que en Día de la independencia: Contraataque se nota más los saltos a la ciencia: por mezclar problemas científicos con una puesta en escena con demasiadas ínfulas para su propio bien.

Por supuesto, creo que sobra decirlo, este posteo parte de la base de que el lector ha visto ambas películas. Lo que quiere decir que habrán spoilers a mansalva y sin previo aviso. Seguid leyendo bajo vuestro propio riesgo.

La reina madre gigantesca.

Partamos por un problema biológico. La reina madre alienígena. En el final de Día de la independencia: Contraataque vemos que, por una razón u otra, la reina madre en cuestión decide salir de su escondrijo y cargar ella misma contra la base. Dejemos de lado el hecho de que en ninguna especie social, como hormigas o abejas, la reina sale al ataque ella misma; de hecho, siendo la criatura más valiosa de la colonia, tiende a ser la más protegida y escondida, como el rey en el ajedrez. Pero aceptemos que la organización social de los alienígenas funciona así, y dejémoslo pasar. Aún así...

...tenemos el problema del tamaño. La cuestión es bien simple: una criatura grande no sólo debe soportar más peso que una criatura pequeña, sino que la proporción entre ese peso y sus piernas también crece. Esto es porque esa proporción se mide entre el peso de la criatura, dividida por la superficie de la misma en contacto con el suelo, y a escalas cada vez mayores de tamaño, el peso de la criatura crece en forma cúbica porque se mide en volúmenes, y la superficie de contacto crece en forma cuadrada porque se mide en unidades de superficie. Esa es la razón por la que insectos como los mosquitos o las hormigas pueden darse el lujo de tener unas patitas de alambre, mientras que los elefantes tienen unos cañones enormes que son de pisar y no dejar nada tridimensional en el sitio del pisotón.

Reina alienígena haciendo ejercicio para lucir bikini en el verano.
Un ejemplo lo hará más claro. Vamos a suponer una criatura hipotética, que va a tener forma cúbica, con dimensiones de 1x1x1 (1 centímetro, 1 metro, la unidad que quieran), es decir, una unidad de largo, una unidad de ancho y una unidad de altura. Su peso será también de 1 o una unidad (un gramo, un kilógramo, elijan ustedes). En ese caso, la relación es 1:1, o sea, cada 1 unidad cuadrada de superficie soporta 1 unidad cúbica de peso, porque la superficie en contacto es 1 unidad de largo multiplicada por 1 unidad de ancho, o sea, 1. Pero si hacemos crecer a esa criatura a un cubo de 2x2x2, entonces su peso aumentará ahora a 8 (2x2x2), pero la superficie de contacto con el suelo crece apenas a 4 (2x2), por lo que ahora la relación es de 8:4, o sea 2:1, o sea, que cada 1 unidad cuadrada soporta ahora 2 unidades cúbicas de peso. Si la hacemos crecer a un cubo de 3x3, entonces el peso aumentará ahora a 27 (3x3x3) mientras que el área de contacto con el suelo apenas a 9 (3x3), por lo que la relación ahora es de 3:1, lo que quiere decir que cada 1 unidad de área de contacto con el suelo, soporta 3 unidades cúbicas de peso. Si la hacemos crecer a un cubo de 4x4... creo que ya se entiende la idea. En ese sentido, los caracoles y las culebras deben ser las criaturas más estables del planeta, porque apoyan su poco peso en una enorme cantidad de superficie, que es todo el largo y ancho de su vientre.

Al ver a la reina alienígena, lo que vemos es una criatura muy alta y espigadita, con unas piernitas delgadas tipo supermodelo de Victoria's Secret o peor. La clase de piernas que podría romperse nada más dar el primer paso. Un punto de la película, eso sí, es que los alienígenas usan armaduras biomecánicas encima, y podríamos pensar que esa armadura exterior le proporciona una resistencia adicional. Aceptémoslo como una explicación válida. Pero entonces, ya sabemos lo que pasa si le sacamos a la reina alienígena su armadura: lo mismo que le pasaría a las vértebras de las nativas africanas que se los alargan con anillos alrededor del cuello, si les sacáramos dichos anillos.

Los platillos voladores poco prácticos.

Nadie duda de que los platillos voladores gigantes meten su buena dosis de julepe a la mezcla. En la mítica serie televisiva V, la original y el remake de 2.009, la sola imagen de ellos sobre las ciudades era paranoia destilada y directa a la vena. Pero en la realidad, aunque el nivel tecnológico en cuanto a física de materiales lo permitiera, los mismos serían muy poco prácticos. Asumamos que los alienígenas disponen de fuentes energéticas de rendimiento casi mágico y por lo tanto no tienen problemas en hacer volar moles de semejante masa. Aún así, queda la cuestión de la forma versus el tamaño. Y aquí es en donde tenemos un conflicto. Porque si los vamos a diseñar para que se posen en tierra, deberíamos fabricarlos como lo que son, o sea, como platillos, precisamente por el principio que reseñábamos más arriba, al hablar de la reina alienígena: porque un platillo ofrece una enorme superficie de contacto que hace mucho más sólida a la nave espacial. Pero...

...un platillo volador resulta muy poco práctico para las comunicaciones internas. Las hechas por mensajería directa no debería ser problema, considerando que los alienígenas de la película son telépatas. Sin embargo, esas naves son tripuladas, y eso quiere decir que los extremos del platillo son inalcanzables por un pelotón de alienígenas, o a lo menos, no en situaciones de batalla. Esto es, si en una batalla es abordado un extremo del platillo y liquidadas sus líneas defensivas, las fuerzas de reserva tienen una larguísima trayectoria que cubrir para llegar al sitio de la batalla; y en un conflicto de estas características, cada minuto cuenta. Para estos efectos, con naves de semejante tamaño, la forma más práctica sería la esférica, porque los alienígenas podrían moverse de manera mucho más directa entre un punto y otro del platillo.

El lobby del gremio de empresarios de la construcción consigue acabar con otro hito arquitectónico para lucrarse construyendo horribles edificios modernos.
Además, a iguales cantidades de masa, la esfera presenta menos superficie hacia el exterior que la forma de platillo. Digamos que el platillo volador mide 20 kilómetros de diámetro, de parte a parte, y 1 kilómetro de grosor, lo que es algo más pequeño que los platillos de la primera película, si la memoria no me traiciona. En ese caso, la superficie expuesta, si mis cálculos son correctos, y los lectores me corregirán si apliqué mal alguna ecuación, vendría siendo casi 377 kilómetros cuadrados. Ahora bien, este platillo tendría un volumen de casi 315 kilómetros cúbicos. Si arreglamos esa misma cantidad de materia en forma de esfera, la misma tendría una superficie de algo más de 223 kilómetros cuadrados. (Lo mío no son los números, de manera que, repito, si equivoqué algún cálculo, favor de corregirme). Si estos resultados son correctos, entonces resulta que fabricar una esfera en vez de un platillo garantiza que la nave tendrá casi un tercio menos de superficie expuesta al exterior, un exterior que, recordemos, está plagado de radiaciones cósmicas y potenciales disparos enemigos.

Y se pone peor. Estamos hablando de los platillos de la primera película. En la segunda película, vemos una especie de superplatillo que cuando se posa en el Océano Atlántico y preguntan en qué parte, la respuesta es: "En todo el océano". Aquí ya ni siquiera vamos a tomarnos la molestia de sacar cálculos matemáticos. La cuestión es que una nave de ese tamaño ya califica lisa y llanamente para cuerpo celeste. Y todos los cuerpos celestes, pasado cierto tamaño, entran a sufrir la fuerza de marea conocida como el límite de Roche. Por si no saben en qué consiste dicho límite, expliquémoslo.

Todos sabemos que la gravedad opera en forma inversamente proporcional al cuadrado de las distancias. O sea, mientras mayor es la distancia, menor es la gravedad. Pero como no es inversamente proporcional a la distancia, sino al cuadrado de la distancia, resulta que la gravedad de un cuerpo celeste no se debilita de manera constante con la distancia, sino que se debilita de manera acelerada en los primeros kilómetros, o decenas de kilómetros, o miles de kilómetros de distancia que ponemos respecto de ese cuerpo, y luego de manera muy suave o retardada mientras más lejos estamos. Si el cuerpo que se acerca al cuerpo celeste es pequeño, como un astronauta o una cápsula de la misión Apolo a la Luna, esto no representa un problema porque todo él va a estar sometido a la misma atracción gravitatoria. Pero si el cuerpo tiene un tamaño astronómico, y se acerca mucho al cuerpo celeste de marras, entonces las partes extremas del cuerpo más pequeño van a estar sometidas a atracciones gravitaciones diferentes por parte del cuerpo más grande. La parte del cuerpo pequeño que está más cercana al cuerpo más grande, va a sufrir entonces un tirón tan grande, que va a romper la resistencia interna del cuerpo más pequeño, lo va a jalar, y el resultado es que el cuerpo más pequeño se va a romper. Si la Luna se acercara a unos 10.000 kilómetros de la Tierra, el jalón gravitacional la haría pedazos, con las cataclísimas consecuencias que son de prever; afortunadamente para nosotros, nuestra regordeta amiga orbital está a seguros 384.000 kilómetros de distancia, muy lejos del límite de Roche y por lo tanto bien a salvo.

Ahora bien, en Día de la independencia: Contraataque, el tamaño de la nave espacial en cuestión es justamente uno comparable con el de la Luna. Pero esta nave se posa sobre la Tierra. Es imposible no pensar que la nave en cuestión está fabricada con materiales casi milagrosos porque, de lo contrario, la misma se haría trizas únicamente por el efecto derivado del límite de Roche. Y una buena parte de los fragmentos caería a la Tierra, lo que tendría el efecto de varios impactos asteroidales masivos, o sea, el fin ya no digamos de la vida sobre la Tierra, sino de la superficie terrestre sólida tal y como la conocemos. De hecho, si la memoria no me traiciona, la nave en comento pasa cerca de la Luna, por lo que la Luna sí debería haberse hecho pedazos por la atracción gravitacional que la misma nave, por su propia masa, debería generar.

La sexta extinción.

Y hablando de impactos asteroidales. Yo no sé si han oído hablar del cráter de Chicxulub. El mismo, actualmente tan erosionado que sólo puede ser detectado por fotos satelitales desde la órbita, es el candidato más probable a sitio del impacto que, se supone, mató a los dinosaurios hace 65 millones de años atrás. Hoy en día tenemos evidencia de un impacto asteroidal hace esa cantidad de años; los cálculos más conservadores estiman que el mismo tuvo unos 10 kilómetros de diámetro. Y eso bastó para arrasar con los dinosaurios y con cerca de tres cuartas partes de las especies animales y vegetales entonces existentes sobre la Tierra. Ahora bien, en El día de la independencia vemos el impacto de varias naves mucho más grandes que eso, y además, en la secuela, vemos a la gigantesca nave nodriza. No necesitamos decir que lo visto es pura fantasía: el impacto de una nave de esas dimensiones debería haber desatado de inmediato una sexta extinción. Como mínimo, se habría extinguido la Humanidad.

You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!
Veamos qué tan malo sería el impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro. Lo primero es que en el sitio del impacto, la energía cinética que mueve al asteroide, al detenerse éste en seco, se transformaría bruscamente en energía calórica, porque la energía no se crea ni se destruye sino que sólo se transforma, por lo que la temperatura alcanzaría unos 18.000 grados, o sea, tres veces la temperatura del núcleo terrestre o la superficie del Sol. La onda de calor subsiguiente sería capaz de arrasar continentes enteros, lo que implica la combustión simultánea de a lo menos una proporción importantes de los bosques del planeta, y la saturación de la misma con dióxido de carbono, un bien conocido gas de invernadero. Al mismo tiempo, la ola de calor aportaría la energía que permitiría combinar el oxígeno y el nitrógeno atmosféricos, generando lluvias de ácido sulfúrico. Y luego viene lo mejor: el polvo levantado oscurecería la atmósfera durante varios meses, lo que crearía un invierno nuclear. Las escasas plantas sobrevivientes a la oleada de calor, al no poder fotosintetizar, morirían de inanición, lo cual mataría de hambre a los hervíboros, lo que a su vez mataría de hambre a los carnívoros. Luego, al caer el polvo a la superficie, el dióxido de carbono seguiría ahí porque las escasas plantas sobrevivientes a la oleada de calor y al equivalente de invierno nuclear no lo habrían metabolizado, por lo que el aumento de las temperaturas planetarias freiría el plancton, y llevaría la catástrofe generalizada ahora a los mares. Después de esto, resulta claro que Día de la independencia: Contraataque no debería haber sido una historia alternativa futurista sino una película tipo Mad Max II, cuando menos.

El malvado plan alienígena.

Y terminemos con el plan alienígena. En la primera película, se habla de que vienen a saquear los recursos, en genérico, sin mayores detalles. Pero en la segunda se explica que su intención es cavar hasta el núcleo de la Tierra para usarlo como fuente energética. La película no da indicios acerca de cómo los alienígenas procesan la energía, aunque por todo lo que mencionamos con anterioridad, su consumo energético debe ser lisa y llanamente brutal. Tanto, que se puede pensar en una fuente de abastecimiento energético mucho más seguro: el Sol. En efecto, el Sol no está defendido por malditos humanos que no se dejan aplastar como cucarachas, no hay que cavar para llegar hasta él, y es increíblemente grande. Además, es 75% hidrógeno, y el hidrógeno es el combustible que se usa para los reactores de fusión nuclear. Para colmo, no hay manera alguna de que los alienígenas puedan sacar el núcleo terrestre o parte de él y llevárselo en su nave, y usarlo como motor o algo así: la energía que emite el núcleo terrestre no nace de sus materiales, pese a que sí parece tener más elementos radioactivos que la superficie terrestre, sino de las enormes presiones geológicas a los que se ve sometido por estar justamente en el centro de la Tierra.

Yankees go home! ¡El petróleo para el que lo trabaja!
Pero eso sí, si asumimos que los humanos entendimos mal el plan alienígena, sí que puede tener sentido por otro lado: como fuente de materiales pesados e incluso radioactivos, esto ya lo mencionamos. Quizás ustedes han oído hablar de las llamadas tierras raras. Son ciertos elementos químicos que están en la parte intermedia de la tabla periódica, y son metales que reciben su nombre justamente porque son muy raros en la superficie terrestre. Son más abundantes, de hecho, en los asteroides... y en el núcleo terrestre. Una de esas tierras raras, el iridio, fue el primer indicio de que los dinosaurios fueron probablemente masacrados por un asteroide: en la capa geológica respectiva, aparecieron índices anormalmente altos de iridio, y la única manera de que el mismo haya llegado hasta ahí en tal cantidad, es que sean los restos de un asteroide volatilizado por su impacto contra la Tierra, diseminado en el polvo levantado, y que haya dejado en todo el planeta esa capa de sedimentos llenos de iridio luego de posarse a los meses después. En la industria moderna, las tierras raras tienen una alta demanda porque son muy preciados en la industria electrónica: es muy posible que hayan tierras raras, en cantidades ínfimas, en los circuitos del smartphone o el computador en el cual usted está leyendo este posteo de la Guillermocracia.

La cuestión es que esos metales son raros porque son pesados, precisamente. Tanto, que cuando la Tierra estaba enfriándose y por lo tanto estaba semilíquida, se precipitaron todos hacia el núcleo terrestre. Lo mismo ocurre con los elementos radioactivos; dichos elementos lo son porque son inestables y se descomponen en otros más ligeros, generando radiación en el camino, y para poder descomponerse en elementos ligeros, deben partir siendo elementos pesados, por pura y simple lógica. Hay elementos radioactivos ligeros, pero éstos son isótopos tales como el tritio, que no son realmente abundantes porque los elementos químicos tienden a presentarse en su forma estándar y no como isótopos. Por lo tanto, hundidos los elementos radioactivos y las tierras raras, lo que quedó arriba, en la superficie terrestre, son metales livianos como el aluminio, el cobre o el hierro. Ahora bien, podemos suponer que debido a las enormes tensiones estructurales que deben soportar las naves alienígenas, por las razones que mencionábamos más arriba, ellos necesitan desesperadamente de esos metales. Recolectarlos de los asteroides sería lento y laborioso, tratándose de naves de semejante tamaño, por lo que recolectarlos de los núcleos rocosos planetarios sería la mejor opción. Ahora bien, ¿por qué desde el núcleo rocoso de la Tierra en vez de los núcleos rocosos de Mercurio, Venus o Marte, que siendo mundos deshabitados, podrían ser horadados sin tener que lidiar con el problema de alguna molesta infección humana oponiéndose? Pues por la mejor y más sensata razón de todas, probablemente: porque entonces no habría película.

¿Vale la pena desviarse de la ciencia para tener una buena película?

Después de todo lo visto, cabe preguntarse si valía la pena mandarse tantos atentados contra la ciencia, en el nombre de tener una película entretenida y aventurera. La respuesta depende un resto del criterio del espectador. Mi opinión personal es que es válido apartarse de la ciencia si es que tal cosa es necesaria para que la premisa funcione. Pensemos en las espadas láser de Star Wars: ¿cómo se consigue que las partículas de energía en la hoja del sable láser se mantengan agrupadas en forma cilíndrica en vez de irradiarse en todas direcciones? No lo sabemos, no lo explican, es una imposibilidad científica en el estado actual de nuestros conocimientos, y en realidad, maldita sea si eso le importa algo a mí o a alguien. Lo importante es que ver peleas con espadas láser en una ambientación de Space Opera es lo más de lo más, es una seña distintiva de Star Wars en cuanto franquicia, y por lo tanto, es una desviación aceptable de la ciencia. Para un género que presume de racionalismo científico, la Ciencia Ficción está un poco demasiado llena de trucos para saltarse a la torera algunos de los principios científicos más básicos y elementales. Pero eso no importa... siempre y cuando el espectáculo que se ofrezca a cambio lo compense. En lo personal, en El día de la independencia estaba compensado de sobra por el homenaje afectuoso que se ofrece al Atompunk clásico; en su secuela, desaparecido el aspecto del homenaje, ya no compensa tanto. Pero ahí entramos en el resbaladizo tema de los gustos personales; en definitiva, que las patadas a la ciencia sean más o menos tolerables o aceptables, termina siendo una cuestión entregada al criterio (o descriterio) del espectador.

¡¡¡Pitiú-pitiú-pitiú-pitiú-PSHHHHHHHHHhhhhhh...!!!

domingo, 18 de septiembre de 2016

Una entrevista para el censo 2.017 en Chile.


(Una breve historia de ficción ambientada en el día del censo que está programado para Chile en 2.017).

El feliz matrimonio abre la puerta, y se encuentra con el sujeto enviado por el Instituto Nacional de Estadísticas, que saluda con amabilidad e informa que viene para censar a los habitantes del hogar. Hechos marido y mujer ambos todo sonrisas, el matrimonio se dispone a contestar.

– ¿Cuántas personas viven en esta casa?

– Bueno, somos cuatro, mi marido y yo, además de nuestros dos hijos. Aunque debería contar al pololo de mi hija, un pesado que no se va nunca y que nos tiene de albergue aquí.

– Ay, pero mijita, no le ponga tanto, si el pobre vive en una pensión de estudiantes y... er... Sí, mi amor.

– Er... Ehm... Bueno, siguiente pregunta. ¿Son todos de nacionalidad chilena?

– ¡Sí, por supuesto! Siempre con la Roja de Todos los Chilenos, colaboramos con la Teletón, y nos quejamos contra las AFP, las ISAPRES, los políticos y el gobierno publicando memes en Facebook.

– ¿Chilenos chilenos? O sea, ¿de raza y estirpe chilena?

– ¿Indiecitos? Ah, no, por supuesto que no. Yo soy descendiente de italianos con gallegos con alemanes, y mi marido es descendiente de bretones con ingleses con serbios...

– Croatas, mi amorcito. No de serbios, de croat... er... Sí, mi amor.

– Eh... Bien. ¿Están ustedes casados, conviven, están bajo Acuerdo de Unión Civil...?

– ¡Casados... orgullosamente casados...! Jijí... Nos casamos apenas mi maridito se consiguió su actual pega en la Clínica Héroes de la Hispanidad, porque antes trabajaba en el hospital público, y casarse con un médico del sistema público, no, atroz lo encuentro, ¿te lo imaginas...?

– Señora, entonces compadézcame, porque yo estoy casado con una profesora de colegio subvencionado. En fin, siguiendo con el censo... ¿Animales en la casa, tienen...?

– ¡Sí...! Mi maridito. Es súper regalón con los niños, es una BESTIA en la cama, y el resto del tiempo es un perrito choco de lo más tierno, obediente y sin personalidad que te puedas encontrar, fíjate.

El encuestador recuerda su entrenamiento, en el apartado “Sexo” marca con una X la casilla “CUANDO A ELLA SE LE ANTOJA”.

– ¿Votaron en las últimas elecciones?

– Ah, no, nosotros de política nada, qué atroz, si todos los políticos son iguales de corruptos.

– ¿Ni siquiera votar por candidatos que no sean los políticos de siempre, entonces...?

– Ah, no, nosotros de candidatos alternativos nada, qué atroz, puros comunistas o pura gentuza muerta de hambre... Yo no voto. Mi maridito, en cambio, él sí que va y se levanta y vota. ¿No es tierno...?

– Sí, muy tierno, un perrito choco, ya lo dijo usted, señora. A ver, veamos... ¿Cuántos electrodomésticos tiene usted en la casa?

– Uy, mire, no sé... Veamos, dos teles, el refrigerador, el microondas, Netflix, Spotify...

– Señora, me va a disculpar... Ni Netflix ni Spotify cuentan como electrodomésticos. ¿Diría usted... más de diez...?

– A ver, no sé... Mi amorcito, ¿cuántos electrodomésticos estamos pagando con la tarjeta?

– Cuatro: el refrigerador, el microondas, el smartphone de la Cotecita con el que se toma esas fotos en lencería en el baño que le pillamos en Instagram, y el smartphone que le compramos al Camilito porque estaba tan deprimido porque había que animarlo después de que casi reprobó sexto.

– Séptimo. Camilito está en Séptimo Básico.

– Eh... sí. Séptimo.

– Eh, qué bueno que lo menciona, señora, señor, porque... ¿nivel de escolaridad...?

– A ver, mi maridito es... doctor con magíster en infecciones por fetichismo sexual enterocolítico, oiga, y yo estoy sacando un doctorado en expolio económico contra maridos divorciados, financiado por el Ministerio de la Mujer. Mi hija está yendo a la universidad, y está estudiando Derecho, mire usted, que la veo todos los años ir a exámenes con sus buenos escotes para aprobar, y mi hijo está yendo al colegio, un particular pagado y no un subvencionado, que eso es de rotos, oiga...

– Er... En realidad la Cotecita es hija de la pareja anterior de mi mujer, que era profesor de Música y nunca se tituló de Derecho, pobre hombre, pero el Camilito es nuestro hij... er... Sí, mi amor.

– Eh... Pero, dígame, joven... ¿Las actividades extraprogramáticas cuentan como nivel de escolaridad? Porque entonces anote que mi hijito va a taller de fútbol, taller de guitarra, taller de inglés avanzado, taller de ajedrez, taller de manga y anime y taller de contabilidad tributaria internacional. Bueno, estuvimos a punto de sacarlo del último porque el psicólogo decía que era mucho, pero lo cambiamos por un psiquiatra, le recetó una pastilla, y listo, ahora tiene energía para ir a todos los talleres.

– Ya veo. A ver, veamos...

– ¡Pero marque, marque, marque las actividades extraprogramáticas! ¿No las marcó? Yo creo que son importantes para el censo, ¿no?

– Eh... sí, señora, son importantes. Ya estoy marcando, ¿lo ve?

El funcionario hace la pantomima de marcar la planilla de papel con tres o cuatro cruces, para contentar a la señora, y luego sigue con la encuesta.

– A ver. ¿Religión?

– Yo en realidad no creo mucho en...

– Ya, mi amorcito perrito choco, deje que conteste yo, ¿quiere? ¿Sí? Bien. Aquí en la casa somos los cuatro cristianos católicos practicantes, mi marido, los dos niños y yo.

– Pero si no vamos nunca a misa, las pocas veces que vamos nunca comulgamos, nunca amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos porque siempre estamos ocupados con el trabajo y la familia, y jamás volvemos la otra mejill... er... Sí, mi amor.

El funcionario, suspirando, marca con la X la casilla “CRISTIANISMO HIPÓCRITA”.

– En fin... Vamos a la última pregunta. De 1 a 7, siendo 1 lo menos y 7 lo más, ¿qué tan felices se calificarían ustedes?

– ¡¡¡SIETRES!!!

– ¿Qué? Por favor, no me respondan al mismo tiempo. ¿Podrían responder de a uno? Señora...

– Siete.

– ¿Señor?

– Treeee... eeeehhhh... ¡Très bien, monsieur, sacrebleu! Very muy very très bien!!!

El funcionario hace una cuenta mental, saca el promedio entre 7 y 3, y marca con una X la casilla 5.

– Y... listo. Eso es todo. Les agradezco mucho el tiempo que...

– ¡Cómo! ¿Eso es todo? ¡No nos han hecho la pregunta más importante! ¡Si somos exitosos! Si podemos pasearnos con el carrito del supermercado lleno de cositas ricas y caras para comer, si tenemos un automóvil de marca que paga una monstruosidad en impuesto al combustible, si tenemos una cuarta o quinta casa en Zapallar, Pucón o Caburga, que la tenemos, si nos vamos de vacaciones todos los años a Europa o Disneyworld, si...! Si... ¡Si puedo presumirle a todo el mundo lo exitosa que soy, si soy la princesita que mi mamita me dijo que era!

– Yo no sé, señora, esa pregunta no viene incluida en el censo, y yo no elaboré la planilla, sólo soy un voluntario al que no le pagan nada, pero que se inscribió porque me gusta ser un buen ciudadano y un aporte para la sociedad.

– Eh... ah... sí... Claro. Desde luego. Bueno, está bien ser como usted, por supuesto. Todos deberíamos ser así de buenos ciudadanos. Yo creo que... así... es como surgiría de una vez por todas este país, ¿no? Para que así incluso hasta usted pueda ser exitoso, mire usted, hasta podrían pagarle incluso, un poquito, para que se compre zapatitos nuevos después de estar haciendo esto del censo...

– Sí, señora. No todos podemos ser tan exitosos como usted, supongo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Si el universo de Star Trek estuviera poblado por chilenos.

Ave Kirk, morituri te salutant.
Uno de los aspectos más interesantes del universo de Star Trek es su carácter de utopía, el presentar un futuro que, con sus problemas y sus complicaciones, es un sueño social en relación al pasado y actualidad de la Tierra. Esta visión utópica del futuro no es algo sin precedentes en la Ciencia Ficción. De hecho, mucho de lo escrito en la Edad de Oro partía sobre una base similar: la Tierra se ha extendido por la galaxia, y ha llevado consigo la paz, la justicia, la libertad, el pastel de manzana, etcétera. Star Trek es una serie intensamente idealista, ya que describe un futuro en donde varias razas espaciales confluyen en una Federación que se intuye más o menos democrática, entre ellas un planeta Tierra que ha dejado atrás el odio, las divisiones y el racismo, integrados en una sociedad racionalista en que, en principio, no existe el fanatismo religioso, y cuya economía parece funcionar de manera tal, que no parecen haber pobres, hambrientos, menesterosos o necesitados. Un mundo sin lugar a dudas mucho mejor que el nuestro.

En años recientes, dicho optimismo ha sido morigerado un resto, muy en particular a partir del reboot de 2.009 por parte de J.J. Abrams, que so pretexto de crear una línea de tiempo paralela a la anterior, ha retratado a una Federación menos idealista, y más militarizada. Pero con apenas tres películas en siete años, frente a un corpus narrativo anterior que abarca diez películas, más seis series televisivas que suman 29 temporadas en total, por no hablar de la nueva serie que se ha anunciado para 2.017, que pareciera ser que se ambientará en la continuidad antigua, es prematuro decidir si tendremos una relectura del mismo.

Es una verdad suprema que las grandes civilizaciones necesitan de grandes hombres que las gestionen, y la Federación no es una excepción. Al servicio de la misma tenemos a espíritus nobles y elevados como James Tiberius Kirk y Jean-Luc Picard, siempre dispuestos a sacrificarlo todo en aras de los ideales superiores que informan a la Federación. Ni siquiera la presencia de elementos opacos como la nebulosa Sección 31, organización paramilitar encargada del trabajo sucio de la Federación, eliminan lo anterior. Pero podría ser diferente. Podría ser por ejemplo que la Federación, en vez de estar integrada por los elementos más nobles de la Humanidad, estuviera compuesta por otros de ralea bien diversa, por gentes de mala entraña y peores propósitos, por gente egoísta, hipócrita y con tintes sociopáticos. Por chilenos, por ejemplo.

Y esta posibilidad origina una interrogante de mucho interés: ¿cómo sería el universo de Star Trek si las tripulaciones de sus naves estuvieran compuestas de manera exclusiva, o a lo menos mayoritaria, por chilenos? Intentaremos una respuesta aquí en la Guillermocracia. De esta manera, haremos algunas observaciones acerca de cómo sería el universo de Star Trek, si los chilenos hubieran acompañado a las cucarachas en su supervivencia al holocausto nuclear, y así hubieran permanecido en el tiempo lo suficiente como para infectar a la Federación con su presencia. El resultado que obtendríamos sería sin lugar a dudas desolador. Lo que veremos ahora, ya que a continuación viene un retrato de la manera en que sería el universo de Star Trek, si la Federación estuviera compuesta o al menos controlada por chilenos.

1.- El capitán sería un enchufado hijo de político. Nadie ascendería a capitán por méritos propios. Por el contrario, la gente inteligente y competente sería odiada porque haría sombra a los enchufados, y por lo tanto, serían destinados de manera monótona y rutinaria a la sección chaqueta roja de la nave. Cualidades tales como caer simpático, sobajear lomos o aserruchar activamente el piso de la gente alrededor, serían mucho más determinantes para obtener ascensos que la competencia, el valor o la responsabilidad. Y por supuesto, en la cúpula, allí donde se deciden los ascensos y promociones, vendrían las componendas de todo tipo, con diálogos tales como: "Apoya a mi hijo para que ascienda a capitán, y después cuando le toque al tuyo, lo avalo yo". Y ganarse los galones de capitán implicaría ir a muchos, muchos, realmente muchos cócteles.

2.- Todos llegarían a sus puestos de mando media hora tarde. Si se establece que la entrada al horario de trabajo es a las ocho de la mañana, entonces los diversos tripulantes llegarían a tales puestos a horas que pueden oscilar entre las ocho y media, y nueve de la mañana. Con el pretexto agravado de que, al estar en el espacio, es fácil perderse con la hora terrestre, o la de cualquier otro planeta. Luego de llegar, habría un poco de conversación entre colegas, con una taza de café y un pan relleno de queso y jamón, para luego, recién a las diez de la mañana, ir a instalarse en los puestos de trabajo respectivos. ¿Y quién ha atendido el puesto mientras tanto? Qué más da. Si hay una crisis en el intermedio, alguien se habrá encargado de responder.

3.- Todos interrumpirían el trabajo a las diez de la mañana para una taza de café y conversación durante una hora. Acabo de decir que la entrada efectiva al trabajo sería a las diez de la mañana, pero para ese minuto, la gente ya está cansada. Porque se gastan muchas energías en levantarse temprano, o inventarse ingeniosas excusas para sacarle el cuerpo al trabajo y a la responsabilidad en general. Y como nadie puede funcionar bajo tanta presión, es la hora de tomarse una taza de café. Acompañada de otro pan con jamón y queso. Y con un poco más de conversación acerca de los últimos chismes vulcanos, klingon o andorianos. Todo eso mientras el trabajo se acumula. Después de todo, entre 3.763.491.737 especies animales, vegetales o cristalográficas alienígenas que queden por clasificar, el atraso en una más o una menos, qué más da.

4.- El grueso de la tripulación serían obesos mórbidos. La dieta favorita de la tripulación serían los completos y las chorrillanas, y más de alguno se cometía el mítico hot dog a lo pobre, es decir, esa delicia chilena que es el pan de mesa relleno con carne frita, huevo frito y papas fritas, porque la vida saludable es de cobardes. Por supuesto, que nadie cuente con que alguien de la tripulación va a hacer ejercicio. Es decir, la tripulación de esas naves se parecerían físicamente más a la gente del Axiom que a la del Enterprise. Y si los Borg llegan a atacar una de las naves, la tripulación sería inmediata carne de asimilación, porque casi nadie conseguiría arrastrar la barriga en la consabida fuga hacia las cápsulas de escape.

5.- En cualquier operación de descenso, los chaquetas rojas bajarían sin ninguna medida de seguridad. Eso es algo que veíamos en Star Trek, pero ahí al menos tenían el gusto de llevar sus fasers en posición. Pero tratándose de los chilenos, tomar precauciones es de minas. Para un buen macho chileno, la exploración de un territorio potencialmente hostil es un paseo de campo, en el cual se pueden hacer comentarios festivos y en general dar un par de vueltas, porque es una excusa excelente para sacarle el cuerpo al trabajo dentro de la nave. Si los atacan, irían corriendo a esconderse, lo que se los permita sus barrigas cerveceras y parrilleras, mientras que le piden al técnico de teletransporte que los suba arriba otra vez, porque chaqueta roja de la Federación que arranca, sirve para otro descenso. Y los técnicos responderán con entusiasmo, porque es la vida de sus compañeros de asado la que están en juego después de todo... salvo que justo estén fuera de su puesto porque, como ya hemos dicho, hay que tomarse un par de tazas de café por mañana para aguantar la jornada laboral.

6.- Los altos mandos de la Federación le dirían a los chaquetas rojas que sean emprendedores y proactivos para ganarse su futuro. Primero deberían endeudarse hasta lo indecible para estudiar en la Academia de Chaquetas Rojas, con un préstamo de la Federación que estarían pagando durante las siguientes cinco o seis de esas consabidas "misiones de cinco años". Pero no irían a dicha Academia para estudiar y sacarse buenas notas, sino para hacerle la pata a los profesores y conectarse con otros chaquetas rojas que puedan darles el empujón hacia arriba. ¿Rellenar los cargos para chaquetas rojas por concurso o por competencia? Sí, para guardar las apariencias, pero al final, el factor secreto es el conocido y la cuña. Lo mismo para los ascensos y promociones. Una vez en su puesto, el chaqueta roja entonces gastaría todo su dinero y ahorros en viajes de vacaciones, en tener una nave espacial del año, en tener el último modelo de smartphone, y en echarse encima una familia con la cual puede que se lleve como perros en caniles, pero que lucen muy bien en Facebook, o lo que sea el equivalente futurista de Facebook.

7.- En algún minuto surgiría un chaqueta roja que descubriría las bondades de protestar por el trato dado a los chaquetas rojas. Sería inevitable. En algún minuto, un chaqueta roja envalentonaría a todos sus compañeros, los haría movilizarse y marchar, y conseguiría ser elegido dirigente gremial de los chaquetas rojas. Entonces se sentaría a la mesa con los altos mandos de la Federación, quienes le preguntarían acerca de cuáles serían sus aspiraciones monetarias para no seguir agitando la pintura dentro del tarro. En los años sucesivos, el dirigente gremial seguiría gritando y golpeando mucho la mesa, pero a la hora de los acuerdos cedería en todo, y saldría en la prensa diciendo que ha conseguido el más revolucionario e histórico acuerdo laboral para los chaquetas rojas del último medio siglo, con lo que esperan que la tasa de mortalidad descienda un 3,4%, sin decir que en realidad eso significa que probablemente descenderán a morir un 3,4% más de chaquetas rojas. Y mientras los chaquetas rojas seguirían muriendo como moscas, este dirigente gremial empezaría a engordar de manera sospechosa, al tiempo que por ser dirigente gremial, estaría protegido por fuero y nunca le tocaría descender a que se lo cargaran.

8.- Los chaquetas rojas escucharían reguetón. Se dice que los técnicos de la NASA, a la hora de elegir la música para incluir en el famoso disco dorado de las sondas Voyager, propusieron incluir sólo Johann Sebastian Bach, pero Carl Sagan vetó la idea porque haría pensar a los extraterrestres que los humanos son unos jactanciosos. Pero esas cosas ocurren en Estados Unidos. Si la tripulación del Enterprise estuviera compuesta por chilenos, nadie conocería a Bach ni por silbar la famosa Tocata y Fuga, o el Aire. Por el contrario, la banda sonora de cada descenso oscilaría entre DJ Mendez, Kel, y Ricardo Arjona. Por otra parte, ya sabemos cuál es el destino común de un buen chaqueta roja de Star Trek, de manera que no es para sentirse muy ofendido por el tema, en cualquier caso. Incluso sería interesante cantarle a los chaquetas rojas: "Chaquetaaa... no le ponga años a su viiidaaa... póngale vida a sus años... que es mejooor"...

9.- El doctor y la enfermera pasarían más tiempo en el cuarto de las escobas que en el pabellón médico. Exceptuando quizás al viejo cascarrabias de McCoy, la enfermería sería mitad eso y mitad práctica de Obstetricia. El trabajo consistiría en estabilizar al paciente, dejarlo sedado para que no moleste, y luego, ir a pasar las horas muertas de la mañana en donde todos toman café, para jugar mutuamente al doctor. La invención del holodoctor en épocas tardías de Star Trek sería el golpe de muerte de las enfermeras, que se verían de pronto privadas de su fuente de entretención, aunque siempre le quedaría el recurso de cuidar a los ancianos que se llevan a patadas con las computadoras.

10.- ¿Seguro médico? ¿Previsión social? ¿Qué es eso? Si la Federación estuviera controlada por chilenos, entonces los tripulantes de las naves estarían afiliados a una AFP que mantendría como rehenes administraría los fondos de su futura pensión. Mes a mes se les descontaría una cotización de su salario, para financiar su jubilación, supuesto de que no sea un chaqueta roja, o que lo sea y por milagro sobreviva a todos los descensos. La AFP le prometería a los tripulantes unas rentabilidades de velocidad warp para sus fondos, pero luego le descontaría entre la mitad y los dos tercios por gastos de administración, y los jubilados seguirían trabajando porque con lo que quedaría para jubilación no alcanzaría para vivir. En cuanto a la salud, o estarían afiliados a una ISAPRE que les aplicaría otro descuento mensual bajo compromiso de financiar sus gastos de salud, para que luego la ISAPRE encuentre hasta el último resquicio legal y contractual por el cual no pagar hospitalización, tratamiento o medicinas, y así quedarse con el dinero legalmente saqueado. Por supuesto, apenas la Federación descubra el planeta ése de la eterna juventud, lo bombardearían hasta esterilizar el mismísimo núcleo planetario, porque si se propagara la noticia, ya nadie enfermaría o envejecería, las AFP e ISAPRES perderían su razón de ser, y sus altos ejecutivos se verían en la humillante situación de tener que buscarse un trabajo de verdad.

11.- Ante cualquier ataque Klingon, el capitán se desligaría de responsabilidades y diría que se enteró por la prensa. Una tripulación compuesta por buenos chilenos es una tripulación que nunca se hace responsable por nada. Si los klingon atacan, pues son cosas que pasan. Se combate un poco, se arranca otro poco, y si se consigue detenerlos de milagro, pues vuelta a la rutina y normalidad. Otro tanto sucedería si el transportador funciona mal y reconstruye a un humano con la cabeza en el trasero: nadie tendría la culpa, en realidad el sistema venía fallado, la empresa encargada de instalar el transportador no cumplió con los estándares fijados en el concurso, la culpa es de la gente que se sube sin pagar, etcétera.

12.- La Federación sería increíblemente xenófoba frente a otras razas. Aunque en defensa de esta Federación, eso resulta más o menos fácil serlo si es que se tiene como vecinos a una tropa de klingons exigiendo acceso a la Zona Neutral porque en una guerra anterior les robaron territorio, que quieren salida soberana al Sol, que van a demandar en La Haya, que las aguas del planeta Lauca, etcétera. Pero los humanos de la Federación mirarían en menos a los vulcanos, muy en menos, porque después de todo, ellos qué han hecho... Han inventado la Filosofía, desde luego, pero, ¿cuánto ganan? ¿Cuánto se transan sus acciones en bolsa? Eso sí, si aparece una criatura extraterrestre que sea aria hiperbórea, se la invitaría a que asienten colonias en la Federación, les entregarían puestos de gobierno, los dejarían meterse en los altos puestos del manejo económico, etcétera. Si los chilenos estuvieran a cargo de la Federación, la mitad de los Presidentes de la misma tendrían apellido klingon, romulano, cardassiano, o borg... pero ninguno mapuche, quechua, aimará, pascuense o selknam, ni por error de inscripción en la partida de nacimiento.

13.- Los habitantes de la Federación pedirían más seguridad a gritos. De tarde en tarde, aparecería un pirata espacial y asaltaría una nave, y la Federación estaría clamando el derecho a irrumpir en cualquier planeta a buscar a los sospechosos. y brutalizarlos hasta lo indecible, incluyendo más cárceles, detenciones por sospecha, etcétera. Los habitantes de la Federación se quejaría de que "los delincuentes están libres y los ciudadanos encerrados en sus casas". En algún minuto, a los políticos que promueven y consiguen que se aprueben esas leyes, les pillarían boletas ideológicamente falsas, y caerían en su propia trampa, lamentándose de que esas leyes las habían aprobado contra los chaquetas rojas y los inmigrantes vulcanianos, no contra gente decente y honesta como ellos.

14.- La Federación sería increíblemente clasista. El clasismo estaría a la orden del día. Si hubiera chilenos en la Federación, la misma jamás habría suprimido el dinero porque entonces todos serían iguales, y no habría manera de abusar de los desgraciados que son más pobres que uno. Si alguien hablara de derechos laborales o seguridad social, dirían: "Flojos y patanes, lo quieren todo gratis". Lo cual es pura perfidia, por supuesto, porque todo el mundo sabe que un chileno que se respete nunca pide que le den, sino que lo pongan en donde haya...

15.- Las operaciones en la nave se interrumpirían por el fútbol. Cada vez que hubiera partido, la Federación se paralizaría. Se pedirían permisos para salir más temprano del trabajo, las licencias sospechosas por enfermedad se incrementarían a niveles históricos, se armarían reuniones con asados y cerveza, etcétera. De manera que si hubiera chilenos en la Federación, rueguen porque la siguiente invasión Borg no se produzca durante el match definitivo por la copa del Universal de Fútbol, a disputarse entre la Selección Humana y la Selección Vulcana, o de lo contrario, las defensas de la Federación serían asimiladas más rápido de lo que José Piñera dice "Presidente Pinochet". Aunque por otra parte, si la Federación consiguiera que los Borg asimilaran el concepto de fútbol, quizás eso llevaría a la extinción del Colectivo... Después de todo, resistance against football is futile...

16.- Los programas de holodeck más populares serían los reality shows. El humor estaría compuesto de chistes sobre esos simpáticos desviados que son los extraterrestresexuales, algo natural en una Federación en donde sus altos mandos no quieren el matrimonio entre humanos y extraterrestres porque eso violaría la ley natural de Dios. Algunas personalidades de reality incluso se postularían a puestos electivos en la Federación... y ganarían.

17.- El progreso entero de la Humanidad se paralizaría. Los miembros de la Federación se acostumbrarían a decir que "yo no me quejo, hago mi trabajo calladito, no le reclamo a nadie, y así me va bien". En consecuencia, se detendría la creatividad, la innovación, el progreso científico, el funcionamiento de las instituciones de fiscalización, los derechos laborales, etcétera. La Federación seguiría funcionando, pero reconvertida en un janato mogol con un puñado de rajás en la cima, y un montón de parias intocables abajo. Al menos, eso explicaría desde dónde podría salir Khan...

Si les parece que el universo de Star Trek sería horrible si estuviera poblado por chilenos, entonces queda una alternativa incluso peor: que estuviera poblado por bolivianos. Sería esencialmente lo mismo, menos las AFP e ISAPRES, y más reivindicaciones de salida soberana a la Zona Neutral. Porque chilenos y bolivianos, latinoamericanos todos a fin de cuentas... y muy lejos de una sociedad tranquila, pacífica y utópica como la de Star Trek.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Los 50 años de Star Trek.

Escena de Star Trek: Sin límites, la película que celebra el aniversario 50 de la franquicia.
Hoy día, 8 de Septiembre de 2.016, se cumplen exactamente cincuenta años, medio siglo, desde el estreno de la serie televisiva Viaje a las estrellas, y por lo tanto, desde el inicio oficial de Star Trek como franquicia. Como sabemos, la franquicia se compone actualmente de seis series televisivas (Viaje a las Estrellas, Viaje a las Estrellas: La serie animada, Viaje a las Estrellas: La nueva generación, Viaje a las Estrellas: Abismo espacial 9, Viaje a las Estrellas: Voyager, y Viaje a las Estrellas: Enterprise), más diez películas ambientadas en la continuidad original, y otras tres películas ambientadas en una nueva continuidad alternativa, que puede ser considerada o no como un reboot a según el punto de vista. Y eso por no hablar de un universo expandido compuesto por novelas, cómics, videojuegos, y un bastante vasto mercadishing.

Por lo que algo diremos sobre esta franquicia, decana del actual modelo de franquicias en el mundo audiovisual. Y no porque haya faltado espacio en la Guillermocracia para Star Trek. Ahí está Los viajes de la nave espacial Enterprise, el episodio 40 de las Crónicas CienciaFiccionísticas. Luego vino una Interminablelogía en dos partes, en donde le hacíamos un repaso a la mitología interna completa de Star Trek, enfocándonos en la generación original primero, y en las series spin-off después. Y en forma adicional, le hicimos un pequeño tributo al cascarrabias Doctor McCoy en el posteo titulado Tributo al Doctor McCoy precisamente, porque no descartemos un título obvio sólo por su obviedad. Pero por la enorme influencia que ha tenido Star Trek tanto en las ficciones audiovisuales como en el mundo en general, la ocasión amerita un posteo especial.

Star Trek es una de las dos megafranquicias audiovisuales modernas que arrancan en la década de 1.960; la otra por supuesto son las películas de James Bond. Existen otras franquicias que se basan en universos de igual data, como por ejemplo el Universo Cinemático Marvel, pero la primera película de éstas data de 2.008, una nada en comparación a los cincuenta venerables años de Star Trek. Pero entre ambas, y las comparaciones son iluminadoras aquí, Star Trek ha andado bastante más a los tumbos que James Bond. En general, 007 se ha defendido a razón de una película cada pocos años, y ha conseguido ir cambiando y mutando con los tiempos para mantenerse siempre fresca y actual; por supuesto, esto hace que algunas películas sean risiblemente de su tiempo, pero es parte de su encanto. Star Trek, en cambio, ha pasado por épocas de sequía y abundancia. Hay épocas en donde no hay Star Trek en cines o televisión: desde la cancelación de la serie original en 1.969 hasta la serie animada en 1.973, o desde ésta a la primera película en 1.979, o todos los años desde 2.005 en que se canceló Enterprise, salvo por el estreno de las tres películas de la continuidad reboot. En otros tiempos han existido incluso dos series emitiéndose al mismo tiempo, y además las películas.

Esto ha hecho que el desarrollo de Star Trek haya sido bastante irregular, y al último le ha hecho más daño que bien a la franquicia, creo yo. Porque la misma nació primero un poco al calor de la mentalidad progresista de la década de 1.960. En la época, un tiempo en donde todos los héroes debían ser anglosajones de raza, tener una tripulación en donde caucásicos, negros, chinos, rusos e incluso un alienígena interactuaran en condiciones de igualdad en un puente de mando, era casi una revolución conceptual. También, tener una serie en donde los problemas se resolvieran en parte a disparos pero en parte también aplicando inteligencia, diplomacia y ciencia, era algo muy poco visto en televisión; Star Trek fue vendida como una especie de Western en el espacio, es cierto, pero no es menos cierto que en la época, los Western tipo Bonanza tenían la saludable tendencia de resolver todo a balazo limpio y sin más. Compárese esto con el final del episodio La ciudad al fin de la eternidad, que no presenta realmente ningún villano ni oponente, y el verdadero conflicto deriva de un horroroso dilema ético zanjado al final sin verdadera violencia, y se entenderá el punto.

Esta escena del capítulo Los hijastros de Platón es uno de los primeros besos interraciales en la televisión de Estados Unidos, y por lo mismo, despertó polémica en su día.
En la siguiente época de florecimiento de Star Trek, ya en la década de 1.980, se produjo un fenómeno intelectual interesante. ¿Cómo podían encajar los valores racionalistas y ecuménicos de Star Trek, en pleno Reaganismo? Recordemos, Ronald Reagan bautizó a su proyectado proyecto militar en órbita como Star Wars, no como Star Trek. Y Star Wars, el universo que en el intertanto había despegado con La guerra de las galaxias en 1.977, es casi lo opuesto de Star Trek. En Star Wars hay una profunda mentalidad de "no pienses, siente", ejemplificada en la famosa frase mística: "Usa la Fuerza, Luke", mientras que en Star Trek, en cambio, el principio es más o menos el opuesto: "Antes de hacer algo, mejor piénsalo bien, analiza, aplica la razón, busca salidas alternativas". Diríamos que Star Trek tiende a ser racionalista e ilustrada, y Star Wars tiende a ser emocional y romántica; y el Reaganismo fue una era emocional y romántica en donde Ronald Reagan ensalzaba a un héroe tan poco ilustrado y tan romántico como John Rambo. El viejo conflicto entre Ilustración y Romanticismo, en el Reaganismo se inclinaba hacia este último, y me atrevería a decir que eso dura hasta el día de hoy.

En este contexto, y desde su propia esquina, Star Trek se las arregló para ser un faro de racionalidad en medio de la catástrofe. Star Trek puso énfasis en las consecuencias de la venganza (La ira de Khan), en la importancia de defender el medio ambiente (Misión: Salvar la Tierra), o en afrontar los cambios sociológicos con espíritu de tolerancia y perdón (La tierra desconocida). No creo que Star Trek haya sido tan influyente como para cambiar la Historia Universal ni mucho menos, pero no me resulta difícil pensar que debe haber puesto su grano de arena en evitar la marcha hacia el desastre universal que bien podíamos haber vivido en esa década, si los cascos calientes de un lado u otro hubieran confundido el botón nuclear con las teclas para jugar Decatlón en el Atari 800XL. Un grano de arena no es más que un grano de arena, es cierto, pero tampoco es menos que un grano de arena.

En la década de 1.990, la franquicia empezó a trastabillar. Por dos motivos, uno externo y uno interno, creo yo. El motivo externo es que, en cierta medida y siempre dependiendo del punto de vista, la época hizo carne y concreto los valores que Star Trek había propuesto y representado para un futuro ideal: la tolerancia, la democracia, el multiculturalismo, el entendimiento entre las civilizaciones, etcétera. Es la época en la cual triunfó el libro El fin de la Historia y el último hombre de Francis Fukuyama, que predicaba el Liberalismo y la globalización como las fases finales de la evolución de la civilización humana; que ese libro hubiera sido escrito en Estados Unidos por un respetado intelectual que a la vez era nieto de un inmigrante japonés, algo debería decir. Por supuesto, después descubrimos que las cosas en nuestro mundo real no eran tan bonitas, que existían los antiglobalización que la liaron bien liada en Seattle en 1.999, o los terroristas musulmanes felices de cargarse torres con aviones en 2.001; pero el punto es que en ese minuto al menos parecía que habíamos llegado al universo de Star Trek, o a lo menos, a un sucedáneo bastante aceptable. Incluso, hasta la tecnología en algunos aspectos, como la telefonía celular, ya estaba el nivel de Star Trek, y en algunos incluso la superaba, como los computadores personales.

Y el motivo interno fue el problema del exceso de continuidad, omnipresente e inevitable en cualquier franquicia que crece más allá de cierto grado de desarrollo. Hasta mediados de la década de 1.980, hacerse trekkie implicaba haber visto una serie televisiva de tres temporadas, una animada, y tres o cuatro películas. Es una cantidad significativa de material, por supuesto, pero no era una suma irremontable para un ser humano promedio que deba compatibilizar Star Trek con estudiar, trabajar, tener una familia y leer lo que fuera el equivalente de la Guillermocracia en esos años. Pero luego, entre 1.987 y 2.005, vinieron tres series televisivas y seis películas más. De pronto, hacerse trekkie implicaba casi tanto trabajo como sacar adelante una tesis de doctorado. Con independencia de la calidad de las últimas películas, o de las cuestionadas series Voyager y Enterprise, lo cierto es que inventarse nuevas razas y situaciones era una constante huída hacia adelante que sólo sumaba más material a las enciclopedias. Esto es muy visible en Enterprise. La serie iba a ser una precuela a todo el material anterior, ambientada un siglo antes de la serie original, pero luego, apareció un misterioso viajero del tiempo desde un futuro mucho más futuro, y varias razas misteriosas del siglo XXX o algo así, lo que por supuesto enredó la continuidad mucho más. ¿Qué tan mala era la cosa? Lo suficiente como para que en 2.007, un par de años antes del reboot, una chica que en ese entonces andaba en sus catorce me preguntara: ¿Y qué es un klingon...? Una década antes, incluso hasta los que no veían Star Trek, tenían a lo menos una idea sumaria de lo que era un klingon, aunque fuera por las parodias de Star Trek dando vueltas allá afuera.

Esto es un klingon.  Y no, yo tampoco quiero encontrarme con uno.
Un ejemplo de esto es un capítulo entero de Abismo espacial 9, titulado Juicios y problemas con tribbles, y que es esencialmente un remake de un episodio de la serie original con personajes de la nueva serie insertados por ahí y allá vía efectos especiales tipo Forrest Gump, novedosos por ese entonces. La sola idea de recurrir a esta maniobra narrativa, es casi hacer oficial que los nuevos trekkies la iban a tener muy difícil para ingerir nuevo material. El episodio, por cierto, fue emitido en 1.996, como autohomenaje por los treinta años de la franquicia, y eso algo debería decir. Para peor, el capítulo no podía dejar en paz el tema de por qué el maquillaje de los klingon ha cambiado con los años, dejando que el espectador lo suponga un simple problema de presupuesto de la serie, porque todos sabemos lo roñosos que eran los decorados y efectos especiales de la serie original, incluso para los estándares de la época, y tenemos una idea de los malabares que hacían para hacer rendir el dinero. Pero en vez de ignorar el problema, la serie lo acreditó no como un tema de efectos especiales sino como una verdadera física dentro del universo, lo que obligó a proporcionar una explicación, haciendo así la continuidad todavía más complicada. Por si a alguien le interesa la respuesta: los klingon con otro maquillaje fueron en realidad un experimento médico klingon que salió mal.

Esto había llegado antes a un extremo con La caza, episodio de La nueva generación que explica por qué el universo de Star Trek está poblado con tantas razas humanoides. La respuesta anterior era sencilla: el presupuesto y el nivel técnico de los efectos especiales sólo permitía alienígenas que fueran actores humanos metidos en trajes de goma. Era una respuesta que estaba ahí, no molestaba a nadie, y podía aceptarse como un aspecto propio del universo de Star Trek que, siendo uno diferente al nuestro propio, no tiene por qué seguir al ciento por ciento nuestras leyes de probabilidad biológica, por las cuales tener tantas especies inteligentes humanoides sueltas en la galaxia es una casualidad estadística. Por si a alguien le interesa la respuesta: alienígenas ancestrales sembraron varios planetas, incluyendo la Tierra, con ADN humanoide. Es una respuesta interesante, y congruente con el resto de la serie... pero era un dato más que los potenciales fanáticos deberían aprender, para hacerse una idea de los detalles del universo narrativo de Star Trek.

Debido a estas dos razones, no es nada de raro que Star Trek haya colapsado a plomo, a inicios del siglo XX. En medio de la Guerra Contra El Terror, el racionalismo y el optimismo de Star Trek lucían como increíblemente ingenuos e incluso trasnochados. Peor aún, la propia franquicia había empezado a deconstruirse en Abismo Espacial 9, que mostraba en algún capítulo cómo la Federación no era tan pura e inmaculada, y tenía a su servicio la temible Sección 31, esencialmente un cuerpo de black-ops encargados del trabajo sucio. En la época hubo una serie con naves viajando por el espacio que capturó mucho mejor el espíritu de los tiempos, y ésa es Battlestar Galactica; lo que tiene guasa, si se piensa que ésta es un remake de una serie de 1.979 que nació como... un clon de Star Wars. Además, el muy merecido fracaso de Némesis en 2.002, la décima película de la franquicia, pareció poner fin a la andadura de Star Trek por los cines. En cuanto a la televisión, la última serie trekkie en ser cancelada, Enterprise, vio su fin en 2.005. Con un episodio que la enlazaba con La nueva generación, serie terminada una década antes, casi como revelando la falta de confianza en la propia Enterprise.

Para peor, ciertos movimientos corporativos a mitad de esa década acabaron en la escisión de los derechos entre dos compañías, con Paramount llevándose los derechos de Star Trek para el cine, y CBS con los derechos de la franquicia para la televisión. Esta es una de las principales razones por las que el reboot de Star Trek en 2.009, que a la fecha lleva acumulada tres películas (Star Trek, Star Trek en la oscuridad y Star Trek sin límites) no llevó a nuevas series televisivas. O de por qué la nueva serie televisiva prometida para 2.017, Star Trek: Discovery, se ambientará en la continuidad primitiva de Star Trek, y no en el universo del reboot. Por supuesto, hay también otros problemas. El presupuesto en actores, por ejemplo. Las películas anteriores al reboot se rodaron con los actores de las series televisivas, que se hicieron famosos gracias a ellas, y cuyo caché por lo tanto no era demasiado elevado. Las películas del reboot, en cambio, tienen que pagar las remuneraciones de Chris Pine, Zachary Quinto, Zoe Saldana, Karl Urban y Simon Pegg, que no son actores de primera fila, pero tampoco unos completos desconocidos más allá de Star Trek, y que por lo tanto, tienen un costo prohibitivo para darles contrato a todos por una sesión televisiva de 22 episodios con posibilidad de nuevas temporadas futuras, dentro de una franquicia cuyo gasto en efectos especiales debe ser alto precisamente por ser de Ciencia Ficción.

El puente de mando en el reboot de Star Trek.
Pero por supuesto, al final una parte importante del problema de Star Trek es que su espíritu racionalista e ilustrado no parece tener cabida en el mundo contemporáneo. Cuando J.J. Abrams montó el reboot de 2.009, la película Star Trek mostró una clara influencia de Star Wars. Quien conozca el pasado televisivo de Abrams puede adivinar los motivos: a Abrams lo motiva mucho más lo mistérico, lo inexplicado, y los personajes que están sueltos y luchando en medio de fuerzas que no alcanzan a comprender, que la exploración racional e ilustrada del espacio. O sea, entre ser ilustrado o romántico, Abrams tiende más a lo segundo. Por eso, Abrams encajaba mucho mejor en Star Wars que en Star Trek, como lo probó al dirigir El despertar de la Fuerza. Pero no por ello hay que despreciar el trabajo de Abrams para sacar a Star Trek de su marasmo. Lo cierto es que cada franquicia debe evolucionar y adaptarse a los tiempos para seguir atrayendo a nuevas audiencias, y Star Trek debía hacer lo propio, en vez de quedarse encasillada en fórmulas que ya habían probado su agotamiento con Némesis y Enterprise. Pero por supuesto, Star Trek no es Star Wars. Por mí, que existan ambas franquicias; yo creo que ambas son espejo la una de la otra, y se complementan muy bien en términos de presencia en nuestro imaginario colectivo. Por eso, transformar a Star Trek en Star Wars es algo tan fuera de lugar como la inversa, transformar a Star Wars en Star Trek. Pero, ¡ay!, cuando Star Trek volvió a ser un poco ella misma, con Star Trek sin límites, las audiencias le volvieron la espalda; de momento, la taquilla no ha respondido bien, y si consigue recuperar sus costos para la productora, tampoco parece que vaya a hacer demasiada caja.

¿Qué futuro le espera así a Star Trek? Quién lo sabe. Parece claro que el espíritu un tanto hippie de la franquicia original, ya no tiene cabida en nuestros tiempos, y si ha de ser planteado otra vez, debe ser en términos que funcionen para las audiencias modernas. Las películas del reboot hicieron su mejor esfuerzo, con resultados discutibles, pero al menos consiguieron mantener viva a Star Trek sin traicionar demasiado su esencia. Pero el verdadero reto va a ser cómo funcione Star Trek: Discovery. Según noticias, la serie se ambientará algunos años después del final de la serie original, por lo que suponemos, va a estar dirigida en lo principal a los fanáticos que esperan mucha continuidad.

Hoy en día quizás cuesta verlo, pero no cabe duda de que Star Trek ha sido una de las franquicias más influyentes del siglo XX. Star Trek probó que había lugar para la Space Opera en la televisión, y luego creció como una interesante alternativa a otras películas más aventureras pero quizás algo más banales, cuando dio su salto a los cines; así, Star Trek es la decana de franquicias como Star Wars, Battlestar Galactica, Babylon 5, Stargate, Space Battleship Yamato, Gundam, Robotech, y un largo etcétera. Star Trek ha sido también un espejo que ha intentado mostrar un reflejo de los problemas y preocupaciones de nuestro propio mundo, y en general ha cumplido en esto bastante bien. Pero tampoco cabe duda de que deberá ir ajustándose al ritmo de los tiempos si es que quiere seguir siendo relevante y significativa en mundo en definitiva muy diferente al cual nació, mundo que es diferente en parte por el mismo éxito e influencia que ha tenido Star Trek en el mundo audiovisual.

Y para desearle el mejor de los éxitos a la franquicia en el futuro... la banda EBM sueca S.P.O.C.K. nos explica lo malvados que son los klingon, en Never Trust a Klingon:



¿Nadie molesto con volver a publicar esta imagen? ¿No? Es sólo para mostrar la influencia de Star Trek en la cultura popular, no se crea otra cosa...

domingo, 4 de septiembre de 2016

Yo me negué a ser escritor de fanfics.


No tengo muy buena opinión de los fanfics en general. O de los fanescritores, ya que estamos en ésas. En general, la reputación de los fanfics no es excesivamente buena. Demasiada morralla, demasiada poca calidad. Por supuesto, vale aquí la famosa ley de Sturgeon según la cual, el noventa por ciento de todo es malo. De esta manera, el noventa por ciento de los fanfics serían basura no porque sean fanfics, sino porque el noventa por ciento de todo lo es.

Por si no saben de qué estoy hablando. Fanfic es un anglicismo y una contracción, o acrónimo mejor dicho, de fanatic fiction, o sea, ficción de fanático. La palabreja surgió en la década de 1.970, dentro del fandom de Star Trek. Otro neologismo: fandom se formó en inglés a partir de la palabra fan, contracción en sí misma de fanático, más la terminación -dom que designa un estado determinado (kingdom o el estado de un rey, boredom, o el estado de aburrimiento, etcétera). Desde la formación del ghetto de la Ciencia Ficción en los tiempos de Hugo Gernsback y Amazing Stories, que el fandom de la Ciencia Ficción había intercambiado material entre ellos, e incluso lo habían escrito: muchos escritores del género, incluyendo a Isaac Asimov, Cyril Kornbluth, Frederic Pohl, y un largo etcétera, partieron sus carreras como fanáticos enviando sus colaboraciones a revistas. Pero con Star Trek se produjo un fenómeno diferente: acabada la serie, los fanáticos decidieron que ése no sería el fin, aunque ellos mismos tuvieran que escribir nuevas historias de los personajes... y las escribieron. Por supuesto, desde esa perspectiva, cualquier obra que tome personajes anteriores prestados sería un fanfic, y de hecho argüimos acá en la Guillermocracia, en su oportunidad, que hay varios clásicos literarios que técnicamente son fanfics. Pero fue el fandom de Star Trek, los trekkies, que codificaron el fanfic como fenómeno, configurándolo de manera moderna. Por supuesto, hoy en día existen fanfics de Star Wars, Expedientes secretos X, Sailor Moon, Dragon Ball Z, Harry Potter, el universo imaginario de Tolkien...

Creo en lo personal que, de una manera u otra, el grueso de los escritores partimos como fanescritores. Nuestras primeras obras fueron, seguro que sí, versiones de historias que ya conocíamos. Cuando nos lanzamos por primera vez a escribir, lo hicimos porque no encontrábamos allá afuera las historias que nos hubiera gustado ver plasmadas en los libros que leíamos, o la televisión que veíamos, o el cine que visionábamos. No debe menospreciarse el poder de este impulso: muchos fanfics parten de ciertas imposibilidades impuestas por las cadenas televisivas, como un potencial romance entre Kirk y Spock, o por cruces entre personajes que no son posibles por cuestiones de derechos, como por ejemplo quién ganaría en un duelo entre Superman y Goku. Esos vacíos en nuestra imaginación, los fanescritores los rellenan con fanfics de su cosecha.

Yo también partí como escritor de fanfics. Mis primerísimos trabajos literarios, cuando era un infante incapaz incluso de generar obligaciones naturales, fueron historias con personajes tomados de mis dibujos animados favoritos, o bien de tales o cuales libros. Sobre ellos no abundaré, en primer lugar porque al ser primeros trabajos no es que tuvieran una calidad descollante, y en segundo término porque yacen destruidos mucho tiempo hace ya, porque a veces me siento misericordioso con la raza humana y no me gustaría infligirles el suplicio de que los leyeran únicamente porque les caigo simpático y piensan que deben investigar todo lo que he escrito hasta el fondo. Si algún día me hago famoso y gano el Premio Nobel de Literatura, no van a faltar los catedráticos obtusos que van a rebuscar entre toda esa basura para sacar una tesis de postdoctorado, o peor aún, encargársela a un pobre y triste alumno y luego hacerla pasar como propia, de manera que hacer desaparecer ese material es hacerle un bien a la Humanidad.

Pero luego evolucioné en otras direcciones. Remitirme a escribir sobre personajes ajenos simplemente no me era satisfactorio. Era un universo de relaciones y elementos ya trazados, y no me permitían mucho juego. O mejor dicho, sí lo permitían, porque para eso se escriben los fanfics en primer lugar, para cambiar las reglas del juego, pero... descubrí que hacerlo de una manera lógica y racional era y es muy difícil. Y aunque lo lograra... podían ser mis argumentos y mis situaciones, pero seguían sin ser mis personajes.

Les voy a proponer un ejemplo. Digamos que escribo un fanfic sobre Superman en el cual dicho personaje, cuando llega siendo un bebé desde Krypton en 1.938, cae en Nueva York, y como más o menos tiene la misma edad que Woody Allen, termina haciéndose amigo suyo. ¿Qué tan difícil puede ser escribir algo así? Para un guionista de Hollywood habituado al blockbuster estándar, lleno de agujeros de guión y recetas tópicas, quizás nada. Pero para mí, supone replantear muchos elementos del mito de Superman: ¿cómo vivir en Nueva York en vez de Kansas cambia a Superman? ¿Cómo influye en ambos la amistad mutua? ¿Cómo surgen los diversos personajes de la mitología de Superman? ¿Cómo va a cambiar la mentalidad de Superman cuando su mejor amigo usa lentes y hace chistes cínicos sobre el mundo, la religión y la vida? ¿Cómo va a cambiar Woody Allen si de pronto descubre que hombres como dioses caminan escondidos entre nosotros? Y suma y sigue. Llega un minuto en que uno, como escritor, prefiere arrojarlos a ambos por la borda, y hacer algo mucho más inteligente: crear dos personajes nuevos, que se parezcan a Superman y Woody Allen, pero que no sean ellos mismos. Por ejemplo, uno es Supermúsculo, el último hijo de Krypcrom, y el otro es Bugsy van Allen, vapuleado por todo futre con independencia de raza, sexo, estirpe o condición. Eso es mucho más fácil que tratar de forzar un Superman ruso o un Superman británico, por ejemplo.

En ese sentido, escribir historias originales es incluso más liberador que escribir fanfics. Y no digo que no se pueda hacer, o que se haga mal. Philip Jose Farmer, escritor de Ciencia Ficción, ha escrito algunos fanfics notables; les recomiendo, si pueden encontrarlo, porque sólo circula como bootleg, por un tema de derechos de autor, Las aventuras del par sin par, en el cual Sherlock Holmes y Tarzán comparten aventuras en la jungla. Incluso, desde cierto punto de vista, la saga del Mundo del Río es un fanfic en donde Philip Jose Farmer mezcla a todos los personajes de la Historia Universal en una única continuidad, en otro planeta y a merced de cierta raza alienígena que los ha resucitado con propósitos inicialmente desconocidos. Pero por cada Philip Jose Farmer hay quinientos, mil o diez mil monos tecleando máquinas de escribir, con los resultados que son de prever.

En ese sentido, creo que el fanfic como actividad embrutece. El fanfic obliga a jugar con reglas ya preestablecidas por otros. Si se las sigue, lo que queda es una obra ciertamente algo pobre, y si se las rompe, lo que queda es cualquier cosa menos lo que hacía especial a la obra original. Pensemos por ejemplo en el clásico fenómeno de las Mary Sue, esos personajes creados por fanescritores y que se tragan todo el argumento del fanfic debido a lo magníficos que son, en relación a los personajes originales que supuestamente adaptan. Si leo un fanfic de Star Trek, lo hago porque me interesan las peripecias de Kirk y Spock, y no las de Mary Sue; y pongo este ejemplo ex profeso porque la primera Mary Sue es en efecto un personaje llamado Mary Sue, de un fanfic de Star Trek. De hecho, el relato en cuestión fue objeto de tal mofa, que el personaje de Mary Sue terminó bautizando el concepto genérico de esta clase de personajes.

Además, el fanfic representa algunos de los aspectos más desagradables de los fanáticos, incluyendo esa idea peregrina de que ellos saben más acerca de la saga que sus creadores. A veces, puede pasar: Isaac Asimov recordaba que un fanático de la saga de las Fundaciones en una ocasión le había enviado una buena lista de errores de continuidad dentro de la misma, que el propio Asimov no había advertido al escribir los relatos de la mencionada saga. Pero luego están los fanáticos narcisistas que crean la tautología perfecta según la cual algo es lo mejor de lo mejor porque a ellos les gusta, y ellos son lo mejor de lo mejor porque les gusta lo mejor de lo mejor, en un problema causal similar al del huevo y la gallina. Por supuesto, esta clase de fanáticos sabe mejor que el resto, incluso que los creadores. ¿Los creadores se niegan a que Mulder y Scully gocen de placeres salvajes más allá de la relación laboral? El seguidor normal de la historia se encoge de hombros y se dice a sí mismo que es sólo una historia, y que no puede ser todo al gusto de uno, si es que de verdad quiere ver eso. Pero el fanescritor no: dentro de su mente, se ha apropiado de los personajes, los ha hecho suyos, y ahora, como sus esclavos, deben cumplir con su voluntad patológica. En definitiva, detrás de todo fanescritor hay un fulano muy enojado con la realidad, y que intenta sustituirla con una propia forjada en su mente. En definitiva, quiérase o no, el combustible que alimenta a los fanfics es el narcisismo, el "yo sí sé y los creadores no".

A la hora de abordar una ficción, cualquier ficción, esto debe hacerse con cierta altura de miras. Por mucho que a uno le guste una novela, una película o una serie de televisión, en principio sigue siendo una obra ajena. Los creadores la han diseñado de una manera, y eso es así por motivos bien precisos. A veces loables, como lo es la calidad literaria. A veces menos confesables, como lo es el vil lucro comercial. Uno como espectador debe aceptar las ficciones del mismo modo en que acepta la vida, sin afanes por hacerla más como uno mismo es. En el peor de los casos, si una ficción no nos gusta, lo más saludable es simplemente abandonarla: siempre habrán ficciones más satisfactorias a las cuales recurrir.

Y sin embargo, ¿qué puedo hacer si de verdad me gusta una historia y unos personajes? ¿Acaso no puedo tomarlos o adoptarlos de alguna manera? La verdad es que sí: se puede crear sustitutos de los personajes originales. Así, en vez de escribir un fanfic acerca de Harry Potter, se puede escribir una historia sobre un personaje completamente original llamado, digamos, Henry Pöehler. Este nuevo personaje podrá parecerse o diferenciarse de Harry Potter tanto como se quiera, pero lo importante es lo siguiente: el grado de parecido o diferencia es manejado a discreción por el autor. Buscará hacer que se parezca si lo que intenta es escribir una parodia, o un homenaje afectuoso. Pero también puede suceder, y esto es muy saludable, que andando el tiempo el creador le vaya confiriendo a su personaje propio, a Henry Pöehler en nuestro ejemplo, características nuevas, hasta un punto que el parecido se rompe, y nuestro nuevo personaje corre ahora con alas propias. Así, ya no tenemos entre las manos a un mero juego con una creación ajena, sino una nueva y asombrosa creación propia. Y más aún: dicha creación no llevará un sello ajeno impuesto, sino el nuestro propio, y será una obra mucho más creativa de lo que hubiéramos esperado al comenzar a escribirla. Y en definitiva, el valor más importante a la hora de escribir es justamente ése: la creatividad.

domingo, 28 de agosto de 2016

Bola de Caballeros del Dragón del Zodíaco Z.


Este es un posteo sobre Caballeros del Zodíaco y Dragon Ball Z. Pero no se trata específicamente de Caballeros del Zodíaco o Dragon Ball Z. Desde cierto punto de vista. Desde cierto otro punto de vista, sí que lo es. Lo que hablaré aquí sobre ambas series, puede también aplicarse a varios otros shonen de pelea más recientes, incluyendo con toda probabilidad Bleach, y quizás Naruto, aunque no me he bancado tantos capítulos de esta última serie como para saber. Este es un posteo sobre...

Mejor voy al grano.

Hablo sobre la serie que es conocida indistintamente como Caballeros del Zodíaco o Saint Seiya. Y de esa otra serie que es conocida como Bola de Dragón Z, o como Dragon Ball Z. Por la manía de tener títulos diferentes a ambos lados del Atlántico.

En la década de 1.990, el mundo occidental fue asaltado por dos series destinadas a hacer época: Caballeros del Zodíaco por un lado, y Dragon Ball por el otro. Ambas series, aunque más en particular la secuela Dragon Ball Z, ayudaron a codificar lo que hoy en día podemos llamar liberalmente como el shonen de pelea. Datan de la década de 1.980, aunque llegaron un poco más tarde a Europa y Latinoamérica; a Estados Unidos, Caballeros del Zodíaco llegó tan tarde que de hecho fue despreciada como la copia de otras series que, en realidad, son copias de Caballeros del Zodíaco. La primera gran serie shonen de pelea fue El puño de la Estrella del Norte, que ya de por sí era una cosa rara: varios peleadores sobrehumanos con estética Dragon Ball pero con una parada más cercana a Saint Seiya, se daban de mamporros sobre una Tierra postapocalíptica; esencialmente Mad Max con artes marciales. Pero El puño de la Estrella del Norte, hasta donde tengo entendido, tuvo una distribución pobrísima en el mundo hispanohablante, y pasó en puntillas.

Hace una cierta ración de meses atrás, por circunstancias de vida, me tocó embucharme una enorme cantidad de episodios de Dragon Ball Z y Caballeros del Zodíaco. En realidad, nunca me había enganchado la gran cosa a ellas. Había visto capítulos aislados, pero como todo parecía reducirse a pelea tras pelea, no me interesó la mayor cosa. Había gente que me hablaba acerca de los personajes, de sus respectivas psicologías, pero era como si vinieran alienígenas a hablarme en pnakótico u otro idioma similar. Pero hace poco, como decía, acabé por repasar buena parte de la primera parte de Saint Seiya, la saga del Santuario completa, buena parte de Asgard, y creo que la segunda mitad de Poseidón. En cuanto a Dragon Ball, terminé viéndome buena parte de la primera serie, a la que no había prestado mayor atención, además de seguir con más detalle las peripecias de Dragon Ball Z.

Y lo que vi fue el espanto. El horror. No me refiero a la parte artística o conceptual. Ambas series, en términos formales, están muy bien: era el mejor dibujo que podía concebirse en la época, y cualquier pelea de Saint Seiya está mucho mejor dibujada y coreografiada que los cascoporros de cosas más recientes como Bleach. Quizás haya otros ejemplos intermedios que desconozca, pero en lo que a mí respecta, habrá que esperar hasta Claymore para tener un shonen de peleas que supere en el aspecto formal a las series que comento.

No, señores, a lo que me refiero por el horror, es el contenido ético de fondo. Que me parece deleznable. Para dar a entender mi punto, voy a tratar de contar la historia de Saint Seiya y Dragon Ball Z a mi manera. Dejaré afuera Dragon Ball, serie que en esta revisión, aunque sigue sin convencerme, la encuentro mucho más interesante que la primera vez que vi algún capítulo de ésta. Y no me vengan a decir que en el manga no existe Dragon Ball Z porque siempre fue Dragon Ball hasta el final; eso lo sé, pero aunque consideremos ambas series como una única saga, que de hecho lo son. Y seamos misericordiosos, dejemos fuera Dragon Ball GT, que no me parece tan mala como el grueso de la gente opina aunque eso por supuesto es materia debatible, o Dragon Ball Super a la que me acerqué un poco con curiosidad, para dejarla inmediatamente de lado.

Saint Seiya se trata de un grupo de jóvenes que se reune al alero de una fundación que representa lo más puro y noble de la existencia. ¿Por qué? Porque ellos lo dicen, por eso. Andando el tiempo se revela que la heredera de la fundación es en realidad la reencarnación de la diosa Atenea, que representa la justicia porque sí, porque ellos lo dicen, por eso. Al frente tienen a un ente que... lo explicaré así. Tratan de apoderarse del mundo porque son los villanos. Y son los villanos porque tratan de apoderarse del mundo. Al final, los caballeros de Atenea les hacen frente en varias batallas, luego se echan la punta de capítulos en el Santuario, liquidan al villano, y después repiten el mismo esquema con una diosa nórdica, y con el dios Poseidón. Sé que en el manga viene una saga posterior llamada Hades, pero como no me gusta hablar de lo que no sé, no me voy a meter ahí.

Dragon Ball Z por su parte se trata del un tanto bruto pero siempre buena persona Gokú, el malcriado y llorón de su hijo Gohan, su familia y sus amigos, todos ellos amenazados por la llegada de alienígenas. Se revela eventualmente que el propio Gokú es alienígena, y por tanto Gohan es mitad alienígena, y que Gokú fue enviado a la Tierra en el pasado para destruirla. Lo que sigue es Gokú luchando contra los sayayines, Gokú luchando contra Vegeta, Gokú luchando contra Frieza, Gokú luchando contra Cell, y finalmente Gokú luchando contra Majin Buu, cada uno en una cantidad obscena de capítulos, con Gohan metido de por medio por alguna razón. Porque cualquiera que no haya estado debajo de una roca en los últimos veinte años, en lo que a cultura popular se refiere, estalla en hilaridad al escuchar el famoso "faltan cinco minutos para que estalle el planeta Namek"...

El amable lector estará preguntándose en dónde está mi objeción. Y la respuesta es simple: falta la Tierra. Falta el bien. ¿Por qué, hablando de ambas series, sabemos que los héroes son los buenos? Por las siguientes razones: en primer lugar, porque ellos están en control de la Tierra a lo largo de la saga y por tanto su triunfo es la preservación del status quo, y en segundo término, porque vemos la narración desde su perspectiva. Pero en ninguna de las dos series vemos realmente lo que los protagonistas están tratando de proteger.

Hagamos una comparación. En Superman o en Batman, las ciudades de Metrópolis o de Ciudad Gótica no son únicamente parte del paisaje; son también el constante recordatorio de que los héroes están luchando por algo, de que hay vidas civiles en juego, etcétera. Las buenas historias de Superman y Batman se enfocan en los héroes, pero también le dan espacio a otros personajes: funcionarios policiales que son aliados u obstáculos, periodistas, peatones, etcétera. En definitiva, gente común y corriente. Así, cuando Superman o Batman derrotan al villano, nos importa porque vemos lo que está en la balanza. Son las malas historias de Superman y Batman las que no muestran a los civiles en absoluto, y se centran únicamente en la pelea del héroe y el villano sin más, que queda muy bonito en términos de dibujo y brutalidad, pero que pierde toda significación porque desaparece la línea entre el bien y el mal.

Al final, es cierto que los civiles suelen ser apenas un mero mcguffin, o sea, un pretexto para que haya conflicto; el ejemplo clásico de mcguffin son los papeles o actualmente el disco duro portátil en las películas de espionaje, que no importa lo que dicen o qué secretos ocultan, pero son valiosos como para que los espías se acechen y agarren a balazos por ellos. En las historias de superhéroes, los civiles también son un mcguffin, porque lo único que hacen es estar ahí, en medio de la pelea, sin que importen de verdad sus vidas, sus trasfondos, sus biografías, etcétera. Pero es importante que estén, porque le dan a los héroes y villanos un motivo para pelear: el héroe quiere salvarlos y el villano quiere destruirlos, un poco por uno u otro motivo, pero lo importante es que le dan un sentido a las elecciones éticas de héroes y villanos.

Si vieron la película El Hombre de Acero, me entenderán; algunos opinan, y no sin razón, que El Hombre de Acero es la mejor adaptación que se ha rodado de Dragon Ball Z hasta la fecha, porque es Superman en versión shonen de pelea, justamente. La película fue muy criticada, y me uno a estas críticas en particular, porque su segunda mitad no es más que una tediosa batalla sin fin; una de las mejores escenas a mi gusto la constituye cuando por un instante, vemos a los periodistas huyendo despavoridos, y Perry White tratando de rescatar a una colega que se ha quedado atrapada. Esta escena no es muy emotiva, al igual que el resto de la película por la impericia del director Zack Snyder tampoco lo es, pero sí es significativa: nos ayuda a recordar que, mientras Superman y los kriptonianos están peleando a gran escala allá arriba, abajo los humanos tienen que apañárselas para sobrevivir, y que en definitiva, sí importa que un superhumano consiga imponerse a los otros, porque eso hará la diferencia entre la vida y la muerte para los humanitos. Si estos civiles desaparecen, entonces la pelea entre los superhumanos deja de importar porque no hay nada realmente importante en juego. Este aspecto de El Hombre de Acero mejoró mucho con la secuela Batman v Superman: El amanecer de la justicia, que no es una película brillante ni mucho menos, pero al menos mostró una mayor preocupación porque veamos la sociedad civil en medio de la cual se están moviendo héroes y villanos, dándole así un poco más de significación a sus acciones.

Y éste es el pecado salvaje tanto de Dragon Ball Z como de Saint Seiya. El locutor y los personajes nos informan repetidas veces que los héroes están luchando por el bien y la justicia, para salvar a la Tierra, pero jamás vemos más que de reojo a los civiles que se beneficiarían del triunfo de las fuerzas del bien. Irónicamente, ninguna de las dos series partió así. En su primera parte, cuando se llamaba Dragon Ball, las aventuras de Gokú y compañía eran mucho más aterrizadas: veíamos paisajes, desiertos, ciudades, y los personajes interactuaban un montón con otros fulanos comunes y corrientes. Eso hacía que cada enfrentamiento fuera significativo. Incluso la parte puramente de pelea, estaba confinada a un torneo; es decir, estaba enmarcada dentro del mundo imaginario. Pero a partir de Dragon Ball Z, la serie se olvida de esto, y se transforma en una sucesión monótona de pelea tras pelea. Con Caballeros del Zodíaco ocurre otro tanto: en los capítulos anteriores a la aventura del Santuario vemos ciudades, hombres, mujeres, niños, etcétera. Pero a partir del Santuario, la población civil se desvanece como por arte de magia. A la altura de Asgard, da un poco lo mismo quién gane. ¿El mundo se va a congelar? ¿A quién le importa? Lo mismo ocurre con la saga de Poseidón. Vemos escenas de los mares subiendo de nivel por el diluvio, pero poquitas, las justas y precisas, no lo suficiente como para que lleguemos a interesarnos de verdad porque ganen Saint Seiya y compañía.

¿Entonces por qué pelean los héroes? Se nos dice que por la camaradería y la amistad. Pero como no vemos a terceros beneficiados, debemos entender que es la camaradería y amistad para ellos. Es la misma situación de una pandilla de barrio que controla cuatro cuadras de una ciudad, y vienen pandilleros de afuera a tratar de sacarlos. ¿A quién le importa qué pandillero gane? Al final, las cuatro cuadras van a estar mandadas por una pandilla, no por el orden y la legalidad. Que un pandillero diga "yo soy la justicia", no lo hace justo. La fuerza no hace el derecho, después de todo, o no debería hacerlo, a lo menos.

Aquí es donde ambas series hacen trampa. Para que nos pongamos de parte de los héroes, es necesario que los villanos sean viles más allá de toda posible redención. Y de hecho, eso es lo que pasa con Dragon Ball Z y Saint Seiya. En Dragon Ball Z, los héroes mismos son tan sangrientos como los villanos, y si los villanos son tales, es porque además son psicópatas; pero a Gokú le importa un bledo la justicia o los valores, motivado en realidad simplemente por ser el más fuerte. En Saint Seiya, por su parte, el único tipo decente es Andrómeda, quien hace lo imposible por evitar las peleas; la serie misma deja en claro que Andrómeda es el más poderoso del grupo, y si fuera tan cascos calientes como el protagonista Saint Seiya mismo, la saga del Santuario duraba apenas un par de episodios, porque cuando Andrómeda de verdad se enoja, pobre del desgraciado que se le atraviese. Es lo mismo que pasa con la saga del Padrino, de Francis Ford Coppola: los Corleone son los héroes no gracias a que sean los buenos, porque son tan mafiosos como el resto, pero lo que pasa es que los enemigos de los Corleone son incluso peores. Eso sí, y por eso la saga del Padrino es vastamente superior, la misma no se agotaba en las balaceras y el mandar matones rivales a dormir con los peces, sino que era una compleja reflexión acerca de la naturaleza y efectos del poder, reflexión que en Saint Seiya y Dragon Ball Z brilla por su ausencia.

Entonces en definitiva, la historia de ambas sagas es la de un grupo de pandilleros que más o menos controla la Tierra o al menos podrían controlarla si quisieran porque son superpoderosos, y la de otros pandilleros que vienen a quitársela y a destruírsela. La ética de ambos bandos es la propia de los pandilleros: yo me preocupo por mí y por mis amigos, y el resto del mundo que se vaya a hacer gárgaras. Ambas series son increíblemente conservadoras e incluso reaccionarias: el objetivo final de tanta pelea es mantener el status quo. Se asume en ambas series que el mundo es bello y justo tal y como está. En ninguno de ambos mundos se pretende cuestionar la institucionalidad o cómo funciona el mundo. En ambos mundos hay gente que manda, que es la más poderosa, y la gente que manda es la que sabe. En ambas series tenemos entonces un puñado de tecnócratas con mentalidad de pandilleros que expropian la justicia y el bien al resto, y la defienden de otros iguales que quieren implantar un régimen del mismo tipo o peor: es la pesadilla neocon hecha shonen de pelea. El material de las fantasías húmedas de cualquier facho pobre.

Mencionaba mucho más arriba, a propósito del apartado técnico, a Claymore. Siendo esencialmente otro shonen de pelea, Claymore logra esquivar una buena cantidad de las trampas que he mencionado. Claymore, para quienes no la han visto, se trata de un grupo de guerreras mujeres superpoderosas que, armadas de espadas, viajan por el mundo liquidando demonios que matan seres humanos para literalmente devorarlos. Pero Claymore consigue darle una vuelta porque describe a grandes rasgos, pero bien, la clase de mundo de porquería que es uno necesitado de guerreros superpoderosos como éste para lidiar con el mal, incluyendo el hecho de que la propia organización que controla a las guerreras claymore es mucho más turbia de lo que aparece a simple vista. El anime, de 26 episodios, al último cae en el complejo Dragon Ball Z, en particular los capítulos dedicados a la batalla del norte, aunque termina antes de estropearse; el manga sigue la historia más allá, pero como no lo he leído, no puedo opinar al respecto. Como sea, el anime de Claymore triunfa allí donde Dragon Ball Z y Saint Seiya fracasan, hasta el punto que puede verse a Claymore como un comentario o deconstrucción de todo lo que está mal en las series que comentamos, desde un punto de vista ético.

¿Quiere decir que está mal disfrutar de Saint Seiya o Dragon Ball Z? No necesariamente. Si lo que se busca es una buena ración de pelea, entonces adelante. Ambas series son lo que son. Lo que me violenta especialmente, es que haya gente que defienda ambas series por sus valores éticos o morales. He escuchado muy en serio a fanáticos argumentando que la serie enseña valores importantes como la amistad, la camaradería y otras cosas. Vale por eso, pero a medias. Porque ambas series enseñan la amistad y la camaradería a nivel de pandillas, y el resto del mundo que se vaya al diablo. Lo dicho, la fantasía del facho pobre. No todas las series tienen por qué ser revolucionarias; si queremos un poco de evasión y fantasía, entonces preferimos un shonen de pelea a una película de realismo soviético, por supuesto. Pero a condición de tomárselo como eso, como evasión y fantasía. Pero si tu mundo entero está conformado por series como éstas, y sus personajes son tu modelo ético a seguir, entonces estás cruzando una línea extraordinariamente delicada, por decirlo con la mayor suavidad posible.

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